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Aún Te Amo

Fandom: Fairy Tail

Creado: 26/5/2026

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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloFluffHumorFantasíaAmbientación CanonEstudio de Personaje
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El calor de las cenizas y el frío de la distancia

El gremio de Fairy Tail siempre era un caos de jarras volando, mesas rotas y gritos de guerra. Sin embargo, para Natsu Dragneel, el ruido habitual se sentía como un zumbido lejano, algo que no lograba llenar el vacío que sentía en el pecho cada vez que su mirada se cruzaba con la de cierta chica de cabello blanco.

Había pasado un año. Un año entero desde que Lisanna Strauss había caído del cielo de Edolas para regresar a sus brazos, o eso creía él. Al principio, todo fue júbilo y lágrimas. Pero con el paso de los meses, el tiempo pareció tejer una red de silencios incómodos. Natsu, cuya mente solía estar ocupada exclusivamente por la próxima comida o el próximo desafío de Gray, no podía ignorar la realidad: se habían vuelto extraños.

Aquella mañana, Natsu estaba sentado en la barra, ignorando su plato de carne humeante. Sus ojos negros seguían a Lisanna, quien charlaba animadamente con Levy al otro lado del salón. Se veía tan hermosa como siempre, con esa sonrisa dulce que iluminaba su rostro, pero ya no se dirigía a él. No había "Natsu, vamos a buscar huevos de Happy", ni risas compartidas sobre su infancia.

— Vas a terminar haciendo un agujero en la madera si sigues mirándola así —comentó Mirajane mientras limpiaba un vaso con una sonrisa que no llegaba a ocultar su preocupación.

Natsu levantó la vista, ajustándose la bufanda de escamas.

— Mira... ¿qué le pasa a Lisanna? —preguntó directamente, sin filtros—. Antes éramos... ya sabes. Ahora ni siquiera me dice hola si no la saludo yo primero.

Mirajane intercambió una mirada cómplice con Elfman, que estaba sentado cerca bebiendo de una jarra enorme.

— Eso es algo que debes descubrir tú mismo, Natsu —respondió Mira, ensanchando su sonrisa—. A veces, las personas necesitan saber que todavía tienen un lugar en el corazón de alguien antes de atreverse a entrar de nuevo.

— ¡Un hombre debe enfrentar sus dudas con valentía! —rugió Elfman, golpeando la mesa—. ¡Usa el cerebro por una vez, Natsu!

Natsu frunció el ceño, confundido. ¿Usar el cerebro? Eso sonaba a mucho trabajo. Se levantó de la silla, decidido a exigir una respuesta más clara, cuando un impacto metálico resonó en su cráneo. Erza, con su armadura brillando bajo las luces del gremio, le había propinado un golpe seco con el guantelete.

— ¡Ay! ¡¿Y eso por qué fue?! —gritó Natsu, frotándose el chichón.

— Por ser un idiota —sentenció Erza con severidad—. Lisanna ha estado esperando un paso que tú te niegas a dar. No dejes que el orgullo o la distracción te quiten lo que más valoras. Ella es tu familia, Natsu. Y tal vez algo más.

Desde una mesa cercana, Gray soltó un bufido, aunque su tono no era de burla.

— Ve de una vez, flamita. Das pena dando vueltas como un perro que perdió su hueso.

— ¡Incluso yo me he dado cuenta, y eso que soy nueva en el equipo! —añadió Lucy, dándole un pulgar hacia arriba con una sonrisa alentadora—. Ve a hablar con ella. Se nota a leguas que la extrañas.

Natsu sintió un calor diferente quemando en su interior. No era su fuego mágico, sino algo más antiguo, algo que nació bajo la lluvia de Magnolia cuando eran niños y construían una cabaña para un huevo azul. Él la amaba. Siempre la había amado, pero se había dejado cegar por las misiones, por el nuevo equipo y por la rutina de creer que ella siempre estaría allí simplemente porque había vuelto de la muerte.

Sin decir una palabra más, Natsu salió del gremio. Sabía que Lisanna solía caminar por el sendero del río al atardecer cuando terminaba su turno. Corrió, con el corazón martilleando contra sus costillas, hasta que la divisó.

Ella estaba allí, de pie frente al agua, con el sol poniente tiñendo su cabello blanco de tonos anaranjados y rosados. Se veía perfecta. Natsu se detuvo un momento, recuperando el aliento, dándose cuenta de que el valor que necesitaba para pelear contra Zeref o Acnologia no era nada comparado con el valor necesario para abrir su corazón.

— ¡Lisanna! —gritó, rompiendo el silencio del bosque.

Ella se sobresaltó y giró sobre sus talones. Sus ojos azules se abrieron de par en par al ver al Dragon Slayer corriendo hacia ella.

— ¿Natsu? ¿Pasa algo? ¿Hay alguna misión urgente? —preguntó ella, con una cortesía que a Natsu le dolió más que un golpe.

Natsu llegó frente a ella y se detuvo en seco. El silencio se prolongó durante varios segundos, solo roto por el murmullo del río.

— No hay ninguna misión —dijo él, rascándose la nuca con nerviosismo—. Es solo que... ya no hablamos.

Lisanna bajó la mirada, jugueteando con el borde de su falda.

— Estás muy ocupado, Natsu. Tienes a Lucy, a Erza, a Gray... Formáis el equipo más fuerte del gremio. Yo solo... no quería estorbar en tu evolución. Parecía que habías encontrado un nuevo ritmo y yo no quería ser una carga del pasado.

Natsu sintió un pinchazo de dolor. ¿Una carga? ¿Ella?

— ¡Eso es una estupidez! —exclamó, dando un paso adelante—. Eres Lisanna. Eres la persona con la que crié a Happy. Eres la que me prometió que sería mi esposa cuando fuéramos grandes.

Lisanna se sonrojó violentamente, ocultando parte de su rostro tras sus manos.

— Éramos niños, Natsu...

— ¡Me da igual! —la interrumpió él, acortando la distancia—. Me sentí morir cuando te fuiste. Y cuando volviste, estaba tan feliz que no sabía qué hacer. Pero luego... me asusté. Me asusté de que las cosas no fueran iguales, y creo que por eso me alejé. Pensé que si no forzaba nada, no te perdería de nuevo.

— Yo también tuve miedo —susurró ella, dejando caer las manos y revelando unas lágrimas que empezaban a asomar en sus ojos—. En Edolas, siempre pensaba en ti. Pero al volver, vi que el Natsu que conocía había crecido tanto... ya no me necesitabas para cuidarte.

Natsu le tomó las manos. Estaban frías, pero las suyas ardían con la intensidad de un horno.

— Siempre te voy a necesitar, Lisanna. No importa cuántas misiones haga o qué tan fuerte me vuelva. Fairy Tail es mi hogar, pero tú... tú eres mi lugar seguro.

La conversación se volvió íntima, un torrente de sentimientos contenidos durante un año. Hablaron de la soledad en Edolas, de la culpa de Natsu por no haberla protegido aquel día con Elfman, y de la inseguridad de Lisanna al sentirse una extraña en su propia casa. El dolor flotaba en el aire, pero se iba disipando con cada palabra compartida.

— No quiero que seamos extraños —dijo Natsu, su voz volviéndose inusualmente suave.

— Yo tampoco, Natsu —respondió ella con una sonrisa triste—. Te he extrañado mucho.

Natsu no era un hombre de planes ni de sutilezas. Él actuaba por instinto, y en ese momento, su instinto le gritaba que no la dejara ir nunca más. Sin previo aviso, se inclinó y la besó.

No fue un beso de cuento de hadas. Fue un beso muy al estilo de Natsu Dragneel: torpe, un poco brusco, con el choque de sus dientes y el calor excesivo de su aliento. Lisanna soltó un pequeño jadeo de sorpresa, pero no se separó. Al contrario, rodeó el cuello de Natsu con sus brazos, aferrándose a su bufanda.

Al separarse, ambos estaban jadeando, con los rostros rojos y los ojos brillantes. Se miraron fijamente, reconociéndose de verdad por primera vez en meses. Los sentimientos que habían estado enterrados bajo capas de duda florecieron de nuevo, más fuertes que antes.

— Eso... —empezó Lisanna, riendo entre dientes mientras se limpiaba una lágrima—. Eso fue muy poco elegante, Natsu.

— ¡Oye! He hecho lo que he podido —protestó él, aunque no soltó su cintura.

Esta vez fue ella quien tomó la iniciativa. Se puso de puntillas y lo besó de nuevo, pero esta vez fue un beso real, lento y lleno de una ternura que parecía detener el tiempo. El aroma a ceniza de Natsu y el perfume dulce de Lisanna se mezclaron, sellando una promesa que no necesitaba palabras.

De repente, un sonido rompió la magia del momento.

— ¡SÍ! ¡AL FIN! —el grito de Happy resonó desde unos arbustos cercanos.

Natsu y Lisanna se separaron de un salto, solo para ver a medio gremio asomándose tras los árboles y las rocas. Lucy estaba grabando la escena con una cámara mágica, Erza asentía con aprobación real, Gray fingía desinterés mientras sonreía de lado, y Mirajane estaba literalmente llorando de alegría mientras abrazaba a un Elfman que sollozaba ruidosamente sobre "la hombría del amor".

— ¡¿Qué hacéis todos aquí?! —rugió Natsu, aunque su rostro estaba tan rojo que parecía que iba a echar fuego por las orejas.

— ¡Solo nos asegurábamos de que no arruinaras el momento, flamita! —gritó Gray.

— ¡Ha sido tan romántico! —chilló Wendy, que estaba siendo tapada de los ojos por Charle.

Lisanna, a pesar de la vergüenza, comenzó a reír. Era una risa clara y sincera, la que Natsu tanto había echado de menos. Él la miró y, contagiado por su alegría, también empezó a reírse mientras se rascaba la cabeza.

— Supongo que ya no hay vuelta atrás —dijo Natsu, volviendo a tomar la mano de Lisanna frente a todos.

— Nunca la hubo —respondió ella, apretando su agarre—. Siempre fuimos nosotros, Natsu.

Caminaron de regreso al gremio, rodeados por sus amigos que no paraban de vitorear y bromear. El frío de la distancia se había evaporado por completo, reemplazado por el calor eterno de un fuego que, aunque a veces parpadeaba, nunca se apagaría. Habían vuelto a ser lo que siempre fueron: dos mitades de una historia que apenas comenzaba su capítulo más feliz. Aquellos que, a pesar del tiempo y los mundos de distancia, siempre se amaron.
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