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Hermosa
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 19/5/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloFluffEstudio de PersonajeAmbientación Canon
Cicatrices de Acero y Seda
El silencio en los pasillos de la academia de Jujutsu siempre había sido un refugio para Maki Zenin, pero últimamente, ese silencio se sentía pesado, como si las paredes mismas estuvieran observándola. El eco de sus botas contra el suelo de madera resonaba con una fuerza que ella ya no sentía en su interior.
Se detuvo frente a un gran ventanal que proyectaba su reflejo sobre el cristal oscuro. Maki apretó los puños. Su cabello, antes largo y recogido en una coleta alta que desafiaba a cualquiera, ahora era corto, desigual, apenas rozando sus orejas. Pero no era el cabello lo que la hacía desviar la mirada. Eran las marcas.
Las quemaduras de Jogo no solo habían consumido su ropa y su piel en Shibuya; habían devorado la imagen que ella tenía de sí misma. Las cicatrices subían por sus brazos, ahora descubiertos por su nueva elección de uniforme, y trepaban por el lado de su rostro como raíces de un árbol quemado.
Maki no era una mujer superficial. Nunca le importaron los vestidos, el maquillaje o las convenciones de lo que el Clan Zenin consideraba "una mujer adecuada". Sin embargo, ahora, el espejo le devolvía algo que le costaba reconocer. Las palabras de Naoya Zenin, cargadas de veneno y desprecio, volvían a su mente con una nitidez dolorosa.
"Una mujer que no puede ser bella no tiene valor", le había dicho con esa sonrisa de superioridad antes de que ella borrara al clan del mapa. En ese momento, la adrenalina y la furia la hicieron inmune a sus insultos. Pero ahora, en la quietud de la tarde, el veneno de Naoya parecía haber encontrado una grieta por donde filtrarse.
¿Era eso lo que era ahora? ¿Un monstruo? ¿Una colección de piel endurecida y recuerdos traumáticos?
— Sabía que te encontraría aquí.
La voz era suave, tranquila, casi como una caricia. Maki no tuvo que darse la vuelta para saber quién era. Yuta Okkotsu caminaba hacia ella con ese andar pausado, su chaqueta blanca holgada contrastando con la penumbra del pasillo. Sus ojeras, profundas como siempre, le daban un aire de cansancio eterno, pero sus ojos azul oscuro brillaban con una calidez genuina.
Traía dos latas de refresco en las manos. Se detuvo a un par de pasos de ella, ofreciéndole una.
— Toma, parece que necesitas un descanso —dijo Yuta, tratando de forzar una pequeña sonrisa.
Maki tomó la lata, sintiendo el frío del metal contra sus dedos, pero no la abrió. Se quedó mirando el horizonte, evitando el contacto visual.
— No deberías estar perdiendo el tiempo conmigo, Yuta —respondió ella, con la voz más áspera de lo habitual—. Tienes entrenamientos que supervisar.
Yuta guardó silencio un momento, observándola con detenimiento. No era la mirada de lástima que Maki tanto detestaba en los demás. Era algo diferente, una mirada de comprensión, de alguien que también cargaba con sus propios demonios.
— Maki... —Yuta se acercó un poco más—. Tus ojos están apagados. ¿Qué está pasando por esa cabeza tuya?
Maki soltó un suspiro pesado, una risa amarga escapando de sus labios.
— Solo pensaba en lo mucho que han cambiado las cosas. En lo que soy ahora.
— Eres la persona más fuerte que conozco —afirmó Yuta sin dudarlo ni un segundo.
— No hablo de fuerza, idiota —espetó ella, girándose finalmente para encararlo. La luz del atardecer acentuó el relieve de las cicatrices en su mejilla—. Mírame, Yuta. Realmente mírame.
Yuta no retrocedió. Mantuvo la mirada fija en ella, con una serenidad que a Maki le resultaba exasperante.
— Te estoy mirando —respondió él en voz baja.
— ¡No, no lo haces! —exclamó Maki, dejando la lata de refresco en el alféizar de la ventana con un golpe seco—. Antes... antes podía fingir que no me importaba lo que los demás pensaran. Pero ahora, cada vez que paso frente a un espejo, veo esto. Veo el recordatorio de que casi muero, de que fui débil. Parezco un monstruo, Yuta. Las palabras de Naoya... tal vez tenía razón. Tal vez ya ni siquiera parezco una mujer. Solo soy... algo roto. Feo.
Las palabras salieron de su boca como una confesión dolorosa que había estado guardando bajo llave. Su respiración era agitada y sus hombros, siempre rectos y orgullosos, cayeron ligeramente. Se sentía vulnerable, despojada de su armadura de acero.
Yuta dejó su propia lata en el suelo y se acercó. No dijo nada al principio, lo que hizo que el corazón de Maki latiera con fuerza contra sus costillas. Esperaba una respuesta lógica, un discurso sobre cómo la apariencia no importa en el mundo de la hechicería, o quizás un consuelo vacío.
Pero Yuta no hizo nada de eso.
Con una lentitud deliberada, extendió la mano y tomó la barbilla de Maki. Sus dedos eran cálidos y suaves. Ella se tensó, esperando que apartara la mirada al ver de cerca el tejido dañado de su piel, pero Yuta la obligó a mirarlo a los ojos.
Antes de que ella pudiera protestar, Yuta se inclinó y la besó.
Fue un beso lento, cargado de una ternura que Maki no sabía que necesitaba. No había urgencia, solo una entrega total. En ese contacto, Yuta le estaba transmitiendo todo lo que las palabras no podían alcanzar: su apoyo, su admiración y, sobre todo, su amor.
Maki cerró los ojos, dejando que la calidez de Yuta disipara el frío que sentía en el pecho. Sus manos, que siempre estaban listas para empuñar una lanza, subieron tímidamente hacia los hombros de la chaqueta blanca de Yuta, aferrándose a él como si fuera su único ancla en medio de una tormenta.
Cuando se separaron, Yuta no soltó su rostro. Sus pulgares acariciaron con extrema delicadeza las marcas de las quemaduras, como si estuviera tocando los pétalos de una flor preciosa.
— No vuelvas a decir eso —susurró Yuta, su voz firme pero llena de afecto—. Naoya no sabía nada. Él era el que estaba ciego.
Maki intentó desviar la mirada, pero él no se lo permitió.
— Para mí —continuó Yuta—, sigues siendo la misma chica increíble que conocí en mi primer día. La que me enseñó que no necesito una maldición para tener un propósito. Eres fuerte, eres valiente y, Maki... eres hermosa.
— Yuta, estas cicatrices... —comenzó ella, con la voz quebrada.
— Estas cicatrices son la prueba de que sobreviviste a lo que habría matado a cualquier otro —la interrumpió él con una sonrisa dulce—. Son marcas de guerra, sí, pero no te quitan nada. Al contrario, para mí te hacen ver aún más increíble. Te hacen ser tú. Con o sin ellas, me enamoré de Maki Zenin, y nada de lo que pasó en Shibuya va a cambiar eso.
Maki sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era de dolor. Por primera vez en meses, el peso que llevaba en los hombros pareció aligerarse. Miró a Yuta, viendo la sinceridad absoluta en sus ojos azul oscuro. Él no estaba mintiendo; realmente la veía así.
Una pequeña sonrisa, genuina y libre de amargura, comenzó a dibujarse en el rostro de Maki. Era una expresión que no había usado en mucho tiempo, y se sintió extrañamente bien.
— Eres un cursi, Okkotsu —dijo ella, aunque su tono carecía de cualquier mordacidad.
Yuta soltó una risita suave y dejó caer sus manos de su rostro, aunque se mantuvo cerca de ella.
— Tal vez un poco. Pero solo contigo.
Maki se volvió hacia la ventana, pero esta vez no miró su reflejo con odio. Miró el cielo naranja del atardecer y luego a Yuta, que se mantenía a su lado, fiel como una sombra protectora.
— Gracias —susurró ella, lo suficientemente bajo como para que solo él pudiera oírlo.
Yuta tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella. La piel rugosa de las cicatrices de Maki se mezcló con la piel suave de Yuta, y en ese gesto, ella comprendió que no necesitaba ser perfecta para ser amada.
— No tienes que fingir estar bien todo el tiempo, Maki —dijo Yuta mientras empezaban a caminar juntos por el pasillo—. Pero tampoco olvides quién eres. Eres la mujer que va a cambiar el mundo de la hechicería. Y eres la mujer más bella que he visto en mi vida.
Maki apretó su mano, sintiendo una chispa de su antigua confianza arder de nuevo en su interior. Ya no era la belleza frágil que el clan Zenin exigía; era algo mucho más poderoso. Era una guerrera que había pasado por el fuego y había emergido más fuerte.
Y mientras caminaba al lado de Yuta, con el sol poniéndose tras ellos, Maki Zenin finalmente aceptó que sus cicatrices no eran un defecto, sino la armadura eterna de alguien que se negó a romperse.
— Oye, Yuta —dijo ella, recuperando su tono desafiante pero con un brillo nuevo en los ojos.
— ¿Sí?
— Si vuelves a decir algo tan cursi frente a Panda o Inumaki, te patearé el trasero.
Yuta soltó una carcajada limpia, una que llenó el pasillo de una vida que parecía haberse perdido tras la tragedia.
— Lo tendré en cuenta —prometió él, sin soltar su mano.
Esa tarde, las sombras de Shibuya parecieron retroceder un poco más, derrotadas por la simple y poderosa verdad de un beso y una mirada que veía mucho más allá de la piel. Maki ya no se sentía como un monstruo; se sentía, por fin, en casa.
Se detuvo frente a un gran ventanal que proyectaba su reflejo sobre el cristal oscuro. Maki apretó los puños. Su cabello, antes largo y recogido en una coleta alta que desafiaba a cualquiera, ahora era corto, desigual, apenas rozando sus orejas. Pero no era el cabello lo que la hacía desviar la mirada. Eran las marcas.
Las quemaduras de Jogo no solo habían consumido su ropa y su piel en Shibuya; habían devorado la imagen que ella tenía de sí misma. Las cicatrices subían por sus brazos, ahora descubiertos por su nueva elección de uniforme, y trepaban por el lado de su rostro como raíces de un árbol quemado.
Maki no era una mujer superficial. Nunca le importaron los vestidos, el maquillaje o las convenciones de lo que el Clan Zenin consideraba "una mujer adecuada". Sin embargo, ahora, el espejo le devolvía algo que le costaba reconocer. Las palabras de Naoya Zenin, cargadas de veneno y desprecio, volvían a su mente con una nitidez dolorosa.
"Una mujer que no puede ser bella no tiene valor", le había dicho con esa sonrisa de superioridad antes de que ella borrara al clan del mapa. En ese momento, la adrenalina y la furia la hicieron inmune a sus insultos. Pero ahora, en la quietud de la tarde, el veneno de Naoya parecía haber encontrado una grieta por donde filtrarse.
¿Era eso lo que era ahora? ¿Un monstruo? ¿Una colección de piel endurecida y recuerdos traumáticos?
— Sabía que te encontraría aquí.
La voz era suave, tranquila, casi como una caricia. Maki no tuvo que darse la vuelta para saber quién era. Yuta Okkotsu caminaba hacia ella con ese andar pausado, su chaqueta blanca holgada contrastando con la penumbra del pasillo. Sus ojeras, profundas como siempre, le daban un aire de cansancio eterno, pero sus ojos azul oscuro brillaban con una calidez genuina.
Traía dos latas de refresco en las manos. Se detuvo a un par de pasos de ella, ofreciéndole una.
— Toma, parece que necesitas un descanso —dijo Yuta, tratando de forzar una pequeña sonrisa.
Maki tomó la lata, sintiendo el frío del metal contra sus dedos, pero no la abrió. Se quedó mirando el horizonte, evitando el contacto visual.
— No deberías estar perdiendo el tiempo conmigo, Yuta —respondió ella, con la voz más áspera de lo habitual—. Tienes entrenamientos que supervisar.
Yuta guardó silencio un momento, observándola con detenimiento. No era la mirada de lástima que Maki tanto detestaba en los demás. Era algo diferente, una mirada de comprensión, de alguien que también cargaba con sus propios demonios.
— Maki... —Yuta se acercó un poco más—. Tus ojos están apagados. ¿Qué está pasando por esa cabeza tuya?
Maki soltó un suspiro pesado, una risa amarga escapando de sus labios.
— Solo pensaba en lo mucho que han cambiado las cosas. En lo que soy ahora.
— Eres la persona más fuerte que conozco —afirmó Yuta sin dudarlo ni un segundo.
— No hablo de fuerza, idiota —espetó ella, girándose finalmente para encararlo. La luz del atardecer acentuó el relieve de las cicatrices en su mejilla—. Mírame, Yuta. Realmente mírame.
Yuta no retrocedió. Mantuvo la mirada fija en ella, con una serenidad que a Maki le resultaba exasperante.
— Te estoy mirando —respondió él en voz baja.
— ¡No, no lo haces! —exclamó Maki, dejando la lata de refresco en el alféizar de la ventana con un golpe seco—. Antes... antes podía fingir que no me importaba lo que los demás pensaran. Pero ahora, cada vez que paso frente a un espejo, veo esto. Veo el recordatorio de que casi muero, de que fui débil. Parezco un monstruo, Yuta. Las palabras de Naoya... tal vez tenía razón. Tal vez ya ni siquiera parezco una mujer. Solo soy... algo roto. Feo.
Las palabras salieron de su boca como una confesión dolorosa que había estado guardando bajo llave. Su respiración era agitada y sus hombros, siempre rectos y orgullosos, cayeron ligeramente. Se sentía vulnerable, despojada de su armadura de acero.
Yuta dejó su propia lata en el suelo y se acercó. No dijo nada al principio, lo que hizo que el corazón de Maki latiera con fuerza contra sus costillas. Esperaba una respuesta lógica, un discurso sobre cómo la apariencia no importa en el mundo de la hechicería, o quizás un consuelo vacío.
Pero Yuta no hizo nada de eso.
Con una lentitud deliberada, extendió la mano y tomó la barbilla de Maki. Sus dedos eran cálidos y suaves. Ella se tensó, esperando que apartara la mirada al ver de cerca el tejido dañado de su piel, pero Yuta la obligó a mirarlo a los ojos.
Antes de que ella pudiera protestar, Yuta se inclinó y la besó.
Fue un beso lento, cargado de una ternura que Maki no sabía que necesitaba. No había urgencia, solo una entrega total. En ese contacto, Yuta le estaba transmitiendo todo lo que las palabras no podían alcanzar: su apoyo, su admiración y, sobre todo, su amor.
Maki cerró los ojos, dejando que la calidez de Yuta disipara el frío que sentía en el pecho. Sus manos, que siempre estaban listas para empuñar una lanza, subieron tímidamente hacia los hombros de la chaqueta blanca de Yuta, aferrándose a él como si fuera su único ancla en medio de una tormenta.
Cuando se separaron, Yuta no soltó su rostro. Sus pulgares acariciaron con extrema delicadeza las marcas de las quemaduras, como si estuviera tocando los pétalos de una flor preciosa.
— No vuelvas a decir eso —susurró Yuta, su voz firme pero llena de afecto—. Naoya no sabía nada. Él era el que estaba ciego.
Maki intentó desviar la mirada, pero él no se lo permitió.
— Para mí —continuó Yuta—, sigues siendo la misma chica increíble que conocí en mi primer día. La que me enseñó que no necesito una maldición para tener un propósito. Eres fuerte, eres valiente y, Maki... eres hermosa.
— Yuta, estas cicatrices... —comenzó ella, con la voz quebrada.
— Estas cicatrices son la prueba de que sobreviviste a lo que habría matado a cualquier otro —la interrumpió él con una sonrisa dulce—. Son marcas de guerra, sí, pero no te quitan nada. Al contrario, para mí te hacen ver aún más increíble. Te hacen ser tú. Con o sin ellas, me enamoré de Maki Zenin, y nada de lo que pasó en Shibuya va a cambiar eso.
Maki sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era de dolor. Por primera vez en meses, el peso que llevaba en los hombros pareció aligerarse. Miró a Yuta, viendo la sinceridad absoluta en sus ojos azul oscuro. Él no estaba mintiendo; realmente la veía así.
Una pequeña sonrisa, genuina y libre de amargura, comenzó a dibujarse en el rostro de Maki. Era una expresión que no había usado en mucho tiempo, y se sintió extrañamente bien.
— Eres un cursi, Okkotsu —dijo ella, aunque su tono carecía de cualquier mordacidad.
Yuta soltó una risita suave y dejó caer sus manos de su rostro, aunque se mantuvo cerca de ella.
— Tal vez un poco. Pero solo contigo.
Maki se volvió hacia la ventana, pero esta vez no miró su reflejo con odio. Miró el cielo naranja del atardecer y luego a Yuta, que se mantenía a su lado, fiel como una sombra protectora.
— Gracias —susurró ella, lo suficientemente bajo como para que solo él pudiera oírlo.
Yuta tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella. La piel rugosa de las cicatrices de Maki se mezcló con la piel suave de Yuta, y en ese gesto, ella comprendió que no necesitaba ser perfecta para ser amada.
— No tienes que fingir estar bien todo el tiempo, Maki —dijo Yuta mientras empezaban a caminar juntos por el pasillo—. Pero tampoco olvides quién eres. Eres la mujer que va a cambiar el mundo de la hechicería. Y eres la mujer más bella que he visto en mi vida.
Maki apretó su mano, sintiendo una chispa de su antigua confianza arder de nuevo en su interior. Ya no era la belleza frágil que el clan Zenin exigía; era algo mucho más poderoso. Era una guerrera que había pasado por el fuego y había emergido más fuerte.
Y mientras caminaba al lado de Yuta, con el sol poniéndose tras ellos, Maki Zenin finalmente aceptó que sus cicatrices no eran un defecto, sino la armadura eterna de alguien que se negó a romperse.
— Oye, Yuta —dijo ella, recuperando su tono desafiante pero con un brillo nuevo en los ojos.
— ¿Sí?
— Si vuelves a decir algo tan cursi frente a Panda o Inumaki, te patearé el trasero.
Yuta soltó una carcajada limpia, una que llenó el pasillo de una vida que parecía haberse perdido tras la tragedia.
— Lo tendré en cuenta —prometió él, sin soltar su mano.
Esa tarde, las sombras de Shibuya parecieron retroceder un poco más, derrotadas por la simple y poderosa verdad de un beso y una mirada que veía mucho más allá de la piel. Maki ya no se sentía como un monstruo; se sentía, por fin, en casa.
