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Fandom: Kpop, riize

Creado: 8/5/2026

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Píxeles, Acuarelas y un Corazón en Pausa

La biblioteca de la universidad siempre era el refugio seguro de Sohee. Mientras el resto del campus vibraba con la energía de los eventos deportivos y las reuniones sociales, él prefería el aroma a papel viejo y el silencio interrumpido solo por el teclear rítmico de su computadora. Sohee era, a ojos de la mayoría, un fantasma. Un chico de hombros encogidos, sudaderas demasiado grandes y una fascinación por los RPGs clásicos y el anime de los noventa que pocos entendían.

—Sohee, si sigues pegado a esa pantalla, tus ojos se van a convertir en píxeles —dijo una voz profunda y burlona a sus espaldas.

Sohee dio un pequeño salto, cerrando casi por instinto la pestaña donde leía un foro sobre *Evangelion*. Se giró para encontrar a Sungchan y Anton, quienes, a diferencia de él, parecían haber sido esculpidos por los mismos dioses de la popularidad.

—Solo... solo estaba terminando una misión —murmuró Sohee, ajustándose las gafas que se le resbalaban por el puente de la nariz.

—Vamos, pequeño, es hora de almorzar —dijo Anton con una sonrisa amable, rodeando los hombros de Sohee con su brazo—. Los demás nos esperan en la cafetería. Y no dejes que esos idiotas del equipo de fútbol te miren raro; si dicen algo, se las verán con Eunseok.

Sohee asintió tímidamente. Se sentía afortunado, y a veces confundido, de por qué el grupo más codiciado de la universidad —Riize— lo había adoptado como uno de los suyos. Eran sus protectores, sus hermanos mayores, los que ahuyentaban los susurros que lo llamaban "loser" o "el otaku raro". Pero incluso con ellos a su lado, Sohee sentía que vivía en un mundo aparte, uno donde el amor era algo que solo les pasaba a los protagonistas de sus series favoritas.

Al entrar a la cafetería, el ruido aumentó drásticamente. Y entonces, la vio.

Chofi estaba sentada en una mesa central, rodeada de gente. Reía de algo que alguien acababa de decir, y su risa parecía iluminar incluso los rincones más polvorientos del lugar. Era la chica que todo el mundo conocía: hermosa, alegre, la capitana del club de arte y alguien que, a pesar de su estatus, siempre saludaba al conserje por su nombre.

Sohee se quedó paralizado un segundo de más, observando cómo un rayo de sol golpeaba el cabello de Chofi.

—Tierra llamando a Sohee —canturreó Shotaro, dándole un codazo juguetón cuando se sentaron a un par de mesas de distancia—. Estás mirando a Chofi otra vez.

—No... no es cierto —mintió Sohee, sintiendo que sus mejillas ardían como ascuas.

—Es demasiado para ti, amigo —comentó Wonbin con una mueca de simpatía, aunque sin malicia—. No porque no seas genial, sino porque esa chica tiene una fila de pretendientes que llega hasta la salida del campus. Anoche, el capitán de baloncesto le llevó flores y ella lo rechazó con tanta amabilidad que el tipo hasta le dio las gracias.

Sohee bajó la mirada hacia su ensalada. Lo sabía. Lo sabía perfectamente. Chofi era un sol y él era solo un pequeño satélite perdido en la oscuridad.

Sin embargo, el destino tenía planes diferentes para la clase de "Historia del Arte Contemporáneo" esa tarde.

Sohee llegó temprano, como siempre, sentándose en la penúltima fila para evitar llamar la atención. Sacó su cuaderno, que estaba lleno de bocetos de personajes de videojuegos y notas meticulosas. De repente, el asiento a su lado se movió.

—Hola, ¿está ocupado?

Sohee levantó la vista y sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Era ella. Chofi le sonreía con una naturalidad que lo desarmó por completo. Llevaba un suéter de lana color crema y sus ojos brillaban con una curiosidad genuina.

—N-no, no está ocupado —logró decir Sohee, su voz apenas un susurro.

—¡Genial! —Ella se sentó y dejó su bolso sobre la mesa—. Soy Chofi. Bueno, creo que ya nos hemos visto por ahí, vas con el grupo de Sungchan, ¿verdad?

—Sí... soy Sohee.

—Encantada, Sohee. Oye, qué dibujo tan increíble —dijo ella, señalando el margen de su cuaderno donde Sohee había dibujado una pequeña criatura de fantasía—. ¿Es de algún juego?

Sohee sintió que el corazón le latía con fuerza. Normalmente, la gente se burlaba de sus dibujos o los ignoraba.

—Es... es un diseño propio —explicó, ganando un poco de confianza—. Me gusta imaginar personajes para juegos de rol.

—¡Eso es asombroso! —exclamó ella, y no parecía estar siendo educada; realmente parecía impresionada—. Yo estudio artes plásticas, pero siempre me ha costado el diseño de personajes. Tienes un trazo muy limpio.

Durante la siguiente hora, Sohee apenas pudo concentrarse en la lección sobre el expresionismo abstracto. Estaba demasiado consciente de la presencia de Chofi a su lado, del aroma a vainilla que desprendía y de cómo ella garabateaba notas con una letra redonda y perfecta.

—Chicos, para el proyecto de mitad de semestre —anunció el profesor al final de la clase—, trabajarán en parejas. El objetivo es fusionar una técnica clásica con una narrativa moderna. Elijan a su compañero ahora.

El salón se llenó de ruido instantáneamente. Sohee comenzó a recoger sus cosas a toda prisa, asumiendo que Chofi se iría con alguna de sus muchas amigas que ya la estaban llamando desde el otro lado del aula.

—¡Chofi! ¡Ven con nosotras! —gritó una chica desde la primera fila.

Chofi miró a sus amigas, luego miró a Sohee, que tenía la mirada clavada en su mochila.

—Lo siento, chicas —dijo Chofi en voz alta, sorprendiendo a medio salón—, ya tengo compañero.

Sohee sintió un toque suave en su brazo.

—Sohee, ¿te gustaría trabajar conmigo? —preguntó ella con una sonrisa tímida—. Creo que si mezclamos tus diseños con mis óleos, podríamos hacer algo realmente especial.

—¿Yo? —Sohee se señaló a sí mismo, incrédulo—. Pero... hay mucha gente que querría trabajar contigo. Yo solo soy... bueno, ya sabes.

Chofi ladeó la cabeza, observándolo con una dulzura que le encogió el alma.

—Eres alguien con mucho talento, Sohee. Y pareces una persona muy amable. ¿Entonces? ¿Aceptas?

—Sí —respondió él, y por primera vez en mucho tiempo, no tartamudeó—. Me encantaría.

Las semanas siguientes fueron un borrón de colores y conversaciones a altas horas de la noche. Se reunían en el taller de arte de la universidad cuando ya casi no quedaba nadie. Al principio, Sohee estaba aterrado de decir algo estúpido, pero Chofi tenía una forma de hacerlo sentir cómodo que era casi mágica.

—¿Sabes? —dijo ella una tarde, mientras mezclaba un tono azul cobalto—. Mis amigos dicen que eres muy callado, pero yo creo que simplemente escuchas mejor que los demás.

—A veces es más fácil escuchar que hablar —admitió Sohee, concentrado en digitalizar uno de los bocetos que ella luego pintaría en el lienzo—. En los videojuegos, siempre prefiero a los personajes que observan desde las sombras. Tienen más información.

Chofi soltó una risita y le salpicó un poco de pintura en la mejilla con el pincel.

—¡Oye! —protestó Sohee, aunque no pudo evitar sonreír.

—Te ves mejor cuando sonríes, Sohee. No deberías esconderte tanto. Tus amigos te cuidan mucho, pero a veces parece que intentas desaparecer detrás de ellos.

—Es que... ellos son brillantes —dijo él, bajando la vista—. Yo solo soy el chico que juega a ser héroe en una pantalla porque en la vida real no sabe ni cómo pedir un café sin ponerse nervioso.

Chofi dejó el pincel y se acercó a él. El taller estaba en silencio, solo se oía el zumbido del aire acondicionado y el latido desbocado de Sohee.

—Pues ese chico que "juega a ser héroe" me ha enseñado más sobre composición y narrativa en dos semanas que tres años de carrera —dijo ella con voz suave—. Y a mí me gusta mucho ese chico.

Sohee sintió que el mundo se detenía. ¿Había escuchado bien?

—¿Te... te gusto? —preguntó, con el corazón en la garganta.

Chofi se sonrojó un poco, lo cual era una visión que Sohee nunca pensó presenciar. La chica perfecta, la más popular, estaba nerviosa frente a él.

—Me gustas mucho, Sohee. Me gusta que seas tímido, me gusta que te apasione el anime y me gusta cómo te brilla la mirada cuando hablas de las cosas que amas. No eres un "loser". Eres la persona más auténtica que he conocido en esta universidad llena de gente que solo finge.

Sohee no supo qué decir. Por un momento, se sintió como el protagonista de uno de sus animes de romance favoritos, justo en el clímax de la historia. Pero esto no era una animación; era real. La calidez de la mano de Chofi sobre la suya era real.

—Yo... yo siempre pensé que eras inalcanzable —confesó Sohee, su voz quebrándose un poco—. Te veía en los pasillos y pensaba que éramos de mundos diferentes.

—Los mundos diferentes son los más interesantes cuando se cruzan —respondió ella, acortando la distancia entre ambos.

En ese momento, la puerta del taller se abrió de par en par.

—¡Sohee! ¡Trajimos pizza porque sabemos que no has comido nada...! —la voz de Seunghan se cortó en seco al ver la escena.

Detrás de él, el resto de Riize se asomó con curiosidad. Eunseok, Wonbin, Shotaro, Sungchan y Anton se quedaron congelados al ver a Sohee y Chofi tan cerca el uno del otro.

—Oh —dijo Anton, con una sonrisa pícara que se extendió por todo su rostro—. Creo que interrumpimos algo importante.

—¡No es lo que parece! —exclamó Sohee, saltando hacia atrás y tropezando con un caballete.

Chofi, sin embargo, no se alejó. Se rió con ganas y saludó a los chicos con la mano.

—Hola, chicos. Justo a tiempo, muero de hambre. ¿Sohee y yo podemos unirnos?

Los miembros de Riize intercambiaron miradas de complicidad. Sungchan se acercó a Sohee y le dio una palmada en la espalda que casi lo tira al suelo.

—Claro que sí, Chofi. Siempre hay espacio para una más en la familia —dijo Sungchan, guiñándole un ojo a su amigo—. Parece que nuestro Sohee finalmente subió de nivel.

Sohee, con la cara roja como un tomate pero con una felicidad que no le cabía en el pecho, miró a Chofi. Ella le guiñó un ojo y tomó un pedazo de pizza, sentándose en el suelo del taller como si hubiera estado allí toda la vida.

Esa noche, Sohee no regresó a su dormitorio a jugar videojuegos. Se quedó hablando con sus amigos y con la chica de sus sueños, dándose cuenta de que, a veces, el "loser" no es el que tiene pasatiempos diferentes, sino el que tiene miedo de mostrar quién es realmente. Y él, gracias a Chofi, ya no tenía miedo.

—¿Entonces me enseñarás a jugar ese RPG del que tanto hablas? —le preguntó ella mientras caminaban hacia la salida, ya tarde en la noche.

—Solo si prometes no reírte si pierdo —respondió él, caminando un poco más erguido.

—Prometido —dijo ella, entrelazando sus dedos con los de él.

Bajo las luces del campus, las sombras de ambos se proyectaban largas y unidas, marcando el inicio de una historia que ningún videojuego podría superar.
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