Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Obsesión y pasión

Fandom: My hero academia

Creado: 24/5/2026

Etiquetas

RomancePWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Ambientación CanonEstudio de PersonajeLenguaje ExplícitoPsicológico
Índice

Réplica de Silicio

La habitación de Katsuki Bakugo siempre estaba impecable, una extensión de su disciplina militar y su carácter explosivo que no permitía el desorden. Sin embargo, detrás de esa fachada de superioridad y gritos, existía una fijación que rozaba lo patológico. No era solo que Kirishima Eijirou fuera su mejor amigo, o la única persona capaz de soportar sus cambios de humor sin pestañear; era algo físico, una necesidad de posesión que Katsuki no sabía cómo procesar de manera saludable.

Hacía meses que la obsesión había tomado una forma tangible. Bakugo, utilizando su agudeza visual y aprovechando los momentos en los que entrenaban juntos en el gimnasio de la UA, había memorizado cada relieve del cuerpo del pelirrojo. Había tomado notas mentales de la circunferencia de sus muñecas, el ancho de sus hombros y, con una audacia que solo el deseo desesperado podía alimentar, había logrado obtener las medidas exactas de aquello que Kirishima guardaba entre las piernas. Un descuido en las duchas, una mirada prolongada bajo el vapor, y la tecnología de escaneo de una empresa clandestina de artículos para adultos hicieron el resto.

El resultado descansaba ahora sobre su cama: un juguete de silicona de grado médico, moldeado con una precisión aterradora, que replicaba exactamente el miembro de Kirishima. Tenía el mismo grosor, la misma curvatura leve hacia la izquierda y una textura que imitaba las venas que Katsuki tanto deseaba sentir bajo sus dedos.

—Maldito extra... —susurró Bakugo, cerrando la puerta con llave y asegurándose de que las cortinas estuvieran completamente corridas.

Se despojó de su uniforme con movimientos bruscos, su respiración ya agitada por la anticipación. Su cuerpo pedía a gritos el contacto que el verdadero Kirishima, en su infinita amabilidad y despiste, no le proporcionaba. Kirishima lo trataba con una lealtad inquebrantable, pero Bakugo quería que esa lealtad fuera carnal, quería que el pelirrojo lo sometiera, que lo rompiera y lo volviera a armar.

Sentado en el borde de la cama, Bakugo tomó el objeto. Estaba frío, pero no por mucho tiempo. Aplicó una generosa cantidad de lubricante, sus manos temblando ligeramente. La idea de que estaba usando una réplica exacta de su mejor amigo lo excitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta.

—Si supieras lo que estoy haciendo, pelo de pincho... —gruñó, recostándose y elevando las piernas.

Se preparó con dedos ágiles, imaginando que no eran sus propios dedos, sino las manos grandes y callosas de Eijirou las que lo abrían. Cuando sintió que estaba lo suficientemente listo, posicionó la base del juguete contra el colchón y comenzó a descender sobre él.

El gemido que escapó de sus labios fue desgarrador. El juguete era grueso, llenándolo de una manera que lo hacía sentir al borde del colapso. Cerró los ojos con fuerza, y en la oscuridad de sus párpados, vio la sonrisa de dientes de tiburón de Kirishima, sus ojos rojos brillando con un deseo que solo existía en la imaginación de Katsuki.

—¡Mierda, Kirishima! —exclamó, su voz quebrándose—. ¡Entra más profundo, maldito seas!

Comenzó a moverse con un ritmo frenético, sus caderas subiendo y bajando con una urgencia violenta. Cada embestida del silicio contra su próstata le enviaba descargas eléctricas por toda la columna. Bakugo se aferraba a las sábanas, arrugándolas con sus puños, mientras su mente tejía fantasías donde el verdadero pelirrojo lo sujetaba por las muñecas y le gruñía órdenes al oído.

Estaba tan absorto en su propio placer, tan perdido en la simulación de la presencia de Kirishima, que no escuchó el suave clic de la cerradura. No recordó que, un par de días antes, le había dado una copia de su llave a Kirishima para que pudiera dejarle unos apuntes de clase que él se había negado a recoger.

La puerta se abrió sin hacer ruido.

—¡Oye, Bakugo! Sé que dijiste que no querías que te molestara, pero traje los apuntes de Mic y...

Eijirou Kirishima se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, y los papeles que sostenía en la mano cayeron al suelo, dispersándose como hojas secas.

La escena frente a él era algo que nunca habría imaginado ni en sus sueños más salvajes. Bakugo, el indomable y orgulloso Bakugo, estaba desnudo, con las piernas abiertas y un juguete sexual de un tamaño considerable desapareciendo dentro de él. Pero lo que hizo que el corazón de Kirishima diera un vuelco no fue solo la desnudez, sino el color del juguete y la forma familiar que tenía.

Bakugo se congeló. El sudor resbalaba por su pecho y su rostro estaba encendido por un rojo carmesí que no era producto de sus explosiones. Lentamente, giró la cabeza para encontrarse con la mirada estupefacta de su amigo.

—¿Qué... qué haces aquí? —La voz de Bakugo salió como un graznido, desprovista de su habitual autoridad.

Kirishima no respondió de inmediato. Sus ojos bajaron de nuevo hacia el juguete que aún estaba insertado en el cuerpo de Bakugo. Se acercó un paso, casi por instinto, observando los detalles. El parecido era innegable. Era una copia exacta de sí mismo.

—Bakugo... —Kirishima tragó saliva, sintiendo un calor repentino subir por su propio cuello—. Eso... ¿eso es mío? Quiero decir, ¿es una réplica de mí?

Katsuki sintió que el mundo se desmoronaba. Su mayor secreto, su obsesión más privada y oscura, estaba expuesta ante la única persona que no debía verla nunca. Intentó cubrirse, pero el juguete seguía allí, un testimonio mudo de su fijación.

—¡Lárgate! —gritó Bakugo, aunque el grito carecía de fuerza—. ¡Vete de aquí ahora mismo, maldito imbécil!

Sin embargo, Kirishima no se movió. El despiste que solía caracterizarlo se había esfumado, reemplazado por una comprensión aguda y una chispa de algo que Bakugo no pudo identificar de inmediato. El pelirrojo cerró la puerta a sus espaldas y puso el seguro, sin dejar de mirar a Katsuki.

—No me voy a ir —dijo Kirishima con una calma que resultó aterradora—. Bakugo, te he estado observando durante mucho tiempo. Siempre pensé que me odiabas, o que solo me tolerabas. Pero esto...

Se acercó a la cama, sus pasos lentos y deliberados. Bakugo se encogió, pero no pudo evitar que sus ojos siguieran cada movimiento del otro.

—¿Por qué usar un trozo de plástico cuando me tienes a mí en la habitación de al lado? —preguntó Kirishima, deteniéndose justo frente a él.

—¡Cállate! —Bakugo apretó los dientes, las lágrimas de frustración y vergüenza asomando en las esquinas de sus ojos—. No entiendes nada.

—Entiendo que te tomaste muchas molestias para conseguir eso —dijo Kirishima, señalando el juguete—. Y entiendo que, si lo hiciste, es porque me quieres de una manera que no te atreves a decir.

Kirishima se sentó en el borde de la cama, su presencia llenando el espacio personal de Bakugo. Extendió una mano y, con una suavidad que contrastaba con la tensión del momento, acarició la mejilla del cenizo.

—¿Es así como me quieres, Bakugo? ¿Dentro de ti?

Katsuki no pudo sostenerle la mirada. Bajó la cabeza, su respiración volviéndose errática de nuevo. El juguete todavía le causaba una sensación de plenitud, pero la presencia del Kirishima real hacía que todo lo demás palideciera.

—Te odio... —susurró Bakugo, aunque su mano se movió para sujetar la muñeca de Kirishima, impidiendo que se alejara.

—No, no me odias —replicó Kirishima. Con un movimiento decidido, agarró la base del juguete y, con cuidado pero con firmeza, lo extrajo del cuerpo de Bakugo.

Katsuki soltó un gemido involuntario ante la pérdida de la presión, su cuerpo arqueándose levemente. Kirishima dejó el objeto a un lado, en el suelo, como si ya no tuviera ninguna importancia.

—Si vas a tener algo ahí dentro, va a ser lo real —sentenció Kirishima. Su voz había bajado una octava, volviéndose más profunda, más dominante.

Bakugo levantó la vista, sorprendido por el cambio de tono. El Kirishima amable y despistado había dado paso a un hombre que sabía exactamente lo que quería y cómo tomarlo.

—¿Estás diciendo que vas a...? —Bakugo no pudo terminar la frase.

—Estoy diciendo que voy a hacer que te olvides de ese juguete —dijo Kirishima, comenzando a desabrocharse el cinturón con una parsimonia que torturaba los nervios de Bakugo—. Si tanto me deseabas que mandaste a hacer eso, entonces voy a darte lo que realmente necesitas.

Kirishima se deshizo de su ropa con una confianza que Bakugo nunca le había visto. Cuando quedó desnudo, la realidad superó con creces a la réplica de silicio. El cuerpo de Kirishima era una obra de arte de músculo y determinación, y lo que Bakugo había intentado imitar con plástico estaba ahora allí, vibrante y real, frente a sus ojos.

—Maldito extra... —murmuró Bakugo, pero esta vez fue un cumplido, una rendición.

Kirishima se posicionó entre las piernas de Bakugo, sus manos grandes apretando los muslos del cenizo con una fuerza que prometía dejar marcas.

—¿Estás listo, Bakugo? —preguntó, sus ojos rojos fijos en los de Katsuki—. Porque no voy a ser tan suave como ese juguete.

—¡Cállate y hazlo de una vez! —rugió Bakugo, tirando del cuello de Kirishima para besarlo con una violencia desesperada.

El beso fue un choque de lenguas y dientes, una batalla por el dominio que Kirishima ganó rápidamente, imponiendo su ritmo. Mientras se besaban, Kirishima se posicionó, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo de Bakugo, la humedad que el lubricante y el juguete habían dejado atrás.

Entró en él con un empuje lento y constante, disfrutando de la forma en que el cuerpo de Bakugo se tensaba y luego se amoldaba a su tamaño. Era una sensación de pertenencia absoluta. Bakugo soltó un grito ahogado contra los labios de Kirishima, sus uñas enterrándose en la espalda del pelirrojo.

—¡Mierda, Eijirou! —exclamó Bakugo, usando su nombre de pila por primera vez en medio de un arrebato de placer puro—. ¡Es... es demasiado!

—Es exactamente lo que querías —susurró Kirishima contra su oído, comenzando a moverse.

Cada estocada era precisa, golpeando los puntos exactos que Bakugo había estado tratando de alcanzar por sí mismo. Pero no había comparación. El calor de la piel, el olor a sudor y testosterona, el sonido de sus cuerpos chocando; era una sobrecarga sensorial que Bakugo no pudo soportar por mucho tiempo sin empezar a perder la cabeza.

Kirishima lo sujetó con más fuerza, sus movimientos volviéndose más rápidos y potentes. No había rastro de la duda habitual en él. En ese momento, en esa habitación, él era el dueño de la situación, y Bakugo era su receptor voluntario, su igual en intensidad pero su subordinado en el placer.

—Mírame, Katsuki —ordenó Kirishima.

Bakugo abrió los ojos, empañados por las lágrimas y el deseo. Vio a Kirishima, con el cabello alborotado y una expresión de concentración feroz.

—Eres mío —dijo Kirishima, antes de dar una estocada final que hizo que Bakugo viera estrellas.

El orgasmo golpeó a Bakugo como una de sus propias explosiones, sacudiendo su cuerpo en espasmos violentos. Kirishima lo siguió poco después, gruñendo su nombre mientras se corría profundamente dentro de él, sellando el vínculo que el juguete solo había intentado imitar.

Minutos después, ambos yacían en la cama, recuperando el aliento. El silencio de la habitación solo era roto por sus respiraciones agitadas. Bakugo estaba apoyado contra el pecho de Kirishima, sintiendo el latido rítmico de su corazón.

—Si le dices a alguien sobre esto, te mataré —amenazó Bakugo, aunque su voz no tenía ningún veneno.

Kirishima soltó una pequeña risa y lo estrechó más contra sí, besando la coronilla de su cabello cenizo.

—Tu secreto está a salvo conmigo, Katsuki. Pero creo que ya no vas a necesitar esa cosa de plástico.

Bakugo gruñó, escondiendo el rostro en el cuello de Kirishima. Por una vez, no tenía nada que decir. La realidad había superado a la obsesión, y aunque su orgullo estaba herido por haber sido descubierto, el peso del cuerpo de Kirishima sobre el suyo era el único consuelo que necesitaba.

—Mañana... —comenzó Bakugo, su voz volviéndose somnolienta—, mañana vamos a deshacernos de esa mierda. Pero no creas que esto se va a repetir siempre que quieras.

Kirishima sonrió, sabiendo perfectamente que Bakugo estaba mintiendo.

—Claro, lo que tú digas, Bakugo. Lo que tú digas.

Pero mientras cerraba los ojos, Kirishima sabía que esto era solo el principio. La réplica de silicio había sido el catalizador, pero la llama que se había encendido entre ellos no se apagaría tan fácilmente.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic