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La enfermera

Fandom: Midori, la niña de las camelias

Creado: 24/5/2026

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DramaDolor/ConsueloOscuroEstudio de PersonajeHorror CorporalHistóricoDiscriminaciónNoir GóticoNovela Corta
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Vendas de Misericordia bajo la Carpa del Horror

El aire en los alrededores del circo de rarezas de Kagamiura siempre olía a una mezcla nauseabunda de serrín húmedo, carne pasada y el aroma dulzón de las camelias que Midori solía llevar consigo. Era un lugar donde la luz del sol parecía filtrarse con dificultad, como si temiera iluminar las deformidades y las miserias que se ocultaban tras las lonas remendadas.

Sor Elena llegó al campamento al atardecer, cargando un maletín de cuero gastado y vistiendo un hábito gris que desentonaba con el colorido grotesco del entorno. No era una monja de clausura, sino una enfermera enviada por la orden de la caridad para atender a los desamparados de las zonas más lúgubres de la ciudad. Sin embargo, nada la había preparado para el espectáculo de degradación que representaba el "Show de las Maravillas".

—Buscamos a alguien que no haga preguntas —dijo el Sr. Arashi, el dueño del circo, mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo sucio—. Alguien que tenga el estómago fuerte y el alma lo suficientemente limpia como para no asustarse con lo que verá.

—Mi deber es con los enfermos, señor —respondió Elena con voz firme, aunque sus ojos no podían evitar seguir los movimientos erráticos de los artistas que montaban el escenario—. No me asusta la fealdad del cuerpo, solo la del espíritu.

Arashi soltó una carcajada ronca que terminó en una tos seca.

—Entonces ha venido al lugar indicado. Sígame. Tenemos a alguien que necesita... cuidados constantes. Es nuestro artista principal, Muchisute. Pero aquí todos lo llaman el Hombre Momia.

Caminaron hacia una de las carpas más apartadas, una estructura pequeña y oscura que parecía exudar un calor febril. Al entrar, el olor a desinfectante barato y a podredumbre se intensificó. En el centro, sobre un camastro desvencijado, yacía una figura que apenas parecía humana.

Muchisute estaba envuelto de pies a cabeza en vendas amarillentas y pegajosas. No tenía brazos ni piernas, solo un torso que se retorcía débilmente y un rostro donde solo los ojos, hundidos y cargados de una furia animal, permanecían visibles.

—Es peligroso —advirtió Arashi, retrocediendo un paso—. A veces muerde. A veces grita cosas que no tienen sentido. Sus heridas nunca terminan de cerrar. Si puede mantenerlo vivo y presentable para la función de mañana, le pagaremos lo acordado.

Elena no respondió. Se acercó al camastro y dejó su maletín en el suelo con delicadeza. El hombre en la cama emitió un gruñido gutural, un sonido que vibró en el aire como una advertencia.

—Váyase, señor —dijo la enfermera sin mirar atrás—. Necesito silencio para trabajar.

Cuando Arashi salió, Elena se quedó a solas con Muchisute. El silencio fue roto únicamente por la respiración sibilante del hombre. Ella se arrodilló a su lado y comenzó a preparar una solución de agua tibia y antiséptico.

—No voy a hacerle daño —susurró ella, aunque sabía que las palabras solían ser inútiles en un lugar donde el dolor era la única moneda de cambio—. Solo quiero cambiar esas vendas. Deben de picarle mucho.

—¡Fuera! —rugió Muchisute. La voz no parecía salir de una garganta humana, sino de un pozo lleno de grava—. ¡No quiero tu piedad, mujer de Dios! ¡Vete a rezar por los que aún tienen alma!

Elena no se inmutó. Con manos expertas, comenzó a desenrollar la primera capa de tela sucia alrededor del pecho del hombre.

—Dios no me envió aquí para rezar, Muchisute —dijo ella con calma—, me envió para usar mis manos. Y mis manos dicen que tiene una infección que llegará al corazón si no la limpiamos ahora mismo.

—¿Y qué si llega? —Muchisute se agitó, tratando de golpearla con el muñón de su hombro—. ¡La muerte es el único aplauso que estoy esperando!

—Entonces tendrá que esperar un poco más —replicó Elena, presionando con firmeza pero sin crueldad para inmovilizarlo—. Porque mientras yo esté aquí, usted es mi paciente, no una atracción de feria.

A medida que las vendas caían, la realidad del estado de Muchisute se revelaba en toda su crudeza. Su piel era un mapa de cicatrices, quemaduras y llagas abiertas que supuraban un líquido espeso. La enfermera trabajó con una eficiencia asombrosa, limpiando cada centímetro de carne herida con una paciencia que parecía sobrenatural.

Muchisute, que al principio luchaba y maldecía, comenzó a quedarse quieto. El contacto de las manos de Elena, protegidas por finos guantes de tela pero cálidas, era algo que no había experimentado en años. En el circo, todos lo tocaban con asco o con la brutalidad de quien manipula un objeto roto. Ella lo tocaba como si fuera de porcelana.

—¿Por qué haces esto? —preguntó él de repente, con la voz mucho más baja. El odio seguía allí, pero la energía para sostenerlo se estaba agotando—. Nadie viene aquí por voluntad propia.

—Vengo de un lugar donde el sufrimiento no se oculta tras una cortina —respondió Elena mientras aplicaba un ungüento fresco—. He visto soldados destrozados y niños muriendo de hambre. Usted no es diferente a ellos, Muchisute. Es un hombre que sufre.

—Soy un monstruo —escupió él, aunque sus ojos se cerraron por un momento cuando el frescor del ungüento alivió el ardor de su piel—. El público paga para ver mi miseria. Me tiran monedas y me llaman maldito.

—El público solo ve lo que quiere ver —dijo Elena, comenzando a envolverlo de nuevo en vendas limpias y blancas—. Yo veo a un hombre que ha sobrevivido a lo que otros no podrían ni imaginar. Hay una extraña dignidad en eso, aunque usted se niegue a verla.

Muchisute soltó una risa seca, un sonido que se convirtió en una mueca de dolor.

—Dignidad... —repitió—. No hables de cosas que no existen en este agujero. Aquí solo hay hambre y miedo. ¿Sabes lo que le hacen a la pequeña Midori? ¿Sabes cómo la rompen cada día un poco más?

Elena se detuvo un segundo, con la venda suspendida en el aire. Había visto a la niña de las camelias en la entrada, con sus ojos grandes y tristes que parecían contener todo el dolor del mundo.

—Lo sé —murmuró la enfermera—. Y por eso estoy aquí. Si puedo aliviar su carga, tal vez ella tenga un poco más de fuerza para ayudar a los demás.

—No puedes salvar a nadie aquí, monja —dijo Muchisute, abriendo los ojos y clavándolos en los de ella—. Este lugar es un pantano. Si te quedas demasiado tiempo, tú también te hundirás.

—Entonces nos hundiremos juntos —respondió ella con una sonrisa triste, terminando de ajustar la última venda—. Pero al menos sus heridas estarán limpias cuando suceda.

Durante las semanas siguientes, Sor Elena se convirtió en una presencia constante en el circo. Se ganó el respeto, o al menos el temor, de los demás miembros de la troupe. Incluso el enano y la mujer serpiente bajaban la cabeza cuando ella pasaba, como si su hábito gris fuera un escudo contra la locura que los rodeaba.

Pero su atención principal seguía siendo Muchisute. Cada tarde, antes de que comenzara el espectáculo, ella entraba en su carpa para realizar el ritual de limpieza. Se había convertido en el único momento de paz para el Hombre Momia.

—Hoy traes un olor diferente —dijo Muchisute una tarde, mientras ella le lavaba el rostro con cuidado—. No es el desinfectante.

—Es lavanda —explicó Elena—. La cultivamos en el patio del convento. Dicen que ayuda a dormir y a calmar los nervios.

—La lavanda no sirve contra los fantasmas —replicó él, aunque inspiró profundamente—. A veces, cuando cierro los ojos, todavía siento que tengo dedos. Siento que puedo alcanzar algo... y luego me despierto y solo hay oscuridad.

—El cuerpo tiene memoria, Muchisute —dijo Elena, pasando una esponja por su cuello—. Pero el alma también. Usted recuerda lo que fue antes de que el mundo decidiera que era una rareza. No deje que le quiten ese recuerdo.

—¿Y qué era yo? —preguntó él, con una amargura que le desgarraba la voz—. Solo era otro pobre diablo en una ciudad que no me quería. Al menos aquí soy alguien. Soy el peligroso Muchisute. La gente me teme.

—El miedo es una forma muy pobre de respeto —dijo ella, mirándolo fijamente—. Usted no es peligroso conmigo.

—Podría matarte si quisiera —amenazó él, aunque no hizo ningún movimiento—. Podría morderte el cuello antes de que pudieras gritar.

Elena se acercó más, hasta que su rostro estuvo a pocos centímetros del suyo.

—Entonces hágalo —desafió suavemente—. Si cree que eso aliviará su dolor, adelante. Pero sé que no lo hará. Porque usted tiene más miedo de mi bondad que yo de su rabia.

Muchisute apartó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de aquellos ojos claros. Por primera vez en años, sintió una punzada de algo que no era odio ni agonía. Era vergüenza.

—Vete —susurró—. El espectáculo va a empezar. Arashi vendrá pronto a buscarme.

—Estaré en las sombras —dijo Elena, recogiendo sus cosas—. Como siempre.

Aquella noche, la función fue especialmente brutal. El público estaba sediento de morbo, y Arashi, notando la demanda, empujó a sus artistas al límite. Cuando llegó el turno de Muchisute, lo sacaron en una plataforma rodante, gritando insultos a la multitud mientras las luces rojas hacían que sus vendas blancas parecieran bañadas en sangre.

Desde un rincón oscuro, Elena observaba. Veía cómo Muchisute se retorcía, interpretando el papel de la bestia que todos esperaban. Pero ella veía más allá. Veía la tensión en sus hombros, la forma en que sus ojos buscaban desesperadamente un punto de anclaje en la oscuridad.

De repente, un espectador borracho lanzó una botella al escenario. El vidrio estalló cerca de Muchisute, y un fragmento le cortó la mejilla, justo por encima de la venda limpia que Elena le había puesto horas antes. La multitud rugió de risa.

Muchisute se quedó inmóvil. El odio en sus ojos se transformó en algo más profundo: una desolación absoluta.

Elena sintió un impulso de correr hacia él, de cubrirlo con su propio cuerpo, pero sabía que eso solo empeoraría las cosas para ambos. En su lugar, cerró los ojos y comenzó a rezar en voz baja, no por su alma, sino por su fuerza.

Cuando la función terminó y Muchisute fue devuelto a su carpa, estaba en un estado de frenesí. Había intentado arrancarse las vendas con los dientes y la herida de su mejilla seguía sangrando.

—¡Míralos! —gritó cuando Elena entró—. ¡Míralos cómo disfrutan! ¡Soy un perro! ¡Un perro rabioso en una jaula!

—No, Muchisute —dijo ella, acercándose rápidamente y tomando su rostro entre sus manos—. Usted es un hombre. Y ellos son los que han perdido su humanidad, no usted.

—¡No hables como si supieras lo que es esto! —Él intentó apartarse, pero ella lo sujetó con una fuerza sorprendente—. ¡Tú vuelves a tu convento, a tus flores y a tu Dios silencioso! ¡Yo me quedo aquí, en el barro!

—No me voy a ir —afirmó Elena, limpiando la sangre de su mejilla con su pañuelo—. Me han asignado aquí por tiempo indefinido. No voy a dejarlo solo en este barro.

Muchisute se detuvo, con la respiración entrecortada.

—¿Por qué? —preguntó, con una vulnerabilidad que le rompió el corazón a la enfermera—. ¿Por qué desperdiciar tu vida con alguien como yo?

Elena se sentó en el borde de la cama y, por primera vez, se quitó los guantes. Tocó la piel de la mejilla de Muchisute con sus dedos desnudos, una caricia suave y humana que pareció detener el tiempo.

—Porque en este lugar lleno de horrores —dijo ella con voz dulce—, usted es lo único que me recuerda que todavía hay algo por lo que vale la pena luchar. No es un desperdicio, Muchisute. Es una misión de amor.

El Hombre Momia no respondió. Se quedó muy quieto, dejando que la calidez de la mano de Elena se filtrara a través de su piel herida. Por un momento, el ruido del circo, los gritos de Arashi y el llanto lejano de Midori desaparecieron. Solo existían ellos dos, la enfermera y el monstruo, unidos por una frágil hebra de compasión en medio del infierno.

—Mañana —susurró Muchisute finalmente—... ¿traerás más lavanda?

Elena sonrió, y por un instante, la carpa oscura pareció llenarse de una luz que ninguna sombra podía extinguir.

—Traeré toda la que pueda encontrar —prometió ella.

Y mientras el circo de Kagamiura seguía su marcha errante por los caminos del Japón rural, una monja de gris y un hombre envuelto en vendas blancas compartían un secreto que nadie más podía entender: que incluso en la mayor de las deformidades, el corazón humano sigue latiendo, esperando desesperadamente ser visto, no como una maravilla, sino como un igual.
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