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Fandom: Sambucky
Creado: 21/5/2026
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RomanceRecortes de VidaDolor/ConsueloFluffHistoria DomésticaAmbientación CanonEstudio de Personaje
Donde las piezas encajan
El sonido del río, que hasta hace un momento parecía llenar el mundo con su murmullo constante, se desvaneció por completo. Ya no había agua golpeando contra los pilotes del muelle, ni pájaros cantando en los árboles cercanos, ni el eco lejano de algún motor en la carretera. Solo existía el roce de la piel, el calor sofocante de Louisiana que ahora parecía emanar directamente de ellos dos, y el latido desbocado de dos corazones que finalmente habían encontrado el mismo ritmo.
Sam no soltaba la nuca de Bucky. Sus dedos, todavía manchados de grasa y sudor, se enredaban en el cabello corto de la nuca de Bucky con una determinación que no dejaba lugar a dudas. Si el primer beso de Bucky había sido una pregunta desesperada, la respuesta de Sam era un manifiesto.
Bucky soltó un gruñido bajo, una mezcla de alivio y deseo contenido, mientras sus manos finalmente encontraban su lugar. Su mano de carne se hundió en la cintura de Sam, apretando la tela de su camiseta, mientras que su brazo de vibranium, siempre frío al tacto pero ahora cargado de una energía vibrante, rodeó la espalda de Sam para atraerlo más, si es que eso era posible.
Se separaron apenas unos milímetros, lo justo para buscar aire, pero ninguno se atrevió a romper el contacto visual. Los ojos de Sam estaban oscuros, encendidos por una chispa que Bucky nunca se había permitido nombrar.
—Bucky —susurró Sam. Su voz era apenas un hilo, pero tenía la fuerza de un huracán.
—No digas que fue un error —interrumpió Bucky, con esa terquedad que lo definía. Sus ojos azules buscaban en el rostro de Sam cualquier señal de arrepentimiento—. No me pidas que me disculpe.
Sam soltó una risa ronca, una que no llegó a sus labios porque sus ojos estaban demasiado ocupados devorando a Bucky.
—¿Crees que te besaría así si pensara que es un error? —Sam negó con la cabeza, su frente apoyada contra la de Bucky—. Eres un idiota, Barnes. Un idiota muy lento.
Antes de que Bucky pudiera responder con algún sarcasmo bien ensayado, Sam volvió a acortar la distancia. Esta vez no hubo duda. El beso fue más exploratorio, más profundo. La lengua de Sam delineó el labio inferior de Bucky, pidiendo permiso, y Bucky se lo dio con una urgencia que lo hizo tambalearse. Se apoyaron contra el costado del bote, el metal caliente traspasando sus ropas, pero a ninguno le importó.
Las manos de Bucky subieron por la espalda de Sam, trazando la línea de sus músculos, maravillándose de la solidez que siempre había admirado desde la distancia. Sam era real. Sam estaba aquí. Y, por alguna razón que Bucky todavía no terminaba de procesar, Sam lo quería de vuelta.
—Aquí no —jadeó Sam contra su cuello, su aliento enviando escalofríos por la columna de Bucky que no tenían nada que ver con el frío—. Sarah... los niños... pueden volver en cualquier momento.
Bucky asintió, aunque sus manos se negaban a soltarlo. Su dedo pulgar acarició la mandíbula de Sam, limpiando una pequeña mancha de aceite que se había transferido de sus propias manos.
—A la casa —propuso Bucky, su voz sonando mucho más grave de lo normal.
Sam lo miró, una sonrisa ladeada y un poco peligrosa asomando en sus labios.
—A tu habitación. La mía está demasiado cerca de la de Sarah y ella tiene oídos de halcón.
Caminaron hacia la casa con una prisa mal disimulada. No se dieron la mano, todavía manteniendo esa fachada de compañeros de trabajo por si alguien los veía desde lejos, pero la tensión entre ellos era tan espesa que se podría haber cortado con un cuchillo. Cada vez que sus hombros se rozaban "accidentalmente", una descarga eléctrica recorría a Bucky, recordándole que no estaba soñando.
Subieron las escaleras de madera, que crujían bajo el peso de sus pasos apresurados. Una vez dentro de la habitación de Bucky, el mundo volvió a cerrarse. Bucky apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta antes de que Sam lo empujara contra ella.
—Llevas meses volviéndome loco —dijo Sam, su voz llena de una honestidad brutal—. Con tus miradas de reojo, con la forma en que te quedas callado cuando crees que no te veo.
Bucky lo sujetó por los hombros, sus dedos hundiéndose en la piel firme de Sam.
—Tú no eres mejor, Wilson. Siempre tan perfecto, siempre sabiendo qué decir. ¿Sabes lo difícil que es intentar ser un hombre reformado cuando lo único que quiero es arrastrarte a una esquina?
Sam sonrió, una sonrisa de suficiencia que habría sido molesta si no fuera porque acto seguido se quitó la camiseta de un solo movimiento. La luz del sol que se filtraba por las cortinas bañó su torso, resaltando cada cicatriz, cada músculo ganado a base de esfuerzo y batallas. Bucky se quedó sin aliento. Había visto a Sam sin camisa muchas veces, pero nunca así. Nunca con la invitación implícita en sus ojos.
—Menos hablar, Barnes —dijo Sam, dando un paso hacia él—. Demuéstrame qué tan poco reformado estás.
Bucky no necesitó que se lo dijera dos veces. Se deshizo de su propia camisa, dejando al descubierto el frío metal de su brazo izquierdo contrastando con la calidez de su pecho. Cuando se acercaron de nuevo, el contacto de piel con piel fue casi abrumador. Bucky guio a Sam hacia la cama, cayendo sobre el colchón en una maraña de extremidades y respiraciones entrecortadas.
Todo era nuevo y, al mismo tiempo, extrañamente familiar. Bucky conocía el cuerpo de Sam por las batallas, sabía cómo se movía, cómo reaccionaba al peligro. Pero esto era diferente. Esto era descubrir la suavidad de su abdomen, la sensibilidad de su cuello, el sonido que hacía Sam cuando Bucky pasaba sus labios por la clavícula.
Las manos de Sam eran inquietas. Exploraban el brazo de metal de Bucky con la misma reverencia con la que acariciaban su piel de carne. No había rastro de miedo en él, solo una curiosidad insaciable y un afecto que desarmaba a Bucky por completo.
—Eres hermoso, ¿lo sabes? —murmuró Sam, sus dedos trazando las líneas donde el vibranium se unía al hombro de Bucky.
Bucky cerró los ojos, sintiendo que algo dentro de él se rompía y se reparaba al mismo tiempo.
—Nadie me ha dicho eso en mucho tiempo, Sam. Menos alguien que haya visto lo que este brazo puede hacer.
Sam se incorporó un poco, obligando a Bucky a mirarlo. Sus ojos marrones estaban llenos de una seriedad absoluta.
—Sé lo que has hecho, Bucky. Pero también sé quién eres ahora. Sé quién eres cuando juegas con mis sobrinos, sé quién eres cuando te esfuerzas por arreglar un bote que odias solo porque sabes que es importante para mí. Eso es lo que estoy viendo.
Bucky no supo qué responder, así que hizo lo único que su instinto le dictaba: lo besó. Fue un beso lento, cargado de una gratitud que no podía expresar con palabras. Se dejaron llevar por la marea de sus propios deseos, sus cuerpos moviéndose al unísono en una danza de descubrimiento. No había prisa. Tenían todo el tiempo del mundo, o al menos todo el tiempo hasta que Sarah regresara del mercado.
El calor de la tarde seguía subiendo, pero dentro de la habitación, el aire se sentía eléctrico. Cada caricia era una promesa, cada gemido sordo una confesión. Bucky se sentía más vivo de lo que se había sentido en décadas. No era solo el placer físico, aunque este fuera intenso y vibrante; era la sensación de ser visto, de ser aceptado por el hombre que se había convertido en su brújula en un mundo que ya no reconocía.
Sam, por su parte, se movía con una confianza que calmaba las inseguridades de Bucky. Lo guiaba, lo provocaba, y se entregaba con una generosidad que solo alguien con un corazón tan grande como el suyo podía ofrecer. Cuando finalmente alcanzaron el clímax, aferrados el uno al otro como si fueran lo único sólido en un universo en constante cambio, Bucky sintió que las últimas piezas de su propio rompecabezas finalmente encajaban.
Se quedaron tumbados durante un largo rato, el silencio solo interrumpido por sus respiraciones que poco a poco recuperaban la normalidad. El brazo de Sam rodeaba los hombros de Bucky, mientras que Bucky descansaba la cabeza en el pecho de Sam, escuchando el latido rítmico de su corazón.
—¿En qué piensas? —preguntó Sam después de un rato, su voz somnolienta.
Bucky trazó círculos invisibles en el abdomen de Sam.
—En que el motor del bote sigue sin funcionar.
Sam soltó una carcajada que hizo vibrar su pecho.
—Eres increíble. Acabamos de... de hacer esto, ¿y piensas en el motor?
Bucky se incorporó un poco, apoyando la barbilla en su mano. Una chispa de picardía volvió a sus ojos.
—Bueno, alguien tiene que ser el responsable aquí. Si no arreglamos ese bote, Sarah nos va a echar a patadas, y ahora mismo tengo muchas razones para querer quedarme.
Sam lo atrajo hacia abajo para darle un beso corto y dulce.
—Nos quedaremos. Arreglaremos el bote. Y luego... luego veremos qué sigue.
Bucky asintió, sintiendo una paz que le resultaba ajena pero bienvenida.
—Me gusta ese plan.
—Aunque sigo pensando que pusiste la pieza mal —añadió Sam con una sonrisa burlona.
Bucky rodó los ojos y se dejó caer de nuevo sobre la almohada, arrastrando a Sam con él.
—Cállate, Wilson.
—Oblígame.
Bucky no necesitó más invitación. Se giró sobre Sam, atrapando sus labios de nuevo, mientras el sol de Louisiana seguía dorando el mundo exterior, ajeno a que, en esa pequeña habitación, dos soldados finalmente habían dejado de luchar para empezar a construir algo nuevo.
La mañana había avanzado, el calor apretaba, y el trabajo en el muelle seguía esperando. Pero por primera vez en más de cien años, Bucky Barnes no tenía prisa por ir a ninguna parte. Estaba exactamente donde necesitaba estar. En casa.
Sam no soltaba la nuca de Bucky. Sus dedos, todavía manchados de grasa y sudor, se enredaban en el cabello corto de la nuca de Bucky con una determinación que no dejaba lugar a dudas. Si el primer beso de Bucky había sido una pregunta desesperada, la respuesta de Sam era un manifiesto.
Bucky soltó un gruñido bajo, una mezcla de alivio y deseo contenido, mientras sus manos finalmente encontraban su lugar. Su mano de carne se hundió en la cintura de Sam, apretando la tela de su camiseta, mientras que su brazo de vibranium, siempre frío al tacto pero ahora cargado de una energía vibrante, rodeó la espalda de Sam para atraerlo más, si es que eso era posible.
Se separaron apenas unos milímetros, lo justo para buscar aire, pero ninguno se atrevió a romper el contacto visual. Los ojos de Sam estaban oscuros, encendidos por una chispa que Bucky nunca se había permitido nombrar.
—Bucky —susurró Sam. Su voz era apenas un hilo, pero tenía la fuerza de un huracán.
—No digas que fue un error —interrumpió Bucky, con esa terquedad que lo definía. Sus ojos azules buscaban en el rostro de Sam cualquier señal de arrepentimiento—. No me pidas que me disculpe.
Sam soltó una risa ronca, una que no llegó a sus labios porque sus ojos estaban demasiado ocupados devorando a Bucky.
—¿Crees que te besaría así si pensara que es un error? —Sam negó con la cabeza, su frente apoyada contra la de Bucky—. Eres un idiota, Barnes. Un idiota muy lento.
Antes de que Bucky pudiera responder con algún sarcasmo bien ensayado, Sam volvió a acortar la distancia. Esta vez no hubo duda. El beso fue más exploratorio, más profundo. La lengua de Sam delineó el labio inferior de Bucky, pidiendo permiso, y Bucky se lo dio con una urgencia que lo hizo tambalearse. Se apoyaron contra el costado del bote, el metal caliente traspasando sus ropas, pero a ninguno le importó.
Las manos de Bucky subieron por la espalda de Sam, trazando la línea de sus músculos, maravillándose de la solidez que siempre había admirado desde la distancia. Sam era real. Sam estaba aquí. Y, por alguna razón que Bucky todavía no terminaba de procesar, Sam lo quería de vuelta.
—Aquí no —jadeó Sam contra su cuello, su aliento enviando escalofríos por la columna de Bucky que no tenían nada que ver con el frío—. Sarah... los niños... pueden volver en cualquier momento.
Bucky asintió, aunque sus manos se negaban a soltarlo. Su dedo pulgar acarició la mandíbula de Sam, limpiando una pequeña mancha de aceite que se había transferido de sus propias manos.
—A la casa —propuso Bucky, su voz sonando mucho más grave de lo normal.
Sam lo miró, una sonrisa ladeada y un poco peligrosa asomando en sus labios.
—A tu habitación. La mía está demasiado cerca de la de Sarah y ella tiene oídos de halcón.
Caminaron hacia la casa con una prisa mal disimulada. No se dieron la mano, todavía manteniendo esa fachada de compañeros de trabajo por si alguien los veía desde lejos, pero la tensión entre ellos era tan espesa que se podría haber cortado con un cuchillo. Cada vez que sus hombros se rozaban "accidentalmente", una descarga eléctrica recorría a Bucky, recordándole que no estaba soñando.
Subieron las escaleras de madera, que crujían bajo el peso de sus pasos apresurados. Una vez dentro de la habitación de Bucky, el mundo volvió a cerrarse. Bucky apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta antes de que Sam lo empujara contra ella.
—Llevas meses volviéndome loco —dijo Sam, su voz llena de una honestidad brutal—. Con tus miradas de reojo, con la forma en que te quedas callado cuando crees que no te veo.
Bucky lo sujetó por los hombros, sus dedos hundiéndose en la piel firme de Sam.
—Tú no eres mejor, Wilson. Siempre tan perfecto, siempre sabiendo qué decir. ¿Sabes lo difícil que es intentar ser un hombre reformado cuando lo único que quiero es arrastrarte a una esquina?
Sam sonrió, una sonrisa de suficiencia que habría sido molesta si no fuera porque acto seguido se quitó la camiseta de un solo movimiento. La luz del sol que se filtraba por las cortinas bañó su torso, resaltando cada cicatriz, cada músculo ganado a base de esfuerzo y batallas. Bucky se quedó sin aliento. Había visto a Sam sin camisa muchas veces, pero nunca así. Nunca con la invitación implícita en sus ojos.
—Menos hablar, Barnes —dijo Sam, dando un paso hacia él—. Demuéstrame qué tan poco reformado estás.
Bucky no necesitó que se lo dijera dos veces. Se deshizo de su propia camisa, dejando al descubierto el frío metal de su brazo izquierdo contrastando con la calidez de su pecho. Cuando se acercaron de nuevo, el contacto de piel con piel fue casi abrumador. Bucky guio a Sam hacia la cama, cayendo sobre el colchón en una maraña de extremidades y respiraciones entrecortadas.
Todo era nuevo y, al mismo tiempo, extrañamente familiar. Bucky conocía el cuerpo de Sam por las batallas, sabía cómo se movía, cómo reaccionaba al peligro. Pero esto era diferente. Esto era descubrir la suavidad de su abdomen, la sensibilidad de su cuello, el sonido que hacía Sam cuando Bucky pasaba sus labios por la clavícula.
Las manos de Sam eran inquietas. Exploraban el brazo de metal de Bucky con la misma reverencia con la que acariciaban su piel de carne. No había rastro de miedo en él, solo una curiosidad insaciable y un afecto que desarmaba a Bucky por completo.
—Eres hermoso, ¿lo sabes? —murmuró Sam, sus dedos trazando las líneas donde el vibranium se unía al hombro de Bucky.
Bucky cerró los ojos, sintiendo que algo dentro de él se rompía y se reparaba al mismo tiempo.
—Nadie me ha dicho eso en mucho tiempo, Sam. Menos alguien que haya visto lo que este brazo puede hacer.
Sam se incorporó un poco, obligando a Bucky a mirarlo. Sus ojos marrones estaban llenos de una seriedad absoluta.
—Sé lo que has hecho, Bucky. Pero también sé quién eres ahora. Sé quién eres cuando juegas con mis sobrinos, sé quién eres cuando te esfuerzas por arreglar un bote que odias solo porque sabes que es importante para mí. Eso es lo que estoy viendo.
Bucky no supo qué responder, así que hizo lo único que su instinto le dictaba: lo besó. Fue un beso lento, cargado de una gratitud que no podía expresar con palabras. Se dejaron llevar por la marea de sus propios deseos, sus cuerpos moviéndose al unísono en una danza de descubrimiento. No había prisa. Tenían todo el tiempo del mundo, o al menos todo el tiempo hasta que Sarah regresara del mercado.
El calor de la tarde seguía subiendo, pero dentro de la habitación, el aire se sentía eléctrico. Cada caricia era una promesa, cada gemido sordo una confesión. Bucky se sentía más vivo de lo que se había sentido en décadas. No era solo el placer físico, aunque este fuera intenso y vibrante; era la sensación de ser visto, de ser aceptado por el hombre que se había convertido en su brújula en un mundo que ya no reconocía.
Sam, por su parte, se movía con una confianza que calmaba las inseguridades de Bucky. Lo guiaba, lo provocaba, y se entregaba con una generosidad que solo alguien con un corazón tan grande como el suyo podía ofrecer. Cuando finalmente alcanzaron el clímax, aferrados el uno al otro como si fueran lo único sólido en un universo en constante cambio, Bucky sintió que las últimas piezas de su propio rompecabezas finalmente encajaban.
Se quedaron tumbados durante un largo rato, el silencio solo interrumpido por sus respiraciones que poco a poco recuperaban la normalidad. El brazo de Sam rodeaba los hombros de Bucky, mientras que Bucky descansaba la cabeza en el pecho de Sam, escuchando el latido rítmico de su corazón.
—¿En qué piensas? —preguntó Sam después de un rato, su voz somnolienta.
Bucky trazó círculos invisibles en el abdomen de Sam.
—En que el motor del bote sigue sin funcionar.
Sam soltó una carcajada que hizo vibrar su pecho.
—Eres increíble. Acabamos de... de hacer esto, ¿y piensas en el motor?
Bucky se incorporó un poco, apoyando la barbilla en su mano. Una chispa de picardía volvió a sus ojos.
—Bueno, alguien tiene que ser el responsable aquí. Si no arreglamos ese bote, Sarah nos va a echar a patadas, y ahora mismo tengo muchas razones para querer quedarme.
Sam lo atrajo hacia abajo para darle un beso corto y dulce.
—Nos quedaremos. Arreglaremos el bote. Y luego... luego veremos qué sigue.
Bucky asintió, sintiendo una paz que le resultaba ajena pero bienvenida.
—Me gusta ese plan.
—Aunque sigo pensando que pusiste la pieza mal —añadió Sam con una sonrisa burlona.
Bucky rodó los ojos y se dejó caer de nuevo sobre la almohada, arrastrando a Sam con él.
—Cállate, Wilson.
—Oblígame.
Bucky no necesitó más invitación. Se giró sobre Sam, atrapando sus labios de nuevo, mientras el sol de Louisiana seguía dorando el mundo exterior, ajeno a que, en esa pequeña habitación, dos soldados finalmente habían dejado de luchar para empezar a construir algo nuevo.
La mañana había avanzado, el calor apretaba, y el trabajo en el muelle seguía esperando. Pero por primera vez en más de cien años, Bucky Barnes no tenía prisa por ir a ninguna parte. Estaba exactamente donde necesitaba estar. En casa.
