
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Join me in death
Fandom: Death Note
Creado: 5/5/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)PsicológicoOscuroThrillerCrimenEstudio de PersonajeDivergenciaNoir GóticoDrama
Manzanas podridas y libretas de obsidiana
El cielo sobre Tokio tenía ese color grisáceo y opresivo que suele preceder a una tormenta que nunca termina de romper. Para Dahlia Rose, ese matiz de suciedad atmosférica era el complemento perfecto para su estado de ánimo. Caminaba por el patio de la Academia Daikoku con la mochila colgando de un solo hombro y una expresión que oscilaba entre el aburrimiento existencial y el deseo ferviente de que un meteorito impactara contra el edificio de ciencias.
Dahlia no era una chica complicada, o al menos eso le gustaba decirse a sí misma. Era sarcástica porque la sinceridad solía doler demasiado, y era divertida porque el silencio la obligaba a pensar en las sombras que arrastraba desde que se quedó sola. Pero, sobre todo, era observadora.
Por eso, cuando vio algo caer del cielo con la elegancia de un cuervo herido, no lo ignoró.
—Genial —murmuró para sí misma, ajustándose un mechón de cabello castaño tras la oreja—. Ahora el cielo me tira basura. Justo lo que necesitaba para completar mi estética de "huérfana trágica".
Se desvió del camino principal, ignorando las risas de un grupo de estudiantes que pasaban a su lado, y se acercó a la zona de césped junto al edificio principal. Allí, tirada sobre la hierba húmeda, descansaba una libreta de tapas negras. No parecía un cuaderno de notas ordinario. La piel de la cubierta tenía una textura antigua, casi orgánica, y en letras blancas, de una tipografía que recordaba a las lápidas góticas, se leía: *Death Note*.
Dahlia la recogió. Pesaba más de lo que parecía.
—"Libreta de la Muerte" —leyó en voz alta, dejando escapar una risa seca—. Qué sutil. Seguro que es el diario de algún adolescente gótico que escucha demasiado heavy metal.
Abrió la primera página. Las instrucciones estaban escritas en inglés. *El humano cuyo nombre sea escrito en esta libreta morirá.*
—Vaya, marketing agresivo —comentó con una sonrisa torcida—. Si esto funciona, mi lista de Navidad va a ser muy corta este año.
Se guardó la libreta bajo el brazo, sintiendo un extraño escalofrío que atribuyó al viento de la tarde. No se dio cuenta de que, a unos metros de distancia, un joven de cabello castaño perfectamente peinado y mirada gélida la observaba con una intensidad depredadora.
Light Yagami no solía cometer errores. O, mejor dicho, el destino no solía jugarle malas pasadas. Pero ver a esa chica, Dahlia Rose, recogiendo la herramienta que él mismo había estado vigilando desde la distancia —por puro morbo de ver quién más caería en la tentación—, fue una anomalía en su plan perfecto.
Dahlia regresó a su pequeño apartamento, un lugar que olía a café frío y a la ausencia de sus padres. Se dejó caer en el sofá, tiró la libreta sobre la mesa de centro y se quedó mirándola mientras masticaba una manzana roja.
—A ver, "Libreta de la Muerte" —dijo, señalándola con el resto de la fruta—. Si eres real, dame una señal. O mejor, no me la des, que no tengo presupuesto para un exorcismo.
Pasó las páginas. Estaban en blanco. La tentación es una criatura curiosa; no siempre llega con forma de serpiente, a veces llega con la forma de una noticia de última hora en la televisión.
En la pantalla, el rostro de un hombre que acababa de ser arrestado por el asesinato de tres niños llenaba la imagen. Dahlia sintió ese nudo familiar en el estómago, el mismo que recordaba de cuando la justicia le falló a su propia familia.
—Si esto fuera verdad... —susurró. Tomó un bolígrafo de su mochila. Sus dedos temblaron un poco—. Solo es un experimento. Un experimento estúpido para demostrar que el mundo sigue siendo una basura.
Escribió el nombre. Esperó. Cuarenta segundos.
El televisor anunció que el sospechoso había sufrido un colapso repentino en la patrulla. Un ataque al corazón.
Dahlia soltó el bolígrafo como si quemara. Se levantó de un salto, retrocediendo hasta chocar con la pared. Su respiración era errática.
—No puede ser. No, no, no. Ha sido una coincidencia. Las coincidencias existen, Dahlia. Eres una chica lista, no crees en la magia negra ni en...
—No es magia, Dahlia Rose. Es una regla de este mundo.
Dahlia soltó un grito ahogado y se giró hacia la ventana. Allí, apoyado contra el marco de la puerta de su balcón, que juraría haber cerrado bajo llave, estaba un joven que conocía de vista de la academia. Light Yagami. El estudiante estrella. El hijo perfecto.
—¿Yagami? —Dahlia trató de recuperar su máscara de sarcasmo, aunque su voz temblaba—. ¿Qué haces en mi balcón? ¿El título de "estudiante modelo" incluye ahora el acoso domiciliario o es que te has perdido buscando la biblioteca?
Light entró en la habitación con una calma que resultaba insultante. No miró a Dahlia, sino a la libreta negra sobre la mesa.
—Es una herramienta poderosa, ¿verdad? —dijo él, ignorando sus burlas—. Pero requiere una voluntad que la mayoría de los seres humanos no poseen. Me sorprende que hayas tardado tan poco en usarla.
Dahlia se cruzó de brazos, tratando de ocultar el temblor de sus manos.
—¿Así que es tuya? ¿Eres tú el que anda tirando libretas asesinas por ahí como si fueran volantes de una pizzería? —Se acercó un paso, entornando los ojos—. Espera... el ataque al corazón. Las noticias de los últimos meses. El tal "Kira".
Light sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de alguien que ha visto el motor del universo y ha decidido que él puede manejarlo mejor.
—Kira es un concepto, Dahlia. Un nuevo mundo que está naciendo. Y tú acabas de recibir una invitación para ser parte de él. O un obstáculo. Todo depende de lo que decidas hacer con esa libreta ahora que sabes que funciona.
Dahlia soltó una carcajada nerviosa, una que sonó un poco rota.
—¿Un obstáculo? Por favor, Light. Apenas puedo decidir qué cenar sin entrar en una crisis existencial, ¿y quieres que sea parte de tu club de "Dioses del Nuevo Mundo"? —Se sentó de nuevo en el sofá, mirando la libreta con una mezcla de horror y fascinación—. Mi vida ya es bastante trágica sin añadirle una sentencia de muerte global.
Light se acercó y se sentó en la silla frente a ella. La luz de la lámpara de pie creaba sombras alargadas en sus rostros.
—Sé lo de tus padres, Dahlia —dijo él con suavidad, casi con una ternura ensayada—. Sé que el sistema los olvidó. Sé que el hombre que causó el accidente salió libre por un tecnicismo legal. ¿No te gustaría que hubiera justicia de verdad? No la justicia de los hombres, que es ciega y lenta, sino una justicia absoluta.
Dahlia sintió un pinchazo en el pecho. El sarcasmo era su escudo, pero Light acababa de clavar una flecha justo en la grieta.
—Eso es golpe bajo, incluso para un psicópata con complejo de mesías —respondió ella, aunque sus ojos se humedecieron—. Pero supongamos que te creo. Supongamos que esta libreta es real y que tú eres el gran Kira. ¿Por qué estás aquí contándomelo? Podrías haberme matado en cuanto la toqué.
Light inclinó la cabeza.
—Porque eres inteligente. Y porque, a diferencia de los demás, tú no tienes nada que perder. Los que no tienen nada son los mejores aliados, o los enemigos más peligrosos. Me interesa ver cuál de los dos serás.
Dahlia tomó la libreta y la sopesó. El tacto de la tapa ya no le parecía tan extraño.
—Sabes que si me uno a ti, probablemente acabaremos los dos en el infierno, ¿verdad? —preguntó ella, recuperando un poco de su chispa divertida—. Y dudo mucho que allí sirvan buen café.
—Si ganamos, Dahlia, crearemos un cielo aquí mismo —respondió Light, levantándose—. Quédate con la libreta por ahora. Úsala. Experimenta. Mañana, en la academia, me darás tu respuesta.
—¿Y si mi respuesta es llamar a la policía? —lo retó ella con una sonrisa desafiante.
Light ya estaba en el balcón, su figura recortada contra las luces de la ciudad.
—Ambos sabemos que no lo harás. Eres demasiado curiosa, Dahlia. Y en el fondo, estás tan harta de este mundo podrido como yo.
Cuando Light desapareció en la oscuridad, Dahlia se quedó sola en el silencio de su apartamento. Miró la manzana que había estado comiendo; se estaba oxidando, volviéndose marrón y fea.
—Un nuevo mundo... —susurró, abriendo la libreta en una página limpia—. Qué pretencioso eres, Yagami.
Sin embargo, tomó el bolígrafo. Pensó en el hombre que había destruido su infancia y que ahora vivía tranquilamente en otra ciudad. Pensó en la mirada de Light, tan fría y a la vez tan llena de un fuego purificador.
—Bueno —dijo Dahlia, y una sonrisa traviesa, casi peligrosa, asomó a sus labios—, supongo que ser una chica buena nunca fue mi fuerte.
Escribió el primer nombre por voluntad propia. El segundero del reloj de pared avanzaba con un tictac rítmico, marcando el inicio de algo que ninguno de los dos podría detener. Dahlia Rose no sabía si estaba salvando el mundo o condenando su alma, pero por primera vez en años, no se sentía aburrida.
—Espero que tengas razón, Light —murmuró al aire vacío—. Porque si vamos a arder, más vale que el incendio sea espectacular.
En un rincón de la habitación, invisible para ella pero deleitándose con la escena, una criatura de ojos amarillos y piel grisácea dejó escapar una risa gutural. Ryuk observaba a la chica con interés. Los humanos eran, después de todo, las criaturas más entretenidas de la creación.
—Interesante —siseó el Shinigami—. Muy interesante.
Dahlia se estremeció, sintiendo una presencia fría a su espalda, pero solo se limitó a morder su manzana oxidada y a esperar a que el televisor diera la siguiente noticia. La partida acababa de empezar, y ella, por fin, tenía las mejores cartas.
Dahlia no era una chica complicada, o al menos eso le gustaba decirse a sí misma. Era sarcástica porque la sinceridad solía doler demasiado, y era divertida porque el silencio la obligaba a pensar en las sombras que arrastraba desde que se quedó sola. Pero, sobre todo, era observadora.
Por eso, cuando vio algo caer del cielo con la elegancia de un cuervo herido, no lo ignoró.
—Genial —murmuró para sí misma, ajustándose un mechón de cabello castaño tras la oreja—. Ahora el cielo me tira basura. Justo lo que necesitaba para completar mi estética de "huérfana trágica".
Se desvió del camino principal, ignorando las risas de un grupo de estudiantes que pasaban a su lado, y se acercó a la zona de césped junto al edificio principal. Allí, tirada sobre la hierba húmeda, descansaba una libreta de tapas negras. No parecía un cuaderno de notas ordinario. La piel de la cubierta tenía una textura antigua, casi orgánica, y en letras blancas, de una tipografía que recordaba a las lápidas góticas, se leía: *Death Note*.
Dahlia la recogió. Pesaba más de lo que parecía.
—"Libreta de la Muerte" —leyó en voz alta, dejando escapar una risa seca—. Qué sutil. Seguro que es el diario de algún adolescente gótico que escucha demasiado heavy metal.
Abrió la primera página. Las instrucciones estaban escritas en inglés. *El humano cuyo nombre sea escrito en esta libreta morirá.*
—Vaya, marketing agresivo —comentó con una sonrisa torcida—. Si esto funciona, mi lista de Navidad va a ser muy corta este año.
Se guardó la libreta bajo el brazo, sintiendo un extraño escalofrío que atribuyó al viento de la tarde. No se dio cuenta de que, a unos metros de distancia, un joven de cabello castaño perfectamente peinado y mirada gélida la observaba con una intensidad depredadora.
Light Yagami no solía cometer errores. O, mejor dicho, el destino no solía jugarle malas pasadas. Pero ver a esa chica, Dahlia Rose, recogiendo la herramienta que él mismo había estado vigilando desde la distancia —por puro morbo de ver quién más caería en la tentación—, fue una anomalía en su plan perfecto.
Dahlia regresó a su pequeño apartamento, un lugar que olía a café frío y a la ausencia de sus padres. Se dejó caer en el sofá, tiró la libreta sobre la mesa de centro y se quedó mirándola mientras masticaba una manzana roja.
—A ver, "Libreta de la Muerte" —dijo, señalándola con el resto de la fruta—. Si eres real, dame una señal. O mejor, no me la des, que no tengo presupuesto para un exorcismo.
Pasó las páginas. Estaban en blanco. La tentación es una criatura curiosa; no siempre llega con forma de serpiente, a veces llega con la forma de una noticia de última hora en la televisión.
En la pantalla, el rostro de un hombre que acababa de ser arrestado por el asesinato de tres niños llenaba la imagen. Dahlia sintió ese nudo familiar en el estómago, el mismo que recordaba de cuando la justicia le falló a su propia familia.
—Si esto fuera verdad... —susurró. Tomó un bolígrafo de su mochila. Sus dedos temblaron un poco—. Solo es un experimento. Un experimento estúpido para demostrar que el mundo sigue siendo una basura.
Escribió el nombre. Esperó. Cuarenta segundos.
El televisor anunció que el sospechoso había sufrido un colapso repentino en la patrulla. Un ataque al corazón.
Dahlia soltó el bolígrafo como si quemara. Se levantó de un salto, retrocediendo hasta chocar con la pared. Su respiración era errática.
—No puede ser. No, no, no. Ha sido una coincidencia. Las coincidencias existen, Dahlia. Eres una chica lista, no crees en la magia negra ni en...
—No es magia, Dahlia Rose. Es una regla de este mundo.
Dahlia soltó un grito ahogado y se giró hacia la ventana. Allí, apoyado contra el marco de la puerta de su balcón, que juraría haber cerrado bajo llave, estaba un joven que conocía de vista de la academia. Light Yagami. El estudiante estrella. El hijo perfecto.
—¿Yagami? —Dahlia trató de recuperar su máscara de sarcasmo, aunque su voz temblaba—. ¿Qué haces en mi balcón? ¿El título de "estudiante modelo" incluye ahora el acoso domiciliario o es que te has perdido buscando la biblioteca?
Light entró en la habitación con una calma que resultaba insultante. No miró a Dahlia, sino a la libreta negra sobre la mesa.
—Es una herramienta poderosa, ¿verdad? —dijo él, ignorando sus burlas—. Pero requiere una voluntad que la mayoría de los seres humanos no poseen. Me sorprende que hayas tardado tan poco en usarla.
Dahlia se cruzó de brazos, tratando de ocultar el temblor de sus manos.
—¿Así que es tuya? ¿Eres tú el que anda tirando libretas asesinas por ahí como si fueran volantes de una pizzería? —Se acercó un paso, entornando los ojos—. Espera... el ataque al corazón. Las noticias de los últimos meses. El tal "Kira".
Light sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de alguien que ha visto el motor del universo y ha decidido que él puede manejarlo mejor.
—Kira es un concepto, Dahlia. Un nuevo mundo que está naciendo. Y tú acabas de recibir una invitación para ser parte de él. O un obstáculo. Todo depende de lo que decidas hacer con esa libreta ahora que sabes que funciona.
Dahlia soltó una carcajada nerviosa, una que sonó un poco rota.
—¿Un obstáculo? Por favor, Light. Apenas puedo decidir qué cenar sin entrar en una crisis existencial, ¿y quieres que sea parte de tu club de "Dioses del Nuevo Mundo"? —Se sentó de nuevo en el sofá, mirando la libreta con una mezcla de horror y fascinación—. Mi vida ya es bastante trágica sin añadirle una sentencia de muerte global.
Light se acercó y se sentó en la silla frente a ella. La luz de la lámpara de pie creaba sombras alargadas en sus rostros.
—Sé lo de tus padres, Dahlia —dijo él con suavidad, casi con una ternura ensayada—. Sé que el sistema los olvidó. Sé que el hombre que causó el accidente salió libre por un tecnicismo legal. ¿No te gustaría que hubiera justicia de verdad? No la justicia de los hombres, que es ciega y lenta, sino una justicia absoluta.
Dahlia sintió un pinchazo en el pecho. El sarcasmo era su escudo, pero Light acababa de clavar una flecha justo en la grieta.
—Eso es golpe bajo, incluso para un psicópata con complejo de mesías —respondió ella, aunque sus ojos se humedecieron—. Pero supongamos que te creo. Supongamos que esta libreta es real y que tú eres el gran Kira. ¿Por qué estás aquí contándomelo? Podrías haberme matado en cuanto la toqué.
Light inclinó la cabeza.
—Porque eres inteligente. Y porque, a diferencia de los demás, tú no tienes nada que perder. Los que no tienen nada son los mejores aliados, o los enemigos más peligrosos. Me interesa ver cuál de los dos serás.
Dahlia tomó la libreta y la sopesó. El tacto de la tapa ya no le parecía tan extraño.
—Sabes que si me uno a ti, probablemente acabaremos los dos en el infierno, ¿verdad? —preguntó ella, recuperando un poco de su chispa divertida—. Y dudo mucho que allí sirvan buen café.
—Si ganamos, Dahlia, crearemos un cielo aquí mismo —respondió Light, levantándose—. Quédate con la libreta por ahora. Úsala. Experimenta. Mañana, en la academia, me darás tu respuesta.
—¿Y si mi respuesta es llamar a la policía? —lo retó ella con una sonrisa desafiante.
Light ya estaba en el balcón, su figura recortada contra las luces de la ciudad.
—Ambos sabemos que no lo harás. Eres demasiado curiosa, Dahlia. Y en el fondo, estás tan harta de este mundo podrido como yo.
Cuando Light desapareció en la oscuridad, Dahlia se quedó sola en el silencio de su apartamento. Miró la manzana que había estado comiendo; se estaba oxidando, volviéndose marrón y fea.
—Un nuevo mundo... —susurró, abriendo la libreta en una página limpia—. Qué pretencioso eres, Yagami.
Sin embargo, tomó el bolígrafo. Pensó en el hombre que había destruido su infancia y que ahora vivía tranquilamente en otra ciudad. Pensó en la mirada de Light, tan fría y a la vez tan llena de un fuego purificador.
—Bueno —dijo Dahlia, y una sonrisa traviesa, casi peligrosa, asomó a sus labios—, supongo que ser una chica buena nunca fue mi fuerte.
Escribió el primer nombre por voluntad propia. El segundero del reloj de pared avanzaba con un tictac rítmico, marcando el inicio de algo que ninguno de los dos podría detener. Dahlia Rose no sabía si estaba salvando el mundo o condenando su alma, pero por primera vez en años, no se sentía aburrida.
—Espero que tengas razón, Light —murmuró al aire vacío—. Porque si vamos a arder, más vale que el incendio sea espectacular.
En un rincón de la habitación, invisible para ella pero deleitándose con la escena, una criatura de ojos amarillos y piel grisácea dejó escapar una risa gutural. Ryuk observaba a la chica con interés. Los humanos eran, después de todo, las criaturas más entretenidas de la creación.
—Interesante —siseó el Shinigami—. Muy interesante.
Dahlia se estremeció, sintiendo una presencia fría a su espalda, pero solo se limitó a morder su manzana oxidada y a esperar a que el televisor diera la siguiente noticia. La partida acababa de empezar, y ella, por fin, tenía las mejores cartas.
