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Fandom: Ninguno
Creado: 10/5/2026
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RomanceCiencia FicciónRecortes de VidaHistoria DomésticaPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje Explícito
Entre correas y escarcha
La lluvia golpeaba el cristal de la ventana con una violencia rítmica, transformando el mundo exterior en un borrón de luces grises y sombras líquidas. Dentro de la habitación de Kass, el ambiente era radicalmente distinto. El aire estaba cargado con el olor a tierra mojada que se filtraba por las rendijas y el aroma dulce de las plantas que Kass cuidaba con tanto esmero en las esquinas del cuarto.
Había sido un día largo. Pasear perros no era un trabajo glamuroso, especialmente cuando los caninos decidían que el lodo era su mejor accesorio. Después de mover los pesados muebles de madera —una tarea que dejó a Kass con los músculos de los hombros tensos y a Kazuke ligeramente jadeante por el esfuerzo—, la tormenta los había dejado atrapados.
—Te lo dije, el pronóstico no mentía —comentó Kass, con ese tono de voz tenor que siempre parecía llevar una pizca de burla escondida, incluso cuando hablaba en serio. Se quitó la camiseta empapada de sudor, revelando su torso atlético de triángulo invertido. Su piel verde claro brillaba bajo la tenue luz de la lámpara.
Kazuke, sentado en el borde de la cama, se abrazaba a sí mismo. Sus antenas verde brillante temblaban ligeramente, un signo claro de que el frío que traía la tormenta le estaba afectando. Sus ojos estaban ocultos tras su flequillo color menta, pero su postura gritaba incomodidad.
—Odio el frío —gruñó Kazuke con su voz ronca—. Es ineficiente. Las moléculas se mueven lento. Yo me muevo lento.
Kass soltó una risita seca y buscó en el armario.
—Toma, tu pijama de "emergencia" sigue aquí —dijo, lanzándole un bulto de tela rosada.
Kazuke lo atrapó en el aire. Era su pijama de Hello Kitty, un contraste absoluto con su personalidad seria y nerd, pero era lo más caliente que tenía. Se cambió rápidamente, buscando refugio en la suavidad de la tela mientras Kass se ponía su pijama habitual: simplemente ropa normal, pero completamente negra.
La cama de Kass era grande, un oasis en medio del desorden de bocetos y macetas. En público, apenas si se rozaban las manos, limitándose a intercambios sarcásticos y miradas rápidas que nadie más notaba. Pero allí, con el trueno retumbando fuera, la barrera de la vergüenza empezaba a desmoronarse.
—Ven aquí, antes de que te congeles y tenga que usar tus libros para hacer una fogata —dijo Kass, deslizándose bajo las mantas.
—Ni se te ocurra tocar mis libros —replicó Kazuke, aunque no tardó ni un segundo en meterse en la cama, buscando el calor corporal de su novio.
Al principio, solo fue un acurrucarse torpe. La piel verde de Kazuke estaba fría al tacto, y Kass lo rodeó con sus brazos, sintiendo la delgadez pero también la fuerza de los músculos del otro chico. El contacto físico, tan restringido durante el día, actuó como un catalizador.
—Kass... —susurró Kazuke, su voz vibrando contra el pecho del más alto.
—¿Mmm?
—Tu corazón va muy rápido.
—Es por el café —mintió Kass, aunque ambos sabían que era una verdad genuina disfrazada de sarcasmo.
Un beso llevó a otro, y pronto la timidez desapareció por completo. En la oscuridad de la habitación, las manos de Kass se volvieron más firmes, explorando la espalda de Kazuke bajo el pijama rosado. La pasión estalló con una intensidad que ninguno de los dos esperaba, una liberación de toda la tensión acumulada por ser "la pareja nueva" que no sabía cómo actuar frente a los demás.
Los movimientos se volvieron bruscos, urgentes. Kass, impulsado por una energía posesiva y juguetona, recordó algo. Entre el equipo de paseo que habían dejado cerca de la cama, sobresalía una correa de cuero nueva, resistente.
—Kazuke... —jadeó Kass, su voz bajando un octavo, volviéndose más oscura.
—Lo que quieras —respondió Kazuke, entregado por completo, su dependencia emocional fluyendo hacia el deseo físico.
Kass tomó la correa y, con un movimiento rápido pero cargado de una extraña ternura agresiva, la rodeó en el cuello de Kazuke. El sonido del clic metálico fue casi tan fuerte como el trueno exterior. Kazuke soltó un gemido ronco que resonó en las paredes, un sonido que Kass devoró con un beso mientras sus cuerpos se movían al unísono, haciendo que las sábanas y la ropa volaran fuera del colchón en el fragor de la noche.
***
La mañana llegó con una luz pálida y cruel que se filtraba por las cortinas entreabiertas. El frío de la tormenta había dado paso a una humedad pesada.
Kass fue el primero en abrir los ojos. Le dolía el cuerpo, pero era un dolor satisfactorio. Al intentar estirarse, sintió un escozor agudo en la espalda. Se pasó la mano y siseó; las uñas de Kazuke habían dejado un mapa de arañazos profundos que ahora le picaban con la intensidad del día después.
Miró a su lado. Kazuke seguía profundamente dormido, hundido en la almohada. Estaba en ropa interior, su piel verde brillante resaltando contra las sábanas blancas desordenadas. Lo que más destacaba, sin embargo, era la correa de cuero que aún rodeaba su cuello, con el extremo descansando sobre su pecho. El pijama de Hello Kitty yacía en un rincón de la habitación, hecho una bola junto a la camiseta de Kass.
Kass se quedó observándolo un momento, una sonrisa genuina —sin rastro de burla— apareciendo en su rostro. Se veía tan pacífico, tan diferente al chico serio y antisocial que corregía a todos en clase de astrofísica.
El silencio de la habitación se rompió abruptamente por el vibrar insistente de un teléfono en el suelo. Kass se inclinó, sintiendo de nuevo el tirón de los arañazos en su espalda, y vio el nombre en la pantalla: "Mamá".
Eran casi las doce del mediodía.
Kazuke se removió, soltando un gruñido bajo. Sus antenas se agitaron antes de que sus ojos se abrieran con pesadez.
—¿Qué...? —Su voz era más ronca de lo habitual.
—Tu madre —dijo Kass, pasándole el teléfono mientras se sentaba en el borde de la cama, luciendo su torso desnudo y las marcas de la noche anterior con una especie de orgullo silencioso.
Kazuke se incorporó de golpe, olvidando por un segundo su estado. Al sentir el peso en su cuello, bajó la vista y sus dedos tocaron el cuero de la correa. Sus mejillas se tiñeron de un verde más oscuro, un sonrojo alienígena que cubrió hasta sus orejas.
—¡Contesta! —susurró Kass con una risita burlona—. No querrás que venga a buscarte.
Kazuke tomó el teléfono con manos temblorosas, tratando de estabilizar su respiración mientras el timbre seguía sonando.
—¿Hola? —dijo Kazuke, intentando sonar lo menos "recién despertado tras una noche de desenfreno" posible—. Sí, mamá... No, me quedé estudiando en casa de Kass... Sí, la tormenta fue muy fuerte.
Kass se levantó y comenzó a recoger su ropa del suelo, dándole la espalda a Kazuke. Los arañazos eran rojos y marcados, cruzando su piel verde claro como senderos de guerra. Kazuke, mientras escuchaba el sermón de su madre al otro lado de la línea, no podía apartar la vista de esas marcas. Un sentimiento de posesión y afecto lo inundó, mezclado con la vergüenza de saber que él había causado eso.
—Sí, estaré en casa en una hora. Adiós.
Kazuke colgó y dejó caer el teléfono sobre el colchón. Se llevó las manos a la cara, ocultándose tras su flequillo menta.
—Dios mío —susurró.
—¿Qué pasa, cerebrito? —Kass se giró, ya con sus pantalones puestos, pero todavía sin camiseta—. ¿Olvidas cómo hablar después de una noche conmigo?
Kazuke señaló la correa que aún llevaba puesta.
—Me pusiste esto. Realmente me lo pusiste.
—Tú no te quejaste —replicó Kass, acercándose a la cama. Se inclinó y, con dedos ágiles, desabrochó el cierre de la correa—. De hecho, creo recordar que pediste que apretara más.
Kazuke se cubrió con la sábana, aunque ya era un poco tarde para la modestia.
—Fue... la adrenalina del momento. La ciencia dice que en situaciones de estrés climático, los seres vivos buscan...
—Cállate —dijo Kass con cariño, interrumpiendo el balbuceo nerd—. Te gustó. Y a mí me gustaron los recuerdos que dejaste en mi espalda. Me pican como el infierno, por cierto.
Kazuke bajó la mirada, avergonzado pero con una pequeña sonrisa asomando en sus labios.
—Lo siento.
—No lo sientas. —Kass le lanzó el pijama de Hello Kitty—. Vístete. Si tu madre viene aquí y nos ve así, no habrá teoría científica que te salve de la explicación.
Kazuke se puso de pie, sintiendo sus piernas un poco débiles. Mientras se ponía la camiseta rosada, miró a Kass, que ahora se ponía una camiseta ajustada que marcaba perfectamente sus músculos.
En público volverían a ser el chico callado y sarcástico y el nerd antisocial que apenas se miraban. Pero ahora había un secreto compartido, una marca en la espalda y una correa en el suelo que decían mucho más que cualquier palabra.
—Kass —llamó Kazuke antes de salir de la habitación.
—¿Sí?
—La próxima vez... yo elijo la música.
Kass soltó una carcajada tenor, limpia y vibrante.
—Hecho, alienígena. Hecho.
Había sido un día largo. Pasear perros no era un trabajo glamuroso, especialmente cuando los caninos decidían que el lodo era su mejor accesorio. Después de mover los pesados muebles de madera —una tarea que dejó a Kass con los músculos de los hombros tensos y a Kazuke ligeramente jadeante por el esfuerzo—, la tormenta los había dejado atrapados.
—Te lo dije, el pronóstico no mentía —comentó Kass, con ese tono de voz tenor que siempre parecía llevar una pizca de burla escondida, incluso cuando hablaba en serio. Se quitó la camiseta empapada de sudor, revelando su torso atlético de triángulo invertido. Su piel verde claro brillaba bajo la tenue luz de la lámpara.
Kazuke, sentado en el borde de la cama, se abrazaba a sí mismo. Sus antenas verde brillante temblaban ligeramente, un signo claro de que el frío que traía la tormenta le estaba afectando. Sus ojos estaban ocultos tras su flequillo color menta, pero su postura gritaba incomodidad.
—Odio el frío —gruñó Kazuke con su voz ronca—. Es ineficiente. Las moléculas se mueven lento. Yo me muevo lento.
Kass soltó una risita seca y buscó en el armario.
—Toma, tu pijama de "emergencia" sigue aquí —dijo, lanzándole un bulto de tela rosada.
Kazuke lo atrapó en el aire. Era su pijama de Hello Kitty, un contraste absoluto con su personalidad seria y nerd, pero era lo más caliente que tenía. Se cambió rápidamente, buscando refugio en la suavidad de la tela mientras Kass se ponía su pijama habitual: simplemente ropa normal, pero completamente negra.
La cama de Kass era grande, un oasis en medio del desorden de bocetos y macetas. En público, apenas si se rozaban las manos, limitándose a intercambios sarcásticos y miradas rápidas que nadie más notaba. Pero allí, con el trueno retumbando fuera, la barrera de la vergüenza empezaba a desmoronarse.
—Ven aquí, antes de que te congeles y tenga que usar tus libros para hacer una fogata —dijo Kass, deslizándose bajo las mantas.
—Ni se te ocurra tocar mis libros —replicó Kazuke, aunque no tardó ni un segundo en meterse en la cama, buscando el calor corporal de su novio.
Al principio, solo fue un acurrucarse torpe. La piel verde de Kazuke estaba fría al tacto, y Kass lo rodeó con sus brazos, sintiendo la delgadez pero también la fuerza de los músculos del otro chico. El contacto físico, tan restringido durante el día, actuó como un catalizador.
—Kass... —susurró Kazuke, su voz vibrando contra el pecho del más alto.
—¿Mmm?
—Tu corazón va muy rápido.
—Es por el café —mintió Kass, aunque ambos sabían que era una verdad genuina disfrazada de sarcasmo.
Un beso llevó a otro, y pronto la timidez desapareció por completo. En la oscuridad de la habitación, las manos de Kass se volvieron más firmes, explorando la espalda de Kazuke bajo el pijama rosado. La pasión estalló con una intensidad que ninguno de los dos esperaba, una liberación de toda la tensión acumulada por ser "la pareja nueva" que no sabía cómo actuar frente a los demás.
Los movimientos se volvieron bruscos, urgentes. Kass, impulsado por una energía posesiva y juguetona, recordó algo. Entre el equipo de paseo que habían dejado cerca de la cama, sobresalía una correa de cuero nueva, resistente.
—Kazuke... —jadeó Kass, su voz bajando un octavo, volviéndose más oscura.
—Lo que quieras —respondió Kazuke, entregado por completo, su dependencia emocional fluyendo hacia el deseo físico.
Kass tomó la correa y, con un movimiento rápido pero cargado de una extraña ternura agresiva, la rodeó en el cuello de Kazuke. El sonido del clic metálico fue casi tan fuerte como el trueno exterior. Kazuke soltó un gemido ronco que resonó en las paredes, un sonido que Kass devoró con un beso mientras sus cuerpos se movían al unísono, haciendo que las sábanas y la ropa volaran fuera del colchón en el fragor de la noche.
***
La mañana llegó con una luz pálida y cruel que se filtraba por las cortinas entreabiertas. El frío de la tormenta había dado paso a una humedad pesada.
Kass fue el primero en abrir los ojos. Le dolía el cuerpo, pero era un dolor satisfactorio. Al intentar estirarse, sintió un escozor agudo en la espalda. Se pasó la mano y siseó; las uñas de Kazuke habían dejado un mapa de arañazos profundos que ahora le picaban con la intensidad del día después.
Miró a su lado. Kazuke seguía profundamente dormido, hundido en la almohada. Estaba en ropa interior, su piel verde brillante resaltando contra las sábanas blancas desordenadas. Lo que más destacaba, sin embargo, era la correa de cuero que aún rodeaba su cuello, con el extremo descansando sobre su pecho. El pijama de Hello Kitty yacía en un rincón de la habitación, hecho una bola junto a la camiseta de Kass.
Kass se quedó observándolo un momento, una sonrisa genuina —sin rastro de burla— apareciendo en su rostro. Se veía tan pacífico, tan diferente al chico serio y antisocial que corregía a todos en clase de astrofísica.
El silencio de la habitación se rompió abruptamente por el vibrar insistente de un teléfono en el suelo. Kass se inclinó, sintiendo de nuevo el tirón de los arañazos en su espalda, y vio el nombre en la pantalla: "Mamá".
Eran casi las doce del mediodía.
Kazuke se removió, soltando un gruñido bajo. Sus antenas se agitaron antes de que sus ojos se abrieran con pesadez.
—¿Qué...? —Su voz era más ronca de lo habitual.
—Tu madre —dijo Kass, pasándole el teléfono mientras se sentaba en el borde de la cama, luciendo su torso desnudo y las marcas de la noche anterior con una especie de orgullo silencioso.
Kazuke se incorporó de golpe, olvidando por un segundo su estado. Al sentir el peso en su cuello, bajó la vista y sus dedos tocaron el cuero de la correa. Sus mejillas se tiñeron de un verde más oscuro, un sonrojo alienígena que cubrió hasta sus orejas.
—¡Contesta! —susurró Kass con una risita burlona—. No querrás que venga a buscarte.
Kazuke tomó el teléfono con manos temblorosas, tratando de estabilizar su respiración mientras el timbre seguía sonando.
—¿Hola? —dijo Kazuke, intentando sonar lo menos "recién despertado tras una noche de desenfreno" posible—. Sí, mamá... No, me quedé estudiando en casa de Kass... Sí, la tormenta fue muy fuerte.
Kass se levantó y comenzó a recoger su ropa del suelo, dándole la espalda a Kazuke. Los arañazos eran rojos y marcados, cruzando su piel verde claro como senderos de guerra. Kazuke, mientras escuchaba el sermón de su madre al otro lado de la línea, no podía apartar la vista de esas marcas. Un sentimiento de posesión y afecto lo inundó, mezclado con la vergüenza de saber que él había causado eso.
—Sí, estaré en casa en una hora. Adiós.
Kazuke colgó y dejó caer el teléfono sobre el colchón. Se llevó las manos a la cara, ocultándose tras su flequillo menta.
—Dios mío —susurró.
—¿Qué pasa, cerebrito? —Kass se giró, ya con sus pantalones puestos, pero todavía sin camiseta—. ¿Olvidas cómo hablar después de una noche conmigo?
Kazuke señaló la correa que aún llevaba puesta.
—Me pusiste esto. Realmente me lo pusiste.
—Tú no te quejaste —replicó Kass, acercándose a la cama. Se inclinó y, con dedos ágiles, desabrochó el cierre de la correa—. De hecho, creo recordar que pediste que apretara más.
Kazuke se cubrió con la sábana, aunque ya era un poco tarde para la modestia.
—Fue... la adrenalina del momento. La ciencia dice que en situaciones de estrés climático, los seres vivos buscan...
—Cállate —dijo Kass con cariño, interrumpiendo el balbuceo nerd—. Te gustó. Y a mí me gustaron los recuerdos que dejaste en mi espalda. Me pican como el infierno, por cierto.
Kazuke bajó la mirada, avergonzado pero con una pequeña sonrisa asomando en sus labios.
—Lo siento.
—No lo sientas. —Kass le lanzó el pijama de Hello Kitty—. Vístete. Si tu madre viene aquí y nos ve así, no habrá teoría científica que te salve de la explicación.
Kazuke se puso de pie, sintiendo sus piernas un poco débiles. Mientras se ponía la camiseta rosada, miró a Kass, que ahora se ponía una camiseta ajustada que marcaba perfectamente sus músculos.
En público volverían a ser el chico callado y sarcástico y el nerd antisocial que apenas se miraban. Pero ahora había un secreto compartido, una marca en la espalda y una correa en el suelo que decían mucho más que cualquier palabra.
—Kass —llamó Kazuke antes de salir de la habitación.
—¿Sí?
—La próxima vez... yo elijo la música.
Kass soltó una carcajada tenor, limpia y vibrante.
—Hecho, alienígena. Hecho.
