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El que viene Cada Mes
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 23/5/2026
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Recortes de VidaHumorCrack / Humor ParódicoDolor/ConsueloHistoria DomésticaAmbientación CanonPelícula de AmigosParodia
Alerta Roja: Protocolo de Supervivencia
El aire en el campus de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio era extrañamente denso. No era la energía residual de una maldición ni la tensión previa a una misión peligrosa. Era algo mucho más antiguo, cíclico e infinitamente más aterrador. Era una quietud premonitoria, el silencio que precede a la tormenta perfecta. Tres hombres, de distintas edades y niveles de poder, sentían ese cambio en la atmósfera como un escalofrío en la espina dorsal.
Itadori Yuji fue el primero en caer.
Estaba en la sala común, intentando batir su propio récord de ver cuántas palomitas de maíz podía atrapar con la boca, cuando Nobara Kugisaki entró. Sus pasos, normalmente firmes y decididos, eran un arrastrar de pies lento y pesado. Se desplomó en el sofá opuesto a él, con el ceño fruncido y una mirada que podría marchitar una planta a diez metros de distancia.
—¿Qué miras, idiota? —masculló, sin siquiera mirarlo directamente.
Yuji se atragantó con una palomita.
—¿Eh? Nada, Kugisaki. Solo… existiendo.
—Pues existe más bajo. Tu respiración me desconcentra.
Itadori dejó de respirar por un segundo, confundido. ¿Su respiración? ¿Desde cuándo su respiración era un problema? Observó a su novia con más detenimiento. Llevaba su uniforme, pero la chaqueta estaba desabrochada y parecía incómoda. Tenía una mano presionada contra la parte baja de su abdomen y sus ojos anaranjados, usualmente llenos de fuego y determinación, ahora brillaban con una mezcla de irritación y miseria. Entonces, una película de bajo presupuesto sobre un cachorro perdido apareció en la televisión. A los cinco minutos, Nobara estaba sollozando desconsoladamente.
—¡Es que… es que está tan solito! —gimió, secándose las lágrimas con rabia—. ¡Ese cachorro merece un hogar y una familia que lo quiera!
Yuji, en un acto de pura bondad y estupidez, se acercó para consolarla.
—Tranquila, Kugisaki, es solo una película. Seguro que al final lo encuentran y…
—¡No me digas que me tranquilice! —gritó ella, girándose hacia él con los ojos encendidos en furia—. ¡No tienes ni idea de lo que siento! ¡Eres un insensible!
Itadori retrocedió como si lo hubieran golpeado. El cambio de llanto a ira había sido tan rápido que le provocó un latigazo cervical emocional. Y entonces, como una epifanía terrible, lo comprendió. El calendario mental que todo novio responsable lleva en la cabeza se iluminó con una luz de neón roja y parpadeante.
Había llegado. La Marea Roja. El Armagedón hormonal. La Semana del Caos.
Mientras Itadori procesaba su inminente destino, Yuta Okkotsu experimentaba su propia versión del presagio. Se encontraba en los campos de entrenamiento, observando a Maki Zenin. Ella se movía con una ferocidad que superaba incluso su estándar habitual. Cada golpe de su naginata contra los muñecos de entrenamiento no era solo preciso, era brutal. El aire silbaba con cada mandoble, y los postes de madera gemían bajo el asalto implacable.
Yuta, con su naturaleza amable y preocupada, se acercó con cautela. Su postura encorvada parecía aún más pronunciada, como si intentara hacerse lo más pequeño posible para no llamar la atención de la depredadora.
—Zenin-san —dijo en voz baja—. ¿Estás bien? Pareces… eh… especialmente concentrada hoy.
Maki se detuvo abruptamente, el extremo de su arma a milímetros del cuello de un muñeco. Se giró lentamente, y la mirada que le dirigió a través de sus gafas especiales hizo que a Yuta se le helara la sangre. Sus ojos, normalmente llenos de una determinación fría, ahora contenían un abismo de puro fastidio.
—¿Qué quieres, Okkotsu? —Su voz era plana, cortante.
—Yo solo… me preguntaba si necesitabas un descanso. O agua. O… o si te duele algo.
Un error. Un error catastrófico.
—¿Si me duele algo? —repitió ella, dando un paso hacia él. Yuta retrocedió instintivamente—. Lo único que me duele ahora mismo es tu innecesaria preocupación. ¿Acaso parezco una damisela en apuros?
—¡No! ¡Claro que no, Zenin-san! —tartamudeó Yuta, agitando las manos—. Eres la persona más fuerte que conozco, yo solo…
—Entonces déjame entrenar en paz —le espetó, dándole la espalda y reanudando su ataque con una violencia renovada—. Y si vuelves a preguntarme si “me duele algo”, usaré tu cabeza como nuevo muñeco de entrenamiento.
Yuta se escabulló de allí más rápido de lo que nunca había corrido en su vida. Mientras se alejaba, notó cómo Maki se detenía un segundo para presionar discretamente su vientre, el mismo gesto que Itadori había visto en Nobara. La verdad lo golpeó con la fuerza de un Puño Divergente. El terror, un viejo conocido para Yuta, lo envolvió como una manta fría.
El trío del apocalipsis se completó con la llegada de Satoru Gojo. El hechicero más fuerte del mundo entró en la sala común donde Itadori aún estaba petrificado, luciendo inusualmente… apagado. Su habitual sonrisa arrogante y juguetona había sido reemplazada por una expresión de cansancio existencial. Se quitó la venda de los ojos, revelando sus Seis Ojos, que parecían haber visto horrores más allá de la comprensión de cualquier maldición.
Se dejó caer en un sillón con un suspiro que pareció arrastrar el peso del mundo.
—Yuji-kun —dijo, con voz lúgubre—. Ha comenzado.
Itadori lo miró, sus ojos llenos de pánico compartido.
—Usted también, Gojo-sensei…
En ese momento, Yuta entró corriendo en la sala, pálido y sin aliento. Al ver las caras de sus compañeros de infortunio, no necesitó decir nada. El entendimiento mutuo flotó entre ellos, oscuro y pesado.
—Zenin-san casi me decapita —susurró Yuta, desplomándose en el suelo.
—Kugisaki lloró por un cachorro y luego me acusó de ser un monstruo sin alma por respirar —confesó Itadori.
Gojo se frotó las sienes.
—Fui a visitar a Shoko. La encontré en su laboratorio, rodeada de envoltorios de dulces y papas fritas, mirando fijamente un informe de autopsia con una sed de sangre que no había visto desde que luché con Sukuna.
Hizo una pausa dramática.
—Le pregunté si quería ir a por mochis de edición limitada. Me lanzó un bisturí.
Itadori y Yuta lo miraron con los ojos muy abiertos.
—¿Te lanzó un bisturí? —preguntó Itadori, incrédulo.
—Por supuesto, lo detuve con mi Infinito a un centímetro de mi perfecta cara —dijo Gojo, recuperando un atisbo de su arrogancia—. Pero no es el acto en sí lo que importa. Es la intención. La intención era clara: “Aléjate o te disecciono”.
Los tres se quedaron en silencio, contemplando la magnitud de la catástrofe. No era un ataque coordinado. Era peor. Una sincronización biológica. Un evento de extinción a nivel de novios.
—Se han sincronizado —murmuró Yuta, horrorizado.
—Esto es un desastre de Grado Especial —declaró Itadori.
Gojo se puso de pie de un salto, su energía cambiando de repente. Una chispa de determinación maniática brilló en sus ojos.
—¡No! —exclamó, con el dedo índice apuntando al techo—. ¡Esto no es un desastre! ¡Es un desafío! ¡Somos hechiceros de Jujutsu! ¡Luchamos contra maldiciones nacidas de las emociones negativas de la humanidad! ¿Y vamos a dejarnos vencer por un exceso de progesterona y estrógeno? ¡Jamás!
Se irguió, adoptando una pose de líder.
—Caballeros, lo que necesitamos es un plan. Un protocolo. A partir de este momento, damos inicio a la “Operación: Supervivencia Escarlata”.
Itadori y Yuta, desesperados por cualquier atisbo de esperanza, se pusieron firmes, mirando a su sensei como si fuera un general a punto de guiarlos a la batalla.
—Fase Uno: El Kit de Confort —anunció Gojo, paseándose por la habitación—. Cada objetivo tiene necesidades específicas. Debemos anticiparnos y proveer. ¡Yuji!
—¡Sí, sensei!
—Tu misión: el kit Kugisaki. Necesitarás chocolates, pero no cualquier chocolate. Averigua la marca, el porcentaje de cacao y la tienda específica. ¡La precisión es clave! Consigue las últimas revistas de moda, un cojín térmico para los cólicos y, como medida de distracción, un catálogo de todas las tiendas de postres en un radio de veinte kilómetros. ¡Y por el amor de Dios, cómprale algo brillante!
Itadori anotaba febrilmente en una libreta imaginaria.
—¡Entendido! ¡Precisión y cosas brillantes!
—¡Yuta! —continuó Gojo.
—¡Presente!
—Tu objetivo es más sutil, pero no menos peligroso. El kit Zenin. Olvida los lujos. Piensa en la practicidad. Nuevas vendas de alta calidad para sus manos, barritas de proteínas de esa marca importada que le gusta, una piedra de afilar de grano fino para su arsenal. Y… —Gojo se detuvo, pensativo—… una manta eléctrica. De las buenas. De las que tienen múltiples niveles de calor. Es un movimiento arriesgado, podría interpretarlo como que la crees débil, pero si lo ejecutas bien, podría ser tu salvación. El momento de la entrega es crucial. No durante el entrenamiento. Después, cuando esté agotada y crea que nadie la ve.
Yuta asintió, tragando saliva. El nivel de estrategia era digno de un hechicero de primer grado.
—Y yo —dijo Gojo con una sonrisa— me encargaré del objetivo más volátil: el kit Ieiri. Esto requiere fineza. El mejor whisky de malta que el dinero pueda comprar, esas raras revistas médicas alemanas que ha estado buscando, un cartón de sus cigarrillos favoritos y, la pieza central, una bata de laboratorio nueva, increíblemente suave y cómoda. Y un letrero para su puerta que diga: “No Molestar. Riesgo de Muerte Súbita (la tuya)”.
—Fase Dos: El Protocolo de Comunicación —prosiguió el hechicero más fuerte—. A partir de ahora, nuestro vocabulario se reduce. Las frases seguras son: “Sí, cariño”, “Tienes toda la razón”, “Lo que tú digas”, “¿Te apetece un masaje?”, y la más importante de todas: “Voy a prepararte un té”.
Hizo una pausa, su rostro mortalmente serio.
—Frases prohibidas, bajo pena de sufrimiento extremo: “¿Estás en tus días?”, “Cálmate”, “Estás exagerando”, “No es para tanto”, y cualquier argumento que empiece con la palabra “Lógicamente”. La lógica es nuestra enemiga esta semana. Abracen el caos emocional.
—Y finalmente, Fase Tres: El Sistema de Apoyo —concluyó Gojo, sacando su teléfono—. Crearé un grupo de chat. Lo llamaremos… “Sobrevivientes de la Marea Roja”. Lo usaremos para enviar señales de auxilio, compartir información vital —“El objetivo Kugisaki está durmiendo, el pasillo norte está despejado”— y, lo más importante, para darnos apoyo moral. Nadie lucha solo.
Con el plan trazado, el trío se dispersó. La misión había comenzado.
***
Itadori fue el primero en ejecutar su parte del plan. Después de una carrera frenética por Shibuya que implicó interrogar a tres dependientas aterrorizadas, consiguió el tesoro: chocolate amargo al 85% de una chocolatería artesanal suiza. Armado con eso, revistas, un cojín con forma de fresa que se calentaba por USB y un mapa de postres cuidadosamente marcado, se acercó a la habitación de Nobara.
Llamó a la puerta suavemente.
—¿Kugisaki? Soy yo. ¿Puedo pasar?
Un silencio. Luego, un gruñido ahogado.
—¿Qué quieres?
—Te he traído… ofrendas de paz.
La puerta se abrió una rendija. Un ojo anaranjado lo escrutó de arriba abajo. Itadori levantó la bolsa como un soldado rindiéndose. Nobara le arrebató la bolsa y examinó el contenido. Abrió el chocolate, partió un trozo y se lo metió en la boca. Masticó lentamente, su expresión indescifrable. Itadori contuvo el aliento.
—Hmph —dijo ella finalmente—. Es el correcto. Por esta vez, te salvas.
Abrió la puerta por completo. Estaba envuelta en una manta, con el pelo revuelto. Señaló el mapa de postres.
—Ese buffet de tortas en Ginza. Mañana. Y tú pagas.
—¡Claro! ¡Lo que quieras! —respondió Itadori, sintiendo una oleada de alivio.
—Y ahora, lárgate. Quiero ver mi dorama y llorar en paz sin que tu optimismo estúpido contamine el ambiente.
Itadori no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se retiró con una sonrisa. Había sobrevivido al primer encuentro. Era una victoria.
***
Mientras tanto, Yuta se embarcaba en la misión más aterradora de su vida. Encontró a Maki en el gimnasio, después de su brutal sesión de entrenamiento. Estaba sentada en un banco, limpiando su naginata con una concentración feroz. El sudor perlaba su frente y su respiración era profunda y controlada.
Yuta se acercó sigilosamente, como un ratón de campo acercándose a un león dormido. No dijo nada. Simplemente dejó a su lado una botella de agua fría y una barrita de proteínas. Maki lo miró de reojo, pero no dijo nada. Cogió la botella y bebió. Un buen comienzo.
Después de unos minutos de silencio tenso, Yuta reunió todo su coraje.
—Zenin-san —dijo, su voz apenas un susurro—. He notado que el filo de tu lanza podría… beneficiarse de un repaso. Si quieres, yo podría…
Maki dejó de limpiar el arma y levantó la vista. Sus ojos se entrecerraron. Yuta sintió que su alma abandonaba su cuerpo.
—¿Estás diciendo que no cuido bien mis herramientas, Okkotsu?
—¡No! ¡Para nada! —se apresuró a decir—. Es solo que… uhm… afilar armas es algo que me relaja. Y sé que has estado entrenando muy duro. Es una oferta egoísta, en realidad. Me ayudaría a calmar mis nervios.
Fue una mentira brillante, nacida de la pura desesperación. Maki lo estudió durante un largo momento. Luego, con un suspiro de resignación, le tendió la naginata.
—Más te vale no arruinarla. El equilibrio es perfecto. Si lo alteras, te usaré para recalibrarla.
Yuta tomó el arma con un cuidado reverencial. Más tarde esa noche, después de pasar dos horas afilando meticulosamente cada centímetro del filo hasta que pudiera cortar un pelo en el aire, se la devolvió. Maki la inspeccionó, pasando un pulgar con cuidado por la hoja. No sonrió, pero Yuta detectó un casi imperceptible asentimiento.
—No está mal, Okkotsu. No está mal.
Para Yuta, aquello fue el equivalente a un desfile en su honor. Más tarde, dejó la manta eléctrica, todavía en su caja, frente a la puerta de la habitación de ella, llamó una vez y salió corriendo. No se atrevió a ver su reacción, pero a la mañana siguiente, vio la caja vacía en el contenedor de reciclaje. Era una victoria silenciosa, pero una victoria al fin y al cabo.
***
El enfrentamiento de Gojo fue de un calibre completamente diferente. Se teletransportó directamente a la morgue de la escuela, donde sabía que Shoko se refugiaba. El aire era frío y olía a antiséptico y a una tristeza persistente. Shoko estaba de espaldas a él, encorvada sobre una mesa de metal, aunque no había ningún cuerpo sobre ella. Llevaba su bata de laboratorio, pero parecía más una armadura que una prenda de trabajo.
Gojo no dijo nada. Simplemente colocó sus ofrendas en una mesa cercana: la botella de whisky escocés de 25 años, las revistas médicas encuadernadas en cuero, y el cartón de cigarrillos. El letrero lo dejó apoyado contra la botella.
Shoko se giró lentamente. Sus ojos cansados, con las familiares ojeras más oscuras que nunca, se posaron en los objetos y luego en él. Su expresión era de puro agotamiento.
—Esperaba que vinieras a contarme algún chiste estúpido sobre lo pálida que estoy —dijo, su voz ronca.
Gojo se encogió de hombros, adoptando una rara y genuina seriedad.
—Incluso el más fuerte sabe reconocer una batalla que no puede ganar con bromas. Hoy se impone la retirada estratégica.
Un suspiro escapó de los labios de Shoko, un sonido frágil.
—Tráeme un vaso —dijo, señalando el whisky—. Y no uno de los de cristal bueno. Trae un vaso de precipitados. Tengo la sensación de que hoy voy a romper cosas.
Gojo obedeció sin rechistar. Le sirvió una medida generosa en el vaso de laboratorio y se lo entregó. Ella lo tomó y bebió un largo trago. El silencio se instaló entre ellos, solo roto por el zumbido de los refrigeradores.
—Gracias, Satoru —murmuró ella, sin mirarlo.
—De nada, Shoko.
Se quedó allí un rato más, simplemente compartiendo el espacio sin necesidad de llenarlo de ruido. Sabía que eso era lo que ella necesitaba: presencia, no palabras. Después de unos minutos, se dio la vuelta para marcharse.
—Gojo.
Se detuvo en la puerta.
—La próxima vez, que sea de Islay. Me gusta el toque ahumado cuando me siento homicida.
Gojo sonrió para sus adentros.
—Anotado.
Había logrado una tregua. En el mundo de Satoru Gojo, eso era una victoria tan grande como sellar una maldición de Grado Especial.
***
Esa noche, el grupo de chat “Sobrevivientes de la Marea Roja” cobró vida.
**Yuji_Itadori:** *¡¡¡CÓDIGO ROJO!!! ¡KUGISAKI ESTÁ VIENDO UN VIDEO DE GATITOS HUÉRFANOS Y ME HA ACUSADO DE SER CÓMPLICE DE LA CRUELDAD ANIMAL PORQUE NO ESTOY LLORANDO LO SUFICIENTE! ¡¿QUÉ HAGO?!*
**Satoru_Gojo:** *Novato. Llora. Finge. Pellízcate el brazo si es necesario. Muestra empatía o perece.*
**Yuta_Okkotsu:** *Zenin-san tiene calambres. Me ha pedido que le ponga una mano en la espalda. Tengo miedo de aplicar demasiada presión. O muy poca. O de que mi mano esté muy fría. O muy caliente. Creo que voy a desmayarme.*
**Satoru_Gojo:** *Respira, Yuta. Temperatura corporal neutra. Presión firme pero gentil. Imagina que estás desactivando una bomba. Porque, en cierto modo, lo estás haciendo.*
**Yuji_Itadori:** *¡Funciono! ¡Estoy llorando! ¡Ahora ella me está abrazando y dice que soy el único que la entiende! ¡ESTO ES UNA MONTAÑA RUSA EMOCIONAL!*
**Satoru_Gojo:** *Bienvenido al club, Yuji-kun. Por cierto, Shoko acaba de pedirme que le describa con todo lujo de detalles los efectos de la exsanguinación en el cuerpo humano. Dice que la ayuda a poner sus propios dolores en perspectiva. Enviando fuerzas.*
**Yuta_Okkotsu:** *Por favor, no describa eso aquí, sensei.*
**Yuji_Itadori:** *¡LO QUE YUTA DIJO! ¡YA TENGO SUFICIENTES TRAUMAS POR HOY!*
***
Al final del día, los tres hombres se reunieron de nuevo en la sala común. Parecían veteranos de guerra regresando del frente. Estaban pálidos, agotados, pero vivos.
—Sobrevivimos… al primer día —dijo Itadori, desplomándose en el sofá.
—Apenas —añadió Yuta, que parecía haber envejecido cinco años.
—El primer día siempre es el más duro —dijo Gojo, intentando sonar optimista, aunque él también parecía agotado—. Es el impacto inicial. Ahora solo tenemos que mantener el rumbo.
Estaban a punto de empezar a intercambiar más historias de guerra cuando tres figuras aparecieron en la entrada de la sala. Nobara, Maki y Shoko.
El trío de hombres se congeló. El pánico se apoderó de ellos. ¿Las habían oído? ¿Era el final? ¿Sería este el golpe de gracia?
Pero algo era diferente. No había miradas asesinas ni auras amenazantes. Nobara llevaba una bolsa de plástico llena de snacks variados. Maki sostenía un paquete de seis cervezas. Y Shoko… Shoko parecía la misma de siempre, cansada e indiferente, pero había un matiz de diversión en sus ojos.
Se quedaron allí, en un tenso silencio, hasta que Nobara suspiró.
—Son un trío de idiotas dramáticos —dijo, pero su tono carecía de la mordacidad de antes. Lanzó una bolsa de patatas fritas a Itadori, que la atrapó por puro reflejo.
Maki se acercó a la mesa y dejó las cervezas. Desvió la mirada, un leve rubor tiñendo sus mejillas, casi invisible en la penumbra.
—Pero… —murmuró, su voz tan baja que apenas la oyeron—, gracias por el esfuerzo. Se agradece.
Finalmente, Shoko miró directamente a Gojo.
—Tu elección de whisky fue mediocre, Satoru —dijo, su voz plana. Pero entonces, una diminuta sonrisa, apenas una curva en la comisura de sus labios, apareció por una fracción de segundo—. Pero tu silencio fue de primera calidad.
Las tres se sentaron. Nobara junto a un atónito Itadori, Maki en un sillón individual lo más lejos posible de Yuta pero aun así en el mismo grupo, y Shoko se recostó en el sofá junto a Gojo.
Abrieron las cervezas y los snacks. El aire, antes cargado de tensión y miedo, se llenó de un silencio cómodo y agotado. Era una tregua. Un alto el fuego no declarado. Los hombres habían pasado la prueba. Habían demostrado, a su manera torpe, asustada y excesivamente estratégica, que se preocupaban. Y las mujeres, a pesar de la tormenta hormonal que se desataba en su interior, lo reconocían.
Itadori miró a Nobara, que masticaba ruidosamente sus patatas fritas. Yuta miró a Maki, que bebía su cerveza en silencio, con la mirada perdida en la distancia. Gojo miró a Shoko, que había cerrado los ojos, simplemente disfrutando del momento de paz.
Habían sobrevivido al Día Uno. Solo quedaban seis más. Y por primera vez ese día, los tres hombres sintieron que, quizás, solo quizás, podrían lograrlo. Juntos.
Itadori Yuji fue el primero en caer.
Estaba en la sala común, intentando batir su propio récord de ver cuántas palomitas de maíz podía atrapar con la boca, cuando Nobara Kugisaki entró. Sus pasos, normalmente firmes y decididos, eran un arrastrar de pies lento y pesado. Se desplomó en el sofá opuesto a él, con el ceño fruncido y una mirada que podría marchitar una planta a diez metros de distancia.
—¿Qué miras, idiota? —masculló, sin siquiera mirarlo directamente.
Yuji se atragantó con una palomita.
—¿Eh? Nada, Kugisaki. Solo… existiendo.
—Pues existe más bajo. Tu respiración me desconcentra.
Itadori dejó de respirar por un segundo, confundido. ¿Su respiración? ¿Desde cuándo su respiración era un problema? Observó a su novia con más detenimiento. Llevaba su uniforme, pero la chaqueta estaba desabrochada y parecía incómoda. Tenía una mano presionada contra la parte baja de su abdomen y sus ojos anaranjados, usualmente llenos de fuego y determinación, ahora brillaban con una mezcla de irritación y miseria. Entonces, una película de bajo presupuesto sobre un cachorro perdido apareció en la televisión. A los cinco minutos, Nobara estaba sollozando desconsoladamente.
—¡Es que… es que está tan solito! —gimió, secándose las lágrimas con rabia—. ¡Ese cachorro merece un hogar y una familia que lo quiera!
Yuji, en un acto de pura bondad y estupidez, se acercó para consolarla.
—Tranquila, Kugisaki, es solo una película. Seguro que al final lo encuentran y…
—¡No me digas que me tranquilice! —gritó ella, girándose hacia él con los ojos encendidos en furia—. ¡No tienes ni idea de lo que siento! ¡Eres un insensible!
Itadori retrocedió como si lo hubieran golpeado. El cambio de llanto a ira había sido tan rápido que le provocó un latigazo cervical emocional. Y entonces, como una epifanía terrible, lo comprendió. El calendario mental que todo novio responsable lleva en la cabeza se iluminó con una luz de neón roja y parpadeante.
Había llegado. La Marea Roja. El Armagedón hormonal. La Semana del Caos.
Mientras Itadori procesaba su inminente destino, Yuta Okkotsu experimentaba su propia versión del presagio. Se encontraba en los campos de entrenamiento, observando a Maki Zenin. Ella se movía con una ferocidad que superaba incluso su estándar habitual. Cada golpe de su naginata contra los muñecos de entrenamiento no era solo preciso, era brutal. El aire silbaba con cada mandoble, y los postes de madera gemían bajo el asalto implacable.
Yuta, con su naturaleza amable y preocupada, se acercó con cautela. Su postura encorvada parecía aún más pronunciada, como si intentara hacerse lo más pequeño posible para no llamar la atención de la depredadora.
—Zenin-san —dijo en voz baja—. ¿Estás bien? Pareces… eh… especialmente concentrada hoy.
Maki se detuvo abruptamente, el extremo de su arma a milímetros del cuello de un muñeco. Se giró lentamente, y la mirada que le dirigió a través de sus gafas especiales hizo que a Yuta se le helara la sangre. Sus ojos, normalmente llenos de una determinación fría, ahora contenían un abismo de puro fastidio.
—¿Qué quieres, Okkotsu? —Su voz era plana, cortante.
—Yo solo… me preguntaba si necesitabas un descanso. O agua. O… o si te duele algo.
Un error. Un error catastrófico.
—¿Si me duele algo? —repitió ella, dando un paso hacia él. Yuta retrocedió instintivamente—. Lo único que me duele ahora mismo es tu innecesaria preocupación. ¿Acaso parezco una damisela en apuros?
—¡No! ¡Claro que no, Zenin-san! —tartamudeó Yuta, agitando las manos—. Eres la persona más fuerte que conozco, yo solo…
—Entonces déjame entrenar en paz —le espetó, dándole la espalda y reanudando su ataque con una violencia renovada—. Y si vuelves a preguntarme si “me duele algo”, usaré tu cabeza como nuevo muñeco de entrenamiento.
Yuta se escabulló de allí más rápido de lo que nunca había corrido en su vida. Mientras se alejaba, notó cómo Maki se detenía un segundo para presionar discretamente su vientre, el mismo gesto que Itadori había visto en Nobara. La verdad lo golpeó con la fuerza de un Puño Divergente. El terror, un viejo conocido para Yuta, lo envolvió como una manta fría.
El trío del apocalipsis se completó con la llegada de Satoru Gojo. El hechicero más fuerte del mundo entró en la sala común donde Itadori aún estaba petrificado, luciendo inusualmente… apagado. Su habitual sonrisa arrogante y juguetona había sido reemplazada por una expresión de cansancio existencial. Se quitó la venda de los ojos, revelando sus Seis Ojos, que parecían haber visto horrores más allá de la comprensión de cualquier maldición.
Se dejó caer en un sillón con un suspiro que pareció arrastrar el peso del mundo.
—Yuji-kun —dijo, con voz lúgubre—. Ha comenzado.
Itadori lo miró, sus ojos llenos de pánico compartido.
—Usted también, Gojo-sensei…
En ese momento, Yuta entró corriendo en la sala, pálido y sin aliento. Al ver las caras de sus compañeros de infortunio, no necesitó decir nada. El entendimiento mutuo flotó entre ellos, oscuro y pesado.
—Zenin-san casi me decapita —susurró Yuta, desplomándose en el suelo.
—Kugisaki lloró por un cachorro y luego me acusó de ser un monstruo sin alma por respirar —confesó Itadori.
Gojo se frotó las sienes.
—Fui a visitar a Shoko. La encontré en su laboratorio, rodeada de envoltorios de dulces y papas fritas, mirando fijamente un informe de autopsia con una sed de sangre que no había visto desde que luché con Sukuna.
Hizo una pausa dramática.
—Le pregunté si quería ir a por mochis de edición limitada. Me lanzó un bisturí.
Itadori y Yuta lo miraron con los ojos muy abiertos.
—¿Te lanzó un bisturí? —preguntó Itadori, incrédulo.
—Por supuesto, lo detuve con mi Infinito a un centímetro de mi perfecta cara —dijo Gojo, recuperando un atisbo de su arrogancia—. Pero no es el acto en sí lo que importa. Es la intención. La intención era clara: “Aléjate o te disecciono”.
Los tres se quedaron en silencio, contemplando la magnitud de la catástrofe. No era un ataque coordinado. Era peor. Una sincronización biológica. Un evento de extinción a nivel de novios.
—Se han sincronizado —murmuró Yuta, horrorizado.
—Esto es un desastre de Grado Especial —declaró Itadori.
Gojo se puso de pie de un salto, su energía cambiando de repente. Una chispa de determinación maniática brilló en sus ojos.
—¡No! —exclamó, con el dedo índice apuntando al techo—. ¡Esto no es un desastre! ¡Es un desafío! ¡Somos hechiceros de Jujutsu! ¡Luchamos contra maldiciones nacidas de las emociones negativas de la humanidad! ¿Y vamos a dejarnos vencer por un exceso de progesterona y estrógeno? ¡Jamás!
Se irguió, adoptando una pose de líder.
—Caballeros, lo que necesitamos es un plan. Un protocolo. A partir de este momento, damos inicio a la “Operación: Supervivencia Escarlata”.
Itadori y Yuta, desesperados por cualquier atisbo de esperanza, se pusieron firmes, mirando a su sensei como si fuera un general a punto de guiarlos a la batalla.
—Fase Uno: El Kit de Confort —anunció Gojo, paseándose por la habitación—. Cada objetivo tiene necesidades específicas. Debemos anticiparnos y proveer. ¡Yuji!
—¡Sí, sensei!
—Tu misión: el kit Kugisaki. Necesitarás chocolates, pero no cualquier chocolate. Averigua la marca, el porcentaje de cacao y la tienda específica. ¡La precisión es clave! Consigue las últimas revistas de moda, un cojín térmico para los cólicos y, como medida de distracción, un catálogo de todas las tiendas de postres en un radio de veinte kilómetros. ¡Y por el amor de Dios, cómprale algo brillante!
Itadori anotaba febrilmente en una libreta imaginaria.
—¡Entendido! ¡Precisión y cosas brillantes!
—¡Yuta! —continuó Gojo.
—¡Presente!
—Tu objetivo es más sutil, pero no menos peligroso. El kit Zenin. Olvida los lujos. Piensa en la practicidad. Nuevas vendas de alta calidad para sus manos, barritas de proteínas de esa marca importada que le gusta, una piedra de afilar de grano fino para su arsenal. Y… —Gojo se detuvo, pensativo—… una manta eléctrica. De las buenas. De las que tienen múltiples niveles de calor. Es un movimiento arriesgado, podría interpretarlo como que la crees débil, pero si lo ejecutas bien, podría ser tu salvación. El momento de la entrega es crucial. No durante el entrenamiento. Después, cuando esté agotada y crea que nadie la ve.
Yuta asintió, tragando saliva. El nivel de estrategia era digno de un hechicero de primer grado.
—Y yo —dijo Gojo con una sonrisa— me encargaré del objetivo más volátil: el kit Ieiri. Esto requiere fineza. El mejor whisky de malta que el dinero pueda comprar, esas raras revistas médicas alemanas que ha estado buscando, un cartón de sus cigarrillos favoritos y, la pieza central, una bata de laboratorio nueva, increíblemente suave y cómoda. Y un letrero para su puerta que diga: “No Molestar. Riesgo de Muerte Súbita (la tuya)”.
—Fase Dos: El Protocolo de Comunicación —prosiguió el hechicero más fuerte—. A partir de ahora, nuestro vocabulario se reduce. Las frases seguras son: “Sí, cariño”, “Tienes toda la razón”, “Lo que tú digas”, “¿Te apetece un masaje?”, y la más importante de todas: “Voy a prepararte un té”.
Hizo una pausa, su rostro mortalmente serio.
—Frases prohibidas, bajo pena de sufrimiento extremo: “¿Estás en tus días?”, “Cálmate”, “Estás exagerando”, “No es para tanto”, y cualquier argumento que empiece con la palabra “Lógicamente”. La lógica es nuestra enemiga esta semana. Abracen el caos emocional.
—Y finalmente, Fase Tres: El Sistema de Apoyo —concluyó Gojo, sacando su teléfono—. Crearé un grupo de chat. Lo llamaremos… “Sobrevivientes de la Marea Roja”. Lo usaremos para enviar señales de auxilio, compartir información vital —“El objetivo Kugisaki está durmiendo, el pasillo norte está despejado”— y, lo más importante, para darnos apoyo moral. Nadie lucha solo.
Con el plan trazado, el trío se dispersó. La misión había comenzado.
***
Itadori fue el primero en ejecutar su parte del plan. Después de una carrera frenética por Shibuya que implicó interrogar a tres dependientas aterrorizadas, consiguió el tesoro: chocolate amargo al 85% de una chocolatería artesanal suiza. Armado con eso, revistas, un cojín con forma de fresa que se calentaba por USB y un mapa de postres cuidadosamente marcado, se acercó a la habitación de Nobara.
Llamó a la puerta suavemente.
—¿Kugisaki? Soy yo. ¿Puedo pasar?
Un silencio. Luego, un gruñido ahogado.
—¿Qué quieres?
—Te he traído… ofrendas de paz.
La puerta se abrió una rendija. Un ojo anaranjado lo escrutó de arriba abajo. Itadori levantó la bolsa como un soldado rindiéndose. Nobara le arrebató la bolsa y examinó el contenido. Abrió el chocolate, partió un trozo y se lo metió en la boca. Masticó lentamente, su expresión indescifrable. Itadori contuvo el aliento.
—Hmph —dijo ella finalmente—. Es el correcto. Por esta vez, te salvas.
Abrió la puerta por completo. Estaba envuelta en una manta, con el pelo revuelto. Señaló el mapa de postres.
—Ese buffet de tortas en Ginza. Mañana. Y tú pagas.
—¡Claro! ¡Lo que quieras! —respondió Itadori, sintiendo una oleada de alivio.
—Y ahora, lárgate. Quiero ver mi dorama y llorar en paz sin que tu optimismo estúpido contamine el ambiente.
Itadori no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se retiró con una sonrisa. Había sobrevivido al primer encuentro. Era una victoria.
***
Mientras tanto, Yuta se embarcaba en la misión más aterradora de su vida. Encontró a Maki en el gimnasio, después de su brutal sesión de entrenamiento. Estaba sentada en un banco, limpiando su naginata con una concentración feroz. El sudor perlaba su frente y su respiración era profunda y controlada.
Yuta se acercó sigilosamente, como un ratón de campo acercándose a un león dormido. No dijo nada. Simplemente dejó a su lado una botella de agua fría y una barrita de proteínas. Maki lo miró de reojo, pero no dijo nada. Cogió la botella y bebió. Un buen comienzo.
Después de unos minutos de silencio tenso, Yuta reunió todo su coraje.
—Zenin-san —dijo, su voz apenas un susurro—. He notado que el filo de tu lanza podría… beneficiarse de un repaso. Si quieres, yo podría…
Maki dejó de limpiar el arma y levantó la vista. Sus ojos se entrecerraron. Yuta sintió que su alma abandonaba su cuerpo.
—¿Estás diciendo que no cuido bien mis herramientas, Okkotsu?
—¡No! ¡Para nada! —se apresuró a decir—. Es solo que… uhm… afilar armas es algo que me relaja. Y sé que has estado entrenando muy duro. Es una oferta egoísta, en realidad. Me ayudaría a calmar mis nervios.
Fue una mentira brillante, nacida de la pura desesperación. Maki lo estudió durante un largo momento. Luego, con un suspiro de resignación, le tendió la naginata.
—Más te vale no arruinarla. El equilibrio es perfecto. Si lo alteras, te usaré para recalibrarla.
Yuta tomó el arma con un cuidado reverencial. Más tarde esa noche, después de pasar dos horas afilando meticulosamente cada centímetro del filo hasta que pudiera cortar un pelo en el aire, se la devolvió. Maki la inspeccionó, pasando un pulgar con cuidado por la hoja. No sonrió, pero Yuta detectó un casi imperceptible asentimiento.
—No está mal, Okkotsu. No está mal.
Para Yuta, aquello fue el equivalente a un desfile en su honor. Más tarde, dejó la manta eléctrica, todavía en su caja, frente a la puerta de la habitación de ella, llamó una vez y salió corriendo. No se atrevió a ver su reacción, pero a la mañana siguiente, vio la caja vacía en el contenedor de reciclaje. Era una victoria silenciosa, pero una victoria al fin y al cabo.
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El enfrentamiento de Gojo fue de un calibre completamente diferente. Se teletransportó directamente a la morgue de la escuela, donde sabía que Shoko se refugiaba. El aire era frío y olía a antiséptico y a una tristeza persistente. Shoko estaba de espaldas a él, encorvada sobre una mesa de metal, aunque no había ningún cuerpo sobre ella. Llevaba su bata de laboratorio, pero parecía más una armadura que una prenda de trabajo.
Gojo no dijo nada. Simplemente colocó sus ofrendas en una mesa cercana: la botella de whisky escocés de 25 años, las revistas médicas encuadernadas en cuero, y el cartón de cigarrillos. El letrero lo dejó apoyado contra la botella.
Shoko se giró lentamente. Sus ojos cansados, con las familiares ojeras más oscuras que nunca, se posaron en los objetos y luego en él. Su expresión era de puro agotamiento.
—Esperaba que vinieras a contarme algún chiste estúpido sobre lo pálida que estoy —dijo, su voz ronca.
Gojo se encogió de hombros, adoptando una rara y genuina seriedad.
—Incluso el más fuerte sabe reconocer una batalla que no puede ganar con bromas. Hoy se impone la retirada estratégica.
Un suspiro escapó de los labios de Shoko, un sonido frágil.
—Tráeme un vaso —dijo, señalando el whisky—. Y no uno de los de cristal bueno. Trae un vaso de precipitados. Tengo la sensación de que hoy voy a romper cosas.
Gojo obedeció sin rechistar. Le sirvió una medida generosa en el vaso de laboratorio y se lo entregó. Ella lo tomó y bebió un largo trago. El silencio se instaló entre ellos, solo roto por el zumbido de los refrigeradores.
—Gracias, Satoru —murmuró ella, sin mirarlo.
—De nada, Shoko.
Se quedó allí un rato más, simplemente compartiendo el espacio sin necesidad de llenarlo de ruido. Sabía que eso era lo que ella necesitaba: presencia, no palabras. Después de unos minutos, se dio la vuelta para marcharse.
—Gojo.
Se detuvo en la puerta.
—La próxima vez, que sea de Islay. Me gusta el toque ahumado cuando me siento homicida.
Gojo sonrió para sus adentros.
—Anotado.
Había logrado una tregua. En el mundo de Satoru Gojo, eso era una victoria tan grande como sellar una maldición de Grado Especial.
***
Esa noche, el grupo de chat “Sobrevivientes de la Marea Roja” cobró vida.
**Yuji_Itadori:** *¡¡¡CÓDIGO ROJO!!! ¡KUGISAKI ESTÁ VIENDO UN VIDEO DE GATITOS HUÉRFANOS Y ME HA ACUSADO DE SER CÓMPLICE DE LA CRUELDAD ANIMAL PORQUE NO ESTOY LLORANDO LO SUFICIENTE! ¡¿QUÉ HAGO?!*
**Satoru_Gojo:** *Novato. Llora. Finge. Pellízcate el brazo si es necesario. Muestra empatía o perece.*
**Yuta_Okkotsu:** *Zenin-san tiene calambres. Me ha pedido que le ponga una mano en la espalda. Tengo miedo de aplicar demasiada presión. O muy poca. O de que mi mano esté muy fría. O muy caliente. Creo que voy a desmayarme.*
**Satoru_Gojo:** *Respira, Yuta. Temperatura corporal neutra. Presión firme pero gentil. Imagina que estás desactivando una bomba. Porque, en cierto modo, lo estás haciendo.*
**Yuji_Itadori:** *¡Funciono! ¡Estoy llorando! ¡Ahora ella me está abrazando y dice que soy el único que la entiende! ¡ESTO ES UNA MONTAÑA RUSA EMOCIONAL!*
**Satoru_Gojo:** *Bienvenido al club, Yuji-kun. Por cierto, Shoko acaba de pedirme que le describa con todo lujo de detalles los efectos de la exsanguinación en el cuerpo humano. Dice que la ayuda a poner sus propios dolores en perspectiva. Enviando fuerzas.*
**Yuta_Okkotsu:** *Por favor, no describa eso aquí, sensei.*
**Yuji_Itadori:** *¡LO QUE YUTA DIJO! ¡YA TENGO SUFICIENTES TRAUMAS POR HOY!*
***
Al final del día, los tres hombres se reunieron de nuevo en la sala común. Parecían veteranos de guerra regresando del frente. Estaban pálidos, agotados, pero vivos.
—Sobrevivimos… al primer día —dijo Itadori, desplomándose en el sofá.
—Apenas —añadió Yuta, que parecía haber envejecido cinco años.
—El primer día siempre es el más duro —dijo Gojo, intentando sonar optimista, aunque él también parecía agotado—. Es el impacto inicial. Ahora solo tenemos que mantener el rumbo.
Estaban a punto de empezar a intercambiar más historias de guerra cuando tres figuras aparecieron en la entrada de la sala. Nobara, Maki y Shoko.
El trío de hombres se congeló. El pánico se apoderó de ellos. ¿Las habían oído? ¿Era el final? ¿Sería este el golpe de gracia?
Pero algo era diferente. No había miradas asesinas ni auras amenazantes. Nobara llevaba una bolsa de plástico llena de snacks variados. Maki sostenía un paquete de seis cervezas. Y Shoko… Shoko parecía la misma de siempre, cansada e indiferente, pero había un matiz de diversión en sus ojos.
Se quedaron allí, en un tenso silencio, hasta que Nobara suspiró.
—Son un trío de idiotas dramáticos —dijo, pero su tono carecía de la mordacidad de antes. Lanzó una bolsa de patatas fritas a Itadori, que la atrapó por puro reflejo.
Maki se acercó a la mesa y dejó las cervezas. Desvió la mirada, un leve rubor tiñendo sus mejillas, casi invisible en la penumbra.
—Pero… —murmuró, su voz tan baja que apenas la oyeron—, gracias por el esfuerzo. Se agradece.
Finalmente, Shoko miró directamente a Gojo.
—Tu elección de whisky fue mediocre, Satoru —dijo, su voz plana. Pero entonces, una diminuta sonrisa, apenas una curva en la comisura de sus labios, apareció por una fracción de segundo—. Pero tu silencio fue de primera calidad.
Las tres se sentaron. Nobara junto a un atónito Itadori, Maki en un sillón individual lo más lejos posible de Yuta pero aun así en el mismo grupo, y Shoko se recostó en el sofá junto a Gojo.
Abrieron las cervezas y los snacks. El aire, antes cargado de tensión y miedo, se llenó de un silencio cómodo y agotado. Era una tregua. Un alto el fuego no declarado. Los hombres habían pasado la prueba. Habían demostrado, a su manera torpe, asustada y excesivamente estratégica, que se preocupaban. Y las mujeres, a pesar de la tormenta hormonal que se desataba en su interior, lo reconocían.
Itadori miró a Nobara, que masticaba ruidosamente sus patatas fritas. Yuta miró a Maki, que bebía su cerveza en silencio, con la mirada perdida en la distancia. Gojo miró a Shoko, que había cerrado los ojos, simplemente disfrutando del momento de paz.
Habían sobrevivido al Día Uno. Solo quedaban seis más. Y por primera vez ese día, los tres hombres sintieron que, quizás, solo quizás, podrían lograrlo. Juntos.
