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Destino

Fandom: Amor

Creado: 24/5/2026

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Entre el pitido final y el eco del pasado

La luz del televisor era lo único que iluminaba la sala de aquel pequeño apartamento que aún olía a pintura fresca y a café recién hecho. Ricardo, con la camiseta de su equipo bien puesta y una bufanda anudada a la muñeca, soltó un suspiro de alivio que pareció mover los cimientos del edificio. Su equipo había ganado en el último minuto, un gol agónico que lo había hecho saltar del sofá, derramando apenas unas gotas de su cerveza sobre la alfombra.

—¡Eso es! ¡Así se juega, carajo! —exclamó para nadie más que para las paredes, con esa sonrisa carismática que siempre parecía iluminarle el rostro, incluso tras una jornada de diez horas en la obra.

Ricardo era un hombre de gustos sencillos y corazón grande. Trabajaba duro, quería bien y siempre tenía un chiste a mano para animar a sus compañeros. Era el tipo de persona que saludaba al portero por su nombre y que nunca negaba un favor. Pero esa noche, tras la euforia del fútbol, el silencio de la casa se sintió más pesado de lo normal.

Dejó la botella vacía sobre la mesa y se disponía a apagar la televisión cuando el timbre sonó. Frunció el ceño. Eran casi las once de la noche. ¿Un vecino con alguna queja? ¿Sus amigos queriendo seguir la celebración?

Al abrir la puerta, el aire se le escapó de los pulmones de una forma que ningún partido de noventa minutos había logrado jamás.

—¿Tn? —pronunció su nombre con una mezcla de asombro y una calidez que no pudo ocultar.

Ahí estaba ella. El cabello un poco más corto que la última vez que la vio, los ojos cansados pero con ese brillo que a él siempre le había parecido un refugio. Tn, la mujer que se había llevado sus domingos de risas y sus planes a futuro hacía ya dos años.

—Hola, Ricardo —dijo ella, con una voz pequeña, apretando las llaves contra su pecho—. Siento venir así, sin avisar. Sé que es tarde.

Ricardo, recuperando su hospitalidad natural, se hizo a un lado y abrió la puerta de par en par.

—No digas tonterías, pasa. Estás temblando, hace un frío de mil demonios afuera.

Ella entró con pasos vacilantes, reconociendo los objetos que él conservaba: la vieja radio que perteneció a su abuelo, el cuadro de la ciudad que compraron juntos en aquella feria artesanal. Ricardo cerró la puerta y se rascó la nuca, sintiéndose de repente muy consciente de su camiseta sudada y su aspecto desaliñado.

—Mi equipo ganó —dijo él, tratando de romper el hielo con su habitual alegría—. Deberías haber visto el gol de Martínez. Una joya.

Tn sonrió débilmente, sentándose en el borde del sofá.

—Me alegro por ti, Richi. Sé cuánto te importa.

Él fue a la cocina y regresó con un vaso de agua y una manta que sacó del armario del pasillo. Con cuidado, la cubrió por los hombros.

—¿Qué pasa, Tn? —preguntó con suavidad, sentándose en la silla frente a ella, respetando su espacio—. No es que no me alegre de verte, pero me preocupa que estés aquí a estas horas.

Ella bebió un sorbo de agua, mirando fijamente el líquido transparente.

—Me mudé de regreso a la ciudad hace una semana —confesó ella—. Y hoy... hoy tuve un día de esos en los que todo sale mal. El coche se averió, perdí mis llaves de repuesto y, cuando me di cuenta, estaba caminando por tu calle. Ni siquiera lo pensé, Ricardo. Mis pies simplemente me trajeron aquí.

Ricardo la observó en silencio. Seguía siendo la misma Tn que se perdía en sus pensamientos, la misma que necesitaba un ancla cuando el mundo se volvía demasiado caótico.

—A veces el instinto sabe más que uno mismo —respondió él con una sonrisa reconfortante—. Me alegra que tus pies tengan buena memoria.

—¿No estás enfadado? —preguntó ella, levantando la vista—. Terminamos tan... tan a medias. Me fui y te dejé con todo el peso de lo que éramos.

Ricardo soltó una risa corta, una de esas que quitaban hierro a cualquier asunto dramático.

—Tn, la vida es muy corta para guardar rencores. Sí, me dolió, no te voy a mentir. Me sobraba media cama y me faltaba alguien que me regañara por dejar los calcetines tirados. Pero siempre supe que necesitabas ese tiempo. Yo soy un hombre de raíces, tú siempre fuiste de alas.

—Ya no quiero volar tan lejos —susurró ella, y el silencio que siguió fue cargado de significados.

Ricardo sintió un vuelco en el corazón, pero se mantuvo firme. No quería confundir la vulnerabilidad de ella con una promesa de regreso.

—¿Tienes hambre? —preguntó él, levantándose—. Tengo sobras de las empanadas que hizo mi madre. Son las mejores del mundo, ya lo sabes.

—Me encantaría —respondió ella, y por primera vez en la noche, su sonrisa llegó a sus ojos.

Mientras Ricardo calentaba la comida en la cocina, Tn se levantó para observar las fotos que adornaban la repisa. Había fotos de él con sus amigos de la obra, fotos en el estadio, y una pequeña imagen, casi oculta detrás de un trofeo de fútbol amateur, donde aparecían los dos en la playa.

—Aún la tienes —dijo ella, señalando la foto cuando él regresó con dos platos humeantes.

—Es un buen recuerdo —dijo Ricardo, dejando los platos en la mesa de centro—. No borro las cosas buenas solo porque terminaron. Sería como olvidar los goles de mi equipo solo porque perdieron el campeonato siguiente.

Se sentaron a comer en el suelo, sobre la alfombra, tal como solían hacerlo en los viejos tiempos. La atmósfera se relajó. Ricardo comenzó a contarle anécdotas de su trabajo, quejándose con humor de su jefe "el sargento" y de cómo casi incendian la caseta de herramientas por una cafetera vieja. Tn reía, una risa clara que llenaba los huecos vacíos del apartamento.

—Eres increíble, Richi —dijo ella, limpiándose una lágrima de risa—. Tienes el don de hacer que todo parezca más fácil.

—Es que la mayoría de las veces lo es —respondió él, mirándola fijamente—. Nosotros somos los que nos complicamos la existencia con miedos y silencios.

Tn dejó el plato a un lado y se acercó un poco más a él.

—Te eché de menos. Mucho más de lo que me permití admitir.

Ricardo sintió que la alegría que siempre llevaba como estandarte se transformaba en algo más profundo, algo que quemaba bajo su piel.

—Yo también, Tn. No hubo un solo domingo en el que no pensara que el fútbol se veía mejor contigo al lado.

—¿Crees que sea demasiado tarde para intentarlo? —preguntó ella, con la voz temblorosa—. No digo volver a lo de antes, porque lo de antes se rompió. Digo... empezar algo nuevo. Con el Ricardo que sabe que su equipo puede ganar en el último minuto y con la Tn que por fin sabe dónde quiere estar.

Ricardo dejó escapar un suspiro largo. Se pasó la mano por el cabello y luego, con esa ternura que lo caracterizaba, tomó la mano de ella entre las suyas. Sus manos eran rudas, con callos del trabajo manual, pero su tacto era tan delicado como el de un cirujano.

—Mira, Tn —empezó él—, yo no soy de los que juegan a medias. Si entro al campo, es para darlo todo hasta que el árbitro pite el final.

—Eso es lo que quiero —dijo ella con determinación.

—Entonces —continuó Ricardo, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—, mañana es domingo. Hay partido a las cuatro. Podrías venir, o podríamos ir al parque, o simplemente no hacer nada. Pero si te quedas, es para quedarte de verdad.

Tn asintió, cerrando los ojos y disfrutando del calor que emanaba de él.

—Me quedo.

Ricardo sonrió, esa sonrisa carismática y llena de vida que era su marca personal. Se inclinó y la besó con una mezcla de nostalgia y esperanza. Fue un beso que sabía a café, a empanadas de domingo y a una segunda oportunidad que ninguno de los dos pensó que llegaría.

—Bueno —dijo él al separarse, tratando de recuperar su tono alegre para no ponerse demasiado sentimental—, pero que conste que si mi equipo pierde mañana, no quiero que me digas "es solo un juego". Porque no lo es.

Tn soltó una carcajada y le dio un pequeño golpe en el hombro.

—Prometido. Aunque sabes que siempre pierden cuando yo miro.

—Eso es un mito —dijo Ricardo, abrazándola con fuerza bajo la manta—. Además, hoy ya gané el partido más importante de la temporada.

La televisión seguía encendida de fondo, mostrando las repeticiones de la jornada, pero ninguno de los dos prestaba atención. En ese pequeño salón, entre el eco de un gol lejano y el frío de la noche que se quedaba fuera, Ricardo y Tn habían decidido que el tiempo extra apenas estaba comenzando.

—¿Richi? —susurró ella, acomodándose en su pecho.

—¿Dime, Tn?

—Gracias por no cerrar la puerta con llave.

Ricardo le dio un beso en la coronilla y cerró los ojos, sintiéndose, por fin, completamente en casa.

—Nunca lo hice. Sabía que algún día te darías cuenta de que te habías dejado algo aquí.

—¿Qué cosa? —preguntó ella, curiosa.

—A mí —respondió él con sencillez—. Y yo no soy tan fácil de olvidar como una bufanda.

Rieron juntos, y esa noche, el trabajador alegre de corazón noble descubrió que, a veces, la vida te regala un gol en el descuento cuando ya dabas el partido por perdido.
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