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Hora de aventura fat

Fandom: Hora de aventura

Creado: 7/5/2026

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El Banquete del Dulce Exceso

El Reino de la Dulce Princesa siempre había sido un lugar de orden, ciencia y una moderación meticulosa. Sin embargo, algo había cambiado en el aire de Ooo. No era una maldición mágica de naturaleza destructiva, ni un ataque del Rey Helado, sino una compulsión silenciosa que había comenzado en el Dulce Reino y se extendía como el almíbar caliente sobre un pastel.

Todo empezó con los ciudadanos. Los Guardianes de Chicle, usualmente rígidos y vigilantes, ahora se movían con una lentitud inusual, sus abdómenes de cerámica ensanchándose bajo sus armaduras. Los ciudadanos de dulce, desde Pan de Canela hasta los Guardianes de la Puerta, no podían dejar de comer. Pero lo más sorprendente no era el hambre de los súbditos, sino la de la misma Bonnie.

Bonnibel Bubblegum se encontraba en su laboratorio, pero no estaba analizando muestras de ADN. Frente a ella, una montaña de bollos de crema y sándwiches de queso derretido desaparecía a una velocidad alarmante. Sus batas reales ya no cerraban correctamente, y una curva suave y prominente se marcaba bajo su túnica rosada.

—Es... es una anomalía biológica fascinante —dijo Bonnie, llevándose un trozo de pastel de chocolate a la boca mientras escribía notas desordenadas con la otra mano—. Mi metabolismo se ha ralentizado, pero mis niveles de endorfina están por las nubes.

Decidida a investigar si esto era un fenómeno global o solo local, convocó a sus amigas más cercanas. No pasó mucho tiempo antes de que la Princesa Flama y Marceline, la Reina Vampiro, llegaran al castillo.

Cuando Marceline entró flotando por la ventana, no lo hizo con su agilidad habitual. Su figura, usualmente delgada y pálida, se veía notablemente más redondeada. Sus mejillas estaban llenas y su vientre rozaba el borde de su bajo de hacha.

—Bonnie, dime que tienes algo de comer que no sea solo rojo —dijo Marceline, dejándose caer con un suspiro pesado sobre un sofá reforzado—. He estado asaltando bodegas por todo el Reino de los Vampiros. Siento que si no como algo cada cinco minutos, me voy a desvanecer.

—¡Marceline! Tú también —exclamó la Dulce Princesa, soltando un suspiro de alivio—. Pensé que era la única.

En ese momento, la puerta del laboratorio se abrió con un crujido. La Princesa Flama entró caminando, aunque sus pasos hacían temblar ligeramente el suelo. Su forma de fuego, antes afilada y ascendente, ahora era una columna ancha y cálida de llamas densas. Sus caderas se habían ensanchado tanto que su armadura de metal parecía estar a punto de ceder.

—Chicas... —Phoebe, la Princesa Flama, exhaló una pequeña nube de humo—. He estado comiendo carbón y lava petrificada como si fuera algodón de azúcar. Mi reino está preocupado, pero yo... nunca me he sentido tan relajada.

Bonnie se levantó, ajustándose la bata que presionaba su ahora voluminosa figura.

—He analizado el ambiente. Hay una saturación de partículas de "Glotonería Espontánea" en la atmósfera de Ooo. No sé de dónde vienen, pero parece que están afectando principalmente a la realeza.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Marceline, estirando la mano para robarle un tazón de fresas rojas a Bonnie—. ¿Buscar una cura?

Bonnie miró el tazón, luego miró a sus amigas. Phoebe ya se había sentado en el suelo y estaba devorando una caja de galletas de carbón que Bonnie guardaba para experimentos térmicos. Marceline flotaba de espaldas, con la camiseta levantada mostrando una barriga redonda y satisfecha que subía y bajaba con su respiración.

—Bueno —dijo Bonnie, tomando una dona glaseada de una bandeja cercana—, la ciencia dicta que debemos observar los efectos a largo plazo antes de intervenir. Además...

—Además, se siente bien, ¿verdad? —interrumpió Phoebe con una sonrisa perezosa.

—Sí —admitió Bonnie, sintiendo cómo el azúcar recorría su sistema—. Se siente increíblemente bien.

Las semanas pasaron y lo que comenzó como una preocupación científica se transformó en un estilo de vida. El castillo de la Dulce Princesa se convirtió en el epicentro de un banquete interminable. Las tres princesas pasaban la mayor parte del tiempo juntas, disfrutando de la compañía y de las infinitas entregas de comida que los ciudadanos de dulce, igualmente encantados con su nuevo peso, preparaban con esmero.

Un tarde, se encontraban en el gran salón del trono, que había sido redecorado con cojines gigantescos y mesas bajas repletas de manjares.

—No puedo creer que solía preocuparme por mi peso —dijo Marceline, mientras Bonnie le pasaba una jarra de jugo de remolacha ultra concentrado—. Mírenme ahora. Soy básicamente una nube de alegría y sangre.

Marceline se dio una palmadita en su vientre, que ahora era una esfera prominente y firme que descansaba sobre sus muslos. Su ropa habitual había sido reemplazada por túnicas holgadas de color rojo oscuro que apenas contenían su nueva y masiva figura.

—Yo me siento mucho más estable —comentó Phoebe, cuya forma de fuego ahora era un resplandor dorado y vasto—. Antes, mi fuego era inestable debido a mis emociones. Ahora, con todo este peso extra, me siento... anclada. Como un sol pequeño y cómodo.

Phoebe estaba sentada en un rincón reforzado con piedras refractarias, comiendo trozos de obsidiana bañados en miel de fuego. Sus brazos y piernas se habían vuelto gruesos y suaves, y su rostro era un círculo perfecto de felicidad ardiente.

Bonnie, por su parte, era la que más había cambiado. La Dulce Princesa siempre había sido una figura de autoridad esbelta y rígida. Ahora, era una visión de curvas de chicle. Sus brazos se habían vuelto mullidos, y su cintura había desaparecido bajo una barriga que crecía cada día más, obligándola a caminar con un balanceo lento y majestuoso.

—He decidido que no voy a buscar una cura —declaró Bonnie, mientras un sirviente de dulce le traía una bandeja de pasteles de crema—. El Reino está en paz. Nadie pelea, nadie tiene estrés. Todos están demasiado ocupados disfrutando de la comida y de la suavidad de los demás.

—Es la mejor idea que has tenido en siglos, Bonnie —dijo Marceline, soltando un pequeño eructo y riéndose—. Oye, pásame más de ese pudín de cereza.

—Solo si me dejas probar un poco de esa esencia roja que guardas en el sótano —respondió Bonnie con una risita, algo impropio de ella, pero que encajaba perfectamente con su nueva actitud despreocupada.

De repente, la puerta del salón se abrió y Finn y Jake entraron. Finn se detuvo en seco, mirando a su alrededor con los ojos como platos. Jake, por otro lado, simplemente se estiró y tomó una salchicha de una mesa cercana.

—¡Princesa! —exclamó Finn, señalando a Bonnie—. ¡Estás... estás enorme! ¡Todas lo están! ¿Es un ataque de algún monstruo devorador? ¿Necesitan que las rescatemos?

Bonnie miró a Finn desde su trono, que había sido ensanchado para acomodarla. Se llevó un bombón a la boca y masticó lentamente antes de responder.

—Finn, tranquilo. No hay ningún monstruo. Estamos realizando un... estudio social sobre la satisfacción y el volumen corporal.

—¿Un estudio? —Finn miró a Marceline, que estaba lamiendo una paleta roja gigante—. ¡Marceline, apenas puedes flotar a diez centímetros del suelo!

—Y es genial, Finn —dijo Marceline con voz perezosa—. Deberías probarlo. La resistencia al viento es menor cuando eres una bola.

—¡Pero esto no es normal! —insistió Finn, mirando a la Princesa Flama—. Phoebe, tú... tú eres tres veces más grande que la última vez que te vi.

La Princesa Flama soltó una carcajada cálida que hizo que su barriga vibrara como gelatina de fuego.

—Finn, nunca he sido más feliz. Mi fuego no quema con ira, quema con satisfacción. ¿Por qué querría volver a ser delgada y estar siempre al borde de un colapso emocional?

Jake, que ya se había comido media bandeja de sándwiches, se acercó a Finn.

—Hermano, relájate. Mira este lugar. Hay comida por todos lados, todos están felices y las princesas son... bueno, son más princesas que nunca. Hay más de ellas para querer, ¿no?

Finn miró a su alrededor. Vio a los ciudadanos de dulce rodando alegremente por las calles, vio a las princesas riendo y compartiendo comida sin ninguna preocupación en el mundo. Por primera vez en mucho tiempo, no había ninguna crisis que resolver, ningún villano que derrotar.

—Supongo que... si ustedes son felices... —dijo Finn, rascándose la cabeza.

—Lo somos, Finn —dijo Bonnie, extendiendo una mano llena de anillos que apenas cabían en sus dedos hinchados—. De hecho, ¿por qué no te quedas al banquete? He mandado a preparar una tarta de manzana gigante.

—¿Gigante? —preguntó Jake, con los ojos brillando.

—La más grande de Ooo —confirmó Bonnie.

Finn suspiró, soltando su espada y sentándose en un cojín que, aunque grande, todavía le quedaba enorme.

—Está bien. Solo un trozo.

Horas más tarde, incluso Finn había sucumbido al ambiente. Aunque no había ganado peso tan rápido como las princesas, se sentía pesado y satisfecho, escuchando las historias de Marceline sobre sus siglos de vida, ahora interrumpidas por pausas para comer.

La noche cayó sobre el Dulce Reino, pero las luces del castillo permanecieron encendidas. Las tres princesas se acomodaron juntas en una enorme cama de cojines en el centro del salón.

—Saben —dijo Bonnie, acomodando su cabeza sobre el suave hombro de Marceline—, siempre pensé que el poder venía de la inteligencia o de la fuerza mágica.

—¿Y ahora qué piensas? —preguntó Phoebe, cuya calidez envolvía a las otras dos como una manta térmica.

—Ahora pienso que el poder viene de estar tan llena que no puedes moverte —respondió Bonnie, cerrando los ojos con una sonrisa de satisfacción—. Es la forma definitiva de paz.

—Amén a eso —susurró Marceline, dejando que su barriga se fundiera con la de Bonnie mientras ambas se sumergían en un sueño profundo y azucarado.

En el exterior, el reino de Ooo seguía transformándose. Las fronteras entre los reinos se volvían borrosas a medida que todos compartían sus recetas y sus excesos. No había guerras, no había envidias. Solo había el suave sonido de la masticación y la risa satisfecha de un mundo que había decidido, finalmente, que ya había tenido suficiente de correr y pelear, y que era hora de sentarse a comer.

La Dulce Princesa, la Reina Vampiro y la Princesa Flama se convirtieron en las deidades de esta nueva era. No eran figuras distantes y delgadas, sino monumentos a la abundancia y al placer. Y mientras el sol salía sobre un Ooo más redondo y lento, nadie, absolutamente nadie, deseaba que las cosas volvieran a ser como antes.
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