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Mundo apocalipsis
Fandom: Resident Evil
Creado: 23/5/2026
Etiquetas
OmegaversoOscuroPost-ApocalípticoHorror de SupervivenciaPsicológicoAngustiaViolencia GráficaViolaciónDramaEstudio de Personaje
El peso del silencio en la comisaría
El refugio de Raccoon City no era el santuario que los panfletos prometían. Para Leon S. Kennedy, un joven de apenas veinte años que apenas comprendía por qué el mundo se había vuelto rojo y gris de la noche a la mañana, el lugar era un laberinto de ruidos estridentes y sombras que le hablaban. Leon no era como los demás reclutas. Su mente funcionaba a una velocidad distinta, saltando de un pensamiento a otro como una chispa en una tormenta, y a veces, simplemente se quedaba atrás, atrapado en una madurez que no terminaba de florecer.
Esa tarde, el aire en el sótano del refugio se sentía denso, cargado de un aroma dulce y punzante que Leon no lograba identificar, pero que hacía que su cuerpo temblara sin control. Era su primer celo de Omega, un proceso biológico que su mente infantilizada no alcanzaba a procesar. Sentía calor, un calor abrasador que nacía en su vientre y se extendía por sus extremidades, haciéndolo retorcerse en el catre metálico.
—Cállate, Leon. Deja de moverte —gruñó una voz desde la litera de al lado.
Era Miller, un hombre mayor, un civil que se había autoproclamado "líder de bloque" debido a su constitución física. Miller sabía lo que estaba pasando. El olor que emanaba de Leon era inconfundible, una señal de vulnerabilidad que en ese nuevo mundo sin leyes era una sentencia.
—Me duele... —susurró Leon, apretando las sábanas sucias contra su pecho—. Las voces dicen que me queme. Dicen que el fuego es azul.
—No hay ninguna voz, niño tonto. Solo estás caliente —dijo Miller, bajándose de su cama con una sonrisa depredadora.
Leon cerró los ojos con fuerza. En su cabeza, las voces no eran solo ruidos; eran personas que le gritaban órdenes contradictorias. "Corre", decía una. "Quédate quieto", susurraba otra. Su hiperactividad lo obligaba a mover las piernas rítmicamente, un golpeteo constante contra el metal que ponía nerviosos a los demás.
—¡Leon! —El grito vino de la entrada del bloque. Era Thompson, un oficial de seguridad que supuestamente debía proteger a los civiles, pero que había encontrado en la confusión de Leon un pasatiempo oscuro—. Ven aquí ahora mismo. Es hora de tu "revisión".
Leon se encogió. Sabía lo que significaba la revisión de Thompson. El oficial lo llevaba a los cuartos de limpieza, donde el olor a cloro no lograba ocultar el miedo. Allí, Thompson se aprovechaba de la confusión del joven, de su incapacidad para decir "no" de forma coherente cuando las voces en su cabeza le decían que debía ser un buen chico para que no lo echaran a la calle con los monstruos.
—No quiero... —balbuceó Leon, con el sudor empapando su flequillo rubio—. Thompson, me siento mal. El aire pica.
—Es solo el celo, cachorro —dijo Thompson, acercándose y tomándolo bruscamente del brazo—. Yo te ayudaré a que deje de picar.
Miller, desde su posición, soltó una carcajada seca.
—Déjame un poco cuando termines, oficial. El chico está que arde y aquí no hay ventilación.
Leon fue arrastrado por el pasillo. Sus pies tropezaban entre sí. Su mente, fragmentada por el retraso madurativo, intentaba aferrarse a un recuerdo feliz: su primer día con el uniforme, la sensación de orgullo. Pero ese orgullo se había disuelto en la fiebre y el abuso.
Al llegar al cuarto trastero, Thompson lo empujó contra una estantería de metal. El impacto hizo que Leon soltara un quejido agudo. El oficial no perdió el tiempo; sus manos eran toscas, despojadas de cualquier rastro de humanidad.
—Eres tan bonito y tan inútil, Leon —susurró Thompson al oído del joven—. ¿Sabes que fuera de aquí ya estarías muerto? Deberías agradecerme que te mantenga a salvo.
—Las voces... dicen que eres malo —logró decir Leon, aunque su cuerpo traicionero comenzaba a reaccionar a la proximidad del Alfa, buscando desesperadamente el alivio que su biología le exigía—. Dicen que hueles a podrido.
—¡Cállate la boca! —le espetó Thompson, dándole una bofetada que dejó a Leon aturdido—. No hables de cosas que no existen. Eres un omega defectuoso, un niño en el cuerpo de un hombre. Solo sirves para esto.
El abuso fue lento y cruel. Leon se desconectó de la realidad, dejando que su mente volara lejos de las paredes de hormigón. Se imaginó que era un pájaro, que podía volar por encima de los zombis, por encima del fuego y del dolor. Pero cada vez que Thompson lo sacudía o le gruñía órdenes, Leon regresaba a la pesadilla. El dolor físico del celo se mezclaba con la humillación, creando una amalgama de sensaciones que lo hacían llorar sin lágrimas.
Cuando Thompson terminó, lo dejó tirado en el suelo frío, ajustándose el cinturón con indiferencia.
—Vuelve al bloque. Y ni una palabra a nadie, o te sacaré a la calle para que los perros te coman los pies primero.
Leon se quedó allí, temblando, rodeado por el olor a humedad y a la traición de su propio cuerpo. Sus cambios de humor eran repentinos; pasó de la sumisión absoluta a un ataque de ira silenciosa, golpeando el suelo con sus puños hasta que sus nudillos sangraron.
—¡Fuera! ¡Fuera de mi cabeza! —gritó, aunque no había nadie más en la habitación.
Al salir, regresando tambaleante hacia las literas, Miller lo estaba esperando en las sombras del pasillo. El civil lo interceptó antes de que pudiera llegar a la seguridad de su manta.
—Thompson ya tuvo su turno —dijo Miller, bloqueándole el paso—. Ahora me toca a mí recordarte por qué los civiles mandamos aquí abajo.
—Por favor... estoy cansado —rogó Leon, cuya hiperactividad ahora se manifestaba en un tics nervioso en su ojo derecho—. Quiero dormir. El azul... el azul está viniendo.
—El único color que vas a ver es el negro si no te callas —respondió Miller, empujándolo hacia un rincón oscuro detrás de los generadores.
El segundo asalto fue diferente. Miller no tenía la "autoridad" de Thompson, pero tenía una crueldad civil, una falta de límites nacida del resentimiento hacia los que alguna vez llevaron uniforme. Leon, agotado, con la mente nublada por el retraso madurativo que le impedía procesar la magnitud del trauma, simplemente se dejó llevar. A ratos reía de forma histérica, una risa que ponía los pelos de punta a Miller, y al momento siguiente sollozaba como un niño perdido en un supermercado.
—¿Por qué te ríes, idiota? —le preguntó Miller, deteniéndose un momento.
—Porque las voces dicen que vas a ser el primero en ser mordido —respondió Leon con una mirada vacía, sus pupilas dilatadas por el celo—. Dicen que tu carne sabe a miedo.
Miller le propinó un golpe en el estómago que dejó a Leon sin aire.
—Eres un bicho raro, Kennedy. Un omega roto.
Cuando Miller finalmente se alejó, dejando a Leon en la oscuridad, el joven se encogió en posición fetal. Su cuerpo seguía ardiendo, el celo no se había mitigado, solo se había ensuciado. La hiperactividad lo mantenía despierto, obligándolo a notar cada gota de sudor, cada pinchazo de dolor, cada susurro de las voces que ahora cantaban una melodía fúnebre.
Pasaron las horas. El refugio estaba en silencio, un silencio interrumpido solo por los gemidos lejanos de los muertos vivientes tras las barricadas. Leon se puso en pie, sus movimientos eran erráticos, espasmódicos. Se acercó a un charco de agua en el suelo y vio su reflejo.
—No eres Leon —le dijo a su propia imagen—. Leon murió en la academia. Tú eres solo... un juguete.
De repente, un cambio brusco de actitud lo golpeó. Se irguió, limpiándose la cara con la manga del uniforme desgarrado. Sus ojos, antes nublados, brillaron con una claridad aterradora y temporal.
—Tengo que salir de aquí —susurró con una voz que no parecía la suya.
Caminó hacia la armería, aprovechando que el guardia de turno se había quedado dormido. Sus manos, que antes temblaban por el miedo, ahora se movían con una precisión mecánica impulsada por la adrenalina y la necesidad de huir de ese nido de ratas humanas. Logró hacerse con un cuchillo de combate y una pistola.
—¿A dónde vas, niño? —La voz de Thompson resonó en el pasillo. El oficial acababa de despertar de una siesta y lo miraba con desprecio desde el otro extremo.
Leon no respondió con palabras. Se giró, y Thompson retrocedió un paso al ver la expresión en el rostro del joven. Ya no estaba el niño confundido, ni el omega sumiso. Había algo más, algo quebrado pero afilado.
—Vuelve a la cama, Leon. No me obligues a castigarte otra vez —amenazó Thompson, llevando la mano a su propia funda.
—Las voces... —comenzó Leon, dando un paso adelante con una agilidad que Thompson no esperaba—, las voces dicen que ya no tengo que escucharte.
—¡Estás loco! ¡Eres un retrasado mental que no sabe ni atarse los zapatos! —gritó el oficial, sacando su arma.
Pero la hiperactividad de Leon, canalizada ahora en puro instinto de supervivencia, lo hizo más rápido. Se abalanzó sobre Thompson antes de que este pudiera apuntar. No fue una pelea limpia; fue un estallido de rabia acumulada, de meses de abusos y de una mente que ya no podía soportar más presión.
Forcejearon en el suelo. Leon sentía el olor del Alfa, el mismo olor que lo había asqueado horas antes, pero ahora solo sentía la necesidad de silenciarlo. El cuchillo encontró su camino, y Thompson soltó un gorgoteo ahogado.
Leon se apartó, jadeando. El celo seguía allí, una marea caliente bajo su piel, pero el estallido de violencia le había dado un momento de lucidez gélida. Miró sus manos manchadas de sangre.
—El azul... —susurró, viendo las luces de emergencia parpadear—. El azul es el color de la salida.
Se puso en pie y empezó a correr. Sus pies golpeaban el suelo con el mismo ritmo que usaba en la litera, pero esta vez lo llevaban hacia las escaleras, hacia el mundo exterior donde los monstruos tenían rostros podridos pero, al menos, no pretendían ser sus protectores.
Mientras subía, escuchó la voz de Miller gritando desde abajo, preguntando qué había sido ese ruido. Leon no se detuvo. Su mente volvió a saltar, y empezó a tararear una canción infantil mientras abría la pesada puerta que daba a las calles de Raccoon City.
El aire frío de la noche golpeó su rostro sudoroso, aliviando momentáneamente la fiebre del celo. Leon S. Kennedy, el omega que todos creían roto, se adentró en la oscuridad de la ciudad. Estaba solo, estaba asustado, y su mente seguía siendo un caos de voces y sombras, pero por primera vez en mucho tiempo, nadie le decía qué hacer.
—Corre, Leon —se dijo a sí mismo, imitando la voz de su madre—. Corre antes de que el fuego te alcance.
Y Leon corrió, desapareciendo entre las ruinas de una civilización que lo había fallado mucho antes de que los zombis llegaran, dejando atrás el refugio que se había convertido en su infierno personal. En su cabeza, las voces finalmente guardaron silencio, a la espera del próximo cambio de humor, de la próxima chispa de una mente que se negaba a rendirse, a pesar de todo el peso que el mundo había puesto sobre sus hombros de veinte años.
Esa tarde, el aire en el sótano del refugio se sentía denso, cargado de un aroma dulce y punzante que Leon no lograba identificar, pero que hacía que su cuerpo temblara sin control. Era su primer celo de Omega, un proceso biológico que su mente infantilizada no alcanzaba a procesar. Sentía calor, un calor abrasador que nacía en su vientre y se extendía por sus extremidades, haciéndolo retorcerse en el catre metálico.
—Cállate, Leon. Deja de moverte —gruñó una voz desde la litera de al lado.
Era Miller, un hombre mayor, un civil que se había autoproclamado "líder de bloque" debido a su constitución física. Miller sabía lo que estaba pasando. El olor que emanaba de Leon era inconfundible, una señal de vulnerabilidad que en ese nuevo mundo sin leyes era una sentencia.
—Me duele... —susurró Leon, apretando las sábanas sucias contra su pecho—. Las voces dicen que me queme. Dicen que el fuego es azul.
—No hay ninguna voz, niño tonto. Solo estás caliente —dijo Miller, bajándose de su cama con una sonrisa depredadora.
Leon cerró los ojos con fuerza. En su cabeza, las voces no eran solo ruidos; eran personas que le gritaban órdenes contradictorias. "Corre", decía una. "Quédate quieto", susurraba otra. Su hiperactividad lo obligaba a mover las piernas rítmicamente, un golpeteo constante contra el metal que ponía nerviosos a los demás.
—¡Leon! —El grito vino de la entrada del bloque. Era Thompson, un oficial de seguridad que supuestamente debía proteger a los civiles, pero que había encontrado en la confusión de Leon un pasatiempo oscuro—. Ven aquí ahora mismo. Es hora de tu "revisión".
Leon se encogió. Sabía lo que significaba la revisión de Thompson. El oficial lo llevaba a los cuartos de limpieza, donde el olor a cloro no lograba ocultar el miedo. Allí, Thompson se aprovechaba de la confusión del joven, de su incapacidad para decir "no" de forma coherente cuando las voces en su cabeza le decían que debía ser un buen chico para que no lo echaran a la calle con los monstruos.
—No quiero... —balbuceó Leon, con el sudor empapando su flequillo rubio—. Thompson, me siento mal. El aire pica.
—Es solo el celo, cachorro —dijo Thompson, acercándose y tomándolo bruscamente del brazo—. Yo te ayudaré a que deje de picar.
Miller, desde su posición, soltó una carcajada seca.
—Déjame un poco cuando termines, oficial. El chico está que arde y aquí no hay ventilación.
Leon fue arrastrado por el pasillo. Sus pies tropezaban entre sí. Su mente, fragmentada por el retraso madurativo, intentaba aferrarse a un recuerdo feliz: su primer día con el uniforme, la sensación de orgullo. Pero ese orgullo se había disuelto en la fiebre y el abuso.
Al llegar al cuarto trastero, Thompson lo empujó contra una estantería de metal. El impacto hizo que Leon soltara un quejido agudo. El oficial no perdió el tiempo; sus manos eran toscas, despojadas de cualquier rastro de humanidad.
—Eres tan bonito y tan inútil, Leon —susurró Thompson al oído del joven—. ¿Sabes que fuera de aquí ya estarías muerto? Deberías agradecerme que te mantenga a salvo.
—Las voces... dicen que eres malo —logró decir Leon, aunque su cuerpo traicionero comenzaba a reaccionar a la proximidad del Alfa, buscando desesperadamente el alivio que su biología le exigía—. Dicen que hueles a podrido.
—¡Cállate la boca! —le espetó Thompson, dándole una bofetada que dejó a Leon aturdido—. No hables de cosas que no existen. Eres un omega defectuoso, un niño en el cuerpo de un hombre. Solo sirves para esto.
El abuso fue lento y cruel. Leon se desconectó de la realidad, dejando que su mente volara lejos de las paredes de hormigón. Se imaginó que era un pájaro, que podía volar por encima de los zombis, por encima del fuego y del dolor. Pero cada vez que Thompson lo sacudía o le gruñía órdenes, Leon regresaba a la pesadilla. El dolor físico del celo se mezclaba con la humillación, creando una amalgama de sensaciones que lo hacían llorar sin lágrimas.
Cuando Thompson terminó, lo dejó tirado en el suelo frío, ajustándose el cinturón con indiferencia.
—Vuelve al bloque. Y ni una palabra a nadie, o te sacaré a la calle para que los perros te coman los pies primero.
Leon se quedó allí, temblando, rodeado por el olor a humedad y a la traición de su propio cuerpo. Sus cambios de humor eran repentinos; pasó de la sumisión absoluta a un ataque de ira silenciosa, golpeando el suelo con sus puños hasta que sus nudillos sangraron.
—¡Fuera! ¡Fuera de mi cabeza! —gritó, aunque no había nadie más en la habitación.
Al salir, regresando tambaleante hacia las literas, Miller lo estaba esperando en las sombras del pasillo. El civil lo interceptó antes de que pudiera llegar a la seguridad de su manta.
—Thompson ya tuvo su turno —dijo Miller, bloqueándole el paso—. Ahora me toca a mí recordarte por qué los civiles mandamos aquí abajo.
—Por favor... estoy cansado —rogó Leon, cuya hiperactividad ahora se manifestaba en un tics nervioso en su ojo derecho—. Quiero dormir. El azul... el azul está viniendo.
—El único color que vas a ver es el negro si no te callas —respondió Miller, empujándolo hacia un rincón oscuro detrás de los generadores.
El segundo asalto fue diferente. Miller no tenía la "autoridad" de Thompson, pero tenía una crueldad civil, una falta de límites nacida del resentimiento hacia los que alguna vez llevaron uniforme. Leon, agotado, con la mente nublada por el retraso madurativo que le impedía procesar la magnitud del trauma, simplemente se dejó llevar. A ratos reía de forma histérica, una risa que ponía los pelos de punta a Miller, y al momento siguiente sollozaba como un niño perdido en un supermercado.
—¿Por qué te ríes, idiota? —le preguntó Miller, deteniéndose un momento.
—Porque las voces dicen que vas a ser el primero en ser mordido —respondió Leon con una mirada vacía, sus pupilas dilatadas por el celo—. Dicen que tu carne sabe a miedo.
Miller le propinó un golpe en el estómago que dejó a Leon sin aire.
—Eres un bicho raro, Kennedy. Un omega roto.
Cuando Miller finalmente se alejó, dejando a Leon en la oscuridad, el joven se encogió en posición fetal. Su cuerpo seguía ardiendo, el celo no se había mitigado, solo se había ensuciado. La hiperactividad lo mantenía despierto, obligándolo a notar cada gota de sudor, cada pinchazo de dolor, cada susurro de las voces que ahora cantaban una melodía fúnebre.
Pasaron las horas. El refugio estaba en silencio, un silencio interrumpido solo por los gemidos lejanos de los muertos vivientes tras las barricadas. Leon se puso en pie, sus movimientos eran erráticos, espasmódicos. Se acercó a un charco de agua en el suelo y vio su reflejo.
—No eres Leon —le dijo a su propia imagen—. Leon murió en la academia. Tú eres solo... un juguete.
De repente, un cambio brusco de actitud lo golpeó. Se irguió, limpiándose la cara con la manga del uniforme desgarrado. Sus ojos, antes nublados, brillaron con una claridad aterradora y temporal.
—Tengo que salir de aquí —susurró con una voz que no parecía la suya.
Caminó hacia la armería, aprovechando que el guardia de turno se había quedado dormido. Sus manos, que antes temblaban por el miedo, ahora se movían con una precisión mecánica impulsada por la adrenalina y la necesidad de huir de ese nido de ratas humanas. Logró hacerse con un cuchillo de combate y una pistola.
—¿A dónde vas, niño? —La voz de Thompson resonó en el pasillo. El oficial acababa de despertar de una siesta y lo miraba con desprecio desde el otro extremo.
Leon no respondió con palabras. Se giró, y Thompson retrocedió un paso al ver la expresión en el rostro del joven. Ya no estaba el niño confundido, ni el omega sumiso. Había algo más, algo quebrado pero afilado.
—Vuelve a la cama, Leon. No me obligues a castigarte otra vez —amenazó Thompson, llevando la mano a su propia funda.
—Las voces... —comenzó Leon, dando un paso adelante con una agilidad que Thompson no esperaba—, las voces dicen que ya no tengo que escucharte.
—¡Estás loco! ¡Eres un retrasado mental que no sabe ni atarse los zapatos! —gritó el oficial, sacando su arma.
Pero la hiperactividad de Leon, canalizada ahora en puro instinto de supervivencia, lo hizo más rápido. Se abalanzó sobre Thompson antes de que este pudiera apuntar. No fue una pelea limpia; fue un estallido de rabia acumulada, de meses de abusos y de una mente que ya no podía soportar más presión.
Forcejearon en el suelo. Leon sentía el olor del Alfa, el mismo olor que lo había asqueado horas antes, pero ahora solo sentía la necesidad de silenciarlo. El cuchillo encontró su camino, y Thompson soltó un gorgoteo ahogado.
Leon se apartó, jadeando. El celo seguía allí, una marea caliente bajo su piel, pero el estallido de violencia le había dado un momento de lucidez gélida. Miró sus manos manchadas de sangre.
—El azul... —susurró, viendo las luces de emergencia parpadear—. El azul es el color de la salida.
Se puso en pie y empezó a correr. Sus pies golpeaban el suelo con el mismo ritmo que usaba en la litera, pero esta vez lo llevaban hacia las escaleras, hacia el mundo exterior donde los monstruos tenían rostros podridos pero, al menos, no pretendían ser sus protectores.
Mientras subía, escuchó la voz de Miller gritando desde abajo, preguntando qué había sido ese ruido. Leon no se detuvo. Su mente volvió a saltar, y empezó a tararear una canción infantil mientras abría la pesada puerta que daba a las calles de Raccoon City.
El aire frío de la noche golpeó su rostro sudoroso, aliviando momentáneamente la fiebre del celo. Leon S. Kennedy, el omega que todos creían roto, se adentró en la oscuridad de la ciudad. Estaba solo, estaba asustado, y su mente seguía siendo un caos de voces y sombras, pero por primera vez en mucho tiempo, nadie le decía qué hacer.
—Corre, Leon —se dijo a sí mismo, imitando la voz de su madre—. Corre antes de que el fuego te alcance.
Y Leon corrió, desapareciendo entre las ruinas de una civilización que lo había fallado mucho antes de que los zombis llegaran, dejando atrás el refugio que se había convertido en su infierno personal. En su cabeza, las voces finalmente guardaron silencio, a la espera del próximo cambio de humor, de la próxima chispa de una mente que se negaba a rendirse, a pesar de todo el peso que el mundo había puesto sobre sus hombros de veinte años.
