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El As que Regresó al Inicio

Fandom: Damiond no ace

Creado: 17/5/2026

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Horizontes de Cristal y Polvo de Diamante

El viento de Los Ángeles tenía un aroma distinto al de Nagano. No olía a hierba fresca después de la lluvia ni al incienso suave del templo cerca de su antigua casa; olía a asfalto caliente, a sal marina y a esa ambición eléctrica que solo una metrópolis estadounidense podía desprender.

Eijun Sawamura, de apenas diez años, se encontraba de pie frente al espejo del baño de su nuevo apartamento. Observó su reflejo con esa serenidad que seguía desconcertando a sus padres. Sus ojos, aunque conservaban el brillo dorado de su infancia, tenían una profundidad que no pertenecía a un niño de su edad. Eran los ojos de un hombre que había ganado el oro olímpico, que había sentido el peso de la gloria y el frío de la muerte, y que ahora, por un capricho del destino, tenía que volver a aprender a atarse los cordones mientras planeaba cómo conquistar el mundo de nuevo.

—Eijun, ¿estás listo? El entrenador Miller nos espera en diez minutos —llamó su padre desde el pasillo.

—¡Voy, papá! —respondió Eijun. Su voz todavía era aguda, pero el tono era firme, carente de la vacilación típica de la infancia.

Habían pasado apenas seis meses desde que dejaron Japón. La mudanza había sido un torbellino emocional. Recordaba la despedida en el aeropuerto: Mei Narumiya, con los ojos rojos de tanto contener las lágrimas, gritándole que si se atrevía a perder contra un "gringo", él mismo iría a buscarlo para patearle el trasero. Y Chris… Chris simplemente le había puesto una mano en el hombro, con esa mirada sabia que Eijun siempre había admirado, y le había dicho: "No dejes que el sistema americano borre tu esencia, Eijun. Aprende de ellos, pero sigue siendo tú".

Eijun bajó las escaleras y subió al coche. Mientras atravesaban las calles bordeadas de palmeras, su mente trabajaba a mil por hora. En su vida pasada, su conocimiento del béisbol estadounidense era el de un profesional que miraba desde la barrera o se enfrentaba a ellos en torneos internacionales. Ahora, estaba dentro del vientre de la bestia. El béisbol aquí era diferente: más agresivo, más centrado en la estadística y el poder físico.

Cuando llegaron al complejo deportivo del programa experimental para "Jóvenes Genios", Eijun sintió un escalofrío de anticipación. El lugar era impresionante. No eran solo campos de tierra; eran instalaciones de alto rendimiento con cámaras de alta velocidad, sensores de movimiento y radares que harían palidecer a cualquier escuela secundaria de Japón.

—Es el chico japonés, ¿verdad? —dijo un hombre alto, de hombros anchos y piel curtida por el sol, acercándose a ellos. Era el entrenador Miller, un exscout de las Grandes Ligas—. He visto el video de tu partido regional, Eijun. Tienes una mecánica… interesante. Muy flexible.

—Es un placer conocerlo, entrenador —respondió Eijun en un inglés sorprendentemente fluido. Había pasado sus años de profesional viajando y, aunque su acento era marcado, su vocabulario era técnico y preciso.

Miller levantó una ceja, impresionado por la compostura del niño.

—Bien. Hoy vamos a hacer una evaluación completa. No solo lanzamientos. Queremos ver tu IQ de béisbol. Aquí no buscamos solo brazos fuertes, buscamos mentes que puedan dominar el diamante.

El entrenamiento comenzó de inmediato. Eijun fue colocado en un grupo de unos doce niños, todos ellos seleccionados de entre lo mejor de la costa oeste. Eran más altos que él, más robustos, y lo miraban con una mezcla de curiosidad y desprecio. Para ellos, era solo un niño pequeño que venía de una liga extranjera.

Eijun no dijo nada. Simplemente sonrió de esa manera tranquila que había desarrollado, una sonrisa que ocultaba un depredador esperando el momento justo.

—¡Sawamura, al montículo! —ordenó Miller después de las pruebas de velocidad—. Queremos ver esa "bola movida" de la que hablan los informes.

Eijun caminó hacia el montículo. Sintió la tierra bajo sus pies y, por un segundo, cerró los ojos. No estaba en Los Ángeles. No tenía diez años. Estaba en la final del mundo, con el estadio rugiendo y el peso de una nación sobre sus hombros. Cuando abrió los ojos, su mirada había cambiado. La calidez infantil había desaparecido, reemplazada por una intensidad gélida que hizo que el receptor, un chico de doce años llamado Brad, se tensara inconscientemente.

—Lanza lo que quieras, chico —dijo Brad, golpeando su mascota con suficiencia—. Solo intenta que llegue al guante.

Eijun no respondió con palabras. Se colocó en la posición de set, levantó la pierna con una elegancia que parecía coreografiada y soltó la pelota.

La bola salió de su mano con un efecto de costura que desafiaba la física a esa velocidad. Parecía una recta directa al centro, pero justo antes de llegar al plato, saltó hacia arriba y hacia adentro, rozando el borde de la zona de strike.

Brad ni siquiera movió el guante a tiempo. La pelota golpeó su protector de pecho con un sonido seco.

—¡Maldición! —exclamó el receptor, recogiendo la pelota del suelo—. ¿Qué demonios fue eso?

—Un "cutter" —dijo Eijun con voz serena—. Pero creo que el ángulo de salida fue un poco alto para tu postura, ¿debería ajustarlo?

Miller, que estaba detrás de la red con un radar y una tableta, miró la pantalla con incredulidad. La velocidad no era extrema —era un niño, después de todo—, pero las revoluciones por minuto eran de nivel profesional. El movimiento lateral era absurdo.

—Hazlo de nuevo —ordenó Miller, con la voz temblorosa de emoción.

Durante los siguientes veinte minutos, Eijun dio un recital. No solo lanzó sus "números" adaptados a su cuerpo actual, sino que demostró un control quirúrgico. Cada lanzamiento tenía un propósito. Si el bateador de práctica se adelantaba, Eijun lanzaba un cambio de velocidad que lo dejaba desarmado. Si el bateador buscaba la esquina exterior, él atacaba el interior con una agresividad que rozaba lo intimidante.

Pero lo que realmente dejó a todos en silencio fue cuando, tras terminar su sesión de pitcheo, Miller lo puso a dirigir una simulación de juego defensivo.

—Situación: hombres en primera y segunda, un out, abajo por una carrera en la novena —planteó Miller—. Tú eres el capitán del cuadro. ¿Qué haces?

Eijun no dudó. Empezó a mover a los jugadores con gestos precisos.

—¡Tú, retrocede dos pasos hacia la línea! —le gritó al tercera base—. ¡El bateador tiene tendencia a jalar la bola bajo presión! ¡Segunda base, acorta la distancia para el doble play, pero mantente alerta al toque!

Su voz no era la de un niño jugando; era la de un general en el campo de batalla. Los otros niños, instintivamente, obedecieron. Su presencia era tan magnética, su lógica tan irrebatible, que nadie cuestionó sus órdenes. En la siguiente jugada simulada, Eijun anticipó un robo de base antes de que el corredor siquiera despegara el pie, resultando en un out perfecto.

Al final del día, el ambiente en el complejo había cambiado por completo. Los niños que antes lo miraban con superioridad ahora guardaban una distancia respetuosa, casi temerosa. Miller se acercó a los padres de Eijun con una expresión que mezclaba la alegría de haber encontrado un tesoro y el desconcierto de no saber cómo tratarlo.

—Nunca he visto nada igual —confesó Miller—. He entrenado a chicos que terminaron en los Dodgers o los Yankees, pero este niño… Eijun no está aprendiendo a jugar. Él ya sabe jugar. Solo está esperando a que su cuerpo crezca. Queremos que entre al programa de élite de inmediato. Tendrá tutores, nutricionistas y entrenadores de Grandes Ligas a su disposición.

Esa noche, después de una cena tranquila donde sus padres celebraron la noticia con orgullo contenido, Eijun se encerró en su habitación. El desfase horario con Japón era complicado, pero sabía que a esa hora ellos estarían terminando su entrenamiento matutino.

Inició la videollamada grupal. La pantalla se dividió en tres.

—¡Bakamura! —el grito de Mei casi rompe los altavoces del teléfono—. ¡Más te vale que tengas una buena razón para llamar a esta hora! ¡Estaba a punto de practicar mi slider!

—Hola, Mei. Hola, Chris-senpai —dijo Eijun, permitiéndose una sonrisa genuina. Solo con ellos podía relajar esa máscara de madurez absoluta.

—Te ves cansado, Eijun —observó Chris, acercándose a la cámara. Sus ojos oscuros analizaron el rostro del menor—. ¿Cómo fue el primer día en el programa?

Eijun suspiró y se recostó en su silla, mirando el techo de su habitación en Los Ángeles.

—Fue… interesante. Los niños aquí son fuertes, Chris-senpai. Tienen recursos que nosotros no teníamos a su edad. Pero les falta algo.

—¿Qué les falta? —preguntó Mei, frunciendo el ceño, genuinamente curioso.

—Espíritu —respondió Eijun—. Lo ven como una ciencia, como un camino al dinero. No sienten el calor del montículo como nosotros. Hoy… hoy tuve que recordarles que el béisbol no se trata solo de números en una pantalla.

—¿Les diste una lección, no? —rio Mei, con esa arrogancia característica—. ¡Ese es mi rival! No dejes que se crean mejores solo por tener máquinas caras. ¡El Rey es el que domina el diamante, no el que tiene el mejor radar!

—Me han aceptado en el programa para genios —continuó Eijun—. Voy a tener acceso a lo mejor del mundo. Entrenadores de la MLB, análisis biomecánico… todo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Mei se quedó callado por una vez, y Chris cerró los ojos un momento, asimilando la magnitud de lo que eso significaba. Eijun estaba en el epicentro del béisbol mundial, recibiendo una formación que en Japón era casi inexistente a ese nivel infantil.

—Eso significa que cuando vuelvas… —empezó Chris con voz pausada—, serás un monstruo completamente distinto.

—No voy a esperar a volver —dijo Eijun, y su mirada volvió a encenderse con ese fuego salvaje que tanto recordaban—. Voy a absorber todo lo que este país tiene para ofrecer. Voy a dominar su estilo, voy a entender su fuerza y voy a combinarla con lo que aprendí en nuestra vida pasada. Cuando nos volvamos a ver en el instituto, no solo seré el mejor pitcher de Japón. Seré el mejor del mundo.

—¡Ja! ¡Sigue soñando! —exclamó Mei, aunque sus ojos brillaban de emoción—. ¡Yo también voy a mejorar! ¡Voy a inventar lanzamientos que ni tus supercomputadoras americanas podrán analizar! ¡No pienses que te vas a quedar con todo el protagonismo!

—Eijun —interrumpió Chris, con una sonrisa suave—, aprovecha cada segundo. Pero no olvides descansar. Tu cuerpo de diez años no tiene la resistencia de tu memoria. No te rompas antes de que lleguemos a la meta.

—Lo sé, Chris-senpai. Tengo cuidado.

Hablaron durante una hora más. Eijun les contó sobre el "cutter" que lanzó hoy y cómo el receptor casi se cae de espaldas. Mei se quejó de su propio entrenamiento y Chris les dio consejos sobre cómo fortalecer los hombros sin sobrecargar los tendones, actuando ya como el estratega que siempre fue destinado a ser.

Cuando finalmente colgaron, Eijun se quedó sentado en la oscuridad de su cuarto. La luz de la luna de California entraba por la ventana, bañando su guante de béisbol —el mismo modelo que usaba en su vida anterior, un pequeño lujo que pidió a sus padres—.

Se sentía extraño. Estaba a miles de kilómetros de su hogar, en un cuerpo pequeño, rodeado de extraños. Pero por primera vez desde el accidente, no sentía miedo ni nostalgia amarga. Sentía una claridad absoluta.

El destino le había dado una segunda oportunidad, no solo para corregir errores, sino para reescribir la historia del béisbol japonés desde sus cimientos. Si tenía que ser un "genio" en Estados Unidos para lograrlo, lo sería. Si tenía que manipular el sistema para llegar a la cima más rápido, no dudaría.

—Espérenme, Seidou. Espérenme, Kazuya, Furuya… todos —susurró al aire nocturno—. Esta vez, el camino hacia la cima no tendrá baches.

Se acostó y cerró los ojos, visualizando ya el entrenamiento del día siguiente. En sus sueños, no había solo estadios japoneses; había luces de estadios mundiales, y él estaba en el centro de todos ellos, con la pelota en la mano y el mundo a sus pies.

Eijun Sawamura ya no era solo un niño con recuerdos. Era una leyenda en construcción, forjada en el crisol de dos vidas y dos culturas, lista para estallar cuando el momento fuera el adecuado. Y el mundo, aunque aún no lo sabía, estaba a punto de presenciar algo que desafiaba toda lógica.

Mañana, el entrenamiento empezaría a las seis de la mañana. Y Eijun estaría allí, listo para demostrar que, sin importar el idioma o el país, el lenguaje del diamante solo tenía un dueño.
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