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Holiii

Fandom: Genshin impact

Creado: 12/5/2026

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Estrategias de Arena y Sombras

El apartamento de Kaveh y Alhaitham solía ser un santuario de orden y silencio, pero esa noche, debido al cumpleaños del arquitecto, se había transformado en un hervidero de música indie, luces cálidas y un aroma penetrante a especias y vino de Sumeru. Para Wanderer, aquel escenario era el equivalente a un círculo del infierno que aceptaba visitar solo por una extraña lealtad hacia Kaveh, quien, a pesar de ser un drama viviente, era de las pocas personas que no huía ante su honestidad brutal.

Wanderer estaba apoyado contra la pared del pasillo, lejos del centro de la sala. Vestía una sudadera negra de gran tamaño que ocultaba su complexión delgada y unos pantalones oscuros. Sobre su cabello azul desordenado descansaba un gorro de lana con pequeñas orejas de gato, un regalo irónico de Nahida que, por alguna razón que se negaba a admitir, se sentía cómodo usando. Sus ojos, marcados por ese delineador rojo natural, escaneaban la habitación con un cinismo palpable.

—Pareces un gato callejero esperando el momento para arañar a alguien —dijo una voz familiar.

Wanderer ni siquiera se molestó en girar la cabeza. Sabía perfectamente quién era.

—Y tú pareces un pavo real que se ha perdido de camino a un desfile —respondió con frialdad.

Sethos soltó una carcajada vibrante, esa risa que siempre lograba atraer las miradas de media habitación. Iba vestido con una chaqueta de cuero sobre una camisa de seda oscura, combinando una elegancia urbana con esa aura aventurera que siempre lo rodeaba. Su cabello largo y oscuro estaba recogido en una coleta alta, dejando ver su rostro juvenil pero con una madurez que Wanderer encontraba irritante y atractiva a partes iguales.

—Vamos, no seas tan duro. Es la fiesta de Kaveh —Sethos se acercó, invadiendo el espacio personal de Wanderer con esa confianza natural suya—. Además, no he venido solo. He traído a alguien de la facultad.

Wanderer desvió la mirada hacia el centro de la sala. Allí, un chico alto y de aspecto pretencioso hablaba con un grupo de estudiantes, moviendo las manos con gestos ensayados. Según los rumores que corrían por la universidad, Sethos estaba perdidamente enamorado de ese tipo. Los pasillos murmuraban sobre cómo Sethos lo seguía a todas partes, sobre cómo eran la pareja ideal.

—He oído los rumores —soltó Wanderer, su voz destilando un veneno que no podía ocultar—. Dicen que por fin has encontrado a alguien que aguante tu cháchara constante. Un tipo que, por cierto, tiene reputación de coleccionar conquistas como si fueran sellos.

Sethos se encogió de hombros, manteniendo esa sonrisa relajada que hacía que Wanderer quisiera golpearlo o besarlo. O ambas cosas.

—Los rumores son herramientas útiles, Wanderer. A veces sirven para ocultar lo que realmente uno busca —Sethos dio un paso más, quedando a escasos centímetros—. ¿De verdad crees que me interesa alguien que solo busca cantidad sobre calidad?

—No me importa lo que te interese —mintió Wanderer, apretando los puños dentro de los bolsillos de su sudadera—. Solo me parece patético que pierdas el tiempo así.

—No estoy perdiendo el tiempo —susurró Sethos, bajando el tono de voz hasta que solo Wanderer pudo oírlo—. Estoy aquí, ¿no? Y tú también estás aquí. Eso es lo único que importa.

Wanderer sintió un vuelco en el estómago, pero su máscara de indiferencia era impenetrable. Estaba enamorado de Sethos, un hecho que consideraba una debilidad inaceptable. Sethos era luz, carisma y libertad; él era sombra, cinismo y un pasado que prefería olvidar. Aceptar esos sentimientos sería admitir que Sethos tenía poder sobre él, y Wanderer no le daba poder a nadie.

—Si me disculpas, voy a por algo de beber que no sea veneno —dijo Wanderer, intentando pasar por el lado de Sethos.

Sin embargo, antes de que pudiera alejarse, el acompañante de Sethos se acercó al grupo. Su nombre era Kian, y tenía esa sonrisa de superioridad que delataba a quienes se creen el centro del universo.

—Sethos, te estaba buscando —dijo Kian, ignorando completamente a Wanderer—. La música está mejorando, ¿vienes a bailar?

Sethos miró a Kian y luego a Wanderer. Sus ojos dorados brillaron con una chispa de travesura que Wanderer reconoció de inmediato. Sethos estaba tramando algo.

—En un momento, Kian —respondió Sethos con amabilidad—. Estaba terminando de saludar a un viejo amigo.

—¿Amigo? —Kian miró a Wanderer de arriba abajo, deteniéndose en el gorro con orejas—. Vaya, no sabía que te juntabas con gente tan... peculiar.

Wanderer entrecerró los ojos. Estaba a un comentario de mandarlo al hospital.

—Es más de lo que tú podrías comprender en tres vidas, Kian —intervino Sethos, su tono seguía siendo amable, pero había un filo de advertencia tras sus palabras—. Adelántate, te alcanzaré luego.

Kian resopló y se alejó, buscando a su próxima presa entre la multitud. Wanderer soltó un bufido de desdén.

—¿Eso es lo que te gusta ahora? —preguntó Wanderer con amargura—. ¿Tipos que ni siquiera saben guardar las formas?

—Te he dicho que los rumores son útiles —repitió Sethos, dándose la vuelta para quedar frente a Wanderer de nuevo—. Kian es solo el ruido de fondo necesario para que nadie sospeche lo que realmente quiero.

—¿Y qué es lo que "realmente quieres", Sethos? —Wanderer escupió las palabras, desafiante.

Sethos se inclinó hacia él. El aroma a sándalo y aire libre que siempre lo acompañaba envolvió a Wanderer, nublando su juicio por un instante.

—Te quiero a ti, Wanderer. Pero no de la forma en que Kaveh quiere a Alhaitham, con dramas y cenas románticas —Sethos extendió una mano y rozó suavemente el borde de la sudadera de Wanderer—. Quiero algo más... directo. Algo que sé que tú también quieres, aunque te mueras antes de admitirlo.

Wanderer sintió que el calor le subía a las mejillas. La honestidad de Sethos era desarmante. Él no buscaba una relación tradicional, no buscaba promesas vacías. Sethos buscaba una conexión cruda, física, intensa; algo que encajaba perfectamente con la naturaleza pragmática y desconfiada de Wanderer.

—Eres un idiota —murmuró Wanderer, aunque no se alejó—. Todo el mundo piensa que estás loco por ese tipo, y tú estás aquí diciendo estas estupideces.

—No son estupideces —dijo Sethos, su mirada volviéndose seria por primera vez en la noche—. Me atraes desde el primer día que entraste en la biblioteca y me mandaste callar con esa mirada de desprecio. Me gusta tu honestidad, me gusta que no intentes agradar a nadie. Y me gusta cómo te ves ahora mismo, intentando odiarme cuando sé que tu pulso está acelerado.

—Es el café —replicó Wanderer, aunque su voz sonó menos firme de lo que deseaba.

—No has bebido café en toda la noche —Sethos sonrió de nuevo, esa sonrisa que iluminaba la habitación—. Escucha, voy a deshacerme de Kian. En diez minutos, estaré en la terraza de arriba, la que da al Gran Bazar. Si no vienes, entenderé que prefieres seguir solo con tu cinismo. Pero si vienes...

Sethos no terminó la frase. Simplemente le guiñó un ojo y se alejó hacia la multitud, dejando a Wanderer solo en la penumbra del pasillo.

Wanderer se quedó allí, estático. Su mente era un caos de negación y deseo. Odiaba que Sethos lo leyera tan bien. Odiaba que supiera exactamente qué botones pulsar para desestabilizarlo. Miró hacia la sala; vio a Kaveh riendo mientras sostenía una copa, vio a Alhaitham leyendo un libro en medio del caos, y vio a Sethos hablando con Kian, probablemente dándole alguna excusa para librarse de él.

—Es una trampa —se dijo Wanderer a sí mismo—. Es un aventurero, solo busca una nueva cima que escalar.

Pero su corazón, ese órgano que a veces sentía como una carga pesada, latía con una fuerza inusitada. Estaba harto de su propio aislamiento, harto de observar la vida desde las márgenes. Por una vez, quería ser el que decidiera cruzar la línea.

Diez minutos después, Wanderer subía las escaleras hacia la terraza superior. El aire nocturno de Sumeru era fresco y cargado de la humedad de los bosques cercanos. Al salir al exterior, encontró a Sethos apoyado en la barandilla de piedra, observando las luces de la ciudad. El chico ya no llevaba la chaqueta de cuero; solo la camisa de seda, con los primeros botones desabrochados.

Sethos no se giró cuando oyó los pasos.

—Sabía que vendrías —dijo con calma.

—No te hagas ilusiones —Wanderer se acercó, colocándose a un par de metros de distancia—. Solo he venido para decirte que tus tácticas de manipulación son mediocres.

Sethos finalmente se giró. La luz de la luna bañaba su rostro, dándole un aspecto casi etéreo, pero su mirada seguía siendo la de un cazador que ha acorralado a su presa favorita.

—¿Mediocres? —Sethos caminó hacia él lentamente—. Han funcionado. Estás aquí. Estamos solos. Y Kian probablemente esté buscando a otro chico para pasar la noche.

—¿Por qué montas todo este teatro con él? —preguntó Wanderer, cruzándose de brazos—. Es patético.

—Porque la gente ve lo que quiere ver —explicó Sethos, deteniéndose a solo unos centímetros de Wanderer—. Si creen que estoy interesado en alguien como Kian, me dejan tranquilo. No hacen preguntas. No intentan indagar en lo que realmente siento o a quién busco. Es una distracción, Wanderer. La arena que lanzas a los ojos del enemigo para poder atacar desde la sombra.

Wanderer soltó una risa seca.

—Vaya, resulta que el aventurero sociable es un estratega.

—Todos tenemos nuestras máscaras —Sethos levantó una mano y, esta vez, Wanderer no se apartó cuando sus dedos rozaron su mejilla—. Pero contigo no quiero máscaras. No quiero rumores, ni quiero juegos de universidad. Solo te quiero a ti, en una habitación, sin ropa y sin mentiras.

La franqueza de Sethos golpeó a Wanderer como una ráfaga de viento. No había romanticismo barato, no había declaraciones de amor eterno que ambos sabían que eran frágiles. Era una propuesta honesta, directa y carnal. Era exactamente lo que Wanderer necesitaba para sentirse real.

—¿Y qué te hace pensar que aceptaré algo así? —preguntó Wanderer, aunque su voz era apenas un susurro.

Sethos se inclinó, reduciendo el espacio hasta que sus labios casi se tocaban.

—Porque estás cansado de estar solo —dijo Sethos—. Y porque sé que cuando me miras, no estás pensando en mis historias de viajes. Estás pensando en cómo se sentirían mis manos sobre ti.

Wanderer cerró los ojos, derrotado por la verdad. Sin previo aviso, agarró a Sethos por el cuello de la camisa y lo atrajo hacia sí, cerrando la distancia en un beso que fue cualquier cosa menos delicado. Fue una colisión de necesidad acumulada, de cinismo rompiéndose contra la pasión. Sethos respondió de inmediato, rodeando la cintura de Wanderer con sus brazos y pegándolo contra su cuerpo.

El beso sabía a vino y a libertad. Sethos era experto, sus manos se movían con una seguridad que hacía que Wanderer soltara un gemido ahogado. La madurez de Sethos se reflejaba en la forma en que tomaba el control, pero permitiendo que Wanderer marcara el ritmo de su propia entrega.

Cuando se separaron por falta de aire, Sethos tenía los labios hinchados y una chispa de triunfo en los ojos.

—Entonces... —jadeó Sethos—, ¿seguimos aquí o buscamos un lugar más privado?

Wanderer se ajustó el gorro, tratando de recuperar su compostura, aunque sus ojos azules brillaban con una intensidad nueva.

—Si vuelves a mencionar a ese tal Kian, te tiraré por la barandilla —amenazó Wanderer, recuperando parte de su tono habitual.

Sethos soltó una carcajada y le tendió la mano.

—Prometido. A partir de ahora, solo existes tú.

Wanderer miró la mano extendida. Sabía que aceptar a Sethos no sería fácil; el chico era un torbellino de energía y él era una tormenta de dudas. Pero mientras bajaban las escaleras, evitando la fiesta de Kaveh para perderse en la noche de Sumeru, Wanderer se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, no le importaba el camino. Solo le importaba quién lo recorría a su lado.

Al salir del edificio, el ruido de la fiesta se convirtió en un eco lejano. Sethos lo guio hacia los callejones más tranquilos, donde las sombras se volvían sus aliadas.

—¿Sabes? —dijo Sethos mientras caminaban—, Kaveh se va a enfadar mucho cuando se entere de que nos fuimos de su fiesta sin avisar.

—Que se aguante —respondió Wanderer con una media sonrisa—. Tiene a Alhaitham para consolarlo. Yo tengo cosas mejores que hacer.

Sethos lo miró de reojo, apretando su mano con cariño.

—Sí, definitivamente las tienes.

Y bajo el cielo estrellado de Sumeru, los rumores de la universidad quedaron atrás, reemplazados por una realidad mucho más vibrante y privada, donde un aventurero de corazón abierto y un joven de alma sombría finalmente encontraban un lenguaje común que no necesitaba palabras, solo la voluntad de perderse el uno en el otro.
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