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Ecos del Pasado
Fandom: Fairy Tail
Creado: 25/5/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloFluffFantasíaAmbientación CanonEstudio de PersonajeArregloHumorRecortes de VidaHistoria DomésticaAventura
El eco de una promesa
El bullicio del gremio era una canción familiar, una melodía compuesta por el tintineo de las jarras de cerveza, las risas estruendosas, el ocasional estallido de una pelea amistosa y el aroma a madera, alcohol y la extraña magia que impregnaba el aire de Fairy Tail. Para Natsu Dragneel, era el sonido del hogar. Normalmente, se encontraría en el centro de todo, ya sea devorando una montaña de comida con una ferocidad que desafiaba la física o iniciando una de esas peleas que hacían temblar los cimientos del edificio.
Pero hoy no.
Hoy, Natsu estaba sentado en su mesa habitual, con una jarra de agua intacta frente a él —una rareza en sí misma— y la mirada perdida. Happy, su compañero felino azul, flotaba a su lado, mordisqueando un pescado con una preocupación apenas disimulada.
—¿Natsu? ¿No tienes hambre? —preguntó el Exceed, con la boca llena—. Es raro que dejes que tu comida se enfríe. Bueno, el agua no se enfría, pero… ya me entiendes.
Natsu no respondió. Sus ojos oscuros estaban fijos al otro lado del salón, donde un trío de hermanos de cabello blanco compartía una conversación tranquila. Mirajane sonreía con su habitual dulzura, mientras que Elfman gesticulaba ampliamente, probablemente hablando de lo que significaba ser un "hombre de verdad". Y entre ellos estaba ella. Lisanna.
Su cabello corto y blanco como la nieve enmarcaba un rostro que él conocía mejor que el suyo propio. Sus ojos azules, que antes siempre parecían buscar los suyos a través de la multitud, ahora estaban fijos en sus hermanos. Se reía de algo que Elfman decía, una risa suave y melodiosa que, en lugar de traerle alegría, le clavaba una extraña espina en el pecho.
*¿Qué pasó?*
La pregunta retumbó en su mente, no como un pensamiento casual, sino como un rugido de dragón. No era una pregunta nueva. Llevaba meses, quizás más de un año, acechándolo en los momentos de calma, una sombra persistente que su naturaleza impulsiva solía ignorar. Pero ya no podía. La sombra se había vuelto demasiado grande, demasiado oscura.
*¿Qué demonios nos pasó?*
Los recuerdos llegaron como una llamarada, vívidos y ardientes. Se vio a sí mismo de niño, un mocoso con el pelo rosa y una sonrisa llena de colmillos, de pie junto a una niña de ojos azules brillantes. Juntos, encontraron un huevo. Un huevo gigante que todos pensaban que era de dragón. Su huevo.
*«Construyamos una casa para él, Natsu. ¡Como una familia de verdad!»*, había dicho ella, con las mejillas sonrosadas por la emoción.
Y lo hicieron. Con madera encontrada y martillazos torpes, levantaron una pequeña cabaña en las afueras de Magnolia. Era su secreto, su refugio. Allí, cuidaron el huevo. Lo mantuvieron caliente, lo protegieron de la lluvia, hablaron con él. Natsu recordaba el calor de estar acurrucado junto a ella bajo una manta, con el huevo entre los dos, sintiendo que nada en el mundo podía tocarlos.
*«Cuando crezcamos, ¿puedo ser tu esposa, Natsu?»*
La pregunta había sido tan casual, tan inocente. Él, sin entender del todo lo que significaba, había sonreído y asentido con fervor. ¡Claro que sí! ¿Por qué no? Eran Natsu y Lisanna. Siempre estarían juntos. Era tan obvio como que el fuego era caliente y el cielo era azul. Cuando el huevo finalmente eclosionó y de él salió un gato azul con alas, su pequeña familia se completó. Happy. Su hijo.
El recuerdo se agrió, la llama vaciló. La misión. La bestia. El grito de Elfman. Y luego… silencio. La noticia de su muerte lo había destrozado. Fue como si el sol se hubiera apagado en su mundo. Una parte de él, esa parte cálida y segura que ella había construido, se había derrumbado en cenizas frías.
Pero entonces, Edolas. El milagro. El reencuentro.
Natsu apretó los puños sobre la mesa, haciendo que la madera crujiera bajo la presión. Recordaba esa alegría, una euforia tan intensa que pensó que su corazón iba a estallar. ¡Estaba viva! ¡Lisanna estaba de vuelta! La había abrazado con todas sus fuerzas, inhalando su aroma, asegurándose de que era real, de que no era un sueño cruel. Por un momento, creyó que todo volvería a ser como antes.
Pero no fue así.
Al principio, fue sutil. Había pasado el tiempo. Él tenía un nuevo equipo. Tenía a Lucy. Tenía aventuras y batallas que ella no había compartido. Ella, por su parte, intentaba ponerse al día, reconectar con un mundo que había seguido girando sin ella. Hablaban, sí. Se saludaban. A veces compartían una comida en el gremio. Pero la conexión… la conexión fácil e instintiva que habían compartido, se había desvanecido.
Ahora, apenas hablaban.
Sus conversaciones eran breves, superficiales. Un "¿cómo estás?", un "buena suerte en tu misión". Y luego, un silencio incómodo que ninguno de los dos sabía cómo llenar. Él la veía reír con Mira y Elfman, y ella lo veía a él discutir con Gray o planear alguna locura con Lucy. Estaban en la misma habitación, en el mismo gremio, pero un abismo invisible los separaba.
Natsu no era la persona más lista del mundo. De hecho, la mayoría lo consideraría un completo idiota en todo lo que no implicara pelear o comer. Gray se lo recordaba a diario. Pero hasta él podía ver esto. Hasta él podía sentir el frío donde antes había habido calor. Y lo odiaba. Odiaba esa distancia, odiaba no entender por qué existía y, sobre todo, se odiaba a sí mismo por haberla dejado crecer tanto.
*«A veces, Natsu, no puedes solucionar las cosas a golpes. Tienes que hablar. Decir lo que sientes, aunque sea difícil»*.
Las palabras de Lucy resonaron en su cabeza. Ella se lo había dicho después de una de sus habituales y monumentales discusiones con Gray. Él había querido simplemente darle un puñetazo y terminar con el asunto, pero Lucy lo había detenido. Lo había sentado y le había hecho hablar. Y, para su sorpresa, había funcionado.
Hablar.
La idea era extraña, casi ajena a su naturaleza. Sus instintos le gritaban que hiciera algo, que rompiera algo, que prendiera fuego a la frustración. Pero el fuego no arreglaría esto. Necesitaba palabras.
Se acabó.
La decisión se solidificó en su interior, no como una idea, sino como un juramento de fuego. No iba a aceptar esta estupidez. No iba a dejar que la chica de su infancia, la que había prometido ser su esposa, la que había vuelto de entre los muertos, se convirtiera en una extraña más en el gremio. Que se joda lo demás. Que se jodan las misiones, las peleas, el orgullo. Ella era su máxima importancia ahora. Y se lo iba a demostrar.
Con un movimiento brusco, Natsu se puso de pie, derribando su silla en el proceso. El estruendo atrajo varias miradas, incluida la de Lisanna. Por un instante, sus ojos azules se encontraron con los suyos, y en ellos vio una mezcla de sorpresa y algo más… ¿tristeza?
—¡Natsu, me asustaste! —chilló Happy, casi dejando caer su pescado.
Pero Natsu ya no lo escuchaba. Su mundo se había reducido a un único objetivo. Con la determinación de un dragón en busca de su tesoro, comenzó a caminar a través del gremio, sin desviarse, sin dudar. La multitud se apartó instintivamente, sintiendo la intensidad que emanaba de él.
Llegó a la mesa de los Strauss. Mirajane levantó una ceja, una sonrisa juguetona formándose en sus labios. Elfman lo miró, confundido. Lisanna se tensó, sus manos apretando el borde de la mesa.
—Lisanna —su voz salió más grave de lo normal, un gruñido contenido—. Tenemos que hablar. Afuera. Ahora.
El silencio se apoderó de su pequeña burbuja. Lisanna parpadeó, sin saber qué decir.
—Oh —fue todo lo que logró articular.
Mirajane le dio un suave codazo a su hermana. —Ve, Lisanna. Parece importante.
Elfman asintió con la cabeza, cruzando sus musculosos brazos. —¡Un hombre de verdad enfrenta sus problemas de frente! ¡Ve a hablar como un hombre, Natsu!
Natsu ignoró a Elfman. Su mirada no se apartó de Lisanna. Esperó, el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. Por un segundo aterrador, pensó que ella se negaría. Pero entonces, ella asintió lentamente, una expresión de nerviosismo y resolución en su rostro.
—De acuerdo —dijo en voz baja.
Se levantó y lo siguió sin decir una palabra más. Salieron del gremio, dejando atrás el calor y el ruido. El aire fresco de la tarde de Magnolia los recibió. Natsu no se detuvo. Siguió caminando, dirigiéndose instintivamente hacia el río que serpenteaba a través de la ciudad, hacia las orillas cubiertas de hierba donde solían jugar cuando eran niños.
Encontraron un lugar apartado, bajo la sombra de un gran sauce llorón cuyas ramas caían como una cortina verde, ofreciéndoles privacidad. El único sonido era el suave murmullo del agua y el canto de los pájaros.
Lisanna se detuvo, abrazándose a sí misma como si de repente sintiera frío. Natsu se giró para mirarla. Y entonces, el pánico lo golpeó.
Bien, ya estaban allí. ¿Y ahora qué? Su plan solo había llegado hasta ese punto. *«Di lo que sientes»*, le había dicho Lucy. ¿Qué sentía él? Sentía rabia. Sentía confusión. Sentía… un dolor sordo en el pecho cada vez que la veía sonreír a otra persona.
Respiró hondo, tratando de ordenar el caos en su cabeza. El olor a hierba y río le trajo más recuerdos. El día que intentó enseñarle a pescar usando su fuego para asar el pez directamente en el anzuelo. El día que ella le hizo una corona de flores y él se quejó de que no era "varonil", pero la usó todo el día.
—¿Por qué? —soltó finalmente, la palabra áspera y directa.
Lisanna lo miró, confundida. —¿Por qué qué, Natsu?
—¿Por qué ya no hablamos? —preguntó, su frustración filtrándose en su voz—. ¿Qué pasó con nosotros, Lisanna? Cuando volviste de Edolas… yo estaba tan feliz. Pensé… pensé que todo sería como antes. Pero no lo es. Apenas nos miramos. ¿Hice algo mal? ¿Dije algo? ¡Solo dímelo y lo arreglaré!
La avalancha de preguntas la tomó por sorpresa. Vio cómo sus ojos azules se abrían de par en par, y luego, cómo se llenaban de una tristeza que lo golpeó más fuerte que cualquier puñetazo de Gajeel.
—No, Natsu, no hiciste nada malo —dijo ella, su voz temblorosa—. Nunca harías nada para lastimarme a propósito. Yo… yo soy la culpable.
—¡Eso es mentira! —replicó él, dando un paso hacia ella—. ¡Tú no eres culpable de nada!
—Sí lo soy —insistió, bajando la mirada hacia la hierba—. Cuando volví… todo era diferente. Y era normal, ¿sabes? Habían pasado dos años. El gremio había cambiado. La gente había cambiado. Tú… habías cambiado.
Hizo una pausa, luchando por encontrar las palabras. Natsu permaneció en silencio, obligándose a escuchar, a no interrumpir, por mucho que quisiera gritar que él no había cambiado.
—Vi lo unido que estabas a tu nuevo equipo —continuó ella—. A Erza, a Gray… y a Lucy. Vi el vínculo que tenías con ella. Es tu nueva mejor amiga, tu compañera. Pasan todo el tiempo juntos. Van a misiones juntos, se meten en problemas juntos… viven uno al lado del otro. Y me di cuenta… de que yo ya no tenía un lugar a tu lado.
—¡Eso es la mayor estupidez que he oído nunca! —explotó Natsu, incapaz de contenerse más. El suelo a sus pies pareció calentarse—. ¡Tu lugar está a mi lado! ¡Siempre ha estado ahí! ¡Eres Lisanna! ¡Tú, yo y Happy! ¡Somos una familia! ¿Lo has olvidado?
—¡No, no lo he olvidado! —replicó ella, levantando la vista, y ahora él podía ver las lágrimas brillando en sus ojos—. ¡Pero tú ya tenías una nueva familia, Natsu! Yo era… un fantasma. Un recuerdo que de repente se hizo real. Vi lo feliz que eras, lo fuerte que te habías vuelto. No quería… no quería entrometerme. No quería ser una carga o hacer las cosas incómodas para ti o para Lucy. Así que di un paso atrás. Pensé que si querías que me acercara, lo harías. Pero no lo hiciste. Simplemente… seguiste adelante.
Cada palabra era un golpe. Un fantasma. Una carga. ¿Ella pensaba eso? ¿Que él la veía así? La ira que sentía antes se transformó en un dolor agudo y punzante. Dolor por ella, por haberla hecho sentir así. Dolor por sí mismo, por su propia y monumental estupidez.
Era un idiota. Un completo y absoluto idiota.
Ella había retrocedido por miedo a interponerse, esperando una señal de él. Y él, en su ceguera, en su incapacidad para ver más allá de la próxima pelea o la próxima comida, no le había dado ninguna señal. Había asumido que todo estaba bien, que su conexión era tan fuerte que sobreviviría a cualquier cosa sin necesidad de mantenimiento. Había dado por sentada su presencia, su amor.
—Yo… —comenzó, pero su voz se quebró. Se sentía como si hubiera tragado brasas—. Yo no seguí adelante, Lisanna. Nunca lo hice. Cuando creí que habías muerto… fue el peor día de mi vida. Y cuando volviste… fue el mejor. No eres un fantasma. Eres… eres tú. Eres la persona más importante.
Se acercó más, hasta que solo unos centímetros los separaron. Podía ver el reflejo del cielo en sus ojos llorosos.
—Lucy es mi amiga. Mi mejor amiga, sí. Es parte de mi familia, como Gray y Erza. Pero tú… tú eres diferente —dijo, su voz bajando a un susurro ronco—. Tú eres… Lisanna. La que construyó una casa conmigo. La que cuidó de Happy conmigo.
Extendió la mano, sus dedos temblando ligeramente, y con una delicadeza que rara vez mostraba, apartó un mechón de pelo blanco de su mejilla húmeda. Su piel era tan suave como la recordaba.
—Recuerdo todo —continuó, su mirada intensa—. Recuerdo la promesa.
Los ojos de Lisanna se abrieron aún más. Un sollozo ahogado escapó de sus labios.
—Cuando volvimos de Edolas, en el bosque… —la voz de Natsu era apenas audible, cargada de una emoción que rara vez dejaba salir—. Me preguntaste si todavía querías que fuera tu esposa.
Lisanna asintió, incapaz de hablar, las lágrimas ahora cayendo libremente por sus mejillas.
—No respondí entonces —admitió él, y la culpa lo consumió—. Fui un idiota. Estaba tan abrumado, tan feliz de que estuvieras viva, que mi cerebro simplemente… se apagó. Pero la respuesta siempre ha sido sí, Lisanna. Siempre.
Ella lo miró, una mezcla de esperanza y dolor en su rostro. —¿De verdad…? ¿Después de todo este tiempo? ¿Después de todo lo que ha pasado?
—El tiempo no importa —declaró Natsu con una certeza absoluta—. Lo que siento por ti… no ha cambiado. Solo soy demasiado estúpido para demostrarlo. Lo siento. Siento haberte hecho sentir que no tenías un lugar. Tu lugar está aquí. —Se llevó la mano al pecho, justo sobre su corazón—. Siempre ha estado aquí.
Verla llorar le rompía algo por dentro. Quería detener sus lágrimas, borrar toda la tristeza que él, por su propia negligencia, había causado. Y en su mente simple y directa, solo había una forma de hacerlo. Una forma de sellar sus palabras, de hacerle entender sin lugar a dudas que hablaba en serio. De volver a como eran antes.
Había llegado el momento del último paso de su plan. El beso.
Sin más vacilaciones, sin más palabras, Natsu acortó la mínima distancia que quedaba entre ellos. Sus manos se movieron para acunar su rostro, sus pulgares limpiando suavemente las lágrimas de sus mejillas. Lisanna contuvo el aliento, sus ojos azules fijos en los suyos, buscando, esperando.
Y entonces, la besó.
No fue un beso tierno ni tentativo. Fue un beso de Natsu. Fue directo, apasionado y un poco torpe, como si toda la frustración, el anhelo y el amor no expresado de los últimos años se hubieran acumulado y ahora estallaran en un solo gesto. Era fuego y certeza, una promesa renovada en el lenguaje que mejor entendía: la acción.
Al principio, Lisanna se quedó rígida por la sorpresa. Pero solo fue un instante. Luego, se derritió contra él. Sus manos, que habían estado inertes a sus costados, subieron para aferrarse a su chaleco. Respondió a su beso con la misma desesperación, con la misma necesidad. Era un beso que hablaba de años de espera, de malentendidos dolorosos y de un amor infantil que había sobrevivido a la muerte y al tiempo para florecer en algo más profundo, más real.
Para Natsu, era como volver a casa después de un largo y agotador viaje. El frío que se había instalado en su pecho se disolvió en un calor abrasador, el calor de sus propias llamas, el calor de ella. El abismo que los había separado se evaporó, consumido por el fuego de ese único contacto. Todo lo demás desapareció: el gremio, las misiones, el pasado doloroso. Solo existían ellos dos, bajo el sauce llorón, junto al río de su infancia.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento. Apoyaron sus frentes una contra la otra, compartiendo el mismo aire. Natsu mantuvo sus manos en el rostro de ella, sin querer soltarla, temiendo que si lo hacía, ella podría desvanecerse de nuevo.
—Natsu… —susurró ella, su voz ronca por la emoción.
Él no respondió con palabras. Simplemente la miró, y en sus ojos oscuros, ella ya no vio la confusión o la frustración, sino una devoción pura y ardiente. Una promesa silenciosa de que nunca más la dejaría dudar de su lugar en su vida.
La conversación había terminado. El muro había caído.
De repente, un pequeño aleteo rompió el silencio cargado de emoción.
—¡Se quieeeeren! —canturreó una vocecita familiar.
Happy flotaba a pocos metros de ellos, con las patitas juntas y una sonrisa de oreja a oreja en su rostro felino.
Lisanna soltó una risa acuosa, una mezcla de vergüenza y felicidad pura. Se separó un poco de Natsu, aunque no del todo, y miró a su "hijo".
Natsu se giró hacia el Exceed, una enorme sonrisa, la de verdad, la sonrisa de Natsu, extendiéndose por su rostro.
—¡Claro que sí, Happy! —declaró, pasando un brazo por los hombros de Lisanna y atrayéndola firmemente hacia su costado. Ella se apoyó en él sin dudarlo, encajando perfectamente, como si esa siempre hubiera sido su forma—. Es mi Lisanna.
Lisanna levantó la vista hacia él, sus ojos azules brillando con una luz que él no había visto en mucho, mucho tiempo. Era la luz de la promesa, la luz del hogar. Y Natsu supo, con una certeza que le calentó hasta los huesos, que esta vez no la dejaría apagarse. El eco de su promesa de la infancia finalmente había encontrado su voz de nuevo, y sonaba más fuerte que nunca.
Pero hoy no.
Hoy, Natsu estaba sentado en su mesa habitual, con una jarra de agua intacta frente a él —una rareza en sí misma— y la mirada perdida. Happy, su compañero felino azul, flotaba a su lado, mordisqueando un pescado con una preocupación apenas disimulada.
—¿Natsu? ¿No tienes hambre? —preguntó el Exceed, con la boca llena—. Es raro que dejes que tu comida se enfríe. Bueno, el agua no se enfría, pero… ya me entiendes.
Natsu no respondió. Sus ojos oscuros estaban fijos al otro lado del salón, donde un trío de hermanos de cabello blanco compartía una conversación tranquila. Mirajane sonreía con su habitual dulzura, mientras que Elfman gesticulaba ampliamente, probablemente hablando de lo que significaba ser un "hombre de verdad". Y entre ellos estaba ella. Lisanna.
Su cabello corto y blanco como la nieve enmarcaba un rostro que él conocía mejor que el suyo propio. Sus ojos azules, que antes siempre parecían buscar los suyos a través de la multitud, ahora estaban fijos en sus hermanos. Se reía de algo que Elfman decía, una risa suave y melodiosa que, en lugar de traerle alegría, le clavaba una extraña espina en el pecho.
*¿Qué pasó?*
La pregunta retumbó en su mente, no como un pensamiento casual, sino como un rugido de dragón. No era una pregunta nueva. Llevaba meses, quizás más de un año, acechándolo en los momentos de calma, una sombra persistente que su naturaleza impulsiva solía ignorar. Pero ya no podía. La sombra se había vuelto demasiado grande, demasiado oscura.
*¿Qué demonios nos pasó?*
Los recuerdos llegaron como una llamarada, vívidos y ardientes. Se vio a sí mismo de niño, un mocoso con el pelo rosa y una sonrisa llena de colmillos, de pie junto a una niña de ojos azules brillantes. Juntos, encontraron un huevo. Un huevo gigante que todos pensaban que era de dragón. Su huevo.
*«Construyamos una casa para él, Natsu. ¡Como una familia de verdad!»*, había dicho ella, con las mejillas sonrosadas por la emoción.
Y lo hicieron. Con madera encontrada y martillazos torpes, levantaron una pequeña cabaña en las afueras de Magnolia. Era su secreto, su refugio. Allí, cuidaron el huevo. Lo mantuvieron caliente, lo protegieron de la lluvia, hablaron con él. Natsu recordaba el calor de estar acurrucado junto a ella bajo una manta, con el huevo entre los dos, sintiendo que nada en el mundo podía tocarlos.
*«Cuando crezcamos, ¿puedo ser tu esposa, Natsu?»*
La pregunta había sido tan casual, tan inocente. Él, sin entender del todo lo que significaba, había sonreído y asentido con fervor. ¡Claro que sí! ¿Por qué no? Eran Natsu y Lisanna. Siempre estarían juntos. Era tan obvio como que el fuego era caliente y el cielo era azul. Cuando el huevo finalmente eclosionó y de él salió un gato azul con alas, su pequeña familia se completó. Happy. Su hijo.
El recuerdo se agrió, la llama vaciló. La misión. La bestia. El grito de Elfman. Y luego… silencio. La noticia de su muerte lo había destrozado. Fue como si el sol se hubiera apagado en su mundo. Una parte de él, esa parte cálida y segura que ella había construido, se había derrumbado en cenizas frías.
Pero entonces, Edolas. El milagro. El reencuentro.
Natsu apretó los puños sobre la mesa, haciendo que la madera crujiera bajo la presión. Recordaba esa alegría, una euforia tan intensa que pensó que su corazón iba a estallar. ¡Estaba viva! ¡Lisanna estaba de vuelta! La había abrazado con todas sus fuerzas, inhalando su aroma, asegurándose de que era real, de que no era un sueño cruel. Por un momento, creyó que todo volvería a ser como antes.
Pero no fue así.
Al principio, fue sutil. Había pasado el tiempo. Él tenía un nuevo equipo. Tenía a Lucy. Tenía aventuras y batallas que ella no había compartido. Ella, por su parte, intentaba ponerse al día, reconectar con un mundo que había seguido girando sin ella. Hablaban, sí. Se saludaban. A veces compartían una comida en el gremio. Pero la conexión… la conexión fácil e instintiva que habían compartido, se había desvanecido.
Ahora, apenas hablaban.
Sus conversaciones eran breves, superficiales. Un "¿cómo estás?", un "buena suerte en tu misión". Y luego, un silencio incómodo que ninguno de los dos sabía cómo llenar. Él la veía reír con Mira y Elfman, y ella lo veía a él discutir con Gray o planear alguna locura con Lucy. Estaban en la misma habitación, en el mismo gremio, pero un abismo invisible los separaba.
Natsu no era la persona más lista del mundo. De hecho, la mayoría lo consideraría un completo idiota en todo lo que no implicara pelear o comer. Gray se lo recordaba a diario. Pero hasta él podía ver esto. Hasta él podía sentir el frío donde antes había habido calor. Y lo odiaba. Odiaba esa distancia, odiaba no entender por qué existía y, sobre todo, se odiaba a sí mismo por haberla dejado crecer tanto.
*«A veces, Natsu, no puedes solucionar las cosas a golpes. Tienes que hablar. Decir lo que sientes, aunque sea difícil»*.
Las palabras de Lucy resonaron en su cabeza. Ella se lo había dicho después de una de sus habituales y monumentales discusiones con Gray. Él había querido simplemente darle un puñetazo y terminar con el asunto, pero Lucy lo había detenido. Lo había sentado y le había hecho hablar. Y, para su sorpresa, había funcionado.
Hablar.
La idea era extraña, casi ajena a su naturaleza. Sus instintos le gritaban que hiciera algo, que rompiera algo, que prendiera fuego a la frustración. Pero el fuego no arreglaría esto. Necesitaba palabras.
Se acabó.
La decisión se solidificó en su interior, no como una idea, sino como un juramento de fuego. No iba a aceptar esta estupidez. No iba a dejar que la chica de su infancia, la que había prometido ser su esposa, la que había vuelto de entre los muertos, se convirtiera en una extraña más en el gremio. Que se joda lo demás. Que se jodan las misiones, las peleas, el orgullo. Ella era su máxima importancia ahora. Y se lo iba a demostrar.
Con un movimiento brusco, Natsu se puso de pie, derribando su silla en el proceso. El estruendo atrajo varias miradas, incluida la de Lisanna. Por un instante, sus ojos azules se encontraron con los suyos, y en ellos vio una mezcla de sorpresa y algo más… ¿tristeza?
—¡Natsu, me asustaste! —chilló Happy, casi dejando caer su pescado.
Pero Natsu ya no lo escuchaba. Su mundo se había reducido a un único objetivo. Con la determinación de un dragón en busca de su tesoro, comenzó a caminar a través del gremio, sin desviarse, sin dudar. La multitud se apartó instintivamente, sintiendo la intensidad que emanaba de él.
Llegó a la mesa de los Strauss. Mirajane levantó una ceja, una sonrisa juguetona formándose en sus labios. Elfman lo miró, confundido. Lisanna se tensó, sus manos apretando el borde de la mesa.
—Lisanna —su voz salió más grave de lo normal, un gruñido contenido—. Tenemos que hablar. Afuera. Ahora.
El silencio se apoderó de su pequeña burbuja. Lisanna parpadeó, sin saber qué decir.
—Oh —fue todo lo que logró articular.
Mirajane le dio un suave codazo a su hermana. —Ve, Lisanna. Parece importante.
Elfman asintió con la cabeza, cruzando sus musculosos brazos. —¡Un hombre de verdad enfrenta sus problemas de frente! ¡Ve a hablar como un hombre, Natsu!
Natsu ignoró a Elfman. Su mirada no se apartó de Lisanna. Esperó, el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. Por un segundo aterrador, pensó que ella se negaría. Pero entonces, ella asintió lentamente, una expresión de nerviosismo y resolución en su rostro.
—De acuerdo —dijo en voz baja.
Se levantó y lo siguió sin decir una palabra más. Salieron del gremio, dejando atrás el calor y el ruido. El aire fresco de la tarde de Magnolia los recibió. Natsu no se detuvo. Siguió caminando, dirigiéndose instintivamente hacia el río que serpenteaba a través de la ciudad, hacia las orillas cubiertas de hierba donde solían jugar cuando eran niños.
Encontraron un lugar apartado, bajo la sombra de un gran sauce llorón cuyas ramas caían como una cortina verde, ofreciéndoles privacidad. El único sonido era el suave murmullo del agua y el canto de los pájaros.
Lisanna se detuvo, abrazándose a sí misma como si de repente sintiera frío. Natsu se giró para mirarla. Y entonces, el pánico lo golpeó.
Bien, ya estaban allí. ¿Y ahora qué? Su plan solo había llegado hasta ese punto. *«Di lo que sientes»*, le había dicho Lucy. ¿Qué sentía él? Sentía rabia. Sentía confusión. Sentía… un dolor sordo en el pecho cada vez que la veía sonreír a otra persona.
Respiró hondo, tratando de ordenar el caos en su cabeza. El olor a hierba y río le trajo más recuerdos. El día que intentó enseñarle a pescar usando su fuego para asar el pez directamente en el anzuelo. El día que ella le hizo una corona de flores y él se quejó de que no era "varonil", pero la usó todo el día.
—¿Por qué? —soltó finalmente, la palabra áspera y directa.
Lisanna lo miró, confundida. —¿Por qué qué, Natsu?
—¿Por qué ya no hablamos? —preguntó, su frustración filtrándose en su voz—. ¿Qué pasó con nosotros, Lisanna? Cuando volviste de Edolas… yo estaba tan feliz. Pensé… pensé que todo sería como antes. Pero no lo es. Apenas nos miramos. ¿Hice algo mal? ¿Dije algo? ¡Solo dímelo y lo arreglaré!
La avalancha de preguntas la tomó por sorpresa. Vio cómo sus ojos azules se abrían de par en par, y luego, cómo se llenaban de una tristeza que lo golpeó más fuerte que cualquier puñetazo de Gajeel.
—No, Natsu, no hiciste nada malo —dijo ella, su voz temblorosa—. Nunca harías nada para lastimarme a propósito. Yo… yo soy la culpable.
—¡Eso es mentira! —replicó él, dando un paso hacia ella—. ¡Tú no eres culpable de nada!
—Sí lo soy —insistió, bajando la mirada hacia la hierba—. Cuando volví… todo era diferente. Y era normal, ¿sabes? Habían pasado dos años. El gremio había cambiado. La gente había cambiado. Tú… habías cambiado.
Hizo una pausa, luchando por encontrar las palabras. Natsu permaneció en silencio, obligándose a escuchar, a no interrumpir, por mucho que quisiera gritar que él no había cambiado.
—Vi lo unido que estabas a tu nuevo equipo —continuó ella—. A Erza, a Gray… y a Lucy. Vi el vínculo que tenías con ella. Es tu nueva mejor amiga, tu compañera. Pasan todo el tiempo juntos. Van a misiones juntos, se meten en problemas juntos… viven uno al lado del otro. Y me di cuenta… de que yo ya no tenía un lugar a tu lado.
—¡Eso es la mayor estupidez que he oído nunca! —explotó Natsu, incapaz de contenerse más. El suelo a sus pies pareció calentarse—. ¡Tu lugar está a mi lado! ¡Siempre ha estado ahí! ¡Eres Lisanna! ¡Tú, yo y Happy! ¡Somos una familia! ¿Lo has olvidado?
—¡No, no lo he olvidado! —replicó ella, levantando la vista, y ahora él podía ver las lágrimas brillando en sus ojos—. ¡Pero tú ya tenías una nueva familia, Natsu! Yo era… un fantasma. Un recuerdo que de repente se hizo real. Vi lo feliz que eras, lo fuerte que te habías vuelto. No quería… no quería entrometerme. No quería ser una carga o hacer las cosas incómodas para ti o para Lucy. Así que di un paso atrás. Pensé que si querías que me acercara, lo harías. Pero no lo hiciste. Simplemente… seguiste adelante.
Cada palabra era un golpe. Un fantasma. Una carga. ¿Ella pensaba eso? ¿Que él la veía así? La ira que sentía antes se transformó en un dolor agudo y punzante. Dolor por ella, por haberla hecho sentir así. Dolor por sí mismo, por su propia y monumental estupidez.
Era un idiota. Un completo y absoluto idiota.
Ella había retrocedido por miedo a interponerse, esperando una señal de él. Y él, en su ceguera, en su incapacidad para ver más allá de la próxima pelea o la próxima comida, no le había dado ninguna señal. Había asumido que todo estaba bien, que su conexión era tan fuerte que sobreviviría a cualquier cosa sin necesidad de mantenimiento. Había dado por sentada su presencia, su amor.
—Yo… —comenzó, pero su voz se quebró. Se sentía como si hubiera tragado brasas—. Yo no seguí adelante, Lisanna. Nunca lo hice. Cuando creí que habías muerto… fue el peor día de mi vida. Y cuando volviste… fue el mejor. No eres un fantasma. Eres… eres tú. Eres la persona más importante.
Se acercó más, hasta que solo unos centímetros los separaron. Podía ver el reflejo del cielo en sus ojos llorosos.
—Lucy es mi amiga. Mi mejor amiga, sí. Es parte de mi familia, como Gray y Erza. Pero tú… tú eres diferente —dijo, su voz bajando a un susurro ronco—. Tú eres… Lisanna. La que construyó una casa conmigo. La que cuidó de Happy conmigo.
Extendió la mano, sus dedos temblando ligeramente, y con una delicadeza que rara vez mostraba, apartó un mechón de pelo blanco de su mejilla húmeda. Su piel era tan suave como la recordaba.
—Recuerdo todo —continuó, su mirada intensa—. Recuerdo la promesa.
Los ojos de Lisanna se abrieron aún más. Un sollozo ahogado escapó de sus labios.
—Cuando volvimos de Edolas, en el bosque… —la voz de Natsu era apenas audible, cargada de una emoción que rara vez dejaba salir—. Me preguntaste si todavía querías que fuera tu esposa.
Lisanna asintió, incapaz de hablar, las lágrimas ahora cayendo libremente por sus mejillas.
—No respondí entonces —admitió él, y la culpa lo consumió—. Fui un idiota. Estaba tan abrumado, tan feliz de que estuvieras viva, que mi cerebro simplemente… se apagó. Pero la respuesta siempre ha sido sí, Lisanna. Siempre.
Ella lo miró, una mezcla de esperanza y dolor en su rostro. —¿De verdad…? ¿Después de todo este tiempo? ¿Después de todo lo que ha pasado?
—El tiempo no importa —declaró Natsu con una certeza absoluta—. Lo que siento por ti… no ha cambiado. Solo soy demasiado estúpido para demostrarlo. Lo siento. Siento haberte hecho sentir que no tenías un lugar. Tu lugar está aquí. —Se llevó la mano al pecho, justo sobre su corazón—. Siempre ha estado aquí.
Verla llorar le rompía algo por dentro. Quería detener sus lágrimas, borrar toda la tristeza que él, por su propia negligencia, había causado. Y en su mente simple y directa, solo había una forma de hacerlo. Una forma de sellar sus palabras, de hacerle entender sin lugar a dudas que hablaba en serio. De volver a como eran antes.
Había llegado el momento del último paso de su plan. El beso.
Sin más vacilaciones, sin más palabras, Natsu acortó la mínima distancia que quedaba entre ellos. Sus manos se movieron para acunar su rostro, sus pulgares limpiando suavemente las lágrimas de sus mejillas. Lisanna contuvo el aliento, sus ojos azules fijos en los suyos, buscando, esperando.
Y entonces, la besó.
No fue un beso tierno ni tentativo. Fue un beso de Natsu. Fue directo, apasionado y un poco torpe, como si toda la frustración, el anhelo y el amor no expresado de los últimos años se hubieran acumulado y ahora estallaran en un solo gesto. Era fuego y certeza, una promesa renovada en el lenguaje que mejor entendía: la acción.
Al principio, Lisanna se quedó rígida por la sorpresa. Pero solo fue un instante. Luego, se derritió contra él. Sus manos, que habían estado inertes a sus costados, subieron para aferrarse a su chaleco. Respondió a su beso con la misma desesperación, con la misma necesidad. Era un beso que hablaba de años de espera, de malentendidos dolorosos y de un amor infantil que había sobrevivido a la muerte y al tiempo para florecer en algo más profundo, más real.
Para Natsu, era como volver a casa después de un largo y agotador viaje. El frío que se había instalado en su pecho se disolvió en un calor abrasador, el calor de sus propias llamas, el calor de ella. El abismo que los había separado se evaporó, consumido por el fuego de ese único contacto. Todo lo demás desapareció: el gremio, las misiones, el pasado doloroso. Solo existían ellos dos, bajo el sauce llorón, junto al río de su infancia.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento. Apoyaron sus frentes una contra la otra, compartiendo el mismo aire. Natsu mantuvo sus manos en el rostro de ella, sin querer soltarla, temiendo que si lo hacía, ella podría desvanecerse de nuevo.
—Natsu… —susurró ella, su voz ronca por la emoción.
Él no respondió con palabras. Simplemente la miró, y en sus ojos oscuros, ella ya no vio la confusión o la frustración, sino una devoción pura y ardiente. Una promesa silenciosa de que nunca más la dejaría dudar de su lugar en su vida.
La conversación había terminado. El muro había caído.
De repente, un pequeño aleteo rompió el silencio cargado de emoción.
—¡Se quieeeeren! —canturreó una vocecita familiar.
Happy flotaba a pocos metros de ellos, con las patitas juntas y una sonrisa de oreja a oreja en su rostro felino.
Lisanna soltó una risa acuosa, una mezcla de vergüenza y felicidad pura. Se separó un poco de Natsu, aunque no del todo, y miró a su "hijo".
Natsu se giró hacia el Exceed, una enorme sonrisa, la de verdad, la sonrisa de Natsu, extendiéndose por su rostro.
—¡Claro que sí, Happy! —declaró, pasando un brazo por los hombros de Lisanna y atrayéndola firmemente hacia su costado. Ella se apoyó en él sin dudarlo, encajando perfectamente, como si esa siempre hubiera sido su forma—. Es mi Lisanna.
Lisanna levantó la vista hacia él, sus ojos azules brillando con una luz que él no había visto en mucho, mucho tiempo. Era la luz de la promesa, la luz del hogar. Y Natsu supo, con una certeza que le calentó hasta los huesos, que esta vez no la dejaría apagarse. El eco de su promesa de la infancia finalmente había encontrado su voz de nuevo, y sonaba más fuerte que nunca.
