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La abejita
Fandom: Genshin impact
Creado: 23/5/2026
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RomanceRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaEstudio de PersonajeAmbientación Canon
La Geometría del Silencio y el Impulso del Desierto
La Casa de Daena siempre había sido, para Alhaitham, el santuario definitivo del orden. Entre sus estanterías infinitas y el aroma a pergamino antiguo, la lógica imperaba sobre el caos del mundo exterior. Sin embargo, esa tarde, el silencio habitual de la biblioteca de la Academia se sentía distinto, cargado con una electricidad que no provenía de ninguna Visión Electro, sino de la tensión humana que se desarrollaba en uno de los rincones más apartados.
Sethos, con su energía inagotable y esa sonrisa que parecía desafiar la gravedad del desierto, observaba a la figura sentada frente a él. Don Sombrero —como se hacía llamar el joven de mirada gélida y pasado indescifrable— estaba sumergido en un tomo sobre la historia de las eras antiguas, ignorando deliberadamente la presencia del otro.
Kaveh, que casualmente pasaba por allí buscando referencias para su nuevo proyecto del pabellón de salud, se detuvo detrás de una columna. Su instinto de arquitecto, siempre atento a las proporciones y a las armonías, detectó de inmediato que algo estaba fuera de lugar. O más bien, algo estaba a punto de colapsar, como un arco mal calculado.
—No creo que ese libro sea más interesante que yo —soltó Sethos, rompiendo el protocolo de silencio con una naturalidad que hizo que un bibliotecario cercano lanzara una mirada de advertencia.
Don Sombrero ni siquiera levantó la vista. Sus dedos, pálidos y elegantes, pasaron la página con una lentitud exasperante.
—La historia de la caída de las civilizaciones es, por definición, más útil y menos ruidosa que tú —respondió con esa voz cortante que solía alejar a cualquiera.
Pero Sethos no era cualquiera. El joven del desierto se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa de madera pulida, invadiendo el espacio personal del otro con una confianza que rozaba la insolencia.
—Útil, tal vez. ¿Pero entretenida? He cruzado las dunas bajo tormentas de arena que harían temblar a tus filósofos de ciudad. Sé cosas que no están en esos libros.
Don Sombrero cerró el libro de golpe, el sonido resonó como un disparo en la sala silenciosa. Sus ojos, de un azul profundo y afilado, se clavaron en Sethos.
—¿Y qué te hace pensar que me interesa lo que sabes? Eres una variable irrelevante en mi día.
Kaveh, observando desde la distancia, sintió un escalofrío. Conocía esa mirada; era la misma que Alhaitham solía darle cuando quería marcar una distancia insalvable. Sin embargo, en Don Sombrero había algo más: una vulnerabilidad oculta tras capas de cinismo. Kaveh pudo ver cómo Sethos no retrocedía, sino que se sentía atraído por ese frío, como un viajero sediento que busca un oasis de agua helada en mitad del calor.
—Te interesa porque me sigues permitiendo sentarme aquí —susurró Sethos, su tono bajando a una octava más íntima—. Podrías haberme echado con un solo movimiento de tu Visión Anemo, pero aquí estás. Escuchándome.
El silencio que siguió fue denso. Don Sombrero abrió la boca para replicar, para soltar algún insulto devastador que terminara con la interacción, pero Sethos fue más rápido. En un movimiento que desafiaba toda lógica académica y decoro social, se inclinó por encima de la mesa y cerró la distancia.
Fue un beso breve, apenas un roce de labios que sabía a especias del desierto y a la audacia de quien no tiene nada que perder.
Kaveh ahogó un grito de sorpresa tras la columna. Sintió una mano firme y enguantada cerrarse sobre su hombro, y el aroma a sándalo y lluvia le indicó de inmediato quién estaba detrás de él.
—Es de mala educación espiar, Kaveh —la voz de Alhaitham vibró cerca de su oído, baja y cargada de esa autoridad pragmática que siempre lograba desarmarlo.
—¡Shh! —susurró Kaveh, girándose a medias, atrapado entre el pecho de Alhaitham y la piedra de la columna—. No estoy espiando, estoy... observando las dinámicas sociales. Sethos acaba de besar al chico del sombrero. ¡En la Casa de Daena!
Alhaitham arqueó una ceja, pero no soltó el hombro de su compañero. Sus ojos turquesa se dirigieron hacia la mesa donde los dos jóvenes permanecían congelados.
—Un impulso irracional basado en una atracción hormonal —comentó Alhaitham, aunque su agarre en el hombro de Kaveh se volvió un poco más posesivo—. Sin embargo, predecible. Sethos busca estímulos constantes y ese sujeto es un enigma sin resolver. Una combinación peligrosa para alguien con curiosidad crónica.
En la mesa, Don Sombrero se había apartado bruscamente, sus mejillas teñidas de un color que no era habitual en su piel de porcelana. Su mano voló hacia su sombrero, ajustándolo para ocultar su expresión.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó, aunque su voz carecía de la mordacidad de hace unos momentos. Estaba temblando, una vibración casi imperceptible que no escapó a la mirada de Sethos.
—Dándote algo en lo que pensar que no sea el pasado —respondió Sethos, levantándose de la silla con una agilidad felina. No dejó que el otro se fuera—. No te vayas. Acompáñame a los jardines exteriores. Hay una luz hoy que no puedes encontrar entre estas paredes.
Don Sombrero hizo ademán de levantarse, su intención de huir era clara. Pero Sethos extendió la mano, no para atraparlo por la fuerza, sino en un gesto de invitación que contenía una extraña calidez.
—Si te vas ahora, solo confirmarás que tienes miedo de lo que sentiste. Y ambos sabemos que no eres un cobarde.
El chico del sombrero se detuvo. Sus hombros se tensaron bajo la tela oscura de su vestimenta. Tras unos segundos que parecieron eternos, soltó un suspiro cargado de resignación y frustración.
—Eres un idiota —masulló, pero no rechazó la mano de Sethos cuando este lo guio hacia la salida.
Kaveh vio cómo se alejaban, fascinado por la escena. Sintió que Alhaitham se pegaba más a su espalda, su presencia envolviéndolo como una sombra protectora y dominante.
—Vaya... —susurró Kaveh—. Realmente lo convenció. Sethos tiene un don para tratar con personas difíciles.
—No es un don —replicó Alhaitham, su aliento rozando la nuca de Kaveh, provocándole un escalofrío—. Es persistencia. Cuando alguien encuentra algo que considera valioso, la lógica dicta que debe asegurar su permanencia por cualquier medio necesario.
Kaveh se giró en el estrecho espacio, quedando cara a cara con el Gran Sabio en funciones. La mirada de Alhaitham era intensa, despojada de su habitual frialdad analítica para mostrar esa posesividad que solo reservaba para las paredes de su hogar.
—¿Estás hablando de ellos o de nosotros? —preguntó Kaveh con una sonrisa suave, aunque su corazón latía con fuerza.
—La verdad es universal, Kaveh. No necesita ser especificada —Alhaitham bajó la mirada hacia los labios del arquitecto—. Pero si necesitas una validación empírica, puedo proporcionarla.
Kaveh rió entre dientes, colocando sus manos sobre el pecho musculoso de Alhaitham, sintiendo la firmeza de su torso bajo la tela oscura.
—Aquí no, Alhaitham. Estamos en la biblioteca. Acabas de regañarme por espiar y ahora quieres...
—Quiero que dejes de preocuparte por los asuntos de los demás y te centres en lo que es relevante —interrumpió él, acortando la distancia. Su mano bajó desde el hombro hasta la cintura de Kaveh, apretándolo contra sí—. Tu consultoría emocional conmigo aún tiene deudas pendientes.
Kaveh se dejó llevar, cerrando los ojos mientras se apoyaba en el hombre que era su ancla y, al mismo tiempo, su tormenta más constante.
—Siempre tienes una respuesta para todo, ¿verdad?
—Solo para las cosas que importan.
Mientras tanto, en los jardines inundados por la luz dorada del atardecer de Sumeru, Sethos y Don Sombrero caminaban en un silencio que, por primera vez, no era incómodo. Sethos no dejaba de hablar sobre las constelaciones que se veían mejor desde el desierto, pero su atención estaba totalmente centrada en el joven a su lado, quien escuchaba con una expresión de fingido desinterés.
—Dijiste que me darías más besos si te acompañaba —soltó de repente Don Sombrero, sin mirar a Sethos, su voz apenas un susurro entre el susurro de las hojas.
Sethos se detuvo, su risa resonando clara y alegre.
—No, dije que lograría obtenerlos. Pero me gusta que seas tú quien los reclame.
Sin esperar respuesta, Sethos volvió a acercarse. Esta vez, el beso no fue un roce fugaz. Fue una exploración lenta, una promesa de que el desierto podía ser un lugar de vida y no solo de olvido. Don Sombrero, contra todo su entrenamiento previo de aislamiento emocional, rodeó el cuello de Sethos con sus brazos, permitiéndose, por un instante, ser algo más que un títere o un vagabundo.
Lejos de allí, en la quietud de su hogar, Alhaitham observaba a Kaveh mientras este desparramaba sus planos sobre la mesa del comedor. El caos habitual del arquitecto, que antes solía irritarlo, ahora era simplemente una parte de la estructura de su vida.
—Kaveh —llamó Alhaitham, sin levantar la vista de su propio libro.
—¿Dime? —respondió el rubio, con un lápiz entre los dientes y el cabello revuelto.
—Mañana tienes la reunión con la Brigada de los Treinta para el puente. No permitas que te vuelvan a convencer de trabajar gratis bajo el pretexto del "bien común".
Kaveh suspiró, dejando el lápiz de lado. Se acercó a Alhaitham y se sentó en el brazo de su silla, pasando un brazo por encima de sus hombros.
—Sabes que no puedo evitarlo si el proyecto es lo suficientemente inspirador.
Alhaitham cerró el libro y rodeó la cintura de Kaveh, obligándolo a sentarse sobre su regazo. La diferencia de tamaño y fuerza era evidente, una dinámica de poder que ambos habían aprendido a disfrutar en la intimidad.
—Entonces yo tendré que intervenir —dijo Alhaitham con una seriedad que no admitía réplica—. Eres mi arquitecto, Kaveh. Y tus servicios tienen un valor que ellos no pueden pagar, pero que yo me encargo de compensar.
Kaveh se sonrojó, ocultando su rostro en el cuello de Alhaitham. El aroma del sabio, esa mezcla de papel viejo y una calidez masculina y fuerte, lo envolvía todo.
—Eres increíblemente arrogante, ¿lo sabías?
—Soy pragmático —corrigió Alhaitham, su mano subiendo por la espalda de Kaveh, trazando la línea de su columna con una precisión casi quirúrgica—. Y mi pragmatismo me dicta que debo proteger mis activos más valiosos.
—No soy un "activo", Alhaitham —protestó Kaveh, aunque se acurrucó más contra él.
—Eres la única variable que no puedo predecir, pero que no estoy dispuesto a eliminar de la ecuación. Para mí, eso es mucho más que un activo.
Kaveh levantó la vista, encontrando los ojos de Alhaitham. No había burla en ellos, solo una honestidad brutal que le aceleró el pulso. Se inclinó y besó a su compañero, un beso que sellaba su acuerdo silencioso de pertenencia mutua.
En Sumeru, la ciudad de la sabiduría, la lógica y la emoción seguían encontrando formas de coexistir. Ya fuera en la audacia de un joven del desierto que reclamaba el corazón de un antiguo dios, o en la posesividad silenciosa de un erudito que encontraba su hogar en el caos de un artista, la verdad seguía siendo la misma: el conocimiento es vasto, pero el vínculo humano es lo único que le da sentido.
Alhaitham apagó la lámpara de la mesa, dejando la habitación sumida en la penumbra, salvo por la suave luz de la luna que entraba por la ventana. En ese refugio, lejos de las miradas de la Academia y las deudas del mundo, el Gran Sabio y su arquitecto finalmente encontraron el silencio perfecto.
—Duerme, Kaveh —susurró Alhaitham contra su frente—. Mañana el mundo seguirá ahí, pero esta noche, solo existes tú en este espacio.
Y Kaveh, por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de buscar aprobación en nadie más. Estaba donde pertenecía, bajo la protección de la lógica más pura y el afecto más intenso que jamás hubiera conocido.
Sethos, con su energía inagotable y esa sonrisa que parecía desafiar la gravedad del desierto, observaba a la figura sentada frente a él. Don Sombrero —como se hacía llamar el joven de mirada gélida y pasado indescifrable— estaba sumergido en un tomo sobre la historia de las eras antiguas, ignorando deliberadamente la presencia del otro.
Kaveh, que casualmente pasaba por allí buscando referencias para su nuevo proyecto del pabellón de salud, se detuvo detrás de una columna. Su instinto de arquitecto, siempre atento a las proporciones y a las armonías, detectó de inmediato que algo estaba fuera de lugar. O más bien, algo estaba a punto de colapsar, como un arco mal calculado.
—No creo que ese libro sea más interesante que yo —soltó Sethos, rompiendo el protocolo de silencio con una naturalidad que hizo que un bibliotecario cercano lanzara una mirada de advertencia.
Don Sombrero ni siquiera levantó la vista. Sus dedos, pálidos y elegantes, pasaron la página con una lentitud exasperante.
—La historia de la caída de las civilizaciones es, por definición, más útil y menos ruidosa que tú —respondió con esa voz cortante que solía alejar a cualquiera.
Pero Sethos no era cualquiera. El joven del desierto se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa de madera pulida, invadiendo el espacio personal del otro con una confianza que rozaba la insolencia.
—Útil, tal vez. ¿Pero entretenida? He cruzado las dunas bajo tormentas de arena que harían temblar a tus filósofos de ciudad. Sé cosas que no están en esos libros.
Don Sombrero cerró el libro de golpe, el sonido resonó como un disparo en la sala silenciosa. Sus ojos, de un azul profundo y afilado, se clavaron en Sethos.
—¿Y qué te hace pensar que me interesa lo que sabes? Eres una variable irrelevante en mi día.
Kaveh, observando desde la distancia, sintió un escalofrío. Conocía esa mirada; era la misma que Alhaitham solía darle cuando quería marcar una distancia insalvable. Sin embargo, en Don Sombrero había algo más: una vulnerabilidad oculta tras capas de cinismo. Kaveh pudo ver cómo Sethos no retrocedía, sino que se sentía atraído por ese frío, como un viajero sediento que busca un oasis de agua helada en mitad del calor.
—Te interesa porque me sigues permitiendo sentarme aquí —susurró Sethos, su tono bajando a una octava más íntima—. Podrías haberme echado con un solo movimiento de tu Visión Anemo, pero aquí estás. Escuchándome.
El silencio que siguió fue denso. Don Sombrero abrió la boca para replicar, para soltar algún insulto devastador que terminara con la interacción, pero Sethos fue más rápido. En un movimiento que desafiaba toda lógica académica y decoro social, se inclinó por encima de la mesa y cerró la distancia.
Fue un beso breve, apenas un roce de labios que sabía a especias del desierto y a la audacia de quien no tiene nada que perder.
Kaveh ahogó un grito de sorpresa tras la columna. Sintió una mano firme y enguantada cerrarse sobre su hombro, y el aroma a sándalo y lluvia le indicó de inmediato quién estaba detrás de él.
—Es de mala educación espiar, Kaveh —la voz de Alhaitham vibró cerca de su oído, baja y cargada de esa autoridad pragmática que siempre lograba desarmarlo.
—¡Shh! —susurró Kaveh, girándose a medias, atrapado entre el pecho de Alhaitham y la piedra de la columna—. No estoy espiando, estoy... observando las dinámicas sociales. Sethos acaba de besar al chico del sombrero. ¡En la Casa de Daena!
Alhaitham arqueó una ceja, pero no soltó el hombro de su compañero. Sus ojos turquesa se dirigieron hacia la mesa donde los dos jóvenes permanecían congelados.
—Un impulso irracional basado en una atracción hormonal —comentó Alhaitham, aunque su agarre en el hombro de Kaveh se volvió un poco más posesivo—. Sin embargo, predecible. Sethos busca estímulos constantes y ese sujeto es un enigma sin resolver. Una combinación peligrosa para alguien con curiosidad crónica.
En la mesa, Don Sombrero se había apartado bruscamente, sus mejillas teñidas de un color que no era habitual en su piel de porcelana. Su mano voló hacia su sombrero, ajustándolo para ocultar su expresión.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó, aunque su voz carecía de la mordacidad de hace unos momentos. Estaba temblando, una vibración casi imperceptible que no escapó a la mirada de Sethos.
—Dándote algo en lo que pensar que no sea el pasado —respondió Sethos, levantándose de la silla con una agilidad felina. No dejó que el otro se fuera—. No te vayas. Acompáñame a los jardines exteriores. Hay una luz hoy que no puedes encontrar entre estas paredes.
Don Sombrero hizo ademán de levantarse, su intención de huir era clara. Pero Sethos extendió la mano, no para atraparlo por la fuerza, sino en un gesto de invitación que contenía una extraña calidez.
—Si te vas ahora, solo confirmarás que tienes miedo de lo que sentiste. Y ambos sabemos que no eres un cobarde.
El chico del sombrero se detuvo. Sus hombros se tensaron bajo la tela oscura de su vestimenta. Tras unos segundos que parecieron eternos, soltó un suspiro cargado de resignación y frustración.
—Eres un idiota —masulló, pero no rechazó la mano de Sethos cuando este lo guio hacia la salida.
Kaveh vio cómo se alejaban, fascinado por la escena. Sintió que Alhaitham se pegaba más a su espalda, su presencia envolviéndolo como una sombra protectora y dominante.
—Vaya... —susurró Kaveh—. Realmente lo convenció. Sethos tiene un don para tratar con personas difíciles.
—No es un don —replicó Alhaitham, su aliento rozando la nuca de Kaveh, provocándole un escalofrío—. Es persistencia. Cuando alguien encuentra algo que considera valioso, la lógica dicta que debe asegurar su permanencia por cualquier medio necesario.
Kaveh se giró en el estrecho espacio, quedando cara a cara con el Gran Sabio en funciones. La mirada de Alhaitham era intensa, despojada de su habitual frialdad analítica para mostrar esa posesividad que solo reservaba para las paredes de su hogar.
—¿Estás hablando de ellos o de nosotros? —preguntó Kaveh con una sonrisa suave, aunque su corazón latía con fuerza.
—La verdad es universal, Kaveh. No necesita ser especificada —Alhaitham bajó la mirada hacia los labios del arquitecto—. Pero si necesitas una validación empírica, puedo proporcionarla.
Kaveh rió entre dientes, colocando sus manos sobre el pecho musculoso de Alhaitham, sintiendo la firmeza de su torso bajo la tela oscura.
—Aquí no, Alhaitham. Estamos en la biblioteca. Acabas de regañarme por espiar y ahora quieres...
—Quiero que dejes de preocuparte por los asuntos de los demás y te centres en lo que es relevante —interrumpió él, acortando la distancia. Su mano bajó desde el hombro hasta la cintura de Kaveh, apretándolo contra sí—. Tu consultoría emocional conmigo aún tiene deudas pendientes.
Kaveh se dejó llevar, cerrando los ojos mientras se apoyaba en el hombre que era su ancla y, al mismo tiempo, su tormenta más constante.
—Siempre tienes una respuesta para todo, ¿verdad?
—Solo para las cosas que importan.
Mientras tanto, en los jardines inundados por la luz dorada del atardecer de Sumeru, Sethos y Don Sombrero caminaban en un silencio que, por primera vez, no era incómodo. Sethos no dejaba de hablar sobre las constelaciones que se veían mejor desde el desierto, pero su atención estaba totalmente centrada en el joven a su lado, quien escuchaba con una expresión de fingido desinterés.
—Dijiste que me darías más besos si te acompañaba —soltó de repente Don Sombrero, sin mirar a Sethos, su voz apenas un susurro entre el susurro de las hojas.
Sethos se detuvo, su risa resonando clara y alegre.
—No, dije que lograría obtenerlos. Pero me gusta que seas tú quien los reclame.
Sin esperar respuesta, Sethos volvió a acercarse. Esta vez, el beso no fue un roce fugaz. Fue una exploración lenta, una promesa de que el desierto podía ser un lugar de vida y no solo de olvido. Don Sombrero, contra todo su entrenamiento previo de aislamiento emocional, rodeó el cuello de Sethos con sus brazos, permitiéndose, por un instante, ser algo más que un títere o un vagabundo.
Lejos de allí, en la quietud de su hogar, Alhaitham observaba a Kaveh mientras este desparramaba sus planos sobre la mesa del comedor. El caos habitual del arquitecto, que antes solía irritarlo, ahora era simplemente una parte de la estructura de su vida.
—Kaveh —llamó Alhaitham, sin levantar la vista de su propio libro.
—¿Dime? —respondió el rubio, con un lápiz entre los dientes y el cabello revuelto.
—Mañana tienes la reunión con la Brigada de los Treinta para el puente. No permitas que te vuelvan a convencer de trabajar gratis bajo el pretexto del "bien común".
Kaveh suspiró, dejando el lápiz de lado. Se acercó a Alhaitham y se sentó en el brazo de su silla, pasando un brazo por encima de sus hombros.
—Sabes que no puedo evitarlo si el proyecto es lo suficientemente inspirador.
Alhaitham cerró el libro y rodeó la cintura de Kaveh, obligándolo a sentarse sobre su regazo. La diferencia de tamaño y fuerza era evidente, una dinámica de poder que ambos habían aprendido a disfrutar en la intimidad.
—Entonces yo tendré que intervenir —dijo Alhaitham con una seriedad que no admitía réplica—. Eres mi arquitecto, Kaveh. Y tus servicios tienen un valor que ellos no pueden pagar, pero que yo me encargo de compensar.
Kaveh se sonrojó, ocultando su rostro en el cuello de Alhaitham. El aroma del sabio, esa mezcla de papel viejo y una calidez masculina y fuerte, lo envolvía todo.
—Eres increíblemente arrogante, ¿lo sabías?
—Soy pragmático —corrigió Alhaitham, su mano subiendo por la espalda de Kaveh, trazando la línea de su columna con una precisión casi quirúrgica—. Y mi pragmatismo me dicta que debo proteger mis activos más valiosos.
—No soy un "activo", Alhaitham —protestó Kaveh, aunque se acurrucó más contra él.
—Eres la única variable que no puedo predecir, pero que no estoy dispuesto a eliminar de la ecuación. Para mí, eso es mucho más que un activo.
Kaveh levantó la vista, encontrando los ojos de Alhaitham. No había burla en ellos, solo una honestidad brutal que le aceleró el pulso. Se inclinó y besó a su compañero, un beso que sellaba su acuerdo silencioso de pertenencia mutua.
En Sumeru, la ciudad de la sabiduría, la lógica y la emoción seguían encontrando formas de coexistir. Ya fuera en la audacia de un joven del desierto que reclamaba el corazón de un antiguo dios, o en la posesividad silenciosa de un erudito que encontraba su hogar en el caos de un artista, la verdad seguía siendo la misma: el conocimiento es vasto, pero el vínculo humano es lo único que le da sentido.
Alhaitham apagó la lámpara de la mesa, dejando la habitación sumida en la penumbra, salvo por la suave luz de la luna que entraba por la ventana. En ese refugio, lejos de las miradas de la Academia y las deudas del mundo, el Gran Sabio y su arquitecto finalmente encontraron el silencio perfecto.
—Duerme, Kaveh —susurró Alhaitham contra su frente—. Mañana el mundo seguirá ahí, pero esta noche, solo existes tú en este espacio.
Y Kaveh, por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de buscar aprobación en nadie más. Estaba donde pertenecía, bajo la protección de la lógica más pura y el afecto más intenso que jamás hubiera conocido.
