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Patata
Fandom: Ninguno
Creado: 11/5/2026
Etiquetas
Ciencia FicciónRomanceHistoria DomésticaBiopunkRecortes de VidaFluffÓpera Espacial
Clorofila y Gravedad
El silencio de la biblioteca universitaria era denso, casi asfixiante. Para Kazuke, aquel era su entorno natural, el refugio donde podía esconderse tras su flequillo verde menta y fingir que las ecuaciones de astrofísica eran lo único que importaba en el universo. Sin embargo, hoy los números bailaban sobre el papel sin sentido alguno. Sus antenitas, ocultas bajo la capucha de su sudadera negra tres tallas más grande, vibraban con una frecuencia que solo una persona podía provocar.
A su lado, Kasuto garabateaba en su cuaderno de cuero. No eran fórmulas lo que escribía, sino descripciones detalladas sobre el crecimiento de las orquídeas lunares. La piel verde claro de sus brazos, tensa bajo la camiseta ajustada que marcaba sus hombros anchos, rozaba ocasionalmente el brazo de Kazuke. Cada vez que eso sucedía, una pequeña onda de choque recorría la columna del chico más bajo.
—No te concentras —susurró Kasuto, sin levantar la vista de su cuaderno. Su voz era profunda, cálida como el sol de la tarde que se filtraba por los ventanales.
—Es el examen de mecánica cuántica —mintió Kazuke, hundiendo la barbilla en el cuello de su sudadera—. Es tedioso.
—Mientes —Kasuto cerró su cuaderno de golpe y giró su cuerpo atlético hacia él. Sus ojos marrones oscuros brillaron con una chispa de picardía—. Estás haciendo que el bolígrafo flote dos milímetros sobre la mesa. Tu telequinesis siempre te delata cuando estás ansioso.
Kazuke parpadeó, y el bolígrafo cayó al suelo con un chasquido seco. Sus mejillas se tiñeron de un verde más oscuro, un rubor alienígena que intentó ocultar bajando aún más la cabeza. Odiaba ser tan transparente para Kasuto, pero al mismo tiempo, amaba que nadie más en la galaxia pudiera leerlo de esa manera.
—Vámonos de aquí —propuso Kasuto, estirando sus brazos y dejando que sus articulaciones crujieran—. Los exámenes nos están matando, y creo que ambos necesitamos... liberar algo de energía.
La palabra "energía" quedó suspendida en el aire con un peso diferente. Kazuke finalmente levantó la vista, dejando que un ojo se asomara entre los mechones mentolados. La intensidad en la mirada de Kasuto no tenía nada que ver con la ayuda al prójimo o su usual extroversión. Era puro deseo, contenido bajo una fachada de calma.
Caminaron hacia el apartamento que compartían en el sector residencial del campus, manteniendo una distancia prudencial. En público, eran simplemente dos estudiantes de intercambio con rasgos peculiares; Kazuke, el nerd antisocial que evitaba el contacto visual, y Kasuto, el atleta amable que saludaba a todos. Nadie sospecharía que, tras la puerta del número 402, la dinámica cambiaba drásticamente.
En cuanto la puerta se cerró y el cerrojo hizo clic, la atmósfera se transformó. La timidez de Kazuke no desapareció, pero se convirtió en algo más: una entrega absoluta.
—Por fin —exhaló Kasuto, tirando de la sudadera de Kazuke para atraerlo hacia él.
—Estaba... estaba siendo difícil mantener la compostura —admitió Kazuke, rodeando el cuello de Kasuto con sus brazos delgados.
Kasuto no perdió el tiempo. Sus manos, expertas en cuidar la vida vegetal, se posaron en la cintura de Kazuke. Sus pulgares acariciaron la piel verde brillante que quedaba al descubierto cuando la sudadera se subía. El contraste entre sus tonos de piel era una danza de verdes bajo la luz roja de la lámpara de lava que Kazuke tanto amaba.
—Te ves tan bien cuando dejas de esconderte —murmuró Kasuto contra sus labios.
El beso fue explosivo. No hubo preámbulos lentos; la tensión de semanas de estudio y represión social estalló en un encuentro de lenguas y suspiros. Kazuke sintió que sus pies se despegaban del suelo. No fue un salto, fue su telequinesis reaccionando a su estado emocional. Sin darse cuenta, ambos empezaron a flotar unos centímetros, suspendidos por la mente del chico de pelo menta.
—Tus poderes siempre se descontrolan cuando te excitas —rio Kasuto entre besos, disfrutando de la sensación de ingravidez.
—Cállate y haz algo con tus manos —respondió Kazuke con una audacia que solo mostraba entre esas cuatro paredes.
Kasuto obedeció. Concentró su energía y, en cuestión de segundos, pequeñas enredaderas con flores de color carmesí comenzaron a brotar de las esquinas de la habitación, extendiéndose por las paredes y el techo, envolviéndolos en un capullo de naturaleza vibrante. El aroma de las flores, dulce y embriagante, llenó la estancia, estimulando sus sentidos alienígenas.
—Rojo —susurró Kazuke, mirando las flores—. Sabes que me pierdes con este color.
—Lo sé —dijo Kasuto, empujándolo suavemente hacia la cama, aunque seguían flotando a medio camino—. Por eso las hice crecer solo para ti.
Kasuto se deshizo de su camiseta ajustada, revelando su torso esculpido. Su piel verde claro brillaba bajo la luz roja, y sus antenitas se movían rítmicamente, buscando las de Kazuke. Cuando sus antenas se rozaron, una descarga eléctrica recorrió a ambos. Era una conexión neuronal y física que solo su especie podía experimentar, una sincronización de sus sistemas nerviosos que elevaba el placer a un nivel cósmico.
Kazuke tiró de la ropa de Kasuto con su mente, despojándolo de lo que quedaba de sus prendas mientras él mismo se deshacía de su ropa oversize. Ahora, completamente desnudos, el contraste era total: la fuerza atlética de Kasuto contra la delgadez fibrosa y fuerte de Kazuke.
—Eres mi espacio exterior —dijo Kasuto, recorriendo con su lengua la curva del cuello de Kazuke—. Y yo quiero explorarlo todo.
Kazuke soltó un gemido que fue ahogado por un nuevo beso. Sus manos se aferraron a los hombros de Kasuto, sus uñas enterrándose levemente en la piel verde claro. La telequinesis de Kazuke se volvió errática; los libros de la estantería empezaron a vibrar y la lámpara de lava levitó hasta el techo.
—Kasuto... por favor —suplicó Kazuke, con los ojos entrecerrados y el flequillo finalmente apartado, revelando una mirada llena de fuego y necesidad.
Kasuto se posicionó sobre él, sus cuerpos encajando como dos piezas de un rompecabezas diseñado en otra galaxia. La creación de plantas de Kasuto no se detuvo; las enredaderas en la habitación se volvieron más gruesas, rodeando las piernas de Kazuke, acariciándolo con pétalos suaves mientras Kasuto iniciaba el movimiento rítmico que ambos ansiaban.
El encuentro fue una sinfonía de elementos. La gravedad fluctuaba según el placer de Kazuke, haciéndolos sentir ligeros como plumas un momento y pesados como el núcleo de una estrella al siguiente. Kasuto, por su parte, mantenía el ambiente vivo, haciendo que la flora de la habitación reaccionara a cada uno de sus movimientos, liberando polen afrodisíaco que intensificaba cada sensación.
—No te detengas —jadeó Kazuke, arqueando la espalda. Su piel verde brillante parecía emitir una suave luminiscencia—. No me dejes caer.
—Nunca —prometió Kasuto, aumentando la intensidad—. Te tengo, Kazuke. Siempre te tengo.
La pasión alcanzó un punto de no retorno. Kazuke sintió que su mente se expandía, conectando no solo con Kasuto, sino con cada planta de la habitación y con el vacío del espacio que tanto amaba. En el clímax, una onda expansiva de energía telequinética hizo que todos los objetos flotantes cayeran suavemente al suelo, mientras que las plantas de Kasuto florecieron en una explosión de color rojo intenso antes de soltar un último aroma embriagador.
Minutos después, el silencio regresó, pero ya no era el silencio frío de la biblioteca. Era un silencio compartido, cálido y satisfecho. Ambos yacían en la cama, envueltos entre restos de pétalos y sábanas revueltas.
—Eso fue... —Kazuke buscó la palabra mientras recuperaba el aliento, con su flequillo menta pegado a la frente por el sudor.
—¿Astronómico? —sugirió Kasuto, atrayéndolo hacia su pecho y acariciando sus antenitas con ternura.
—Iba a decir que mejor que cualquier examen —Kazuke sonrió, una de esas raras y verdaderas sonrisas que solo Kasuto conocía—. Pero astronómico también sirve.
Kasuto besó la coronilla de su cabeza, sintiendo los latidos del corazón de Kazuke sincronizarse con los suyos.
—Mañana podemos volver a ser el nerd y el deportista —dijo Kasuto en voz baja—. Pero ahora mismo, solo somos nosotros.
Kazuke se acurrucó más cerca de él, cerrando los ojos. El mundo exterior, con sus juicios y sus presiones, se sentía a años luz de distancia. En ese pequeño rincón verde y rojo, el universo estaba en perfecto equilibrio.
—Gracias por las flores, Kasuto —susurró Kazuke antes de quedarse dormido.
—Gracias por dejarme entrar en tu órbita —respondió el moreno, cerrando también los ojos, mientras las últimas enredaderas se retraían lentamente, guardando el secreto de lo que allí había ocurrido.
A su lado, Kasuto garabateaba en su cuaderno de cuero. No eran fórmulas lo que escribía, sino descripciones detalladas sobre el crecimiento de las orquídeas lunares. La piel verde claro de sus brazos, tensa bajo la camiseta ajustada que marcaba sus hombros anchos, rozaba ocasionalmente el brazo de Kazuke. Cada vez que eso sucedía, una pequeña onda de choque recorría la columna del chico más bajo.
—No te concentras —susurró Kasuto, sin levantar la vista de su cuaderno. Su voz era profunda, cálida como el sol de la tarde que se filtraba por los ventanales.
—Es el examen de mecánica cuántica —mintió Kazuke, hundiendo la barbilla en el cuello de su sudadera—. Es tedioso.
—Mientes —Kasuto cerró su cuaderno de golpe y giró su cuerpo atlético hacia él. Sus ojos marrones oscuros brillaron con una chispa de picardía—. Estás haciendo que el bolígrafo flote dos milímetros sobre la mesa. Tu telequinesis siempre te delata cuando estás ansioso.
Kazuke parpadeó, y el bolígrafo cayó al suelo con un chasquido seco. Sus mejillas se tiñeron de un verde más oscuro, un rubor alienígena que intentó ocultar bajando aún más la cabeza. Odiaba ser tan transparente para Kasuto, pero al mismo tiempo, amaba que nadie más en la galaxia pudiera leerlo de esa manera.
—Vámonos de aquí —propuso Kasuto, estirando sus brazos y dejando que sus articulaciones crujieran—. Los exámenes nos están matando, y creo que ambos necesitamos... liberar algo de energía.
La palabra "energía" quedó suspendida en el aire con un peso diferente. Kazuke finalmente levantó la vista, dejando que un ojo se asomara entre los mechones mentolados. La intensidad en la mirada de Kasuto no tenía nada que ver con la ayuda al prójimo o su usual extroversión. Era puro deseo, contenido bajo una fachada de calma.
Caminaron hacia el apartamento que compartían en el sector residencial del campus, manteniendo una distancia prudencial. En público, eran simplemente dos estudiantes de intercambio con rasgos peculiares; Kazuke, el nerd antisocial que evitaba el contacto visual, y Kasuto, el atleta amable que saludaba a todos. Nadie sospecharía que, tras la puerta del número 402, la dinámica cambiaba drásticamente.
En cuanto la puerta se cerró y el cerrojo hizo clic, la atmósfera se transformó. La timidez de Kazuke no desapareció, pero se convirtió en algo más: una entrega absoluta.
—Por fin —exhaló Kasuto, tirando de la sudadera de Kazuke para atraerlo hacia él.
—Estaba... estaba siendo difícil mantener la compostura —admitió Kazuke, rodeando el cuello de Kasuto con sus brazos delgados.
Kasuto no perdió el tiempo. Sus manos, expertas en cuidar la vida vegetal, se posaron en la cintura de Kazuke. Sus pulgares acariciaron la piel verde brillante que quedaba al descubierto cuando la sudadera se subía. El contraste entre sus tonos de piel era una danza de verdes bajo la luz roja de la lámpara de lava que Kazuke tanto amaba.
—Te ves tan bien cuando dejas de esconderte —murmuró Kasuto contra sus labios.
El beso fue explosivo. No hubo preámbulos lentos; la tensión de semanas de estudio y represión social estalló en un encuentro de lenguas y suspiros. Kazuke sintió que sus pies se despegaban del suelo. No fue un salto, fue su telequinesis reaccionando a su estado emocional. Sin darse cuenta, ambos empezaron a flotar unos centímetros, suspendidos por la mente del chico de pelo menta.
—Tus poderes siempre se descontrolan cuando te excitas —rio Kasuto entre besos, disfrutando de la sensación de ingravidez.
—Cállate y haz algo con tus manos —respondió Kazuke con una audacia que solo mostraba entre esas cuatro paredes.
Kasuto obedeció. Concentró su energía y, en cuestión de segundos, pequeñas enredaderas con flores de color carmesí comenzaron a brotar de las esquinas de la habitación, extendiéndose por las paredes y el techo, envolviéndolos en un capullo de naturaleza vibrante. El aroma de las flores, dulce y embriagante, llenó la estancia, estimulando sus sentidos alienígenas.
—Rojo —susurró Kazuke, mirando las flores—. Sabes que me pierdes con este color.
—Lo sé —dijo Kasuto, empujándolo suavemente hacia la cama, aunque seguían flotando a medio camino—. Por eso las hice crecer solo para ti.
Kasuto se deshizo de su camiseta ajustada, revelando su torso esculpido. Su piel verde claro brillaba bajo la luz roja, y sus antenitas se movían rítmicamente, buscando las de Kazuke. Cuando sus antenas se rozaron, una descarga eléctrica recorrió a ambos. Era una conexión neuronal y física que solo su especie podía experimentar, una sincronización de sus sistemas nerviosos que elevaba el placer a un nivel cósmico.
Kazuke tiró de la ropa de Kasuto con su mente, despojándolo de lo que quedaba de sus prendas mientras él mismo se deshacía de su ropa oversize. Ahora, completamente desnudos, el contraste era total: la fuerza atlética de Kasuto contra la delgadez fibrosa y fuerte de Kazuke.
—Eres mi espacio exterior —dijo Kasuto, recorriendo con su lengua la curva del cuello de Kazuke—. Y yo quiero explorarlo todo.
Kazuke soltó un gemido que fue ahogado por un nuevo beso. Sus manos se aferraron a los hombros de Kasuto, sus uñas enterrándose levemente en la piel verde claro. La telequinesis de Kazuke se volvió errática; los libros de la estantería empezaron a vibrar y la lámpara de lava levitó hasta el techo.
—Kasuto... por favor —suplicó Kazuke, con los ojos entrecerrados y el flequillo finalmente apartado, revelando una mirada llena de fuego y necesidad.
Kasuto se posicionó sobre él, sus cuerpos encajando como dos piezas de un rompecabezas diseñado en otra galaxia. La creación de plantas de Kasuto no se detuvo; las enredaderas en la habitación se volvieron más gruesas, rodeando las piernas de Kazuke, acariciándolo con pétalos suaves mientras Kasuto iniciaba el movimiento rítmico que ambos ansiaban.
El encuentro fue una sinfonía de elementos. La gravedad fluctuaba según el placer de Kazuke, haciéndolos sentir ligeros como plumas un momento y pesados como el núcleo de una estrella al siguiente. Kasuto, por su parte, mantenía el ambiente vivo, haciendo que la flora de la habitación reaccionara a cada uno de sus movimientos, liberando polen afrodisíaco que intensificaba cada sensación.
—No te detengas —jadeó Kazuke, arqueando la espalda. Su piel verde brillante parecía emitir una suave luminiscencia—. No me dejes caer.
—Nunca —prometió Kasuto, aumentando la intensidad—. Te tengo, Kazuke. Siempre te tengo.
La pasión alcanzó un punto de no retorno. Kazuke sintió que su mente se expandía, conectando no solo con Kasuto, sino con cada planta de la habitación y con el vacío del espacio que tanto amaba. En el clímax, una onda expansiva de energía telequinética hizo que todos los objetos flotantes cayeran suavemente al suelo, mientras que las plantas de Kasuto florecieron en una explosión de color rojo intenso antes de soltar un último aroma embriagador.
Minutos después, el silencio regresó, pero ya no era el silencio frío de la biblioteca. Era un silencio compartido, cálido y satisfecho. Ambos yacían en la cama, envueltos entre restos de pétalos y sábanas revueltas.
—Eso fue... —Kazuke buscó la palabra mientras recuperaba el aliento, con su flequillo menta pegado a la frente por el sudor.
—¿Astronómico? —sugirió Kasuto, atrayéndolo hacia su pecho y acariciando sus antenitas con ternura.
—Iba a decir que mejor que cualquier examen —Kazuke sonrió, una de esas raras y verdaderas sonrisas que solo Kasuto conocía—. Pero astronómico también sirve.
Kasuto besó la coronilla de su cabeza, sintiendo los latidos del corazón de Kazuke sincronizarse con los suyos.
—Mañana podemos volver a ser el nerd y el deportista —dijo Kasuto en voz baja—. Pero ahora mismo, solo somos nosotros.
Kazuke se acurrucó más cerca de él, cerrando los ojos. El mundo exterior, con sus juicios y sus presiones, se sentía a años luz de distancia. En ese pequeño rincón verde y rojo, el universo estaba en perfecto equilibrio.
—Gracias por las flores, Kasuto —susurró Kazuke antes de quedarse dormido.
—Gracias por dejarme entrar en tu órbita —respondió el moreno, cerrando también los ojos, mientras las últimas enredaderas se retraían lentamente, guardando el secreto de lo que allí había ocurrido.
