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B to O
Fandom: Hetalia
Creado: 16/5/2026
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OmegaversoDolor/ConsueloRomanceHistoria DomésticaRecortes de VidaAmbientación CanonDramaEstudio de PersonajeAngustiaAlmas GemelasCelos
El aroma de los fiordos y el invierno tardío
La nieve caía con una insistencia casi poética sobre los tejados de Copenhague, envolviendo la gran mansión de Mathias en un manto blanco y silencioso. En el interior, sin embargo, el ambiente era todo lo contrario. Dinamarca se había encargado de que cada rincón de la residencia gritara "Navidad" con una intensidad que solo él podía alcanzar: guirnaldas excesivas, velas en cada repisa y un árbol tan alto que casi rozaba las vigas del techo.
— ¡Vamos, chicos! ¡Es Nochebuena! ¡Nada de caras largas! —exclamó Mathias, soltando una carcajada sonora mientras golpeaba la espalda de Berwald con una fuerza que habría derribado a un hombre promedio.
Suecia apenas se inmutó. Sus ojos turquesa brillaron tras las gafas rectangulares mientras observaba a Tino, quien terminaba de colocar unos platos con galletas de jengibre en la mesa. El ambiente estaba cargado de los aromas típicos de un hogar alfa: el olor a pino de Berwald y el aroma vibrante y amaderado de Mathias dominaban la estancia, suavizados por el dulce y reconfortante aroma a canela y azúcar de Finlandia, el único omega del grupo hasta ese momento.
— Mathias, baja un poco el volumen —pidió Tino con una sonrisa amable pero firme—. Vas a despertar a los vecinos de la otra calle.
— ¡Imposible, Tino! ¡La alegría no se puede contener! —Dinamarca giró sobre sus talones, buscando con la mirada a su persona favorita en el mundo—. ¿Verdad, Lukas? ¿A que la decoración ha quedado genial?
En un rincón, sentado en un sillón de terciopelo azul, Noruega no respondió. Tenía la mirada perdida en un punto indeterminado de la pared, aunque un pequeño troll invisible para los demás tiraba de su manga con insistencia. Lukas se veía más pálido de lo habitual. Sus dedos, usualmente ágiles para juguetear con su horquilla de la Cruz Nórdica, temblaban ligeramente sobre su regazo.
— Lukas, te he hecho una pregunta —insistió Mathias, acercándose con esa energía arrolladora que lo caracterizaba. Se inclinó sobre él, invadiendo su espacio personal como solía hacer—. ¿Estás sordo o qué?
— Cállate, Dinamarca —murmuró Lukas. Su voz, siempre monótona, sonó esta vez más débil, casi un susurro quebrado.
Emil, que estaba de pie cerca de la chimenea con su frailecillo al hombro, frunció el ceño. El joven islandés, un alfa de sangre caliente a pesar de su apariencia gélida, notó algo extraño en la postura de su hermano mayor.
— Te ves terrible, Noruega —dijo Islandia con su franqueza habitual—. Tienes las mejillas rojas y estás sudando.
— Es solo el frío del viaje —respondió Lukas, cerrando los ojos. El mechón de cabello que flotaba junto a su cabeza parecía lacio, sin su vitalidad habitual—. Intenté seguir el ritmo, pero creo que me he resfriado.
Tino se acercó rápidamente, dejando de lado las bandejas. Como omega, sus sentidos para el bienestar de los demás estaban siempre alerta. Al aproximarse a Lukas, se detuvo en seco. Olfateó el aire, confundido. Debajo del olor a nieve y lana que siempre acompañaba al noruego, algo nuevo estaba floreciendo. Era un aroma sutil, pero embriagador: como flores silvestres bajo la lluvia y una dulzura láctea que no debería estar allí.
— Lukas... —Tino bajó la voz, preocupado—. ¿Seguro que es un resfriado? Hueles... diferente.
— No empieces tú también —siseó Lukas, poniéndose de pie con esfuerzo. El mundo pareció girar a su alrededor por un segundo—. Me voy a mi habitación. No tengo hambre.
— ¡Oye! ¡Pero si acabo de abrir el aquavit! —protestó Mathias, aunque su tono perdió fuerza al ver cómo Lukas se tambaleaba.
El noruego no miró atrás. Subió las escaleras con pasos pesados, dejando tras de sí un rastro de aquel aroma que empezaba a intensificarse. Mathias se quedó parado en medio de la sala, con la jarra en la mano y una expresión de confusión que rara vez mostraba. Desde que eran niños, Mathias había estado enamorado de Lukas. Lo había amado cuando eran solo dos naciones jóvenes luchando por territorio, lo amó cuando Lukas se declaró un beta indiferente a las jerarquías, y lo amaba ahora, con esa terquedad maníaca que lo definía.
— Algo no está bien —dijo Berwald, su voz profunda resonando como un trueno bajo—. El olor... está cambiando.
— Es verdad —añadió Emil, cuyas pupilas se dilataron ligeramente. Su instinto alfa empezó a rugir de una manera protectora y agresiva que no comprendía del todo—. Huele a... omega. Pero Noruega es un beta. Siempre lo ha sido.
Tino intercambió una mirada de pánico con Suecia.
— A veces ocurre —susurró Tino—, especialmente con nosotros, las personificaciones. El cuerpo puede tardar siglos en decidirse. Mathias, Lukas no tiene un resfriado. Está entrando en su primer celo.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el crujir de la leña en la chimenea. Mathias sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Lukas? ¿Un omega? La idea de aquel hombre estoico, mandón y misterioso siendo un omega mandó una descarga eléctrica a través de sus venas. Pero antes de que el ego de Mathias pudiera celebrar, la realidad de la situación lo golpeó: Lukas estaba solo, asustado y probablemente sufriendo un dolor inmenso debido a la transición tardía.
— Hay que llamar a un médico —ordenó Emil, dando un paso hacia las escaleras—. Ahora mismo.
— Yo me encargo —dijo Mathias, recuperando su autoridad—. Es mi casa. Yo cuidaré de él.
— No vas a subir ahí solo, Dinamarca —gruñó Emil, bloqueándole el paso—. Estás soltando feromonas de alfa dominante por toda la alfombra. Vas a asustarlo.
— ¡Es mi Noruega! —exclamó Mathias, su terquedad saliendo a flote—. ¡Sé cómo tratarlo!
— ¡Basta! —Tino se interpuso entre los dos alfas—. Berwald, llama al médico de la embajada. Emil, ve a la cocina y prepara compresas frías y agua. Mathias... tú vas a calmarte. Si entras ahí así, Lukas se sentirá acorralado.
Mathias apretó los puños, pero asintió. Tino tenía razón. Respiró hondo, tratando de retraer su aura, aunque el instinto de reclamar lo que siempre había deseado quemaba en su pecho.
Minutos después, el médico —un hombre mayor acostumbrado a las peculiaridades de las naciones— llegó y subió a la habitación. Los cuatro nórdicos esperaron en el pasillo. Mathias caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Emil estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión de furia mal contenida. Berwald permanecía como una estatua de piedra al lado de Tino.
Cuando el médico salió, se ajustó las gafas.
— Efectivamente —dijo con calma—. Su compañero está atravesando una presentación tardía. Es un omega. El proceso es agotador para el cuerpo, especialmente a su edad. Le he dado un supresor suave para bajar la fiebre, pero necesita descanso y, sobre todo, sentirse seguro. El aroma de un alfa de confianza ayudaría a estabilizarlo.
Emil dio un paso al frente de inmediato.
— Soy su hermano. Yo iré.
— Con todo respeto, joven —dijo el médico mirando a Emil—, su aroma es demasiado similar al suyo por la sangre. Necesita un alfa que no sea de su familia directa para que su instinto reconozca la protección externa.
Mathias no esperó a que nadie dijera nada más. Empujó la puerta de la habitación y entró, cerrándola tras de sí antes de que Emil pudiera protestar.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. El olor allí dentro era abrumador. Era puro Lukas, pero elevado a la décima potencia: dulce, magnético, irresistible. El noruego estaba ovillado en la cama, envuelto en las mantas hasta la nariz.
— Vete... —murmuró Lukas. Su voz era un hilo de seda—. Mathias, vete.
— Ni hablar, Noru —dijo Mathias, suavizando su voz hasta un tono que rara vez usaba—. El médico dice que me necesitas.
— No necesito a nadie. Menos a un idiota ruidoso como tú.
Mathias se sentó en el borde de la cama. A pesar de las palabras cortantes, notó que Lukas no se alejaba. Al contrario, el noruego pareció inhalar inconscientemente el aire cuando el aroma a bosque y poder de Mathias lo rodeó.
— Vas a estar bien —dijo Mathias, extendiendo una mano para apartar el flequillo empapado de sudor de la frente de Lukas. El pasador de la cruz nórdica estaba sobre la mesilla de noche—. Solo tienes que descansar.
Lukas abrió los ojos. Sus pupilas azul oscuro estaban dilatadas, cubriendo casi todo el iris. Se veía vulnerable, una palabra que Mathias nunca habría asociado con él.
— Duele —susurró Lukas, admitiendo por fin su debilidad—. Todo me quema.
— Lo sé, lo sé —Mathias sintió una punzada de ternura tan fuerte que le dolió el pecho—. Estoy aquí. No voy a dejar que nada te pase. Soy el Rey, ¿recuerdas?
Lukas soltó un pequeño bufido, una sombra de su personalidad habitual.
— Rey de los idiotas...
— Sí, pero de tu idiota favorito.
Lukas extendió una mano temblorosa y agarró la manga de la camisa de Mathias, tirando de él. No fue un gesto de fuerza, sino un ruego silencioso. Mathias entendió de inmediato. Se quitó las botas y se acostó sobre las mantas, permitiendo que Lukas se acurrucara contra su costado. El noruego escondió el rostro en el cuello de Mathias, respirando profundamente.
— Tu olor... es molesto —murmuró Lukas, aunque se pegó más a él—. Pero ayuda.
— Cállate y duerme, Noru.
Abajo, en la sala de estar, la tensión no se había disipado del todo. Emil seguía dando vueltas, su instinto de hermano menor alfa gritando que debía estar arriba protegiendo a Lukas de las garras de Dinamarca.
— Debería sacarlo de ahí —gruñó Emil—. Mathias es un bruto. No sabe ser delicado.
— Emil, siéntate —dijo Tino, sirviéndole una taza de chocolate caliente—. Mathias ama a Lukas más que a su propia vida. Nunca le haría daño, y menos ahora.
— Es un omega —repitió Emil, como si tratara de procesar la palabra—. Mi hermano es un omega.
— Y tú eres su hermano alfa —dijo Berwald, poniendo una mano pesada sobre el hombro del joven—. Tu trabajo ahora es cuidarlo de otros, no de nosotros.
Emil suspiró, dejándose caer en el sofá. El frailecillo se posó en su rodilla, picoteando su dedo de forma distraída.
— Si Mathias hace algo estúpido, lo mataré —sentenció el islandés.
— Lo sé —sonrió Tino—. Pero mira el lado positivo. Lukas siempre ha sido el que nos mantenía a todos a raya con su magia y su seriedad. Quizás esto haga que se abra un poco más.
Arriba, el silencio era absoluto. La fiebre de Lukas había empezado a remitir gracias a la presencia constante y tranquilizadora de Mathias. El danés, por su parte, no podía dejar de mirar al hombre que dormía en sus brazos. Siempre había pensado que Lukas era hermoso, pero en ese estado de entrega, con el aroma a flores silvestres envolviéndolos, le parecía algo sagrado.
Mathias sabía que, cuando Lukas despertara y se sintiera mejor, volvería a ser el mismo hombre distante que lo asfixiaba con su propia corbata para que se callara. Volvería a ignorar sus bromas y a llamarlo estúpido. Pero algo había cambiado para siempre. La jerarquía había reclamado su lugar, y Mathias estaba más que dispuesto a ser el alfa que Noruega necesitara, fuera de manera dominante o, como en ese momento, siendo simplemente su ancla en medio de la tormenta.
— Feliz Navidad, Lukas —susurró Mathias, besando suavemente la coronilla del noruego.
Lukas, en sueños, soltó un pequeño ronroneo casi imperceptible, apretando más la camisa de Mathias entre sus dedos. Afuera, la nieve seguía cayendo, pero dentro de la mansión, el calor de una nueva realidad empezaba a forjar un vínculo que ni el tiempo ni la terquedad danesa podrían romper. Los cinco nórdicos estaban completos, y aunque la dinámica había cambiado, la familia seguía siendo el centro de su mundo eterno.
— ¡Vamos, chicos! ¡Es Nochebuena! ¡Nada de caras largas! —exclamó Mathias, soltando una carcajada sonora mientras golpeaba la espalda de Berwald con una fuerza que habría derribado a un hombre promedio.
Suecia apenas se inmutó. Sus ojos turquesa brillaron tras las gafas rectangulares mientras observaba a Tino, quien terminaba de colocar unos platos con galletas de jengibre en la mesa. El ambiente estaba cargado de los aromas típicos de un hogar alfa: el olor a pino de Berwald y el aroma vibrante y amaderado de Mathias dominaban la estancia, suavizados por el dulce y reconfortante aroma a canela y azúcar de Finlandia, el único omega del grupo hasta ese momento.
— Mathias, baja un poco el volumen —pidió Tino con una sonrisa amable pero firme—. Vas a despertar a los vecinos de la otra calle.
— ¡Imposible, Tino! ¡La alegría no se puede contener! —Dinamarca giró sobre sus talones, buscando con la mirada a su persona favorita en el mundo—. ¿Verdad, Lukas? ¿A que la decoración ha quedado genial?
En un rincón, sentado en un sillón de terciopelo azul, Noruega no respondió. Tenía la mirada perdida en un punto indeterminado de la pared, aunque un pequeño troll invisible para los demás tiraba de su manga con insistencia. Lukas se veía más pálido de lo habitual. Sus dedos, usualmente ágiles para juguetear con su horquilla de la Cruz Nórdica, temblaban ligeramente sobre su regazo.
— Lukas, te he hecho una pregunta —insistió Mathias, acercándose con esa energía arrolladora que lo caracterizaba. Se inclinó sobre él, invadiendo su espacio personal como solía hacer—. ¿Estás sordo o qué?
— Cállate, Dinamarca —murmuró Lukas. Su voz, siempre monótona, sonó esta vez más débil, casi un susurro quebrado.
Emil, que estaba de pie cerca de la chimenea con su frailecillo al hombro, frunció el ceño. El joven islandés, un alfa de sangre caliente a pesar de su apariencia gélida, notó algo extraño en la postura de su hermano mayor.
— Te ves terrible, Noruega —dijo Islandia con su franqueza habitual—. Tienes las mejillas rojas y estás sudando.
— Es solo el frío del viaje —respondió Lukas, cerrando los ojos. El mechón de cabello que flotaba junto a su cabeza parecía lacio, sin su vitalidad habitual—. Intenté seguir el ritmo, pero creo que me he resfriado.
Tino se acercó rápidamente, dejando de lado las bandejas. Como omega, sus sentidos para el bienestar de los demás estaban siempre alerta. Al aproximarse a Lukas, se detuvo en seco. Olfateó el aire, confundido. Debajo del olor a nieve y lana que siempre acompañaba al noruego, algo nuevo estaba floreciendo. Era un aroma sutil, pero embriagador: como flores silvestres bajo la lluvia y una dulzura láctea que no debería estar allí.
— Lukas... —Tino bajó la voz, preocupado—. ¿Seguro que es un resfriado? Hueles... diferente.
— No empieces tú también —siseó Lukas, poniéndose de pie con esfuerzo. El mundo pareció girar a su alrededor por un segundo—. Me voy a mi habitación. No tengo hambre.
— ¡Oye! ¡Pero si acabo de abrir el aquavit! —protestó Mathias, aunque su tono perdió fuerza al ver cómo Lukas se tambaleaba.
El noruego no miró atrás. Subió las escaleras con pasos pesados, dejando tras de sí un rastro de aquel aroma que empezaba a intensificarse. Mathias se quedó parado en medio de la sala, con la jarra en la mano y una expresión de confusión que rara vez mostraba. Desde que eran niños, Mathias había estado enamorado de Lukas. Lo había amado cuando eran solo dos naciones jóvenes luchando por territorio, lo amó cuando Lukas se declaró un beta indiferente a las jerarquías, y lo amaba ahora, con esa terquedad maníaca que lo definía.
— Algo no está bien —dijo Berwald, su voz profunda resonando como un trueno bajo—. El olor... está cambiando.
— Es verdad —añadió Emil, cuyas pupilas se dilataron ligeramente. Su instinto alfa empezó a rugir de una manera protectora y agresiva que no comprendía del todo—. Huele a... omega. Pero Noruega es un beta. Siempre lo ha sido.
Tino intercambió una mirada de pánico con Suecia.
— A veces ocurre —susurró Tino—, especialmente con nosotros, las personificaciones. El cuerpo puede tardar siglos en decidirse. Mathias, Lukas no tiene un resfriado. Está entrando en su primer celo.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el crujir de la leña en la chimenea. Mathias sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Lukas? ¿Un omega? La idea de aquel hombre estoico, mandón y misterioso siendo un omega mandó una descarga eléctrica a través de sus venas. Pero antes de que el ego de Mathias pudiera celebrar, la realidad de la situación lo golpeó: Lukas estaba solo, asustado y probablemente sufriendo un dolor inmenso debido a la transición tardía.
— Hay que llamar a un médico —ordenó Emil, dando un paso hacia las escaleras—. Ahora mismo.
— Yo me encargo —dijo Mathias, recuperando su autoridad—. Es mi casa. Yo cuidaré de él.
— No vas a subir ahí solo, Dinamarca —gruñó Emil, bloqueándole el paso—. Estás soltando feromonas de alfa dominante por toda la alfombra. Vas a asustarlo.
— ¡Es mi Noruega! —exclamó Mathias, su terquedad saliendo a flote—. ¡Sé cómo tratarlo!
— ¡Basta! —Tino se interpuso entre los dos alfas—. Berwald, llama al médico de la embajada. Emil, ve a la cocina y prepara compresas frías y agua. Mathias... tú vas a calmarte. Si entras ahí así, Lukas se sentirá acorralado.
Mathias apretó los puños, pero asintió. Tino tenía razón. Respiró hondo, tratando de retraer su aura, aunque el instinto de reclamar lo que siempre había deseado quemaba en su pecho.
Minutos después, el médico —un hombre mayor acostumbrado a las peculiaridades de las naciones— llegó y subió a la habitación. Los cuatro nórdicos esperaron en el pasillo. Mathias caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Emil estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión de furia mal contenida. Berwald permanecía como una estatua de piedra al lado de Tino.
Cuando el médico salió, se ajustó las gafas.
— Efectivamente —dijo con calma—. Su compañero está atravesando una presentación tardía. Es un omega. El proceso es agotador para el cuerpo, especialmente a su edad. Le he dado un supresor suave para bajar la fiebre, pero necesita descanso y, sobre todo, sentirse seguro. El aroma de un alfa de confianza ayudaría a estabilizarlo.
Emil dio un paso al frente de inmediato.
— Soy su hermano. Yo iré.
— Con todo respeto, joven —dijo el médico mirando a Emil—, su aroma es demasiado similar al suyo por la sangre. Necesita un alfa que no sea de su familia directa para que su instinto reconozca la protección externa.
Mathias no esperó a que nadie dijera nada más. Empujó la puerta de la habitación y entró, cerrándola tras de sí antes de que Emil pudiera protestar.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. El olor allí dentro era abrumador. Era puro Lukas, pero elevado a la décima potencia: dulce, magnético, irresistible. El noruego estaba ovillado en la cama, envuelto en las mantas hasta la nariz.
— Vete... —murmuró Lukas. Su voz era un hilo de seda—. Mathias, vete.
— Ni hablar, Noru —dijo Mathias, suavizando su voz hasta un tono que rara vez usaba—. El médico dice que me necesitas.
— No necesito a nadie. Menos a un idiota ruidoso como tú.
Mathias se sentó en el borde de la cama. A pesar de las palabras cortantes, notó que Lukas no se alejaba. Al contrario, el noruego pareció inhalar inconscientemente el aire cuando el aroma a bosque y poder de Mathias lo rodeó.
— Vas a estar bien —dijo Mathias, extendiendo una mano para apartar el flequillo empapado de sudor de la frente de Lukas. El pasador de la cruz nórdica estaba sobre la mesilla de noche—. Solo tienes que descansar.
Lukas abrió los ojos. Sus pupilas azul oscuro estaban dilatadas, cubriendo casi todo el iris. Se veía vulnerable, una palabra que Mathias nunca habría asociado con él.
— Duele —susurró Lukas, admitiendo por fin su debilidad—. Todo me quema.
— Lo sé, lo sé —Mathias sintió una punzada de ternura tan fuerte que le dolió el pecho—. Estoy aquí. No voy a dejar que nada te pase. Soy el Rey, ¿recuerdas?
Lukas soltó un pequeño bufido, una sombra de su personalidad habitual.
— Rey de los idiotas...
— Sí, pero de tu idiota favorito.
Lukas extendió una mano temblorosa y agarró la manga de la camisa de Mathias, tirando de él. No fue un gesto de fuerza, sino un ruego silencioso. Mathias entendió de inmediato. Se quitó las botas y se acostó sobre las mantas, permitiendo que Lukas se acurrucara contra su costado. El noruego escondió el rostro en el cuello de Mathias, respirando profundamente.
— Tu olor... es molesto —murmuró Lukas, aunque se pegó más a él—. Pero ayuda.
— Cállate y duerme, Noru.
Abajo, en la sala de estar, la tensión no se había disipado del todo. Emil seguía dando vueltas, su instinto de hermano menor alfa gritando que debía estar arriba protegiendo a Lukas de las garras de Dinamarca.
— Debería sacarlo de ahí —gruñó Emil—. Mathias es un bruto. No sabe ser delicado.
— Emil, siéntate —dijo Tino, sirviéndole una taza de chocolate caliente—. Mathias ama a Lukas más que a su propia vida. Nunca le haría daño, y menos ahora.
— Es un omega —repitió Emil, como si tratara de procesar la palabra—. Mi hermano es un omega.
— Y tú eres su hermano alfa —dijo Berwald, poniendo una mano pesada sobre el hombro del joven—. Tu trabajo ahora es cuidarlo de otros, no de nosotros.
Emil suspiró, dejándose caer en el sofá. El frailecillo se posó en su rodilla, picoteando su dedo de forma distraída.
— Si Mathias hace algo estúpido, lo mataré —sentenció el islandés.
— Lo sé —sonrió Tino—. Pero mira el lado positivo. Lukas siempre ha sido el que nos mantenía a todos a raya con su magia y su seriedad. Quizás esto haga que se abra un poco más.
Arriba, el silencio era absoluto. La fiebre de Lukas había empezado a remitir gracias a la presencia constante y tranquilizadora de Mathias. El danés, por su parte, no podía dejar de mirar al hombre que dormía en sus brazos. Siempre había pensado que Lukas era hermoso, pero en ese estado de entrega, con el aroma a flores silvestres envolviéndolos, le parecía algo sagrado.
Mathias sabía que, cuando Lukas despertara y se sintiera mejor, volvería a ser el mismo hombre distante que lo asfixiaba con su propia corbata para que se callara. Volvería a ignorar sus bromas y a llamarlo estúpido. Pero algo había cambiado para siempre. La jerarquía había reclamado su lugar, y Mathias estaba más que dispuesto a ser el alfa que Noruega necesitara, fuera de manera dominante o, como en ese momento, siendo simplemente su ancla en medio de la tormenta.
— Feliz Navidad, Lukas —susurró Mathias, besando suavemente la coronilla del noruego.
Lukas, en sueños, soltó un pequeño ronroneo casi imperceptible, apretando más la camisa de Mathias entre sus dedos. Afuera, la nieve seguía cayendo, pero dentro de la mansión, el calor de una nueva realidad empezaba a forjar un vínculo que ni el tiempo ni la terquedad danesa podrían romper. Los cinco nórdicos estaban completos, y aunque la dinámica había cambiado, la familia seguía siendo el centro de su mundo eterno.
