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El Límite del Infinito
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 19/5/2026
Etiquetas
RomanceDramaPsicológicoFantasíaAcciónEstudio de PersonajeAmbientación CanonDivergencia
El peso de la corona azul
La atmósfera en la sede de los altos mandos podía cortarse con un hilo de seda. El aire estaba viciado por el olor a incienso viejo y el rancio aroma de la burocracia estancada. Satoru Gojo solía entrar en esas salas con una sonrisa socarrona, las manos en los bolsillos y algún comentario impertinente que lograba sacar de quicio a los ancianos tras los biombos. Pero hoy, el aire que lo rodeaba no era juguetón. Era pesado, denso, como si el propio espacio se estuviera comprimiendo bajo el peso de su irritación.
Cuando las puertas se abrieron de par en par, Satoru salió a zancadas. No había rastro de su habitual caminar despreocupado. Sus pasos eran firmes, rítmicos y cargados de una violencia contenida. El aura que emanaba era tan gélida que los hechiceros de menor rango que custodiaban el pasillo se pegaron a las paredes, bajando la vista instintivamente. Era el instinto de presa ante el depredador más letal del mundo.
Shoko Ieiri estaba apoyada contra una columna, con un cigarrillo apagado entre los labios. Al ver aparecer a su viejo amigo, su cuerpo se tensó. Pero no fue el miedo lo que recorrió su columna vertebral. Fue un escalofrío eléctrico, una chispa de algo que no lograba identificar del todo. Ver a Satoru así, sin la máscara de bufón, con la mandíbula apretada y esa mirada de acero oculta tras las vendas, era... perturbadoramente atractivo.
— Satoru —llamó ella con su habitual tono monótono, aunque su pulso se había acelerado un par de latidos.
Él ni siquiera se detuvo. Solo giró levemente la cabeza, lo suficiente para que ella viera el destello azul gélido de un ojo asomándose por el borde de su venda.
— Ahora no, Shoko —su voz no era el habitual tono cantarín; era un barítono bajo, cargado de una autoridad que no admitía réplicas—. Esos viejos decrépitos no entienden nada. Si vuelven a sugerir un sacrificio innecesario, no será una maldición lo que tengan que temer.
Shoko se quedó en silencio, observando cómo su espalda se alejaba. Se mordió el labio inferior, sintiendo un calor inusual en las mejillas. Siempre había sabido que Satoru era el más fuerte, pero verlo ejercer esa supremacía de forma tan cruda, tan seria, despertaba en ella una curiosidad peligrosa.
Unas horas más tarde, el escenario se trasladó al campo de entrenamiento de la Academia de Hechicería de Tokio. Los estudiantes estaban alineados, cabizbajos, sudando no solo por el esfuerzo físico, sino por la presión psicológica que su maestro estaba ejerciendo sobre ellos. Una misión de rutina casi se había convertido en una tragedia debido a un exceso de confianza y una falta de coordinación.
Shoko observaba desde la distancia, con las manos en los bolsillos de su bata de laboratorio. Satoru no estaba gritando, y eso era lo más aterrador. Se paseaba frente a ellos como un general frente a sus tropas tras una derrota humillante.
— ¿Creen que esto es un juego? —preguntó Satoru. Su voz era tranquila, pero cortante como un bisturí—. La confianza es una herramienta, pero el exceso de ella es una sentencia de muerte. Hoy casi mueren. Y lo que es peor, casi dejan que civiles mueran por su negligencia.
— Sensei, nosotros pensamos que... —intentó intervenir Itadori, rascándose la nuca con nerviosismo.
— No les pago para pensar en lo que "podría haber sido" —lo interrumpió Gojo, dando un paso hacia adelante que hizo que los tres estudiantes retrocedieran un centímetro—. Les entreno para que ejecuten. Si vuelven a ignorar un protocolo de seguridad, no los suspenderé. Los sacaré del programa personalmente. ¿Fui claro?
— ¡Sí, señor! —respondieron los tres al unísono, tensos como cuerdas de violín.
Shoko sintió un nudo en la garganta. La forma en que Satoru dominaba el espacio, la manera en que su presencia llenaba cada rincón del patio, era embriagadora. Siempre lo había visto como el "niño eterno", el hombre que compraba dulces y hacía bromas pesadas. Pero este hombre... este era el verdadero Gojo Satoru. El pináculo de la hechicería. El hombre que sostenía el equilibrio del mundo en sus manos. Y Dios, era sexy.
No pudo evitar que sus ojos recorrieran la figura alta y delgada de su colega. El abrigo negro de cuello alto acentuaba la rectitud de sus hombros. Había algo profundamente atrayente en esa frialdad absoluta.
Sin embargo, el día aún no había terminado.
La alarma de emergencia sonó al atardecer. Una maldición de grado especial había aparecido en un complejo industrial abandonado, dejando a cinco hechiceros de refuerzo gravemente heridos antes de que pudieran siquiera reaccionar. Gojo y Shoko fueron despachados de inmediato: él para eliminar la amenaza, ella para estabilizar a los heridos.
Al llegar, el panorama era desolador. La energía maldita en el lugar era espesa y nauseabunda. Shoko se puso a trabajar de inmediato, sus manos brillando con el suave resplandor de la Técnica de Maldición Inversa mientras se arrodillaba junto a uno de los heridos.
— ¡Shoko, muévete a la zona segura! —ordenó Satoru.
Ella levantó la vista y lo vio. Satoru se había quitado la venda. Sus ojos, esos Seis Ojos que contenían el infinito, brillaban con una furia contenida en medio de la penumbra. Frente a él, una masa grotesca de carne y ojos —la maldición de grado especial— rugía, lanzando ataques que distorsionaban el espacio mismo.
Gojo ni siquiera se inmutó. Caminó hacia la criatura con una parsimonia insultante. Cada vez que la maldición intentaba tocarlo, sus ataques se detenían en el Infinito, incapaces de alcanzarlo.
— Eres ruidosa —dijo Satoru con una frialdad que helaba la sangre—. Y has lastimado a mi gente.
Con un movimiento fluido de sus dedos, Satoru ni siquiera necesitó recurrir a sus técnicas más destructivas como el Púrpura. Un simple destello de "Azul" comprimió el espacio alrededor de la maldición. Los gritos de la criatura fueron silenciados al instante cuando su cuerpo fue aplastado por una presión gravitatoria inimaginable. En menos de diez segundos, no quedaba más que un rastro de ceniza y energía residual.
Shoko se quedó paralizada, con las manos aún sobre la herida del hechicero al que atendía. Se descubrió a sí misma mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que casi probó la sangre. Ver a Satoru matar con esa eficiencia mecánica, sin una pizca de la alegría sádica o la burla que solía mostrar, era la cosa más atractiva que había visto en su vida. Era poder puro. Era autoridad absoluta.
Satoru se volvió hacia ella. Su rostro estaba impasible, sus ojos azules como glaciares bajo la luz de la luna. Se acercó a donde ella estaba, sus pasos resonando en el concreto roto.
— ¿Están estabilizados? —preguntó, su voz todavía cargada de esa autoridad dominante.
— Sí —logró decir Shoko, sorprendida de que su voz no temblara—. Los enviaré al hospital de la academia en cuanto lleguen los transportes.
Satoru asintió secamente. No hubo un "buen trabajo, Shoko" ni una broma sobre lo cansada que se veía. Solo una mirada intensa que pareció desnudar su alma por un segundo.
— Mañana a primera hora quiero que prepares un informe detallado de las lesiones y me traigas vendas nuevas para el equipo médico de los estudiantes —dijo él, dando un paso más hacia su espacio personal—. No quiero más errores por falta de equipo o preparación. Asegúrate de que todo esté listo a las siete.
Normalmente, Shoko le habría respondido con un comentario sarcástico sobre cómo ella no era su secretaria o cómo él no mandaba en su departamento médico. Pero en ese momento, bajo la sombra de su figura imponente, con el aroma a ozono y energía maldita flotando en el aire, las palabras se le atascaron en la garganta.
Sintió una extraña y desconocida oleada de sumisión recorriendo su cuerpo. Era una sensación nueva, casi eléctrica. La forma en que él le daba órdenes, sin dudar, esperando obediencia absoluta, la hacía sentir pequeña, pero de una manera que le aceleraba el pulso de forma deliciosa.
— Entendido —respondió ella en un susurro, asintiendo casi instintivamente.
Satoru la observó un momento más, sus ojos escaneando su rostro. Por un breve instante, la comisura de sus labios pareció curvarse, no en una sonrisa, sino en una mueca de satisfacción al ver su reacción.
— Bien —concluyó él, dándose la vuelta para marcharse hacia los vehículos que llegaban en la distancia.
Shoko se quedó allí, de pie entre los escombros, respirando agitadamente. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el galope salvaje de su corazón. Miró su espalda, esa silueta alta y oscura que se alejaba con la elegancia de un monarca que acababa de reclamar su territorio.
— Maldita sea —susurró para sí misma, sacando finalmente un cigarrillo y encendiéndolo con manos ligeramente temblorosas—. Satoru Gojo... eres un peligro para mi salud mental.
Se dio cuenta, mientras exhalaba el humo hacia el cielo nocturno, de que nunca volvería a ver a su amigo de la misma manera. El idiota de pelo blanco seguía ahí, en alguna parte, pero el hombre que acababa de ver, el hechicero dominante y furioso, era algo mucho más embriagador. Y Shoko, a pesar de su habitual indiferencia hacia el mundo, se encontró deseando que Satoru se enojara un poco más a menudo.
Porque un Gojo Satoru serio no solo era el hombre más fuerte del mundo; era, sin duda alguna, lo más sexy que Shoko Ieiri había tenido el placer de presenciar en toda su vida. Y mientras caminaba hacia la ambulancia, solo podía pensar en una cosa: mañana a las siete, ella estaría allí con las vendas, esperando ver si ese fuego en los ojos azules de Satoru seguía encendido.
Cuando las puertas se abrieron de par en par, Satoru salió a zancadas. No había rastro de su habitual caminar despreocupado. Sus pasos eran firmes, rítmicos y cargados de una violencia contenida. El aura que emanaba era tan gélida que los hechiceros de menor rango que custodiaban el pasillo se pegaron a las paredes, bajando la vista instintivamente. Era el instinto de presa ante el depredador más letal del mundo.
Shoko Ieiri estaba apoyada contra una columna, con un cigarrillo apagado entre los labios. Al ver aparecer a su viejo amigo, su cuerpo se tensó. Pero no fue el miedo lo que recorrió su columna vertebral. Fue un escalofrío eléctrico, una chispa de algo que no lograba identificar del todo. Ver a Satoru así, sin la máscara de bufón, con la mandíbula apretada y esa mirada de acero oculta tras las vendas, era... perturbadoramente atractivo.
— Satoru —llamó ella con su habitual tono monótono, aunque su pulso se había acelerado un par de latidos.
Él ni siquiera se detuvo. Solo giró levemente la cabeza, lo suficiente para que ella viera el destello azul gélido de un ojo asomándose por el borde de su venda.
— Ahora no, Shoko —su voz no era el habitual tono cantarín; era un barítono bajo, cargado de una autoridad que no admitía réplicas—. Esos viejos decrépitos no entienden nada. Si vuelven a sugerir un sacrificio innecesario, no será una maldición lo que tengan que temer.
Shoko se quedó en silencio, observando cómo su espalda se alejaba. Se mordió el labio inferior, sintiendo un calor inusual en las mejillas. Siempre había sabido que Satoru era el más fuerte, pero verlo ejercer esa supremacía de forma tan cruda, tan seria, despertaba en ella una curiosidad peligrosa.
Unas horas más tarde, el escenario se trasladó al campo de entrenamiento de la Academia de Hechicería de Tokio. Los estudiantes estaban alineados, cabizbajos, sudando no solo por el esfuerzo físico, sino por la presión psicológica que su maestro estaba ejerciendo sobre ellos. Una misión de rutina casi se había convertido en una tragedia debido a un exceso de confianza y una falta de coordinación.
Shoko observaba desde la distancia, con las manos en los bolsillos de su bata de laboratorio. Satoru no estaba gritando, y eso era lo más aterrador. Se paseaba frente a ellos como un general frente a sus tropas tras una derrota humillante.
— ¿Creen que esto es un juego? —preguntó Satoru. Su voz era tranquila, pero cortante como un bisturí—. La confianza es una herramienta, pero el exceso de ella es una sentencia de muerte. Hoy casi mueren. Y lo que es peor, casi dejan que civiles mueran por su negligencia.
— Sensei, nosotros pensamos que... —intentó intervenir Itadori, rascándose la nuca con nerviosismo.
— No les pago para pensar en lo que "podría haber sido" —lo interrumpió Gojo, dando un paso hacia adelante que hizo que los tres estudiantes retrocedieran un centímetro—. Les entreno para que ejecuten. Si vuelven a ignorar un protocolo de seguridad, no los suspenderé. Los sacaré del programa personalmente. ¿Fui claro?
— ¡Sí, señor! —respondieron los tres al unísono, tensos como cuerdas de violín.
Shoko sintió un nudo en la garganta. La forma en que Satoru dominaba el espacio, la manera en que su presencia llenaba cada rincón del patio, era embriagadora. Siempre lo había visto como el "niño eterno", el hombre que compraba dulces y hacía bromas pesadas. Pero este hombre... este era el verdadero Gojo Satoru. El pináculo de la hechicería. El hombre que sostenía el equilibrio del mundo en sus manos. Y Dios, era sexy.
No pudo evitar que sus ojos recorrieran la figura alta y delgada de su colega. El abrigo negro de cuello alto acentuaba la rectitud de sus hombros. Había algo profundamente atrayente en esa frialdad absoluta.
Sin embargo, el día aún no había terminado.
La alarma de emergencia sonó al atardecer. Una maldición de grado especial había aparecido en un complejo industrial abandonado, dejando a cinco hechiceros de refuerzo gravemente heridos antes de que pudieran siquiera reaccionar. Gojo y Shoko fueron despachados de inmediato: él para eliminar la amenaza, ella para estabilizar a los heridos.
Al llegar, el panorama era desolador. La energía maldita en el lugar era espesa y nauseabunda. Shoko se puso a trabajar de inmediato, sus manos brillando con el suave resplandor de la Técnica de Maldición Inversa mientras se arrodillaba junto a uno de los heridos.
— ¡Shoko, muévete a la zona segura! —ordenó Satoru.
Ella levantó la vista y lo vio. Satoru se había quitado la venda. Sus ojos, esos Seis Ojos que contenían el infinito, brillaban con una furia contenida en medio de la penumbra. Frente a él, una masa grotesca de carne y ojos —la maldición de grado especial— rugía, lanzando ataques que distorsionaban el espacio mismo.
Gojo ni siquiera se inmutó. Caminó hacia la criatura con una parsimonia insultante. Cada vez que la maldición intentaba tocarlo, sus ataques se detenían en el Infinito, incapaces de alcanzarlo.
— Eres ruidosa —dijo Satoru con una frialdad que helaba la sangre—. Y has lastimado a mi gente.
Con un movimiento fluido de sus dedos, Satoru ni siquiera necesitó recurrir a sus técnicas más destructivas como el Púrpura. Un simple destello de "Azul" comprimió el espacio alrededor de la maldición. Los gritos de la criatura fueron silenciados al instante cuando su cuerpo fue aplastado por una presión gravitatoria inimaginable. En menos de diez segundos, no quedaba más que un rastro de ceniza y energía residual.
Shoko se quedó paralizada, con las manos aún sobre la herida del hechicero al que atendía. Se descubrió a sí misma mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que casi probó la sangre. Ver a Satoru matar con esa eficiencia mecánica, sin una pizca de la alegría sádica o la burla que solía mostrar, era la cosa más atractiva que había visto en su vida. Era poder puro. Era autoridad absoluta.
Satoru se volvió hacia ella. Su rostro estaba impasible, sus ojos azules como glaciares bajo la luz de la luna. Se acercó a donde ella estaba, sus pasos resonando en el concreto roto.
— ¿Están estabilizados? —preguntó, su voz todavía cargada de esa autoridad dominante.
— Sí —logró decir Shoko, sorprendida de que su voz no temblara—. Los enviaré al hospital de la academia en cuanto lleguen los transportes.
Satoru asintió secamente. No hubo un "buen trabajo, Shoko" ni una broma sobre lo cansada que se veía. Solo una mirada intensa que pareció desnudar su alma por un segundo.
— Mañana a primera hora quiero que prepares un informe detallado de las lesiones y me traigas vendas nuevas para el equipo médico de los estudiantes —dijo él, dando un paso más hacia su espacio personal—. No quiero más errores por falta de equipo o preparación. Asegúrate de que todo esté listo a las siete.
Normalmente, Shoko le habría respondido con un comentario sarcástico sobre cómo ella no era su secretaria o cómo él no mandaba en su departamento médico. Pero en ese momento, bajo la sombra de su figura imponente, con el aroma a ozono y energía maldita flotando en el aire, las palabras se le atascaron en la garganta.
Sintió una extraña y desconocida oleada de sumisión recorriendo su cuerpo. Era una sensación nueva, casi eléctrica. La forma en que él le daba órdenes, sin dudar, esperando obediencia absoluta, la hacía sentir pequeña, pero de una manera que le aceleraba el pulso de forma deliciosa.
— Entendido —respondió ella en un susurro, asintiendo casi instintivamente.
Satoru la observó un momento más, sus ojos escaneando su rostro. Por un breve instante, la comisura de sus labios pareció curvarse, no en una sonrisa, sino en una mueca de satisfacción al ver su reacción.
— Bien —concluyó él, dándose la vuelta para marcharse hacia los vehículos que llegaban en la distancia.
Shoko se quedó allí, de pie entre los escombros, respirando agitadamente. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el galope salvaje de su corazón. Miró su espalda, esa silueta alta y oscura que se alejaba con la elegancia de un monarca que acababa de reclamar su territorio.
— Maldita sea —susurró para sí misma, sacando finalmente un cigarrillo y encendiéndolo con manos ligeramente temblorosas—. Satoru Gojo... eres un peligro para mi salud mental.
Se dio cuenta, mientras exhalaba el humo hacia el cielo nocturno, de que nunca volvería a ver a su amigo de la misma manera. El idiota de pelo blanco seguía ahí, en alguna parte, pero el hombre que acababa de ver, el hechicero dominante y furioso, era algo mucho más embriagador. Y Shoko, a pesar de su habitual indiferencia hacia el mundo, se encontró deseando que Satoru se enojara un poco más a menudo.
Porque un Gojo Satoru serio no solo era el hombre más fuerte del mundo; era, sin duda alguna, lo más sexy que Shoko Ieiri había tenido el placer de presenciar en toda su vida. Y mientras caminaba hacia la ambulancia, solo podía pensar en una cosa: mañana a las siete, ella estaría allí con las vendas, esperando ver si ese fuego en los ojos azules de Satoru seguía encendido.
