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Estúpido Gojo!
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 24/5/2026
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Recortes de VidaHumorCrack / Humor ParódicoAmbientación CanonAcciónDolor/ConsueloHistoria DomésticaPelícula de AmigosDramaEstudio de PersonajeCelosPsicológicoAngustiaRomanceLenguaje Explícito
Diagnóstico: Humillación
Shoko Ieiri aprendió, por las malas, una lección fundamental para sobrevivir en la Preparatoria de Hechicería de Tokio: nunca, bajo ninguna circunstancia, hagas una apuesta que no estés dispuesta a ganar, especialmente si el oponente es Satoru Gojo.
Todo comenzó con la inocencia de una tarde de ocio. La lluvia golpeaba con pereza las ventanas de la sala común, un tamborileo monótono que invitaba a la siesta o, en el caso de Satoru, al aburrimiento más absoluto y peligroso. Geto se había retirado a su habitación con la excusa de meditar, aunque ambos sabían que probablemente solo quería escapar del torbellino de energía caótica que era su amigo de pelo blanco.
—¡Me aburrooooo! —se quejó Satoru, dejándose caer dramáticamente en el sofá y rebotando un par de veces—. ¡Shoko, haz algo! ¡Cúrame de este aburrimiento mortal!
Shoko ni siquiera levantó la vista de su revista médica. Estaba en un artículo fascinante sobre la necrosis tisular y cómo la energía maldita podía acelerarla o, en teoría, revertirla. Mucho más interesante que un adolescente de casi dos metros con complejo de dios y la capacidad de atención de un colibrí hiperactivo.
—Diagnóstico: caso terminal de idiotez. No tiene cura —murmuró, pasando la página.
Satoru hizo un puchero que habría parecido adorable en cualquier otra persona. En él, era una señal de peligro inminente. Sus ojos, ocultos tras sus características gafas de sol redondas y oscuras, rastrearon la habitación en busca de una distracción. Y la encontraron. En un rincón, cubierta de polvo, había una vieja consola de videojuegos con un cartucho que sobresalía.
—¡Oh! —exclamó, poniéndose de pie de un salto—. ¡Mira lo que encontré! ¡Historia antigua!
La arrastró hasta el centro de la habitación, la conectó a la pequeña televisión con una maraña de cables y sopló el cartucho con una fuerza cómica. La pantalla parpadeó y un logo pixelado apareció: *Mortal Kombat*.
—Un clásico —dijo con una sonrisa depredadora—. Juguemos, Shoko.
—Paso —respondió ella sin interés.
—Vamos, no seas aburrida. Hagámoslo interesante. Una apuesta.
Ahí estaba. La trampa. Shoko debería haberlo sabido. Debería haberse levantado y marchado. Pero una parte de ella, esa pequeña y arrogante voz que a veces la metía en problemas, susurró que no podía ser tan difícil. Había visto a Satoru jugar antes. Era un caos de botones presionados al azar, un torbellino de movimientos sin sentido que a veces, por pura suerte, funcionaba.
—¿Qué tipo de apuesta? —preguntó, bajando la revista con una lentitud deliberada. Error número uno.
Los ojos de Satoru brillaron tras sus gafas. —Simple. El mejor de tres. El perdedor hará todo lo que el ganador le diga durante una semana entera. Sin quejas, sin excepciones.
Shoko lo consideró. Una semana. Era mucho tiempo. Pero la imagen de Satoru Gojo, el prodigio de los Seis Ojos, haciendo sus recados, limpiando su habitación o, mejor aún, teniendo que permanecer en silencio durante una hora entera… la tentación era demasiado dulce. Y todo lo que tenía que hacer era vencerlo en un juego en el que él era manifiestamente terrible.
—Acepto —dijo, con una confianza que lamentaría por el resto de sus días. Error número dos, y el definitivo.
Se sentó en el suelo, cogió el segundo mando y eligió a Kitana. Le gustaba su estilo, elegante y letal. Satoru, por su parte, eligió a Scorpion con una risa maníaca.
—¡Prepárate para ser aniquilada! —gritó mientras la pantalla de carga aparecía.
La primera ronda comenzó. Tal y como esperaba, Satoru aporreaba los botones. Su personaje saltaba, daba puñetazos al aire, lanzaba el arpón contra el borde de la pantalla… Shoko sonrió, bloqueando sus ataques erráticos y contraatacando con combinaciones sencillas. Ganó la primera ronda con facilidad.
—¿Ves? Eres un desastre —se burló ella.
—¡Solo estaba calentando! —replicó él.
La segunda ronda fue diferente. Satoru seguía presionando botones, pero ahora había un método en su locura. Un patrón casi imperceptible. De repente, su Scorpion se teletransportó detrás de Kitana y la enganchó en un combo que le quitó un tercio de la vida. Shoko parpadeó, sorprendida. ¿Suerte? Intentó contraatacar, pero Satoru la bloqueó y respondió con otro combo devastador. La voz del juego gritó «FINISH HIM!» o, en este caso, «HER». Satoru realizó un *Fatality* con una precisión escalofriante.
—Uno a uno —canturreó él.
La confianza de Shoko se tambaleó. Jugaron la partida decisiva del primer combate. Esta vez, Satoru fue implacable. No había rastro del jugador torpe de antes. Era una máquina de combos, una sinfonía de destrucción digital. Shoko apenas pudo tocarlo.
—¡FATALITY! —rugió Satoru al mismo tiempo que el juego. Primer combate, perdido.
—¿Qué demonios…? —masculló Shoko, mirando el mando como si la hubiera traicionado.
—Te lo dije. Estaba calentando —dijo Satoru, estirando los dedos con aire de profesional.
El segundo combate fue una masacre. Y el tercero, una humillación. Tres a cero. La pantalla final mostraba la victoria aplastante de Satoru. Él se levantó de un salto, realizando un baile ridículo por toda la sala, con los brazos en alto como si hubiera ganado un campeonato mundial.
—¡SOY EL REY! ¡EL DIOS DE MORTAL KOMBAT! ¡INCLÍNATE ANTE MÍ, PLEBEYA!
Shoko se quedó sentada en el suelo, con el mando inerte en sus manos y una creciente sensación de pavor en el estómago. La irritación por perder fue rápidamente reemplazada por el terror de la inminente consecuencia. Había caído de lleno en su trampa. Él la había engañado, fingiendo ser un novato para que ella aceptara la apuesta.
—Bien, has ganado —dijo con los dientes apretados—. ¿Qué quieres, idiota? ¿Que te haga el desayuno? ¿Que lave tu ropa?
Satoru detuvo su baile. Una sonrisa lenta y maliciosa se extendió por su rostro. Era la sonrisa que ponía justo antes de hacer algo verdaderamente terrible. Se acercó a ella, se quitó las gafas de sol para que pudiera ver el brillo azul y triunfante de sus Seis Ojos, y se agachó hasta que sus caras quedaron a escasos centímetros.
—Oh, no, Shoko-chan. Tengo algo mucho, mucho más… educativo en mente.
Y vaya si se arrepintió de haber apostado.
Al día siguiente, Satoru le presentó su castigo. Era un paquete envuelto en papel de regalo chillón. Dentro, un atuendo. Un uniforme de enfermera. Pero no uno normal, de los blancos y funcionales que a veces veía en los hospitales. No. Este era de un rosa chicle que hería la vista, confeccionado con una tela barata y sintética que se pegaba al cuerpo de forma indecente. La falda era tan corta que Shoko dudaba que cumpliera con ninguna regulación, ni siquiera en el mundo de la fantasía más depravada. Y para colmo, venía con una ridícula cofia con una cruz roja y unas medias blancas hasta el muslo.
—Te lo pondrás durante el resto de la semana —decretó Satoru, con los brazos cruzados y una expresión de pura satisfacción—. Para todo. Clases, entrenamiento, comidas… todo.
Shoko lo miró. Miró el uniforme. Miró a Satoru de nuevo.
—Estás de broma.
—Una apuesta es una apuesta. Además —añadió, adoptando un tono falsamente serio—, tú eres la futura doctora de nuestro equipo, ¿no? Tienes que empezar a meterte en el papel. Considera esto parte de tu formación profesional. Para que te acostumbres a llevar el uniforme.
—Las enfermeras no visten… *esto* —siseó ella, sosteniendo la diminuta falda con dos dedos como si fuera un bicho muerto.
—Las enfermeras de *mis* sueños sí —replicó él con un guiño.
Shoko sintió un tic en el ojo. Quería usar su técnica maldita inversa para curar a Satoru de su existencia, pero se contuvo. Había perdido. Tenía que cumplir. Con un suspiro que sonó más a un gruñido de resignación, cogió el paquete y se dirigió a su habitación, sintiendo la mirada triunfante de Satoru clavada en su espalda.
Verse en el espejo fue una experiencia surrealista. Se sentía ridícula. Expuesta. El uniforme era aún más ajustado de lo que parecía, y la falda… la falda era un crimen contra la dignidad. Cada vez que se movía, sentía la brisa fría en la parte superior de sus muslos. La cofia se negaba a quedarse quieta en su pelo corto. Se sentía como una caricatura, una parodia patética.
Salió de su habitación con la misma alegría que un condenado camino del patíbulo. Su plan era simple: moverse rápido, mantener la cabeza gacha y evitar todo contacto visual. Quizás, con suerte, nadie se daría cuenta.
Era una ilusa.
El pasillo, normalmente vacío a esa hora, parecía la estación de Shinjuku en hora punta. Un par de estudiantes de segundo año pasaron y se quedaron mirándola con la boca abierta. Uno de ellos se atragantó con su café. Shoko apretó los puños, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas. Siguió caminando, con la mirada fija en el suelo.
La puerta del aula parecía el portal al infierno. Respiró hondo y la abrió.
Dentro, Satoru y Geto ya estaban en sus sitios. Geto levantó la vista y sus ojos se abrieron como platos. Una mezcla de sorpresa, diversión y una pizca de compasión cruzó su rostro. Satoru, por otro lado, no hizo ningún esfuerzo por disimular. Una carcajada estruendosa y sin complejos resonó en la sala.
—¡Pero bueno! ¡Buenos días, Enfermera Ieiri! —exclamó, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Te queda divino! ¡El rosa resalta el color de tu… irritación!
Shoko lo fulminó con la mirada más letal que pudo reunir y se dirigió a su pupitre, intentando sentarse de una manera que no revelara su ropa interior a toda la prefectura de Tokio. Fue una maniobra complicada que implicó tirar de la falda hacia abajo con una mano mientras se dejaba caer en la silla con una rigidez antinatural.
—Satoru, ¿no crees que te has pasado un poco? —dijo Geto, aunque una sonrisa tiraba de la comisura de sus labios.
—Para nada —replicó Satoru, reclinándose en su silla con las manos detrás de la cabeza—. Es una lección valiosa sobre las consecuencias. Además, está fomentando el espíritu de equipo. Ahora tenemos una sanadora oficial uniformada.
—No soy tu enfermera personal, imbécil —masculló Shoko, escondiendo la cara tras su libro de texto.
—Técnicamente, durante esta semana, sí lo eres —corrigió Satoru con alegría—. Lo dice la apuesta.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de nuevo y el profesor Yaga entró en el aula. Se detuvo en seco al ver a Shoko. Su única ceja visible se arqueó hasta casi desaparecer en su frente. Su mirada se deslizó del uniforme rosa de Shoko a la sonrisa de suficiencia de Satoru, y luego de vuelta a Shoko. Un largo y pesado silencio llenó la habitación. Shoko deseó que la tierra se la tragara.
Finalmente, Yaga suspiró. Fue un suspiro profundo, cargado con el peso de tener que lidiar con Satoru Gojo a diario.
—No quiero saberlo —dijo, con una voz cansada—. Simplemente… no hagáis que me arrepienta de no preguntar. Gojo, si esto interfiere con el entrenamiento, te colgaré de los pulgares. Ieiri, intente no morir de hipotermia.
Shoko asintió, hundida en su miseria. La clase comenzó, pero ella apenas pudo concentrarse. Era hiperconsciente de cada mirada, de cada risita ahogada de Satoru, de la tela sintética pegándose a su piel. Sentía una corriente de aire constante en sus piernas. Era una tortura.
El verdadero infierno, sin embargo, comenzó durante el descanso. Estaban en el patio, y Satoru decidió que era el momento perfecto para llevar el juego de rol al siguiente nivel. Mientras practicaba un movimiento, tropezó deliberadamente con una raíz y cayó al suelo con un gemido exagerado.
—¡Aaaay! ¡Mi tobillo! ¡Creo que me lo he roto! —gritó, retorciéndose en el suelo como si estuviera en su lecho de muerte—. ¡Enfermera! ¡Necesito asistencia médica urgente! ¡Enfermera Ieiri, a mí!
Geto se llevó una mano a la cara, negando con la cabeza. Varios otros estudiantes que pasaban por allí se detuvieron a mirar el espectáculo.
Shoko se quedó quieta, con los brazos cruzados. —Levántate, Satoru. No tienes nada.
—¡Estoy herido! ¡Gravemente herido! —insistió él, señalando su tobillo—. Como mi enfermera designada, es tu deber atenderme. ¡La apuesta, Shoko, la apuesta!
Con un gruñido que sonó peligrosamente animal, Shoko se acercó a él. Se arrodilló, lo que provocó que tuviera que volver a luchar con su falda para mantener un mínimo de decoro.
—¿Dónde te duele, *paciente*? —preguntó con una dulzura venenosa.
—Aquí —dijo él, señalando un punto en su tobillo donde no había absolutamente nada. Ni un rasguño, ni una rojez—. El dolor es insoportable. Creo que voy a desmayarme.
Shoko lo examinó con una seriedad fingida. Le palpó el tobillo, apretando un poco más de lo necesario. Satoru ni se inmutó.
—Hmm, no veo ninguna fractura —dijo ella—. Pero sí detecto una inflamación severa del ego. Es una condición crónica, me temo.
Geto soltó una carcajada.
—¡No te burles de mi sufrimiento! —se quejó Satoru—. ¡Necesito tratamiento! ¡Una tirita! ¡O un beso para que se cure!
Shoko rebuscó en el pequeño bolsillo de su delantal (porque, por supuesto, el ridículo uniforme tenía un delantal) y sacó una tirita con dibujos de ositos que había metido ahí esa mañana, anticipando alguna estupidez de este calibre. Se la pegó en el tobillo con un golpe seco y contundente.
—Ahí tienes. Estás curado —dijo, poniéndose en pie—. Ahora levántate del suelo, estás haciendo el ridículo.
—¡Mi heroína! —exclamó Satoru, saltando ágilmente sobre sus pies como si nada hubiera pasado—. Sabía que podía contar contigo, enfermera. Eres un prodigio de la medicina.
Pasó el resto del día llamándola "Enfermera Ieiri" a pleno pulmón, pidiéndole que le tomara el pulso porque su corazón "latía demasiado fuerte por la emoción de la batalla" o que le revisara la temperatura porque "se sentía febril de poder". Cada vez, Shoko cumplía con una eficiencia gélida y un comentario sarcástico que solo parecía animar más a Satoru.
La prueba final del día fue el entrenamiento de combate. Yaga los llevó a una de las zonas de entrenamiento que simulaba un entorno urbano en ruinas.
—Hoy trabajaréis en equipo para exorcizar a una maldición de segundo grado que hemos liberado aquí —anunció—. Gojo, Geto, vosotros al frente. Ieiri, tú darás apoyo y te encargarás de la curación si es necesario.
Shoko miró su atuendo. Luego a Yaga.
—¿Tengo que… así?
Yaga la miró fijamente. —Una apuesta es una apuesta, Ieiri. Pero también es una lección. Un hechicero debe ser capaz de luchar en cualquier circunstancia, con cualquier desventaja. Considera esto un entrenamiento de movilidad con restricciones. Ahora, andando.
Satoru le dio una palmada en la espalda. —¡Vamos, enfermera! ¡Es hora de ensuciarse las manos! ¡Y el uniforme!
Entraron en la zona de entrenamiento. El aire se sentía más denso, cargado de energía maldita. Shoko intentó correr para mantener el ritmo de Satoru y Geto, pero fue casi imposible. La falda se le subía con cada zancada, y los mocasines marrones que había decidido llevar (se negaba en rotundo a usar los tacones que venían con el disfraz) resbalaban en los escombros.
—¡Satoru, ve más despacio! —gritó Geto, mirando hacia atrás—. ¡Shoko no puede seguirnos el ritmo!
—¡Tonterías! ¡Es ágil como una gacela! —replicó Satoru, aunque redujo un poco la velocidad.
Encontraron a la maldición en el centro de una plaza en ruinas. Era una criatura grotesca, una amalgama de miembros y ojos que se arrastraba por el suelo, dejando un rastro de baba negra. Soltó un chillido agudo al verlos.
—Yo me encargo —dijo Geto, invocando una de sus propias maldiciones.
La batalla comenzó. Geto mantuvo a la criatura a raya mientras Satoru buscaba una apertura para acabar con ella de un solo golpe. Shoko se mantuvo a una distancia prudente, observando, sintiéndose completamente inútil. Su atuendo no solo era humillante, sino peligrosamente poco práctico. Si la maldición la atacaba, su movilidad era casi nula.
Y, por supuesto, la maldición la vio.
Con Satoru y Geto ocupados en el frente, la criatura extendió un tentáculo a una velocidad increíble, no hacia ellos, sino hacia la figura rosa y blanca que destacaba entre los escombros grises.
—¡Shoko, cuidado! —gritó Geto.
Shoko reaccionó por puro instinto. Se lanzó a un lado, tropezando con un trozo de hormigón y cayendo al suelo. Rodó, sintiendo el áspero cemento rasparle las rodillas a través de las finas medias. El tentáculo pasó zumbando por donde había estado un segundo antes, destrozando un pilar de piedra.
Se puso en pie de un salto, con el corazón latiéndole con fuerza. Las medias estaban rotas y sus rodillas sangraban. La falda estaba torcida y cubierta de polvo. La estúpida cofia se le había caído.
Satoru vio lo que había pasado. Su expresión juguetona se desvaneció por un instante, reemplazada por un destello de furia helada.
—Oye —dijo en voz baja, su tono desprovisto de toda broma—. Nadie toca a mi equipo.
El espacio alrededor de la maldición pareció deformarse. Satoru desapareció y reapareció justo encima de ella.
—Azul.
Una esfera de pura energía destructiva se materializó en su mano y la lanzó contra la maldición. El impacto fue silencioso al principio, una implosión de la realidad. Luego, la criatura fue borrada de la existencia, dejando solo un cráter humeante en el suelo.
El silencio que siguió fue denso. Geto disipó su propia maldición y se acercó a Shoko.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió ella, aunque le temblaban un poco las piernas. Se miró las rodillas. Los cortes no eran profundos, pero escocían—. Solo unos rasguños.
Satoru aterrizó suavemente a su lado. La diversión había vuelto a su rostro, pero sus ojos azules la examinaron con una intensidad que no era del todo una broma.
—¡Oh, no! ¡Nuestra valiente enfermera está herida! —dramatizó, aunque su voz era un poco más contenida esta vez—. ¡Esto es una tragedia! ¡Un ataque directo a nuestro sistema sanitario!
Se arrodilló frente a ella. —¿Puedes curarte a ti misma?
Shoko suspiró. —Sí, Satoru. Puedo.
Concentró una pequeña cantidad de energía maldita en sus manos. Una suave luz azul emanó de ellas mientras las pasaba sobre sus rodillas. La técnica maldita inversa fluyó, tejiendo la piel y la carne de nuevo. En segundos, los rasguños desaparecieron sin dejar cicatriz.
Satoru observó el proceso en silencio. El brillo azul de la curación se reflejaba en sus gafas de sol. Por un momento, no hubo bromas, ni burlas. Solo una extraña quietud.
—Impresionante como siempre, Shoko —dijo Geto con sinceridad.
Satoru parpadeó y la máscara de bufón volvió a su sitio.
—¡Por supuesto que es impresionante! ¡Es la mejor enfermera del mundo! —Se puso en pie y le ofreció una mano para ayudarla a levantarse—. Pero incluso las mejores enfermeras necesitan descansar después de una batalla tan traumática. ¡Misión cumplida! ¡Ahora vayamos a por helado! ¡Yo invito, para celebrar la supervivencia de nuestra heroína!
Shoko aceptó su mano, ignorando la electricidad estática que parecía crepitar constantemente a su alrededor. Mientras caminaban de vuelta, con Satoru parloteando sobre sabores de helado y Geto intentando razonar con él, Shoko recogió su ridícula cofia del suelo y se la volvió a poner.
La humillación seguía ahí, ardiente y constante. Pero debajo de ella, algo más había surgido. Una extraña y retorcida forma de camaradería. Había sobrevivido al primer día. Solo quedaban cuatro más.
Esa noche, sentada en la sala común mientras Satoru y Geto discutían sobre una película, Shoko lo observó. Él reía, gesticulaba, ocupaba todo el espacio con su sola presencia. Era exasperante, arrogante y completamente insufrible. Pero también había aniquilado a una maldición sin dudarlo un segundo porque se había atrevido a atacarla.
Se levantó y fue a la máquina expendedora. Volvió con dos latas de refresco. Se acercó por detrás de Satoru y "tropezó", derramando el contenido helado y pegajoso de una de las latas sobre su cabeza de pelo blanco como la nieve.
—¡Ups! —dijo con una inocencia perfectamente ensayada—. Qué torpe soy. Debo estar agotada por el estrés del combate. ¿Necesitas que te revise, *paciente*? Pareces un poco… pegajoso.
Satoru se quedó congelado, con el refresco goteando por su cara y su uniforme. Geto se tapó la boca para ocultar una carcajada que sacudió todo su cuerpo.
Lentamente, Satoru se giró para mirar a Shoko. Una sonrisa peligrosa asomó en sus labios.
—Oh, estás aprendiendo, Enfermera Ieiri —dijo en voz baja, mientras el refresco le goteaba de la barbilla—. Estás aprendiendo muy rápido.
Shoko le devolvió la sonrisa, una sonrisa genuina por primera vez en todo el día.
—Soy una alumna excelente.
Quizás, solo quizás, sobrevivir a esa semana no sería tan malo después de todo. Y la venganza, aprendió Shoko, era un plato que se servía frío. O, en este caso, helado y con gas. Aprendió que no debía volver a apostar con Satoru Gojo, o terminaría humillada de forma patética. Pero también aprendió que, a veces, la humillación podía tener sus pequeñas y dulces compensaciones.
Todo comenzó con la inocencia de una tarde de ocio. La lluvia golpeaba con pereza las ventanas de la sala común, un tamborileo monótono que invitaba a la siesta o, en el caso de Satoru, al aburrimiento más absoluto y peligroso. Geto se había retirado a su habitación con la excusa de meditar, aunque ambos sabían que probablemente solo quería escapar del torbellino de energía caótica que era su amigo de pelo blanco.
—¡Me aburrooooo! —se quejó Satoru, dejándose caer dramáticamente en el sofá y rebotando un par de veces—. ¡Shoko, haz algo! ¡Cúrame de este aburrimiento mortal!
Shoko ni siquiera levantó la vista de su revista médica. Estaba en un artículo fascinante sobre la necrosis tisular y cómo la energía maldita podía acelerarla o, en teoría, revertirla. Mucho más interesante que un adolescente de casi dos metros con complejo de dios y la capacidad de atención de un colibrí hiperactivo.
—Diagnóstico: caso terminal de idiotez. No tiene cura —murmuró, pasando la página.
Satoru hizo un puchero que habría parecido adorable en cualquier otra persona. En él, era una señal de peligro inminente. Sus ojos, ocultos tras sus características gafas de sol redondas y oscuras, rastrearon la habitación en busca de una distracción. Y la encontraron. En un rincón, cubierta de polvo, había una vieja consola de videojuegos con un cartucho que sobresalía.
—¡Oh! —exclamó, poniéndose de pie de un salto—. ¡Mira lo que encontré! ¡Historia antigua!
La arrastró hasta el centro de la habitación, la conectó a la pequeña televisión con una maraña de cables y sopló el cartucho con una fuerza cómica. La pantalla parpadeó y un logo pixelado apareció: *Mortal Kombat*.
—Un clásico —dijo con una sonrisa depredadora—. Juguemos, Shoko.
—Paso —respondió ella sin interés.
—Vamos, no seas aburrida. Hagámoslo interesante. Una apuesta.
Ahí estaba. La trampa. Shoko debería haberlo sabido. Debería haberse levantado y marchado. Pero una parte de ella, esa pequeña y arrogante voz que a veces la metía en problemas, susurró que no podía ser tan difícil. Había visto a Satoru jugar antes. Era un caos de botones presionados al azar, un torbellino de movimientos sin sentido que a veces, por pura suerte, funcionaba.
—¿Qué tipo de apuesta? —preguntó, bajando la revista con una lentitud deliberada. Error número uno.
Los ojos de Satoru brillaron tras sus gafas. —Simple. El mejor de tres. El perdedor hará todo lo que el ganador le diga durante una semana entera. Sin quejas, sin excepciones.
Shoko lo consideró. Una semana. Era mucho tiempo. Pero la imagen de Satoru Gojo, el prodigio de los Seis Ojos, haciendo sus recados, limpiando su habitación o, mejor aún, teniendo que permanecer en silencio durante una hora entera… la tentación era demasiado dulce. Y todo lo que tenía que hacer era vencerlo en un juego en el que él era manifiestamente terrible.
—Acepto —dijo, con una confianza que lamentaría por el resto de sus días. Error número dos, y el definitivo.
Se sentó en el suelo, cogió el segundo mando y eligió a Kitana. Le gustaba su estilo, elegante y letal. Satoru, por su parte, eligió a Scorpion con una risa maníaca.
—¡Prepárate para ser aniquilada! —gritó mientras la pantalla de carga aparecía.
La primera ronda comenzó. Tal y como esperaba, Satoru aporreaba los botones. Su personaje saltaba, daba puñetazos al aire, lanzaba el arpón contra el borde de la pantalla… Shoko sonrió, bloqueando sus ataques erráticos y contraatacando con combinaciones sencillas. Ganó la primera ronda con facilidad.
—¿Ves? Eres un desastre —se burló ella.
—¡Solo estaba calentando! —replicó él.
La segunda ronda fue diferente. Satoru seguía presionando botones, pero ahora había un método en su locura. Un patrón casi imperceptible. De repente, su Scorpion se teletransportó detrás de Kitana y la enganchó en un combo que le quitó un tercio de la vida. Shoko parpadeó, sorprendida. ¿Suerte? Intentó contraatacar, pero Satoru la bloqueó y respondió con otro combo devastador. La voz del juego gritó «FINISH HIM!» o, en este caso, «HER». Satoru realizó un *Fatality* con una precisión escalofriante.
—Uno a uno —canturreó él.
La confianza de Shoko se tambaleó. Jugaron la partida decisiva del primer combate. Esta vez, Satoru fue implacable. No había rastro del jugador torpe de antes. Era una máquina de combos, una sinfonía de destrucción digital. Shoko apenas pudo tocarlo.
—¡FATALITY! —rugió Satoru al mismo tiempo que el juego. Primer combate, perdido.
—¿Qué demonios…? —masculló Shoko, mirando el mando como si la hubiera traicionado.
—Te lo dije. Estaba calentando —dijo Satoru, estirando los dedos con aire de profesional.
El segundo combate fue una masacre. Y el tercero, una humillación. Tres a cero. La pantalla final mostraba la victoria aplastante de Satoru. Él se levantó de un salto, realizando un baile ridículo por toda la sala, con los brazos en alto como si hubiera ganado un campeonato mundial.
—¡SOY EL REY! ¡EL DIOS DE MORTAL KOMBAT! ¡INCLÍNATE ANTE MÍ, PLEBEYA!
Shoko se quedó sentada en el suelo, con el mando inerte en sus manos y una creciente sensación de pavor en el estómago. La irritación por perder fue rápidamente reemplazada por el terror de la inminente consecuencia. Había caído de lleno en su trampa. Él la había engañado, fingiendo ser un novato para que ella aceptara la apuesta.
—Bien, has ganado —dijo con los dientes apretados—. ¿Qué quieres, idiota? ¿Que te haga el desayuno? ¿Que lave tu ropa?
Satoru detuvo su baile. Una sonrisa lenta y maliciosa se extendió por su rostro. Era la sonrisa que ponía justo antes de hacer algo verdaderamente terrible. Se acercó a ella, se quitó las gafas de sol para que pudiera ver el brillo azul y triunfante de sus Seis Ojos, y se agachó hasta que sus caras quedaron a escasos centímetros.
—Oh, no, Shoko-chan. Tengo algo mucho, mucho más… educativo en mente.
Y vaya si se arrepintió de haber apostado.
Al día siguiente, Satoru le presentó su castigo. Era un paquete envuelto en papel de regalo chillón. Dentro, un atuendo. Un uniforme de enfermera. Pero no uno normal, de los blancos y funcionales que a veces veía en los hospitales. No. Este era de un rosa chicle que hería la vista, confeccionado con una tela barata y sintética que se pegaba al cuerpo de forma indecente. La falda era tan corta que Shoko dudaba que cumpliera con ninguna regulación, ni siquiera en el mundo de la fantasía más depravada. Y para colmo, venía con una ridícula cofia con una cruz roja y unas medias blancas hasta el muslo.
—Te lo pondrás durante el resto de la semana —decretó Satoru, con los brazos cruzados y una expresión de pura satisfacción—. Para todo. Clases, entrenamiento, comidas… todo.
Shoko lo miró. Miró el uniforme. Miró a Satoru de nuevo.
—Estás de broma.
—Una apuesta es una apuesta. Además —añadió, adoptando un tono falsamente serio—, tú eres la futura doctora de nuestro equipo, ¿no? Tienes que empezar a meterte en el papel. Considera esto parte de tu formación profesional. Para que te acostumbres a llevar el uniforme.
—Las enfermeras no visten… *esto* —siseó ella, sosteniendo la diminuta falda con dos dedos como si fuera un bicho muerto.
—Las enfermeras de *mis* sueños sí —replicó él con un guiño.
Shoko sintió un tic en el ojo. Quería usar su técnica maldita inversa para curar a Satoru de su existencia, pero se contuvo. Había perdido. Tenía que cumplir. Con un suspiro que sonó más a un gruñido de resignación, cogió el paquete y se dirigió a su habitación, sintiendo la mirada triunfante de Satoru clavada en su espalda.
Verse en el espejo fue una experiencia surrealista. Se sentía ridícula. Expuesta. El uniforme era aún más ajustado de lo que parecía, y la falda… la falda era un crimen contra la dignidad. Cada vez que se movía, sentía la brisa fría en la parte superior de sus muslos. La cofia se negaba a quedarse quieta en su pelo corto. Se sentía como una caricatura, una parodia patética.
Salió de su habitación con la misma alegría que un condenado camino del patíbulo. Su plan era simple: moverse rápido, mantener la cabeza gacha y evitar todo contacto visual. Quizás, con suerte, nadie se daría cuenta.
Era una ilusa.
El pasillo, normalmente vacío a esa hora, parecía la estación de Shinjuku en hora punta. Un par de estudiantes de segundo año pasaron y se quedaron mirándola con la boca abierta. Uno de ellos se atragantó con su café. Shoko apretó los puños, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas. Siguió caminando, con la mirada fija en el suelo.
La puerta del aula parecía el portal al infierno. Respiró hondo y la abrió.
Dentro, Satoru y Geto ya estaban en sus sitios. Geto levantó la vista y sus ojos se abrieron como platos. Una mezcla de sorpresa, diversión y una pizca de compasión cruzó su rostro. Satoru, por otro lado, no hizo ningún esfuerzo por disimular. Una carcajada estruendosa y sin complejos resonó en la sala.
—¡Pero bueno! ¡Buenos días, Enfermera Ieiri! —exclamó, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Te queda divino! ¡El rosa resalta el color de tu… irritación!
Shoko lo fulminó con la mirada más letal que pudo reunir y se dirigió a su pupitre, intentando sentarse de una manera que no revelara su ropa interior a toda la prefectura de Tokio. Fue una maniobra complicada que implicó tirar de la falda hacia abajo con una mano mientras se dejaba caer en la silla con una rigidez antinatural.
—Satoru, ¿no crees que te has pasado un poco? —dijo Geto, aunque una sonrisa tiraba de la comisura de sus labios.
—Para nada —replicó Satoru, reclinándose en su silla con las manos detrás de la cabeza—. Es una lección valiosa sobre las consecuencias. Además, está fomentando el espíritu de equipo. Ahora tenemos una sanadora oficial uniformada.
—No soy tu enfermera personal, imbécil —masculló Shoko, escondiendo la cara tras su libro de texto.
—Técnicamente, durante esta semana, sí lo eres —corrigió Satoru con alegría—. Lo dice la apuesta.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de nuevo y el profesor Yaga entró en el aula. Se detuvo en seco al ver a Shoko. Su única ceja visible se arqueó hasta casi desaparecer en su frente. Su mirada se deslizó del uniforme rosa de Shoko a la sonrisa de suficiencia de Satoru, y luego de vuelta a Shoko. Un largo y pesado silencio llenó la habitación. Shoko deseó que la tierra se la tragara.
Finalmente, Yaga suspiró. Fue un suspiro profundo, cargado con el peso de tener que lidiar con Satoru Gojo a diario.
—No quiero saberlo —dijo, con una voz cansada—. Simplemente… no hagáis que me arrepienta de no preguntar. Gojo, si esto interfiere con el entrenamiento, te colgaré de los pulgares. Ieiri, intente no morir de hipotermia.
Shoko asintió, hundida en su miseria. La clase comenzó, pero ella apenas pudo concentrarse. Era hiperconsciente de cada mirada, de cada risita ahogada de Satoru, de la tela sintética pegándose a su piel. Sentía una corriente de aire constante en sus piernas. Era una tortura.
El verdadero infierno, sin embargo, comenzó durante el descanso. Estaban en el patio, y Satoru decidió que era el momento perfecto para llevar el juego de rol al siguiente nivel. Mientras practicaba un movimiento, tropezó deliberadamente con una raíz y cayó al suelo con un gemido exagerado.
—¡Aaaay! ¡Mi tobillo! ¡Creo que me lo he roto! —gritó, retorciéndose en el suelo como si estuviera en su lecho de muerte—. ¡Enfermera! ¡Necesito asistencia médica urgente! ¡Enfermera Ieiri, a mí!
Geto se llevó una mano a la cara, negando con la cabeza. Varios otros estudiantes que pasaban por allí se detuvieron a mirar el espectáculo.
Shoko se quedó quieta, con los brazos cruzados. —Levántate, Satoru. No tienes nada.
—¡Estoy herido! ¡Gravemente herido! —insistió él, señalando su tobillo—. Como mi enfermera designada, es tu deber atenderme. ¡La apuesta, Shoko, la apuesta!
Con un gruñido que sonó peligrosamente animal, Shoko se acercó a él. Se arrodilló, lo que provocó que tuviera que volver a luchar con su falda para mantener un mínimo de decoro.
—¿Dónde te duele, *paciente*? —preguntó con una dulzura venenosa.
—Aquí —dijo él, señalando un punto en su tobillo donde no había absolutamente nada. Ni un rasguño, ni una rojez—. El dolor es insoportable. Creo que voy a desmayarme.
Shoko lo examinó con una seriedad fingida. Le palpó el tobillo, apretando un poco más de lo necesario. Satoru ni se inmutó.
—Hmm, no veo ninguna fractura —dijo ella—. Pero sí detecto una inflamación severa del ego. Es una condición crónica, me temo.
Geto soltó una carcajada.
—¡No te burles de mi sufrimiento! —se quejó Satoru—. ¡Necesito tratamiento! ¡Una tirita! ¡O un beso para que se cure!
Shoko rebuscó en el pequeño bolsillo de su delantal (porque, por supuesto, el ridículo uniforme tenía un delantal) y sacó una tirita con dibujos de ositos que había metido ahí esa mañana, anticipando alguna estupidez de este calibre. Se la pegó en el tobillo con un golpe seco y contundente.
—Ahí tienes. Estás curado —dijo, poniéndose en pie—. Ahora levántate del suelo, estás haciendo el ridículo.
—¡Mi heroína! —exclamó Satoru, saltando ágilmente sobre sus pies como si nada hubiera pasado—. Sabía que podía contar contigo, enfermera. Eres un prodigio de la medicina.
Pasó el resto del día llamándola "Enfermera Ieiri" a pleno pulmón, pidiéndole que le tomara el pulso porque su corazón "latía demasiado fuerte por la emoción de la batalla" o que le revisara la temperatura porque "se sentía febril de poder". Cada vez, Shoko cumplía con una eficiencia gélida y un comentario sarcástico que solo parecía animar más a Satoru.
La prueba final del día fue el entrenamiento de combate. Yaga los llevó a una de las zonas de entrenamiento que simulaba un entorno urbano en ruinas.
—Hoy trabajaréis en equipo para exorcizar a una maldición de segundo grado que hemos liberado aquí —anunció—. Gojo, Geto, vosotros al frente. Ieiri, tú darás apoyo y te encargarás de la curación si es necesario.
Shoko miró su atuendo. Luego a Yaga.
—¿Tengo que… así?
Yaga la miró fijamente. —Una apuesta es una apuesta, Ieiri. Pero también es una lección. Un hechicero debe ser capaz de luchar en cualquier circunstancia, con cualquier desventaja. Considera esto un entrenamiento de movilidad con restricciones. Ahora, andando.
Satoru le dio una palmada en la espalda. —¡Vamos, enfermera! ¡Es hora de ensuciarse las manos! ¡Y el uniforme!
Entraron en la zona de entrenamiento. El aire se sentía más denso, cargado de energía maldita. Shoko intentó correr para mantener el ritmo de Satoru y Geto, pero fue casi imposible. La falda se le subía con cada zancada, y los mocasines marrones que había decidido llevar (se negaba en rotundo a usar los tacones que venían con el disfraz) resbalaban en los escombros.
—¡Satoru, ve más despacio! —gritó Geto, mirando hacia atrás—. ¡Shoko no puede seguirnos el ritmo!
—¡Tonterías! ¡Es ágil como una gacela! —replicó Satoru, aunque redujo un poco la velocidad.
Encontraron a la maldición en el centro de una plaza en ruinas. Era una criatura grotesca, una amalgama de miembros y ojos que se arrastraba por el suelo, dejando un rastro de baba negra. Soltó un chillido agudo al verlos.
—Yo me encargo —dijo Geto, invocando una de sus propias maldiciones.
La batalla comenzó. Geto mantuvo a la criatura a raya mientras Satoru buscaba una apertura para acabar con ella de un solo golpe. Shoko se mantuvo a una distancia prudente, observando, sintiéndose completamente inútil. Su atuendo no solo era humillante, sino peligrosamente poco práctico. Si la maldición la atacaba, su movilidad era casi nula.
Y, por supuesto, la maldición la vio.
Con Satoru y Geto ocupados en el frente, la criatura extendió un tentáculo a una velocidad increíble, no hacia ellos, sino hacia la figura rosa y blanca que destacaba entre los escombros grises.
—¡Shoko, cuidado! —gritó Geto.
Shoko reaccionó por puro instinto. Se lanzó a un lado, tropezando con un trozo de hormigón y cayendo al suelo. Rodó, sintiendo el áspero cemento rasparle las rodillas a través de las finas medias. El tentáculo pasó zumbando por donde había estado un segundo antes, destrozando un pilar de piedra.
Se puso en pie de un salto, con el corazón latiéndole con fuerza. Las medias estaban rotas y sus rodillas sangraban. La falda estaba torcida y cubierta de polvo. La estúpida cofia se le había caído.
Satoru vio lo que había pasado. Su expresión juguetona se desvaneció por un instante, reemplazada por un destello de furia helada.
—Oye —dijo en voz baja, su tono desprovisto de toda broma—. Nadie toca a mi equipo.
El espacio alrededor de la maldición pareció deformarse. Satoru desapareció y reapareció justo encima de ella.
—Azul.
Una esfera de pura energía destructiva se materializó en su mano y la lanzó contra la maldición. El impacto fue silencioso al principio, una implosión de la realidad. Luego, la criatura fue borrada de la existencia, dejando solo un cráter humeante en el suelo.
El silencio que siguió fue denso. Geto disipó su propia maldición y se acercó a Shoko.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió ella, aunque le temblaban un poco las piernas. Se miró las rodillas. Los cortes no eran profundos, pero escocían—. Solo unos rasguños.
Satoru aterrizó suavemente a su lado. La diversión había vuelto a su rostro, pero sus ojos azules la examinaron con una intensidad que no era del todo una broma.
—¡Oh, no! ¡Nuestra valiente enfermera está herida! —dramatizó, aunque su voz era un poco más contenida esta vez—. ¡Esto es una tragedia! ¡Un ataque directo a nuestro sistema sanitario!
Se arrodilló frente a ella. —¿Puedes curarte a ti misma?
Shoko suspiró. —Sí, Satoru. Puedo.
Concentró una pequeña cantidad de energía maldita en sus manos. Una suave luz azul emanó de ellas mientras las pasaba sobre sus rodillas. La técnica maldita inversa fluyó, tejiendo la piel y la carne de nuevo. En segundos, los rasguños desaparecieron sin dejar cicatriz.
Satoru observó el proceso en silencio. El brillo azul de la curación se reflejaba en sus gafas de sol. Por un momento, no hubo bromas, ni burlas. Solo una extraña quietud.
—Impresionante como siempre, Shoko —dijo Geto con sinceridad.
Satoru parpadeó y la máscara de bufón volvió a su sitio.
—¡Por supuesto que es impresionante! ¡Es la mejor enfermera del mundo! —Se puso en pie y le ofreció una mano para ayudarla a levantarse—. Pero incluso las mejores enfermeras necesitan descansar después de una batalla tan traumática. ¡Misión cumplida! ¡Ahora vayamos a por helado! ¡Yo invito, para celebrar la supervivencia de nuestra heroína!
Shoko aceptó su mano, ignorando la electricidad estática que parecía crepitar constantemente a su alrededor. Mientras caminaban de vuelta, con Satoru parloteando sobre sabores de helado y Geto intentando razonar con él, Shoko recogió su ridícula cofia del suelo y se la volvió a poner.
La humillación seguía ahí, ardiente y constante. Pero debajo de ella, algo más había surgido. Una extraña y retorcida forma de camaradería. Había sobrevivido al primer día. Solo quedaban cuatro más.
Esa noche, sentada en la sala común mientras Satoru y Geto discutían sobre una película, Shoko lo observó. Él reía, gesticulaba, ocupaba todo el espacio con su sola presencia. Era exasperante, arrogante y completamente insufrible. Pero también había aniquilado a una maldición sin dudarlo un segundo porque se había atrevido a atacarla.
Se levantó y fue a la máquina expendedora. Volvió con dos latas de refresco. Se acercó por detrás de Satoru y "tropezó", derramando el contenido helado y pegajoso de una de las latas sobre su cabeza de pelo blanco como la nieve.
—¡Ups! —dijo con una inocencia perfectamente ensayada—. Qué torpe soy. Debo estar agotada por el estrés del combate. ¿Necesitas que te revise, *paciente*? Pareces un poco… pegajoso.
Satoru se quedó congelado, con el refresco goteando por su cara y su uniforme. Geto se tapó la boca para ocultar una carcajada que sacudió todo su cuerpo.
Lentamente, Satoru se giró para mirar a Shoko. Una sonrisa peligrosa asomó en sus labios.
—Oh, estás aprendiendo, Enfermera Ieiri —dijo en voz baja, mientras el refresco le goteaba de la barbilla—. Estás aprendiendo muy rápido.
Shoko le devolvió la sonrisa, una sonrisa genuina por primera vez en todo el día.
—Soy una alumna excelente.
Quizás, solo quizás, sobrevivir a esa semana no sería tan malo después de todo. Y la venganza, aprendió Shoko, era un plato que se servía frío. O, en este caso, helado y con gas. Aprendió que no debía volver a apostar con Satoru Gojo, o terminaría humillada de forma patética. Pero también aprendió que, a veces, la humillación podía tener sus pequeñas y dulces compensaciones.
