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Destino
Fandom: Tigres
Creado: 24/5/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffDramaAbuso de AlcoholAmbientación CanonEstudio de Personaje
El rugido del reencuentro
El Estadio Universitario siempre olía a lo mismo: una mezcla embriagadora de pólvora de bengalas, cerveza derramada y el sudor de miles de almas que latían al ritmo de un solo color. Ricardo caminaba por los pasillos internos del Volcán con una sonrisa que parecía grabada a fuego en su rostro. Era un hombre carismático, de esos que saludan desde el guardia de seguridad hasta el director técnico con la misma calidez. Sin embargo, esa tarde, su alegría tenía un tinte ligeramente más... relajado.
Había bebido un par de tequilas antes de entrar a su turno en el área de coordinación de eventos del estadio. No era algo habitual, pero el aniversario de la última copa lo había puesto nostálgico. A pesar de los vapores del alcohol, Ricardo era un profesional impecable; su amabilidad se multiplicaba y su capacidad para resolver problemas parecía florecer bajo los efectos de la bebida, aunque sus pasos fueran un poco más rítmicos de lo normal.
— ¡Richie! —gritó un compañero de prensa—. Necesito que revises la acreditación de la nueva fotógrafa de la liga. Está en la puerta 4 y dice que no aparece en la lista.
— No te preocupes, mi hermano —respondió Ricardo, dándole una palmada en el hombro que casi lo tumba—. Yo me encargo. Todo en esta vida tiene solución, menos el descenso, y de eso ya nos olvidamos hace mucho.
Ricardo caminó hacia la puerta 4 tarareando un cántico de los Libres y Lokos. Se sentía invencible. El sol de Monterrey caía con fuerza sobre el asfalto, y él se ajustó la camisa tipo polo con el escudo de los Tigres, sintiéndose orgulloso de su trabajo. Al llegar a la reja, vio a una mujer de espaldas. Llevaba una cámara profesional colgada al hombro y el cabello recogido en una coleta que le resultaba dolorosamente familiar.
El corazón de Ricardo dio un vuelco que no tuvo nada que ver con el tequila.
— Buenas tardes, señorita —dijo él, tratando de mantener la compostura—. Me dicen que tiene problemas con su acceso. Aquí su servidor, Ricardo, está para servirle en lo que...
La mujer se dio la vuelta. El mundo se detuvo. El ruido de los tambores que ensayaban a lo lejos se desvaneció, y el calor del mediodía se transformó en un escalofrío que le recorrió la espalda.
— ¿Ricardo? —preguntó ella, con los ojos bien abiertos.
— ¿Elena? —La voz de Ricardo salió como un susurro quebrado.
Era ella. Su Elena. La mujer con la que había mantenido una relación a distancia durante tres años que parecieron una vida entera. Nunca habían dejado de hablar del todo; incluso cuando ella se casó con aquel ingeniero y se mudó a Houston, siempre hubo un mensaje de "feliz cumpleaños" o un "viste el gol de Gignac" que mantenía un hilo invisible entre los dos. Ricardo nunca la había dejado de amar. Había intentado salir con otras personas, pero siempre buscaba su risa en bocas ajenas.
— No puedo creerlo —dijo Elena, dejando escapar una risa nerviosa—. Me dijeron que trabajabas aquí, pero no pensé que te encontraría en la puerta.
— El destino es un Tigre, Elena —respondió Ricardo, recuperando un poco de su chispa carismática, aunque sus ojos brillaban más de la cuenta—. Te ves... te ves increíble. ¿Qué haces aquí? ¿Y tu marido?
Elena bajó la mirada un segundo y jugueteó con la correa de su cámara.
— Me separé hace seis meses, Richie. Regresé a Monterrey para empezar de cero. Conseguí este contrato con la liga para cubrir la temporada.
Ricardo sintió una mezcla de egoísmo y alivio que lo hizo sonreír de oreja a oreja. Se acercó un poco más, y Elena arrugó la nariz con delicadeza.
— ¿Estás borracho, Ricardo? —preguntó ella, tratando de sonar severa, pero con una chispa de diversión en los ojos.
— No borracho, Elena —rio él, gesticulando con las manos—. Digamos que estoy en un estado de "entusiasmo etílico". Es el aniversario del campeonato, había que brindar. Pero mira, mis manos están firmes.
Él extendió las manos, que efectivamente no temblaban. Elena soltó una carcajada, la misma que él recordaba de las videollamadas a las tres de la mañana cuando el internet fallaba.
— Sigues siendo el mismo payaso de siempre —dijo ella, entregándole su identificación—. ¿Me vas a dejar pasar o me vas a hacer esperar aquí bajo el sol?
— ¡Por favor! —Ricardo le abrió la puerta con una reverencia exagerada—. Para ti, las puertas del Volcán y de mi oficina están siempre abiertas. Pasa, quédate, no te vayas nunca.
Caminaron juntos por el túnel que llevaba a la cancha. Ricardo, movido por la desinhibición del alcohol y la adrenalina del encuentro, no dejaba de hablar. Le contó sobre los nuevos fichajes, sobre cómo el equipo era su familia y sobre cómo, a pesar de todo, siempre se preguntaba si ella estaba viendo los mismos partidos que él desde Texas.
— Nunca dejé de verlos —confesó Elena mientras caminaban por la banda de césped—. En Houston me ponía la camiseta debajo de los suéteres. Mi ex no lo entendía. Decía que era solo un juego.
— Ese fue su primer error —sentenció Ricardo, deteniéndose frente a la banca local—. Esto no es un juego, es una religión. Y tú siempre fuiste la capitana de mi equipo, Elena.
Ella se detuvo y lo miró fijamente. El carisma de Ricardo era magnético, pero ahora había algo más profundo, una vulnerabilidad que el tequila estaba dejando salir a la superficie.
— Me dolió mucho cuando te casaste —continuó él, bajando el tono de voz—. Seguí hablándote porque no sabía cómo dejarte ir. Era como tener una herida que no quería que cerrara porque el dolor era lo único que me quedaba de ti.
— Ricardo, yo también te extrañé —dijo ella, acercándose un paso—. Pero la distancia... nos estaba matando.
— Ya no hay distancia —dijo él, extendiendo la mano para tocar un mechón de su cabello—. Estás aquí, en mi casa, en mi estadio.
— Estás trabajando borracho, Ricardo —le recordó ella con una sonrisa tierna, aunque sin apartarse—. Te van a regañar.
— Que me corran —exclamó él con un gesto dramático—. Si me corren, tendré más tiempo para invitarte a cenar y convencerte de que el destino no se equivoca. Los Tigres siempre regresan por lo que es suyo, y yo no pienso dejarte ir otra vez.
Elena guardó silencio un momento, mirando la inmensidad de las gradas vacías que pronto se llenarían de gente. El sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de un color naranja que combinaba perfectamente con el entorno.
— ¿Todavía guardas aquella bufanda que te regalé? —preguntó ella de repente.
— Está en mi oficina —respondió él de inmediato—. La pongo sobre mi silla cada vez que hay liguilla. Es mi amuleto. Tú eres mi amuleto, Elena.
— Eres un cursi, Richie —dijo ella, pero sus ojos estaban húmedos—. Un cursi borracho y encantador.
— Soy un hombre que sabe lo que quiere —corrigió él, recuperando su porte—. Y ahora mismo, lo que quiero es que me dejes demostrarte que estos años no fueron tiempo perdido, sino una prórroga. Y en la prórroga es donde se ganan los mejores partidos.
Elena rió y, por primera vez en años, sintió que estaba exactamente donde debía estar. Se acercó a él y le dio un beso rápido en la mejilla, que olía a loción cara y un poco de agave.
— Anda, ve a terminar tu trabajo —le ordenó ella, dándole un empujoncito—. Si haces todo bien hoy, tal vez te deje invitarme esa cena. Pero sin tequilas antes de la cita, ¿entendido?
— ¡Orden recibida, mi generala! —gritó Ricardo, haciendo un saludo militar mientras se alejaba hacia la zona de prensa con un paso notablemente más ligero.
Se detuvo a mitad del camino, se dio la vuelta y le gritó desde lejos, captando la atención de un par de jardineros:
— ¡Elena! ¡Bienvenida a casa! ¡Y arriba los Tigres!
Ella sacudió la cabeza, riendo para sus adentros mientras preparaba su cámara. El destino era caprichoso, pensó, pero a veces, solo a veces, sabía exactamente qué piezas mover para que el rugido volviera a escucharse con fuerza en el corazón. Ricardo, con su alegría desbordante y su amor incondicional, era el mismo de siempre, y eso era precisamente lo que ella necesitaba para volver a creer en los finales felices... o mejor dicho, en los nuevos comienzos.
Había bebido un par de tequilas antes de entrar a su turno en el área de coordinación de eventos del estadio. No era algo habitual, pero el aniversario de la última copa lo había puesto nostálgico. A pesar de los vapores del alcohol, Ricardo era un profesional impecable; su amabilidad se multiplicaba y su capacidad para resolver problemas parecía florecer bajo los efectos de la bebida, aunque sus pasos fueran un poco más rítmicos de lo normal.
— ¡Richie! —gritó un compañero de prensa—. Necesito que revises la acreditación de la nueva fotógrafa de la liga. Está en la puerta 4 y dice que no aparece en la lista.
— No te preocupes, mi hermano —respondió Ricardo, dándole una palmada en el hombro que casi lo tumba—. Yo me encargo. Todo en esta vida tiene solución, menos el descenso, y de eso ya nos olvidamos hace mucho.
Ricardo caminó hacia la puerta 4 tarareando un cántico de los Libres y Lokos. Se sentía invencible. El sol de Monterrey caía con fuerza sobre el asfalto, y él se ajustó la camisa tipo polo con el escudo de los Tigres, sintiéndose orgulloso de su trabajo. Al llegar a la reja, vio a una mujer de espaldas. Llevaba una cámara profesional colgada al hombro y el cabello recogido en una coleta que le resultaba dolorosamente familiar.
El corazón de Ricardo dio un vuelco que no tuvo nada que ver con el tequila.
— Buenas tardes, señorita —dijo él, tratando de mantener la compostura—. Me dicen que tiene problemas con su acceso. Aquí su servidor, Ricardo, está para servirle en lo que...
La mujer se dio la vuelta. El mundo se detuvo. El ruido de los tambores que ensayaban a lo lejos se desvaneció, y el calor del mediodía se transformó en un escalofrío que le recorrió la espalda.
— ¿Ricardo? —preguntó ella, con los ojos bien abiertos.
— ¿Elena? —La voz de Ricardo salió como un susurro quebrado.
Era ella. Su Elena. La mujer con la que había mantenido una relación a distancia durante tres años que parecieron una vida entera. Nunca habían dejado de hablar del todo; incluso cuando ella se casó con aquel ingeniero y se mudó a Houston, siempre hubo un mensaje de "feliz cumpleaños" o un "viste el gol de Gignac" que mantenía un hilo invisible entre los dos. Ricardo nunca la había dejado de amar. Había intentado salir con otras personas, pero siempre buscaba su risa en bocas ajenas.
— No puedo creerlo —dijo Elena, dejando escapar una risa nerviosa—. Me dijeron que trabajabas aquí, pero no pensé que te encontraría en la puerta.
— El destino es un Tigre, Elena —respondió Ricardo, recuperando un poco de su chispa carismática, aunque sus ojos brillaban más de la cuenta—. Te ves... te ves increíble. ¿Qué haces aquí? ¿Y tu marido?
Elena bajó la mirada un segundo y jugueteó con la correa de su cámara.
— Me separé hace seis meses, Richie. Regresé a Monterrey para empezar de cero. Conseguí este contrato con la liga para cubrir la temporada.
Ricardo sintió una mezcla de egoísmo y alivio que lo hizo sonreír de oreja a oreja. Se acercó un poco más, y Elena arrugó la nariz con delicadeza.
— ¿Estás borracho, Ricardo? —preguntó ella, tratando de sonar severa, pero con una chispa de diversión en los ojos.
— No borracho, Elena —rio él, gesticulando con las manos—. Digamos que estoy en un estado de "entusiasmo etílico". Es el aniversario del campeonato, había que brindar. Pero mira, mis manos están firmes.
Él extendió las manos, que efectivamente no temblaban. Elena soltó una carcajada, la misma que él recordaba de las videollamadas a las tres de la mañana cuando el internet fallaba.
— Sigues siendo el mismo payaso de siempre —dijo ella, entregándole su identificación—. ¿Me vas a dejar pasar o me vas a hacer esperar aquí bajo el sol?
— ¡Por favor! —Ricardo le abrió la puerta con una reverencia exagerada—. Para ti, las puertas del Volcán y de mi oficina están siempre abiertas. Pasa, quédate, no te vayas nunca.
Caminaron juntos por el túnel que llevaba a la cancha. Ricardo, movido por la desinhibición del alcohol y la adrenalina del encuentro, no dejaba de hablar. Le contó sobre los nuevos fichajes, sobre cómo el equipo era su familia y sobre cómo, a pesar de todo, siempre se preguntaba si ella estaba viendo los mismos partidos que él desde Texas.
— Nunca dejé de verlos —confesó Elena mientras caminaban por la banda de césped—. En Houston me ponía la camiseta debajo de los suéteres. Mi ex no lo entendía. Decía que era solo un juego.
— Ese fue su primer error —sentenció Ricardo, deteniéndose frente a la banca local—. Esto no es un juego, es una religión. Y tú siempre fuiste la capitana de mi equipo, Elena.
Ella se detuvo y lo miró fijamente. El carisma de Ricardo era magnético, pero ahora había algo más profundo, una vulnerabilidad que el tequila estaba dejando salir a la superficie.
— Me dolió mucho cuando te casaste —continuó él, bajando el tono de voz—. Seguí hablándote porque no sabía cómo dejarte ir. Era como tener una herida que no quería que cerrara porque el dolor era lo único que me quedaba de ti.
— Ricardo, yo también te extrañé —dijo ella, acercándose un paso—. Pero la distancia... nos estaba matando.
— Ya no hay distancia —dijo él, extendiendo la mano para tocar un mechón de su cabello—. Estás aquí, en mi casa, en mi estadio.
— Estás trabajando borracho, Ricardo —le recordó ella con una sonrisa tierna, aunque sin apartarse—. Te van a regañar.
— Que me corran —exclamó él con un gesto dramático—. Si me corren, tendré más tiempo para invitarte a cenar y convencerte de que el destino no se equivoca. Los Tigres siempre regresan por lo que es suyo, y yo no pienso dejarte ir otra vez.
Elena guardó silencio un momento, mirando la inmensidad de las gradas vacías que pronto se llenarían de gente. El sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de un color naranja que combinaba perfectamente con el entorno.
— ¿Todavía guardas aquella bufanda que te regalé? —preguntó ella de repente.
— Está en mi oficina —respondió él de inmediato—. La pongo sobre mi silla cada vez que hay liguilla. Es mi amuleto. Tú eres mi amuleto, Elena.
— Eres un cursi, Richie —dijo ella, pero sus ojos estaban húmedos—. Un cursi borracho y encantador.
— Soy un hombre que sabe lo que quiere —corrigió él, recuperando su porte—. Y ahora mismo, lo que quiero es que me dejes demostrarte que estos años no fueron tiempo perdido, sino una prórroga. Y en la prórroga es donde se ganan los mejores partidos.
Elena rió y, por primera vez en años, sintió que estaba exactamente donde debía estar. Se acercó a él y le dio un beso rápido en la mejilla, que olía a loción cara y un poco de agave.
— Anda, ve a terminar tu trabajo —le ordenó ella, dándole un empujoncito—. Si haces todo bien hoy, tal vez te deje invitarme esa cena. Pero sin tequilas antes de la cita, ¿entendido?
— ¡Orden recibida, mi generala! —gritó Ricardo, haciendo un saludo militar mientras se alejaba hacia la zona de prensa con un paso notablemente más ligero.
Se detuvo a mitad del camino, se dio la vuelta y le gritó desde lejos, captando la atención de un par de jardineros:
— ¡Elena! ¡Bienvenida a casa! ¡Y arriba los Tigres!
Ella sacudió la cabeza, riendo para sus adentros mientras preparaba su cámara. El destino era caprichoso, pensó, pero a veces, solo a veces, sabía exactamente qué piezas mover para que el rugido volviera a escucharse con fuerza en el corazón. Ricardo, con su alegría desbordante y su amor incondicional, era el mismo de siempre, y eso era precisamente lo que ella necesitaba para volver a creer en los finales felices... o mejor dicho, en los nuevos comienzos.
