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Fandom: Baffy looney tunes

Creado: 26/5/2026

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El rastro de pólvora y zanahorias

La Academia Acme no era simplemente una escuela secundaria; era un ecosistema donde la jerarquía se dictaba por el carisma, el linaje y, en el caso de Bugs Bunny, por una autoridad silenciosa que rozaba lo peligroso. Bugs no solo era el capitán del equipo de béisbol y el estudiante con el promedio más alto sin siquiera esforzarse; era, para quienes sabían mirar detrás de su sonrisa relajada y su masticar constante de zanahorias, el heredero de un imperio que controlaba los hilos de la ciudad mucho más allá de las puertas del campus.

Y luego estaba Lucas. El Pato Lucas.

Lucas era un desastre de plumas negras, una verborrea incesante y una mochila llena de libros de física cuántica y cómics de serie B que nadie más leía. Era el "nerd" oficial, el marginado que tropezaba con sus propios pies y que siempre tenía una queja sobre la injusticia del sistema escolar. Pero Lucas tenía algo que nadie más poseía: un hilo invisible que lo unía al conejo más poderoso de la institución desde que ambos tenían uso de razón.

Esa mañana, el pasillo principal estaba abarrotado. Bugs estaba apoyado contra su casillero, luciendo su chaqueta universitaria con una elegancia que hacía que el resto de los estudiantes parecieran dibujos a medio terminar. A su lado, Porky intentaba explicarle algo sobre el presupuesto del baile de graduación, pero Bugs no escuchaba. Sus ojos, astutos y semicerrados, estaban fijos en la entrada.

—¿B-B-Bugs? ¿Me estás oyendo? —preguntó Porky, ajustándose las gafas.

—Claro, Porky, claro... —respondió Bugs, aunque su tono era distraído. Su mandíbula se tensó de repente—. ¿Quién es ese?

Porky siguió la mirada del conejo. Cerca de la entrada, Lucas estaba siendo acorralado por Casimiro, un perro enorme y con pocas luces del equipo de fútbol. Casimiro le había quitado a Lucas su cuaderno de notas y lo sostenía en alto, burlándose de las anotaciones marginales.

—¡Devuélveme eso, pedazo de alcornoque! —gritaba Lucas, saltando sin éxito—. ¡Esa es mi tesis sobre la propulsión a chorro aplicada a los carritos de helados! ¡Es propiedad intelectual!

Bugs no esperó a que la situación escalara. Se separó del casillero con una fluidez depredadora. No corría; caminaba con la confianza de quien sabe que el mundo se detiene cuando él se mueve.

—¿Hay algún problema aquí, muchachos? —La voz de Bugs era suave, casi musical, pero tenía el filo de una navaja recién afilada.

Casimiro se congeló. Lucas, al ver a Bugs, infló el pecho, pasando instantáneamente del miedo a una arrogancia injustificada.

—¡Bugs! ¡Dile a este neandertal que mis derechos civiles están siendo pisoteados! —exclamó Lucas, cruzándose de brazos y frunciendo el pico.

Bugs ignoró a Lucas por un segundo, fijando su mirada en Casimiro. El perro sintió un sudor frío recorrerle la nuca. Sabía que Bugs no era solo "el chico popular". Había rumores sobre su familia, sobre almacenes nocturnos y cargamentos que nunca llegaban a la aduana oficial. Pero más que eso, era la mirada de Bugs: una posesividad oscura que reclamaba al pato como algo de su absoluta propiedad.

—Dale el cuaderno, Casimiro —ordenó Bugs. No fue una petición.

—Solo... solo estábamos bromeando, Bunny —balbuceó el perro, entregando el objeto como si quemara.

—Las bromas con Lucas solo me pertenecen a mí —dijo Bugs, dando un paso adelante, invadiendo el espacio personal del otro—. ¿Entendido? Si vuelves a tocarlo, o incluso si respiras en su dirección sin mi permiso escrito y notariado, vamos a tener una charla muy larga en el muelle. Y créeme, no te va a gustar el paisaje.

Casimiro salió huyendo sin mirar atrás. Lucas soltó un suspiro de suficiencia y se sacudió el polvo imaginario de sus hombros.

—Ya era hora de que llegaras, Bugs. Estaba a punto de usar mi técnica secreta de karate... —Lucas empezó a gesticular de forma errática en el aire—. ¡Hiaaa! ¡Zas! Lo habría dejado pidiendo clemencia.

Bugs sonrió, pero no era la sonrisa que le daba a los profesores. Era una sonrisa privada, cargada de una obsesión que se remontaba a sus días de juegos en la caja de arena, cuando Bugs ya le disparaba a cualquiera que intentara quitarle el juguete a Lucas.

—Claro que sí, Lucas. Eres un arma letal —dijo Bugs, rodeando el cuello del pato con su brazo y atrayéndolo hacia sí con una fuerza que no admitía réplica—. Pero por ahora, vamos a clase. No quiero que te pierdas por el camino. Hay muchos peligros ahí fuera.

—¡Puedo cuidarme solo! —protestó Lucas, aunque no hizo ningún intento por soltarse. Se sentía extrañamente seguro bajo el brazo del conejo—. Por cierto, ¿por qué hueles a pólvora y a colonia cara?

—Cosas de familia, Lucas. Negocios aburridos —respondió Bugs, guiñándolo un ojo a un grupo de estudiantes que los miraba con asombro y temor.

Caminaron por el pasillo como una pareja extraña: el rey de la escuela y su bufón personal, aunque para Bugs, Lucas era mucho más que eso. Era su ancla, su trofeo y, en el fondo de su mente retorcida por el legado de la mafia Bunny, su futuro esposo, quisiera el pato o no.

Al llegar al salón de clases, Bugs se sentó en la última fila, obligando a Lucas a sentarse en el pupitre de al lado, desplazando a una chica que ya se había instalado allí con solo una mirada gélida.

—Bugs, esto es acoso escolar —susurró Lucas, abriendo su cuaderno—. Me estás quitando mi autonomía individual. Me siento como un canario en una jaula de oro.

—Si la jaula es de oro y la llave la tengo yo, ¿de qué te quejas? —Bugs sacó una zanahoria de su chaqueta y le dio un mordisco ruidoso—. Además, recuerda lo que dice el contrato que firmamos a los seis años.

—¡Ese contrato fue bajo coacción! —replicó Lucas, indignado—. ¡Me ofreciste un helado de dos bolas a cambio de mi alma y mi lealtad eterna! ¡Tenía hambre!

—Un
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