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Holiii

Fandom: Genshin Impact

Creado: 12/5/2026

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El aroma del desierto y el susurro de la seda

La sede central de Sumeru Corp. era un laberinto de cristal y tecnología, un monumento a la eficiencia bajo la dirección de la joven pero brillante Nahida. En el piso de administración, el aire solía oler a café recién hecho y al papel de los planos que Kaveh siempre dejaba regados, pero hoy, el ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica que ni siquiera el optimismo de Sethos podía disipar.

Wanderer estaba sentado en su escritorio, con la espalda tan recta que parecía a punto de quebrarse. Su atuendo, un conjunto de pantalón de lino azul marino y una camisa de seda blanca —cortesía del impecable gusto "old money" que Nahida insistía en fomentar—, lo hacía lucir como una figura de porcelana fría e inalcanzable. Sus ojos azules, delineados con ese característico rojo que acentuaba su mirada cortante, estaban fijos en una carta de papel artesanal que descansaba sobre su mesa.

—Si sigues mirando ese papel con tantas ganas de incendiarlo, vas a activar los aspersores de emergencia —dijo una voz jovial a sus espaldas.

Wanderer no necesitó voltear para saber quién era. Sethos se apoyó contra el borde del escritorio con esa confianza relajada que solía irritar al omega, pero que últimamente, por alguna razón que Wanderer no quería admitir, empezaba a resultarle reconfortante. El alfa vestía de manera casual, con las mangas de su camisa oscura remangadas hasta los codos, revelando unos brazos fuertes y una piel bronceada por sus constantes viajes de negocios al desierto.

—Lárgate, Sethos —respondió Wanderer con su habitual tono seco—. No estoy de humor para tus bromas de "vendedor de arena".

—Ay, qué afilado estás hoy —Sethos soltó una risa ligera, cruzándose de brazos—. Vamos, cuéntame. He visto a Cyno y a Tighnari susurrando en el pasillo, y Collei parecía que iba a desmayarse cuando vio quién entró en la oficina de Nahida hace diez minutos.

Wanderer cerró los ojos y soltó un suspiro tembloroso.

—Mi madre está aquí.

Sethos dejó de sonreír. Todos en la empresa sabían que la relación entre Wanderer y Raiden Ei, la influyente empresaria de Inazuma, era inexistente en el mejor de los casos y traumática en el peor. Nahida lo había adoptado legalmente hace años, dándole un hogar y un propósito, pero los hilos del destino omegaverse eran caprichosos y, a veces, crueles.

—¿Qué quiere la Shogun esta vez? —preguntó Sethos, su tono ahora teñido de una seriedad protectora.

—Un acuerdo comercial —escupió Wanderer—. O eso es lo que ella llama a un matrimonio arreglado. Quiere vincular su empresa con el clan Kaedehara. Ha decidido que soy la pieza de sacrificio perfecta para sellar la alianza con un alfa llamado Kazuha.

Sethos sintió un pinchazo de algo frío y amargo en el pecho. Él era un alfa, uno que siempre se había enorgullecido de su autocontrol y de su naturaleza amistosa, pero la idea de Wanderer —su Wanderer, aunque no lo fuera oficialmente— perteneciendo a un extraño por un contrato, le revolvió el estómago.

—No puede obligarte —dijo Sethos, bajando la voz—. Ya no eres su responsabilidad. Nahida nunca lo permitiría.

—Nahida respeta mi autonomía, pero Ei ha presentado esto como una "obligación ancestral" que afecta a las propiedades que aún conservo en Inazuma —Wanderer se puso de pie, su baja estatura no restándole ni un ápice de la dignidad que emanaba—. No entiendo por qué la gente insiste en estas uniones. Es absurdo. Las relaciones son... ilógicas.

Sethos lo observó con ternura. Sabía que, detrás de esa fachada de superioridad y madurez, Wanderer era increíblemente inocente en los asuntos del corazón. No entendía el cortejo, no entendía por qué Alhaitham y Kaveh discutían por quién lavaba los platos como una forma de afecto, y ciertamente no entendía por qué Sethos siempre le traía su té favorito a media tarde.

—No todas las uniones son contratos, Wanderer —murmuró Sethos, dando un paso hacia él.

—Para mí lo son —sentenció el omega, aunque sus dedos temblaron levemente al rozar el borde de su escritorio.

La puerta de la oficina principal se abrió y Raiden Ei salió, seguida por una Nahida que lucía inusualmente preocupada. Ei era la imagen de la perfección gélida; su presencia llenaba el pasillo con un aroma a ozono y sándalo que hacía que los demás empleados bajaran la cabeza.

—Espero que estés listo para la cena de mañana, Kunikuzushi —dijo Ei, usando el nombre que él tanto despreciaba—. Kazuha es un joven noble y educado. Será un buen compañero para ti.

Wanderer apretó los puños, pero antes de que pudiera responder con un veneno que probablemente empeoraría las cosas, sintió una mano cálida y firme sobre su hombro.

—Me temo que el señor Wanderer tiene un compromiso previo mañana por la noche, señora Raiden —intervino Sethos, su voz era suave pero cargada de una autoridad de alfa que rara vez mostraba.

Ei dirigió su mirada amatista hacia Sethos, evaluándolo como si fuera un insecto interesante.

—¿Y quién eres tú?

—Sethos, jefe de logística y enlace de las expediciones del desierto —respondió con una sonrisa carismática que no llegaba a sus ojos—. Y también el alfa que ha estado cortejando a su hijo bajo la bendición de la directora Nahida.

El silencio que siguió fue absoluto. En el fondo del pasillo, se escuchó el ruido de unos papeles caer; probablemente Kaveh, que estaba escuchando a hurtadillas. Wanderer se quedó petrificado, mirando a Sethos con los ojos desorbitados. Su rostro, normalmente pálido, se tiñó de un rojo violáceo que llegaba hasta las puntas de sus orejas.

Ei arqueó una ceja, mirando a Nahida. La pequeña arconte de la sabiduría parpadeó, procesando la mentira improvisada de Sethos, y luego sonrió con dulzura.

—Es cierto, Ei. No te lo mencioné porque pensé que preferirías los asuntos de negocios primero. Pero Sethos y Wanderer son... muy cercanos.

La mujer de Inazuma guardó silencio por un largo momento.

—Ya veo. Veremos si este "vínculo" es tan fuerte como un contrato firmado. Mañana cenaremos los cuatro. Si este alfa no demuestra estar a la altura, los planes con el clan Kaedehara seguirán adelante.

Cuando Ei finalmente se marchó, el aura de presión desapareció, dejando a Wanderer jadeando por aire. Se giró hacia Sethos, con los ojos echando chispas.

—¡¿Pero qué demonios crees que estás haciendo?! —exclamó Wanderer, empujando el pecho del alfa—. ¡Cortejándome! ¡Ni siquiera nos hemos tomado de la mano sin que yo intente morderte!

—De nada, por cierto —respondió Sethos, rascándose la nuca con una sonrisa nerviosa—. Era eso o dejar que te empaquetaran hacia Inazuma con un desconocido.

—¡Kazuha podría ser un santo y aun así sería mejor que mentirle a una de las mujeres más poderosas del mundo! —Wanderer comenzó a caminar de un lado a otro, sus gestos eran erráticos—. No sé cómo funcionan estas cosas, Sethos. No sé ser un "omega en pareja". Soy difícil, soy grosero y... y no entiendo qué se supone que debo sentir.

Sethos dejó de reír. Se acercó a él, ignorando las protestas del más bajo, y le tomó suavemente de las manos. Wanderer se tensó, pero no se alejó. Sus manos eran pequeñas y frías, un contraste total con las de Sethos.

—No tienes que "saber" nada —dijo Sethos con voz profunda y honesta—. Solo tienes que ser tú. Yo me encargaré del resto. Solo déjame estar a tu lado mañana. No como un contrato, sino como alguien que realmente quiere estar ahí.

Wanderer lo miró, buscando cualquier rastro de burla en sus ojos verdes. No encontró nada más que una sinceridad abrumadora que lo hizo sentir más vulnerable de lo que jamás se había sentido frente a su madre.

—¿Por qué harías esto por mí? —susurró Wanderer—. Soy una persona horrible la mayor parte del tiempo.

—Porque eres honesto, Wanderer. Porque eres brillante y, aunque te esfuerces en ocultarlo, te importa esta empresa y la gente que trabaja aquí —Sethos se inclinó un poco, reduciendo la distancia—. Y porque me gusta el desafío de hacerte sonreír al menos una vez al día.

Wanderer desvió la mirada, pero no soltó las manos del alfa.

—Es una cena —murmuró—. Solo una cena. Si intentas algo raro, te lanzaré por la ventana del piso cuarenta.

—Es un trato —rio Sethos.

La noche de la cena llegó más rápido de lo que Wanderer hubiera deseado. El restaurante era un lugar exclusivo en el centro de la ciudad, con una decoración minimalista que gritaba opulencia. Wanderer vestía un traje de corte impecable en tonos grises y plateados, mientras que Sethos se había superado a sí mismo con un traje oscuro que resaltaba su porte atlético y su cabello largo, que llevaba recogido con elegancia.

Al llegar a la mesa, no solo estaban Ei y Nahida, sino también un joven de cabello platino con un mechón rojo y una expresión serena.

—Kazuha Kaedehara —se presentó el joven alfa, levantándose para hacer una inclinación—. Es un honor conocerte finalmente, Wanderer. He oído mucho sobre tu trabajo en Sumeru.

Wanderer asintió con rigidez, sentándose al lado de Sethos. La cena comenzó con una tensión palpable. Ei interrogaba a Sethos sobre su linaje, sus finanzas y sus intenciones, tratando de desmantelar la fachada del alfa con la precisión de un cirujano.

—Mi familia proviene de los guardianes del desierto —explicaba Sethos con una calma envidiable, mientras cortaba su filete—. No tenemos los títulos de la nobleza de Inazuma, pero controlamos las rutas comerciales más importantes de la región. Mi lealtad no se compra con contratos, señora Raiden. Se gana con respeto.

—El respeto no asegura un linaje fuerte —replicó Ei con frialdad.

—La felicidad sí —intervino Nahida, tomando un sorbo de su jugo—. Un omega que se siente valorado y amado es mucho más productivo y estable que uno que vive en una jaula de oro. ¿No estás de acuerdo, Kazuha?

Kazuha, que había estado observando la interacción entre Sethos y Wanderer con una sonrisa sutil, asintió.

—Creo que el corazón de Wanderer ya ha tomado una decisión —dijo Kazuha, sorprendiendo a todos—. Puedo olerlo en el aire. El aroma de Wanderer... no es de miedo o de resentimiento. Está mezclado con el aroma de la tierra húmeda después de la lluvia, que es el olor de Sethos. Están en sintonía, aunque él intente negarlo.

Wanderer se atragantó con su vino. Sethos, con una naturalidad que pareció ensayada pero que nació del puro instinto, le dio unas palmaditas en la espalda y luego dejó su mano descansar en la cintura del omega.

—No tienes que forzarte a nada, madre —dijo Wanderer de repente, recuperando la compostura y mirando directamente a Ei—. He pasado toda mi vida intentando huir de tu sombra o buscando tu aprobación. Ya no necesito ninguna de las dos cosas. He encontrado un lugar donde se me valora por lo que soy, no por lo que puedo representar para tu empresa.

Sethos sintió un orgullo inmenso. Wanderer estaba brillando con una luz propia, una madurez que no venía de la frialdad, sino de la autoaceptación.

—Si Sethos es quien yo elijo —continuó Wanderer, su voz firme a pesar del sonrojo que volvía a sus mejillas—, entonces es mi decisión. Y tú no tienes voz en ello.

Ei guardó silencio. Miró a su hijo, viendo por primera vez no a un niño rebelde o a una herramienta política, sino a un hombre que había encontrado su propio camino. Finalmente, dejó sus cubiertos sobre la mesa.

—Parece que mi viaje ha sido en vano, Kazuha —dijo Ei, aunque no parecía tan molesta como Wanderer esperaba—. Si el heredero del clan Kaedehara no tiene objeciones, no insistiré más. Pero espero que este alfa sea tan capaz como dice ser.

Kazuha se rió suavemente.

—Oh, creo que están en buenas manos.

Al salir del restaurante, el aire fresco de la noche golpeó sus rostros. Nahida y Ei se despidieron con una cortesía tensa, y Kazuha les deseó lo mejor antes de desaparecer en un coche privado.

Wanderer y Sethos se quedaron solos en la acera. El silencio entre ellos ya no era incómodo.

—Así que... —comenzó Sethos, metiendo las manos en los bolsillos—. "Si Sethos es quien yo elijo". Fue una frase muy potente, señor Wanderer.

Wanderer le dio un golpe juguetón en el brazo, aunque no tenía mucha fuerza.

—Cállate. Estaba bajo presión.

—¿Ah, sí? Porque Kazuha parecía muy convencido de lo de nuestros aromas —Sethos dio un paso más cerca, rodeando a Wanderer con su presencia—. ¿Realmente te sientes así?

Wanderer bajó la cabeza, dejando que su cabello oscuro ocultara sus ojos. Se sentía expuesto, pero por primera vez, no quería huir. Sethos era seguro. Sethos era como el sol del desierto: cálido, constante y lleno de vida.

—No sé cómo funcionan las relaciones —susurró Wanderer—. Probablemente me quejaré de tu optimismo cada mañana. Odiaré que dejes tus cosas por toda la oficina. Y no esperes que sea... dulce.

Sethos sonrió, una sonrisa genuina y llena de ternura. Se acercó lo suficiente como para que sus frentes se rozaran.

—No te pedí que fueras dulce. Te pedí que fueras tú. Y si eso incluye quejarte mientras tomamos el té, acepto el trato.

Wanderer suspiró, cerrando los ojos. Por una vez, dejó que su mente analítica descansara y permitió que su corazón tomara el control. Se puso de puntillas y dejó un beso rápido, casi imperceptible, en la mejilla de Sethos.

—Mañana llegas tarde a la oficina —dijo Wanderer, recuperando su tono mandón mientras empezaba a caminar hacia el estacionamiento—. Y si mencionas esto delante de Cyno o Alhaitham, te juro que te arrepentirás.

Sethos se quedó allí un momento, tocándose la mejilla con una expresión de absoluta felicidad, antes de salir corriendo tras él.

—¡Espera, Wanderer! ¡Eso cuenta como una primera cita exitosa! ¡Tenemos que celebrar con café mañana!

Wanderer no respondió, pero no pudo evitar que una pequeña y verdadera sonrisa curvara sus labios mientras caminaba bajo las luces de la ciudad, sabiendo que, por fin, ya no caminaba solo.
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