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Los roomates
Fandom: Genshin impact
Creado: 22/5/2026
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RomanceRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaEstudio de PersonajeCelosAmbientación Canon
El teorema de la proximidad indeseada
El silencio en la casa de Alhaitham no era un vacío, sino una estructura sólida y bien construida, muy parecida a la arquitectura que su compañero de cuarto tanto veneraba. Para el Escriba de la Academia, el silencio era el estado natural de las cosas, el lienzo sobre el cual su mente podía diseccionar tratados de filología o lógica sin interferencias. Sin embargo, esa tarde, el silencio se sentía extrañamente pesado, como si el aire mismo estuviera saturado de una expectativa que Alhaitham se negaba a nombrar.
Sentado en su diván favorito, con un libro sobre la evolución de las lenguas rúnicas descansando sobre sus muslos, Alhaitham no había avanzado ni una sola página en los últimos veinte minutos. Sus ojos turquesas estaban fijos en el papel, pero su mente estaba a varios kilómetros de distancia, específicamente en el Gran Bazar, donde Kaveh había mencionado que tendría una reunión con un cliente potencial.
Alhaitham cerró el libro con un golpe seco. El sonido resonó en las paredes de la estancia, decorada con la sobriedad que él prefería, aunque interrumpida aquí y allá por los bocetos enrollados y las herramientas de dibujo que Kaveh insistía en dejar por todas partes. Hacía tiempo que Alhaitham había dejado de exigirle el alquiler con la rigurosidad de un contrato oficial. No era por falta de pragmatismo; simplemente, había calculado que el estrés de Kaveh por las deudas afectaba la calidad de su convivencia. O al menos, esa era la excusa lógica que se repetía a sí mismo para justificar su inusual benevolencia.
La verdad, oculta tras capas de racionalismo y una expresión imperturbable, era mucho más compleja. Alhaitham recordaba sus días en la Academia, cuando ambos eran solo estudiantes destacados. Kaveh siempre había sido el sol: brillante, cálido, ruidoso y propenso a quemarse a sí mismo por iluminar a los demás. Alhaitham, por el contrario, era la sombra: fría, constante y necesaria para dar perspectiva. Desde entonces, una atracción silenciosa, nacida de la fricción de sus intelectos opuestos, se había instalado en sus huesos.
Esa mañana, mientras caminaba por los pasillos de la Academia, Alhaitham había escuchado a un grupo de estudiantes de la Facultad de Haravatat murmurar con entusiasmo.
—¿Viste al arquitecto Kaveh hoy en la entrada? —había dicho uno de ellos—. Es increíble que alguien pueda ser tan talentoso y verse así. Es... como una obra de arte viviente.
—Dicen que su sonrisa puede convencer a cualquiera de financiar el proyecto más absurdo —respondió otro con un suspiro.
Alhaitham no se había detenido, pero sus dedos se habían cerrado con más fuerza alrededor de su libro. Los celos eran una emoción ilógica, una pérdida de energía mental, y aun así, habían brotado en su pecho como una maleza difícil de arrancar. La idea de que otros admiraran la belleza de Kaveh —una belleza que él veía a diario en la vulnerabilidad del despertar o en la concentración absoluta frente a un plano— le resultaba profundamente irritante.
El sonido de la cerradura girando interrumpió sus pensamientos. Alhaitham se recolocó los auriculares dorados, aunque no activó la función de cancelación de ruido. Quería oírlo.
Kaveh entró tropezando ligeramente, cargando a Mehrak en una mano y una bolsa de papel que emanaba un aroma a especias y pan recién horneado en la otra. Su cabello rubio estaba algo alborotado y la pluma de pavo real en su oreja se balanceaba con cada movimiento.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —preguntó Kaveh, entornando los ojos mientras se acostumbraba a la luz tenue del salón—. Oh, Alhaitham. Estás aquí. Pensé que te habrías quedado tarde en la biblioteca revisando esos informes aburridos.
Alhaitham levantó la vista, manteniendo su rostro como una máscara de indiferencia. Sin embargo, sus ojos recorrieron a Kaveh con una precisión analítica. El arquitecto vestía su capa roja y dorada, y la abertura de su camisa revelaba la clavícula y el inicio de su pecho, una visión que, sumada a los comentarios de los estudiantes, hizo que el estómago de Alhaitham se contrajera.
—Mi horario de trabajo terminó hace dos horas —respondió Alhaitham con voz monótona—. No todos somos tan desorganizados con nuestro tiempo como tú.
Kaveh soltó un bufido indignado, pero no inició la pelea habitual. En su lugar, dejó la bolsa sobre la mesa de madera con un gesto casi triunfal.
—He traído la cena. Sabía que probablemente te olvidarías de comer algo decente y terminarías consumiendo alguna ración seca mientras lees. Como tu senpai, es mi responsabilidad asegurarme de que este hogar mantenga un mínimo de estándares humanos, aunque tú te empeñes en vivir como un autómata.
Alhaitham cerró su libro y se puso de pie. Su altura y su complexión robusta siempre parecían llenar la habitación de una manera que ponía a Kaveh nervioso, aunque este último se esforzara por ocultarlo.
—No necesito que ejerzas de "senpai", Kaveh. Pero no rechazaré la comida si ya está aquí. Sería un desperdicio de recursos.
—¡Siempre tan romántico! —exclamó Kaveh con sarcasmo, aunque sus ojos castaños brillaron con una chispa de satisfacción—. Anda, ayúdame a servir esto. Es shawarma del buen sitio, el que te gusta.
Mientras Kaveh se movía por la pequeña cocina, Alhaitham lo observaba desde el umbral. Había algo en la forma en que Kaveh se entregaba a las tareas más simples, con una pasión desmedida, que siempre lo desarmaba. El arquitecto era un idealista que sufría por el mundo, que se endeudaba por ayudar a extraños y que lloraba con las puestas de sol. Era todo lo que Alhaitham no era. Y, sin embargo, Alhaitham no podía imaginar su casa sin ese caos vibrante.
—Te ves... cansado —dijo Alhaitham de repente.
Kaveh se detuvo con dos platos en las manos. Parpadeó, sorprendido por el tono casi suave del Escriba.
—Fue una reunión larga. El cliente quería cambiar los materiales de la base por algo más barato. ¡Es un insulto a la integridad estructural y estética! —Kaveh suspiró, dejando los platos sobre la mesa—. Pero logré convencerlo. Supongo que tuve un buen día.
Alhaitham se acercó. Estaba lo suficientemente cerca como para oler el perfume ligero de Kaveh mezclado con el aroma de la comida y el polvo de los pergaminos. Recordó de nuevo a los estudiantes de la Academia. "Una obra de arte viviente", habían dicho.
—He oído que causaste sensación en la Academia hoy —soltó Alhaitham, sin poder evitarlo. Sus palabras salieron con una pizca de veneno que no pretendía mostrar.
Kaveh frunció el ceño, confundido.
—¿De qué estás hablando? Solo pasé a entregar unos documentos en la facultad de Kshahrewar.
—Parece que tu mera presencia es suficiente para distraer a los estudiantes de sus deberes —continuó Alhaitham, dando un paso más hacia él—. Hablaban de ti. De tu apariencia.
Kaveh soltó una carcajada nerviosa, un rubor subiendo por sus mejillas.
—¿Estás... te estás burlando de mí? ¿O es que el gran Alhaitham ahora se dedica a escuchar chismes de pasillo? No sabía que tenías tiempo para tales trivialidades.
—No eran chismes. Eran observaciones objetivas sobre cómo tu estética personal afecta a tu entorno —replicó Alhaitham, aunque por dentro se reprendía por su falta de control.
Kaveh dejó de reír. La expresión de Alhaitham no era la de alguien que se burlaba. Había una intensidad en sus ojos turquesas, una fijeza que hizo que el corazón de Kaveh diera un vuelco. El rubio dejó de lado los cubiertos y se cruzó de brazos, tratando de recuperar su postura de superioridad.
—Bueno, si el mundo decide apreciar mi buen gusto, ¿quién soy yo para culparlos? Al menos alguien valora la belleza en esta ciudad de burócratas.
—Yo la valoro —dijo Alhaitham.
El silencio volvió a caer, pero esta vez era eléctrico. Kaveh abrió la boca para responder con alguna réplica mordaz, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Alhaitham no solía decir cosas así. No de esa manera.
—¿Qué has dicho? —susurró Kaveh.
—He dicho que yo valoro la belleza. Pero no me gusta que sea un bien público —Alhaitham acortó la distancia final. Era mucho más corpulento que Kaveh, y su sombra envolvió al arquitecto—. Me resulta ineficiente y molesto tener que compartir la visión de lo que ocurre dentro de estas paredes con el resto de Sumeru.
Kaveh sintió que la espalda le chocaba contra el borde de la mesa de comedor. El rostro de Alhaitham estaba a escasos centímetros del suyo. Podía ver las pupilas anaranjadas del Escriba dilatándose.
—Alhaitham, estás... estás actuando de forma muy extraña —dijo Kaveh, aunque no hizo ningún intento por apartarse. Su mano, casi por instinto, subió al pecho de Alhaitham, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela oscura—. ¿Estás celoso? ¿Tú? ¿El hombre que dice que las emociones son variables irrelevantes?
Alhaitham exhaló un suspiro que fue casi un gruñido.
—La lógica dicta que si algo me pertenece, o al menos reside bajo mi techo y bajo mi cuidado, no debería ser objeto de escrutinio ajeno. Es una cuestión de propiedad intelectual, si prefieres verlo así.
—¡No soy un plano arquitectónico, Alhaitham! —protestó Kaveh, aunque su voz carecía de fuerza—. No puedes simplemente decidir que soy "tuyo" porque te resulta lógicamente conveniente.
—¿Y si quiero que lo seas? —La pregunta de Alhaitham fue directa, sin filtros, fiel a su naturaleza.
Kaveh se quedó sin aliento. Sus ojos castaños recorrieron el rostro de Alhaitham, buscando cualquier rastro de mentira o de broma pesada. No encontró ninguno. Solo encontró esa honestidad brutal que tanto lo sacaba de quicio y que, al mismo tiempo, lo mantenía anclado a ese hombre.
—Eres un idiota —murmuró Kaveh, cerrando los ojos por un momento—. Un idiota arrogante, frío y posesivo.
—Y tú eres un idealista imprudente que no sabe cuándo dejar de sacrificarse por los demás —respondió Alhaitham, su voz bajando a un tono peligrosamente bajo—. Pero parece que ambos estamos condenados a soportarnos.
Kaveh abrió los ojos y lo miró con una mezcla de exasperación y ternura.
—No es solo "soportarse", y lo sabes. Si solo fuera eso, me habrías echado hace meses. O yo me habría ido, aunque tuviera que dormir en el Bosque Avidya.
Alhaitham no respondió con palabras. En su lugar, llevó una mano a la nuca de Kaveh, sus dedos rozando el cabello rubio y suave. Fue un contacto firme, posesivo pero cargado de una urgencia que rompió la última barrera de racionalidad que Alhaitham intentaba mantener.
—La cena se va a enfriar —dijo Kaveh en un último intento de desviar la tensión, aunque sus dedos se enredaron en la capa de Alhaitham.
—La comida es una necesidad biológica que puede esperar diez minutos —sentenció Alhaitham.
Y antes de que Kaveh pudiera argumentar sobre la importancia del punto exacto de temperatura para disfrutar del shawarma, Alhaitham acortó la distancia y lo besó.
Fue un beso que reflejaba su dinámica: un choque de voluntades. Alhaitham era dominante y directo, mientras que Kaveh respondía con una pasión desesperada, como si hubiera estado esperando ese momento desde que eran apenas unos adolescentes discutiendo en la biblioteca de la Academia. El sabor de la victoria y del alivio se mezcló en el aire.
Cuando se separaron, ambos estaban ligeramente agitados. Kaveh tenía las mejillas encendidas y los labios brillantes, y Alhaitham sintió una satisfacción que ninguna resolución de un conflicto diplomático le había dado jamás.
—Eso fue... —Kaveh buscó la palabra adecuada, reajustándose la pluma de la oreja— ...completamente irracional por tu parte.
—A veces, los datos sugieren que la acción directa es la única forma de resolver una anomalía persistente —respondió Alhaitham, recuperando parte de su compostura, aunque no soltó la cintura de Kaveh.
Kaveh soltó una risita suave y apoyó la frente en el hombro del más alto.
—Si vas a seguir usando ese lenguaje técnico para hablar de... nosotros, voy a tener que empezar a cobrarte por mi tiempo de consultoría emocional.
Alhaitham esbozó una de sus raras y casi imperceptibles sonrisas.
—Considera que tu alquiler está cubierto por tiempo indefinido.
—¡Eso ya lo estaba! —protestó Kaveh, dándole un golpe juguetón en el brazo—. Eres imposible.
—Y tú eres demasiado ruidoso. Vamos a comer.
Se sentaron a la mesa, y por una vez, la cena transcurrió sin discusiones sobre presupuestos o materiales de construcción. El silencio que siguió no era el de dos extraños compartiendo un espacio, sino el de dos personas que finalmente habían admitido que, a pesar de todas las leyes de la lógica y la estética, eran las piezas que encajaban en el rompecabezas del otro.
Alhaitham observó a Kaveh mientras este hablaba entusiasmado sobre un nuevo diseño de arcos. Los celos de la tarde se habían disipado, reemplazados por una certeza fría y satisfactoria. Los estudiantes de la Academia podían mirar todo lo que quisieran, pero al final del día, el arquitecto siempre volvía a la casa que compartían. Y eso, para la mente pragmática de Alhaitham, era la única verdad que importaba.
Sentado en su diván favorito, con un libro sobre la evolución de las lenguas rúnicas descansando sobre sus muslos, Alhaitham no había avanzado ni una sola página en los últimos veinte minutos. Sus ojos turquesas estaban fijos en el papel, pero su mente estaba a varios kilómetros de distancia, específicamente en el Gran Bazar, donde Kaveh había mencionado que tendría una reunión con un cliente potencial.
Alhaitham cerró el libro con un golpe seco. El sonido resonó en las paredes de la estancia, decorada con la sobriedad que él prefería, aunque interrumpida aquí y allá por los bocetos enrollados y las herramientas de dibujo que Kaveh insistía en dejar por todas partes. Hacía tiempo que Alhaitham había dejado de exigirle el alquiler con la rigurosidad de un contrato oficial. No era por falta de pragmatismo; simplemente, había calculado que el estrés de Kaveh por las deudas afectaba la calidad de su convivencia. O al menos, esa era la excusa lógica que se repetía a sí mismo para justificar su inusual benevolencia.
La verdad, oculta tras capas de racionalismo y una expresión imperturbable, era mucho más compleja. Alhaitham recordaba sus días en la Academia, cuando ambos eran solo estudiantes destacados. Kaveh siempre había sido el sol: brillante, cálido, ruidoso y propenso a quemarse a sí mismo por iluminar a los demás. Alhaitham, por el contrario, era la sombra: fría, constante y necesaria para dar perspectiva. Desde entonces, una atracción silenciosa, nacida de la fricción de sus intelectos opuestos, se había instalado en sus huesos.
Esa mañana, mientras caminaba por los pasillos de la Academia, Alhaitham había escuchado a un grupo de estudiantes de la Facultad de Haravatat murmurar con entusiasmo.
—¿Viste al arquitecto Kaveh hoy en la entrada? —había dicho uno de ellos—. Es increíble que alguien pueda ser tan talentoso y verse así. Es... como una obra de arte viviente.
—Dicen que su sonrisa puede convencer a cualquiera de financiar el proyecto más absurdo —respondió otro con un suspiro.
Alhaitham no se había detenido, pero sus dedos se habían cerrado con más fuerza alrededor de su libro. Los celos eran una emoción ilógica, una pérdida de energía mental, y aun así, habían brotado en su pecho como una maleza difícil de arrancar. La idea de que otros admiraran la belleza de Kaveh —una belleza que él veía a diario en la vulnerabilidad del despertar o en la concentración absoluta frente a un plano— le resultaba profundamente irritante.
El sonido de la cerradura girando interrumpió sus pensamientos. Alhaitham se recolocó los auriculares dorados, aunque no activó la función de cancelación de ruido. Quería oírlo.
Kaveh entró tropezando ligeramente, cargando a Mehrak en una mano y una bolsa de papel que emanaba un aroma a especias y pan recién horneado en la otra. Su cabello rubio estaba algo alborotado y la pluma de pavo real en su oreja se balanceaba con cada movimiento.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —preguntó Kaveh, entornando los ojos mientras se acostumbraba a la luz tenue del salón—. Oh, Alhaitham. Estás aquí. Pensé que te habrías quedado tarde en la biblioteca revisando esos informes aburridos.
Alhaitham levantó la vista, manteniendo su rostro como una máscara de indiferencia. Sin embargo, sus ojos recorrieron a Kaveh con una precisión analítica. El arquitecto vestía su capa roja y dorada, y la abertura de su camisa revelaba la clavícula y el inicio de su pecho, una visión que, sumada a los comentarios de los estudiantes, hizo que el estómago de Alhaitham se contrajera.
—Mi horario de trabajo terminó hace dos horas —respondió Alhaitham con voz monótona—. No todos somos tan desorganizados con nuestro tiempo como tú.
Kaveh soltó un bufido indignado, pero no inició la pelea habitual. En su lugar, dejó la bolsa sobre la mesa de madera con un gesto casi triunfal.
—He traído la cena. Sabía que probablemente te olvidarías de comer algo decente y terminarías consumiendo alguna ración seca mientras lees. Como tu senpai, es mi responsabilidad asegurarme de que este hogar mantenga un mínimo de estándares humanos, aunque tú te empeñes en vivir como un autómata.
Alhaitham cerró su libro y se puso de pie. Su altura y su complexión robusta siempre parecían llenar la habitación de una manera que ponía a Kaveh nervioso, aunque este último se esforzara por ocultarlo.
—No necesito que ejerzas de "senpai", Kaveh. Pero no rechazaré la comida si ya está aquí. Sería un desperdicio de recursos.
—¡Siempre tan romántico! —exclamó Kaveh con sarcasmo, aunque sus ojos castaños brillaron con una chispa de satisfacción—. Anda, ayúdame a servir esto. Es shawarma del buen sitio, el que te gusta.
Mientras Kaveh se movía por la pequeña cocina, Alhaitham lo observaba desde el umbral. Había algo en la forma en que Kaveh se entregaba a las tareas más simples, con una pasión desmedida, que siempre lo desarmaba. El arquitecto era un idealista que sufría por el mundo, que se endeudaba por ayudar a extraños y que lloraba con las puestas de sol. Era todo lo que Alhaitham no era. Y, sin embargo, Alhaitham no podía imaginar su casa sin ese caos vibrante.
—Te ves... cansado —dijo Alhaitham de repente.
Kaveh se detuvo con dos platos en las manos. Parpadeó, sorprendido por el tono casi suave del Escriba.
—Fue una reunión larga. El cliente quería cambiar los materiales de la base por algo más barato. ¡Es un insulto a la integridad estructural y estética! —Kaveh suspiró, dejando los platos sobre la mesa—. Pero logré convencerlo. Supongo que tuve un buen día.
Alhaitham se acercó. Estaba lo suficientemente cerca como para oler el perfume ligero de Kaveh mezclado con el aroma de la comida y el polvo de los pergaminos. Recordó de nuevo a los estudiantes de la Academia. "Una obra de arte viviente", habían dicho.
—He oído que causaste sensación en la Academia hoy —soltó Alhaitham, sin poder evitarlo. Sus palabras salieron con una pizca de veneno que no pretendía mostrar.
Kaveh frunció el ceño, confundido.
—¿De qué estás hablando? Solo pasé a entregar unos documentos en la facultad de Kshahrewar.
—Parece que tu mera presencia es suficiente para distraer a los estudiantes de sus deberes —continuó Alhaitham, dando un paso más hacia él—. Hablaban de ti. De tu apariencia.
Kaveh soltó una carcajada nerviosa, un rubor subiendo por sus mejillas.
—¿Estás... te estás burlando de mí? ¿O es que el gran Alhaitham ahora se dedica a escuchar chismes de pasillo? No sabía que tenías tiempo para tales trivialidades.
—No eran chismes. Eran observaciones objetivas sobre cómo tu estética personal afecta a tu entorno —replicó Alhaitham, aunque por dentro se reprendía por su falta de control.
Kaveh dejó de reír. La expresión de Alhaitham no era la de alguien que se burlaba. Había una intensidad en sus ojos turquesas, una fijeza que hizo que el corazón de Kaveh diera un vuelco. El rubio dejó de lado los cubiertos y se cruzó de brazos, tratando de recuperar su postura de superioridad.
—Bueno, si el mundo decide apreciar mi buen gusto, ¿quién soy yo para culparlos? Al menos alguien valora la belleza en esta ciudad de burócratas.
—Yo la valoro —dijo Alhaitham.
El silencio volvió a caer, pero esta vez era eléctrico. Kaveh abrió la boca para responder con alguna réplica mordaz, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Alhaitham no solía decir cosas así. No de esa manera.
—¿Qué has dicho? —susurró Kaveh.
—He dicho que yo valoro la belleza. Pero no me gusta que sea un bien público —Alhaitham acortó la distancia final. Era mucho más corpulento que Kaveh, y su sombra envolvió al arquitecto—. Me resulta ineficiente y molesto tener que compartir la visión de lo que ocurre dentro de estas paredes con el resto de Sumeru.
Kaveh sintió que la espalda le chocaba contra el borde de la mesa de comedor. El rostro de Alhaitham estaba a escasos centímetros del suyo. Podía ver las pupilas anaranjadas del Escriba dilatándose.
—Alhaitham, estás... estás actuando de forma muy extraña —dijo Kaveh, aunque no hizo ningún intento por apartarse. Su mano, casi por instinto, subió al pecho de Alhaitham, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela oscura—. ¿Estás celoso? ¿Tú? ¿El hombre que dice que las emociones son variables irrelevantes?
Alhaitham exhaló un suspiro que fue casi un gruñido.
—La lógica dicta que si algo me pertenece, o al menos reside bajo mi techo y bajo mi cuidado, no debería ser objeto de escrutinio ajeno. Es una cuestión de propiedad intelectual, si prefieres verlo así.
—¡No soy un plano arquitectónico, Alhaitham! —protestó Kaveh, aunque su voz carecía de fuerza—. No puedes simplemente decidir que soy "tuyo" porque te resulta lógicamente conveniente.
—¿Y si quiero que lo seas? —La pregunta de Alhaitham fue directa, sin filtros, fiel a su naturaleza.
Kaveh se quedó sin aliento. Sus ojos castaños recorrieron el rostro de Alhaitham, buscando cualquier rastro de mentira o de broma pesada. No encontró ninguno. Solo encontró esa honestidad brutal que tanto lo sacaba de quicio y que, al mismo tiempo, lo mantenía anclado a ese hombre.
—Eres un idiota —murmuró Kaveh, cerrando los ojos por un momento—. Un idiota arrogante, frío y posesivo.
—Y tú eres un idealista imprudente que no sabe cuándo dejar de sacrificarse por los demás —respondió Alhaitham, su voz bajando a un tono peligrosamente bajo—. Pero parece que ambos estamos condenados a soportarnos.
Kaveh abrió los ojos y lo miró con una mezcla de exasperación y ternura.
—No es solo "soportarse", y lo sabes. Si solo fuera eso, me habrías echado hace meses. O yo me habría ido, aunque tuviera que dormir en el Bosque Avidya.
Alhaitham no respondió con palabras. En su lugar, llevó una mano a la nuca de Kaveh, sus dedos rozando el cabello rubio y suave. Fue un contacto firme, posesivo pero cargado de una urgencia que rompió la última barrera de racionalidad que Alhaitham intentaba mantener.
—La cena se va a enfriar —dijo Kaveh en un último intento de desviar la tensión, aunque sus dedos se enredaron en la capa de Alhaitham.
—La comida es una necesidad biológica que puede esperar diez minutos —sentenció Alhaitham.
Y antes de que Kaveh pudiera argumentar sobre la importancia del punto exacto de temperatura para disfrutar del shawarma, Alhaitham acortó la distancia y lo besó.
Fue un beso que reflejaba su dinámica: un choque de voluntades. Alhaitham era dominante y directo, mientras que Kaveh respondía con una pasión desesperada, como si hubiera estado esperando ese momento desde que eran apenas unos adolescentes discutiendo en la biblioteca de la Academia. El sabor de la victoria y del alivio se mezcló en el aire.
Cuando se separaron, ambos estaban ligeramente agitados. Kaveh tenía las mejillas encendidas y los labios brillantes, y Alhaitham sintió una satisfacción que ninguna resolución de un conflicto diplomático le había dado jamás.
—Eso fue... —Kaveh buscó la palabra adecuada, reajustándose la pluma de la oreja— ...completamente irracional por tu parte.
—A veces, los datos sugieren que la acción directa es la única forma de resolver una anomalía persistente —respondió Alhaitham, recuperando parte de su compostura, aunque no soltó la cintura de Kaveh.
Kaveh soltó una risita suave y apoyó la frente en el hombro del más alto.
—Si vas a seguir usando ese lenguaje técnico para hablar de... nosotros, voy a tener que empezar a cobrarte por mi tiempo de consultoría emocional.
Alhaitham esbozó una de sus raras y casi imperceptibles sonrisas.
—Considera que tu alquiler está cubierto por tiempo indefinido.
—¡Eso ya lo estaba! —protestó Kaveh, dándole un golpe juguetón en el brazo—. Eres imposible.
—Y tú eres demasiado ruidoso. Vamos a comer.
Se sentaron a la mesa, y por una vez, la cena transcurrió sin discusiones sobre presupuestos o materiales de construcción. El silencio que siguió no era el de dos extraños compartiendo un espacio, sino el de dos personas que finalmente habían admitido que, a pesar de todas las leyes de la lógica y la estética, eran las piezas que encajaban en el rompecabezas del otro.
Alhaitham observó a Kaveh mientras este hablaba entusiasmado sobre un nuevo diseño de arcos. Los celos de la tarde se habían disipado, reemplazados por una certeza fría y satisfactoria. Los estudiantes de la Academia podían mirar todo lo que quisieran, pero al final del día, el arquitecto siempre volvía a la casa que compartían. Y eso, para la mente pragmática de Alhaitham, era la única verdad que importaba.
