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Love is GOAL

Fandom: Kaguya Sama/Blue Lock

Creado: 21/5/2026

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Reflejos de Azul y Metas de Cristal

La tenue luz de la pantalla de su computadora portátil era la única fuente de iluminación en la habitación de Ai Hayasaka. Eran pasadas las dos de la mañana, una hora en la que cualquier estudiante modelo de la Academia Shuchiin —o cualquier sirvienta eficiente de la familia Shinomiya— debería estar sumida en un sueño reparador. Sin embargo, los ojos azules de Ai estaban fijos, casi hipnotizados, en una repetición en cámara lenta del minuto 94 del partido entre Blue Lock y la Selección Sub-20 de Japón.

En la pantalla, un chico de cabello azul oscuro se movía entre el caos. Mientras el resto de los jugadores parecían reaccionar a la trayectoria del balón, él parecía estar escribiendo el guion de la realidad antes de que esta sucediera.

—Isagi Yoichi... —susurró Ai, apoyando la barbilla en la palma de su mano.

Había algo en su mirada que la perturbaba y la atraía al mismo tiempo. No era la mirada de un atleta común buscando la gloria del equipo; era la mirada de un depredador que acababa de encontrar la pieza que faltaba en un rompecabezas sangriento. Hayasaka, que había pasado años perfeccionando el arte de leer a las personas para manipular situaciones a favor de Kaguya, reconoció algo familiar en Isagi. Él también leía el entorno, diseccionaba las debilidades ajenas y las explotaba sin piedad. Pero, a diferencia de ella, que lo hacía por deber y bajo una máscara de sumisión, él lo hacía por un deseo puro y egoísta de ser el mejor.

—Qué envidia —murmuró, cerrando la tapa de la computadora con un suspiro.

Al día siguiente, la atmósfera en la Academia Shuchiin era inusualmente ruidosa. Los pasillos, normalmente regidos por el decoro y el silencio aristocrático, vibraban con discusiones sobre "el gol de la victoria" y "el despertar del fútbol japonés".

Ai caminaba por los pasillos manteniendo su fachada de "Haysaca", la estudiante a la moda y algo despreocupada. Llevaba su uniforme modificado, su coleta lateral y una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que engañaba a cualquiera.

—¡Es que no lo entiendes, Ishigami-kun! —La voz aguda de Chika Fujiwara resonó desde el interior de la sala del consejo estudiantil mientras Ai se acercaba.

—Lo entiendo perfectamente, Fujiwara-senpai —respondió la voz monótona de Yu Ishigami—. El sistema de Blue Lock es una apuesta de alto riesgo que deshumaniza a los jugadores para crear un monstruo. Es fascinante, pero logísticamente es una pesadilla ética.

—¡Pero Isagi-kun fue tan "pum" y luego "zas"! —insistió Chika, probablemente haciendo gestos exagerados con las manos—. ¡Y luego gritó esas cosas tan intensas! ¡Fue como ver un anime de deportes pero con gente real queriendo devorarse entre sí!

Ai entró en la sala justo cuando Kaguya Shinomiya observaba la escena con una mezcla de desconcierto y fatiga.

—Ah, Hayasaka-san —saludó Miyuki Shirogane, quien estaba sentado frente a una pila de papeles, aunque sus ojos también parecían cansados, posiblemente por haber investigado sobre el tema la noche anterior—. Veo que llegas justo a tiempo para la "fiebre del fútbol".

—Es difícil ignorarlo, Presidente —dijo Ai con un tono jovial, dejando unos documentos sobre la mesa—. En el salón de clases no se habla de otra cosa. Incluso las chicas que no saben qué es un fuera de juego están obsesionadas con ese tal Itoshi Rin o el chico rubio, Shidou.

—¿Y tú qué opinas, Hayasaka? —preguntó Kaguya, mirando a su asistente con una curiosidad genuina que ocultaba tras su máscara de frialdad—. Ayer me preguntaste por el programa. ¿Llegaste a ver algo?

Ai sintió un pequeño vuelco en el corazón, pero su rostro permaneció impasible.

—Vi un poco, Kaguya-sama. Me pareció... curioso. Especialmente el chico que marcó el último gol. Isagi Yoichi, creo que se llamaba.

—¿Isagi? —Ishigami levantó la vista de su consola—. Es el corazón de ese proyecto. No es el más fuerte, ni el más rápido, pero su capacidad para adaptarse es aterradora. Básicamente, se traga el talento de los demás para crecer. Es un tipo de genio que solo aparece cuando lo arrinconas.

—Un egoísta —añadió Shirogane, cruzando los brazos—. En este mundo, para llegar a la cima, a veces tienes que estar dispuesto a pisotear a los demás. Es una filosofía cruda, pero efectiva.

Kaguya asintió lentamente.

—Es una forma de vida que no comparto del todo, pero entiendo su utilidad. Aunque dudo mucho que alguien así encajara en un ambiente como Shuchiin. Aquí valoramos la armonía... o al menos la apariencia de ella.

Ai se mantuvo en silencio, pero por dentro discrepaba. Ella sabía mejor que nadie que Shuchiin era un nido de víboras envuelto en seda. Lo que le fascinaba de Isagi Yoichi no era su talento, sino su honestidad. Él no pretendía ser un caballero; él quería ganar, y lo decía a gritos.

—Bueno —dijo Ai, estirándose con fingida pereza—, dudo que alguna vez veamos a una "estrella" así por aquí. Estos atletas viven en un mundo totalmente distinto al nuestro.

Sin embargo, el destino tiene una forma graciosa de burlarse de las suposiciones de Ai Hayasaka.

Dos días después, debido a una serie de eventos promocionales organizados por la Asociación Japonesa de Fútbol para "acercar el nuevo fútbol a la élite del país", se anunció que varios representantes de Blue Lock visitarían las instituciones académicas más prestigiosas de Tokio para una serie de charlas y demostraciones. Shuchiin, por supuesto, encabezaba la lista.

Cuando Ai leyó el aviso en el tablero de anuncios, sintió una punzada de ansiedad que no pudo explicar.

—No puede ser —murmuró, ajustándose las gafas (parte de su disfraz de "Ai-chan", la estudiante seria que usaba a veces)—. Es estadísticamente improbable.

—¿Pasa algo, Hayasaka-san? —preguntó Miko Iino, caminando a su lado con su habitual rigidez.

—No, nada, Iino-san. Solo me sorprende que la escuela permita tal interrupción en el horario de clases —respondió Ai, recuperando el control al instante.

El día de la visita, el auditorio de Shuchiin estaba a reventar. La seguridad era máxima, lo cual no era inusual para la escuela de los hijos de la élite, pero hoy había una energía eléctrica en el aire.

Ai estaba situada en un lateral, cerca de Kaguya, cumpliendo su rol de asistente invisible. Sus ojos recorrieron el escenario hasta que se posaron en las figuras que entraban. Eran tres: el elegante y frío Itoshi Rin, el hiperactivo Bachira Meguru y, caminando en medio, Isagi Yoichi.

Isagi no vestía el uniforme de Shuchiin, sino el chándal oficial de la selección nacional. Se veía fuera de lugar entre tanto lujo y uniformes de miles de yenes, pero su postura no mostraba ni un ápice de intimidación. Al contrario, miraba a la audiencia con una curiosidad analítica, como si estuviera tratando de entender el "campo" en el que se encontraba.

—Bienvenidos —dijo el director de la academia, dando un discurso tedioso que nadie escuchaba realmente.

Cuando llegó el turno de que los jugadores hablaran, Bachira hizo algunas bromas que relajaron el ambiente, y Rin se limitó a decir que el fútbol era una batalla y que no esperaba que "niños ricos" lo entendieran. Pero cuando Isagi tomó el micrófono, el silencio se hizo absoluto.

—Muchos de ustedes nos ven como celebridades ahora —comenzó Isagi, su voz era tranquila pero firme—. Pero Blue Lock no se trata de fama. Se trata de sobrevivir. En ese campo, si no eres capaz de destruir la versión de ti mismo que ayer falló, estás muerto. No importa quién sea tu familia o cuánto dinero tengas. El balón no miente.

Ai sintió un escalofrío. Desde su posición, podía ver el brillo en los ojos de Isagi. Era el mismo brillo que había visto en la pantalla, pero multiplicado por mil al tenerlo en la misma habitación.

—Él es... muy directo —comentó Kaguya en un susurro a Ai—. Casi parece grosero, pero hay una verdad en sus palabras que es difícil de ignorar.

—Es un egoísta, Kaguya-sama —respondió Ai, sin apartar la vista del chico—. No tiene espacio para las sutilezas.

Después de la charla, se organizó un pequeño catering en los jardines para que los representantes del consejo estudiantil y algunos estudiantes destacados interactuaran con los invitados. Ai, bajo órdenes de Kaguya, tuvo que ayudar en la logística, lo que significaba que estaba moviéndose constantemente entre la multitud.

En un momento dado, se alejó del grupo principal para buscar unas botellas de agua adicionales en un área más tranquila del jardín. Fue allí donde lo vio.

Isagi Yoichi estaba solo, apoyado contra una fuente de piedra, mirando hacia el cielo con una expresión de cansancio. Sin la presión de las cámaras o del público, parecía un adolescente normal, aunque con una intensidad que se desbordaba por los poros.

Ai dudó. Su entrenamiento le decía que debía pasar de largo, cumplir su tarea y regresar con Kaguya. Pero la curiosidad, esa chispa que se había encendido la noche que vio el partido, fue más fuerte.

—Es un poco agobiante, ¿verdad? —dijo ella, acercándose con su personalidad de "Haysaca".

Isagi se sobresaltó ligeramente y bajó la mirada. Al verla, sus ojos se entrecerraron por un segundo, como si estuviera procesando una nueva pieza de información en un tablero.

—¿El lugar? —preguntó él, con una sonrisa pequeña y algo forzada—. Sí. Es demasiado... brillante. Todo parece estar cubierto de una capa de barniz para que no se vea lo que hay debajo.

Ai se rió internamente. Él lo había captado en diez minutos.

—Es la Academia Shuchiin. El barniz es nuestro producto principal —respondió ella, ofreciéndole una de las botellas de agua—. Soy Ai. Bueno, una de las muchas personas que ayudan a que este lugar funcione.

Isagi aceptó la botella, sus dedos rozaron los de ella por un breve instante. Ai notó que su mano era cálida y llena de callosidades, la mano de alguien que trabajaba duro.

—Gracias, Ai-san. Soy Isagi Yoichi.

—Lo sé. Todo el mundo sabe quién eres ahora. El héroe de Japón.

Isagi soltó una risa seca, mirando el agua en la botella.

—Héroe... No me siento como uno. Solo hice lo que tenía que hacer para no desaparecer. Si hubiera fallado ese tiro, ahora mismo nadie sabría mi nombre. Es un equilibrio muy delgado.

—Esa es una forma muy estresante de vivir —dijo Ai, recostándose junto a él, manteniendo una distancia prudente—. ¿No te cansas de estar siempre al límite?

Isagi la miró directamente a los ojos. Por un momento, Ai sintió que su máscara de "chica alegre" se resquebrajaba. Los ojos de Isagi no buscaban flirtear; buscaban la esencia de la persona con la que hablaba.

—A veces —admitió él—. Pero es el único momento en el que me siento realmente vivo. ¿Tú no tienes algo así? ¿Algo que te haga sentir que, si no lo logras, todo lo demás no tiene sentido?

La pregunta golpeó a Ai con una fuerza inesperada. Ella vivía para los demás. Sus metas eran las metas de Kaguya. Sus éxitos eran los éxitos de la familia Shinomiya. ¿Tenía ella un "ego"?

—Yo... —empezó a decir, pero se detuvo. No podía ser honesta, no con un extraño, no en este lugar—. Yo solo trato de que mi ama sea feliz. Ese es mi trabajo.

Isagi la observó un momento más, una chispa de comprensión —o quizás de lástima— cruzó sus ojos.

—Ya veo. Eres como un centrocampista que solo busca dar el pase perfecto —dijo él, volviendo a mirar la fuente—. Es noble. Pero incluso el mejor asistente necesita un momento en el que quiera marcar el gol por sí mismo. Si solo vives para los demás, llegará un día en que no sabrás quién eres cuando estés sola.

Ai se quedó sin palabras. Había pasado años ocultando su verdadera identidad de genios, políticos y espías, y este chico de diecisiete años, que solo pensaba en fútbol, acababa de poner el dedo en la llaga de su mayor crisis existencial.

—Eres muy pretencioso, ¿lo sabías? —dijo ella, tratando de recuperar su tono juguetón para ocultar su incomodidad.

—Me lo dicen mucho —respondió Isagi con una encogida de hombros, recuperando su aura amable—. Lo siento, a veces me pongo demasiado intenso con estas cosas. Es la costumbre de Blue Lock.

—¡Isagi! ¡Nos vamos! —gritó la voz de Bachira desde la distancia.

Isagi se enderezó y le dio un último vistazo a Ai.

—Fue un placer hablar contigo, Ai-san. Tienes una mirada interesante. Es como si estuvieras viendo tres jugadas por delante de todos los demás aquí.

Antes de que ella pudiera responder, él comenzó a caminar hacia sus compañeros. Pero tras dar unos pasos, se detuvo y la miró por encima del hombro.

—Si alguna vez te cansas de dar pases y decides que quieres el balón para ti misma... me gustaría ver qué tipo de "gol" marcarías.

Ai se quedó sola en el jardín, con el sonido del agua de la fuente como único acompañante. Se llevó una mano al pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón. No era el enamoramiento superficial que solía fingir para sus misiones. Era algo más profundo, una resonancia.

—Un egoísta, ¿eh? —susurró para sí misma, permitiendo que su verdadera expresión, cansada pero intrigada, apareciera en su rostro—. Isagi Yoichi... realmente eres una persona peligrosa.

Sacó su teléfono y borró el historial de búsquedas sobre Blue Lock que había acumulado en los últimos días. No necesitaba buscar más información en internet. Ahora tenía una imagen clara, una voz y una pregunta que probablemente no la dejaría dormir esa noche.

¿Qué tipo de gol marcaría ella si decidiera, por una vez, ser la protagonista de su propia vida?

—Hayasaka, ¿dónde estás? ¡Kaguya-sama te busca! —La voz de Chika rompió el hechizo.

Ai suspiró, recompuso su postura, ajustó su coleta y se puso la máscara de nuevo.

—¡Ya voy, Fujiwara-san! —gritó con una sonrisa radiante y falsa, corriendo hacia el edificio.

Pero mientras corría, por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en los planes de Kaguya o en las tareas del consejo. Estaba pensando en el color azul, en el olor a césped recién cortado y en la posibilidad de que, tal vez, solo tal vez, el egoísmo no fuera algo tan malo después de todo.

El partido de su vida acababa de empezar, y aunque Isagi Yoichi no lo sabía, acababa de despertar a una jugadora que Shuchiin no estaba preparada para manejar.
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