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El As que Regresó al Inicio
Fandom: Damiond no ace
Creado: 17/5/2026
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Viajes en el TiempoIsekai / Fantasía PortalEstudio de PersonajeDramaArregloRecortes de VidaDivergenciaPsicológico
El eco de la última costura
El zumbido en los oídos era lo único que quedaba. No era el rugido de las cincuenta mil personas en el estadio, ni el estruendo de los fuegos artificiales que habían iluminado el cielo nocturno tras recibir la medalla de oro. Era un sonido agudo, metálico, entrelazado con el olor a caucho quemado y gasolina.
Eijun recordaba el impacto. El chirrido de los frenos, el destello cegador de unos faros que no deberían haber estado en su carril y el dolor seco, breve, antes de que el frío lo consumiera todo. A lo lejos, el ulular de una ambulancia se sentía como un sueño distante. Había pensado, con una claridad desgarradora, que era una lástima morir justo cuando finalmente sentía que el mundo entero conocía su nombre.
—¿Eijun? ¡Eijun, vas a llegar tarde para el desayuno!
La voz de su madre atravesó la neblina de su conciencia como un lanzamiento directo al guante.
Eijun abrió los ojos de golpe. No había luces de hospital, ni el techo blanco de su departamento en Tokio, ni el olor a antiséptico. El techo sobre él era de madera vieja, con las mismas grietas que había memorizado durante su infancia en Nagano. El aire olía a tatami húmedo y a la sopa de miso que su madre preparaba cada mañana.
Se incorporó con una agilidad que no recordaba haber tenido en años. Sus articulaciones no crujieron. No sintió la vieja molestia en su hombro izquierdo, esa cicatriz invisible de años de lanzar en la élite. Pero algo estaba mal. Muy mal.
Extendió sus manos frente a su rostro. Sus ojos se abrieron con horror.
Eran pequeñas. Sus dedos eran cortos, regordetes, carentes de los callos endurecidos por las costuras de la pelota y el sudor de las Grandes Ligas. Sus brazos eran delgados, sin la musculatura definida que había esculpido con sudor y lágrimas.
Preso del pánico, se lanzó fuera del futón. Sus pies golpearon el suelo con un sonido ligero. Corrió hacia el pequeño espejo de pie que estaba en la esquina de la habitación, tropezando con sus propias extremidades que parecían no responder a la memoria de sus movimientos habituales.
Al llegar frente al cristal, se quedó petrificado.
Un niño de seis años le devolvió la mirada. Sus ojos grandes y ambarinos estaban llenos de un terror que no encajaba con su rostro infantil. Su cabello estaba revuelto, y sus mejillas todavía conservaban la redondez de la primera infancia.
—No puede ser... —susurró. Su voz era aguda, infantil, pero el tono era pesado, cargado de una gravedad que ningún niño debería poseer.
Se llevó una mano al pecho. El corazón latía con fuerza, pero de una manera rítmica y saludable. No había rastro del accidente. No había rastro de la medalla de oro.
Eijun cerró los ojos y respiró hondo. Uno, dos, tres segundos. Inhalar por la nariz, exhalar por la boca. Era una técnica de control emocional que había aprendido de un psicólogo deportivo en Estados Unidos para no perder los estribos tras un *home run* en contra. La calma empezó a filtrarse en sus huesos, reemplazando el pánico con una frialdad analítica.
¿Reencarnación? ¿Regresión? Los términos que alguna vez leyó en mangas que Kurochi le prestaba en Seido cruzaron su mente. Parecía absurdo, pero el tacto de su propia piel y el aroma de su hogar natal eran demasiado reales para ser una alucinación agónica.
—Eijun, ¿estás despierto? —La puerta corredera se abrió, revelando a su madre. Se veía mucho más joven, sin las arrugas de preocupación que él mismo le había causado con los años—. ¡Cielos, qué cara! Parece que hubieras visto un fantasma.
Eijun la miró. Durante un segundo, la máscara de serenidad profesional que había construido casi se desmorona. Quería llorar, abrazarla y decirle que lamentaba haber muerto tan joven en su otra vida, que lamentaba haberla dejado atrás. Pero se contuvo. Sus ojos, antes salvajes y ruidosos, ahora la observaban con una profundidad melancólica que la hizo parpadear, desconcertada.
—Estoy bien, mamá —dijo Eijun. Su voz era tranquila, extrañamente nivelada—. Solo tuve un sueño muy largo.
—¿Un sueño? —Ella sonrió, acercándose para revolverle el cabello—. Bueno, baja a desayunar. Tu abuelo ya está gritando por su té.
Eijun asintió y esperó a que ella saliera. Se quedó solo en la habitación, observando sus manos de nuevo. Cerró el puño con fuerza. La sensación era débil, pero la voluntad detrás del gesto era la de un hombre que había dominado el montículo frente a miles de personas.
Bajó las escaleras con pasos lentos, asimilando cada rincón de la casa. Todo era igual, pero él era diferente. Al entrar al comedor, vio a su abuelo, Eitoku, sentado con su habitual postura severa.
—¡Abuelo! —Eijun lo llamó, pero no fue el grito estridente de antaño. Fue un saludo firme, respetuoso.
El anciano levantó la vista, sorprendido por el tono de su nieto.
—Vaya, hoy pareces más despierto de lo habitual, mocoso. ¿Dónde está ese ruido que haces siempre?
—He decidido que el ruido no ayuda a ganar partidos —respondió Eijun, sentándose a la mesa con una elegancia que no pertenecía a un niño de primaria.
Su abuelo frunció el ceño, dejando la taza de té a un lado.
—¿Partidos? Apenas si sabes sostener un bate, Eijun.
Eijun sonrió. No era la sonrisa amplia y tonta que solía dar, sino una pequeña, de lado, cargada de una confianza que bordeaba la provocación. Era la misma sonrisa que le dedicaba a los bateadores de cuarto orden antes de lanzarles una *cutter* a la esquina interior.
—Eso está por verse, abuelo.
Después del desayuno, Eijun salió al patio. El aire de Nagano era puro y frío. Se dirigió directamente al pequeño cobertizo donde guardaban algunas pelotas de goma y un viejo guante que le habían regalado hacía poco. Lo tomó. El cuero se sentía rígido, barato, nada que ver con el equipo hecho a medida que usaba en las profesionales, pero lo acarició con una reverencia casi religiosa.
Para él, el béisbol no era solo un deporte; era su identidad. Había muerto siendo el mejor, y ahora, en este cuerpo diminuto, el fuego competitivo no se había apagado; se había concentrado, volviéndose más denso y peligroso.
Salió al campo abierto detrás de su casa. Se colocó a una distancia razonable de una pared de madera y se puso en posición.
Cerró los ojos por un momento. Visualizó el estadio, el peso de la medalla en su cuello, el sonido de la pelota golpeando el guante del receptor. Sintió el eje de su cuerpo. Aunque sus músculos eran nuevos y cortos, la memoria muscular de su alma seguía ahí. Sabía cómo rotar la cadera, cómo ocultar la pelota detrás de su cuerpo, cómo usar cada centímetro de su anatomía para generar potencia.
Abrió los ojos. Su mirada cambió. Ya no era la de un niño jugando; era la de un depredador calculador.
Elevó la pierna derecha con una forma perfecta, un equilibrio absoluto que ningún niño de seis años debería poseer. Bajó el centro de gravedad y lanzó.
¡PAM!
La pelota de goma golpeó la madera con una precisión quirúrgica, justo en el punto que había marcado mentalmente. El sonido resonó en el aire tranquilo de la mañana.
Eijun frunció el ceño, mirando su mano izquierda.
—Demasiado lento —murmuró para sí mismo—. El hombro está demasiado blando. Si intento lanzar con toda mi fuerza ahora, me romperé en una semana.
—¿Eijun?
Se giró para ver a su abuelo de pie en el porche, observándolo con los ojos como platos. Eitoku no sabía mucho de técnica profesional, pero había visto a suficientes niños jugar como para saber que lo que acababa de ver no era normal. El equilibrio, la fluidez del movimiento... parecía un profesional encogido por algún tipo de magia.
—Ese lanzamiento... —comenzó el abuelo, bajando los escalones—. ¿Quién te enseñó a moverte así?
Eijun recuperó la pelota, caminando hacia él con una calma imperturbable.
—Nadie, abuelo —dijo, mirándolo directamente a los ojos. Su mirada era tan intensa que el anciano retrocedió un paso sin darse cuenta—. Simplemente... recordé cómo se siente el aire cuando atraviesas la zona de strike.
—Hablas como un viejo, mocoso —dijo Eitoku, aunque su voz temblaba ligeramente por la impresión—. ¿Qué te ha pasado hoy?
—He comprendido que tengo mucho trabajo por hacer —respondió Eijun, pasando por su lado—. Si quiero volver a la cima, no puedo perder ni un solo día. Este cuerpo es un lienzo en blanco, abuelo. Y esta vez, voy a pintar una obra maestra que nadie pueda olvidar.
El abuelo se quedó en silencio, viendo cómo su nieto se alejaba hacia el cobertizo para buscar más pelotas. Había algo en la espalda de ese niño, en la forma en que caminaba, que le recordaba a los grandes generales de las historias antiguas. No era arrogancia; era la certeza absoluta de alguien que ya conocía el camino hacia la gloria.
Eijun, por su parte, sentía una extraña mezcla de euforia y melancolía. Sabía que volvería a encontrarse con todos. Con Chris-senpai, con Miyuki, con sus compañeros de Seido. Pero esta vez, no sería el novato ruidoso que buscaba aprobación.
Esta vez, él sería el eje sobre el cual giraría el mundo del béisbol.
Se detuvo un momento y miró hacia el horizonte, donde las montañas de Nagano se alzaban majestuosas.
—Miyuki Kazuya —susurró, y una sonrisa genuinamente divertida apareció en su rostro—, espero que estés listo. Porque esta vez, no te voy a dejar que lleves el ritmo. El montículo es mío, y yo soy quien dicta las reglas.
Eijun lanzó otra pelota. Esta vez, el sonido fue aún más seco.
No necesitaba gritar para que el mundo supiera que estaba ahí. Su presencia, silenciosa y pesada como una tormenta en ciernes, era más que suficiente. El as de ases había regresado, y el pasado no era más que un prólogo para la leyenda que estaba a punto de reescribir.
Esa tarde, su madre lo llamó para entrar a casa. Eijun obedeció, pero antes de entrar, se detuvo en el umbral. Miró sus manos una vez más. Estaban sucias, llenas de tierra de Nagano. Sonrió para sus adentros.
—Seis años —calculó—. Tengo diez años antes de llegar a Seido. Diez años para perfeccionar cada número, para fortalecer este cuerpo y para asegurarme de que, cuando pise ese montículo, nadie pueda apartar la mirada.
Entró en la casa, dejando atrás la sombra de un niño y llevando consigo el peso de un campeón mundial. La calma en su rostro era absoluta, pero en sus ojos, el fuego de la medalla de oro seguía ardiendo, más brillante y controlado que nunca. El camino sería largo, pero para Sawamura Eijun, el tiempo ya no era un enemigo, sino su aliado más valioso.
Eijun recordaba el impacto. El chirrido de los frenos, el destello cegador de unos faros que no deberían haber estado en su carril y el dolor seco, breve, antes de que el frío lo consumiera todo. A lo lejos, el ulular de una ambulancia se sentía como un sueño distante. Había pensado, con una claridad desgarradora, que era una lástima morir justo cuando finalmente sentía que el mundo entero conocía su nombre.
—¿Eijun? ¡Eijun, vas a llegar tarde para el desayuno!
La voz de su madre atravesó la neblina de su conciencia como un lanzamiento directo al guante.
Eijun abrió los ojos de golpe. No había luces de hospital, ni el techo blanco de su departamento en Tokio, ni el olor a antiséptico. El techo sobre él era de madera vieja, con las mismas grietas que había memorizado durante su infancia en Nagano. El aire olía a tatami húmedo y a la sopa de miso que su madre preparaba cada mañana.
Se incorporó con una agilidad que no recordaba haber tenido en años. Sus articulaciones no crujieron. No sintió la vieja molestia en su hombro izquierdo, esa cicatriz invisible de años de lanzar en la élite. Pero algo estaba mal. Muy mal.
Extendió sus manos frente a su rostro. Sus ojos se abrieron con horror.
Eran pequeñas. Sus dedos eran cortos, regordetes, carentes de los callos endurecidos por las costuras de la pelota y el sudor de las Grandes Ligas. Sus brazos eran delgados, sin la musculatura definida que había esculpido con sudor y lágrimas.
Preso del pánico, se lanzó fuera del futón. Sus pies golpearon el suelo con un sonido ligero. Corrió hacia el pequeño espejo de pie que estaba en la esquina de la habitación, tropezando con sus propias extremidades que parecían no responder a la memoria de sus movimientos habituales.
Al llegar frente al cristal, se quedó petrificado.
Un niño de seis años le devolvió la mirada. Sus ojos grandes y ambarinos estaban llenos de un terror que no encajaba con su rostro infantil. Su cabello estaba revuelto, y sus mejillas todavía conservaban la redondez de la primera infancia.
—No puede ser... —susurró. Su voz era aguda, infantil, pero el tono era pesado, cargado de una gravedad que ningún niño debería poseer.
Se llevó una mano al pecho. El corazón latía con fuerza, pero de una manera rítmica y saludable. No había rastro del accidente. No había rastro de la medalla de oro.
Eijun cerró los ojos y respiró hondo. Uno, dos, tres segundos. Inhalar por la nariz, exhalar por la boca. Era una técnica de control emocional que había aprendido de un psicólogo deportivo en Estados Unidos para no perder los estribos tras un *home run* en contra. La calma empezó a filtrarse en sus huesos, reemplazando el pánico con una frialdad analítica.
¿Reencarnación? ¿Regresión? Los términos que alguna vez leyó en mangas que Kurochi le prestaba en Seido cruzaron su mente. Parecía absurdo, pero el tacto de su propia piel y el aroma de su hogar natal eran demasiado reales para ser una alucinación agónica.
—Eijun, ¿estás despierto? —La puerta corredera se abrió, revelando a su madre. Se veía mucho más joven, sin las arrugas de preocupación que él mismo le había causado con los años—. ¡Cielos, qué cara! Parece que hubieras visto un fantasma.
Eijun la miró. Durante un segundo, la máscara de serenidad profesional que había construido casi se desmorona. Quería llorar, abrazarla y decirle que lamentaba haber muerto tan joven en su otra vida, que lamentaba haberla dejado atrás. Pero se contuvo. Sus ojos, antes salvajes y ruidosos, ahora la observaban con una profundidad melancólica que la hizo parpadear, desconcertada.
—Estoy bien, mamá —dijo Eijun. Su voz era tranquila, extrañamente nivelada—. Solo tuve un sueño muy largo.
—¿Un sueño? —Ella sonrió, acercándose para revolverle el cabello—. Bueno, baja a desayunar. Tu abuelo ya está gritando por su té.
Eijun asintió y esperó a que ella saliera. Se quedó solo en la habitación, observando sus manos de nuevo. Cerró el puño con fuerza. La sensación era débil, pero la voluntad detrás del gesto era la de un hombre que había dominado el montículo frente a miles de personas.
Bajó las escaleras con pasos lentos, asimilando cada rincón de la casa. Todo era igual, pero él era diferente. Al entrar al comedor, vio a su abuelo, Eitoku, sentado con su habitual postura severa.
—¡Abuelo! —Eijun lo llamó, pero no fue el grito estridente de antaño. Fue un saludo firme, respetuoso.
El anciano levantó la vista, sorprendido por el tono de su nieto.
—Vaya, hoy pareces más despierto de lo habitual, mocoso. ¿Dónde está ese ruido que haces siempre?
—He decidido que el ruido no ayuda a ganar partidos —respondió Eijun, sentándose a la mesa con una elegancia que no pertenecía a un niño de primaria.
Su abuelo frunció el ceño, dejando la taza de té a un lado.
—¿Partidos? Apenas si sabes sostener un bate, Eijun.
Eijun sonrió. No era la sonrisa amplia y tonta que solía dar, sino una pequeña, de lado, cargada de una confianza que bordeaba la provocación. Era la misma sonrisa que le dedicaba a los bateadores de cuarto orden antes de lanzarles una *cutter* a la esquina interior.
—Eso está por verse, abuelo.
Después del desayuno, Eijun salió al patio. El aire de Nagano era puro y frío. Se dirigió directamente al pequeño cobertizo donde guardaban algunas pelotas de goma y un viejo guante que le habían regalado hacía poco. Lo tomó. El cuero se sentía rígido, barato, nada que ver con el equipo hecho a medida que usaba en las profesionales, pero lo acarició con una reverencia casi religiosa.
Para él, el béisbol no era solo un deporte; era su identidad. Había muerto siendo el mejor, y ahora, en este cuerpo diminuto, el fuego competitivo no se había apagado; se había concentrado, volviéndose más denso y peligroso.
Salió al campo abierto detrás de su casa. Se colocó a una distancia razonable de una pared de madera y se puso en posición.
Cerró los ojos por un momento. Visualizó el estadio, el peso de la medalla en su cuello, el sonido de la pelota golpeando el guante del receptor. Sintió el eje de su cuerpo. Aunque sus músculos eran nuevos y cortos, la memoria muscular de su alma seguía ahí. Sabía cómo rotar la cadera, cómo ocultar la pelota detrás de su cuerpo, cómo usar cada centímetro de su anatomía para generar potencia.
Abrió los ojos. Su mirada cambió. Ya no era la de un niño jugando; era la de un depredador calculador.
Elevó la pierna derecha con una forma perfecta, un equilibrio absoluto que ningún niño de seis años debería poseer. Bajó el centro de gravedad y lanzó.
¡PAM!
La pelota de goma golpeó la madera con una precisión quirúrgica, justo en el punto que había marcado mentalmente. El sonido resonó en el aire tranquilo de la mañana.
Eijun frunció el ceño, mirando su mano izquierda.
—Demasiado lento —murmuró para sí mismo—. El hombro está demasiado blando. Si intento lanzar con toda mi fuerza ahora, me romperé en una semana.
—¿Eijun?
Se giró para ver a su abuelo de pie en el porche, observándolo con los ojos como platos. Eitoku no sabía mucho de técnica profesional, pero había visto a suficientes niños jugar como para saber que lo que acababa de ver no era normal. El equilibrio, la fluidez del movimiento... parecía un profesional encogido por algún tipo de magia.
—Ese lanzamiento... —comenzó el abuelo, bajando los escalones—. ¿Quién te enseñó a moverte así?
Eijun recuperó la pelota, caminando hacia él con una calma imperturbable.
—Nadie, abuelo —dijo, mirándolo directamente a los ojos. Su mirada era tan intensa que el anciano retrocedió un paso sin darse cuenta—. Simplemente... recordé cómo se siente el aire cuando atraviesas la zona de strike.
—Hablas como un viejo, mocoso —dijo Eitoku, aunque su voz temblaba ligeramente por la impresión—. ¿Qué te ha pasado hoy?
—He comprendido que tengo mucho trabajo por hacer —respondió Eijun, pasando por su lado—. Si quiero volver a la cima, no puedo perder ni un solo día. Este cuerpo es un lienzo en blanco, abuelo. Y esta vez, voy a pintar una obra maestra que nadie pueda olvidar.
El abuelo se quedó en silencio, viendo cómo su nieto se alejaba hacia el cobertizo para buscar más pelotas. Había algo en la espalda de ese niño, en la forma en que caminaba, que le recordaba a los grandes generales de las historias antiguas. No era arrogancia; era la certeza absoluta de alguien que ya conocía el camino hacia la gloria.
Eijun, por su parte, sentía una extraña mezcla de euforia y melancolía. Sabía que volvería a encontrarse con todos. Con Chris-senpai, con Miyuki, con sus compañeros de Seido. Pero esta vez, no sería el novato ruidoso que buscaba aprobación.
Esta vez, él sería el eje sobre el cual giraría el mundo del béisbol.
Se detuvo un momento y miró hacia el horizonte, donde las montañas de Nagano se alzaban majestuosas.
—Miyuki Kazuya —susurró, y una sonrisa genuinamente divertida apareció en su rostro—, espero que estés listo. Porque esta vez, no te voy a dejar que lleves el ritmo. El montículo es mío, y yo soy quien dicta las reglas.
Eijun lanzó otra pelota. Esta vez, el sonido fue aún más seco.
No necesitaba gritar para que el mundo supiera que estaba ahí. Su presencia, silenciosa y pesada como una tormenta en ciernes, era más que suficiente. El as de ases había regresado, y el pasado no era más que un prólogo para la leyenda que estaba a punto de reescribir.
Esa tarde, su madre lo llamó para entrar a casa. Eijun obedeció, pero antes de entrar, se detuvo en el umbral. Miró sus manos una vez más. Estaban sucias, llenas de tierra de Nagano. Sonrió para sus adentros.
—Seis años —calculó—. Tengo diez años antes de llegar a Seido. Diez años para perfeccionar cada número, para fortalecer este cuerpo y para asegurarme de que, cuando pise ese montículo, nadie pueda apartar la mirada.
Entró en la casa, dejando atrás la sombra de un niño y llevando consigo el peso de un campeón mundial. La calma en su rostro era absoluta, pero en sus ojos, el fuego de la medalla de oro seguía ardiendo, más brillante y controlado que nunca. El camino sería largo, pero para Sawamura Eijun, el tiempo ya no era un enemigo, sino su aliado más valioso.
