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Fandom: Ever after high
Creado: 22/5/2026
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RomanceFluffDolor/ConsueloHistoria DomésticaFantasíaAmbientación CanonEstudio de PersonajeCelosDramaDivergenciaRecontar
Reflejos de rubí y escarcha
El invierno épico había terminado, pero el frío parecía haberse instalado permanentemente en el pecho de Apple White. No era el frío de la nieve de Crystal Winter, sino una confusión gélida que la hacía despertar a mitad de la noche, tocándose los labios con las yemas de los dedos. El destino era algo sagrado, inamovible, o al menos eso era lo que ella siempre había predicado. Pero ahora, los cimientos de su mundo perfecto se desmoronaban. Daring no era su príncipe; su destino estaba entrelazado con el de Rosabella Beauty. Y lo más inquietante: no fue el beso de un príncipe el que la despertó de su sueño maldito, sino el de Darling Charming.
Apple caminaba por los pasillos de Ever After High con su habitual elegancia, pero sus ojos azules buscaban frenéticamente una cabellera platino entre la multitud. Necesitaba respuestas. Necesitaba entender por qué, cada vez que veía a Darling, su corazón martilleaba contra sus costillas de una forma que Daring jamás había logrado provocar.
—¡Apple! ¡Espera! —Briar Beauty apareció a su lado, deteniéndola frente a la fuente del patio—. Vas tan rápido que parece que vas a salir volando. ¿Estás bien?
—Estoy... confundida, Briar —admitió Apple, bajando la voz mientras apretaba los libros contra su pecho—. Darling me está evitando. Cada vez que entro en una habitación, ella sale por la otra puerta. Si intento hablarle en clase de Heroología, de repente se desmaya o finge que tiene que limpiar su armadura. ¡Es exasperante!
—Bueno, dale un poco de crédito —rio Briar, aunque con un toque de preocupación—. Ella también está pasando por mucho. Ser el "Caballero Blanco" en secreto y haber besado a la futura Reina Blanca para salvarle la vida no es algo que se asimile en un fin de semana. Además, sabes cómo es Darling con el espacio personal.
Apple frunció los labios. Recordaba perfectamente cómo Darling se tensaba cada vez que algún pretendiente intentaba acercarse demasiado a ella. La menor de los Charming siempre había sido arisca con el contacto físico ajeno, protegiendo su espacio como si fuera una fortaleza. Sin embargo, Apple recordaba el calor de sus labios, la suavidad de su aliento...
—No es solo el beso, Briar. Es que... me molesta que me evite. Me altera —confesó Apple, sintiendo una punzada de algo que se parecía peligrosamente a los celos cuando vio, a lo lejos, a Darling riendo con Chase Redford.
—¿Te altera o te pone celosa? —preguntó Briar con una sonrisa pícara.
Apple no respondió. Se dio la vuelta y caminó decidida hacia donde Darling intentaba esconderse detrás de una columna, al notar que la rubia se acercaba.
Darling Charming, por su parte, sentía que su armadura era de papel. Ver a Apple White caminar hacia ella con ese vestido rojo y esa determinación en la mirada era más aterrador que enfrentarse a diez dragones. Darling siempre había sido la más paciente de sus hermanos, la que observaba desde las sombras, pero con Apple, toda su compostura desaparecía. Se sentía como un cachorro asustado, torpe y confundido.
—¡Darling Charming! —exclamó Apple, plantándose frente a ella.
—¡Ah! ¡Apple! Yo... ¡qué sorpresa! Justo iba a... a la biblioteca a estudiar sobre... ¿escudos del siglo doce? —Darling empezó a retroceder, tropezando con sus propios pies. Sus mejillas estaban encendidas.
—La biblioteca está en la dirección opuesta —dijo Apple, cruzándose de brazos—. ¿Por qué huyes de mí?
—No huyo. Yo no huyo. Los Charming no huimos. Es una retirada táctica —balbuceó Darling, rascándose la nuca con nerviosismo. Se veía tan adorablemente perdida que Apple sintió que su enfado se derretía, reemplazado por una ternura abrumadora.
—Tenemos que hablar sobre lo que pasó. Sobre el beso. Sobre por qué funcionó —insistió Apple, dando un paso hacia el espacio personal de Darling.
Darling se tensó visiblemente. Sus ojos vagaron por el patio, buscando una salida.
—Fue... fue el aire. O la magia del invierno. O tal vez comiste algo que te dio alergia y mi saliva tenía el antídoto —dijo Darling, soltando la primera tontería que se le ocurrió.
—¡Darling, eso no tiene sentido! —Apple dio otro paso. Estaba tan cerca que podía oler el aroma a metal limpio y flores silvestres que siempre desprendía la otra chica.
—¡Me desmayo! —anunció Darling de repente, cerrando los ojos con fuerza y dejándose caer hacia atrás.
Apple, que ya conocía sus trucos, la atrapó antes de que tocara el suelo. Darling era mucho más alta y pesada por la armadura oculta bajo su ropa, pero Apple la sostuvo con una fuerza que ni ella misma sabía que tenía.
—No te has desmayado, Darling. Abre los ojos.
Darling abrió un ojo, luego el otro, y se encontró a milímetros del rostro de Apple. La cercanía era embriagadora. Apple no se alejó; al contrario, acunó el rostro de Darling con una mano.
—No me evites más —susurró Apple—. Por favor.
Esa noche, el silencio de la habitación de Apple se sentía pesado. Raven estaba fuera en una reunión del consejo estudiantil, y Apple había invitado a Darling con la excusa de "estudiar el destino". Pero en cuanto la puerta se cerró, el aire cambió.
Darling estaba sentada en el borde de la cama de Apple, moviendo las manos con inquietud. Apple se sentó a su lado, mucho más decidida. La crisis de identidad de Apple se había transformado en una necesidad física de cercanía. Si el destino decía que Darling era quien debía despertarla, Apple iba a seguir ese hilo hasta el final.
—Apple, yo... no sé cómo ser un príncipe —susurró Darling, mirando al suelo—. No sé si puedo darte el "felices para siempre" que esperas.
—No quiero un príncipe, Darling —dijo Apple, sorprendiéndose a sí misma—. Quiero a la persona que me salvó porque le importaba, no porque fuera su obligación.
Apple se inclinó y, esta vez, fue ella quien inició el beso. Fue suave al principio, una pregunta silenciosa, pero Darling respondió con una urgencia contenida durante meses. Darling, que siempre evitaba que la tocaran, se aferró a la cintura de Apple como si fuera su único ancla en una tormenta.
—¿Estás segura? —preguntó Darling entre jadeos, separándose apenas unos centímetros. Sus ojos platino brillaban con una mezcla de deseo y puro terror.
—Nunca he estado más segura de nada —respondió Apple, deshaciendo los lazos del corpiño de su vestido.
El encuentro fue una danza de descubrimientos. Darling era increíblemente paciente, dejando que Apple marcara el ritmo, temerosa de invadir o lastimar. Pero a medida que la pasión crecía, la timidez de Darling se transformó en una devoción física casi religiosa. Sus manos, acostumbradas a la espada, trataban la piel de Apple como si fuera el cristal más fino.
—Apple... —susurró Darling cuando los labios de la rubia se hundieron en la curva de su cuello.
Apple quería marcarla. Quería que todo el mundo supiera, aunque fuera en secreto, que el Caballero Blanco le pertenecía. Con una mezcla de cariño y posesividad, Apple dejó pequeñas marcas violáceas en la clavícula de Darling, chupetones que Darling intentó ocultar con un gemido ahogado.
—Ahora no podrás decir que fue la magia del invierno —susurró Apple contra su piel.
Darling, en un arrebato de ternura torpe, escondió el rostro en el hombro de Apple, frotando su nariz contra ella como un cachorro buscando afecto.
—Eres tan cálida —murmuró Darling, rodeándola con sus brazos largos y fuertes—. Me haces sentir que no tengo que ser perfecta.
Después, cuando el silencio volvió a reinar y solo quedaba el sonido de sus respiraciones acompasadas, Apple se quedó dormida abrazada al pecho de Darling. Darling, sin embargo, no podía dejar de mirar a la chica en sus brazos. Se sentía abrumada, feliz y terriblemente nerviosa por el día siguiente.
A la mañana siguiente, Darling se despertó antes que Apple. El pánico residual de "qué pasará ahora" la invadió. Se vistió a toda prisa, pero al ver una de las camisetas de dormir de Apple —una de seda roja con bordados dorados— tirada en el suelo, no pudo evitarlo. La recogió y la olió; olía a manzanas y a Apple. Con un movimiento rápido y algo culpable, la dobló y la escondió dentro de su bota de montar. Era su tesoro, un pedazo de esa realidad que temía que se desvaneciera con la luz del sol.
Cuando Apple se despertó, Darling ya estaba en la puerta, lista para salir.
—¿Te vas? —preguntó Apple, con la voz ronca por el sueño y el cabello revuelto.
—Tengo... entrenamiento —mintió Darling, poniéndose roja como un tomate—. De caballeros. Cosas de... golpear sacos.
—Darling —Apple sonrió, estirando los brazos—. Ven aquí.
Darling regresó a la cama, tropezando con una alfombra en el camino, y se dejó caer sobre Apple, que la recibió con un beso tierno en la frente.
—No tienes que estar nerviosa conmigo —dijo Apple—. Somos nosotras.
—Lo sé —susurró Darling, acomodándose un momento más en el regazo de Apple—. Es solo que... todavía no me creo que seas real.
—Soy muy real. Y esas marcas en tu cuello también lo son.
Darling se llevó la mano a la clavícula, horrorizada y maravillada a la vez.
—¡Apple! ¡La profesora de Damiselas en Apuros lo va a ver!
—Ponte una bufanda, "príncipe" mío —rio Apple, empujándola suavemente hacia la puerta—. Nos vemos en el almuerzo. Y ni se te ocurra desmayarte si me siento a tu lado.
Darling salió del cuarto con el corazón saltando en su pecho y una camiseta de seda escondida en su bota. Por primera vez en su vida, no le importaba que el destino estuviera escrito en un libro. Ella estaba escribiendo su propio capítulo, y por fin, tenía un color rojo manzana.
En el comedor, la tensión era palpable. Apple se sentó en la mesa de los Charming, justo al lado de Darling, ignorando las miradas de sorpresa de Daring y Dexter.
—Hola, Darling —dijo Apple con una sonrisa radiante, colocando una mano sobre la de ella.
Darling se puso tan rígida que parecía una estatua de mármol. Miró su plato de avena como si fuera lo más interesante del mundo.
—Hola, Apple —respondió con voz quebrada.
—¿Te pasa algo en el cuello, Darling? —preguntó Daring, frunciendo el ceño—. Llevas esa bufanda de lana y hace calor aquí dentro.
Darling entró en pánico. Miró a Apple, pidiendo ayuda en silencio con los ojos muy abiertos.
—Es... es una nueva tendencia —intervino Apple con total naturalidad, mientras le daba un apretón cariñoso a la mano de Darling por debajo de la mesa—. Se llama "estilo invernal persistente". Yo misma estoy pensando en usar una mañana.
Darling soltó un suspiro de alivio tan largo que casi apaga las velas de la mesa. Se inclinó un poco hacia Apple, buscando su calor de forma casi inconsciente, como un girasol buscando el sol.
—Gracias —susurró Darling.
—Siempre —respondió Apple, mirándola con una adoración que ya no intentaba ocultar.
El camino sería difícil, las crisis de Apple sobre el destino volverían y Darling tendría que aprender a dejar de huir de sus propios sentimientos, pero mientras se apoyaran la una en la otra, y mientras Darling tuviera esa camiseta roja como amuleto, el "felices para siempre" no parecía un cuento de hadas lejano, sino una realidad que estaban construyendo beso a beso.
Apple caminaba por los pasillos de Ever After High con su habitual elegancia, pero sus ojos azules buscaban frenéticamente una cabellera platino entre la multitud. Necesitaba respuestas. Necesitaba entender por qué, cada vez que veía a Darling, su corazón martilleaba contra sus costillas de una forma que Daring jamás había logrado provocar.
—¡Apple! ¡Espera! —Briar Beauty apareció a su lado, deteniéndola frente a la fuente del patio—. Vas tan rápido que parece que vas a salir volando. ¿Estás bien?
—Estoy... confundida, Briar —admitió Apple, bajando la voz mientras apretaba los libros contra su pecho—. Darling me está evitando. Cada vez que entro en una habitación, ella sale por la otra puerta. Si intento hablarle en clase de Heroología, de repente se desmaya o finge que tiene que limpiar su armadura. ¡Es exasperante!
—Bueno, dale un poco de crédito —rio Briar, aunque con un toque de preocupación—. Ella también está pasando por mucho. Ser el "Caballero Blanco" en secreto y haber besado a la futura Reina Blanca para salvarle la vida no es algo que se asimile en un fin de semana. Además, sabes cómo es Darling con el espacio personal.
Apple frunció los labios. Recordaba perfectamente cómo Darling se tensaba cada vez que algún pretendiente intentaba acercarse demasiado a ella. La menor de los Charming siempre había sido arisca con el contacto físico ajeno, protegiendo su espacio como si fuera una fortaleza. Sin embargo, Apple recordaba el calor de sus labios, la suavidad de su aliento...
—No es solo el beso, Briar. Es que... me molesta que me evite. Me altera —confesó Apple, sintiendo una punzada de algo que se parecía peligrosamente a los celos cuando vio, a lo lejos, a Darling riendo con Chase Redford.
—¿Te altera o te pone celosa? —preguntó Briar con una sonrisa pícara.
Apple no respondió. Se dio la vuelta y caminó decidida hacia donde Darling intentaba esconderse detrás de una columna, al notar que la rubia se acercaba.
Darling Charming, por su parte, sentía que su armadura era de papel. Ver a Apple White caminar hacia ella con ese vestido rojo y esa determinación en la mirada era más aterrador que enfrentarse a diez dragones. Darling siempre había sido la más paciente de sus hermanos, la que observaba desde las sombras, pero con Apple, toda su compostura desaparecía. Se sentía como un cachorro asustado, torpe y confundido.
—¡Darling Charming! —exclamó Apple, plantándose frente a ella.
—¡Ah! ¡Apple! Yo... ¡qué sorpresa! Justo iba a... a la biblioteca a estudiar sobre... ¿escudos del siglo doce? —Darling empezó a retroceder, tropezando con sus propios pies. Sus mejillas estaban encendidas.
—La biblioteca está en la dirección opuesta —dijo Apple, cruzándose de brazos—. ¿Por qué huyes de mí?
—No huyo. Yo no huyo. Los Charming no huimos. Es una retirada táctica —balbuceó Darling, rascándose la nuca con nerviosismo. Se veía tan adorablemente perdida que Apple sintió que su enfado se derretía, reemplazado por una ternura abrumadora.
—Tenemos que hablar sobre lo que pasó. Sobre el beso. Sobre por qué funcionó —insistió Apple, dando un paso hacia el espacio personal de Darling.
Darling se tensó visiblemente. Sus ojos vagaron por el patio, buscando una salida.
—Fue... fue el aire. O la magia del invierno. O tal vez comiste algo que te dio alergia y mi saliva tenía el antídoto —dijo Darling, soltando la primera tontería que se le ocurrió.
—¡Darling, eso no tiene sentido! —Apple dio otro paso. Estaba tan cerca que podía oler el aroma a metal limpio y flores silvestres que siempre desprendía la otra chica.
—¡Me desmayo! —anunció Darling de repente, cerrando los ojos con fuerza y dejándose caer hacia atrás.
Apple, que ya conocía sus trucos, la atrapó antes de que tocara el suelo. Darling era mucho más alta y pesada por la armadura oculta bajo su ropa, pero Apple la sostuvo con una fuerza que ni ella misma sabía que tenía.
—No te has desmayado, Darling. Abre los ojos.
Darling abrió un ojo, luego el otro, y se encontró a milímetros del rostro de Apple. La cercanía era embriagadora. Apple no se alejó; al contrario, acunó el rostro de Darling con una mano.
—No me evites más —susurró Apple—. Por favor.
Esa noche, el silencio de la habitación de Apple se sentía pesado. Raven estaba fuera en una reunión del consejo estudiantil, y Apple había invitado a Darling con la excusa de "estudiar el destino". Pero en cuanto la puerta se cerró, el aire cambió.
Darling estaba sentada en el borde de la cama de Apple, moviendo las manos con inquietud. Apple se sentó a su lado, mucho más decidida. La crisis de identidad de Apple se había transformado en una necesidad física de cercanía. Si el destino decía que Darling era quien debía despertarla, Apple iba a seguir ese hilo hasta el final.
—Apple, yo... no sé cómo ser un príncipe —susurró Darling, mirando al suelo—. No sé si puedo darte el "felices para siempre" que esperas.
—No quiero un príncipe, Darling —dijo Apple, sorprendiéndose a sí misma—. Quiero a la persona que me salvó porque le importaba, no porque fuera su obligación.
Apple se inclinó y, esta vez, fue ella quien inició el beso. Fue suave al principio, una pregunta silenciosa, pero Darling respondió con una urgencia contenida durante meses. Darling, que siempre evitaba que la tocaran, se aferró a la cintura de Apple como si fuera su único ancla en una tormenta.
—¿Estás segura? —preguntó Darling entre jadeos, separándose apenas unos centímetros. Sus ojos platino brillaban con una mezcla de deseo y puro terror.
—Nunca he estado más segura de nada —respondió Apple, deshaciendo los lazos del corpiño de su vestido.
El encuentro fue una danza de descubrimientos. Darling era increíblemente paciente, dejando que Apple marcara el ritmo, temerosa de invadir o lastimar. Pero a medida que la pasión crecía, la timidez de Darling se transformó en una devoción física casi religiosa. Sus manos, acostumbradas a la espada, trataban la piel de Apple como si fuera el cristal más fino.
—Apple... —susurró Darling cuando los labios de la rubia se hundieron en la curva de su cuello.
Apple quería marcarla. Quería que todo el mundo supiera, aunque fuera en secreto, que el Caballero Blanco le pertenecía. Con una mezcla de cariño y posesividad, Apple dejó pequeñas marcas violáceas en la clavícula de Darling, chupetones que Darling intentó ocultar con un gemido ahogado.
—Ahora no podrás decir que fue la magia del invierno —susurró Apple contra su piel.
Darling, en un arrebato de ternura torpe, escondió el rostro en el hombro de Apple, frotando su nariz contra ella como un cachorro buscando afecto.
—Eres tan cálida —murmuró Darling, rodeándola con sus brazos largos y fuertes—. Me haces sentir que no tengo que ser perfecta.
Después, cuando el silencio volvió a reinar y solo quedaba el sonido de sus respiraciones acompasadas, Apple se quedó dormida abrazada al pecho de Darling. Darling, sin embargo, no podía dejar de mirar a la chica en sus brazos. Se sentía abrumada, feliz y terriblemente nerviosa por el día siguiente.
A la mañana siguiente, Darling se despertó antes que Apple. El pánico residual de "qué pasará ahora" la invadió. Se vistió a toda prisa, pero al ver una de las camisetas de dormir de Apple —una de seda roja con bordados dorados— tirada en el suelo, no pudo evitarlo. La recogió y la olió; olía a manzanas y a Apple. Con un movimiento rápido y algo culpable, la dobló y la escondió dentro de su bota de montar. Era su tesoro, un pedazo de esa realidad que temía que se desvaneciera con la luz del sol.
Cuando Apple se despertó, Darling ya estaba en la puerta, lista para salir.
—¿Te vas? —preguntó Apple, con la voz ronca por el sueño y el cabello revuelto.
—Tengo... entrenamiento —mintió Darling, poniéndose roja como un tomate—. De caballeros. Cosas de... golpear sacos.
—Darling —Apple sonrió, estirando los brazos—. Ven aquí.
Darling regresó a la cama, tropezando con una alfombra en el camino, y se dejó caer sobre Apple, que la recibió con un beso tierno en la frente.
—No tienes que estar nerviosa conmigo —dijo Apple—. Somos nosotras.
—Lo sé —susurró Darling, acomodándose un momento más en el regazo de Apple—. Es solo que... todavía no me creo que seas real.
—Soy muy real. Y esas marcas en tu cuello también lo son.
Darling se llevó la mano a la clavícula, horrorizada y maravillada a la vez.
—¡Apple! ¡La profesora de Damiselas en Apuros lo va a ver!
—Ponte una bufanda, "príncipe" mío —rio Apple, empujándola suavemente hacia la puerta—. Nos vemos en el almuerzo. Y ni se te ocurra desmayarte si me siento a tu lado.
Darling salió del cuarto con el corazón saltando en su pecho y una camiseta de seda escondida en su bota. Por primera vez en su vida, no le importaba que el destino estuviera escrito en un libro. Ella estaba escribiendo su propio capítulo, y por fin, tenía un color rojo manzana.
En el comedor, la tensión era palpable. Apple se sentó en la mesa de los Charming, justo al lado de Darling, ignorando las miradas de sorpresa de Daring y Dexter.
—Hola, Darling —dijo Apple con una sonrisa radiante, colocando una mano sobre la de ella.
Darling se puso tan rígida que parecía una estatua de mármol. Miró su plato de avena como si fuera lo más interesante del mundo.
—Hola, Apple —respondió con voz quebrada.
—¿Te pasa algo en el cuello, Darling? —preguntó Daring, frunciendo el ceño—. Llevas esa bufanda de lana y hace calor aquí dentro.
Darling entró en pánico. Miró a Apple, pidiendo ayuda en silencio con los ojos muy abiertos.
—Es... es una nueva tendencia —intervino Apple con total naturalidad, mientras le daba un apretón cariñoso a la mano de Darling por debajo de la mesa—. Se llama "estilo invernal persistente". Yo misma estoy pensando en usar una mañana.
Darling soltó un suspiro de alivio tan largo que casi apaga las velas de la mesa. Se inclinó un poco hacia Apple, buscando su calor de forma casi inconsciente, como un girasol buscando el sol.
—Gracias —susurró Darling.
—Siempre —respondió Apple, mirándola con una adoración que ya no intentaba ocultar.
El camino sería difícil, las crisis de Apple sobre el destino volverían y Darling tendría que aprender a dejar de huir de sus propios sentimientos, pero mientras se apoyaran la una en la otra, y mientras Darling tuviera esa camiseta roja como amuleto, el "felices para siempre" no parecía un cuento de hadas lejano, sino una realidad que estaban construyendo beso a beso.
