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Algo inesperado
Fandom: Hetalia
Creado: 24/5/2026
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RomanceOmegaversoHistoria DomésticaFluffAlmas GemelasRecortes de VidaAmbientación Canon
Bajo el Hechizo del Ámbar y la Sal
La noche en Copenhague se cernía sobre ellos con una suavidad inusual, cargada del aroma a lluvia reciente y el eco lejano del mar. Lukas caminaba en silencio junto a Mathias, dejando que el rubio parlanchín llenara el vacío con sus anécdotas exageradas y su risa estrepitosa. Dinamarca, el Alfa cuya energía parecía no agotarse jamás, gesticulaba con entusiasmo, agitando sus manos grandes y callosas mientras describía algún plan absurdo para la próxima reunión de los nórdicos.
Lukas, el Omega de ojos azul profundo y semblante impasible, solo lo escuchaba a medias. Su atención estaba centrada en la calidez que emanaba del cuerpo de Mathias, una presencia robusta y vibrante que, a pesar de lo mucho que le gustaba quejarse de ella, se había vuelto su refugio personal. Había tardado años —décadas, en realidad— en admitir que ese hombre terco, mandón y a veces exasperante era su destino. Pero allí estaban, entrando en la casa de Mathias, con la familiaridad de quienes ya no necesitan pedir permiso.
—¡Y entonces Berwald puso esa cara de "te voy a asesinar"! —exclamó Mathias mientras cerraba la puerta principal con un golpe un poco más fuerte de lo necesario—. ¡Deberías haberlo visto, Lukas! Fue divertidísimo.
El noruego se quitó el abrigo con movimientos lentos y elegantes, ignorando el habitual desorden que reinaba en el recibidor del danés.
—Berwald siempre tiene esa cara, Mathias —respondió Lukas con su voz monótona, aunque un leve destello de diversión cruzó sus ojos—. Solo tú eres tan denso como para no notar que solo quería que te callaras.
—¡Oh, vamos! Sé que me adora —Mathias se acercó, invadiendo el espacio personal de Lukas con esa confianza ciega que solo él poseía. Se plantó frente a él, con una sonrisa ladeada y el cabello rubio más despeinado que de costumbre—. Al igual que tú.
Lukas suspiró, elevando una mano para ajustar el pasador de cruz nórdica en su flequillo. El mechón flotante junto a su cabeza reaccionó a su agitación interna, moviéndose con un ritmo errático.
—Eres un egocéntrico —murmuró, aunque no se alejó.
Mathias soltó una carcajada baja, una que no era ruidosa sino vibrante, y acortó la distancia final. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron en la cintura de Lukas. El contraste era evidente: la robustez del Alfa frente a la delicadeza aparente del Omega. Sin embargo, en la jerarquía de su relación, Lukas siempre encontraba la forma de mantener el control, incluso cuando se dejaba envolver por el aroma a bosque y cerveza de Mathias.
—Dilo una vez —pidió Mathias, su voz volviéndose inusualmente suave—. Solo una vez, Nor.
—No.
—Eres tan testarudo... —Mathias inclinó la cabeza, buscando los ojos de Lukas—. Pero me encanta.
El beso comenzó como algo tierno, un simple roce de labios que pretendía ser un "buenas noches". Pero Mathias, impulsivo y apasionado, nunca sabía cuándo detenerse. Sus labios presionaron con más firmeza, saboreando la frialdad inicial de Lukas que pronto se transformó en un calor acogedor. El Omega soltó un suspiro ahogado contra la boca del Alfa, y sus manos, que antes descansaban inertes, subieron para enredarse en el cabello rubio y rebelde de Mathias.
La atmósfera cambió en un instante. El aire se volvió pesado, cargado de feromonas que hablaban de una necesidad largamente contenida. El deseo de Mathias era una fuerza de la naturaleza, una tormenta que amenazaba con arrastrar todo a su paso, pero Lukas era el ancla, el único capaz de domar ese fuego.
—Mathias... —susurró Lukas cuando se separaron apenas unos milímetros. Su rostro, usualmente inexpresivo, estaba teñido de un rosa suave y sus ojos brillaban con una vulnerabilidad que solo mostraba en la intimidad.
—Te quiero, Nor. No tienes idea de cuánto —respondió el Alfa, su voz rota por la emoción.
Sin romper el contacto, Mathias guio a Lukas hacia el dormitorio. El trayecto fue una mezcla de besos robados y tropezones torpes, pero nada de eso importaba. Al llegar a la cama, Mathias depositó a Lukas sobre las sábanas con una delicadeza que contrastaba con su habitual brusquedad. Se situó sobre él, apoyando su peso en los antebrazos para no aplastarlo, y se dedicó a observar la belleza estoica de su compañero.
—Eres perfecto —dijo Mathias, pasando un pulgar por el labio inferior de Lukas.
—Cállate y haz algo —respondió el noruego, aunque su tono carecía de cualquier rastro de frialdad. Era una invitación, una orden que el danés estaba más que dispuesto a obedecer.
Mathias comenzó a despojar a Lukas de sus ropas con una reverencia casi religiosa. Cada centímetro de piel clara que quedaba al descubierto era adorado con besos y caricias. El cuerpo de Lukas era como el hielo bajo el sol de medianoche: pálido, firme y listo para derretirse bajo el toque adecuado. Cuando sus dedos rozaron la cadera del Omega, Lukas soltó un gemido bajo que hizo que el Alfa vibrara de satisfacción.
—Me gusta cuando haces ese sonido —murmuró Mathias contra su cuello, dejando una marca roja que reclamaba su territorio.
—Eres un mandón —jadeó Lukas, arqueando la espalda cuando sintió la lengua de Mathias delineando su clavícula.
—Solo contigo, Nor. Solo contigo.
Mathias descendió con lentitud, disfrutando del camino. Su terquedad se manifestaba ahora en su negativa a apresurarse; quería saborear cada reacción, cada estremecimiento del cuerpo de Lukas. Cuando llegó a su pecho, se detuvo para prestar atención a los pequeños pezones rosados que destacaban contra la piel nívea.
Lukas apretó las sábanas entre sus dedos cuando Mathias comenzó a jugar con ellos. Primero fueron toques ligeros con las yemas de sus dedos, círculos lentos que hacían que el Omega jadeara con fuerza. Luego, el Alfa usó su boca, alternando entre succiones suaves y el roce de sus dientes, provocando que Lukas perdiera esa compostura que tanto se esforzaba por mantener.
—Mathias... por favor... —el tono de Lukas era suplicante, algo que rara vez ocurría.
—¿Qué quieres, Lukas? —preguntó el Alfa, levantando la vista con una sonrisa triunfal. Le encantaba tener este poder sobre el enigmático noruego, ver cómo sus muros se derrumbaban ante él.
—No seas... un idiota. Sabes lo que quiero.
Mathias rió entre dientes y regresó a su tarea, bajando las manos para acariciar los muslos de Lukas, abriéndolos con firmeza pero sin violencia. El aroma del Omega se había vuelto dulce, casi embriagador, una señal clara de que su cuerpo estaba listo y ansioso.
El Alfa se deshizo de sus propias prendas con movimientos rápidos, revelando su complexión musculosa y robusta. Al unirse de nuevo en el centro de la cama, la diferencia de tamaños se hizo evidente, pero también la perfecta armonía entre ambos. Lukas envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Mathias, atrayéndolo hacia sí.
—Lento —advirtió Lukas, clavando sus uñas en los hombros del rubio.
—Lo que digas, mi rey —respondió Mathias con una ternura que siempre lograba desarmar al noruego.
La unión fue un proceso de paciencia y entrega. Mathias entró en él con cuidado, permitiendo que Lukas se acostumbrara a su tamaño, llenándolo por completo. El Omega cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás mientras una oleada de placer recorría su espina dorsal. No era solo el contacto físico; era la conexión de sus almas, el reconocimiento de que se pertenecían el uno al otro a pesar de sus diferencias.
Comenzaron a moverse en un ritmo pausado y profundo. Mathias buscaba los labios de Lukas una y otra vez, ahogando los gemidos del otro con sus propios suspiros. Las manos de Lukas vagaban por la espalda de Mathias, trazando los músculos tensos, mientras el Alfa se perdía en la suavidad de la piel del Omega.
—Mírame, Lukas —pidió Mathias en un susurro.
El noruego abrió los ojos, encontrándose con el azul intenso y cargado de adoración del danés. En ese momento, no había espacio para el sarcasmo, para la distancia o para el orgullo. Solo existían ellos dos, en una habitación bañada por la luz de la luna, entregándose a un amor que había sobrevivido a siglos de historia.
—Te... te quiero —logró articular Lukas, su voz apenas un hilo de sonido en medio de la respiración agitada.
El corazón de Mathias pareció saltarse un latido. Una sonrisa radiante, la más genuina de todas, iluminó su rostro. Incrementó el ritmo, llevándolos a ambos hacia el borde del abismo. Sus movimientos se volvieron más urgentes, más hambrientos, guiados por una pasión que quemaba con la fuerza de un incendio forestal.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de luz. Lukas se aferró a Mathias como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba, y el Alfa lo sostuvo con fuerza, protegiéndolo, reclamándolo como suyo una vez más.
Minutos después, el silencio regresó a la habitación, pero esta vez era un silencio cómodo, lleno de satisfacción. Mathias estaba tumbado de lado, abrazando a Lukas por la espalda, con su rostro escondido en la nuca del Omega. Lukas, con la respiración ya normalizada, acariciaba distraídamente el brazo del Alfa que lo rodeaba.
—No te acostumbres a oírme decir eso —murmuró Lukas, aunque no hizo ningún intento por apartarse.
Mathias soltó una pequeña risa y dejó un beso en su hombro.
—No necesito oírlo todos los días, Nor. Ya sé que no puedes vivir sin este increíble danés.
Lukas rodó los ojos, pero una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Eres un idiota, Mathias.
—Sí, pero soy tu idiota.
Lukas no respondió, pero se presionó más contra el pecho cálido de Mathias, cerrando los ojos con la certeza de que, sin importar lo que el mañana trajera, allí, en los brazos del Alfa más terco del mundo, estaba exactamente donde pertenecía. El mechón flotante de su cabello finalmente se posó suavemente sobre su frente, descansando al igual que su dueño.
En algún lugar de Escandinavia, el resto de su "familia" probablemente estaría peleando por quién prepararía el desayuno o si Islandia finalmente llamaría "hermano" a Lukas, pero en esa habitación en Copenhague, el tiempo se había detenido para permitir que dos naciones encontraran la paz en el calor del otro.
Lukas, el Omega de ojos azul profundo y semblante impasible, solo lo escuchaba a medias. Su atención estaba centrada en la calidez que emanaba del cuerpo de Mathias, una presencia robusta y vibrante que, a pesar de lo mucho que le gustaba quejarse de ella, se había vuelto su refugio personal. Había tardado años —décadas, en realidad— en admitir que ese hombre terco, mandón y a veces exasperante era su destino. Pero allí estaban, entrando en la casa de Mathias, con la familiaridad de quienes ya no necesitan pedir permiso.
—¡Y entonces Berwald puso esa cara de "te voy a asesinar"! —exclamó Mathias mientras cerraba la puerta principal con un golpe un poco más fuerte de lo necesario—. ¡Deberías haberlo visto, Lukas! Fue divertidísimo.
El noruego se quitó el abrigo con movimientos lentos y elegantes, ignorando el habitual desorden que reinaba en el recibidor del danés.
—Berwald siempre tiene esa cara, Mathias —respondió Lukas con su voz monótona, aunque un leve destello de diversión cruzó sus ojos—. Solo tú eres tan denso como para no notar que solo quería que te callaras.
—¡Oh, vamos! Sé que me adora —Mathias se acercó, invadiendo el espacio personal de Lukas con esa confianza ciega que solo él poseía. Se plantó frente a él, con una sonrisa ladeada y el cabello rubio más despeinado que de costumbre—. Al igual que tú.
Lukas suspiró, elevando una mano para ajustar el pasador de cruz nórdica en su flequillo. El mechón flotante junto a su cabeza reaccionó a su agitación interna, moviéndose con un ritmo errático.
—Eres un egocéntrico —murmuró, aunque no se alejó.
Mathias soltó una carcajada baja, una que no era ruidosa sino vibrante, y acortó la distancia final. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron en la cintura de Lukas. El contraste era evidente: la robustez del Alfa frente a la delicadeza aparente del Omega. Sin embargo, en la jerarquía de su relación, Lukas siempre encontraba la forma de mantener el control, incluso cuando se dejaba envolver por el aroma a bosque y cerveza de Mathias.
—Dilo una vez —pidió Mathias, su voz volviéndose inusualmente suave—. Solo una vez, Nor.
—No.
—Eres tan testarudo... —Mathias inclinó la cabeza, buscando los ojos de Lukas—. Pero me encanta.
El beso comenzó como algo tierno, un simple roce de labios que pretendía ser un "buenas noches". Pero Mathias, impulsivo y apasionado, nunca sabía cuándo detenerse. Sus labios presionaron con más firmeza, saboreando la frialdad inicial de Lukas que pronto se transformó en un calor acogedor. El Omega soltó un suspiro ahogado contra la boca del Alfa, y sus manos, que antes descansaban inertes, subieron para enredarse en el cabello rubio y rebelde de Mathias.
La atmósfera cambió en un instante. El aire se volvió pesado, cargado de feromonas que hablaban de una necesidad largamente contenida. El deseo de Mathias era una fuerza de la naturaleza, una tormenta que amenazaba con arrastrar todo a su paso, pero Lukas era el ancla, el único capaz de domar ese fuego.
—Mathias... —susurró Lukas cuando se separaron apenas unos milímetros. Su rostro, usualmente inexpresivo, estaba teñido de un rosa suave y sus ojos brillaban con una vulnerabilidad que solo mostraba en la intimidad.
—Te quiero, Nor. No tienes idea de cuánto —respondió el Alfa, su voz rota por la emoción.
Sin romper el contacto, Mathias guio a Lukas hacia el dormitorio. El trayecto fue una mezcla de besos robados y tropezones torpes, pero nada de eso importaba. Al llegar a la cama, Mathias depositó a Lukas sobre las sábanas con una delicadeza que contrastaba con su habitual brusquedad. Se situó sobre él, apoyando su peso en los antebrazos para no aplastarlo, y se dedicó a observar la belleza estoica de su compañero.
—Eres perfecto —dijo Mathias, pasando un pulgar por el labio inferior de Lukas.
—Cállate y haz algo —respondió el noruego, aunque su tono carecía de cualquier rastro de frialdad. Era una invitación, una orden que el danés estaba más que dispuesto a obedecer.
Mathias comenzó a despojar a Lukas de sus ropas con una reverencia casi religiosa. Cada centímetro de piel clara que quedaba al descubierto era adorado con besos y caricias. El cuerpo de Lukas era como el hielo bajo el sol de medianoche: pálido, firme y listo para derretirse bajo el toque adecuado. Cuando sus dedos rozaron la cadera del Omega, Lukas soltó un gemido bajo que hizo que el Alfa vibrara de satisfacción.
—Me gusta cuando haces ese sonido —murmuró Mathias contra su cuello, dejando una marca roja que reclamaba su territorio.
—Eres un mandón —jadeó Lukas, arqueando la espalda cuando sintió la lengua de Mathias delineando su clavícula.
—Solo contigo, Nor. Solo contigo.
Mathias descendió con lentitud, disfrutando del camino. Su terquedad se manifestaba ahora en su negativa a apresurarse; quería saborear cada reacción, cada estremecimiento del cuerpo de Lukas. Cuando llegó a su pecho, se detuvo para prestar atención a los pequeños pezones rosados que destacaban contra la piel nívea.
Lukas apretó las sábanas entre sus dedos cuando Mathias comenzó a jugar con ellos. Primero fueron toques ligeros con las yemas de sus dedos, círculos lentos que hacían que el Omega jadeara con fuerza. Luego, el Alfa usó su boca, alternando entre succiones suaves y el roce de sus dientes, provocando que Lukas perdiera esa compostura que tanto se esforzaba por mantener.
—Mathias... por favor... —el tono de Lukas era suplicante, algo que rara vez ocurría.
—¿Qué quieres, Lukas? —preguntó el Alfa, levantando la vista con una sonrisa triunfal. Le encantaba tener este poder sobre el enigmático noruego, ver cómo sus muros se derrumbaban ante él.
—No seas... un idiota. Sabes lo que quiero.
Mathias rió entre dientes y regresó a su tarea, bajando las manos para acariciar los muslos de Lukas, abriéndolos con firmeza pero sin violencia. El aroma del Omega se había vuelto dulce, casi embriagador, una señal clara de que su cuerpo estaba listo y ansioso.
El Alfa se deshizo de sus propias prendas con movimientos rápidos, revelando su complexión musculosa y robusta. Al unirse de nuevo en el centro de la cama, la diferencia de tamaños se hizo evidente, pero también la perfecta armonía entre ambos. Lukas envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Mathias, atrayéndolo hacia sí.
—Lento —advirtió Lukas, clavando sus uñas en los hombros del rubio.
—Lo que digas, mi rey —respondió Mathias con una ternura que siempre lograba desarmar al noruego.
La unión fue un proceso de paciencia y entrega. Mathias entró en él con cuidado, permitiendo que Lukas se acostumbrara a su tamaño, llenándolo por completo. El Omega cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás mientras una oleada de placer recorría su espina dorsal. No era solo el contacto físico; era la conexión de sus almas, el reconocimiento de que se pertenecían el uno al otro a pesar de sus diferencias.
Comenzaron a moverse en un ritmo pausado y profundo. Mathias buscaba los labios de Lukas una y otra vez, ahogando los gemidos del otro con sus propios suspiros. Las manos de Lukas vagaban por la espalda de Mathias, trazando los músculos tensos, mientras el Alfa se perdía en la suavidad de la piel del Omega.
—Mírame, Lukas —pidió Mathias en un susurro.
El noruego abrió los ojos, encontrándose con el azul intenso y cargado de adoración del danés. En ese momento, no había espacio para el sarcasmo, para la distancia o para el orgullo. Solo existían ellos dos, en una habitación bañada por la luz de la luna, entregándose a un amor que había sobrevivido a siglos de historia.
—Te... te quiero —logró articular Lukas, su voz apenas un hilo de sonido en medio de la respiración agitada.
El corazón de Mathias pareció saltarse un latido. Una sonrisa radiante, la más genuina de todas, iluminó su rostro. Incrementó el ritmo, llevándolos a ambos hacia el borde del abismo. Sus movimientos se volvieron más urgentes, más hambrientos, guiados por una pasión que quemaba con la fuerza de un incendio forestal.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de luz. Lukas se aferró a Mathias como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba, y el Alfa lo sostuvo con fuerza, protegiéndolo, reclamándolo como suyo una vez más.
Minutos después, el silencio regresó a la habitación, pero esta vez era un silencio cómodo, lleno de satisfacción. Mathias estaba tumbado de lado, abrazando a Lukas por la espalda, con su rostro escondido en la nuca del Omega. Lukas, con la respiración ya normalizada, acariciaba distraídamente el brazo del Alfa que lo rodeaba.
—No te acostumbres a oírme decir eso —murmuró Lukas, aunque no hizo ningún intento por apartarse.
Mathias soltó una pequeña risa y dejó un beso en su hombro.
—No necesito oírlo todos los días, Nor. Ya sé que no puedes vivir sin este increíble danés.
Lukas rodó los ojos, pero una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Eres un idiota, Mathias.
—Sí, pero soy tu idiota.
Lukas no respondió, pero se presionó más contra el pecho cálido de Mathias, cerrando los ojos con la certeza de que, sin importar lo que el mañana trajera, allí, en los brazos del Alfa más terco del mundo, estaba exactamente donde pertenecía. El mechón flotante de su cabello finalmente se posó suavemente sobre su frente, descansando al igual que su dueño.
En algún lugar de Escandinavia, el resto de su "familia" probablemente estaría peleando por quién prepararía el desayuno o si Islandia finalmente llamaría "hermano" a Lukas, pero en esa habitación en Copenhague, el tiempo se había detenido para permitir que dos naciones encontraran la paz en el calor del otro.
