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Situación: Embarazo

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 24/5/2026

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El Legado en un Nombre

La jungla de asfalto de Tokio rugía con la cacofonía habitual de un martes por la tarde. Coches, trenes, multitudes; un río de humanidad que fluía indiferente a la misión casi suicida de Yuji Itadori. No se enfrentaba a una maldición de grado especial, ni a un hechicero renegado. Su enemigo era mucho más formidable, más impredecible y, actualmente, residía en su propio hogar. Su enemigo era un antojo de Nobara Kugisaki, embarazada de siete meses.

—No, no, ¡no puede ser tan difícil! —se quejó Itadori para sí mismo, esquivando a un grupo de turistas con la agilidad que solo años de combate mortal podían otorgar—. Es solo mochi de fresa… relleno de takoyaki picante.

La frase, incluso susurrada, sonaba como una abominación culinaria. Había recorrido ya cinco distritos diferentes. Los vendedores de mochi le miraban como si hubiera perdido la cabeza. Los chefs de takoyaki le habían sugerido amablemente que buscara ayuda profesional. Su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón negro, arrancándolo de su desesperación. Era una videollamada de Panda. Con un suspiro, aceptó.

La cara peluda y sonriente de Panda llenó la pantalla, con la cabeza de Inumaki asomando por encima de su hombro.

—¿Y bien, Papá del Año? —la voz de Panda retumbó, atrayendo algunas miradas curiosas—. ¿Has conseguido el néctar de los dioses para la reina?

Inumaki levantó dos dedos en señal de paz y dijo con su seriedad habitual:

—Shake.

—¡No es gracioso! —protestó Itadori, caminando más rápido para encontrar un callejón menos concurrido—. ¡Estoy a punto de rendirme! ¡Esto no existe! ¿Quién en su sano juicio come esto?

—Una Kugisaki embarazada, aparentemente —replicó Panda, con una lógica aplastante—. Deberías haberlo visto venir. La semana pasada fueron pepinillos fritos con helado de sésamo negro. Esto es una mejora, si me preguntas.

—Okaka —intervino Inumaki, negando con la cabeza.

Itadori se apoyó contra una pared de ladrillo, pasándose una mano por su cabello rosado. El sudor le perlaba la frente, a pesar de que el aire de otoño era fresco. Llevaba su habitual sudadera roja bajo la chaqueta negra del uniforme, una combinación que se había vuelto su segunda piel. Ocho años. Ocho años desde la batalla final contra Sukuna, desde la pérdida de Gojo-sensei. El mundo de la hechicería había encontrado un nuevo y precario equilibrio. Él y Nobara habían encontrado… algo completamente diferente.

Recordaba la misión de hacía casi ocho meses. Una maldición persistente en una zona rural costera. Les llevó casi dos semanas erradicarla por completo. Dos semanas aislados en una pequeña posada, con el sonido de las olas como única compañía nocturna. Dos semanas donde la tensión de la batalla se mezclaba con la calma del después, donde las cicatrices compartidas y los años de camaradería finalmente florecieron en algo más profundo. Regresaron a Tokio sintiéndose distintos, más unidos. Un mes después, el diagnóstico de Shoko confirmó el porqué. Nobara Kugisaki, la mujer que había vuelto de entre los muertos con un parche en el ojo y un carácter aún más fiero, estaba embarazada.

Su vida se había convertido en una serie de misiones imposibles, y la mayoría no involucraban energía maldita.

—Escuchad, tengo que irme —dijo Itadori, enderezándose—. Voy a intentar en un mercado tradicional cerca de Ueno. Si no lo encuentro allí, le llevaré las dos cosas por separado y que ella las combine. Que los dioses me amparen.

Panda se rio a carcajadas.

—¡Buena suerte, Papá del Año! ¡La necesitarás!

—Konbu —dijo Inumaki a modo de despedida, con un pequeño asentimiento.

Itadori guardó el teléfono y respiró hondo. El apodo, aunque era una broma, le calaba hondo. Padre. Él iba a ser padre. El pensamiento era a la vez aterrador y la fuente de una alegría tan inmensa que a veces le costaba respirar. Él, que había sido un recipiente para la peor de las maldiciones, ahora era el recipiente de la mayor de las esperanzas. Por ese pequeño ser que crecía dentro de Nobara, recorrería el mundo entero buscando mochis rellenos de pulpo si era necesario.

Su determinación renovada le guio a través de las calles hasta que finalmente, en un puesto diminuto y casi oculto en un recoveco del mercado Ameya-Yokochō, encontró a su salvador. Un anciano con más arrugas que años, que le escuchó con una ceja arqueada y, en lugar de echarle, soltó una risa desdentada.

—Ah, el amor joven y las mujeres embarazadas —dijo el anciano, asintiendo con la cabeza—. He visto cosas peores, muchacho. Dame diez minutos.

Itadori casi llora de alivio. Pagó una suma exorbitante por la creación personalizada y salió de allí con una pequeña caja blanca atada con un cordel rojo, como si llevara el Santo Grial.

El viaje de regreso al Colegio Técnico de Magia fue más tranquilo. Sentado en el tren, con la caja cuidadosamente colocada en su regazo, Itadori se permitió un momento de reflexión. El paisaje urbano pasaba veloz por la ventana, un borrón de luces y sombras que reflejaba el torbellino de su propia vida. Había pasado tanto tiempo luchando por sobrevivir, por cumplir una promesa, por expiar un pecado que no era suyo. Ahora, luchaba por cosas más sencillas y, a la vez, infinitamente más complejas: la felicidad de Nobara, la salud de su futuro hijo, la construcción de un hogar.

Al llegar a los terrenos del colegio, una sensación de paz le invadió. A pesar de los fantasmas que aún rondaban sus pasillos y campos de entrenamiento, este lugar era su hogar. Encontró a Nobara y a Maki sentadas en un banco de madera bajo un gran árbol de arce, cuyas hojas comenzaban a teñirse de tonos anaranjados y rojizos, haciendo juego con el cabello de Nobara.

Nobara, con su uniforme modificado para acomodar su vientre de siete meses, parecía una reina en su trono. Su parche negro sobre el ojo izquierdo le daba un aire de fiereza indomable, pero la curva de su abdomen suavizaba sus bordes. Maki, a su lado, pulía una de sus herramientas malditas, su presencia era una roca de calma y fuerza silenciosa.

—¡Ya era hora, inútil! —le espetó Nobara en cuanto le vio acercarse, aunque sus ojos brillaron con alivio—. ¿Tuviste que ir a pescar el pulpo tú mismo? ¡Mi hijo se va a morir de hambre por tu culpa!

Itadori sonrió, acostumbrado a su particular forma de demostrar afecto.

—Casi —respondió, extendiéndole la caja—. Pero lo conseguí. El legendario mochi de fresa relleno de takoyaki picante. Solo para ti.

Nobara le arrebató la caja con una velocidad sorprendente. La abrió con cuidado y un aroma extraño, una mezcla de dulce, salado y picante, flotó en el aire. Maki arrugó la nariz.

—Solo tú podrías antojarte algo así, Nobara —comentó Maki, sin levantar la vista de su arma.

—El genio culinario es incomprendido —declaró Nobara, tomando uno de los mochis con sus palillos. Le dio un mordisco y cerró los ojos, masticando lentamente. Un silencio tenso se apoderó de la escena. Itadori contuvo la respiración.

De repente, los ojos de Nobara se abrieron de par en par, llenos de lágrimas.

—Oh, no… —murmuró Itadori, preparándose para lo peor. ¿No le gustaba? ¿Había fallado?

—Es… —la voz de Nobara se quebró—. Es perfecto. Es exactamente como lo imaginé.

Y sin más, se echó a llorar. Lágrimas de pura y absoluta felicidad gastronómica. Itadori se arrodilló a su lado, sin saber si reír o entrar en pánico. Maki suspiró, una pequeña sonrisa tirando de la comisura de sus labios.

—Hormonas —dijo simplemente, como si eso lo explicara todo. Y, en realidad, lo hacía.

Itadori rodeó los hombros de Nobara con un brazo, atrayéndola hacia él. Ella se apoyó en su pecho, sollozando suavemente mientras daba otro mordisco al mochi.

—Gracias, Yuji —murmuró contra su sudadera.

—De nada, Nobara. Lo que sea por vosotros.

En ese momento, sintió un movimiento bajo la palma de su otra mano, que había posado instintivamente sobre el vientre de ella. Una patada. Fuerte y decidida. Itadori rio suavemente.

—Parece que a él también le gusta —dijo.

Nobara se apartó un poco, secándose las lágrimas con el dorso de la mano y una expresión de orgullo en el rostro.

—Por supuesto que le gusta. Tiene el buen gusto de su madre.

Se quedaron así un rato, disfrutando de la calma del atardecer, del sabor del ridículo antojo y de la promesa de esa pequeña vida que se agitaba entre ellos. Maki los observaba de reojo, su habitual expresión estoica teñida de una calidez que solo sus amigos más cercanos podían ver. El mundo seguía siendo un lugar peligroso, pero momentos como este eran el ancla que les mantenía cuerdos.

—Voy a ver a Shoko-san —anunció Itadori después de un rato, poniéndose en pie—. Quiero asegurarme de que todo lo del último chequeo sigue en orden.

—Dile que si vuelve a sugerirme té de jengibre para las náuseas, usaré sus bisturíes para decorar mi martillo —advirtió Nobara, ya a medio camino de su segundo mochi-takoyaki.

—Se lo transmitiré… de una forma más diplomática —prometió Itadori, dándole un beso rápido en la frente antes de dirigirse hacia el edificio principal.

La enfermería olía igual que siempre: una mezcla de antiséptico, hierbas medicinales y el humo de los cigarrillos de Shoko Ieiri. La encontró sentada en su escritorio, revisando unos papeles bajo la luz de una lámpara de flexo. El humo se enroscaba perezosamente hacia el techo.

—Itadori —dijo a modo de saludo, sin levantar la vista—. ¿La reina exige alguna nueva poción o simplemente vienes a recibir tu dosis diaria de preocupación paternal?

—Un poco de ambas cosas —admitió él, sentándose en la silla frente a ella—. Misión antojo completada con éxito. Ahora está llorando de felicidad mientras come mochi de pulpo.

Shoko soltó un bufido que casi fue una risa.

—Suena a que todo está normal, entonces. Los resultados de la ecografía de ayer fueron perfectos. El niño está creciendo fuerte. Un poco más activo de lo normal, pero con vuestros genes, me sorprendería lo contrario.

—Eso es bueno —Itadori sintió cómo un peso se aliviaba de sus hombros. Cada confirmación de que todo iba bien era un bálsamo—. Gracias por estar tan pendiente, Shoko-san. Sé que esto no es exactamente tu especialidad.

Shoko finalmente levantó la vista de sus papeles. Sus ojos, perpetuamente cansados, le examinaron con una agudeza que pocos poseían. Apagó el cigarrillo en un cenicero ya lleno.

—He recompuesto cuerpos destrozados por maldiciones, he mantenido con vida a hechiceros al borde de la muerte. Comparado con eso, monitorizar un embarazo es… refrescante. Además —añadió, con un matiz más suave en su voz—, sois familia. Es lo que hacemos.

Un cómodo silencio se instaló entre ellos, cargado de historia y afecto no expresado. Shoko había sido un pilar para todos ellos desde la guerra, la doctora que curaba sus cuerpos y, a su manera, también sus almas.

—Así que… —comenzó Shoko, apoyando los codos en la mesa y entrelazando sus dedos—. Ahora que sabéis con certeza que es un niño, la gran pregunta. La curiosidad me está matando. ¿Habéis pensado en un nombre?

Itadori sintió un nudo en la garganta. Esta era la conversación que había estado anticipando y temiendo a partes iguales. Él y Nobara lo habían hablado durante noches enteras, susurrando en la oscuridad de su habitación. Habían barajado docenas de nombres, pero siempre volvían al mismo. Era audaz. Era pesado. Era perfecto.

Miró directamente a los ojos de Shoko, sabiendo que ella, de entre todas las personas, entendería el peso y el significado de su elección.

—Sí —dijo, su voz apenas un susurro firme—. Ya lo hemos decidido.

Hizo una pausa, reuniendo el valor no para decirlo, sino para presenciar la reacción que provocaría.

—Se llamará Satoru.

El nombre quedó suspendido en el aire quieto de la enfermería. Por un instante, Shoko no reaccionó. Su rostro permaneció impasible, una máscara de profesionalismo que había perfeccionado durante años. Pero Itadori, que había aprendido a leer las microexpresiones de sus seres queridos, lo vio. Vio el levísimo temblor en su labio inferior. Vio cómo sus ojos, normalmente analíticos y distantes, se abrían una fracción de milímetro más. Y luego, los vio brillar. Sus ojos se cristalizaron, la superficie tranquila de un lago perturbada por una piedra invisible.

Shoko apartó la mirada bruscamente, girando su silla para quedar de espaldas a él, fingiendo buscar algo en una estantería. Su espalda estaba rígida. El silencio se estiró, denso y cargado de fantasmas. Itadori esperó, dándole el espacio que necesitaba. Sabía que no estaba juzgando su decisión, sino procesando una avalancha de recuerdos y emociones. Gojo Satoru. El más fuerte. Su amigo de la juventud. Su compañero de travesuras. La presencia más grande que la vida misma, ahora reducida a un nombre en una lápida y un eco en sus corazones.

Finalmente, Shoko se aclaró la garganta. Cuando volvió a girarse hacia él, su máscara estaba casi recompuesta, pero el brillo en sus ojos no había desaparecido del todo.

—Es… —su voz sonó un poco más áspera de lo normal—. Es un buen nombre. Un nombre fuerte.

Se inclinó hacia delante, encendiendo otro cigarrillo con manos que temblaban casi imperceptiblemente. Dio una larga calada, exhalando el humo lentamente, como si con él expulsara una parte del dolor.

—A él le habría encantado —dijo, y esta vez, una sonrisa genuina, aunque melancólica, se dibujó en sus labios—. Probablemente se habría vuelto insoportable. Se autoproclamaría el mejor padrino de la historia del universo. Compraría al niño las cosas más caras y ridículas. Lo malcriaría hasta el extremo solo para fastidiaros.

Itadori sintió que el nudo en su garganta se disolvía, reemplazado por una calidez agridulce. Se rio suavemente.

—Sí, probablemente —coincidió—. Nobara dijo que probablemente intentaría enseñarle su técnica de Infinito antes de que aprendiera a caminar.

—Sin duda —confirmó Shoko, y por primera vez en mucho tiempo, su risa sonó casi despreocupada—. Y se quejaría de que ninguno de los dos sabe elegir dulces decentes para un bebé.

Compartieron el momento, trayendo la esencia de Gojo de vuelta a la habitación no con tristeza, sino con el recuerdo de su arrolladora y exasperante personalidad. Era la mejor forma de honrarle.

—¿Estáis seguros? —preguntó Shoko, su tono volviéndose serio de nuevo—. Es un nombre con mucho peso. La gente tendrá expectativas.

—Lo sabemos —respondió Itadori con firmeza—. Pero no le estamos poniendo su nombre para que sea como él. No queremos que sea el próximo "más fuerte". Le estamos poniendo su nombre para recordarnos por qué luchamos. Para que crezca en el mundo que Gojo-sensei soñaba, un mundo donde los jóvenes hechiceros no sean sacrificados. Queremos que sea él mismo. Que sea feliz. Satoru significa "iluminación", "sabiduría". Eso es lo que deseamos para él.

Shoko le miró fijamente durante un largo rato, el humo del cigarrillo creando un velo entre ellos. Finalmente, asintió, una expresión de profundo respeto en su rostro.

—Entonces es el nombre perfecto.

Itadori se levantó, sintiéndose más ligero. La conversación había sido difícil, pero necesaria. Era como cerrar un círculo y empezar uno nuevo, todo al mismo tiempo.

—Gracias, Shoko-san.

—No me des las gracias, Itadori —dijo ella, apagando su segundo cigarrillo—. Solo aseguraos de criarlo bien. Y por el amor de Dios, no dejéis que Panda le enseñe a hablar.

Itadori rio.

—Trato hecho.

Salió de la enfermería y se encontró con el cielo nocturno, salpicado de estrellas. El aire era frío y limpio. Caminó lentamente de vuelta hacia el banco bajo el arce. Desde la distancia, vio la silueta de Nobara. Ya no estaba comiendo. Tenía una mano apoyada en su vientre, la cabeza inclinada, como si estuviera escuchando un secreto. Maki seguía a su lado, una guardiana silenciosa.

Pensó en el nombre. Satoru. No era solo un legado, era una promesa. Una promesa de amor, de protección, de un futuro brillante. Un futuro que él y Nobara construirían juntos, día a día, misión a misión, antojo a antojo. Se acercó a ellas, su sombra alargándose en el suelo. Nobara levantó la vista y le sonrió, una sonrisa genuina, sin rastro de lágrimas ni de irritación. Una sonrisa que contenía todo su mundo.

Yuji Itadori, el antiguo recipiente de Sukuna, el "Papá del Año", le devolvió la sonrisa. El futuro era incierto y sin duda estaría lleno de desafíos, pero por primera vez en mucho, mucho tiempo, no le tenía miedo. Estaba listo. Estaban listos.
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