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Fandom: Ninguno
Creado: 10/5/2026
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RomanceRecortes de VidaDolor/ConsueloFluffHumorCiencia FicciónHistoria DomésticaEstudio de Personaje
Arañazos de medianoche y el peso del invierno
La lluvia golpeaba con una violencia rítmica contra el cristal de la ventana, como si el cielo mismo intentara entrar en la calidez de la habitación de Kass. Afuera, el mundo se había vuelto un lienzo borroso de gris y azul oscuro, pero adentro, el aire estaba cargado de una quietud densa y eléctrica. Hacía apenas unas horas, ambos estaban empujando una estantería pesada y riendo por lo torpes que podían llegar a ser cuando intentaban coordinar sus movimientos. Ahora, el frío que se filtraba por las rendijas de la casa obligaba a buscar una solución más práctica que simplemente subir la calefacción.
Kass se removió entre las sábanas, sintiendo el peso reconfortante de Kazuke a su lado. La cama era lo suficientemente grande para dos, pero el chico de pelo verde menta parecía decidido a ocupar el menor espacio posible, o quizás, a estar lo más cerca posible de la única fuente de calor disponible. Kazuke, con su pijama de Hello Kitty que le quedaba ligeramente grande, se veía casi pequeño bajo la luz tenue de la tormenta. Sus antenas, usualmente erguidas por la curiosidad, estaban curvadas hacia abajo, relajadas por el sueño profundo.
Para ser una pareja tan reciente, el silencio entre ellos solía ser una barrera difícil de romper en público. En la calle, apenas si rozaban sus manos; en el trabajo paseando perros, mantenían una distancia profesional que rayaba en lo cómico. Pero allí, protegidos por las paredes de la casa de Kass y el rugido del viento, la vergüenza parecía haberse disuelto con la lluvia.
Kass observó el perfil de Kazuke. El cabello verde menta le cubría los ojos, pero podía ver el brillo suave de su piel verde esmeralda bajo la luz de la luna filtrada. Sabía que Kazuke odiaba el frío con la misma intensidad con la que amaba sus cactus rojos. Por eso, no le sorprendió cuando, a mitad de la noche, sintió que el chico se pegaba a su espalda como si fuera un imán.
—Tienes frío... —susurró Kass en la oscuridad, aunque sabía que el otro ya estaba medio dormido.
No hubo respuesta verbal, solo un gruñido bajo y un movimiento brusco. Kazuke se aferró a él, buscando desesperadamente el calor corporal. En algún momento de la madrugada, la temperatura descendió tanto que el instinto de supervivencia de Kazuke superó su habitual timidez. Sus dedos, delgados pero fuertes por el trabajo físico, se enterraron en la tela de la camiseta de Kass, y luego, en un movimiento torpe y febril, sus manos buscaron el contacto directo con la piel.
Kass, entre sueños, solo sintió un alivio ardiente. Se quitó la camiseta en un acto reflejo, sintiendo que el aire frío de la habitación era compensado por el calor sofocante que emanaba de Kazuke. Se durmieron así, entrelazados de una forma que les habría hecho morir de vergüenza si alguien los viera por un agujero de la cerradura.
La mañana llegó con una luz pálida y lavada. El ruido de la lluvia había cesado, dejando paso a ese goteo constante y melancólico de los tejados. Kass fue el primero en abrir los ojos. Se sentía extrañamente ligero, pero al intentar estirarse, un escozor agudo le recorrió la espalda.
—Maldición... —susurró, sentándose en el borde de la cama.
Se pasó la mano por la espalda y sintió los surcos. Eran líneas finas, una serie de marcas que le recordaban a las raíces de las plantas que tanto le gustaba cuidar. Le picaban de una forma irritante pero extrañamente satisfactoria. Miró hacia atrás y vio a Kazuke, que seguía siendo un bulto inmóvil bajo el edredón, con solo las puntas de sus antenas asomando.
Kass se levantó y se dirigió al espejo del baño. Al girarse un poco, pudo ver el desastre en su piel verde claro: arañazos largos, algunos más profundos que otros, distribuidos por sus omóplatos. Recordó vagamente a Kazuke aferrándose a él durante la noche, temblando por el frío, buscando un anclaje en medio del invierno.
—Parece que me peleé con un gato callejero —murmuró para sí mismo con una sonrisa sarcástica, aunque sus ojos reflejaban una ternura genuina.
Regresó a la habitación y vio que Kazuke no se había movido ni un centímetro. Eran casi las once de la mañana. Kass decidió dejarlo descansar; sabía que Kazuke no era una persona de mañanas, y mucho menos después de una noche donde el frío lo había mantenido en un estado de alerta constante. Se puso unos pantalones cómodos y bajó a la cocina para preparar algo de café, aprovechando el tiempo para sacar su cuaderno de notas.
Pasó casi una hora analizando la situación. Escribió sobre cómo la timidez de Kazuke desaparecía cuando sus necesidades básicas —como el calor— se veían amenazadas. "Es como un cactus", escribió Kass, "parece espinoso y distante, pero por dentro está lleno de agua y vida, y si te acercas lo suficiente en el momento adecuado, se aferra a ti para no marchitarse".
De repente, el silencio de la casa fue roto por un sonido estridente que venía del piso de arriba. Era el tono de llamada del teléfono de Kazuke, una melodía animada que contrastaba con la personalidad seria del chico.
Kass subió las escaleras con calma y entró al cuarto justo cuando Kazuke emergía de entre las sábanas como un náufrago saliendo del mar. El pelo verde menta estaba más alborotado que nunca, cubriéndole la cara casi por completo. Sus antenas vibraban con irritación.
—¿Quién...? —balbuceó Kazuke con la voz ronca por el sueño.
—Es tu madre, Kaz —dijo Kass, apoyado en el marco de la puerta, observando la escena con diversión.
Kazuke dio un salto, buscando el teléfono entre las almohadas. Al encontrarlo, contestó con un hilo de voz, tratando de sonar mucho más despierto de lo que realmente estaba.
—Sí, mamá... No, estoy bien. Me quedé en casa de Kass por la tormenta —Kazuke hizo una pausa, sus ojos (aunque ocultos tras el flequillo) parecieron enfocarse de repente en la figura de Kass, que estaba allí de pie, sin camiseta, mostrando claramente los arañazos en su espalda—. Sí... movimos unos muebles... No, no me resfrié. Estaba... caliente. Sí, vuelvo luego. Adiós.
Colgó el teléfono y el silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio pesado, cargado de una comprensión lenta. Kazuke se quedó mirando la espalda de Kass. Sus antenas se pusieron de un color verde más intenso, casi fluorescente, una señal clara de que su sangre estaba hirviendo de vergüenza.
—Kass... —empezó Kazuke, señalando con un dedo tembloroso la espalda de su novio—. ¿Qué te pasó?
Kass se encogió de hombros, lo que hizo que los arañazos se estiraran y le provocaran un nuevo ataque de picazón.
—Digamos que alguien no quería que me fuera a ninguna parte anoche —respondió Kass con su habitual sarcasmo—. Tenías frío, Kazuke. Mucho frío.
Kazuke se cubrió la cara con ambas manos, hundiéndose de nuevo en la almohada.
—Lo siento... No me di cuenta. Yo... cuando tengo frío no controlo bien lo que hago. Mis manos simplemente buscan algo de donde agarrarse.
—No te disculpes —dijo Kass, acercándose a la cama y sentándose en el borde—. No duele tanto. Solo pica. Además, creo que es la primera vez que te dejas llevar tanto. Aunque sea dormido.
Kazuke asomó un ojo por entre sus dedos. Su piel verde brillante contrastaba con el rojo de su pijama de Hello Kitty.
—Es humillante —susurró Kazuke—. En el trabajo ni siquiera puedo mirarte a los ojos más de tres segundos sin querer esconderme en un arbusto, y ahora resulta que te marqué como si fueras un territorio.
—Bueno, técnicamente lo soy, ¿no? —Kass soltó una risa seca pero amable—. Somos pareja. Aunque nos cueste admitirlo frente a los demás, aquí no hay nadie más que nosotros. Y mis plantas, pero ellas no saben guardar secretos.
Kazuke se incorporó lentamente, estirando sus delgados brazos. Se sentía pesado, como si el sueño de mediodía lo hubiera dejado más cansado que antes. Se acercó a Kass y, con una timidez renovada, extendió una mano para rozar uno de los arañazos.
—¿De verdad no te duele? —preguntó en voz baja.
—Pica —repitió Kass—. Pero si quieres compensarlo, podrías ayudarme a poner algo de pomada. O podrías admitir que te encanta dormir conmigo.
Kazuke retiró la mano rápidamente, sus antenas curvándose de nuevo.
—Me gusta... el calor —mintió Kazuke, aunque ambos sabían que era una verdad a medias.
—Claro, el calor —asintió Kass, levantándose para buscar el botiquín—. Por cierto, tu mamá sonaba muy convencida de que estabas trabajando duro. Si supiera que te despiertas a mediodía después de usarme como poste de rascado...
—¡Cállate, Kass! —exclamó Kazuke, lanzándole una almohada que Kass atrapó con facilidad.
—La verdad duele, nerd —dijo Kass desde la puerta—. Baja cuando estés listo. Hice café. Y tráeme una camiseta, que hace frío y mi "calefacción personal" ya se despertó.
Kazuke se quedó solo en la habitación, mirando sus propias manos. Eran manos de alguien que leía mucho y cuidaba cactus, pero anoche habían sido las manos de alguien que necesitaba desesperadamente a otra persona. Se dejó caer de espaldas en la cama, sintiendo el aroma de Kass en las sábanas.
A pesar de la vergüenza, a pesar de los arañazos y de la llamada inoportuna de su madre, Kazuke sintió una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación. Era una sensación de pertenencia, algo que su naturaleza antisocial rara vez le permitía experimentar.
Se levantó, se puso sus gafas y se arregló el flequillo. Antes de bajar, se miró al espejo y vio sus propias antenas vibrando con una energía suave.
—Rojo... —murmuró, pensando en su color favorito y en cómo el rostro de Kass se veía cuando se reía de sus bromas sarcásticas.
Bajó las escaleras y encontró a Kass en la cocina, todavía sin camiseta, revisando su cuaderno. Kazuke se acercó por detrás y, haciendo acopio de todo el valor que su timidez le permitía, rodeó la cintura de Kass con sus brazos, escondiendo su cara en el hueco de su cuello.
—Gracias —susurró Kazuke, tan bajo que casi se pierde con el sonido de la cafetera.
Kass dejó el cuaderno sobre la mesa y puso sus manos sobre las de Kazuke.
—¿Por qué? —preguntó, bajando el tono sarcástico.
—Por no dejarme morir de frío. Y por no burlarte demasiado de mi pijama.
Kass sonrió, girándose un poco para besar la frente de Kazuke, justo debajo de donde nacían sus antenas.
—El pijama es pasable. Los arañazos... esos me los vas a deber. La próxima vez, intenta usar guantes o simplemente pedirme un abrazo antes de desollarme vivo.
Kazuke soltó una pequeña risa, la primera del día.
—Lo intentaré. Pero no prometo nada si vuelve a nevar.
Se quedaron así un rato más, disfrutando de la privacidad que el mundo exterior les negaba. Afuera, el invierno seguía su curso, pero dentro de aquella casa, entre el olor a café y los restos de una tormenta, dos alienígenas adolescentes estaban aprendiendo que ser pareja no solo consistía en caminar juntos por la calle, sino en ser el refugio del otro cuando el frío se volvía insoportable.
Kass finalmente se puso la camiseta que Kazuke le había traído, ocultando las marcas, pero ambos sabían que estaban ahí. Eran las cicatrices de una noche de invierno, el recordatorio silencioso de que, detrás de la seriedad y el sarcasmo, había una necesidad genuina de estar cerca.
—¿Quieres leer algo mientras desayunamos? —preguntó Kazuke, señalando el libro que había dejado en la sala el día anterior.
—Solo si no es uno de esos libros de botánica avanzada —respondió Kass, sirviendo dos tazas de café—. Prefiero algo con más acción. O algo que me explique por qué mi novio tiene tanta fuerza en las uñas cuando duerme.
—¡Kass!
—Ya, ya. Desayunemos en paz.
El resto de la mañana transcurrió en una calma inusual. Kazuke leía fragmentos en voz alta mientras Kass dibujaba algo en una esquina de su cuaderno que se parecía mucho a una Hello Kitty con antenas de alien. A medida que el sol ganaba fuerza y disolvía las últimas nubes, la timidez habitual empezó a regresar lentamente, preparándolos para cuando tuvieran que salir de nuevo al mundo exterior.
Pero por ahora, en ese rincón del universo, el frío no tenía poder sobre ellos. Y aunque a Kazuke le seguía dando vergüenza tomar la mano de Kass en el parque, sabía que esa noche, si el frío regresaba, habría una espalda cálida esperándolo, lista para recibir sus miedos, sus necesidades y, si era necesario, unos cuantos arañazos más.
Kass se removió entre las sábanas, sintiendo el peso reconfortante de Kazuke a su lado. La cama era lo suficientemente grande para dos, pero el chico de pelo verde menta parecía decidido a ocupar el menor espacio posible, o quizás, a estar lo más cerca posible de la única fuente de calor disponible. Kazuke, con su pijama de Hello Kitty que le quedaba ligeramente grande, se veía casi pequeño bajo la luz tenue de la tormenta. Sus antenas, usualmente erguidas por la curiosidad, estaban curvadas hacia abajo, relajadas por el sueño profundo.
Para ser una pareja tan reciente, el silencio entre ellos solía ser una barrera difícil de romper en público. En la calle, apenas si rozaban sus manos; en el trabajo paseando perros, mantenían una distancia profesional que rayaba en lo cómico. Pero allí, protegidos por las paredes de la casa de Kass y el rugido del viento, la vergüenza parecía haberse disuelto con la lluvia.
Kass observó el perfil de Kazuke. El cabello verde menta le cubría los ojos, pero podía ver el brillo suave de su piel verde esmeralda bajo la luz de la luna filtrada. Sabía que Kazuke odiaba el frío con la misma intensidad con la que amaba sus cactus rojos. Por eso, no le sorprendió cuando, a mitad de la noche, sintió que el chico se pegaba a su espalda como si fuera un imán.
—Tienes frío... —susurró Kass en la oscuridad, aunque sabía que el otro ya estaba medio dormido.
No hubo respuesta verbal, solo un gruñido bajo y un movimiento brusco. Kazuke se aferró a él, buscando desesperadamente el calor corporal. En algún momento de la madrugada, la temperatura descendió tanto que el instinto de supervivencia de Kazuke superó su habitual timidez. Sus dedos, delgados pero fuertes por el trabajo físico, se enterraron en la tela de la camiseta de Kass, y luego, en un movimiento torpe y febril, sus manos buscaron el contacto directo con la piel.
Kass, entre sueños, solo sintió un alivio ardiente. Se quitó la camiseta en un acto reflejo, sintiendo que el aire frío de la habitación era compensado por el calor sofocante que emanaba de Kazuke. Se durmieron así, entrelazados de una forma que les habría hecho morir de vergüenza si alguien los viera por un agujero de la cerradura.
La mañana llegó con una luz pálida y lavada. El ruido de la lluvia había cesado, dejando paso a ese goteo constante y melancólico de los tejados. Kass fue el primero en abrir los ojos. Se sentía extrañamente ligero, pero al intentar estirarse, un escozor agudo le recorrió la espalda.
—Maldición... —susurró, sentándose en el borde de la cama.
Se pasó la mano por la espalda y sintió los surcos. Eran líneas finas, una serie de marcas que le recordaban a las raíces de las plantas que tanto le gustaba cuidar. Le picaban de una forma irritante pero extrañamente satisfactoria. Miró hacia atrás y vio a Kazuke, que seguía siendo un bulto inmóvil bajo el edredón, con solo las puntas de sus antenas asomando.
Kass se levantó y se dirigió al espejo del baño. Al girarse un poco, pudo ver el desastre en su piel verde claro: arañazos largos, algunos más profundos que otros, distribuidos por sus omóplatos. Recordó vagamente a Kazuke aferrándose a él durante la noche, temblando por el frío, buscando un anclaje en medio del invierno.
—Parece que me peleé con un gato callejero —murmuró para sí mismo con una sonrisa sarcástica, aunque sus ojos reflejaban una ternura genuina.
Regresó a la habitación y vio que Kazuke no se había movido ni un centímetro. Eran casi las once de la mañana. Kass decidió dejarlo descansar; sabía que Kazuke no era una persona de mañanas, y mucho menos después de una noche donde el frío lo había mantenido en un estado de alerta constante. Se puso unos pantalones cómodos y bajó a la cocina para preparar algo de café, aprovechando el tiempo para sacar su cuaderno de notas.
Pasó casi una hora analizando la situación. Escribió sobre cómo la timidez de Kazuke desaparecía cuando sus necesidades básicas —como el calor— se veían amenazadas. "Es como un cactus", escribió Kass, "parece espinoso y distante, pero por dentro está lleno de agua y vida, y si te acercas lo suficiente en el momento adecuado, se aferra a ti para no marchitarse".
De repente, el silencio de la casa fue roto por un sonido estridente que venía del piso de arriba. Era el tono de llamada del teléfono de Kazuke, una melodía animada que contrastaba con la personalidad seria del chico.
Kass subió las escaleras con calma y entró al cuarto justo cuando Kazuke emergía de entre las sábanas como un náufrago saliendo del mar. El pelo verde menta estaba más alborotado que nunca, cubriéndole la cara casi por completo. Sus antenas vibraban con irritación.
—¿Quién...? —balbuceó Kazuke con la voz ronca por el sueño.
—Es tu madre, Kaz —dijo Kass, apoyado en el marco de la puerta, observando la escena con diversión.
Kazuke dio un salto, buscando el teléfono entre las almohadas. Al encontrarlo, contestó con un hilo de voz, tratando de sonar mucho más despierto de lo que realmente estaba.
—Sí, mamá... No, estoy bien. Me quedé en casa de Kass por la tormenta —Kazuke hizo una pausa, sus ojos (aunque ocultos tras el flequillo) parecieron enfocarse de repente en la figura de Kass, que estaba allí de pie, sin camiseta, mostrando claramente los arañazos en su espalda—. Sí... movimos unos muebles... No, no me resfrié. Estaba... caliente. Sí, vuelvo luego. Adiós.
Colgó el teléfono y el silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio pesado, cargado de una comprensión lenta. Kazuke se quedó mirando la espalda de Kass. Sus antenas se pusieron de un color verde más intenso, casi fluorescente, una señal clara de que su sangre estaba hirviendo de vergüenza.
—Kass... —empezó Kazuke, señalando con un dedo tembloroso la espalda de su novio—. ¿Qué te pasó?
Kass se encogió de hombros, lo que hizo que los arañazos se estiraran y le provocaran un nuevo ataque de picazón.
—Digamos que alguien no quería que me fuera a ninguna parte anoche —respondió Kass con su habitual sarcasmo—. Tenías frío, Kazuke. Mucho frío.
Kazuke se cubrió la cara con ambas manos, hundiéndose de nuevo en la almohada.
—Lo siento... No me di cuenta. Yo... cuando tengo frío no controlo bien lo que hago. Mis manos simplemente buscan algo de donde agarrarse.
—No te disculpes —dijo Kass, acercándose a la cama y sentándose en el borde—. No duele tanto. Solo pica. Además, creo que es la primera vez que te dejas llevar tanto. Aunque sea dormido.
Kazuke asomó un ojo por entre sus dedos. Su piel verde brillante contrastaba con el rojo de su pijama de Hello Kitty.
—Es humillante —susurró Kazuke—. En el trabajo ni siquiera puedo mirarte a los ojos más de tres segundos sin querer esconderme en un arbusto, y ahora resulta que te marqué como si fueras un territorio.
—Bueno, técnicamente lo soy, ¿no? —Kass soltó una risa seca pero amable—. Somos pareja. Aunque nos cueste admitirlo frente a los demás, aquí no hay nadie más que nosotros. Y mis plantas, pero ellas no saben guardar secretos.
Kazuke se incorporó lentamente, estirando sus delgados brazos. Se sentía pesado, como si el sueño de mediodía lo hubiera dejado más cansado que antes. Se acercó a Kass y, con una timidez renovada, extendió una mano para rozar uno de los arañazos.
—¿De verdad no te duele? —preguntó en voz baja.
—Pica —repitió Kass—. Pero si quieres compensarlo, podrías ayudarme a poner algo de pomada. O podrías admitir que te encanta dormir conmigo.
Kazuke retiró la mano rápidamente, sus antenas curvándose de nuevo.
—Me gusta... el calor —mintió Kazuke, aunque ambos sabían que era una verdad a medias.
—Claro, el calor —asintió Kass, levantándose para buscar el botiquín—. Por cierto, tu mamá sonaba muy convencida de que estabas trabajando duro. Si supiera que te despiertas a mediodía después de usarme como poste de rascado...
—¡Cállate, Kass! —exclamó Kazuke, lanzándole una almohada que Kass atrapó con facilidad.
—La verdad duele, nerd —dijo Kass desde la puerta—. Baja cuando estés listo. Hice café. Y tráeme una camiseta, que hace frío y mi "calefacción personal" ya se despertó.
Kazuke se quedó solo en la habitación, mirando sus propias manos. Eran manos de alguien que leía mucho y cuidaba cactus, pero anoche habían sido las manos de alguien que necesitaba desesperadamente a otra persona. Se dejó caer de espaldas en la cama, sintiendo el aroma de Kass en las sábanas.
A pesar de la vergüenza, a pesar de los arañazos y de la llamada inoportuna de su madre, Kazuke sintió una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación. Era una sensación de pertenencia, algo que su naturaleza antisocial rara vez le permitía experimentar.
Se levantó, se puso sus gafas y se arregló el flequillo. Antes de bajar, se miró al espejo y vio sus propias antenas vibrando con una energía suave.
—Rojo... —murmuró, pensando en su color favorito y en cómo el rostro de Kass se veía cuando se reía de sus bromas sarcásticas.
Bajó las escaleras y encontró a Kass en la cocina, todavía sin camiseta, revisando su cuaderno. Kazuke se acercó por detrás y, haciendo acopio de todo el valor que su timidez le permitía, rodeó la cintura de Kass con sus brazos, escondiendo su cara en el hueco de su cuello.
—Gracias —susurró Kazuke, tan bajo que casi se pierde con el sonido de la cafetera.
Kass dejó el cuaderno sobre la mesa y puso sus manos sobre las de Kazuke.
—¿Por qué? —preguntó, bajando el tono sarcástico.
—Por no dejarme morir de frío. Y por no burlarte demasiado de mi pijama.
Kass sonrió, girándose un poco para besar la frente de Kazuke, justo debajo de donde nacían sus antenas.
—El pijama es pasable. Los arañazos... esos me los vas a deber. La próxima vez, intenta usar guantes o simplemente pedirme un abrazo antes de desollarme vivo.
Kazuke soltó una pequeña risa, la primera del día.
—Lo intentaré. Pero no prometo nada si vuelve a nevar.
Se quedaron así un rato más, disfrutando de la privacidad que el mundo exterior les negaba. Afuera, el invierno seguía su curso, pero dentro de aquella casa, entre el olor a café y los restos de una tormenta, dos alienígenas adolescentes estaban aprendiendo que ser pareja no solo consistía en caminar juntos por la calle, sino en ser el refugio del otro cuando el frío se volvía insoportable.
Kass finalmente se puso la camiseta que Kazuke le había traído, ocultando las marcas, pero ambos sabían que estaban ahí. Eran las cicatrices de una noche de invierno, el recordatorio silencioso de que, detrás de la seriedad y el sarcasmo, había una necesidad genuina de estar cerca.
—¿Quieres leer algo mientras desayunamos? —preguntó Kazuke, señalando el libro que había dejado en la sala el día anterior.
—Solo si no es uno de esos libros de botánica avanzada —respondió Kass, sirviendo dos tazas de café—. Prefiero algo con más acción. O algo que me explique por qué mi novio tiene tanta fuerza en las uñas cuando duerme.
—¡Kass!
—Ya, ya. Desayunemos en paz.
El resto de la mañana transcurrió en una calma inusual. Kazuke leía fragmentos en voz alta mientras Kass dibujaba algo en una esquina de su cuaderno que se parecía mucho a una Hello Kitty con antenas de alien. A medida que el sol ganaba fuerza y disolvía las últimas nubes, la timidez habitual empezó a regresar lentamente, preparándolos para cuando tuvieran que salir de nuevo al mundo exterior.
Pero por ahora, en ese rincón del universo, el frío no tenía poder sobre ellos. Y aunque a Kazuke le seguía dando vergüenza tomar la mano de Kass en el parque, sabía que esa noche, si el frío regresaba, habría una espalda cálida esperándolo, lista para recibir sus miedos, sus necesidades y, si era necesario, unos cuantos arañazos más.
