Fanfy
.studio
Imagen de fondo

El que viene cada Mes

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 23/5/2026

Etiquetas

RomanceDolor/ConsueloHistoria DomésticaRecortes de VidaEstudio de PersonajeAmbientación CanonLenguaje ExplícitoFluffHumorParodiaCrack / Humor Paródico
Índice

El Advenimiento del Cataclismo Carmesí

El aire en la sala común de primer año vibraba con una tensión que rivalizaba con la de una incursión en un nido de maldiciones de grado especial. Sentados en un precario semicírculo, tres hombres, tres chamanes de Jujutsu, compartían un silencio solemne. Sus rostros, un mosaico de pavor, resignación y una pizca de pánico apenas contenido.

Itadori Yuji, el más joven del trío, se frotaba las manos nerviosamente, el sonido áspero de su piel contra sí misma era el único ruido en la habitación. A su lado, Yuta Okkotsu, con sus características ojeras más pronunciadas que nunca, parecía haberse encogido dentro de su uniforme blanco, como si deseara que la tela lo absorbiera y lo hiciera desaparecer. Y presidiendo esta sombría reunión, con una pose dramática sobre una de las sillas del comedor, estaba Satoru Gojo. A pesar de su habitual aire juguetón, incluso sus ojos, ocultos tras la venda negra, parecían percibir la gravedad del momento.

—Caballeros —comenzó Gojo, su voz retumbando con una falsa seriedad de general antes de la batalla—. Nos encontramos en la víspera de la operación más peligrosa que hemos enfrentado como equipo. Una misión de una semana de duración, de naturaleza cíclica y con un potencial destructivo que hace que la Invasión de Shibuya parezca un picnic de guardería.

Yuta tragó saliva, un sonido audible en el silencio.

—Gojo-sensei, ¿no cree que está siendo un poco… dramático? —susurró, su voz temblorosa.

—¿Dramático? —Gojo se inclinó hacia adelante, una sonrisa torcida jugando en sus labios—. Okkotsu, mi querido y traumatizado alumno, la subestimación es el primer paso hacia la aniquilación. Estamos hablando de un evento que altera la realidad, que transforma a las mujeres más dulces y razonables… bueno, razonables para sus estándares… en encarnaciones vivientes del caos.

Itadori levantó una mano, confundido.

—Sensei, ¿estamos hablando de… la regla? —preguntó, usando el término más simple que se le ocurrió.

Gojo chasqueó los dedos.

—¡Exacto! Pero "la regla" no le hace justicia. Esto es… el Cataclismo Carmesí. La Marea Escarlata. El Festival de la Furia Hormonal. Y nuestras respectivas compañeras… —hizo una pausa para darle más efecto— son el epicentro.

El recuerdo era fresco. Hacía apenas unas horas, un mensaje de texto grupal de Megumi (titulado "Advertencia de Supervivencia") había llegado a sus teléfonos: "Nobara está de mal humor y busca su martillo. Maki-senpai casi me atraviesa con una lanza por respirar demasiado fuerte cerca de ella. Y acabo de ver a Shoko-san mirando una cafetera con intenciones asesinas. Buena suerte".

Ese fue el toque de clarín. La señal de que la semana de la perdición había comenzado.

—Muy bien, repasemos el plan de batalla —continuó Gojo, poniéndose de pie y comenzando a caminar de un lado a otro como un estratega—. Itadori, tu misión: Operación Pacificación Dulce. Te encargarás de Nobara. Tu arsenal consistirá en un suministro ilimitado de dulces, comida basura, películas románticas de dudosa calidad y una bolsa de agua caliente. Tu principal directiva es la absorción de daños. Serás un escudo humano, un pararrayos para su ira. ¿Preguntas?

Itadori asintió con una determinación férrea, como si le hubieran encargado exorcizar a Sukuna él solo.

—Entendido. Absorción de daños. Soy bueno en eso. ¿Qué pasa si pide algo que no tenemos?

—Improvisa, adáptate, sobrevive —respondió Gojo con solemnidad—. Y por el amor de todo lo sagrado, nunca, bajo ninguna circunstancia, digas la frase: "¿Estás en tus días?". Es un hechizo vinculante que garantiza tu muerte.

Yuta tembló visiblemente.

—O-okotsu —prosiguió Gojo, señalándolo con un dedo—. Tu objetivo es Maki Zenin. Esta es una misión de sigilo y precisión. Operación Apoyo Silencioso. Maki no es como Nobara. No querrá mimos ni un espectáculo. Tu tarea es anticipar sus necesidades sin que ella tenga que pedirlas. Analgésicos junto a un vaso de agua en su mesita de noche. Su té favorito, preparado a la temperatura exacta. Un espacio de entrenamiento despejado para que pueda desahogar su frustración. Tu lema es: "Estar presente, pero invisible". Si te habla, responde con frases cortas y afirmativas. No hagas contacto visual prolongado.

Yuta sacó una pequeña libreta y empezó a tomar notas febrilmente. "Té… temperatura exacta… no contacto visual…"

—Y yo —dijo Gojo, deteniéndose y colocándose las manos en las caderas con aire de superioridad—, me encargaré del objetivo más volátil y complejo de todos: Shoko Ieiri. Operación Distracción Sofisticada. Shoko no se vuelve ruidosa. Se vuelve… letalmente silenciosa y sarcástica. Su indiferencia se afila hasta convertirse en un arma quirúrgica. Mi plan es un bombardeo de lujo y conveniencia. La mejor comida, el café más exclusivo, e incluso he considerado usar mi Infinito para crear una burbuja de silencio absoluto a su alrededor. Es una estrategia de alto riesgo y alta recompensa.

Los tres se quedaron en silencio de nuevo, el peso de sus misiones asentándose sobre ellos. Eran chamanes de Jujutsu, luchaban contra monstruos nacidos de la emoción humana. Y, sin embargo, esta batalla, tan intrínsecamente humana, les parecía la más desalentadora de todas.

—Buena suerte, soldados —dijo Gojo, dándole una palmada en la espalda a Itadori que casi lo derriba—. Y que los dioses, si existen, se apiaden de nuestras almas.

***

Itadori se paró frente a la puerta de Nobara, con los brazos cargados de lo que él consideraba el kit de supervivencia definitivo. Una bolsa de patatas fritas con sabor a consomé, una caja de Pocky de fresa, varias latas de refresco de melón y, el arma secreta que Gojo-sensei le había sugerido, una película titulada "Un amor bajo los cerezos en flor" que encontró en la videoteca de la escuela. En la otra mano, sostenía con cuidado una bolsa de agua caliente recién llenada.

Respiró hondo, se armó de valor y tocó suavemente la puerta.

—¿Nobara? Soy yo, Yuji.

Un gruñido ahogado fue la única respuesta desde el interior. Itadori lo interpretó como una invitación.

Abrió la puerta con cuidado y la encontró hecha un ovillo en su cama, envuelta en su edredón como una oruga en su capullo. Solo la parte superior de su cabello naranja era visible. La habitación estaba en penumbra, las cortinas corridas.

—Te traje… cosas —dijo en voz baja, acercándose como si se acercara a un animal herido.

La cabeza de Nobara se movió ligeramente. Un ojo se abrió y lo fulminó con la mirada.

—No quiero cosas. Quiero que el universo deje de intentar perforar mi útero desde adentro hacia afuera. Lárgate.

—Oh. Bueno, es que… pensé que quizás tenías hambre —dijo Itadori, dejando la ofrenda de comida en su escritorio—. Y traje una bolsa de agua caliente. Gojo-sensei dijo que esto ayuda.

Extendió la bolsa de agua caliente hacia ella. Nobara lo miró, luego a la bolsa, y su expresión se suavizó una milésima de grado. Extendió una mano desde debajo de las sábanas y se la arrebató.

—Dámela.

Se la colocó sobre el abdomen con un suspiro que era mitad alivio y mitad sufrimiento. Itadori sonrió, sintiendo que había superado el primer nivel.

—¡Genial! También traje una película. Se ve muy buena. Hay una chica que se enamora de un fantasma que vive en un…

—Itadori.

—¿Sí?

—Si pones esa película, usaré tu cráneo como un nuevo objetivo para mis clavos —dijo con una voz monótona y peligrosa.

—Entendido. No película.

Se produjo un silencio incómodo. Itadori se quedó de pie, sin saber cuál era el siguiente paso del protocolo. Nobara se había vuelto a acurrucar, pero esta vez no le dijo que se fuera.

—Oye… —dijo él, sentándose con cuidado en el borde de la cama—. ¿Hay algo que pueda hacer?

Nobara suspiró, un sonido largo y cansado.

—Puedes dejar de hacer ruido. Y puedes pasarme esas patatas fritas.

El corazón de Itadori dio un salto de victoria. ¡Contacto exitoso! ¡El objetivo estaba aceptando provisiones! Se apresuró a abrir la bolsa de patatas y se la tendió. Ella tomó un puñado sin mirarlo.

—Gracias —murmuró, tan bajo que casi no la oyó.

—De nada —respondió él, con una sonrisa genuina.

Se quedó sentado en silencio mientras ella comía. El único sonido era el crujido de las patatas fritas. Después de unos minutos, ella se movió, haciendo un pequeño espacio a su lado bajo el edredón.

—Si vas a quedarte, al menos no te quedes ahí como un pasmarote. Y tienes prohibido hablar durante la próxima hora.

Itadori no necesitó más invitación. Se deslizó bajo las sábanas, sintiendo el calor de la bolsa de agua y de la propia Nobara. Ella se apoyó ligeramente contra su hombro, cerró los ojos y, por primera vez en todo el día, pareció un poco menos tensa. Itadori sonrió en la oscuridad. Misión cumplida. Por ahora.

***

Mientras tanto, en los campos de entrenamiento, Yuta Okkotsu ejecutaba la Operación Apoyo Silencioso con la precisión de un cirujano y el pánico de un hámster acorralado.

Había visto a Maki desde lejos. Estaba sola, blandiendo una naginata con una ferocidad que hacía que el aire mismo pareciera retroceder. Cada golpe, cada giro, estaba cargado de una frustración contenida que era casi palpable. Su coleta se balanceaba como un látigo, y sus movimientos, normalmente fluidos y económicos, tenían un borde de furia bruta.

Yuta, escondido detrás de un árbol, consultó su libreta. "Paso 1: Establecer un perímetro de apoyo no intrusivo".

Con un sigilo que habría enorgullecido a cualquier asesino, se acercó al banco más cercano al área de entrenamiento de Maki. Con cuidado, colocó una botella de agua fría, una toalla limpia y doblada, y una pequeña caja que contenía dos pastillas de analgésico. A su lado, un termo. Lo abrió brevemente, dejando escapar una nube de vapor fragante: té de jengibre y miel, preparado exactamente a 85 grados Celsius, según había leído en un artículo de "Cuidados Holísticos para el Malestar Menstrual".

Luego, se retiró a una distancia respetable y se sentó en el suelo, fingiendo estar meditando. Su verdadera misión era observar. No a ella directamente —recordaba la directiva de "no contacto visual prolongado"—, sino su entorno. Estaba listo para interceptar a cualquiera que se acercara, para desviar cualquier interrupción.

Después de lo que parecieron horas, Maki se detuvo. Estaba jadeando, con el sudor pegándole el flequillo a la frente. Apoyó la naginata contra un poste y se dirigió hacia el banco para recoger sus cosas. Fue entonces cuando vio la instalación de Yuta.

Se quedó quieta por un momento, mirando la botella, la toalla, las pastillas, el termo. Sus hombros, que habían estado tensos y levantados, bajaron un centímetro. Yuta contuvo la respiración.

Maki caminó hacia él. Yuta sintió que su alma abandonaba su cuerpo.

—Okkotsu.

—¡S-sí, Maki-san! —chilló, poniéndose de pie de un salto.

Ella lo miró fijamente, sus ojos detrás de las gafas eran indescifrables.

—¿Qué es esto? —preguntó, señalando el banco con la barbilla.

—E-es… apoyo logístico —tartamudeó Yuta—. P-pensé que podrías necesitar… hidratación. Y… y gestión del dolor. Y el té es… bueno para la inflamación. Lo leí.

Maki entrecerró los ojos. Por un momento, Yuta estuvo seguro de que iba a ser partido en dos. En cambio, ella suspiró, un sonido largo y profundo.

—Eres un idiota.

—¡Lo siento! —dijo Yuta instintivamente, haciendo una reverencia.

—No. Levanta la cabeza.

Obedeció, temblando. Maki se acercó, tomó la botella de agua y bebió casi la mitad de un trago. Luego se secó la cara con la toalla.

—Gracias —dijo en voz baja, sin mirarlo.

Yuta parpadeó. —¿Eh?

—Dije gracias. ¿Estás sordo? —replicó ella, aunque no había mordacidad en su tono. Se sirvió una taza de té del termo y tomó un sorbo. Una expresión de sorpresa cruzó su rostro—. Está bueno. ¿Cómo sabías que me gusta el jengibre?

—Lo… lo mencionaste una vez. Hace seis meses. Después de una misión en Sendai —admitió Yuta, sonrojándose.

Maki lo miró de nuevo, y esta vez, Yuta vio algo diferente en sus ojos. Una calidez diminuta, casi imperceptible.

—Eres un rarito, Okkotsu. Pero supongo que un rarito útil.

Se sentó en el banco y le dio unas palmaditas al espacio junto a ella.

—Siéntate. Y deja de parecer que vas a vomitar. No muerdo. No hoy.

Yuta se sentó con cautela. Se quedaron en silencio por un largo rato, Maki bebiendo su té y Yuta simplemente existiendo, sintiendo el pánico disminuir y ser reemplazado por una extraña sensación de calma. Había sobrevivido al contacto. Incluso había recibido un "gracias". Quizás, solo quizás, esta misión no era imposible después de todo.

***

En las profundidades de la escuela, en el santuario estéril y con olor a antiséptico que era la enfermería, Satoru Gojo estaba librando la batalla más difícil de todas. Una batalla de ingenio, voluntad y paciencia contra un oponente formidable: una Shoko Ieiri con migraña y cero tolerancia a las tonterías.

Gojo había hecho su entrada triunfal una hora antes. Utilizando su técnica de teletransporte, había aparecido en medio de la enfermería con una torre de cajas de una pastelería parisina que, según él, había "visitado" esa mañana.

—¡Shoko, mi lánguida flor de la medicina! —había anunciado, haciendo una reverencia—. ¡He traído ofrendas para apaciguar a la bestia del dolor que reside en tu interior! ¡Éclairs, macarons, mille-feuille! ¡Dí la palabra y te construiré un palacio de hojaldre!

Shoko, que estaba sentada en su escritorio con la cabeza entre las manos, ni siquiera se había molestado en levantar la vista.

—Gojo —dijo, su voz amortiguada por sus palmas—. Si no desapareces en los próximos diez segundos, voy a usar mi Técnica de Maldición Inversa para fusionar permanentemente esa venda a tu cara.

—¡Tan creativa en tu hostilidad! ¡Me encanta! —replicó Gojo, impertérrito. Empezó a desempaquetar los pasteles con un entusiasmo desbordante—. Mira este, es un Saint-Honoré. ¿No te parece que su estructura de profiteroles representa la complejidad del ciclo menstrual? Es poético, ¿verdad?

Shoko finalmente levantó la cabeza. Sus ojos cansados se clavaron en él. El pequeño lunar bajo su ojo derecho parecía un punto de mira.

—Satoru. Tengo una migraña que podría registrarse en la escala de Richter. Cada palabra que dices se siente como si alguien estuviera usando un martillo de goma en mi cerebro. Y el olor a azúcar me está dando náuseas. Coge tus pastelitos y lárgate.

Cualquier otra persona habría huido. Pero Gojo conocía a Shoko mejor que nadie. Vio más allá del sarcasmo y la amenaza. Vio las líneas de dolor alrededor de sus ojos, la forma en que su hombro estaba tenso por la tensión. Y supo que su estrategia de "bombardeo y asombro" había fracasado. Era hora de cambiar de táctica.

Sin decir una palabra más, Gojo hizo desaparecer todos los pasteles con un gesto de la mano. El ruido y el color se desvanecieron, dejando solo el silencio estéril de la enfermería. Shoko lo miró, sorprendida por su repentina obediencia.

Gojo se acercó a la cafetera, preparó una taza de café negro, fuerte, exactamente como sabía que a ella le gustaba. Luego, se acercó a su escritorio y la colocó suavemente frente a ella.

—Bebe —dijo en voz baja, su tono desprovisto de toda la fanfarronería habitual.

Shoko lo miró con desconfianza, pero el aroma del café era demasiado tentador. Tomó la taza con manos temblorosas y dio un sorbo. Cerró los ojos con una expresión de puro alivio.

Gojo se movió detrás de su silla.

—¿Puedo? —preguntó, sus manos flotando sobre sus hombros.

Ella vaciló por un segundo y luego asintió levemente.

Con una delicadeza que contradecía su inmenso poder, los dedos de Gojo se posaron en sus hombros. No usó ninguna energía maldita, solo la presión firme y experta de alguien que había pasado años aprendiendo exactamente dónde se acumulaba la tensión de Shoko. Comenzó a masajear sus hombros, su cuello, la base de su cráneo, trabajando los nudos de estrés con un ritmo lento y constante.

Shoko soltó un suspiro que pareció liberar el peso de todo el día. Se reclinó en la silla, entregándose al tratamiento. El silencio se prolongó, roto solo por el suave sonido de la respiración y el ocasional sorbo de café.

—Sabes —murmuró Shoko después de varios minutos, su voz ronca—, eres insoportable el noventa y nueve por ciento del tiempo.

Gojo sonrió para sí mismo, continuando su trabajo.

—Ah, pero ese uno por ciento… —respondió en un susurro—. Ese uno por ciento vale la pena, ¿no?

Ella no respondió. No necesitaba hacerlo. Se quedó allí, con los ojos cerrados, mientras el hombre más fuerte del mundo amasaba silenciosamente el dolor de sus hombros, demostrando que a veces, el mayor poder no reside en mover montañas, sino en saber exactamente cuándo quedarse quieto y en silencio.

***

Más tarde esa noche, los tres soldados se reunieron de nuevo en la sala común. Parecían veteranos regresando del frente.

Itadori tenía una pequeña marca roja en la frente.

—Intenté cambiar el canal sin preguntar —explicó con una sonrisa cansada—. Me lanzó el mando a distancia. Pero luego se sintió mal y me dejó elegir la siguiente película. ¡Vimos una de acción! ¡Fue increíble!

Yuta parecía agotado pero extrañamente sereno.

—Maki-san y yo… entrenamos un poco. Con bokken. Me dijo que mi postura era terrible, pero… creo que sonrió una vez. O quizás era una mueca de dolor. No estoy seguro. Pero me dejó llevarle la cena a su habitación.

Gojo apareció el último, materializándose en el sofá con un suspiro dramático.

—He visto el abismo, y el abismo me ha devuelto la mirada con ojos cansados y una petición de ibuprofeno —declaró—. Shoko se ha quedado dormida en su escritorio. Le he puesto una manta encima y he activado una barrera para que nadie la moleste.

Se miraron el uno al otro, un entendimiento tácito pasando entre ellos. Habían sobrevivido al Día Uno. Habían enfrentado la ira, el dolor y la indiferencia, y habían salido… relativamente ilesos.

—¿Saben? —dijo Itadori, rompiendo el silencio—. Es… difícil. Pero…

—¿Pero? —preguntó Yuta.

—No sé. Ver a Nobara finalmente relajarse un poco… valió la pena el golpe en la cabeza —admitió Itadori, frotándose la marca.

—Maki me dio las gracias —dijo Yuta en voz baja, como si aún no pudiera creerlo—. Creo que es la primera vez que la oigo decir esa palabra sin sarcasmo.

Gojo sonrió, una sonrisa genuina y cansada esta vez.

—Shoko no necesita que pelee sus batallas. Pero necesita que alguien le sostenga el café de vez en cuando.

Se quedaron en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Fue un día de caos, sí. Pero también fue un día de cuidado, de pequeños gestos, de entender a la persona que amaban un poco mejor.

De repente, un grito resonó desde el pasillo de las habitaciones de primer año.

—¡ITADORIIIII! ¡SE ACABARON LAS PATATAS FRITAS!

Los tres hombres se sobresaltaron. Itadori palideció. Yuta se encogió. Gojo se echó a reír, un sonido fuerte y resonante.

—Y la batalla continúa —dijo, dándole una palmada en la espalda a Itadori—. Ánimo, soldado. Aún quedan seis días de guerra.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic