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Y
Fandom: Gane of throne
Creado: 7/5/2026
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UA (Universo Alternativo)FantasíaOscuroViajes en el TiempoArregloDivergenciaViolencia GráficaEstudio de PersonajeThrillerPsicológicoDramaAngustiaTragedia
El Lobo de Sangre y la Corona de Espinas
El frío del más allá no era como el frío del Norte. No era un beso gélido que te recordaba que estabas vivo; era un vacío absoluto, una nada que devoraba la memoria. Robb Stark había muerto con un cuchillo en el corazón y el nombre de su esposa en los labios, pero lo que vio después fue peor que la traición de los Frey.
Vio a Sansa vendida como una yegua, a Arya convertida en una sombra asesina, a Bran transformado en algo que ya no era humano. Vio a Rickon caer bajo una lluvia de flechas y a Jon, su hermano, cargando con el peso de un mundo que no lo merecía. Vio Desembarco del Rey arder bajo el fuego de un dragón y, finalmente, vio la oscuridad eterna del Rey de la Noche cubriéndolo todo.
—No más —susurró su alma en el vacío.
Y entonces, el mundo dio un vuelco.
Robb Stark abrió los ojos. El aire olía a pino, a nieve fresca y a excremento de caballo. No había sangre en su pecho, solo el peso de su capa de piel de lobo. Estaba en el patio de Invernalia. Frente a él, su padre, Eddard Stark, mantenía una postura rígida mientras una procesión de capas doradas y carmesíes entraba por las puertas de la fortaleza.
Era el día. El día en que Robert Baratheon llegó al Norte. El día en que comenzó el fin.
Robb sintió un calor abrasador recorriendo sus venas. No era la calidez de la alegría, sino el fuego de la furia contenida y una ambición oscura que nunca antes había sentido. Ya no era el muchacho que buscaba honor; era un hombre que había visto el apocalipsis y estaba dispuesto a provocar uno propio para evitarlo.
—Robb, compórtate —murmuró Catelyn a su lado, notando la extraña rigidez de su hijo mayor—. El Rey está por desmontar.
Robb no respondió. Sus ojos azules, antes claros y honestos, ahora parecían pozos de zafiro gélido. Observó a Robert Baratheon, un hombre gordo y acabado, descender de su caballo. Pero su mirada no se detuvo en el rey. Se desvió hacia el hombre que cabalgaba detrás, envuelto en una armadura dorada que brillaba con una insolencia cegadora: Jaime Lannister.
El Matarreyes. El hombre que, en otra vida, había sido su cautivo y luego su ruina indirecta. Robb sintió un deseo posesivo y violento. Si iba a salvar el reino, necesitaba herramientas. Y no había mejor herramienta, ni trofeo más exquisito, que el león más orgulloso de Poniente.
—Majestad —dijo Ned Stark, hincando la rodilla.
Todos lo siguieron, excepto Robb. Se quedó de pie, con la espalda recta, mirando directamente a los ojos de Robert y luego a los de Cersei Lannister. El silencio se prolongó un segundo más de lo debido, creando una tensión palpable.
—¿Y este es tu heredero, Ned? —rugió Robert, aunque su tono flaqueó ante la intensidad de la mirada del joven—. Parece que tiene más hierro en la columna que tú.
—Soy Robb Stark, Majestad —dijo el joven, y su voz no era la de un chico de dieciocho años, sino la de un soberano que ya había dictado sentencias de muerte—. Bienvenidos a Invernalia. Espero que disfruten de la hospitalidad del Norte, mientras dure.
Esa noche, el gran salón estaba lleno de risas y vino, pero Robb apenas probó bocado. Observaba. Analizaba a cada persona como si fuera una pieza en un tablero de ajedrez que pensaba quemar.
—Estás muy callado, hijo —dijo Ned, acercándose a él con una copa de cerveza—. ¿Te preocupa algo? ¿La visita del Rey te inquieta?
—Me preocupa el futuro, padre —respondió Robb, girando el puñal sobre la mesa con una destreza que nadie le conocía—. El Trono de Hierro es una silla incómoda hecha de espadas. He decidido que nadie más se sentará en ella si no es bajo mi mando.
Ned frunció el ceño, soltando una pequeña carcajada nerviosa.
—El vino del sur te ha mareado antes de probarlo. El Rey es mi amigo.
—El Rey es un cadáver que aún camina —sentenció Robb, clavando el puñal en la madera con un golpe seco—. Y el Norte no volverá a arrodillarse ante un ciervo, ni ante un león, ni ante un dragón.
Ned se quedó helado. No reconoció a su hijo. Había una crueldad en sus ojos, una sombra de manipulación que no pertenecía a la estirpe de los Stark.
—Robb, retírate. Estás diciendo locuras —ordenó Ned con severidad.
Robb se levantó sin decir palabra. Pero no fue a sus aposentos. Se dirigió hacia la zona donde los Lannister se habían instalado. Encontró a Jaime Lannister saliendo de las caballerizas, probablemente buscando algún rincón discreto para encontrarse con su hermana.
—Ser Jaime —llamó Robb.
El caballero de la Guardia Real se giró con una sonrisa arrogante, la mano apoyada con elegancia en el pomo de su espada.
—¿El joven lobo ha salido a aullar a la luna? —se burló Jaime—. Deberías estar en el festín, bebiendo hasta perder el sentido.
Robb se acercó hasta quedar a pocos centímetros de él. No había miedo en su postura, solo una autoridad depredadora.
—He tenido un sueño, Ser Jaime —dijo Robb en voz baja—. En mi sueño, vuestra familia moría entre llamas y traiciones. Vuestro hermano era acusado de regicidio, vuestra hermana era humillada y vos... vos perdíais lo que más amáis.
Jaime dejó de sonreír. La intensidad de Robb era asfixiante.
—Los sueños son solo eso, muchacho.
—Este no —Robb dio un paso más, invadiendo el espacio personal del león—. He decidido que voy a tomar el trono. Y he decidido que vos seréis parte de mi corte. No como un guardia, ni como un enemigo.
Jaime soltó una carcajada seca.
—¿Y qué seré entonces? ¿Vuestro bufón?
—Mi consorte —soltó Robb con una frialdad que helaba la sangre—. Os tomaré por la fuerza si es necesario. Os encadenaré a mi cama y a mi voluntad. Seréis el león domado de un rey que no conoce la piedad.
Jaime, indignado y divertido a la vez, intentó empujarlo.
—Estás loco, Stark. Quítate de mi camino antes de que te enseñe cómo muerden los de mi casa.
En un movimiento que Jaime no pudo prever —un movimiento demasiado rápido para un joven de su edad—, Robb desenvainó una daga oculta y la presionó contra la garganta del caballero, justo debajo de la mandíbula. Al mismo tiempo, Viento Gris, que parecía haber surgido de las sombras de la nada, gruñó a los pies de Jaime, mostrando unos colmillos del tamaño de dagas.
—Escuchadme bien, Lannister —susurró Robb al oído de Jaime, mientras el acero pinchaba la piel—. La Larga Noche se acerca. Los muertos vienen a por nosotros. Y yo soy el único que sabe cómo detenerlos. Pero para hacerlo, necesito el Trono de Hierro y necesito que los Lannister estén bajo mi bota. Empezaré por vos. Si volvéis a tocar a vuestra hermana, os cortaré las manos. Si intentáis huir, le enviaré vuestra cabeza a vuestro padre en un saco de estiércol.
—Mi padre te destruirá —siseó Jaime, aunque por primera vez en años, sentía un sudor frío recorriéndole la nuca.
—Vuestro padre será el primero en arrodillarse cuando vea que tengo a su hijo favorito como mi mascota —Robb retiró la daga, pero no antes de hacer un pequeño corte en el cuello de Jaime—. Mañana, cuando el Rey pida a mi padre que sea su Mano, yo pondré mis condiciones. Y vos sois la primera.
Robb se alejó, dejando a un Jaime Lannister estupefacto y temblando de una mezcla de furia y un respeto involuntario nacido del terror.
A la mañana siguiente, la atmósfera en Invernalia había cambiado. Los sirvientes hablaban en susurros sobre el comportamiento del joven Stark. Habían encontrado a un mozo de cuadra, sospechoso de espiar para la Reina, colgado de las almenas con la lengua cortada. Nadie sabía quién lo había hecho, pero Robb Stark desayunaba con una calma imperturbable mientras su madre lo miraba con horror.
—Robb, ¿qué es esto? —preguntó Catelyn, señalando hacia el patio—. Ese hombre... ha sido una ejecución sin juicio.
—Era un traidor, madre —dijo Robb, cortando un trozo de carne sangrienta—. En la guerra que viene, no hay tiempo para juicios. Solo hay aliados o cadáveres.
—¡No estamos en guerra! —exclamó Ned, entrando en el comedor con el rostro desencajado.
—Lo estamos —replicó Robb, poniéndose de pie—. Solo que aún no lo habéis aceptado. Robert os pedirá que vayáis al sur. Aceptad. Pero decidle que yo iré con vos, y que como gesto de buena voluntad entre el Norte y la Corona, Ser Jaime Lannister quedará bajo mi tutela personal aquí, o me acompañará como mi escolta juramentada.
—¿Bajo tu tutela? —Ned no podía creer lo que oía—. Es un caballero de la Guardia Real. Su lugar es junto al Rey.
—Su lugar es donde yo diga —la voz de Robb resonó como un trueno—. Padre, si no hacéis esto, yo mismo tomaré el mando de Invernalia por la fuerza. No permitiré que vuestro honor nos lleve a todos a la tumba. He visto el fin del mundo, y no voy a dejar que ocurra porque seáis demasiado noble para ver los cuchillos en la oscuridad.
Ned Stark dio un paso atrás, mirando a su hijo como si fuera un extraño. El Robb que él conocía, el chico que jugaba con sus hermanos y se preocupaba por el deber, había desaparecido. En su lugar había un hombre manipulador, sanguinario y con una mirada que recordaba a los antiguos Reyes del Invierno, aquellos que sacrificaban hombres a los Árboles Corazón.
—¿Quién eres tú? —susurró Ned.
Robb se acercó a su padre y le puso una mano en el hombro. El agarre fue tan fuerte que resultó doloroso.
—Soy el hombre que salvará a esta familia —dijo Robb—. Aunque para ello tenga que convertirme en el monstruo que todos temen.
Más tarde, en el consejo privado con el Rey, la tensión estalló. Robert Baratheon, borracho pero aún capaz de reconocer un desafío, escuchó la demanda de Robb.
—¿Quieres al Matarreyes como tu "escolta personal"? —Robert soltó una carcajada—. ¡Cersei querrá arrancarte los ojos, muchacho!
—La Reina puede querer muchas cosas, Majestad —dijo Robb, mirando a Cersei, que estaba presente y pálida de rabia—. Pero el Norte es vasto y peligroso. Si mi padre va al sur para serviros, el Norte necesita garantías. Ser Jaime es la garantía de que los Lannister no olvidarán quiénes son sus amigos. Además... —Robb sonrió de una forma que no llegó a sus ojos—, Ser Jaime y yo tenemos mucho de qué hablar sobre el futuro del reino.
—¡Es un insulto! —gritó Cersei—. ¡Mi hermano no es un rehén!
—No es un rehén, mi Reina —dijo Robb, caminando hacia ella con una elegancia depredadora—. Es un consorte en potencia. He decidido que me casaré, y no con una Frey o una Tully. La sangre de los Stark y el oro de los Lannister unidos bajo mi mando. Es una alianza poderosa, ¿no cree?
El silencio que siguió fue absoluto. La idea de un matrimonio entre dos hombres era casi inaudita en Poniente, pero la forma en que Robb lo dijo, con una seguridad absoluta y una amenaza implícita, dejó a todos sin aliento. No era una propuesta; era una declaración de conquista.
Jaime, que estaba de pie junto a la puerta, apretó el puño. Sus ojos se encontraron con los de Robb. En los del Stark vio una oscuridad infinita, una promesa de que esto era solo el comienzo. Robb Stark no solo quería el trono; quería romper el mundo y volverlo a construir a su imagen.
—Acepto —dijo Jaime, para sorpresa de todos. Su voz era ronca—. Si el joven lobo cree que puede domar a un león, me gustaría verlo intentarlo.
Robb sonrió, una expresión cruel y hermosa.
—Oh, no os voy a domar, Jaime —dijo Robb mientras pasaba a su lado—. Os voy a romper. Y cuando termine, agradeceréis las cenizas que os deje.
Nadie en Invernalia entendía qué le había pasado a Robb Stark. Pero todos sentían el cambio. El invierno se acercaba, sí, pero el Lobo de Sangre había llegado primero. Y Poniente nunca volvería a ser el mismo. Aquellos que se interpusieran en su camino, fueran amigos o enemigos, descubrirían que el joven lobo ya no buscaba justicia, sino poder absoluto para detener la noche eterna, sin importar cuánta sangre tuviera que derramar en el proceso.
Vio a Sansa vendida como una yegua, a Arya convertida en una sombra asesina, a Bran transformado en algo que ya no era humano. Vio a Rickon caer bajo una lluvia de flechas y a Jon, su hermano, cargando con el peso de un mundo que no lo merecía. Vio Desembarco del Rey arder bajo el fuego de un dragón y, finalmente, vio la oscuridad eterna del Rey de la Noche cubriéndolo todo.
—No más —susurró su alma en el vacío.
Y entonces, el mundo dio un vuelco.
Robb Stark abrió los ojos. El aire olía a pino, a nieve fresca y a excremento de caballo. No había sangre en su pecho, solo el peso de su capa de piel de lobo. Estaba en el patio de Invernalia. Frente a él, su padre, Eddard Stark, mantenía una postura rígida mientras una procesión de capas doradas y carmesíes entraba por las puertas de la fortaleza.
Era el día. El día en que Robert Baratheon llegó al Norte. El día en que comenzó el fin.
Robb sintió un calor abrasador recorriendo sus venas. No era la calidez de la alegría, sino el fuego de la furia contenida y una ambición oscura que nunca antes había sentido. Ya no era el muchacho que buscaba honor; era un hombre que había visto el apocalipsis y estaba dispuesto a provocar uno propio para evitarlo.
—Robb, compórtate —murmuró Catelyn a su lado, notando la extraña rigidez de su hijo mayor—. El Rey está por desmontar.
Robb no respondió. Sus ojos azules, antes claros y honestos, ahora parecían pozos de zafiro gélido. Observó a Robert Baratheon, un hombre gordo y acabado, descender de su caballo. Pero su mirada no se detuvo en el rey. Se desvió hacia el hombre que cabalgaba detrás, envuelto en una armadura dorada que brillaba con una insolencia cegadora: Jaime Lannister.
El Matarreyes. El hombre que, en otra vida, había sido su cautivo y luego su ruina indirecta. Robb sintió un deseo posesivo y violento. Si iba a salvar el reino, necesitaba herramientas. Y no había mejor herramienta, ni trofeo más exquisito, que el león más orgulloso de Poniente.
—Majestad —dijo Ned Stark, hincando la rodilla.
Todos lo siguieron, excepto Robb. Se quedó de pie, con la espalda recta, mirando directamente a los ojos de Robert y luego a los de Cersei Lannister. El silencio se prolongó un segundo más de lo debido, creando una tensión palpable.
—¿Y este es tu heredero, Ned? —rugió Robert, aunque su tono flaqueó ante la intensidad de la mirada del joven—. Parece que tiene más hierro en la columna que tú.
—Soy Robb Stark, Majestad —dijo el joven, y su voz no era la de un chico de dieciocho años, sino la de un soberano que ya había dictado sentencias de muerte—. Bienvenidos a Invernalia. Espero que disfruten de la hospitalidad del Norte, mientras dure.
Esa noche, el gran salón estaba lleno de risas y vino, pero Robb apenas probó bocado. Observaba. Analizaba a cada persona como si fuera una pieza en un tablero de ajedrez que pensaba quemar.
—Estás muy callado, hijo —dijo Ned, acercándose a él con una copa de cerveza—. ¿Te preocupa algo? ¿La visita del Rey te inquieta?
—Me preocupa el futuro, padre —respondió Robb, girando el puñal sobre la mesa con una destreza que nadie le conocía—. El Trono de Hierro es una silla incómoda hecha de espadas. He decidido que nadie más se sentará en ella si no es bajo mi mando.
Ned frunció el ceño, soltando una pequeña carcajada nerviosa.
—El vino del sur te ha mareado antes de probarlo. El Rey es mi amigo.
—El Rey es un cadáver que aún camina —sentenció Robb, clavando el puñal en la madera con un golpe seco—. Y el Norte no volverá a arrodillarse ante un ciervo, ni ante un león, ni ante un dragón.
Ned se quedó helado. No reconoció a su hijo. Había una crueldad en sus ojos, una sombra de manipulación que no pertenecía a la estirpe de los Stark.
—Robb, retírate. Estás diciendo locuras —ordenó Ned con severidad.
Robb se levantó sin decir palabra. Pero no fue a sus aposentos. Se dirigió hacia la zona donde los Lannister se habían instalado. Encontró a Jaime Lannister saliendo de las caballerizas, probablemente buscando algún rincón discreto para encontrarse con su hermana.
—Ser Jaime —llamó Robb.
El caballero de la Guardia Real se giró con una sonrisa arrogante, la mano apoyada con elegancia en el pomo de su espada.
—¿El joven lobo ha salido a aullar a la luna? —se burló Jaime—. Deberías estar en el festín, bebiendo hasta perder el sentido.
Robb se acercó hasta quedar a pocos centímetros de él. No había miedo en su postura, solo una autoridad depredadora.
—He tenido un sueño, Ser Jaime —dijo Robb en voz baja—. En mi sueño, vuestra familia moría entre llamas y traiciones. Vuestro hermano era acusado de regicidio, vuestra hermana era humillada y vos... vos perdíais lo que más amáis.
Jaime dejó de sonreír. La intensidad de Robb era asfixiante.
—Los sueños son solo eso, muchacho.
—Este no —Robb dio un paso más, invadiendo el espacio personal del león—. He decidido que voy a tomar el trono. Y he decidido que vos seréis parte de mi corte. No como un guardia, ni como un enemigo.
Jaime soltó una carcajada seca.
—¿Y qué seré entonces? ¿Vuestro bufón?
—Mi consorte —soltó Robb con una frialdad que helaba la sangre—. Os tomaré por la fuerza si es necesario. Os encadenaré a mi cama y a mi voluntad. Seréis el león domado de un rey que no conoce la piedad.
Jaime, indignado y divertido a la vez, intentó empujarlo.
—Estás loco, Stark. Quítate de mi camino antes de que te enseñe cómo muerden los de mi casa.
En un movimiento que Jaime no pudo prever —un movimiento demasiado rápido para un joven de su edad—, Robb desenvainó una daga oculta y la presionó contra la garganta del caballero, justo debajo de la mandíbula. Al mismo tiempo, Viento Gris, que parecía haber surgido de las sombras de la nada, gruñó a los pies de Jaime, mostrando unos colmillos del tamaño de dagas.
—Escuchadme bien, Lannister —susurró Robb al oído de Jaime, mientras el acero pinchaba la piel—. La Larga Noche se acerca. Los muertos vienen a por nosotros. Y yo soy el único que sabe cómo detenerlos. Pero para hacerlo, necesito el Trono de Hierro y necesito que los Lannister estén bajo mi bota. Empezaré por vos. Si volvéis a tocar a vuestra hermana, os cortaré las manos. Si intentáis huir, le enviaré vuestra cabeza a vuestro padre en un saco de estiércol.
—Mi padre te destruirá —siseó Jaime, aunque por primera vez en años, sentía un sudor frío recorriéndole la nuca.
—Vuestro padre será el primero en arrodillarse cuando vea que tengo a su hijo favorito como mi mascota —Robb retiró la daga, pero no antes de hacer un pequeño corte en el cuello de Jaime—. Mañana, cuando el Rey pida a mi padre que sea su Mano, yo pondré mis condiciones. Y vos sois la primera.
Robb se alejó, dejando a un Jaime Lannister estupefacto y temblando de una mezcla de furia y un respeto involuntario nacido del terror.
A la mañana siguiente, la atmósfera en Invernalia había cambiado. Los sirvientes hablaban en susurros sobre el comportamiento del joven Stark. Habían encontrado a un mozo de cuadra, sospechoso de espiar para la Reina, colgado de las almenas con la lengua cortada. Nadie sabía quién lo había hecho, pero Robb Stark desayunaba con una calma imperturbable mientras su madre lo miraba con horror.
—Robb, ¿qué es esto? —preguntó Catelyn, señalando hacia el patio—. Ese hombre... ha sido una ejecución sin juicio.
—Era un traidor, madre —dijo Robb, cortando un trozo de carne sangrienta—. En la guerra que viene, no hay tiempo para juicios. Solo hay aliados o cadáveres.
—¡No estamos en guerra! —exclamó Ned, entrando en el comedor con el rostro desencajado.
—Lo estamos —replicó Robb, poniéndose de pie—. Solo que aún no lo habéis aceptado. Robert os pedirá que vayáis al sur. Aceptad. Pero decidle que yo iré con vos, y que como gesto de buena voluntad entre el Norte y la Corona, Ser Jaime Lannister quedará bajo mi tutela personal aquí, o me acompañará como mi escolta juramentada.
—¿Bajo tu tutela? —Ned no podía creer lo que oía—. Es un caballero de la Guardia Real. Su lugar es junto al Rey.
—Su lugar es donde yo diga —la voz de Robb resonó como un trueno—. Padre, si no hacéis esto, yo mismo tomaré el mando de Invernalia por la fuerza. No permitiré que vuestro honor nos lleve a todos a la tumba. He visto el fin del mundo, y no voy a dejar que ocurra porque seáis demasiado noble para ver los cuchillos en la oscuridad.
Ned Stark dio un paso atrás, mirando a su hijo como si fuera un extraño. El Robb que él conocía, el chico que jugaba con sus hermanos y se preocupaba por el deber, había desaparecido. En su lugar había un hombre manipulador, sanguinario y con una mirada que recordaba a los antiguos Reyes del Invierno, aquellos que sacrificaban hombres a los Árboles Corazón.
—¿Quién eres tú? —susurró Ned.
Robb se acercó a su padre y le puso una mano en el hombro. El agarre fue tan fuerte que resultó doloroso.
—Soy el hombre que salvará a esta familia —dijo Robb—. Aunque para ello tenga que convertirme en el monstruo que todos temen.
Más tarde, en el consejo privado con el Rey, la tensión estalló. Robert Baratheon, borracho pero aún capaz de reconocer un desafío, escuchó la demanda de Robb.
—¿Quieres al Matarreyes como tu "escolta personal"? —Robert soltó una carcajada—. ¡Cersei querrá arrancarte los ojos, muchacho!
—La Reina puede querer muchas cosas, Majestad —dijo Robb, mirando a Cersei, que estaba presente y pálida de rabia—. Pero el Norte es vasto y peligroso. Si mi padre va al sur para serviros, el Norte necesita garantías. Ser Jaime es la garantía de que los Lannister no olvidarán quiénes son sus amigos. Además... —Robb sonrió de una forma que no llegó a sus ojos—, Ser Jaime y yo tenemos mucho de qué hablar sobre el futuro del reino.
—¡Es un insulto! —gritó Cersei—. ¡Mi hermano no es un rehén!
—No es un rehén, mi Reina —dijo Robb, caminando hacia ella con una elegancia depredadora—. Es un consorte en potencia. He decidido que me casaré, y no con una Frey o una Tully. La sangre de los Stark y el oro de los Lannister unidos bajo mi mando. Es una alianza poderosa, ¿no cree?
El silencio que siguió fue absoluto. La idea de un matrimonio entre dos hombres era casi inaudita en Poniente, pero la forma en que Robb lo dijo, con una seguridad absoluta y una amenaza implícita, dejó a todos sin aliento. No era una propuesta; era una declaración de conquista.
Jaime, que estaba de pie junto a la puerta, apretó el puño. Sus ojos se encontraron con los de Robb. En los del Stark vio una oscuridad infinita, una promesa de que esto era solo el comienzo. Robb Stark no solo quería el trono; quería romper el mundo y volverlo a construir a su imagen.
—Acepto —dijo Jaime, para sorpresa de todos. Su voz era ronca—. Si el joven lobo cree que puede domar a un león, me gustaría verlo intentarlo.
Robb sonrió, una expresión cruel y hermosa.
—Oh, no os voy a domar, Jaime —dijo Robb mientras pasaba a su lado—. Os voy a romper. Y cuando termine, agradeceréis las cenizas que os deje.
Nadie en Invernalia entendía qué le había pasado a Robb Stark. Pero todos sentían el cambio. El invierno se acercaba, sí, pero el Lobo de Sangre había llegado primero. Y Poniente nunca volvería a ser el mismo. Aquellos que se interpusieran en su camino, fueran amigos o enemigos, descubrirían que el joven lobo ya no buscaba justicia, sino poder absoluto para detener la noche eterna, sin importar cuánta sangre tuviera que derramar en el proceso.
