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Corona oscura

Fandom: Harry Potter

Creado: 6/5/2026

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El Heredero de las Sombras y el Lazo Inquebrantable

El silencio en la mansión Riddle no era una ausencia de sonido, sino una presencia física, densa y cargada de una magia tan antigua como la muerte misma. Rabastan Lestrange se había quedado dormido en uno de los sillones de terciopelo raído de la biblioteca, vencido por el agotamiento de semanas de misiones agotadoras y el peso sofocante de la marca en su antebrazo. En sus sueños, no había paz, solo el susurro de una serpiente y el frío de un castillo en ruinas.

Sin embargo, al abrir los ojos, el frío había desaparecido. En su lugar, una calidez depredadora envolvía la estancia.

Rabastan parpadeó, tratando de enfocar la vista en la penumbra iluminada solo por el fuego moribundo de la chimenea. Frente a él, de pie con una elegancia que rozaba lo sobrenatural, se encontraba una figura que no reconoció de inmediato. No era la criatura serpentina y pálida que había servido con terror; era un hombre joven, de una belleza letal y aristocrática. Su cabello era oscuro como el ala de un cuervo, su mandíbula estaba perfectamente definida y sus ojos, aunque conservaban un brillo escarlata en las profundidades de las pupilas, eran humanos.

—¿Mi Señor? —susurró Rabastan, su voz quebrándose por la confusión y el miedo.

El hombre dio un paso hacia adelante. El movimiento fue fluido, casi felino.

—He recuperado lo que el tiempo y la imprudencia me arrebataron, Rabastan —dijo Voldemort. Su voz ya no era un siseo áspero, sino un barítono aterciopelado que vibraba en el aire—. ¿Acaso no me reconoces en esta forma?

Rabastan intentó ponerse de pie, pero sus piernas se sentían como plomo. La intensidad de la mirada de Voldemort lo anclaba al asiento. No era solo poder lo que emanaba de él, sino una posesividad que Rabastan nunca había sentido de manera tan directa.

—Es... es un milagro, mi Señor —logró decir, bajando la cabeza en señal de sumisión.

Voldemort se acercó lo suficiente como para que Rabastan pudiera oler el aroma a ozono y pergamino viejo que desprendía. El Señor Tenebroso extendió una mano de dedos largos y pálidos, acariciando la mejilla del mortífago con una delicadeza que resultaba más aterradora que un maleficio cruciatus.

—No es un milagro, es voluntad —corrigió Voldemort, obligando a Rabastan a levantar la vista—. He decidido que para el nuevo mundo que estoy construyendo, necesito algo más que siervos. Necesito un ancla. Alguien que comparta mi trono, no como un igual, pues no tengo iguales, sino como mi consorte.

El corazón de Rabastan dio un vuelco violento contra sus costillas. El miedo, que hasta ese momento había sido una chispa, se convirtió en un incendio forestal. Conocía la crueldad de su amo, conocía su capacidad de destrucción. Ser su "consorte" no significaba amor; significaba ser una posesión eterna, un objeto de obsidiana guardado bajo llave en una vitrina de oro.

—Yo... no soy digno, mi Señor —balbuceó Rabastan, intentando desesperadamente encontrar una salida—. Mi hermano, Rodolphus... él es más devoto, o Bellatrix...

Voldemort soltó una risa seca, un sonido carente de alegría.

—Rodolphus es un perro fiel, y Bellatrix es una fanática útil. Pero tú, Rabastan... tú tienes una pureza de sangre y una resistencia que siempre me ha intrigado. Te he observado mientras dormías. He visto tu alma a través de tus sueños. Te quiero a ti.

La mano de Voldemort descendió hasta el cuello de Rabastan, apretando apenas lo suficiente para que el joven sintiera el latido de su propia vida bajo la palma del mago oscuro.

—Mañana, el mundo sabrá que el Señor Tenebroso ha regresado en toda su gloria —continuó Voldemort, acercando su rostro al de Rabastan—. Y tú estarás a mi lado. No como un esclavo marcado, sino como mi propiedad más preciada.

—Por favor... —susurró Rabastan, casi sin aliento.

—No me pidas clemencia, Rabastan. Pídeme poder. Pídeme la eternidad. Todo será tuyo, siempre que me pertenezcas.

Voldemort se alejó unos pasos, dándole un momento de respiro, aunque sus ojos no se apartaron de él ni un segundo.

—Descansa un poco más. Pronto empezarán los preparativos.

En cuanto Voldemort salió de la habitación, el hechizo de parálisis que parecía haber caído sobre Rabastan se rompió. El joven mortífago se puso en pie de un salto, jadeando. Su mente gritaba una sola palabra: huir. No le importaba el juramento, no le importaba la marca. Prefería la muerte o el exilio antes que convertirse en el juguete eterno de un monstruo que ahora tenía el rostro de un ángel caído.

Caminó hacia la ventana. La mansión Riddle estaba rodeada por una niebla espesa, pero él conocía los límites de los terrenos. Si lograba llegar más allá de las verjas, podría aparecerse en algún lugar lejano, quizás fuera del país.

Se movió con sigilo por los pasillos polvorientos, evitando las tablas del suelo que crujían. Cada sombra parecía cobrar vida, cada retrato parecía vigilarlo con ojos burlones. Llegó al vestíbulo principal. La gran puerta de roble estaba a solo unos metros.

Con el corazón en la garganta, Rabastan empujó la puerta y salió al aire frío de la noche. Corrió. Corrió como si los mismos demonios lo persiguieran, sus botas golpeando la hierba húmeda. Los pulmones le ardían, pero la libertad estaba cerca. Podía ver las puertas de hierro al final del camino.

Justo cuando estaba a punto de alcanzar el límite de la propiedad, el aire se volvió denso, casi líquido. Un muro invisible de magia lo golpeó de frente, lanzándolo de espaldas contra el suelo.

—¿Tan pronto intentas dejarme, Rabastan?

La voz provino de todas partes y de ninguna. Rabastan se levantó, sacando su varita con manos temblorosas.

—¡Lumos! —gritó, pero la luz de su varita fue apenas un destello antes de ser devorada por la oscuridad.

De entre la niebla, la figura de Voldemort emergió. No parecía enfadado; parecía divertido, como un gato observando los movimientos inútiles de un ratón herido.

—Es inútil —dijo Voldemort, caminando lentamente hacia él—. Cada rincón de esta tierra me obedece. Cada molécula de aire que respiras está bajo mi control.

—¡No seré tu prisionero! —exclamó Rabastan, lanzando un hechizo aturdidor.

Voldemort ni siquiera movió su varita. Con un simple gesto de la mano, el hechizo se desvió hacia los árboles, astillando un tronco.

—No eres un prisionero, pequeño tonto —dijo Voldemort, apareciendo de repente justo frente a él, la velocidad de su movimiento fue imperceptible para el ojo humano—. Eres mi elegido. Deberías estar agradecido. Muchos matarían por la atención que te estoy brindando.

Voldemort lo agarró por las solapas de su túnica y lo atrajo hacia sí. La fuerza del mago oscuro era sobrehumana.

—¿Crees que puedes esconderte de mí? —susurró contra su oído—. Llevas mi marca en tu piel. Mi magia corre por tus venas desde el día en que te arrodillaste ante mí. No hay lugar en este mundo, ni en el siguiente, donde no pueda encontrarte.

Rabastan luchó, golpeando el pecho de Voldemort, pero fue como golpear una estatua de mármol.

—Suéltame... por favor...

—Nunca —sentenció Voldemort.

Con un movimiento brusco, Voldemort lo obligó a arrodillarse sobre la hierba mojada. Luego, colocó una mano sobre la coronilla de Rabastan. El joven sintió una oleada de magia negra invadir su sistema, una sensación de frío absoluto que le robó el habla y el movimiento.

—He sido paciente, Rabastan. He esperado años para recuperar esta forma, para sentirme de nuevo un hombre capaz de conquistar y poseer —dijo Voldemort con una intensidad febril—. No permitiré que tu miedo arruine mis planes.

—¿Por qué yo? —logró articular Rabastan entre sollozos involuntarios.

Voldemort se inclinó y besó la frente de Rabastan, un gesto que debería haber sido tierno pero que se sintió como una maldición sellada.

—Porque eres el único que me miró a los ojos cuando era un espectro y no sintió solo asco, sino una extraña fascinación. Porque tu lealtad, aunque nacida del miedo, es la más pura que poseo. Y porque, simplemente, lo deseo.

Voldemort levantó a Rabastan del suelo como si no pesara nada. El joven estaba ahora en un estado de trance, su voluntad quebrada por el poder abrumador de su Señor.

—Volvamos adentro —ordenó Voldemort—. Hay mucho que preparar. La ceremonia de nuestro vínculo se llevará a cabo antes del amanecer.

—No... —fue el último susurro de protesta de Rabastan.

—Sí —replicó Voldemort—. Acepta tu destino. Serás el consorte del mago más poderoso de la historia. Serás adorado y temido. Pero, sobre todo, serás mío.

Mientras caminaban de regreso a la mansión, las puertas de hierro se cerraron con un estruendo metálico que resonó en todo el valle, sellando el destino de Rabastan Lestrange. La mansión Riddle, una vez una ruina olvidada, brillaba ahora con una luz siniestra, preparándose para recibir a su nuevo soberano y a su cautivo real.

Una vez dentro, Voldemort llevó a Rabastan hacia el gran salón, donde una mesa de mármol negro había sido dispuesta. Los demás mortífagos, convocados por el llamado ardiente en sus brazos, ya estaban allí, alineados en las sombras, con las cabezas bajas y el aliento contenido.

—¡Observen! —exclamó Voldemort, su voz resonando como un trueno en la estancia—. ¡Observen a su Señor, restaurado y glorioso! ¡Y observen a quien caminará a mi lado en la nueva era!

Rodolphus Lestrange levantó la vista, sus ojos abriéndose de par en par al ver a su hermano menor sostenido por el brazo de Voldemort. La palidez de Rabastan era extrema, sus ojos estaban vacíos, perdidos en el abismo de la voluntad de su amo.

—Mi Señor... —comenzó Rodolphus, pero una mirada de Voldemort lo silenció instantáneamente.

—Tu hermano ha sido bendecido, Rodolphus. Deberías estar orgulloso. La sangre Lestrange se unirá a la mía de una manera que los sangre pura solo han soñado en sus leyendas más oscuras.

Voldemort sentó a Rabastan en una silla tallada que parecía un trono menor. Se colocó detrás de él, con las manos apoyadas en los hombros del joven.

—A partir de esta noche, el miedo será vuestro motor, pero para él —dijo señalando a Rabastan—, el miedo será su devoción. No intenten cuestionar mi elección. No intenten acercarse a él sin mi permiso. Él es el corazón de mi imperio, y yo soy el dueño de ese corazón.

Rabastan miró hacia la multitud de máscaras blancas, buscando un atisbo de salvación, pero solo encontró envidia y terror. Comprendió entonces que su huida había sido su último acto de libre albedrío. A partir de ahora, su vida no le pertenecía.

Voldemort se inclinó sobre él, su aliento frío rozando su mejilla.

—Sonríe, mi consorte —le susurró—. El mundo es nuestro.

Rabastan no sonrió, pero cuando Voldemort le ofreció una copa de cristal llena de un líquido esmeralda, sus dedos se cerraron sobre ella con una obediencia mecánica. Bebió, y con cada trago, el recuerdo de su deseo de libertad se desvanecía, reemplazado por una oscuridad dulce y asfixiante que lo envolvía todo.

El Señor Tenebroso había regresado, y no venía solo a destruir; venía a reclamar todo lo que consideraba suyo. Y Rabastan Lestrange era, por encima de todo, su posesión más preciada.
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