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Xylos-4 y Yvos-9

Fandom: Xylos-4

Creado: 26/5/2026

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RomanceCiencia FicciónBiopunkHistoria DomésticaEstudio de PersonajeLenguaje Explícito
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Sincronía Térmica

El aire en la habitación de Kazuke estaba cargado, denso y teñido de un aroma a tierra húmeda y vegetación que siempre acompañaba al chico de Yvos-9. Para cualquier otro habitante de Xylos-4, la temperatura ambiente resultaría sofocante, casi febril, pero para "Menta", era apenas el mínimo necesario para no sentir que sus extremidades se entumecían.

Kasuto estaba sentado en el borde de la cama, observando a Kazuke con esa mirada analítica que solía poner cuando estudiaba una nueva especie de planta, pero esta vez, el brillo en sus ojos castaños era distinto. No era curiosidad científica; era una intensidad contenida, una devoción silenciosa que solo reservaba para él.

—Estás temblando un poco —observó Kasuto, extendiendo una mano para acariciar la mejilla verde brillante de Kazuke.

—Es la anticipación, idiota —replicó Kazuke con una sonrisa burlona, aunque sus antenas, vibrando frenéticamente, lo delataban—. Además, tu piel siempre está tan caliente... es difícil no buscarla.

Kazuke se acercó, reduciendo el espacio hasta que sus respiraciones se mezclaron. Kasuto era como un radiador natural para él; su biología de Xylos-4 generaba un calor corporal interno tan potente que, en contacto con la piel de Kazuke, se sentía como el sol de mediodía en su planeta natal. El primer beso fue lento, casi experimental, un roce de labios que rápidamente se transformó en algo más profundo. Las manos de Kasuto bajaron a la cintura de Kazuke, tirando de la sudadera holgada que el chico siempre usaba para retener el calor.

Cuando la ropa finalmente escaseó, el contraste entre ambos fue evidente. Kazuke era alto, de extremidades largas y una complexión delgada pero fibrosa, con una piel de un verde vibrante que parecía brillar bajo la luz tenue. Kasuto, un poco más bajo pero con hombros más anchos y un torso atlético en forma de triángulo invertido, poseía una piel de un verde más pálido, casi pastel.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó Kasuto en un susurro, su voz cargada de una inusual ronquera—. Si te sientes incómodo, o si el frío te afecta...

—Cállate y no te detengas —lo interrumpió Kazuke, rodeando el cuello de Kasuto con sus brazos—. Eres lo único que me mantiene caliente ahora mismo. No te atrevas a alejarte.

Kasuto lo guio suavemente hacia atrás hasta que la espalda de Kazuke tocó las sábanas. Se posicionó entre sus piernas, moviéndose con una lentitud deliberada. Quería memorizar cada reacción, cada espasmo de las antenas de Kazuke. Optaron por el misionero para empezar; Kasuto necesitaba ver el rostro de su pareja, necesitaba confirmar que estaba bien.

Al principio, los movimientos de Kasuto fueron cautelosos, casi excesivamente cuidadosos. Pero a medida que Kazuke comenzó a arquear la espalda, buscando más contacto, la profundidad de las embestidas aumentó.

—Ah... Kass... —El nombre salió de la garganta de Kazuke con una ronquera que sorprendió a ambos.

Kazuke sintió que su mente se nublaba. Cada vez que Kasuto empujaba, golpeando con precisión ese punto interno que lo hacía ver estrellas, una descarga eléctrica recorría su columna vertebral. Sus antenas se curvaron hacia atrás, totalmente rígidas por el placer. No era solo el roce físico; era la temperatura de Kasuto, ese calor abrasador que emanaba de su cuerpo y que parecía derretir la última pizca de reserva antisocial de Kazuke.

—Te tengo —susurró Kasuto cerca de su oído, aumentando el ritmo—. No voy a dejar que te enfríes.

El ritmo se volvió más constante, más brutal en su honestidad. Kazuke se retorcía bajo él, sus dedos clavándose en los hombros de Kasuto mientras su voz se quebraba en gemidos que llenaban la habitación. Kasuto, fiel a su naturaleza observadora, notó cómo el color verde de las mejillas de Kazuke se oscurecía por el flujo sanguíneo. La resistencia de Kasuto era mayor, su biología estaba diseñada para durar, para persistir, y ver a Kazuke desmoronarse bajo su tacto lo llenaba de una satisfacción posesiva. Kazuke llegó al clímax primero, con un grito ahogado y el cuerpo tenso como una cuerda de violín, seguido poco después por Kasuto, quien se desplomó sobre él, respirando con dificultad.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el silencio compartido que ambos tanto amaban, roto solo por el sonido sincronizado de sus corazones.

—Eso fue... —Kazuke intentó buscar una palabra, pero su cerebro aún se sentía como puré de frutas—... instructivo.

Kasuto soltó una risa suave, besando la punta de una de las antenas sensibles de Kazuke.

—Solo estamos empezando, Menta.

No pasó mucho tiempo antes de que el deseo volviera a encenderse. Esta vez, Kasuto instó a Kazuke a ponerse en cuatro, apoyando el pecho contra el colchón y elevando ligeramente las caderas. Desde esta posición, Kazuke se sentía vulnerable, pero la presencia de Kasuto detrás de él era un ancla de seguridad.

Cuando Kasuto volvió a entrar, el ángulo era distinto, mucho más profundo. Kazuke sintió que cada embestida lo vaciaba y lo llenaba al mismo tiempo. Sus manos se aferraron a las sábanas, arrugándolas, mientras Kasuto lo sujetaba por la cintura con firmeza.

—Kass, espera... es demasiado —jadeó Kazuke, aunque su cuerpo decía lo contrario, empujando hacia atrás para buscar más.

—Sé que te gusta —respondió Kasuto con ese tono sarcástico que usaba para ocultar su propia intensidad—. Puedo sentir cómo tiemblas.

Kasuto no se detuvo. Su resistencia era legendaria, y aunque Kazuke volvió a alcanzar el límite rápidamente por la sobreestimulación, Kasuto continuó, llevándolo a un estado de trance donde solo existía el calor y el ritmo constante. La mente de Kazuke era un caos de sensaciones; se sentía como si estuviera de vuelta en Yvos-9, bajo el sol más inclemente, pero sin el sofoco, solo con la gloria del calor puro.

Cuando finalmente terminaron la segunda ronda, ambos quedaron exhaustos. Kasuto se acostó al lado de Kazuke, envolviéndolo en un abrazo protector. Sabía que después de tal esfuerzo, la temperatura de Kazuke bajaría drásticamente, y no pensaba dejarlo solo.

—Eres un aprovechado —murmuró Kazuke, aunque se pegó a Kasuto como un cactus a la poca humedad del desierto.

—Y tú eres un pésimo mentiroso —replicó Kasuto, comenzando a mover su mano con lentitud entre las piernas de Kazuke—. Todavía estás sensible. Déjame ver qué más puedo descubrir.

Con paciencia y una curiosidad casi científica, Kasuto comenzó a masturbar a Kazuke, prestando atención a cada pequeño detalle. Observó cómo su respiración se cortaba cuando presionaba en la base, o cómo sus antenas se entrelazaban cuando usaba un ritmo más rápido. Era un estudio de placer puro. Kazuke, por su parte, se dejó llevar, disfrutando de la atención meticulosa de su pareja.

Finalmente, el agotamiento real los alcanzó. La habitación estaba en silencio, la luz de los soles de Xylos-4 filtrándose débilmente por las cortinas.

—Kass —dijo Kazuke después de un largo rato, con la voz suave y vulnerable.

—¿Dime?

—Se siente... extraño. Tenerte dentro. No es solo el sexo. Es como si, por un momento, mi cuerpo dejara de luchar contra el frío de este planeta. Como si tu calor se volviera mío. Es una presión constante, un peso que me hace sentir que no voy a salir flotando. Me siento... sólido.

Kasuto lo apretó más fuerte contra su pecho.

—Eres sólido, Kazuke. Y eres mío. No importa cuántos grados bajo cero haga afuera, aquí siempre va a ser Yvos-9 si eso es lo que necesitas.

Kazuke cerró los ojos, sintiendo el latido constante de Kasuto contra su espalda. Detalló en su mente cada sensación: la firmeza de los músculos de Kasuto, la forma en que sus cuerpos encajaban a pesar de sus diferencias biológicas, y sobre todo, esa adictiva sensación de pertenencia. Habían abierto una puerta que no planeaban cerrar nunca.

—Mañana... —comenzó Kazuke, con el sueño ganándole la partida—... mañana quiero que me enseñes más de esos "protocolos" tuyos.

Kasuto sonrió en la oscuridad, besando el hombro de su pareja.

—Cuenta con ello, Menta. Duerme ahora.

En la calidez de la cama, rodeados de libros de botánica y el silencio de la noche, los dos Veldes encontraron su propio equilibrio térmico, un refugio perfecto donde el frío de Xylos-4 no podía alcanzarlos.
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