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Fandom: Harry Potter
Creado: 7/5/2026
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OscuroAngustiaDramaPsicológicoFantasíaAmbientación CanonDivergenciaLenguaje ExplícitoViolencia GráficaViolaciónCelosHorror CorporalEstudio de Personaje
El Error del Despertar y la Sombra del Señor Oscuro
La noche en el Callejón Knockturn siempre había sido peligrosa, pero para Rabastan Lestrange, esa noche en particular se había convertido en una trampa mortal de sensaciones difusas. El aire en el bar "La Cabeza del Dragón" estaba cargado de humo y el olor a hidromiel barata, pero lo que Rabastan no detectó fue el sutil aroma dulzón que alguien había vertido en su última copa.
Para cuando se puso en pie, el mundo giraba violentamente. Un calor antinatural comenzó a trepar por su columna vertebral, instalándose en su vientre con una urgencia que lo dejó sin aliento. Sus rodillas temblaban y el sudor frío empapaba su túnica. Necesitaba salir de allí. Necesitaba un lugar seguro, un refugio donde nadie pudiera verlo en ese estado de vulnerabilidad absoluta.
Con un esfuerzo de voluntad sobrehumano, visualizó el único lugar que creía deshabitado en ese momento: la Mansión Riddle. Lord Voldemort le había mencionado semanas atrás que viajaría a Albania para tratar asuntos de magia antigua. La mansión debía estar vacía.
Con un crujido seco, Rabastan se apareció en el vestíbulo de la mansión. Cayó de rodillas sobre la alfombra persa, jadeando. El afrodisíaco estaba quemando su sangre, nublando su juicio y convirtiendo cada roce de su propia ropa en una tortura de sensibilidad.
—¿Rabastan?
La voz era como terciopelo oscuro, gélida pero extrañamente magnética. El joven Lestrange levantó la vista, con la visión borrosa, y vio una figura recortada contra la luz de la chimenea en la biblioteca contigua. No era la criatura serpentina que algunos imaginaban en sus pesadillas; era el hombre que Voldemort elegía ser cuando no necesitaba aterrorizar a las masas: un hombre de una belleza letal, alto, de rasgos aristocráticos y ojos que brillaban con una inteligencia depredadora.
—Mi... mi Lord... —balbuceó Rabastan, intentando ponerse en pie, pero sus fuerzas le fallaron y volvió a caer.
Voldemort se acercó con pasos lentos y elegantes. Se inclinó sobre él, y el aroma a sándalo y magia antigua que desprendía su piel fue el detonante final para el joven. Rabastan sollozó, agarrándose a la túnica de seda negra de su señor.
—Me... me dieron algo... no puedo... —Las palabras se perdieron en un gemido de frustración.
Voldemort observó al joven Lestrange. Rabastan siempre había sido el más impulsivo de los hermanos, pero también poseía una lealtad feroz y una belleza ruda que el Señor Oscuro no había pasado por alto. Al ver las pupilas dilatadas de su seguidor y el rubor febril en sus mejillas, una sonrisa lenta y cruel se dibujó en sus labios.
—Un afrodisíaco de grado ministerial, por lo que veo —murmuró Voldemort, pasando sus dedos largos y fríos por la mandíbula de Rabastan—. Has venido al lugar equivocado buscando refugio, pequeño mortífago... o quizás, al lugar correcto.
—Ayúdeme... por favor —suplicó Rabastan, perdiendo toda noción de jerarquía ante la necesidad abrasadora.
Voldemort lo tomó del mentón, obligándolo a mirarlo a los ojos. En ese momento, el Señor Oscuro no vio a un sirviente, sino un juguete delicioso que el destino le ponía en bandeja de plata. Su naturaleza despiadada y posesiva se encendió. Si Rabastan quería alivio, lo tendría, pero bajo los términos de un monstruo que no conocía la palabra "delicadeza".
—Te daré lo que buscas —susurró Voldemort al oído de Rabastan, haciendo que este se estremeciera—, pero mañana pertenecerás a mi sombra más que nunca.
La noche se convirtió en un torbellino de sombras y sensaciones agónicas. Voldemort fue inteligente en su manipulación del placer y el dolor, usando su poder para someter cada fibra del cuerpo de Rabastan. No hubo ternura, solo una posesión absoluta y sanguinaria que dejó al joven al borde del colapso sensorial.
A la mañana siguiente, los primeros rayos de sol se filtraron por las pesadas cortinas de terciopelo verde de la habitación principal.
Rabastan abrió los ojos y, por un segundo, el silencio fue absoluto. Luego, el dolor llegó como una bofetada. Le dolía todo el cuerpo; sentía los músculos agarrotados y la piel le ardía con marcas que sabía que no desaparecerían en días. Se movió ligeramente y un siseo de dolor escapó de sus labios.
Fue entonces cuando lo vio.
A su lado, descansando con una calma casi sobrenatural, estaba Lord Voldemort. El rostro del Señor Oscuro, incluso en sueños, mantenía esa expresión de superioridad y poder. Las sábanas de seda negra apenas cubrían su torso, revelando una piel pálida y perfecta.
El horror inundó el pecho de Rabastan. Los recuerdos de la noche anterior regresaron en ráfagas violentas: sus propios ruegos, la risa baja y peligrosa de su Lord, la forma en que el hombre más poderoso del mundo mágico lo había reclamado como si fuera un objeto.
—Oh, Merlín... ¿qué he hecho? —susurró para sí mismo, con el corazón martilleando contra sus costillas.
El pánico, ciego y absoluto, se apoderó de él. No pensó en las consecuencias, no pensó en la lealtad, solo pensó en que no podía estar allí cuando esos ojos rojos o cenicientos se abrieran y lo miraran con el conocimiento de lo que habían compartido. La vergüenza y el miedo a la represalia de un ser tan despiadado lo impulsaron a actuar.
Se levantó de la cama con movimientos torpes y dolorosos, recogiendo sus ropas rasgadas del suelo. Con manos temblorosas, se vistió como pudo, sin atreverse siquiera a usar magia por temor a que el flujo de energía despertara al hombre en la cama.
Llegó a la puerta de la habitación y lanzó una última mirada hacia atrás. Voldemort seguía durmiendo, una imagen de belleza letal. Rabastan salió al pasillo, corrió hacia los límites de la mansión y, en cuanto sintió que las protecciones se lo permitían, se desapareció con un estallido sordo.
Dos horas después, Lord Voldemort despertó.
No lo hizo de golpe, sino con la parsimonia de un depredador que sabe que no tiene enemigos a los que temer. Estiró un brazo, esperando encontrar el cuerpo cálido y tembloroso del joven que lo había entretenido tan exquisitamente durante la noche.
Sus dedos solo tocaron la seda fría de las sábanas.
Voldemort abrió los ojos lentamente. La habitación estaba vacía. Se incorporó, su mirada recorriendo cada rincón del dormitorio. El rastro del aroma de Rabastan todavía flotaba en el aire, pero el joven se había ido.
Una sombra de incredulidad cruzó su rostro, seguida rápidamente por una furia fría y cortante. Nadie abandonaba a Lord Voldemort. Nadie se atrevía a huir de su cama como si fuera un encuentro vergonzoso en un callejón oscuro. Él le había dado lo que el joven pedía, lo había marcado, lo había poseído con una intensidad que habría doblegado a hombres más fuertes, y Rabastan Lestrange había tenido la osadía de huir mientras él dormía.
Se puso en pie, envolviéndose en una túnica de seda negra que parecía absorber la poca luz de la estancia. Caminó hacia la ventana, observando los jardines marchitos de la mansión.
—¿Así que has decidido huir, Rabastan? —murmuró para la habitación vacía. Su voz era un susurro que prometía tormentas de agonía—. Has cometido el peor error de tu vida. Pensaste que esto era algo que podías dejar atrás, un desliz de una noche de embriaguez.
Voldemort apretó el puño, y un jarrón de cristal cercano estalló en mil pedazos por la mera presión de su magia.
—No se huye de un dios —continuó, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Ahora, la caza será mucho más interesante.
Mientras tanto, en la Mansión Lestrange, Rabastan se había encerrado en su habitación, temblando bajo las mantas, creyendo ingenuamente que el silencio y la distancia lo protegerían. No sabía que, en ese mismo instante, su nombre estaba siendo pronunciado con una posesividad letal en la mente del mago más peligroso de la historia.
Voldemort no estaba feliz. Y un Señor Oscuro insatisfecho era lo más peligroso que el mundo mágico podía conocer. Sabía exactamente dónde encontrarlo, y sabía exactamente cómo castigarlo: no con la muerte, sino con una servidumbre tan absoluta que Rabastan desearía no haber nacido nunca.
—Nagini —llamó Voldemort. La gran serpiente se deslizó desde las sombras, siseando—. Prepara a los otros. Tenemos una reunión... y quiero que mi querido Rabastan esté en primera fila.
El juego había comenzado, y Rabastan Lestrange acababa de entregarle a Voldemort todas las piezas para su propia destrucción. El joven no solo había dejado una cama; había dejado atrás la última oportunidad de recibir clemencia. Ahora, solo quedaba la obsesión de un monstruo inteligente y despiadado que no aceptaba un "no" por respuesta, ni una huida como despedida.
Para cuando se puso en pie, el mundo giraba violentamente. Un calor antinatural comenzó a trepar por su columna vertebral, instalándose en su vientre con una urgencia que lo dejó sin aliento. Sus rodillas temblaban y el sudor frío empapaba su túnica. Necesitaba salir de allí. Necesitaba un lugar seguro, un refugio donde nadie pudiera verlo en ese estado de vulnerabilidad absoluta.
Con un esfuerzo de voluntad sobrehumano, visualizó el único lugar que creía deshabitado en ese momento: la Mansión Riddle. Lord Voldemort le había mencionado semanas atrás que viajaría a Albania para tratar asuntos de magia antigua. La mansión debía estar vacía.
Con un crujido seco, Rabastan se apareció en el vestíbulo de la mansión. Cayó de rodillas sobre la alfombra persa, jadeando. El afrodisíaco estaba quemando su sangre, nublando su juicio y convirtiendo cada roce de su propia ropa en una tortura de sensibilidad.
—¿Rabastan?
La voz era como terciopelo oscuro, gélida pero extrañamente magnética. El joven Lestrange levantó la vista, con la visión borrosa, y vio una figura recortada contra la luz de la chimenea en la biblioteca contigua. No era la criatura serpentina que algunos imaginaban en sus pesadillas; era el hombre que Voldemort elegía ser cuando no necesitaba aterrorizar a las masas: un hombre de una belleza letal, alto, de rasgos aristocráticos y ojos que brillaban con una inteligencia depredadora.
—Mi... mi Lord... —balbuceó Rabastan, intentando ponerse en pie, pero sus fuerzas le fallaron y volvió a caer.
Voldemort se acercó con pasos lentos y elegantes. Se inclinó sobre él, y el aroma a sándalo y magia antigua que desprendía su piel fue el detonante final para el joven. Rabastan sollozó, agarrándose a la túnica de seda negra de su señor.
—Me... me dieron algo... no puedo... —Las palabras se perdieron en un gemido de frustración.
Voldemort observó al joven Lestrange. Rabastan siempre había sido el más impulsivo de los hermanos, pero también poseía una lealtad feroz y una belleza ruda que el Señor Oscuro no había pasado por alto. Al ver las pupilas dilatadas de su seguidor y el rubor febril en sus mejillas, una sonrisa lenta y cruel se dibujó en sus labios.
—Un afrodisíaco de grado ministerial, por lo que veo —murmuró Voldemort, pasando sus dedos largos y fríos por la mandíbula de Rabastan—. Has venido al lugar equivocado buscando refugio, pequeño mortífago... o quizás, al lugar correcto.
—Ayúdeme... por favor —suplicó Rabastan, perdiendo toda noción de jerarquía ante la necesidad abrasadora.
Voldemort lo tomó del mentón, obligándolo a mirarlo a los ojos. En ese momento, el Señor Oscuro no vio a un sirviente, sino un juguete delicioso que el destino le ponía en bandeja de plata. Su naturaleza despiadada y posesiva se encendió. Si Rabastan quería alivio, lo tendría, pero bajo los términos de un monstruo que no conocía la palabra "delicadeza".
—Te daré lo que buscas —susurró Voldemort al oído de Rabastan, haciendo que este se estremeciera—, pero mañana pertenecerás a mi sombra más que nunca.
La noche se convirtió en un torbellino de sombras y sensaciones agónicas. Voldemort fue inteligente en su manipulación del placer y el dolor, usando su poder para someter cada fibra del cuerpo de Rabastan. No hubo ternura, solo una posesión absoluta y sanguinaria que dejó al joven al borde del colapso sensorial.
A la mañana siguiente, los primeros rayos de sol se filtraron por las pesadas cortinas de terciopelo verde de la habitación principal.
Rabastan abrió los ojos y, por un segundo, el silencio fue absoluto. Luego, el dolor llegó como una bofetada. Le dolía todo el cuerpo; sentía los músculos agarrotados y la piel le ardía con marcas que sabía que no desaparecerían en días. Se movió ligeramente y un siseo de dolor escapó de sus labios.
Fue entonces cuando lo vio.
A su lado, descansando con una calma casi sobrenatural, estaba Lord Voldemort. El rostro del Señor Oscuro, incluso en sueños, mantenía esa expresión de superioridad y poder. Las sábanas de seda negra apenas cubrían su torso, revelando una piel pálida y perfecta.
El horror inundó el pecho de Rabastan. Los recuerdos de la noche anterior regresaron en ráfagas violentas: sus propios ruegos, la risa baja y peligrosa de su Lord, la forma en que el hombre más poderoso del mundo mágico lo había reclamado como si fuera un objeto.
—Oh, Merlín... ¿qué he hecho? —susurró para sí mismo, con el corazón martilleando contra sus costillas.
El pánico, ciego y absoluto, se apoderó de él. No pensó en las consecuencias, no pensó en la lealtad, solo pensó en que no podía estar allí cuando esos ojos rojos o cenicientos se abrieran y lo miraran con el conocimiento de lo que habían compartido. La vergüenza y el miedo a la represalia de un ser tan despiadado lo impulsaron a actuar.
Se levantó de la cama con movimientos torpes y dolorosos, recogiendo sus ropas rasgadas del suelo. Con manos temblorosas, se vistió como pudo, sin atreverse siquiera a usar magia por temor a que el flujo de energía despertara al hombre en la cama.
Llegó a la puerta de la habitación y lanzó una última mirada hacia atrás. Voldemort seguía durmiendo, una imagen de belleza letal. Rabastan salió al pasillo, corrió hacia los límites de la mansión y, en cuanto sintió que las protecciones se lo permitían, se desapareció con un estallido sordo.
Dos horas después, Lord Voldemort despertó.
No lo hizo de golpe, sino con la parsimonia de un depredador que sabe que no tiene enemigos a los que temer. Estiró un brazo, esperando encontrar el cuerpo cálido y tembloroso del joven que lo había entretenido tan exquisitamente durante la noche.
Sus dedos solo tocaron la seda fría de las sábanas.
Voldemort abrió los ojos lentamente. La habitación estaba vacía. Se incorporó, su mirada recorriendo cada rincón del dormitorio. El rastro del aroma de Rabastan todavía flotaba en el aire, pero el joven se había ido.
Una sombra de incredulidad cruzó su rostro, seguida rápidamente por una furia fría y cortante. Nadie abandonaba a Lord Voldemort. Nadie se atrevía a huir de su cama como si fuera un encuentro vergonzoso en un callejón oscuro. Él le había dado lo que el joven pedía, lo había marcado, lo había poseído con una intensidad que habría doblegado a hombres más fuertes, y Rabastan Lestrange había tenido la osadía de huir mientras él dormía.
Se puso en pie, envolviéndose en una túnica de seda negra que parecía absorber la poca luz de la estancia. Caminó hacia la ventana, observando los jardines marchitos de la mansión.
—¿Así que has decidido huir, Rabastan? —murmuró para la habitación vacía. Su voz era un susurro que prometía tormentas de agonía—. Has cometido el peor error de tu vida. Pensaste que esto era algo que podías dejar atrás, un desliz de una noche de embriaguez.
Voldemort apretó el puño, y un jarrón de cristal cercano estalló en mil pedazos por la mera presión de su magia.
—No se huye de un dios —continuó, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Ahora, la caza será mucho más interesante.
Mientras tanto, en la Mansión Lestrange, Rabastan se había encerrado en su habitación, temblando bajo las mantas, creyendo ingenuamente que el silencio y la distancia lo protegerían. No sabía que, en ese mismo instante, su nombre estaba siendo pronunciado con una posesividad letal en la mente del mago más peligroso de la historia.
Voldemort no estaba feliz. Y un Señor Oscuro insatisfecho era lo más peligroso que el mundo mágico podía conocer. Sabía exactamente dónde encontrarlo, y sabía exactamente cómo castigarlo: no con la muerte, sino con una servidumbre tan absoluta que Rabastan desearía no haber nacido nunca.
—Nagini —llamó Voldemort. La gran serpiente se deslizó desde las sombras, siseando—. Prepara a los otros. Tenemos una reunión... y quiero que mi querido Rabastan esté en primera fila.
El juego había comenzado, y Rabastan Lestrange acababa de entregarle a Voldemort todas las piezas para su propia destrucción. El joven no solo había dejado una cama; había dejado atrás la última oportunidad de recibir clemencia. Ahora, solo quedaba la obsesión de un monstruo inteligente y despiadado que no aceptaba un "no" por respuesta, ni una huida como despedida.
