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Kimetsu no yaiba legacy
Fandom: Kimetsu no yaiba
Creado: 18/5/2026
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UA (Universo Alternativo)DramaDolor/ConsueloFantasíaAcciónAventuraCrossoverStonepunkDivergenciaIsekai / Fantasía PortalHumorAmbientación CanonCrack / Humor ParódicoViolencia GráficaCelosRecortes de VidaEstudio de PersonajeAngustiaPsicológicoOscuroIntento de Suicidio
El Extraño Guerrero de las Tierras del Sur
El aire gélido del monte Natagumo estaba impregnado del olor metálico de la sangre y el hedor dulce de la descomposición. Tanjiro Kamado, con los pulmones ardiendo y el cuerpo al límite de sus fuerzas, protegía a Nezuko con lo último que le quedaba de voluntad. Frente a él, Rui, la Quinta Luna Menguante, preparaba sus hilos de acero para el golpe final.
—Adiós —sentenció el demonio, moviendo sus dedos con una frialdad absoluta.
Sin embargo, el corte nunca llegó.
Un silbido extraño, como el de un viento que no pertenecía a esas montañas, rasgó el ambiente. Una figura pequeña, no más alta que un niño de doce años, se interpuso entre los hilos y los hermanos Kamado. No usaba una katana de Nichirin común, sino un arma de aspecto tosco, una mezcla entre hacha y cuchillo de piedra que brilló con un fulgor cobrizo bajo la luna.
Con un movimiento que parecía más un baile ebrio que una técnica de espada, el recién llegado desvió los hilos de Rui. La fuerza del impacto fue tan desigual que el propio demonio retrocedió, confundido.
Tanjiro parpadeó, tratando de enfocar la vista. La figura de espaldas era rústica. Vestía ropajes de pieles finas y telas tejidas con patrones geométricos que nunca había visto en Japón; ropa ligera en apariencia, pero que parecía emanar un calor reconfortante. Cuando el extraño se giró ligeramente, Tanjiro vio un rostro que rompe con cualquier esquema conocido: sus rasgos eran fuertes, de ojos profundos y una mirada que gritaba "América", una herencia de los pueblos mapuches que habían cruzado océanos y continentes.
—¡Vaya, vaya! —exclamó el chico con una voz cargada de un sarcasmo vibrante—. ¿Es que nadie en este país sabe jugar limpio? Un niño de piel blanca lanzando hilos de pescar a otros niños... ¡Qué falta de clase, por los espíritus del trueno!
Rui, recuperando la compostura, siseó con odio.
—¿Quién eres tú? No eres un cazador de demonios. No hueles a ellos.
El chico se rascó la barbilla con una uña sucia, ladeando la cabeza de forma cómica, casi como si estuviera decidiendo si valía la pena responder.
—Me llamo Ronder. Y técnicamente, soy un turista con muy mal sentido de la orientación —dijo, soltando una risita—. Pero me molestan los abusivos. Especialmente los que tienen cara de no haber comido una buena cazuela en siglos.
Antes de que Rui pudiera atacar de nuevo, Ronder lanzó una pequeña bolsa de cuero al suelo. Una explosión de chispas y un olor a hierbas quemadas cegó al demonio por un instante. Cuando el humo se disipó, Ronder ya estaba frente a Tanjiro, agachado, observando a Nezuko con una curiosidad descarada.
—¿Y tú quién eres, cara de cicatriz? —preguntó Ronder, entrecerrando los ojos—. ¿Y por qué tu hermana tiene un bocado de madera? ¿Es que muerde cuando tiene hambre? Porque yo también, pero suelo preferir el pan.
—¡Es mi hermana! —exclamó Tanjiro, protegiéndola—. ¡Por favor, no le hagas daño! Ella no come humanos.
Ronder miró a Nezuko intensamente. Sus ojos, acostumbrados a las energías de la tierra del sur, no vieron la maldad pura de un demonio, sino una llama contenida, un espíritu luchando por su humanidad. Se encogió de hombros y extendió una mano callosa.
—Me caes bien. Tienes ojos de perro fiel y ella... bueno, ella es más bonita que un piche en primavera. Me uno a ustedes. Total, mi brújula apunta hacia "cualquier lugar menos aquí".
Tanjiro, confundido pero agradecido, estaba a punto de estrechar la mano de aquel extraño cuando el ambiente cambió drásticamente. El frío se volvió cortante.
Dos figuras descendieron del dosel de los árboles con la elegancia de los depredadores máximos. Giyu Tomioka, el Pilar del Agua, y Shinobu Kocho, el Pilar del Insecto, habían llegado.
Tomioka reconoció de inmediato a Tanjiro. Sus ojos se abrieron apenas un milímetro, recordando aquel encuentro en la nieve años atrás. Se interpuso entre los jóvenes y su compañera.
—Tomioka-san, ¿por qué te interpones? —preguntó Shinobu con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Sabes que proteger a un demonio es una violación a las reglas.
—Ella no es como los demás —respondió Giyu con su tono monótono.
Ronder, que había estado observando la escena como si fuera una obra de teatro aburrida, soltó una carcajada sonora que rompió la tensión.
—¡Oh, miren eso! El tipo de azul parece que se tragó un limón y la chica de las mariposas tiene una sonrisa de esas que te dan ganas de revisar si todavía tienes la billetera.
Shinobu giró su cabeza hacia Ronder. Su mirada se volvió gélida al notar la vestimenta y el aura extranjera del chico.
—¿Y quién es este pequeño niño tan maleducado? —preguntó ella, desenvainando su fina espada—. No pareces de por aquí. Y estás interfiriendo con el deber de la Compañía.
—¡Maleducado tu abuelo! —replicó Ronder, poniéndose en jarras—. Soy Ronder, el que te va a dar un dolor de cabeza si intentas tocar a la niña del bocado. No sé qué reglas tengan en esta isla, pero donde yo vengo, no matamos a lo que no entendemos.
Shinobu no perdió más tiempo. Se lanzó hacia adelante con la velocidad de un rayo, su espada buscando un punto vital. Ronder, para sorpresa de todos, no retrocedió. Se movió con una agilidad errática, casi tambaleándose, esquivando la estocada por milímetros.
—¡Uy! ¡Casi me peinas! —gritó Ronder, lanzando un puñado de arena a los ojos de la Pilar.
—¡Kanao! —gritó Shinobu, recuperando el equilibrio—. ¡Encárgate del demonio! Yo me ocuparé de este intruso.
Desde las sombras, una joven de capa blanca y mirada vacía, Kanao Tsuyuri, saltó hacia Nezuko. Tanjiro intentó levantarse, pero sus heridas se lo impidieron.
—¡No lo harás! —gritó Ronder.
El chico metió la mano en su morral y sacó un extraño artefacto de madera y cuerdas. Con un movimiento rápido, lo lanzó al aire. El objeto comenzó a zumbar con un sonido agudo que desorientó a Kanao, obligándola a retroceder para cubrirse los oídos. Era una distracción perfecta, un truco de cazador de las pampas.
—¡Corran, cara de cicatriz! —ordenó Ronder, aunque él mismo estaba rodeado por Shinobu—. ¡Yo los cubro!
Pero la diferencia de nivel era abismal. Shinobu Kocho no era una oponente común. Frustrada por las payasadas del extranjero, utilizó su técnica de movimiento rápido para aparecer detrás de él. Ronder intentó lanzar un golpe con su hacha de piedra, pero Shinobu fue más rápida. Con un movimiento fluido, le clavó una pequeña aguja en el cuello.
—Lo siento, pequeño —susurró Shinobu al oído de Ronder—. Pero necesitas una siesta. El veneno no te matará, solo te dejará fuera de combate un buen rato.
Ronder parpadeó, su mirada sarcástica se nubló y sus piernas flaquearon.
—Maldición... —masculló Ronder, tratando de mantener la compostura—. La próxima vez... traeré... más... ají...
El chico cayó al suelo, profundamente dormido antes de tocar la tierra.
Mientras tanto, Kanao, libre de la distracción, alcanzó a Tanjiro. Con un golpe preciso en la nuca, dejó al joven inconsciente. Nezuko, al ver a su hermano caer, intentó luchar, pero Kanao fue implacable. Con movimientos mecánicos y eficientes, la obligó a entrar en su caja de madera y cerró el pestillo.
Tomioka, que había estado reteniendo a Shinobu, bajó su espada al ver que la situación estaba bajo control de los "Kakushi" que comenzaban a llegar.
—Llévenselos a todos —ordenó Shinobu, limpiando su espada con un pañuelo—. Incluyendo al extraño del sur. El patrón querrá saber quién es este chico que pelea como un pirata y viste como un bárbaro.
Los operarios de limpieza de la Compañía se apresuraron a cargar a los heridos. Tanjiro, Nezuko en su caja, y el inconsciente Ronder fueron atados y transportados montaña abajo.
El silencio volvió al monte Natagumo, pero el destino de los hermanos Kamado acababa de entrelazarse con el de un guerrero que venía de un mundo donde los demonios se llamaban de otra forma y la magia se sentía en la piel, no en las espadas. El viaje hacia la sede de los Pilares sería, sin duda, el comienzo de una alianza tan extraña como necesaria.
—Adiós —sentenció el demonio, moviendo sus dedos con una frialdad absoluta.
Sin embargo, el corte nunca llegó.
Un silbido extraño, como el de un viento que no pertenecía a esas montañas, rasgó el ambiente. Una figura pequeña, no más alta que un niño de doce años, se interpuso entre los hilos y los hermanos Kamado. No usaba una katana de Nichirin común, sino un arma de aspecto tosco, una mezcla entre hacha y cuchillo de piedra que brilló con un fulgor cobrizo bajo la luna.
Con un movimiento que parecía más un baile ebrio que una técnica de espada, el recién llegado desvió los hilos de Rui. La fuerza del impacto fue tan desigual que el propio demonio retrocedió, confundido.
Tanjiro parpadeó, tratando de enfocar la vista. La figura de espaldas era rústica. Vestía ropajes de pieles finas y telas tejidas con patrones geométricos que nunca había visto en Japón; ropa ligera en apariencia, pero que parecía emanar un calor reconfortante. Cuando el extraño se giró ligeramente, Tanjiro vio un rostro que rompe con cualquier esquema conocido: sus rasgos eran fuertes, de ojos profundos y una mirada que gritaba "América", una herencia de los pueblos mapuches que habían cruzado océanos y continentes.
—¡Vaya, vaya! —exclamó el chico con una voz cargada de un sarcasmo vibrante—. ¿Es que nadie en este país sabe jugar limpio? Un niño de piel blanca lanzando hilos de pescar a otros niños... ¡Qué falta de clase, por los espíritus del trueno!
Rui, recuperando la compostura, siseó con odio.
—¿Quién eres tú? No eres un cazador de demonios. No hueles a ellos.
El chico se rascó la barbilla con una uña sucia, ladeando la cabeza de forma cómica, casi como si estuviera decidiendo si valía la pena responder.
—Me llamo Ronder. Y técnicamente, soy un turista con muy mal sentido de la orientación —dijo, soltando una risita—. Pero me molestan los abusivos. Especialmente los que tienen cara de no haber comido una buena cazuela en siglos.
Antes de que Rui pudiera atacar de nuevo, Ronder lanzó una pequeña bolsa de cuero al suelo. Una explosión de chispas y un olor a hierbas quemadas cegó al demonio por un instante. Cuando el humo se disipó, Ronder ya estaba frente a Tanjiro, agachado, observando a Nezuko con una curiosidad descarada.
—¿Y tú quién eres, cara de cicatriz? —preguntó Ronder, entrecerrando los ojos—. ¿Y por qué tu hermana tiene un bocado de madera? ¿Es que muerde cuando tiene hambre? Porque yo también, pero suelo preferir el pan.
—¡Es mi hermana! —exclamó Tanjiro, protegiéndola—. ¡Por favor, no le hagas daño! Ella no come humanos.
Ronder miró a Nezuko intensamente. Sus ojos, acostumbrados a las energías de la tierra del sur, no vieron la maldad pura de un demonio, sino una llama contenida, un espíritu luchando por su humanidad. Se encogió de hombros y extendió una mano callosa.
—Me caes bien. Tienes ojos de perro fiel y ella... bueno, ella es más bonita que un piche en primavera. Me uno a ustedes. Total, mi brújula apunta hacia "cualquier lugar menos aquí".
Tanjiro, confundido pero agradecido, estaba a punto de estrechar la mano de aquel extraño cuando el ambiente cambió drásticamente. El frío se volvió cortante.
Dos figuras descendieron del dosel de los árboles con la elegancia de los depredadores máximos. Giyu Tomioka, el Pilar del Agua, y Shinobu Kocho, el Pilar del Insecto, habían llegado.
Tomioka reconoció de inmediato a Tanjiro. Sus ojos se abrieron apenas un milímetro, recordando aquel encuentro en la nieve años atrás. Se interpuso entre los jóvenes y su compañera.
—Tomioka-san, ¿por qué te interpones? —preguntó Shinobu con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Sabes que proteger a un demonio es una violación a las reglas.
—Ella no es como los demás —respondió Giyu con su tono monótono.
Ronder, que había estado observando la escena como si fuera una obra de teatro aburrida, soltó una carcajada sonora que rompió la tensión.
—¡Oh, miren eso! El tipo de azul parece que se tragó un limón y la chica de las mariposas tiene una sonrisa de esas que te dan ganas de revisar si todavía tienes la billetera.
Shinobu giró su cabeza hacia Ronder. Su mirada se volvió gélida al notar la vestimenta y el aura extranjera del chico.
—¿Y quién es este pequeño niño tan maleducado? —preguntó ella, desenvainando su fina espada—. No pareces de por aquí. Y estás interfiriendo con el deber de la Compañía.
—¡Maleducado tu abuelo! —replicó Ronder, poniéndose en jarras—. Soy Ronder, el que te va a dar un dolor de cabeza si intentas tocar a la niña del bocado. No sé qué reglas tengan en esta isla, pero donde yo vengo, no matamos a lo que no entendemos.
Shinobu no perdió más tiempo. Se lanzó hacia adelante con la velocidad de un rayo, su espada buscando un punto vital. Ronder, para sorpresa de todos, no retrocedió. Se movió con una agilidad errática, casi tambaleándose, esquivando la estocada por milímetros.
—¡Uy! ¡Casi me peinas! —gritó Ronder, lanzando un puñado de arena a los ojos de la Pilar.
—¡Kanao! —gritó Shinobu, recuperando el equilibrio—. ¡Encárgate del demonio! Yo me ocuparé de este intruso.
Desde las sombras, una joven de capa blanca y mirada vacía, Kanao Tsuyuri, saltó hacia Nezuko. Tanjiro intentó levantarse, pero sus heridas se lo impidieron.
—¡No lo harás! —gritó Ronder.
El chico metió la mano en su morral y sacó un extraño artefacto de madera y cuerdas. Con un movimiento rápido, lo lanzó al aire. El objeto comenzó a zumbar con un sonido agudo que desorientó a Kanao, obligándola a retroceder para cubrirse los oídos. Era una distracción perfecta, un truco de cazador de las pampas.
—¡Corran, cara de cicatriz! —ordenó Ronder, aunque él mismo estaba rodeado por Shinobu—. ¡Yo los cubro!
Pero la diferencia de nivel era abismal. Shinobu Kocho no era una oponente común. Frustrada por las payasadas del extranjero, utilizó su técnica de movimiento rápido para aparecer detrás de él. Ronder intentó lanzar un golpe con su hacha de piedra, pero Shinobu fue más rápida. Con un movimiento fluido, le clavó una pequeña aguja en el cuello.
—Lo siento, pequeño —susurró Shinobu al oído de Ronder—. Pero necesitas una siesta. El veneno no te matará, solo te dejará fuera de combate un buen rato.
Ronder parpadeó, su mirada sarcástica se nubló y sus piernas flaquearon.
—Maldición... —masculló Ronder, tratando de mantener la compostura—. La próxima vez... traeré... más... ají...
El chico cayó al suelo, profundamente dormido antes de tocar la tierra.
Mientras tanto, Kanao, libre de la distracción, alcanzó a Tanjiro. Con un golpe preciso en la nuca, dejó al joven inconsciente. Nezuko, al ver a su hermano caer, intentó luchar, pero Kanao fue implacable. Con movimientos mecánicos y eficientes, la obligó a entrar en su caja de madera y cerró el pestillo.
Tomioka, que había estado reteniendo a Shinobu, bajó su espada al ver que la situación estaba bajo control de los "Kakushi" que comenzaban a llegar.
—Llévenselos a todos —ordenó Shinobu, limpiando su espada con un pañuelo—. Incluyendo al extraño del sur. El patrón querrá saber quién es este chico que pelea como un pirata y viste como un bárbaro.
Los operarios de limpieza de la Compañía se apresuraron a cargar a los heridos. Tanjiro, Nezuko en su caja, y el inconsciente Ronder fueron atados y transportados montaña abajo.
El silencio volvió al monte Natagumo, pero el destino de los hermanos Kamado acababa de entrelazarse con el de un guerrero que venía de un mundo donde los demonios se llamaban de otra forma y la magia se sentía en la piel, no en las espadas. El viaje hacia la sede de los Pilares sería, sin duda, el comienzo de una alianza tan extraña como necesaria.
