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¿milagro?
Fandom: jujutsu kaisem
Creado: 24/5/2026
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FantasíaAcciónDramaAngustiaOscuroEstudio de PersonajeSupervivenciaAventuraViolencia Gráfica
Plumas de Oro y Sangre en el Trono del Caído
El viento de la provincia de Hida no soplaba como el aire seco y cargado de incienso del Medio Oriente. Aquí, el frío calaba los huesos con una humedad traicionera, arrastrando el hedor metálico de la muerte y el rastro dulzón de la energía maldita estancada. Tenshi Abe caminaba sobre la hierba marchita, sintiendo cómo las dos auroras doradas que orbitaban su cabeza zumbaban con una frecuencia baja, una advertencia silenciosa que solo ella podía percibir.
Sus ojos, orbes de un blanco absoluto, carentes de pupilas pero dotados de una visión que trascendía lo físico, escaneaban el horizonte. A sus espaldas, un par de alas pequeñas y plumosas se agitaban con nerviosismo, apenas del tamaño de las de un cisne, reflejando su inquietud interna.
—Este lugar apesta a sacrilegio —comentó Kiyomori Arata, ajustándose las gafas de montura fina mientras consultaba un pergamino de sellos—. Tenshi, si seguimos avanzando, entraremos en el radio de despliegue de su técnica. Mi brújula de energía maldita está dando vueltas como un derviche ebrio.
Tenshi se detuvo, su túnica de miko ondeando suavemente. La pureza de su presencia era un insulto visual para la desolación que la rodeaba.
—Rashei dijo que el Caído no es una simple maldición, sino una aberración de la naturaleza humana —respondió ella, su voz clara y serena, aunque cargada de una fatiga ancestral—. Si Ryomen Sukuna es quien dicen las crónicas, la Escalera de Jacob es la única forma de purificar este suelo.
—Purificar es una palabra muy amable para "reducir a cenizas divinas", querida —intervino Rashima, que caminaba a su lado con la parsimonia de quien ha visto caer imperios—. Pero recuerda el proverbio de los ancianos: "Incluso el sol, al intentar quemar la sombra, puede terminar cegando a quien busca la luz". No te precipites, Sucesora.
—Rashima tiene razón —añadió Hikari no Uru, golpeando el mango de su lanza contra el suelo para enfatizar sus palabras—. Tenshi, eres nuestra mejor baza, pero también eres el objetivo más brillante. Esas auroras tuyas son básicamente un letrero de "aquí estoy" para cualquier caníbal con cuatro brazos.
Tenshi esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible. La dinámica de su grupo era lo único que mantenía su cordura en una misión que ella nunca pidió. Había nacido para ser un arma de Dios, una herramienta del clan Abe para erradicar la maldad, pero a menudo se sentía más como un pájaro enjaulado en expectativas de oro.
—Basta de parloteo —la voz de Rashei surgió desde la retaguardia, profunda y severa como el golpe de un mazo—. Los sellos de contención están listos. Tenshi, prepárate. El rastro de Sukuna termina en aquel templo en ruinas. Si el Ángel ha de descender, que sea con la precisión de un cirujano, no con la ira de un niño.
—Entendido, maestro —respondió Tenshi, cerrando sus ojos blancos por un instante.
Al abrirlos, su energía maldita se expandió. Sus alas crecieron súbitamente, extendiéndose tres metros a cada lado, cada pluma brillando con una luz blanca que parecía recortar la realidad. El aura de santidad que desprendía se volvió casi asfixiante, un peso de rectitud que obligó a sus compañeros a dar un paso atrás.
Caminó hacia el templo. El aire se volvió denso, cargado de una presión que hacía que los pulmones ardieran. Y entonces, lo vio.
Sentado sobre un trono improvisado de calaveras y restos de vigas quemadas, Ryomen Sukuna descansaba con una mano sosteniendo su barbilla. Sus cuatro ojos se fijaron en la figura alada que profanaba su oscuridad con aquella luz insolente. No vestía las galas de un rey, sino las ropas ensangrentadas de un guerrero que acababa de darse un festín.
—Vaya —la voz de Sukuna resonó, profunda, áspera y cargada de una diversión peligrosa—. Me habían dicho que los Abe habían enviado a un perro faldero desde las arenas del oeste. No mencionaron que enviarían a una muñeca con ínfulas de divinidad.
Tenshi no retrocedió. Sus auroras giraron más rápido, emitiendo un sonido celestial que chocaba contra la energía roja y negra que emanaba del hombre frente a ella.
—Ryomen Sukuna —pronunció ella, elevando sus manos. Entre sus palmas, una luz dorada comenzó a formar los peldaños de una estructura inmaterial—. Has perturbado el equilibrio de este mundo por demasiado tiempo. He venido a ejecutar la sentencia del Ángel.
Sukuna se puso en pie con una lentitud exasperante, estirando sus cuatro brazos. Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro, revelando colmillos que habían probado carne humana no hacía mucho.
—¿Sentencia? —Se echó a reír, un sonido seco que erizó la piel de Tenshi—. Los humanos y sus delirios de grandeza. Te escondes tras esas alas y esos ojos vacíos porque tienes miedo de lo que hay en el suelo. Dime, "Ángel", ¿cuánta sangre ha tenido que correr para que tú luzcas tan limpia?
—¡No escuches sus provocaciones, Tenshi! —gritó Kiyomori desde la distancia, ya preparando los sellos de apoyo—. ¡Es un manipulador!
—¡Silencio, insecto! —rugió Sukuna, lanzando un corte invisible que obligó a Kiyomori a lanzarse al suelo, destruyendo una columna de piedra a sus espaldas.
Tenshi batió sus alas, elevándose unos centímetros sobre el suelo. Su rostro permanecía impasible, pero sus alas vibraban en un tono violáceo, delatando una ira contenida.
—Escalera de Jacob... —susurró ella.
Un pilar de luz descendió del cielo, rompiendo las nubes y cayendo directamente sobre el templo. La técnica ritual de los Abe no era un simple ataque; era una purificación absoluta que borraba la energía maldita y disolvía cualquier rastro de maldad. El estruendo fue ensordecedor, una nota musical perfecta que parecía querer reescribir la creación.
Sin embargo, cuando la luz se disipó, Sukuna seguía allí. Su piel estaba quemada en varios puntos, y su ropa era poco más que jirones, pero sus ojos brillaban con una intensidad maníaca. Había resistido el impacto directo de la técnica más poderosa del clan Abe.
—Interesante —dijo Sukuna, apareciendo frente a Tenshi en un parpadeo. Su velocidad era inhumana. Agarró a la joven por el cuello antes de que ella pudiera reaccionar, levantándola del suelo—. Tu técnica... no solo destruye, sino que intenta "salvar". Qué concepto tan repugnante.
Tenshi forcejeó, sus manos brillando con energía para intentar quemar la piel del hechicero, pero Sukuna no la soltó. Sus ojos superiores observaban las auroras doradas que aún giraban sobre la cabeza de la chica, mientras los inferiores recorrían sus alas, que ahora se habían vuelto pequeñas y grises por el miedo y el agotamiento.
—Suéltala, monstruo —Hikari intentó avanzar, pero Rashei la detuvo con un brazo firme, su rostro pálido.
—No te muevas —ordenó el mentor—. Si intervenimos ahora, él la matará solo por despecho. Observad.
Sukuna acercó su rostro al de Tenshi, aspirando el aire.
—Hueles a sándalo y a miedo —comentó él, su voz ahora un susurro que solo ella podía oír—. Me pregunto qué pasará cuando esas alas se empapen de sangre de verdad. ¿Seguirás creyéndote una enviada del cielo, o te darás cuenta de que solo eres una herramienta más, igual que mis cuchillos?
—Mi propósito... es mayor que tu existencia —logró decir Tenshi, a pesar de la presión en su garganta—. No eres más que una plaga que será erradicada.
Sukuna soltó una carcajada genuina, soltándola bruscamente. Tenshi cayó de rodillas, tosiendo, mientras sus alas se arrastraban por el polvo.
—Me agradas, pequeña Abe —dijo el Rey de las Maldiciones, dándole la espalda como si ya no fuera una amenaza—. Tienes un fuego dentro que no encaja con esa fachada de santidad. Te dejaré vivir por hoy. Ve con tus maestros, diles que el Caído no será juzgado por leyes de hombres ni de dioses. Y tú... prepárate. La próxima vez que nos veamos, arrancaré esas alas y veré qué queda debajo.
Tenshi lo observó alejarse hacia la penumbra del bosque, su figura imponente desapareciendo entre las sombras. Sus manos temblaban. No era solo el miedo a la muerte; era la extraña sensación de que, por primera vez en su vida, alguien la había visto de verdad. No como a un ángel, no como a una sucesora, sino como a un ser con voluntad propia.
—¿Estás bien? —Kiyomori corrió hacia ella, ayudándola a levantarse.
—Estoy... entera —respondió ella, aunque sus auroras se habían apagado y sus alas habían desaparecido por completo bajo su túnica—. Pero ha fallado. La Escalera de Jacob no lo detuvo.
—No falló —dijo Rashima, acercándose con una expresión sombría—. Simplemente nos ha mostrado que la oscuridad que habita en ese hombre es más profunda de lo que los textos antiguos predecían. El equilibrio se ha roto, Tenshi.
Rashei se acercó a su pupila, colocando una mano pesada sobre su hombro.
—Has cumplido tu misión de informante, pero esto cambia las cosas —sentenció el maestro—. El clan Abe debe saber que Sukuna no es una maldición que se pueda exorcizar. Es una fuerza de la naturaleza. Tenshi, a partir de ahora, tu entrenamiento no será para proteger a la humanidad. Será para sobrevivir a él.
Tenshi miró hacia donde Sukuna se había marchado. El cielo de Hida volvía a oscurecerse, y por un momento, le pareció sentir el eco de la risa del hechicero en el viento.
—Él dijo que yo era una herramienta —susurró ella, más para sí misma que para los demás—. Igual que sus cuchillos.
—No dejes que sus palabras siembren dudas —advirtió Rashei con dureza—. Eres la Sucesora del Ángel.
—Lo sé —respondió Tenshi, aunque en su interior, una semilla de curiosidad prohibida había comenzado a germinar—. Pero los ángeles también caen, ¿verdad, maestro?
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier técnica ritual. El grupo comenzó el viaje de regreso, dejando atrás las ruinas del templo. Tenshi caminaba en el centro, rodeada de sus protectores, pero se sentía más sola que nunca. En su mente, la imagen de los cuatro ojos de Sukuna brillando con una mezcla de crueldad y reconocimiento no la abandonaba.
Había sido enviada para matarlo, pero en aquel encuentro, algo se había sellado. No era una promesa de paz, ni una tregua. Era el inicio de una danza macabra entre la luz que se negaba a ser cegada y la oscuridad que devoraba todo a su paso.
—Oye, Tenshi —dijo Hikari, intentando romper la tensión con su habitual tono sarcástico—, si la próxima vez decides invocar una columna de luz gigante, ¿podrías avisar? Casi pierdo las cejas.
Tenshi soltó una pequeña risa seca, un sonido humano que contrastaba con su aura habitual.
—Lo tendré en cuenta, Hikari. La próxima vez, intentaré no quemar a mis aliados.
—Eso sería un gran avance para la diplomacia del clan —añadió Kiyomori, aunque sus ojos seguían fijos en los alrededores, alerta—. Aunque, sinceramente, creo que ese tipo tiene un gusto pésimo para la decoración. ¿Trono de huesos? Qué cliché de la era Heian.
Rashima sonrió bajo su velo, pero sus ojos se encontraron con los de Rashei. Ambos sabían que la calma era artificial. El destino de Tenshi Abe ya no pertenecía solo al clan. Estaba entrelazado con el de Ryomen Sukuna, y el mundo jujutsu temblaría antes de que aquel nudo se deshiciera.
Mientras se alejaban, una pluma dorada, manchada con una gota de sangre de la mejilla de Tenshi, quedó olvidada en el suelo del templo. Una mano de largos dedos y uñas negras la recogió entre las sombras. Sukuna observó el objeto con una sonrisa que no auguraba nada bueno para el cielo ni para la tierra.
—Vuela alto, pajarito —murmuró el Rey de las Maldiciones—. Cuanto más subas, más divertido será verte caer.
Sus ojos, orbes de un blanco absoluto, carentes de pupilas pero dotados de una visión que trascendía lo físico, escaneaban el horizonte. A sus espaldas, un par de alas pequeñas y plumosas se agitaban con nerviosismo, apenas del tamaño de las de un cisne, reflejando su inquietud interna.
—Este lugar apesta a sacrilegio —comentó Kiyomori Arata, ajustándose las gafas de montura fina mientras consultaba un pergamino de sellos—. Tenshi, si seguimos avanzando, entraremos en el radio de despliegue de su técnica. Mi brújula de energía maldita está dando vueltas como un derviche ebrio.
Tenshi se detuvo, su túnica de miko ondeando suavemente. La pureza de su presencia era un insulto visual para la desolación que la rodeaba.
—Rashei dijo que el Caído no es una simple maldición, sino una aberración de la naturaleza humana —respondió ella, su voz clara y serena, aunque cargada de una fatiga ancestral—. Si Ryomen Sukuna es quien dicen las crónicas, la Escalera de Jacob es la única forma de purificar este suelo.
—Purificar es una palabra muy amable para "reducir a cenizas divinas", querida —intervino Rashima, que caminaba a su lado con la parsimonia de quien ha visto caer imperios—. Pero recuerda el proverbio de los ancianos: "Incluso el sol, al intentar quemar la sombra, puede terminar cegando a quien busca la luz". No te precipites, Sucesora.
—Rashima tiene razón —añadió Hikari no Uru, golpeando el mango de su lanza contra el suelo para enfatizar sus palabras—. Tenshi, eres nuestra mejor baza, pero también eres el objetivo más brillante. Esas auroras tuyas son básicamente un letrero de "aquí estoy" para cualquier caníbal con cuatro brazos.
Tenshi esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible. La dinámica de su grupo era lo único que mantenía su cordura en una misión que ella nunca pidió. Había nacido para ser un arma de Dios, una herramienta del clan Abe para erradicar la maldad, pero a menudo se sentía más como un pájaro enjaulado en expectativas de oro.
—Basta de parloteo —la voz de Rashei surgió desde la retaguardia, profunda y severa como el golpe de un mazo—. Los sellos de contención están listos. Tenshi, prepárate. El rastro de Sukuna termina en aquel templo en ruinas. Si el Ángel ha de descender, que sea con la precisión de un cirujano, no con la ira de un niño.
—Entendido, maestro —respondió Tenshi, cerrando sus ojos blancos por un instante.
Al abrirlos, su energía maldita se expandió. Sus alas crecieron súbitamente, extendiéndose tres metros a cada lado, cada pluma brillando con una luz blanca que parecía recortar la realidad. El aura de santidad que desprendía se volvió casi asfixiante, un peso de rectitud que obligó a sus compañeros a dar un paso atrás.
Caminó hacia el templo. El aire se volvió denso, cargado de una presión que hacía que los pulmones ardieran. Y entonces, lo vio.
Sentado sobre un trono improvisado de calaveras y restos de vigas quemadas, Ryomen Sukuna descansaba con una mano sosteniendo su barbilla. Sus cuatro ojos se fijaron en la figura alada que profanaba su oscuridad con aquella luz insolente. No vestía las galas de un rey, sino las ropas ensangrentadas de un guerrero que acababa de darse un festín.
—Vaya —la voz de Sukuna resonó, profunda, áspera y cargada de una diversión peligrosa—. Me habían dicho que los Abe habían enviado a un perro faldero desde las arenas del oeste. No mencionaron que enviarían a una muñeca con ínfulas de divinidad.
Tenshi no retrocedió. Sus auroras giraron más rápido, emitiendo un sonido celestial que chocaba contra la energía roja y negra que emanaba del hombre frente a ella.
—Ryomen Sukuna —pronunció ella, elevando sus manos. Entre sus palmas, una luz dorada comenzó a formar los peldaños de una estructura inmaterial—. Has perturbado el equilibrio de este mundo por demasiado tiempo. He venido a ejecutar la sentencia del Ángel.
Sukuna se puso en pie con una lentitud exasperante, estirando sus cuatro brazos. Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro, revelando colmillos que habían probado carne humana no hacía mucho.
—¿Sentencia? —Se echó a reír, un sonido seco que erizó la piel de Tenshi—. Los humanos y sus delirios de grandeza. Te escondes tras esas alas y esos ojos vacíos porque tienes miedo de lo que hay en el suelo. Dime, "Ángel", ¿cuánta sangre ha tenido que correr para que tú luzcas tan limpia?
—¡No escuches sus provocaciones, Tenshi! —gritó Kiyomori desde la distancia, ya preparando los sellos de apoyo—. ¡Es un manipulador!
—¡Silencio, insecto! —rugió Sukuna, lanzando un corte invisible que obligó a Kiyomori a lanzarse al suelo, destruyendo una columna de piedra a sus espaldas.
Tenshi batió sus alas, elevándose unos centímetros sobre el suelo. Su rostro permanecía impasible, pero sus alas vibraban en un tono violáceo, delatando una ira contenida.
—Escalera de Jacob... —susurró ella.
Un pilar de luz descendió del cielo, rompiendo las nubes y cayendo directamente sobre el templo. La técnica ritual de los Abe no era un simple ataque; era una purificación absoluta que borraba la energía maldita y disolvía cualquier rastro de maldad. El estruendo fue ensordecedor, una nota musical perfecta que parecía querer reescribir la creación.
Sin embargo, cuando la luz se disipó, Sukuna seguía allí. Su piel estaba quemada en varios puntos, y su ropa era poco más que jirones, pero sus ojos brillaban con una intensidad maníaca. Había resistido el impacto directo de la técnica más poderosa del clan Abe.
—Interesante —dijo Sukuna, apareciendo frente a Tenshi en un parpadeo. Su velocidad era inhumana. Agarró a la joven por el cuello antes de que ella pudiera reaccionar, levantándola del suelo—. Tu técnica... no solo destruye, sino que intenta "salvar". Qué concepto tan repugnante.
Tenshi forcejeó, sus manos brillando con energía para intentar quemar la piel del hechicero, pero Sukuna no la soltó. Sus ojos superiores observaban las auroras doradas que aún giraban sobre la cabeza de la chica, mientras los inferiores recorrían sus alas, que ahora se habían vuelto pequeñas y grises por el miedo y el agotamiento.
—Suéltala, monstruo —Hikari intentó avanzar, pero Rashei la detuvo con un brazo firme, su rostro pálido.
—No te muevas —ordenó el mentor—. Si intervenimos ahora, él la matará solo por despecho. Observad.
Sukuna acercó su rostro al de Tenshi, aspirando el aire.
—Hueles a sándalo y a miedo —comentó él, su voz ahora un susurro que solo ella podía oír—. Me pregunto qué pasará cuando esas alas se empapen de sangre de verdad. ¿Seguirás creyéndote una enviada del cielo, o te darás cuenta de que solo eres una herramienta más, igual que mis cuchillos?
—Mi propósito... es mayor que tu existencia —logró decir Tenshi, a pesar de la presión en su garganta—. No eres más que una plaga que será erradicada.
Sukuna soltó una carcajada genuina, soltándola bruscamente. Tenshi cayó de rodillas, tosiendo, mientras sus alas se arrastraban por el polvo.
—Me agradas, pequeña Abe —dijo el Rey de las Maldiciones, dándole la espalda como si ya no fuera una amenaza—. Tienes un fuego dentro que no encaja con esa fachada de santidad. Te dejaré vivir por hoy. Ve con tus maestros, diles que el Caído no será juzgado por leyes de hombres ni de dioses. Y tú... prepárate. La próxima vez que nos veamos, arrancaré esas alas y veré qué queda debajo.
Tenshi lo observó alejarse hacia la penumbra del bosque, su figura imponente desapareciendo entre las sombras. Sus manos temblaban. No era solo el miedo a la muerte; era la extraña sensación de que, por primera vez en su vida, alguien la había visto de verdad. No como a un ángel, no como a una sucesora, sino como a un ser con voluntad propia.
—¿Estás bien? —Kiyomori corrió hacia ella, ayudándola a levantarse.
—Estoy... entera —respondió ella, aunque sus auroras se habían apagado y sus alas habían desaparecido por completo bajo su túnica—. Pero ha fallado. La Escalera de Jacob no lo detuvo.
—No falló —dijo Rashima, acercándose con una expresión sombría—. Simplemente nos ha mostrado que la oscuridad que habita en ese hombre es más profunda de lo que los textos antiguos predecían. El equilibrio se ha roto, Tenshi.
Rashei se acercó a su pupila, colocando una mano pesada sobre su hombro.
—Has cumplido tu misión de informante, pero esto cambia las cosas —sentenció el maestro—. El clan Abe debe saber que Sukuna no es una maldición que se pueda exorcizar. Es una fuerza de la naturaleza. Tenshi, a partir de ahora, tu entrenamiento no será para proteger a la humanidad. Será para sobrevivir a él.
Tenshi miró hacia donde Sukuna se había marchado. El cielo de Hida volvía a oscurecerse, y por un momento, le pareció sentir el eco de la risa del hechicero en el viento.
—Él dijo que yo era una herramienta —susurró ella, más para sí misma que para los demás—. Igual que sus cuchillos.
—No dejes que sus palabras siembren dudas —advirtió Rashei con dureza—. Eres la Sucesora del Ángel.
—Lo sé —respondió Tenshi, aunque en su interior, una semilla de curiosidad prohibida había comenzado a germinar—. Pero los ángeles también caen, ¿verdad, maestro?
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier técnica ritual. El grupo comenzó el viaje de regreso, dejando atrás las ruinas del templo. Tenshi caminaba en el centro, rodeada de sus protectores, pero se sentía más sola que nunca. En su mente, la imagen de los cuatro ojos de Sukuna brillando con una mezcla de crueldad y reconocimiento no la abandonaba.
Había sido enviada para matarlo, pero en aquel encuentro, algo se había sellado. No era una promesa de paz, ni una tregua. Era el inicio de una danza macabra entre la luz que se negaba a ser cegada y la oscuridad que devoraba todo a su paso.
—Oye, Tenshi —dijo Hikari, intentando romper la tensión con su habitual tono sarcástico—, si la próxima vez decides invocar una columna de luz gigante, ¿podrías avisar? Casi pierdo las cejas.
Tenshi soltó una pequeña risa seca, un sonido humano que contrastaba con su aura habitual.
—Lo tendré en cuenta, Hikari. La próxima vez, intentaré no quemar a mis aliados.
—Eso sería un gran avance para la diplomacia del clan —añadió Kiyomori, aunque sus ojos seguían fijos en los alrededores, alerta—. Aunque, sinceramente, creo que ese tipo tiene un gusto pésimo para la decoración. ¿Trono de huesos? Qué cliché de la era Heian.
Rashima sonrió bajo su velo, pero sus ojos se encontraron con los de Rashei. Ambos sabían que la calma era artificial. El destino de Tenshi Abe ya no pertenecía solo al clan. Estaba entrelazado con el de Ryomen Sukuna, y el mundo jujutsu temblaría antes de que aquel nudo se deshiciera.
Mientras se alejaban, una pluma dorada, manchada con una gota de sangre de la mejilla de Tenshi, quedó olvidada en el suelo del templo. Una mano de largos dedos y uñas negras la recogió entre las sombras. Sukuna observó el objeto con una sonrisa que no auguraba nada bueno para el cielo ni para la tierra.
—Vuela alto, pajarito —murmuró el Rey de las Maldiciones—. Cuanto más subas, más divertido será verte caer.
