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El Amor es Egoísta
Fandom: Kaguya Sama/Blue Lock
Creado: 23/5/2026
Etiquetas
CrossoverUA (Universo Alternativo)PsicológicoEstudio de PersonajeRecortes de VidaDramaAmbientación CanonRomanceFluffHumorDivergenciaAngustia
Una Libertad Desconocida
El murmullo era ineludible. Se había colado por las rendijas de las puertas de caoba, había rebotado en los impolutos pasillos de mármol y ahora resonaba con una insistencia casi plebeya en los sagrados salones de la Academia Shuchiin. Era un zumbido de emoción cruda, de adrenalina vicaria, un tema tan alejado de los habituales debates sobre política global, mercados de valores o la última colección de alta costura que resultaba casi escandaloso: el fútbol.
Concretamente, un proyecto llamado Blue Lock.
La victoria de su equipo improvisado contra la selección nacional Sub-20 de Japón no era solo una noticia deportiva; se había convertido en un fenómeno cultural de la noche a la mañana. La historia de un grupo de delanteros egoístas, encerrados y enfrentados entre sí para forjar al mejor del mundo, era una narrativa demasiado potente para ser ignorada.
—¡Vieron el gol final! ¡Fue increíble! ¡Isagi simplemente se los comió a todos! —exclamaba un estudiante del montón cerca de la fuente del patio, gesticulando con una pasión que normalmente se reservaba para las elecciones del consejo estudiantil.
—A mí me gusta más Bachira —replicaba una chica—. Su estilo es impredecible, ¡es como un monstruo en el campo!
Las apuestas, los favoritos, los análisis improvisados… La fiebre de Blue Lock había infectado incluso al bastión de la élite juvenil de Japón. Y como toda plaga interesante, no tardó en llegar a su epicentro: la sala del Consejo Estudiantil.
—¡Presidente! ¡Kaguya-san! ¡Ishigami-kun, Iino-chan! ¡Tienen que ver esto!
Chika Fujiwara irrumpió en la sala con la energía de un huracán de confeti, agitando su smartphone como si fuera un tesoro recién descubierto. En la pantalla, un joven de pelo azul oscuro corría con una intensidad casi maníaca.
Miyuki Shirogane levantó la vista de una pila de papeleo, sus ojos cansados por la falta de sueño mostrando un leve atisbo de irritación.
—¿Qué sucede ahora, Fujiwara? ¿Otro juego de mesa alemán con reglas incomprensibles?
—¡No! ¡Esto es mil veces mejor! ¡Es el partido de Blue Lock contra la Sub-20! ¡Ganaaaaron! —canturreó, dando un saltito—. La remontada fue legendaria, la tensión, el drama… ¡fue como ver una película!
Kaguya Shinomiya, sentada con una elegancia perfecta mientras sorbía su té, observó la escena con una diversión apenas disimulada. El fútbol le parecía un pasatiempo bárbaro, pero la pasión de Chika era un espectáculo en sí mismo.
—Fujiwara-san, creo que tenemos asuntos más importantes que atender —intervino Miko Iino con su habitual rigidez, ajustándose las gafas—. El presupuesto para el club de jardinería sigue sin revisarse.
—¡Pero esto es importante para la moral de la escuela! —insistió Chika, haciendo un puchero—. ¡Vamos, solo un resumen! Por favoooor.
Yu Ishigami, encorvado sobre su consola portátil en un rincón, murmuró sin levantar la vista.
—Si vamos a perder el tiempo, prefiero perderlo subiendo de nivel. Ya me sé el resultado, está en todos lados. Quiero morir.
La insistencia de Chika, como siempre, fue un arma de destrucción masiva contra la productividad. Diez minutos después, el portátil de Shirogane estaba sobre la mesa, conectado a un proyector, mostrando la repetición del partido. Chika actuaba como una comentarista enloquecida, pausando para señalar detalles que a nadie más le importaban.
—¡Miren, miren! ¡Ese es Itoshi Sae, el genio! ¡Pero nuestro chico, Yoichi Isagi, lo desafió! ¡Y luego, aquí! ¡Miren cómo le roba el balón a su propio compañero! ¡Qué egoísta! ¡Qué genial!
La palabra «egoísta» flotó en el aire. No como un insulto, sino como un elogio. Eso captó la atención de los demás.
Shirogane frunció el ceño.
—Estratégicamente, es una jugada arriesgada. Rompe la cohesión del equipo, pero en este contexto de «todo o nada», la audacia puede ser la única variable que altere un resultado predecible. Analizando la trayectoria y la posición de los defensas, su única opción era crear una oportunidad donde no la había… —comenzó a murmurar, más para sí mismo que para los demás.
Kaguya observaba con un nuevo interés. No le importaba el balón ni las reglas. Le importaba la guerra psicológica. Vio a un jugador, Isagi, leer el campo, anticipar, manipular. Vio cómo su expresión cambiaba de una concentración feroz a una euforia depredadora. Era una batalla de ingenio y voluntad, no muy distinta a las que ella libraba a diario con el Presidente. La filosofía del programa, «crear al delantero más egoísta del mundo», era fascinante. Una celebración descarada del individualismo en una sociedad que premiaba al colectivo.
Ishigami finalmente levantó la vista de su consola.
—Así que… si eres lo suficientemente bueno, ¿está bien ser un completo egoísta y pisotear a los demás para conseguir lo que quieres? —Su tono era cínico, pero había una nota de genuina curiosidad en su voz—. Ojalá eso se aplicara a la vida real. Podría haber aprobado el último examen sin tener que ir a las clases de repaso.
—¡Eso es inmoral! —saltó Iino, escandalizada—. ¡El trabajo en equipo y el respeto mutuo son fundamentales! ¡Este programa Blue Lock promueve valores terribles!
—¡Pero ganaron, Iino-chan! —replicó Chika—. ¡El egoísmo ganó!
La discusión se prolongó hasta que Shirogane, con un suspiro, apagó el proyector. El tema quedó zanjado, pero una semilla de curiosidad había sido plantada en la mente de más de uno.
***
Esa noche, el interior de la limusina Shinomiya era un santuario de silencio y lujo. Kaguya miraba por la ventanilla las luces de Tokio, su mente repasando los eventos del día. A su lado, en el asiento del copiloto, estaba Ai Hayasaka, vestida con su impecable uniforme de sirvienta, su rostro una máscara de serena profesionalidad.
—Ha sido un día agotador, Hayasaka —comentó Kaguya, con un suspiro delicado.
—¿Hubo algún problema, Kaguya-sama? —preguntó Ai, su voz suave y atenta.
—No, nada grave. Solo… Fujiwara-san. —Kaguya esbozó una media sonrisa—. Nos obligó a ver un partido de fútbol. Algo sobre un proyecto llamado Blue Lock. Fue un alboroto innecesario, por supuesto. Unos chicos corriendo detrás de un balón.
Hayasaka asintió, archivando la información sin darle mayor importancia.
—Entiendo.
—Pero me hizo pensar —continuó Kaguya, girándose ligeramente, sus ojos rojos brillando en la penumbra—. La estrategia que usó uno de los jugadores para marcar el gol final… fue audaz. Impredecible. Engañó a sus aliados para superar a sus enemigos. Quizás podría aplicar un principio similar en mi próxima ofensiva. Si hago que el Presidente crea que estoy interesada en otra persona, su orgullo competitivo podría obligarlo a actuar y confesar sus sentimientos de una vez por todas. ¿Qué te parece, Hayasaka? ¿Es un plan demasiado arriesgado?
Y así, el tema del fútbol fue barrido bajo la alfombra por el asunto verdaderamente importante: la guerra de amor y confesiones. Hayasaka ofreció su análisis habitual, sopesando los pros y los contras, sugiriendo refinamientos y posibles consecuencias. Era su papel, su función.
Pero mientras Kaguya se perdía en sus elaboradas fantasías románticas, una pregunta simple y solitaria se formó en la mente de Hayasaka, negándose a ser ignorada.
—Disculpe mi ignorancia, Kaguya-sama —interrumpió con cuidado, esperando una pausa en el monólogo de su ama—. ¿Qué era exactamente eso de… Blue Lock?
Kaguya parpadeó, sacada de su ensoñación.
—¿Oh, eso? —Hizo un gesto vago con la mano—. Según Fujiwara-san, es una especie de instalación donde encerraron a trescientos delanteros de preparatoria. El objetivo es crear al mejor y más egoísta delantero del mundo para que Japón gane el Mundial. El que fracasa, pierde su carrera en el fútbol para siempre. Una idea bastante extrema.
Hayasaka procesó la información. Encierro. Competencia despiadada. Un único ganador. Un egoísmo glorificado. La descripción era tan ajena a su propia vida de servicio y sacrificio que despertó algo en ella. Una curiosidad fría y analítica.
—Ya veo. Gracias por la aclaración, Kaguya-sama.
El resto del viaje transcurrió en silencio. Una vez en la mansión Shinomiya, Hayasaka cumplió con sus deberes nocturnos con su eficiencia habitual. Preparó el baño de Kaguya, le sirvió un té de hierbas para dormir y se aseguró de que todo en la suite de su ama estuviera en perfecto orden.
—Buenas noches, Hayasaka.
—Que descanse, Kaguya-sama.
Cuando la puerta de la habitación de Kaguya se cerró, Hayasaka se retiró a sus propios aposentos. Su habitación era sencilla, funcional, un marcado contraste con la opulencia del resto de la mansión. Era su único espacio privado, el único lugar donde las múltiples máscaras que llevaba a diario podían descansar.
Se sentó frente a su portátil, la intención inicial era revisar los informes de seguridad de la mansión y la agenda de Kaguya para el día siguiente. Pero la frase de Kaguya seguía resonando en su cabeza: «Crear al mejor y más egoísta delantero del mundo».
Movida por un impulso que no se molestó en analizar, abrió el navegador y tecleó: «Blue Lock».
La pantalla se llenó de resultados. Artículos de noticias, foros de debate, vídeos virales. El rostro de un hombre con gafas y una sonrisa inquietante, Ego Jinpachi, el arquitecto del proyecto, aparecía por todas partes. Hayasaka leyó su manifiesto, su diatriba contra el fútbol japonés y su obsesión por el trabajo en equipo.
«El fútbol es un deporte sobre marcar goles», decía. «Y el que marca el gol es el héroe. No busco al mejor compañero, busco al héroe más egoísta».
Hayasaka sintió un escalofrío. La filosofía era brutal, pero tenía una lógica innegable. Era la antítesis de todo lo que le habían enseñado. Ella fue criada para ser invisible, para apoyar desde las sombras, para que sus deseos y necesidades fueran siempre secundarios a los de Kaguya. Su «yo» era una herramienta al servicio de otro.
Encontró la repetición completa del partido. Con un clic, la pantalla se convirtió en un campo de hierba verde esmeralda bajo luces cegadoras. Al principio, lo observó con distancia profesional, como si analizara a un objetivo. Identificó a los jugadores clave, sus patrones de movimiento, sus fortalezas y debilidades.
Pero su atención seguía volviendo a un jugador. El número 11. Yoichi Isagi. El chico que Chika había señalado. El que Kaguya había mencionado.
Buscó su nombre. Encontró entrevistas. Antes del partido, era un joven educado, casi tímido. Hablaba con humildad, agradecía a sus compañeros, a sus padres. Parecía… normal. Un buen chico. Hayasaka reconoció el tipo al instante. Era una personalidad que ella misma podría haber adoptado si la situación lo requiriera: el «Joven Confiable y Sincero». Una máscara efectiva para ganarse la simpatía del público.
Luego, volvió al partido. Y la disonancia la golpeó con la fuerza de una revelación.
En el campo, el chico educado desaparecía. Sus ojos azules, normalmente amables, se convertían en dos pozos de cálculo intenso. Escaneaban el campo no como un jugador, sino como un depredador buscando el punto débil de su presa. Hayasaka, una maestra de la observación, reconoció a un igual, pero la aplicación era radicalmente diferente. Ella observaba para proteger, para anticipar amenazas contra Kaguya. Él observaba para crear, para destruir, para su propio beneficio.
Vio el momento que Chika había mencionado. Isagi corría junto a su compañero, Yukimiya, ambos con una oportunidad de gol. La lógica del equipo dictaba que pasara el balón. Pero Isagi no lo hizo. La cámara se centró en su rostro, empapado en sudor, y Hayasaka vio el cambio. Vio el momento exacto en que la duda se convirtió en certeza. Vio cómo la idea de «confiar» era aplastada por la de «devorar».
Le robó el balón a su propio compañero. No con malicia, sino con la fría necesidad de un cirujano amputando un miembro. Era su oportunidad, su gol. Y no iba a permitir que nadie, ni siquiera un aliado, se interpusiera.
Hayasaka se inclinó hacia la pantalla, sus propios ojos azules fijos en los de Isagi.
«Fascinante», pensó.
No era la jugada en sí lo que la cautivaba, sino la transformación. El abandono de la máscara social en favor de un instinto puro y egoísta. Ella pasaba su vida cambiando de personalidad: la sirvienta perfecta, la gal coqueta, la estudiante de otra escuela. Eran disfraces, armaduras diseñadas para cumplir una misión, para mezclarse, para servir. Eran jaulas, por muy bien construidas que estuvieran.
Pero lo que Isagi hacía en el campo… no era una máscara. Era una revelación. Era quitarse la piel del «chico bueno» para liberar a la bestia que había debajo. No era una jaula, era una llave. Una llave para desbloquear su máximo potencial, para alcanzar su propio sueño, por y para sí mismo.
Una extraña punzada, algo parecido a la envidia, se agitó en su pecho. Era una emoción que rara vez se permitía sentir. Ella, que había sacrificado su adolescencia y su identidad por Kaguya, a quien amaba como a una hermana. Ella, que había suprimido sus propios deseos hasta el punto de no estar segura de cuáles eran. Y aquí estaba este chico, en una pantalla, mostrando al mundo entero lo que significaba querer algo con tanta desesperación que estabas dispuesto a convertirte en un monstruo para conseguirlo.
Rebobinó. Una y otra vez.
Vio la jugada final. El balón en el aire. El tiempo ralentizándose. Vio los ojos de Isagi moviéndose a una velocidad inhumana, procesando la posición de cada jugador en el campo, amigo y enemigo, como si fueran piezas en un tablero de ajedrez. Los comentaristas lo llamaban «Metavisión». Hayasaka lo llamó control absoluto.
Vio cómo anticipó la trayectoria de la superestrella Itoshi Rin, cómo se posicionó no para detenerlo, sino para usar su movimiento en su contra. Vio el momento exacto en que supo que el balón le llegaría a él. Y entonces, el disparo. Un tiro directo, sin vacilación.
Gol.
La explosión del estadio fue un rugido distante a través de los altavoces de su portátil. Lo que Hayasaka vio fue el rostro de Isagi. La tensión se desvaneció, reemplazada por una expresión de éxtasis puro, casi doloroso. Era la cara de alguien que lo había apostado todo y había ganado. La cara de una libertad que ella nunca había conocido.
La libertad de ser completamente, absolutamente, desvergonzadamente egoísta. Sin culpa. Sin disculpas.
Una sonrisa torcida se dibujó en los labios de Hayasaka. Pensó en Kaguya y Shirogane, en sus «batallas» y «estrategias», juegos de salón envueltos en orgullo y tensión romántica. Eran complejos, sí. Intelectualmente estimulantes. Pero esto… esto era diferente. Esto era primario. Una guerra real, luchada con el cuerpo y el alma a la vista de millones.
Siguió investigando, cayendo por la madriguera del conejo. Vio clips de partidos anteriores dentro de Blue Lock. Vio a Isagi fallar. Vio su desesperación. Y luego lo vio levantarse, adaptarse, evolucionar. Vio cómo humillaba a otros jugadores, no con insultos vacíos, sino con una lógica aplastante, señalando sus fallos con una precisión quirúrgica que los dejaba sin respuesta.
«No esperes a que alguien te pase el balón. Ve y róbalo tú mismo».
«El lugar donde yo estoy es el centro del universo del fútbol».
«Soy un egoísta. ¿Y qué?»
Las palabras de Ego Jinpachi, las acciones de Yoichi Isagi, empezaron a fusionarse en su mente. Crearon una filosofía tan seductora como peligrosa. La idea de que tu valor no venía de cómo servías a los demás, sino de lo que podías lograr por ti mismo.
Hayasaka se reclinó en su silla, sus dedos tamborileando sobre la mesa. Su vida entera había sido una negación de ese principio. Había sido entrenada por el clan Shinomiya, una organización donde el individuo era nada y la familia lo era todo. Su ego, sus deseos, sus sueños… habían sido sistemáticamente aplastados, reemplazados por un único propósito: servir a Kaguya. Y lo hacía con gusto, porque amaba a Kaguya. Pero, ¿era eso todo lo que era? ¿Una sombra, una herramienta, una colección de máscaras?
Miró la pantalla. Había dejado una imagen fija de Isagi, justo después de marcar el gol. Sus ojos azules ardían con un fuego que parecía consumir todo el campo. No era la mirada de un chico bueno. Era la mirada de un rey que acababa de reclamar su trono.
Una libertad desconocida.
Eso es lo que veía en él. La libertad de perseguir un único objetivo con todo su ser. La libertad de gritarle al mundo «¡Aquí estoy!» y obligarlo a mirar. La libertad de ser el protagonista de su propia historia, no un personaje secundario en la de otra persona.
El primer rayo de sol se filtró por la persiana, trazando una línea de luz sobre el suelo de su habitación. Hayasaka parpadeó, sorprendida. Había pasado toda la noche en vela. El agotamiento tiraba de sus músculos, pero su mente estaba extrañamente clara, vibrando con una energía nueva y desconocida.
No sentía sueño. Sentía… hambre. Un hambre que no sabía que tenía.
Apagó el portátil, pero la imagen de Isagi quedó grabada en su retina. El chico normal y el monstruo egoísta. Dos caras de la misma moneda. Una dualidad que ella entendía mejor que nadie. Pero él la usaba para liberarse, mientras que ella la usaba para encadenarse.
Se levantó y caminó hacia la ventana, abriendo la persiana. La luz del amanecer inundó la habitación, fresca y llena de promesas. Por primera vez en mucho tiempo, Ai Hayasaka no pensó en Kaguya, ni en el Presidente, ni en los Shinomiya.
Pensó en un campo de fútbol. Pensó en un balón. Y pensó en la emocionante y aterradora posibilidad de tener un sueño que fuera solo suyo.
—Yoichi Isagi… —murmuró para sí misma, su voz apenas un susurro en la quietud de la mañana—. ¿Qué clase de persona eres en realidad?
La pregunta flotó en el aire, sin respuesta. Pero para Ai Hayasaka, ya no era solo una pregunta sobre él. Se había convertido, sin que se diera cuenta, en una pregunta sobre sí misma. Y estaba decidida a encontrar la respuesta.
Concretamente, un proyecto llamado Blue Lock.
La victoria de su equipo improvisado contra la selección nacional Sub-20 de Japón no era solo una noticia deportiva; se había convertido en un fenómeno cultural de la noche a la mañana. La historia de un grupo de delanteros egoístas, encerrados y enfrentados entre sí para forjar al mejor del mundo, era una narrativa demasiado potente para ser ignorada.
—¡Vieron el gol final! ¡Fue increíble! ¡Isagi simplemente se los comió a todos! —exclamaba un estudiante del montón cerca de la fuente del patio, gesticulando con una pasión que normalmente se reservaba para las elecciones del consejo estudiantil.
—A mí me gusta más Bachira —replicaba una chica—. Su estilo es impredecible, ¡es como un monstruo en el campo!
Las apuestas, los favoritos, los análisis improvisados… La fiebre de Blue Lock había infectado incluso al bastión de la élite juvenil de Japón. Y como toda plaga interesante, no tardó en llegar a su epicentro: la sala del Consejo Estudiantil.
—¡Presidente! ¡Kaguya-san! ¡Ishigami-kun, Iino-chan! ¡Tienen que ver esto!
Chika Fujiwara irrumpió en la sala con la energía de un huracán de confeti, agitando su smartphone como si fuera un tesoro recién descubierto. En la pantalla, un joven de pelo azul oscuro corría con una intensidad casi maníaca.
Miyuki Shirogane levantó la vista de una pila de papeleo, sus ojos cansados por la falta de sueño mostrando un leve atisbo de irritación.
—¿Qué sucede ahora, Fujiwara? ¿Otro juego de mesa alemán con reglas incomprensibles?
—¡No! ¡Esto es mil veces mejor! ¡Es el partido de Blue Lock contra la Sub-20! ¡Ganaaaaron! —canturreó, dando un saltito—. La remontada fue legendaria, la tensión, el drama… ¡fue como ver una película!
Kaguya Shinomiya, sentada con una elegancia perfecta mientras sorbía su té, observó la escena con una diversión apenas disimulada. El fútbol le parecía un pasatiempo bárbaro, pero la pasión de Chika era un espectáculo en sí mismo.
—Fujiwara-san, creo que tenemos asuntos más importantes que atender —intervino Miko Iino con su habitual rigidez, ajustándose las gafas—. El presupuesto para el club de jardinería sigue sin revisarse.
—¡Pero esto es importante para la moral de la escuela! —insistió Chika, haciendo un puchero—. ¡Vamos, solo un resumen! Por favoooor.
Yu Ishigami, encorvado sobre su consola portátil en un rincón, murmuró sin levantar la vista.
—Si vamos a perder el tiempo, prefiero perderlo subiendo de nivel. Ya me sé el resultado, está en todos lados. Quiero morir.
La insistencia de Chika, como siempre, fue un arma de destrucción masiva contra la productividad. Diez minutos después, el portátil de Shirogane estaba sobre la mesa, conectado a un proyector, mostrando la repetición del partido. Chika actuaba como una comentarista enloquecida, pausando para señalar detalles que a nadie más le importaban.
—¡Miren, miren! ¡Ese es Itoshi Sae, el genio! ¡Pero nuestro chico, Yoichi Isagi, lo desafió! ¡Y luego, aquí! ¡Miren cómo le roba el balón a su propio compañero! ¡Qué egoísta! ¡Qué genial!
La palabra «egoísta» flotó en el aire. No como un insulto, sino como un elogio. Eso captó la atención de los demás.
Shirogane frunció el ceño.
—Estratégicamente, es una jugada arriesgada. Rompe la cohesión del equipo, pero en este contexto de «todo o nada», la audacia puede ser la única variable que altere un resultado predecible. Analizando la trayectoria y la posición de los defensas, su única opción era crear una oportunidad donde no la había… —comenzó a murmurar, más para sí mismo que para los demás.
Kaguya observaba con un nuevo interés. No le importaba el balón ni las reglas. Le importaba la guerra psicológica. Vio a un jugador, Isagi, leer el campo, anticipar, manipular. Vio cómo su expresión cambiaba de una concentración feroz a una euforia depredadora. Era una batalla de ingenio y voluntad, no muy distinta a las que ella libraba a diario con el Presidente. La filosofía del programa, «crear al delantero más egoísta del mundo», era fascinante. Una celebración descarada del individualismo en una sociedad que premiaba al colectivo.
Ishigami finalmente levantó la vista de su consola.
—Así que… si eres lo suficientemente bueno, ¿está bien ser un completo egoísta y pisotear a los demás para conseguir lo que quieres? —Su tono era cínico, pero había una nota de genuina curiosidad en su voz—. Ojalá eso se aplicara a la vida real. Podría haber aprobado el último examen sin tener que ir a las clases de repaso.
—¡Eso es inmoral! —saltó Iino, escandalizada—. ¡El trabajo en equipo y el respeto mutuo son fundamentales! ¡Este programa Blue Lock promueve valores terribles!
—¡Pero ganaron, Iino-chan! —replicó Chika—. ¡El egoísmo ganó!
La discusión se prolongó hasta que Shirogane, con un suspiro, apagó el proyector. El tema quedó zanjado, pero una semilla de curiosidad había sido plantada en la mente de más de uno.
***
Esa noche, el interior de la limusina Shinomiya era un santuario de silencio y lujo. Kaguya miraba por la ventanilla las luces de Tokio, su mente repasando los eventos del día. A su lado, en el asiento del copiloto, estaba Ai Hayasaka, vestida con su impecable uniforme de sirvienta, su rostro una máscara de serena profesionalidad.
—Ha sido un día agotador, Hayasaka —comentó Kaguya, con un suspiro delicado.
—¿Hubo algún problema, Kaguya-sama? —preguntó Ai, su voz suave y atenta.
—No, nada grave. Solo… Fujiwara-san. —Kaguya esbozó una media sonrisa—. Nos obligó a ver un partido de fútbol. Algo sobre un proyecto llamado Blue Lock. Fue un alboroto innecesario, por supuesto. Unos chicos corriendo detrás de un balón.
Hayasaka asintió, archivando la información sin darle mayor importancia.
—Entiendo.
—Pero me hizo pensar —continuó Kaguya, girándose ligeramente, sus ojos rojos brillando en la penumbra—. La estrategia que usó uno de los jugadores para marcar el gol final… fue audaz. Impredecible. Engañó a sus aliados para superar a sus enemigos. Quizás podría aplicar un principio similar en mi próxima ofensiva. Si hago que el Presidente crea que estoy interesada en otra persona, su orgullo competitivo podría obligarlo a actuar y confesar sus sentimientos de una vez por todas. ¿Qué te parece, Hayasaka? ¿Es un plan demasiado arriesgado?
Y así, el tema del fútbol fue barrido bajo la alfombra por el asunto verdaderamente importante: la guerra de amor y confesiones. Hayasaka ofreció su análisis habitual, sopesando los pros y los contras, sugiriendo refinamientos y posibles consecuencias. Era su papel, su función.
Pero mientras Kaguya se perdía en sus elaboradas fantasías románticas, una pregunta simple y solitaria se formó en la mente de Hayasaka, negándose a ser ignorada.
—Disculpe mi ignorancia, Kaguya-sama —interrumpió con cuidado, esperando una pausa en el monólogo de su ama—. ¿Qué era exactamente eso de… Blue Lock?
Kaguya parpadeó, sacada de su ensoñación.
—¿Oh, eso? —Hizo un gesto vago con la mano—. Según Fujiwara-san, es una especie de instalación donde encerraron a trescientos delanteros de preparatoria. El objetivo es crear al mejor y más egoísta delantero del mundo para que Japón gane el Mundial. El que fracasa, pierde su carrera en el fútbol para siempre. Una idea bastante extrema.
Hayasaka procesó la información. Encierro. Competencia despiadada. Un único ganador. Un egoísmo glorificado. La descripción era tan ajena a su propia vida de servicio y sacrificio que despertó algo en ella. Una curiosidad fría y analítica.
—Ya veo. Gracias por la aclaración, Kaguya-sama.
El resto del viaje transcurrió en silencio. Una vez en la mansión Shinomiya, Hayasaka cumplió con sus deberes nocturnos con su eficiencia habitual. Preparó el baño de Kaguya, le sirvió un té de hierbas para dormir y se aseguró de que todo en la suite de su ama estuviera en perfecto orden.
—Buenas noches, Hayasaka.
—Que descanse, Kaguya-sama.
Cuando la puerta de la habitación de Kaguya se cerró, Hayasaka se retiró a sus propios aposentos. Su habitación era sencilla, funcional, un marcado contraste con la opulencia del resto de la mansión. Era su único espacio privado, el único lugar donde las múltiples máscaras que llevaba a diario podían descansar.
Se sentó frente a su portátil, la intención inicial era revisar los informes de seguridad de la mansión y la agenda de Kaguya para el día siguiente. Pero la frase de Kaguya seguía resonando en su cabeza: «Crear al mejor y más egoísta delantero del mundo».
Movida por un impulso que no se molestó en analizar, abrió el navegador y tecleó: «Blue Lock».
La pantalla se llenó de resultados. Artículos de noticias, foros de debate, vídeos virales. El rostro de un hombre con gafas y una sonrisa inquietante, Ego Jinpachi, el arquitecto del proyecto, aparecía por todas partes. Hayasaka leyó su manifiesto, su diatriba contra el fútbol japonés y su obsesión por el trabajo en equipo.
«El fútbol es un deporte sobre marcar goles», decía. «Y el que marca el gol es el héroe. No busco al mejor compañero, busco al héroe más egoísta».
Hayasaka sintió un escalofrío. La filosofía era brutal, pero tenía una lógica innegable. Era la antítesis de todo lo que le habían enseñado. Ella fue criada para ser invisible, para apoyar desde las sombras, para que sus deseos y necesidades fueran siempre secundarios a los de Kaguya. Su «yo» era una herramienta al servicio de otro.
Encontró la repetición completa del partido. Con un clic, la pantalla se convirtió en un campo de hierba verde esmeralda bajo luces cegadoras. Al principio, lo observó con distancia profesional, como si analizara a un objetivo. Identificó a los jugadores clave, sus patrones de movimiento, sus fortalezas y debilidades.
Pero su atención seguía volviendo a un jugador. El número 11. Yoichi Isagi. El chico que Chika había señalado. El que Kaguya había mencionado.
Buscó su nombre. Encontró entrevistas. Antes del partido, era un joven educado, casi tímido. Hablaba con humildad, agradecía a sus compañeros, a sus padres. Parecía… normal. Un buen chico. Hayasaka reconoció el tipo al instante. Era una personalidad que ella misma podría haber adoptado si la situación lo requiriera: el «Joven Confiable y Sincero». Una máscara efectiva para ganarse la simpatía del público.
Luego, volvió al partido. Y la disonancia la golpeó con la fuerza de una revelación.
En el campo, el chico educado desaparecía. Sus ojos azules, normalmente amables, se convertían en dos pozos de cálculo intenso. Escaneaban el campo no como un jugador, sino como un depredador buscando el punto débil de su presa. Hayasaka, una maestra de la observación, reconoció a un igual, pero la aplicación era radicalmente diferente. Ella observaba para proteger, para anticipar amenazas contra Kaguya. Él observaba para crear, para destruir, para su propio beneficio.
Vio el momento que Chika había mencionado. Isagi corría junto a su compañero, Yukimiya, ambos con una oportunidad de gol. La lógica del equipo dictaba que pasara el balón. Pero Isagi no lo hizo. La cámara se centró en su rostro, empapado en sudor, y Hayasaka vio el cambio. Vio el momento exacto en que la duda se convirtió en certeza. Vio cómo la idea de «confiar» era aplastada por la de «devorar».
Le robó el balón a su propio compañero. No con malicia, sino con la fría necesidad de un cirujano amputando un miembro. Era su oportunidad, su gol. Y no iba a permitir que nadie, ni siquiera un aliado, se interpusiera.
Hayasaka se inclinó hacia la pantalla, sus propios ojos azules fijos en los de Isagi.
«Fascinante», pensó.
No era la jugada en sí lo que la cautivaba, sino la transformación. El abandono de la máscara social en favor de un instinto puro y egoísta. Ella pasaba su vida cambiando de personalidad: la sirvienta perfecta, la gal coqueta, la estudiante de otra escuela. Eran disfraces, armaduras diseñadas para cumplir una misión, para mezclarse, para servir. Eran jaulas, por muy bien construidas que estuvieran.
Pero lo que Isagi hacía en el campo… no era una máscara. Era una revelación. Era quitarse la piel del «chico bueno» para liberar a la bestia que había debajo. No era una jaula, era una llave. Una llave para desbloquear su máximo potencial, para alcanzar su propio sueño, por y para sí mismo.
Una extraña punzada, algo parecido a la envidia, se agitó en su pecho. Era una emoción que rara vez se permitía sentir. Ella, que había sacrificado su adolescencia y su identidad por Kaguya, a quien amaba como a una hermana. Ella, que había suprimido sus propios deseos hasta el punto de no estar segura de cuáles eran. Y aquí estaba este chico, en una pantalla, mostrando al mundo entero lo que significaba querer algo con tanta desesperación que estabas dispuesto a convertirte en un monstruo para conseguirlo.
Rebobinó. Una y otra vez.
Vio la jugada final. El balón en el aire. El tiempo ralentizándose. Vio los ojos de Isagi moviéndose a una velocidad inhumana, procesando la posición de cada jugador en el campo, amigo y enemigo, como si fueran piezas en un tablero de ajedrez. Los comentaristas lo llamaban «Metavisión». Hayasaka lo llamó control absoluto.
Vio cómo anticipó la trayectoria de la superestrella Itoshi Rin, cómo se posicionó no para detenerlo, sino para usar su movimiento en su contra. Vio el momento exacto en que supo que el balón le llegaría a él. Y entonces, el disparo. Un tiro directo, sin vacilación.
Gol.
La explosión del estadio fue un rugido distante a través de los altavoces de su portátil. Lo que Hayasaka vio fue el rostro de Isagi. La tensión se desvaneció, reemplazada por una expresión de éxtasis puro, casi doloroso. Era la cara de alguien que lo había apostado todo y había ganado. La cara de una libertad que ella nunca había conocido.
La libertad de ser completamente, absolutamente, desvergonzadamente egoísta. Sin culpa. Sin disculpas.
Una sonrisa torcida se dibujó en los labios de Hayasaka. Pensó en Kaguya y Shirogane, en sus «batallas» y «estrategias», juegos de salón envueltos en orgullo y tensión romántica. Eran complejos, sí. Intelectualmente estimulantes. Pero esto… esto era diferente. Esto era primario. Una guerra real, luchada con el cuerpo y el alma a la vista de millones.
Siguió investigando, cayendo por la madriguera del conejo. Vio clips de partidos anteriores dentro de Blue Lock. Vio a Isagi fallar. Vio su desesperación. Y luego lo vio levantarse, adaptarse, evolucionar. Vio cómo humillaba a otros jugadores, no con insultos vacíos, sino con una lógica aplastante, señalando sus fallos con una precisión quirúrgica que los dejaba sin respuesta.
«No esperes a que alguien te pase el balón. Ve y róbalo tú mismo».
«El lugar donde yo estoy es el centro del universo del fútbol».
«Soy un egoísta. ¿Y qué?»
Las palabras de Ego Jinpachi, las acciones de Yoichi Isagi, empezaron a fusionarse en su mente. Crearon una filosofía tan seductora como peligrosa. La idea de que tu valor no venía de cómo servías a los demás, sino de lo que podías lograr por ti mismo.
Hayasaka se reclinó en su silla, sus dedos tamborileando sobre la mesa. Su vida entera había sido una negación de ese principio. Había sido entrenada por el clan Shinomiya, una organización donde el individuo era nada y la familia lo era todo. Su ego, sus deseos, sus sueños… habían sido sistemáticamente aplastados, reemplazados por un único propósito: servir a Kaguya. Y lo hacía con gusto, porque amaba a Kaguya. Pero, ¿era eso todo lo que era? ¿Una sombra, una herramienta, una colección de máscaras?
Miró la pantalla. Había dejado una imagen fija de Isagi, justo después de marcar el gol. Sus ojos azules ardían con un fuego que parecía consumir todo el campo. No era la mirada de un chico bueno. Era la mirada de un rey que acababa de reclamar su trono.
Una libertad desconocida.
Eso es lo que veía en él. La libertad de perseguir un único objetivo con todo su ser. La libertad de gritarle al mundo «¡Aquí estoy!» y obligarlo a mirar. La libertad de ser el protagonista de su propia historia, no un personaje secundario en la de otra persona.
El primer rayo de sol se filtró por la persiana, trazando una línea de luz sobre el suelo de su habitación. Hayasaka parpadeó, sorprendida. Había pasado toda la noche en vela. El agotamiento tiraba de sus músculos, pero su mente estaba extrañamente clara, vibrando con una energía nueva y desconocida.
No sentía sueño. Sentía… hambre. Un hambre que no sabía que tenía.
Apagó el portátil, pero la imagen de Isagi quedó grabada en su retina. El chico normal y el monstruo egoísta. Dos caras de la misma moneda. Una dualidad que ella entendía mejor que nadie. Pero él la usaba para liberarse, mientras que ella la usaba para encadenarse.
Se levantó y caminó hacia la ventana, abriendo la persiana. La luz del amanecer inundó la habitación, fresca y llena de promesas. Por primera vez en mucho tiempo, Ai Hayasaka no pensó en Kaguya, ni en el Presidente, ni en los Shinomiya.
Pensó en un campo de fútbol. Pensó en un balón. Y pensó en la emocionante y aterradora posibilidad de tener un sueño que fuera solo suyo.
—Yoichi Isagi… —murmuró para sí misma, su voz apenas un susurro en la quietud de la mañana—. ¿Qué clase de persona eres en realidad?
La pregunta flotó en el aire, sin respuesta. Pero para Ai Hayasaka, ya no era solo una pregunta sobre él. Se había convertido, sin que se diera cuenta, en una pregunta sobre sí misma. Y estaba decidida a encontrar la respuesta.
