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Mi Emperador

Fandom: Blue Lock

Creado: 26/5/2026

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DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoEstudio de PersonajeRomanceArregloAmbientación Canon
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Cenizas de un Trono de Cristal

El silencio en los vestuarios del Bastard München tras la derrota contra el PXG no era un silencio de respeto, ni siquiera de duelo. Era un silencio de vacío. El aire pesaba, cargado con el olor a sudor, césped cortado y el amargo sabor del fin de una era. Michael Kaiser, el "Emperador", el hombre que portaba el dorsal 10 con la soberbia de un dios antiguo, estaba sentado en el banco, con la espalda encorvada y la mirada perdida en el suelo de baldosas blancas.

Sus manos, aquellas que lucían el tatuaje de rosas y espinas que trepaba por su brazo como una advertencia, temblaban imperceptiblemente. La corona en el dorso de su mano, con su cerradura de ojo y sus tres estrellas, parecía burlarse de él. Ya no era un rey. El mundo de Blue Lock, ese ecosistema salvaje de egoísmo y voracidad, lo había devorado. Isagi Yoichi lo había superado, el PXG lo había humillado, y sus propios compañeros... lo habían ignorado.

Kaiser sintió un nudo en la garganta que no lograba tragar. Era arrepentimiento. Un sentimiento humano, demasiado humano para alguien que se había esforzado tanto en ser una máquina de perfección y desprecio.

—Se han ido todos —una voz suave, casi un susurro roto, rompió la estática del ambiente.

Kaiser no levantó la vista. Sabía quién era. Solo había una persona capaz de quedarse a su lado cuando el barco se hundía, incluso después de haber sido tratado peor que a la basura.

—¿Por qué sigues aquí, Ness? —preguntó Kaiser. Su voz no tenía la autoridad de antes; sonaba áspera, despojada de su brillo metálico.

Alexis Ness dio un paso al frente. Su cabello magenta, usualmente impecable, estaba revuelto, y su rostro pálido mostraba las marcas del agotamiento físico y emocional. Ya no sonreía. Esa sonrisa forzada y servil que siempre llevaba como una máscara se había quebrado durante el partido, dejando ver la desesperación que latía debajo.

—Porque soy tu mediocampista —respondió Ness, acercándose un poco más—. Porque te prometí que te haría el mejor del mundo.

Kaiser soltó una carcajada seca, carente de humor, que terminó en un suspiro pesado.

—Mírate, Ness. Mírame a mí. No hay mejor del mundo. Solo hay un trono roto y un montón de idiotas que ya no creen en el sistema del Bastard München. El mundo se olvidó de mí en noventa minutos.

—Yo no —insistió Ness. Sus ojos magenta brillaron con una intensidad que rozaba la locura, pero también con una devoción que Kaiser ya no sabía cómo procesar—. Michael, podemos volver a empezar. El próximo equipo, la próxima liga... Yo haré que tus jugadas sean perfectas otra vez. Solo dime qué necesitas.

Kaiser finalmente levantó la cabeza. Observó a Ness, realmente lo observó. Vio las ojeras bajo sus ojos, la forma en que sus dedos se retorcían con ansiedad. Recordó cómo lo había humillado en los entrenamientos, cómo le había gritado que era un inútil si no le servía el balón exactamente donde él quería, cómo lo había despreciado por ser "solo su sombra".

—Basta, Ness —dijo Kaiser, poniéndose de pie con dificultad. Se acercó al joven de cabello magenta, acortando la distancia hasta que pudo ver su propio reflejo en las pupilas del otro—. Deja de actuar como un perro fiel. Ya no hay imperio que proteger.

Ness retrocedió un paso, como si las palabras fueran golpes físicos.

—¿Qué estás diciendo? No... no digas eso. Tú eres Michael Kaiser. El que hace posible lo imposible. El que tiene el Kaiser Impact. Sin ti, el fútbol no tiene sentido para mí.

—Ese es el problema —Kaiser extendió su mano derecha, la que no tenía el tatuaje, y la posó con una extraña suavidad en el hombro de Ness—. Has vivido tanto tiempo a través de mí que te has olvidado de quién eres tú. Y yo... yo he vivido tanto tiempo creyéndome un dios que me olvidé de que necesitaba a alguien.

Ness se quedó paralizado. El contacto físico no era algo común entre ellos, a menos que fuera Kaiser usándolo para empujarlo o para marcar territorio. Esta calidez era nueva. Era aterradora.

—Te traté como a un bufón —continuó Kaiser, bajando la vista hacia el tatuaje de su brazo izquierdo—. Te usé para llenar mi propio vacío, para sentirme superior mientras el mundo me presionaba. Y tú, idiota... tú te quedaste. Incluso cuando te llamé basura, incluso cuando te aparté de mis jugadas para intentar demostrar algo que ya no tenía.

—No me importaba —susurró Ness, sintiendo que las lágrimas empezaban a agolparse en sus ojos—. Si era por ti, no me importaba ser nada.

—Pues a mí sí me importa ahora —Kaiser apretó el agarre en su hombro, obligándolo a mirarlo a los ojos—. Me arrepiento de cada vez que te hice sentir pequeño para yo sentirme grande. No necesito un bufón, Ness. No necesito un esclavo que me adore.

Ness sollozó, un sonido pequeño y ahogado que resonó en las paredes del vestuario.

—Entonces, ¿qué quieres? Si no soy tu sirviente, ¿qué soy? Me vas a dejar, ¿verdad? Como todos los demás. Ahora que Isagi ganó...

—Isagi no ha ganado nada que me importe ahora mismo —lo interrumpió Kaiser con una firmeza que no venía de la arrogancia, sino de una resolución nueva—. No te voy a dejar. Eres mi chico de oro, ¿recuerdas? Pero ya no quiero que seas el mediocampista de "Kaiser el Emperador".

Ness parpadeó, confundido, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.

—¿Entonces?

Kaiser suspiró y, por primera vez en mucho tiempo, su rostro se relajó. El delineador rojo realzaba una mirada que ya no buscaba dominar, sino conectar.

—Quiero que seamos Michael y Alexis. Solo dos humanos que juegan al fútbol. Sin coronas, sin jerarquías absurdas. Solo nosotros.

Ness se quedó en silencio durante lo que pareció una eternidad. El peso de la obsesión, de esa lealtad casi enfermiza que lo había definido desde que conoció a Kaiser, empezó a transformarse. No desapareció, pero cambió de forma. Ya no era una cadena, sino un puente.

—Michael... —Ness estiró su mano y, con una timidez impropia de él, tocó los dedos tatuados de Kaiser—. ¿De verdad me necesitas? ¿Incluso si ya no somos los reyes del campo?

—Más que a nada —confesó Kaiser, y decir esas palabras fue como quitarse una armadura que le había impedido respirar durante años—. Porque cuando todo se derrumbó hoy, cuando el estadio gritaba el nombre de otro y las luces se apagaban... tú eras el único que seguía ahí. No por el dorsal 10, sino por mí.

Ness rompió a llorar de verdad entonces, ocultando su rostro en el pecho de Kaiser. El rubio lo rodeó con sus brazos, ignorando el hecho de que estaban en un vestuario vacío en medio de una derrota histórica. El tatuaje de la rosa parecía menos una advertencia de espinas y más un recordatorio de que incluso las flores más bellas necesitan raíces firmes para no marchitarse.

—Eres un idiota, Ness —murmuró Kaiser, apoyando su barbilla sobre la cabeza del mediocampista—. Un idiota leal.

—Y tú eres un arrogante —respondió Ness entre sollozos, permitiéndose por primera vez en su vida responderle de tú a tú, sin el filtro de la subordinación—. Pero eres mi arrogante.

Kaiser sonrió. No era la sonrisa de los carteles publicitarios, ni la mueca burlona que le dedicaba a sus rivales. Era una sonrisa pequeña, privada, cargada de una humanidad que Blue Lock casi le arrebata.

—Vámonos de aquí —dijo Kaiser, deshaciendo el abrazo pero manteniendo su mano unida a la de Ness—. Mañana el mundo seguirá adelante, y nosotros también. Pero esta vez, lo haremos juntos. No como rey y sirviente.

—Como compañeros —asintió Ness, limpiándose las lágrimas con la manga de su uniforme del Bastard München.

—Como Michael y Alexis —corrigió Kaiser.

Caminaron hacia la salida, dejando atrás el dorsal 10 y el dorsal 8 tirados sobre el banco, como reliquias de una guerra que ya no querían pelear de la misma manera. Al salir al pasillo, las luces del estadio se estaban apagando una a una, sumiendo el campo en penumbras.

—¿A dónde iremos ahora? —preguntó Ness mientras caminaban por el túnel hacia el exterior, donde el aire nocturno los esperaba.

—A donde sea, siempre que el balón ruede —respondió Kaiser, apretando la mano de Ness—. Y esta vez, Ness, no esperes que te dé órdenes. Aprende a jugar conmigo, no para mí.

Ness soltó una pequeña risa, una que sonaba genuina por primera vez en meses.

—Eso va a ser difícil. Tienes gustos muy exigentes, Michael.

—Lo sé. Pero creo que eres el único capaz de soportarme.

Salieron del estadio bajo el cielo estrellado. El trono de cristal se había hecho añicos, sí. Las rosas de Kaiser habían perdido algunos pétalos en la batalla, y la corona en su mano ya no brillaba con el oro de la victoria inmediata. Pero mientras caminaban juntos hacia el autobús del equipo, ambos sabían que habían ganado algo mucho más valioso que un partido.

Habían recuperado su humanidad.

En el frío de la noche alemana, Michael Kaiser ya no buscaba que el mundo lo viera. Solo necesitaba que la persona a su lado supiera que, por fin, el Emperador había aprendido a amar sus propias espinas, y a la persona que nunca tuvo miedo de pincharse con ellas.

—Oye, Alexis —dijo Kaiser antes de subir al vehículo.

Ness se giró, su cabello magenta brillando bajo las farolas.

—¿Sí?

—Gracias. Por no dejarme solo en el infierno.

Ness sonrió, y esta vez, la sonrisa llegó hasta sus ojos, iluminándolos con un brillo que ninguna medalla podría igualar.

—En el infierno o en el cielo, Michael. Siempre estaré ahí. Pero la próxima vez... asegúrate de marcar ese gol, ¿quieres?

Kaiser soltó una carcajada vibrante, una que espantó el silencio de la derrota.

—Hecho. Pero tú tendrás que darme el pase perfecto.

—Cuenta con ello.

El autobús arrancó, alejándose de las ruinas de su antigua gloria hacia un futuro incierto, pero por primera vez, real. El reinado del Emperador había terminado, pero la historia de Michael y Alexis apenas estaba comenzando a escribirse, no con tinta de oro, sino con la sangre, el sudor y la verdad de dos corazones que habían decidido dejar de ser piezas de ajedrez para empezar a ser, simplemente, ellos mismos.
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