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Prueba 2 xD
Fandom: Genshin Impact
Creado: 11/5/2026
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OmegaversoRomanceDolor/ConsueloCiberpunkHistoria DomésticaEstudio de PersonajeDramaCiencia FicciónRecortes de VidaUA (Universo Alternativo)Almas Gemelas
El aroma de la lluvia y el café amargo
La oficina central de la Corporación Sumeru era un hervidero de estímulos sensoriales que, para cualquier persona con un olfato sensible, resultaba a veces insoportable. Los pasillos de cristal y acero estaban saturados de feromonas: el aroma cítrico y dominante de los alfas en las salas de juntas, el rastro dulce y calmante de los omegas en el departamento de diseño, y el vacío neutro, casi estéril, de los betas que mantenían el orden administrativo.
Sethos amaba su trabajo, o más bien, amaba a la gente con la que trabajaba. Como jefe del equipo de relaciones exteriores, su carisma era su mejor herramienta. Era un alfa, sí, pero uno de esos raros ejemplares que no necesitaban marcar territorio ni imponer su presencia mediante la intimidación. Su aroma era como el de la tierra después de la tormenta: fresco, acogedor y profundamente vital.
—¡Buenos días, Collei! ¿Esos son los informes de logística? Déjame ayudarte con eso —dijo Sethos, arrebatándole una pila de carpetas a la joven antes de que ella pudiera protestar.
—Oh, Sethos, gracias. Es un caos hoy, parece que el aire acondicionado del piso 42 se averió y los alfas están... temperamentales —respondió ella con una sonrisa tímida.
Sethos rió, una carcajada franca que hizo que un par de omegas en el pasillo se giraran a mirarlo con interés.
—No te preocupes, iré a ver si puedo calmar los ánimos. Por cierto, ¿has visto al nuevo consultor de sistemas? Me dijeron que estaría en el ala este hoy.
—¿Te refieres a Wanderer? —Collei bajó un poco la voz—. Es... directo. Y es un beta, así que no parece muy afectado por el drama de las feromonas. Está en la oficina del fondo.
Sethos asintió, despidiéndose con un gesto juguetón. Caminó con paso ligero, saludando a diestra y siniestra, hasta que llegó a la zona más silenciosa del edificio. Allí, el aire se sentía diferente. No había rastro de perfumes artificiales ni de hormonas en celo. Solo el zumbido de los servidores y el golpeteo rítmico de un teclado.
Al entrar en la oficina pequeña, vio a un joven de cabello oscuro cortado con precisión, vestido con una camisa oscura impecable. No levantó la vista al sentir la presencia de Sethos.
—Si vienes a quejarte de que el software de gestión es lento, ahórratelo. El problema es el hardware de la década pasada que usan aquí —dijo el consultor sin dejar de escribir.
Sethos se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos con una sonrisa relajada.
—Vaya, ni siquiera un "hola". Soy Sethos, del equipo de relaciones. Y no vengo a quejarme, vengo a darte la bienvenida oficial.
Wanderer finalmente dejó de escribir y giró su silla. Sus ojos eran fríos, analíticos, cargados de un cinismo que parecía haber sido forjado a base de decepciones.
—¿Relaciones? —Wanderer soltó un bufido—. O sea que te pagan por ser amable y oler bien. Típico de un alfa.
Sethos no se ofendió. Al contrario, dio un paso hacia el interior de la oficina. Fue en ese momento cuando sucedió. Como alfa, Sethos estaba acostumbrado a filtrar el ruido olfativo de la oficina, pero al acercarse a Wanderer, sus instintos dieron un vuelco.
No había feromonas. Wanderer era, técnicamente, un beta. Sin embargo, había un aroma natural que emanaba de él, algo que no tenía nada que ver con la biología de los géneros secundarios. Era un olor a sándalo viejo, a papel limpio y a algo frío, como el aire de la montaña. Era sutil, honesto y, para Sethos, absolutamente embriagador.
—Tienes un aroma increíble —soltó Sethos antes de poder filtrarlo.
Wanderer se tensó. Sus ojos se entrecerraron con sospecha y una pizca de desprecio.
—No seas ridículo. Soy un beta. No tengo aroma, y si lo tuviera, no sería de tu incumbencia.
—No hablo de feromonas —insistió Sethos, acercándose un poco más, rompiendo esa barrera de espacio personal que Wanderer parecía proteger con tanto celo—. Hablo de ti. Es... refrescante. En este edificio todo el mundo intenta oler a "poder" o a "atracción". Tú solo hueles a ti mismo. Me gusta.
Wanderer se levantó bruscamente, su silla rodando hacia atrás. Era más bajo que Sethos, pero su presencia era tan afilada que parecía capaz de cortar el aire.
—Escúchame bien, "alfa carismático" —dijo Wanderer con voz gélida—. No me interesan tus juegos de seducción de oficina. He lidiado con tipos como tú toda mi vida. Creen que porque son amables pueden invadir el espacio de cualquiera. Vuelve a tu oficina y deja que la gente que realmente trabaja termine su jornada.
Sethos levantó las manos en señal de paz, pero no dejó de sonreír. Había algo en la honestidad brutal de Wanderer que le resultaba fascinante.
—Está bien, acepto la derrota por hoy. Pero trabajo en el piso 35. Si alguna vez necesitas un café de verdad y no esa agua sucia de la máquina, ya sabes dónde encontrarme.
Wanderer no respondió, simplemente volvió a sentarse y retomó su trabajo. Sin embargo, una vez que Sethos abandonó la habitación, el consultor se quedó inmóvil por un segundo. Se llevó una mano al cuello, donde su piel se sentía extrañamente caliente.
—Idiota —susurró para sí mismo, aunque su corazón latía con una irregularidad que no lograba explicar.
***
Las semanas pasaron y Sethos se convirtió en una presencia constante en la vida de Wanderer. No importaba cuántas veces fuera rechazado o cuántas respuestas cortantes recibiera; Sethos siempre volvía con una sonrisa, un dato interesante sobre algún rincón escondido de la ciudad o, más frecuentemente, un vaso de té helado que Wanderer terminaba bebiendo a regañadientes.
Para Wanderer, Sethos era un enigma irritante. Había crecido convencido de que los alfas eran seres puramente instintivos, dominados por su necesidad de control. Pero Sethos era diferente. Era genuinamente servicial, se preocupaba por los empleados de limpieza tanto como por los directivos, y nunca usaba su voz de mando para conseguir lo que quería.
Y luego estaba el tema del aroma.
Wanderer siempre se había sentido cómodo en su identidad de beta. Era un refugio, una forma de ser invisible en la guerra biológica de la sociedad. Pero últimamente, el aroma de Sethos —esa tierra mojada y sol de tarde— empezaba a afectarle de una manera que no debería.
Una tarde, mientras trabajaban hasta tarde para preparar el lanzamiento de un nuevo sistema de seguridad, una tormenta eléctrica estalló sobre la ciudad. Las luces de la oficina parpadearon antes de estabilizarse.
—Deberíamos parar —dijo Sethos, estirando los brazos sobre su cabeza—. La red va a estar inestable con este clima y ya hemos avanzado bastante.
Wanderer, que estaba sentado en el suelo rodeado de cables y servidores abiertos, soltó un suspiro de frustración.
—Solo un poco más. Si no termino de configurar este nodo ahora, tendré que empezar de cero mañana.
Sethos se sentó en el suelo junto a él. No dijo nada, simplemente empezó a organizar las herramientas que Wanderer había dejado esparcidas. El silencio entre ellos, por primera vez, no era tenso. Era casi... íntimo.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Wanderer de repente, sin apartar la vista de los cables.
—¿El qué? ¿Ayudarte? —Sethos se encogió de hombros—. Me gusta tu compañía. Eres honesto, Wanderer. No finges nada. En este mundo, eso es más valioso que cualquier título.
Wanderer detuvo sus manos. Sintió una punzada de calor en el pecho, una sensación expansiva que comenzó a irradiar desde su nuca. De repente, el aroma de Sethos se volvió abrumador, pero no de una forma desagradable. Era como si cada poro de su piel estuviera tratando de absorber la presencia del alfa.
—Sethos... —la voz de Wanderer sonó quebrada, extraña para sus propios oídos.
—¿Estás bien? Estás muy pálido —Sethos se acercó, poniendo una mano en el hombro de Wanderer.
En el momento en que sus pieles hicieron contacto, algo se rompió dentro de Wanderer. Una barrera que ni siquiera sabía que existía se desmoronó. Un calor sofocante lo recorrió de pies a cabeza, y un mareo repentino lo obligó a apoyarse en el pecho de Sethos.
—Tú... hueles demasiado fuerte —jadeó Wanderer, cerrando los ojos.
Sethos se quedó helado. Sus instintos de alfa se dispararon de inmediato, pero no por agresión. Sus pupilas se dilataron. El aroma de Wanderer estaba cambiando. El sándalo y el papel limpio seguían ahí, pero ahora estaban siendo inundados por algo dulce, algo intensamente floral y embriagador, como flores de loto abriéndose en pleno invierno.
—Wanderer, escúchame —dijo Sethos, su voz bajando una octava, volviéndose más profunda y protectora—. No eres un beta.
—No digas estupideces... —Wanderer intentó apartarse, pero sus piernas se sentían como gelatina. Su cuerpo estaba reaccionando a la cercanía de Sethos de una manera violenta y hermosa a la vez—. He sido un beta toda mi vida. Los exámenes... los resultados...
—A veces ocurre —susurró Sethos, rodeando la cintura de Wanderer con sus brazos para evitar que se cayera—. Una conversión tardía. Se desencadena por un estímulo fuerte. O por una conexión.
Wanderer hundió el rostro en el cuello de Sethos, gimiendo ante el contacto. El aroma del alfa era ahora su único ancla en un mar de sensaciones nuevas. Su propio cuerpo estaba empezando a producir feromonas a una velocidad alarmante; el dulce aroma de un omega que acaba de despertar.
—Maldita sea... —susurró Wanderer, sus manos aferrándose a la chaqueta de Sethos—. Odio que tengas razón. Odio esto.
Sethos soltó una pequeña risa, aunque sus propios instintos estaban luchando por mantener la calma. Tener a un omega recién convertido en sus brazos, uno cuyo aroma era la cosa más perfecta que jamás había sentido, era una prueba de autocontrol monumental.
—Lo sé, lo sé. Pero estoy aquí. No voy a dejar que nada te pase —Sethos comenzó a acariciar el cabello de Wanderer, tratando de calmar los temblores del otro—. Respira conmigo. Solo respira.
Wanderer obedeció, inhalando el aroma de Sethos. Era extraño. Durante años había despreciado la dinámica de los géneros, viéndola como una debilidad. Pero ahora, envuelto en los brazos de Sethos, se sentía más él mismo que nunca. No era una pérdida de identidad; era una evolución.
—Sethos —dijo Wanderer después de un largo rato, su voz recuperando algo de su filo habitual aunque todavía estaba teñida de vulnerabilidad.
—¿Sí?
—Si le cuentas a alguien en la oficina que me viste así, te borraré todos los archivos del servidor central. Y hablo en serio.
Sethos soltó una carcajada que resonó en la pequeña oficina, llena ahora del aroma de ambos, una mezcla perfecta de tierra mojada y flores nocturnas.
—Tu secreto está a salvo conmigo, mi querido omega gruñón. Pero creo que vas a tener que aceptar ese café... y quizás una cena. Necesitas recuperar energías.
Wanderer se separó un poco, mirando a Sethos a los ojos. El cinismo seguía ahí, pero detrás de él, había una chispa de algo nuevo: honestidad pura y una aceptación de que su camino, a partir de ahora, estaría irremediablemente unido al del alfa que no se sintió atraído por sus feromonas, sino por su alma.
—Acepto el café —dijo Wanderer, permitiendo que una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareciera en sus labios—. Pero yo elijo el lugar.
Sethos sonrió, sabiendo que este era solo el comienzo de una aventura mucho más profunda que cualquier expedición o proyecto empresarial.
—Como digas, Wanderer. Como digas.
Sethos amaba su trabajo, o más bien, amaba a la gente con la que trabajaba. Como jefe del equipo de relaciones exteriores, su carisma era su mejor herramienta. Era un alfa, sí, pero uno de esos raros ejemplares que no necesitaban marcar territorio ni imponer su presencia mediante la intimidación. Su aroma era como el de la tierra después de la tormenta: fresco, acogedor y profundamente vital.
—¡Buenos días, Collei! ¿Esos son los informes de logística? Déjame ayudarte con eso —dijo Sethos, arrebatándole una pila de carpetas a la joven antes de que ella pudiera protestar.
—Oh, Sethos, gracias. Es un caos hoy, parece que el aire acondicionado del piso 42 se averió y los alfas están... temperamentales —respondió ella con una sonrisa tímida.
Sethos rió, una carcajada franca que hizo que un par de omegas en el pasillo se giraran a mirarlo con interés.
—No te preocupes, iré a ver si puedo calmar los ánimos. Por cierto, ¿has visto al nuevo consultor de sistemas? Me dijeron que estaría en el ala este hoy.
—¿Te refieres a Wanderer? —Collei bajó un poco la voz—. Es... directo. Y es un beta, así que no parece muy afectado por el drama de las feromonas. Está en la oficina del fondo.
Sethos asintió, despidiéndose con un gesto juguetón. Caminó con paso ligero, saludando a diestra y siniestra, hasta que llegó a la zona más silenciosa del edificio. Allí, el aire se sentía diferente. No había rastro de perfumes artificiales ni de hormonas en celo. Solo el zumbido de los servidores y el golpeteo rítmico de un teclado.
Al entrar en la oficina pequeña, vio a un joven de cabello oscuro cortado con precisión, vestido con una camisa oscura impecable. No levantó la vista al sentir la presencia de Sethos.
—Si vienes a quejarte de que el software de gestión es lento, ahórratelo. El problema es el hardware de la década pasada que usan aquí —dijo el consultor sin dejar de escribir.
Sethos se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos con una sonrisa relajada.
—Vaya, ni siquiera un "hola". Soy Sethos, del equipo de relaciones. Y no vengo a quejarme, vengo a darte la bienvenida oficial.
Wanderer finalmente dejó de escribir y giró su silla. Sus ojos eran fríos, analíticos, cargados de un cinismo que parecía haber sido forjado a base de decepciones.
—¿Relaciones? —Wanderer soltó un bufido—. O sea que te pagan por ser amable y oler bien. Típico de un alfa.
Sethos no se ofendió. Al contrario, dio un paso hacia el interior de la oficina. Fue en ese momento cuando sucedió. Como alfa, Sethos estaba acostumbrado a filtrar el ruido olfativo de la oficina, pero al acercarse a Wanderer, sus instintos dieron un vuelco.
No había feromonas. Wanderer era, técnicamente, un beta. Sin embargo, había un aroma natural que emanaba de él, algo que no tenía nada que ver con la biología de los géneros secundarios. Era un olor a sándalo viejo, a papel limpio y a algo frío, como el aire de la montaña. Era sutil, honesto y, para Sethos, absolutamente embriagador.
—Tienes un aroma increíble —soltó Sethos antes de poder filtrarlo.
Wanderer se tensó. Sus ojos se entrecerraron con sospecha y una pizca de desprecio.
—No seas ridículo. Soy un beta. No tengo aroma, y si lo tuviera, no sería de tu incumbencia.
—No hablo de feromonas —insistió Sethos, acercándose un poco más, rompiendo esa barrera de espacio personal que Wanderer parecía proteger con tanto celo—. Hablo de ti. Es... refrescante. En este edificio todo el mundo intenta oler a "poder" o a "atracción". Tú solo hueles a ti mismo. Me gusta.
Wanderer se levantó bruscamente, su silla rodando hacia atrás. Era más bajo que Sethos, pero su presencia era tan afilada que parecía capaz de cortar el aire.
—Escúchame bien, "alfa carismático" —dijo Wanderer con voz gélida—. No me interesan tus juegos de seducción de oficina. He lidiado con tipos como tú toda mi vida. Creen que porque son amables pueden invadir el espacio de cualquiera. Vuelve a tu oficina y deja que la gente que realmente trabaja termine su jornada.
Sethos levantó las manos en señal de paz, pero no dejó de sonreír. Había algo en la honestidad brutal de Wanderer que le resultaba fascinante.
—Está bien, acepto la derrota por hoy. Pero trabajo en el piso 35. Si alguna vez necesitas un café de verdad y no esa agua sucia de la máquina, ya sabes dónde encontrarme.
Wanderer no respondió, simplemente volvió a sentarse y retomó su trabajo. Sin embargo, una vez que Sethos abandonó la habitación, el consultor se quedó inmóvil por un segundo. Se llevó una mano al cuello, donde su piel se sentía extrañamente caliente.
—Idiota —susurró para sí mismo, aunque su corazón latía con una irregularidad que no lograba explicar.
***
Las semanas pasaron y Sethos se convirtió en una presencia constante en la vida de Wanderer. No importaba cuántas veces fuera rechazado o cuántas respuestas cortantes recibiera; Sethos siempre volvía con una sonrisa, un dato interesante sobre algún rincón escondido de la ciudad o, más frecuentemente, un vaso de té helado que Wanderer terminaba bebiendo a regañadientes.
Para Wanderer, Sethos era un enigma irritante. Había crecido convencido de que los alfas eran seres puramente instintivos, dominados por su necesidad de control. Pero Sethos era diferente. Era genuinamente servicial, se preocupaba por los empleados de limpieza tanto como por los directivos, y nunca usaba su voz de mando para conseguir lo que quería.
Y luego estaba el tema del aroma.
Wanderer siempre se había sentido cómodo en su identidad de beta. Era un refugio, una forma de ser invisible en la guerra biológica de la sociedad. Pero últimamente, el aroma de Sethos —esa tierra mojada y sol de tarde— empezaba a afectarle de una manera que no debería.
Una tarde, mientras trabajaban hasta tarde para preparar el lanzamiento de un nuevo sistema de seguridad, una tormenta eléctrica estalló sobre la ciudad. Las luces de la oficina parpadearon antes de estabilizarse.
—Deberíamos parar —dijo Sethos, estirando los brazos sobre su cabeza—. La red va a estar inestable con este clima y ya hemos avanzado bastante.
Wanderer, que estaba sentado en el suelo rodeado de cables y servidores abiertos, soltó un suspiro de frustración.
—Solo un poco más. Si no termino de configurar este nodo ahora, tendré que empezar de cero mañana.
Sethos se sentó en el suelo junto a él. No dijo nada, simplemente empezó a organizar las herramientas que Wanderer había dejado esparcidas. El silencio entre ellos, por primera vez, no era tenso. Era casi... íntimo.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Wanderer de repente, sin apartar la vista de los cables.
—¿El qué? ¿Ayudarte? —Sethos se encogió de hombros—. Me gusta tu compañía. Eres honesto, Wanderer. No finges nada. En este mundo, eso es más valioso que cualquier título.
Wanderer detuvo sus manos. Sintió una punzada de calor en el pecho, una sensación expansiva que comenzó a irradiar desde su nuca. De repente, el aroma de Sethos se volvió abrumador, pero no de una forma desagradable. Era como si cada poro de su piel estuviera tratando de absorber la presencia del alfa.
—Sethos... —la voz de Wanderer sonó quebrada, extraña para sus propios oídos.
—¿Estás bien? Estás muy pálido —Sethos se acercó, poniendo una mano en el hombro de Wanderer.
En el momento en que sus pieles hicieron contacto, algo se rompió dentro de Wanderer. Una barrera que ni siquiera sabía que existía se desmoronó. Un calor sofocante lo recorrió de pies a cabeza, y un mareo repentino lo obligó a apoyarse en el pecho de Sethos.
—Tú... hueles demasiado fuerte —jadeó Wanderer, cerrando los ojos.
Sethos se quedó helado. Sus instintos de alfa se dispararon de inmediato, pero no por agresión. Sus pupilas se dilataron. El aroma de Wanderer estaba cambiando. El sándalo y el papel limpio seguían ahí, pero ahora estaban siendo inundados por algo dulce, algo intensamente floral y embriagador, como flores de loto abriéndose en pleno invierno.
—Wanderer, escúchame —dijo Sethos, su voz bajando una octava, volviéndose más profunda y protectora—. No eres un beta.
—No digas estupideces... —Wanderer intentó apartarse, pero sus piernas se sentían como gelatina. Su cuerpo estaba reaccionando a la cercanía de Sethos de una manera violenta y hermosa a la vez—. He sido un beta toda mi vida. Los exámenes... los resultados...
—A veces ocurre —susurró Sethos, rodeando la cintura de Wanderer con sus brazos para evitar que se cayera—. Una conversión tardía. Se desencadena por un estímulo fuerte. O por una conexión.
Wanderer hundió el rostro en el cuello de Sethos, gimiendo ante el contacto. El aroma del alfa era ahora su único ancla en un mar de sensaciones nuevas. Su propio cuerpo estaba empezando a producir feromonas a una velocidad alarmante; el dulce aroma de un omega que acaba de despertar.
—Maldita sea... —susurró Wanderer, sus manos aferrándose a la chaqueta de Sethos—. Odio que tengas razón. Odio esto.
Sethos soltó una pequeña risa, aunque sus propios instintos estaban luchando por mantener la calma. Tener a un omega recién convertido en sus brazos, uno cuyo aroma era la cosa más perfecta que jamás había sentido, era una prueba de autocontrol monumental.
—Lo sé, lo sé. Pero estoy aquí. No voy a dejar que nada te pase —Sethos comenzó a acariciar el cabello de Wanderer, tratando de calmar los temblores del otro—. Respira conmigo. Solo respira.
Wanderer obedeció, inhalando el aroma de Sethos. Era extraño. Durante años había despreciado la dinámica de los géneros, viéndola como una debilidad. Pero ahora, envuelto en los brazos de Sethos, se sentía más él mismo que nunca. No era una pérdida de identidad; era una evolución.
—Sethos —dijo Wanderer después de un largo rato, su voz recuperando algo de su filo habitual aunque todavía estaba teñida de vulnerabilidad.
—¿Sí?
—Si le cuentas a alguien en la oficina que me viste así, te borraré todos los archivos del servidor central. Y hablo en serio.
Sethos soltó una carcajada que resonó en la pequeña oficina, llena ahora del aroma de ambos, una mezcla perfecta de tierra mojada y flores nocturnas.
—Tu secreto está a salvo conmigo, mi querido omega gruñón. Pero creo que vas a tener que aceptar ese café... y quizás una cena. Necesitas recuperar energías.
Wanderer se separó un poco, mirando a Sethos a los ojos. El cinismo seguía ahí, pero detrás de él, había una chispa de algo nuevo: honestidad pura y una aceptación de que su camino, a partir de ahora, estaría irremediablemente unido al del alfa que no se sintió atraído por sus feromonas, sino por su alma.
—Acepto el café —dijo Wanderer, permitiendo que una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareciera en sus labios—. Pero yo elijo el lugar.
Sethos sonrió, sabiendo que este era solo el comienzo de una aventura mucho más profunda que cualquier expedición o proyecto empresarial.
—Como digas, Wanderer. Como digas.
