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Revelación carmesi
Fandom: Bungou Stray Dogs
Creado: 11/5/2026
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RomanceDramaDolor/ConsueloDetectivescoCrimenIntento de SuicidioEstudio de PersonajeAmbientación CanonMisterioPsicológicoAcciónUA (Universo Alternativo)SongficAngustiaAlmas GemelasThrillerPhotoficHistoria DomésticaFluffRecortes de Vida
Luz, Cámara y una Inminente Migraña
La oficina de la Agencia Armada de Detectives solía ser un caos controlado, pero esa mañana el silencio era denso, interrumpido solo por el clic rítmico de la cámara de Murasaki Shikibu. La mujer, de una elegancia que parecía fuera de lugar entre los escritorios desordenados, ajustaba el lente de su Leica con dedos expertos. Su largo cabello morado caía como una cascada de seda sobre sus hombros, rozando las curvas de su figura, acentuadas por un vestido de corte impecable que gritaba sofisticación.
—Murasaki-san, ¿podría dejar de usarme como modelo de prueba? —pidió Atsushi, visiblemente nervioso mientras trataba de organizar unos informes.
—Quédate quieto, Atsushi —respondió ella con una voz aterciopelada pero cargada de un sarcasmo punzante—. Tu rostro de tragedia griega es perfecto para calibrar la luz de tungsteno. Además, es lo más útil que has hecho en toda la mañana.
A su lado, Kyoka observaba la escena con ojos brillantes. La pequeña mantenía una relación cercana con Murasaki, viéndola como una mentora de modales y temple, similar a la extraña pero funcional guía que Dazai ejercía sobre Atsushi. Murasaki le dedicó una pequeña y casi imperceptible sonrisa a la niña antes de guardar su equipo.
—Shikibu-san, Dazai-san está debajo de su escritorio otra vez —susurró Kyoka, señalando con el dedo.
Murasaki suspiró, cerrando sus grandes ojos negros por un segundo para contener la irritación.
—¡Oh, mi amada y cruel Murasaki! —La voz de Dazai surgió desde las sombras del mobiliario, dramática y vibrante—. Estaba pensando que, si decido terminar con todo hoy, el último destello de luz que mis ojos vean debería ser el flash de tu cámara. ¿Me concederías el honor de una fotografía? ¡Un suicidio doble capturado para la posteridad!
Murasaki ni siquiera se molestó en mirar hacia abajo. En su lugar, acomodó con parsimonia su cámara en el estuche.
—Dazai, si te tomo una foto, lo único que capturaré será el vacío absoluto de tu cerebro —espetó ella con frialdad—. Además, mi habilidad, "Historia de Genji", me da migrañas horribles. No pienso desperdiciar mi salud mental analizando la psique de un desperdicio de vendas como tú. Sal de ahí antes de que use mis tacones para algo más que caminar.
Dazai emergió con una sonrisa radiante, ignorando el insulto con la facilidad de quien está acostumbrado a ser despreciado. Se sacudió el abrigo de color arena y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal con esa confianza descarada que a Murasaki le revolvía el estómago y, secretamente, le aceleraba el pulso.
—Tan refinada incluso cuando me insultas —suspiró Dazai, apoyando su barbilla en su mano mientras la miraba con una intensidad que casi parecía real—. Algún día me dejarás entrar en tu lente, y ese día, finalmente entenderé por qué me miras con tanto odio... o con tanta pasión.
—Es odio, te lo aseguro —replicó ella, aunque sus dedos temblaron ligeramente al cerrar el broche de su bolso.
La tensión se rompió cuando la puerta de la oficina del director se abrió. Kunikida asomó la cabeza, luciendo más estresado de lo habitual.
—Dazai, Murasaki, Atsushi, Kyoka. El director los cita. Ahora.
El despacho de Fukuzawa era sobrio y olía a té verde. El director los recibió con su habitual semblante severo, extendiendo una invitación de papel grueso y bordes dorados sobre la mesa.
—Tenemos una misión de infiltración —comenzó Fukuzawa—. Se llevará a cabo en la gala benéfica de la Fundación Fitzgerald. Hay rumores de que un grupo disidente de la Port Mafia planea un intercambio de información clasificada utilizando un sistema de códigos visuales. Necesitamos a alguien que pueda observar más allá de lo evidente.
Murasaki arqueó una ceja perfecta.
—¿Una gala? —Su voz goteaba desdén—. Odio las galas. Están llenas de gente con perfumes baratos y conversaciones vacías.
—Y de ruidos fuertes, Murasaki —añadió Dazai con una nota de inusual suavidad en su voz, refiriéndose a la ligirofobia de la mujer—. Habrá orquestas, brindis, quizás incluso fuegos artificiales.
Murasaki tensó la mandíbula. El miedo a los ruidos repentinos era su debilidad más guardada, aunque con los años había aprendido a tolerar el estruendo de la ciudad. Pero una fiesta... las copas rompiéndose, los aplausos... era una tortura elegante.
—Estaré bien —dijo ella, recuperando su compostura—. Mi habilidad es necesaria. Puedo fotografiar a los sospechosos y analizar sus verdaderas intenciones antes de que el intercambio ocurra.
—Exactamente —confirmó Fukuzawa—. Murasaki será nuestra analista principal. Atsushi y Kyoka actuarán como personal de servicio para vigilar los perímetros. Y Dazai...
—¿Yo seré el apuesto caballero que escolte a nuestra hermosa fotógrafa? —interrumpió Dazai, con los ojos brillando de anticipación.
Fukuzawa asintió lentamente.
—Dazai conoce los protocolos de la alta sociedad mejor que nadie. Él mantendrá a Murasaki a salvo de cualquier distracción.
Murasaki sintió que el mundo se le venía encima. Pasar una noche entera en un ambiente ruidoso era una cosa, pero hacerlo del brazo de Dazai Osamu era una receta para el desastre.
—Director, con todo respeto, preferiría ir con un poste de luz —protestó ella—. Al menos el poste es silencioso y no intenta suicidarse con el ponche.
—No hay discusión, Shikibu —sentenció Fukuzawa—. La misión es prioritaria.
***
La noche de la gala, el salón de mármol resplandecía bajo la luz de enormes candelabros de cristal. Murasaki se miró en un espejo antes de entrar, ajustando el guante de seda que cubría su mano derecha. Llevaba un vestido de noche color violeta profundo, con un escote que resaltaba sus curvas de forma elegante pero peligrosa, y su cabello estaba recogido en un intrincado peinado que dejaba al descubierto su nuca.
—Estás... absolutamente letal —murmuró una voz a sus espaldas.
Dazai estaba allí, impecable en un esmoquin negro que lo hacía parecer un príncipe de un cuento oscuro. Por un momento, Murasaki olvidó su sarcasmo. El hombre era, a falta de una palabra mejor, devastadoramente guapo cuando se lo proponía.
—Tú estás... aceptable —respondió ella, desviando la mirada—. Intenta no mancharte de sangre o de vino, no quiero que arruines mis fotos.
—Prometo portarme bien —dijo Dazai, ofreciéndole el brazo—. A menos que encontremos un candelabro lo suficientemente resistente para colgarse. Sería una forma muy brillante de irse, ¿no crees?
Murasaki se detuvo en seco y lo miró fijamente a los ojos. Sus ojos negros, usualmente fríos, mostraron una chispa de auténtico pavor que trató de ocultar tras una máscara de furia.
—Dazai —dijo con voz baja y cortante—, si te atreves a intentar una de tus estupideces esta noche, yo misma te mataré. Y créeme, no será la muerte indolora que buscas. Te mantendré vivo solo para que sufras mi desprecio el resto de tus días. ¿Entendido?
Dazai parpadeó, sorprendido por la intensidad de sus palabras. Sabía que ella lo insultaba por costumbre, pero ese miedo genuino en su mirada era algo que siempre lo desarmaba. Ella odiaba la idea de perderlo, aunque preferiría beber veneno antes que admitirlo.
—Entendido, jefa —respondió él con una sonrisa más suave, casi sincera—. No me iré a ninguna parte. No mientras tenga la mejor vista de la noche a mi lado.
Entraron al salón y el ruido los golpeó de inmediato. El murmullo de cientos de personas, el chocar de los cubiertos y la música de la orquesta hicieron que Murasaki se tensara visiblemente. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del brazo de Dazai.
Él, notando su rigidez, cubrió la mano de ella con la suya.
—Respira, Murasaki. Concéntrate en mi voz. Es lo suficientemente monótona como para aburrir a cualquier fobia, ¿verdad?
—Cállate, idiota —susurró ella, aunque no retiró la mano—. Saca tu cámara oculta. Tenemos trabajo que hacer.
Murasaki comenzó su labor. Discretamente, utilizaba una cámara miniatura integrada en un broche para capturar los rostros de los asistentes. Cada vez que el obturador mental de su habilidad se activaba, una punzada de dolor atravesaba sus sienes. "Historia de Genji" no era una habilidad amable; leer la psique humana a través de una imagen era como intentar descargar un océano de emociones en un vaso de agua.
—Ese hombre de la barba —murmuró ella, apoyándose ligeramente en Dazai mientras una migraña comenzaba a florecer tras sus ojos—. Está ansioso. No es por el dinero, es por miedo. Teme que su contacto no llegue.
—Lo veo —respondió Dazai, su tono ahora completamente profesional—. Atsushi está cerca de la mesa de postres, lo seguirá si se mueve. Tú descansa un momento, tus ojos están empezando a brillar de esa forma que indica que te va a estallar la cabeza.
—Estoy bien —insistió ella, aunque su palidez decía lo contrario.
De repente, un sonido seco y potente resonó en todo el salón. ¡PUM!
Murasaki se encogió, cerrando los ojos con fuerza, sus manos volaron a sus oídos. Fue solo el descorche de una botella de champán de gran tamaño cerca de ellos, seguido de una risa estrepitosa de un grupo de invitados. Para cualquier otra persona, era un ruido festivo. Para Murasaki, fue un ataque al corazón.
Dazai reaccionó al instante. La rodeó con sus brazos, pegando la cabeza de la mujer contra su pecho para amortiguar el sonido ambiente.
—Shh, solo es champán, Murasaki. Solo champán barato para gente con mal gusto —le susurró al oído, bloqueando el resto del mundo con su cuerpo.
Murasaki temblaba, aferrada a las solapas del esmoquin de Dazai. Odiaba sentirse vulnerable, odiaba que él fuera quien la viera así. Pero el latido del corazón de Dazai era constante, rítmico, y extrañamente reconfortante. Era la prueba de que seguía allí, de que no la había dejado sola en ese mundo lleno de ruidos impredecibles.
—Suéltame, estúpido —dijo ella después de unos segundos, aunque no hizo ningún esfuerzo por separarse—. Me estás arrugando el vestido.
—Oh, qué crueldad —rió Dazai, aunque no la soltó del todo, manteniendo una mano protectora en su cintura—. Te salvo de un colapso nervioso y así es como me pagas. Realmente eres una mujer difícil de cortejar.
Murasaki levantó la vista, encontrándose con los ojos cafés de Dazai. Por un breve instante, la máscara de sarcasmo de ambos cayó. Ella vio la soledad infinita que él cargaba, y él vio el amor profundo y aterrorizado que ella sentía por un hombre que buscaba la muerte en cada esquina.
—No necesito que me cortejes, Dazai —dijo ella en un susurro, recuperando su tono refinado—. Solo necesito que... que dejes de buscar formas de no estar aquí mañana.
Dazai guardó silencio, una expresión de extraña melancolía cruzó su rostro. Antes de que pudiera responder, el comunicador en su oído vibró.
—Dazai-san, Murasaki-san, el objetivo se mueve hacia el balcón este —la voz de Atsushi interrumpió el momento.
Murasaki se separó de él, recomponiendo su figura con una elegancia gélida. Sacó un pequeño frasco de analgésicos de su bolso y se tragó una pastilla sin agua.
—Vamos —dijo, ajustando su cámara—. Tenemos una misión que terminar. Y después de esto, me debes una cena en un lugar ridículamente caro y absolutamente silencioso.
Dazai sonrió, recuperando su brillo habitual.
—¿Es eso una cita, Murasaki? ¡Mi corazón late de emoción! ¿Podemos pedir algo que sea venenoso pero delicioso?
—Cierra la boca y camina, antes de que decida que la Port Mafia no es tu mayor enemigo esta noche.
Caminaron juntos hacia la oscuridad del balcón, una pareja dispareja de elegancia y caos, unidos por hilos invisibles de desprecio fingido y una devoción que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta, pero que los mantenía anclados al mundo, un disparo de cámara a la vez.
—Murasaki-san, ¿podría dejar de usarme como modelo de prueba? —pidió Atsushi, visiblemente nervioso mientras trataba de organizar unos informes.
—Quédate quieto, Atsushi —respondió ella con una voz aterciopelada pero cargada de un sarcasmo punzante—. Tu rostro de tragedia griega es perfecto para calibrar la luz de tungsteno. Además, es lo más útil que has hecho en toda la mañana.
A su lado, Kyoka observaba la escena con ojos brillantes. La pequeña mantenía una relación cercana con Murasaki, viéndola como una mentora de modales y temple, similar a la extraña pero funcional guía que Dazai ejercía sobre Atsushi. Murasaki le dedicó una pequeña y casi imperceptible sonrisa a la niña antes de guardar su equipo.
—Shikibu-san, Dazai-san está debajo de su escritorio otra vez —susurró Kyoka, señalando con el dedo.
Murasaki suspiró, cerrando sus grandes ojos negros por un segundo para contener la irritación.
—¡Oh, mi amada y cruel Murasaki! —La voz de Dazai surgió desde las sombras del mobiliario, dramática y vibrante—. Estaba pensando que, si decido terminar con todo hoy, el último destello de luz que mis ojos vean debería ser el flash de tu cámara. ¿Me concederías el honor de una fotografía? ¡Un suicidio doble capturado para la posteridad!
Murasaki ni siquiera se molestó en mirar hacia abajo. En su lugar, acomodó con parsimonia su cámara en el estuche.
—Dazai, si te tomo una foto, lo único que capturaré será el vacío absoluto de tu cerebro —espetó ella con frialdad—. Además, mi habilidad, "Historia de Genji", me da migrañas horribles. No pienso desperdiciar mi salud mental analizando la psique de un desperdicio de vendas como tú. Sal de ahí antes de que use mis tacones para algo más que caminar.
Dazai emergió con una sonrisa radiante, ignorando el insulto con la facilidad de quien está acostumbrado a ser despreciado. Se sacudió el abrigo de color arena y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal con esa confianza descarada que a Murasaki le revolvía el estómago y, secretamente, le aceleraba el pulso.
—Tan refinada incluso cuando me insultas —suspiró Dazai, apoyando su barbilla en su mano mientras la miraba con una intensidad que casi parecía real—. Algún día me dejarás entrar en tu lente, y ese día, finalmente entenderé por qué me miras con tanto odio... o con tanta pasión.
—Es odio, te lo aseguro —replicó ella, aunque sus dedos temblaron ligeramente al cerrar el broche de su bolso.
La tensión se rompió cuando la puerta de la oficina del director se abrió. Kunikida asomó la cabeza, luciendo más estresado de lo habitual.
—Dazai, Murasaki, Atsushi, Kyoka. El director los cita. Ahora.
El despacho de Fukuzawa era sobrio y olía a té verde. El director los recibió con su habitual semblante severo, extendiendo una invitación de papel grueso y bordes dorados sobre la mesa.
—Tenemos una misión de infiltración —comenzó Fukuzawa—. Se llevará a cabo en la gala benéfica de la Fundación Fitzgerald. Hay rumores de que un grupo disidente de la Port Mafia planea un intercambio de información clasificada utilizando un sistema de códigos visuales. Necesitamos a alguien que pueda observar más allá de lo evidente.
Murasaki arqueó una ceja perfecta.
—¿Una gala? —Su voz goteaba desdén—. Odio las galas. Están llenas de gente con perfumes baratos y conversaciones vacías.
—Y de ruidos fuertes, Murasaki —añadió Dazai con una nota de inusual suavidad en su voz, refiriéndose a la ligirofobia de la mujer—. Habrá orquestas, brindis, quizás incluso fuegos artificiales.
Murasaki tensó la mandíbula. El miedo a los ruidos repentinos era su debilidad más guardada, aunque con los años había aprendido a tolerar el estruendo de la ciudad. Pero una fiesta... las copas rompiéndose, los aplausos... era una tortura elegante.
—Estaré bien —dijo ella, recuperando su compostura—. Mi habilidad es necesaria. Puedo fotografiar a los sospechosos y analizar sus verdaderas intenciones antes de que el intercambio ocurra.
—Exactamente —confirmó Fukuzawa—. Murasaki será nuestra analista principal. Atsushi y Kyoka actuarán como personal de servicio para vigilar los perímetros. Y Dazai...
—¿Yo seré el apuesto caballero que escolte a nuestra hermosa fotógrafa? —interrumpió Dazai, con los ojos brillando de anticipación.
Fukuzawa asintió lentamente.
—Dazai conoce los protocolos de la alta sociedad mejor que nadie. Él mantendrá a Murasaki a salvo de cualquier distracción.
Murasaki sintió que el mundo se le venía encima. Pasar una noche entera en un ambiente ruidoso era una cosa, pero hacerlo del brazo de Dazai Osamu era una receta para el desastre.
—Director, con todo respeto, preferiría ir con un poste de luz —protestó ella—. Al menos el poste es silencioso y no intenta suicidarse con el ponche.
—No hay discusión, Shikibu —sentenció Fukuzawa—. La misión es prioritaria.
***
La noche de la gala, el salón de mármol resplandecía bajo la luz de enormes candelabros de cristal. Murasaki se miró en un espejo antes de entrar, ajustando el guante de seda que cubría su mano derecha. Llevaba un vestido de noche color violeta profundo, con un escote que resaltaba sus curvas de forma elegante pero peligrosa, y su cabello estaba recogido en un intrincado peinado que dejaba al descubierto su nuca.
—Estás... absolutamente letal —murmuró una voz a sus espaldas.
Dazai estaba allí, impecable en un esmoquin negro que lo hacía parecer un príncipe de un cuento oscuro. Por un momento, Murasaki olvidó su sarcasmo. El hombre era, a falta de una palabra mejor, devastadoramente guapo cuando se lo proponía.
—Tú estás... aceptable —respondió ella, desviando la mirada—. Intenta no mancharte de sangre o de vino, no quiero que arruines mis fotos.
—Prometo portarme bien —dijo Dazai, ofreciéndole el brazo—. A menos que encontremos un candelabro lo suficientemente resistente para colgarse. Sería una forma muy brillante de irse, ¿no crees?
Murasaki se detuvo en seco y lo miró fijamente a los ojos. Sus ojos negros, usualmente fríos, mostraron una chispa de auténtico pavor que trató de ocultar tras una máscara de furia.
—Dazai —dijo con voz baja y cortante—, si te atreves a intentar una de tus estupideces esta noche, yo misma te mataré. Y créeme, no será la muerte indolora que buscas. Te mantendré vivo solo para que sufras mi desprecio el resto de tus días. ¿Entendido?
Dazai parpadeó, sorprendido por la intensidad de sus palabras. Sabía que ella lo insultaba por costumbre, pero ese miedo genuino en su mirada era algo que siempre lo desarmaba. Ella odiaba la idea de perderlo, aunque preferiría beber veneno antes que admitirlo.
—Entendido, jefa —respondió él con una sonrisa más suave, casi sincera—. No me iré a ninguna parte. No mientras tenga la mejor vista de la noche a mi lado.
Entraron al salón y el ruido los golpeó de inmediato. El murmullo de cientos de personas, el chocar de los cubiertos y la música de la orquesta hicieron que Murasaki se tensara visiblemente. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del brazo de Dazai.
Él, notando su rigidez, cubrió la mano de ella con la suya.
—Respira, Murasaki. Concéntrate en mi voz. Es lo suficientemente monótona como para aburrir a cualquier fobia, ¿verdad?
—Cállate, idiota —susurró ella, aunque no retiró la mano—. Saca tu cámara oculta. Tenemos trabajo que hacer.
Murasaki comenzó su labor. Discretamente, utilizaba una cámara miniatura integrada en un broche para capturar los rostros de los asistentes. Cada vez que el obturador mental de su habilidad se activaba, una punzada de dolor atravesaba sus sienes. "Historia de Genji" no era una habilidad amable; leer la psique humana a través de una imagen era como intentar descargar un océano de emociones en un vaso de agua.
—Ese hombre de la barba —murmuró ella, apoyándose ligeramente en Dazai mientras una migraña comenzaba a florecer tras sus ojos—. Está ansioso. No es por el dinero, es por miedo. Teme que su contacto no llegue.
—Lo veo —respondió Dazai, su tono ahora completamente profesional—. Atsushi está cerca de la mesa de postres, lo seguirá si se mueve. Tú descansa un momento, tus ojos están empezando a brillar de esa forma que indica que te va a estallar la cabeza.
—Estoy bien —insistió ella, aunque su palidez decía lo contrario.
De repente, un sonido seco y potente resonó en todo el salón. ¡PUM!
Murasaki se encogió, cerrando los ojos con fuerza, sus manos volaron a sus oídos. Fue solo el descorche de una botella de champán de gran tamaño cerca de ellos, seguido de una risa estrepitosa de un grupo de invitados. Para cualquier otra persona, era un ruido festivo. Para Murasaki, fue un ataque al corazón.
Dazai reaccionó al instante. La rodeó con sus brazos, pegando la cabeza de la mujer contra su pecho para amortiguar el sonido ambiente.
—Shh, solo es champán, Murasaki. Solo champán barato para gente con mal gusto —le susurró al oído, bloqueando el resto del mundo con su cuerpo.
Murasaki temblaba, aferrada a las solapas del esmoquin de Dazai. Odiaba sentirse vulnerable, odiaba que él fuera quien la viera así. Pero el latido del corazón de Dazai era constante, rítmico, y extrañamente reconfortante. Era la prueba de que seguía allí, de que no la había dejado sola en ese mundo lleno de ruidos impredecibles.
—Suéltame, estúpido —dijo ella después de unos segundos, aunque no hizo ningún esfuerzo por separarse—. Me estás arrugando el vestido.
—Oh, qué crueldad —rió Dazai, aunque no la soltó del todo, manteniendo una mano protectora en su cintura—. Te salvo de un colapso nervioso y así es como me pagas. Realmente eres una mujer difícil de cortejar.
Murasaki levantó la vista, encontrándose con los ojos cafés de Dazai. Por un breve instante, la máscara de sarcasmo de ambos cayó. Ella vio la soledad infinita que él cargaba, y él vio el amor profundo y aterrorizado que ella sentía por un hombre que buscaba la muerte en cada esquina.
—No necesito que me cortejes, Dazai —dijo ella en un susurro, recuperando su tono refinado—. Solo necesito que... que dejes de buscar formas de no estar aquí mañana.
Dazai guardó silencio, una expresión de extraña melancolía cruzó su rostro. Antes de que pudiera responder, el comunicador en su oído vibró.
—Dazai-san, Murasaki-san, el objetivo se mueve hacia el balcón este —la voz de Atsushi interrumpió el momento.
Murasaki se separó de él, recomponiendo su figura con una elegancia gélida. Sacó un pequeño frasco de analgésicos de su bolso y se tragó una pastilla sin agua.
—Vamos —dijo, ajustando su cámara—. Tenemos una misión que terminar. Y después de esto, me debes una cena en un lugar ridículamente caro y absolutamente silencioso.
Dazai sonrió, recuperando su brillo habitual.
—¿Es eso una cita, Murasaki? ¡Mi corazón late de emoción! ¿Podemos pedir algo que sea venenoso pero delicioso?
—Cierra la boca y camina, antes de que decida que la Port Mafia no es tu mayor enemigo esta noche.
Caminaron juntos hacia la oscuridad del balcón, una pareja dispareja de elegancia y caos, unidos por hilos invisibles de desprecio fingido y una devoción que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta, pero que los mantenía anclados al mundo, un disparo de cámara a la vez.
