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Lionfish
Fandom: Genshin impact
Creado: 26/5/2026
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UA (Universo Alternativo)Recortes de VidaFluffDolor/ConsueloRomanceEstudio de Personaje
El eco de los latidos y el destello de los ojos zafiro
La Universidad de Teyvat era un hervidero de actividad constante, un lugar donde las ambiciones de los jóvenes de siete naciones distintas colisionaban en los pasillos de mármol y cristal. Para Gaming, cada día era una oportunidad dorada. Caminaba por el campus con su uniforme —una chaqueta oscura que él prefería llevar desabrochada sobre una sudadera de color naranja vibrante— mientras saludaba a diestra y siniestra. Su energía era contagiosa, y no era raro verlo practicando pasos de danza acrobática entre clase y clase, desafiando la gravedad y las normas de etiqueta del recinto.
Esa tarde, sin embargo, el deber llamaba. El proyecto final de "Gestión de Eventos Culturales" no se iba a escribir solo, y Gaming tenía la suerte (o la presión) de trabajar con dos de los estudiantes más brillantes y meticulosos de su año: Lyney, el carismático estudiante de artes escénicas de Fontaine, y Kinich, un joven de Natlan cuya eficiencia rozaba lo gélido.
—Si no terminamos el desglose de presupuesto hoy, no tendremos tiempo para ensayar la presentación —sentenció Kinich, ajustándose la corbata del uniforme con una precisión quirúrgica mientras caminaban hacia la salida del campus.
—¡Tranquilo, Kinich! —exclamó Gaming, dándole una palmada amistosa en la espalda que casi hace que el otro pierda el equilibrio—. Con el ingenio de Lyney y mi entusiasmo, ¡ese proyecto va a brillar más que los fuegos artificiales de la Aldea Qiaoying!
Lyney, que caminaba un paso por delante con una elegancia natural, se giró con una sonrisa traviesa.
—Mi casa está cerca y es mucho más privada que la biblioteca en época de exámenes. Además, Lynette ha preparado té. ¿Qué dicen?
La propuesta fue aceptada de inmediato. Gaming, siempre curioso y amante de conocer nuevos lugares, se sentía entusiasmado. Sabía que Lyney y Lynette eran los gemelos más populares del departamento de artes, pero nunca había estado en su residencia privada.
Al llegar, la casa resultó ser un reflejo de sus dueños: acogedora, con un toque teatral y llena de detalles mecánicos y antiguos. Se sentaron en la amplia sala de estar, rodeados de libros de magia, planos de escenarios y algunas cajas de accesorios.
Durante dos horas, el trabajo fluyó. Gaming aportaba ideas creativas sobre la danza del león aplicada a eventos modernos, mientras Lyney pulía el discurso y Kinich mantenía los pies de todos en la tierra con datos técnicos.
—Necesito un descanso o mi cerebro se convertirá en gelatina de menta —anunció Gaming, estirando sus brazos y dejando ver el distintivo lunar en su cuello mientras su coleta de dos tonos, marrón y escarlata, se balanceaba.
Fue en ese preciso instante cuando el ambiente de la habitación cambió.
El sonido de una puerta abriéndose al fondo del pasillo atrajo la atención de Gaming. Por el umbral aparecieron dos figuras. Una era Lynette, que caminaba con su habitual parsimonia y una bandeja de dulces. Pero fue la persona que iba a su lado la que detuvo el tiempo para el joven de Liyue.
Era un chico de su misma edad, quizás un poco menor. Tenía el cabello de un rubio ceniza, lacio y cortado con un flequillo recto que casi le rozaba los ojos. Su piel era tan pálida que parecía hecha de porcelana fina, contrastando con el uniforme azul marino de la universidad, que en él lucía impecable y un tanto rígido. Pero lo que más impactó a Gaming fueron sus ojos: un azul claro, gélido y profundo, como las aguas de un lago subterráneo que nunca ha visto el sol.
El joven caminaba con los hombros ligeramente encogidos, mirando hacia el suelo, sosteniendo un libro contra su pecho como si fuera un escudo. Al notar que había visitas en la sala, se tensó visiblemente.
—Oh, Freminet, llegas justo a tiempo —dijo Lyney con voz afectuosa—. Estamos terminando el proyecto.
El chico, Freminet, no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron rápidamente la habitación hasta encontrarse con los de Gaming. Fue un segundo, una fracción de tiempo insignificante para el resto del mundo, pero para Gaming fue como si un rayo hubiera golpeado el centro de su pecho. El entusiasmo ruidoso que siempre lo caracterizaba se evaporó, dejando paso a un asombro silencioso.
—Hola... —susurró Freminet, tan bajo que apenas se escuchó.
Sin esperar respuesta, el joven rubio aceleró el paso, siguiendo a Lynette hacia la cocina, desapareciendo de la vista de Gaming tan rápido como una exhalación.
Gaming se quedó congelado, con la boca entreabierta y un bolígrafo suspendido en el aire.
—¿Quién... quién era él? —preguntó Gaming, tratando de que su voz no sonara tan alterada como se sentía su corazón.
Lyney soltó una pequeña risa, notando la reacción de su compañero.
—Es nuestro hermano menor, Freminet. Está en primer año de Ingeniería Oceánica. Es un poco... reservado.
—¿Un poco? —intervino Kinich sin levantar la vista de su computadora—. Es prácticamente invisible. Si no fuera porque vive aquí, olvidaría que existe.
Gaming no escuchó el comentario mordaz de Kinich. Sus ojos seguían fijos en el pasillo por donde Freminet se había marchado. Había algo en la melancolía de esa mirada azul que lo había dejado desarmado. Él, que siempre estaba rodeado de gente y risas, se sintió extrañamente atraído por ese silencio andante.
—Es... es muy diferente a ti, Lyney —comentó Gaming, rascándose la nuca, sintiendo un calor inusual en sus mejillas.
—Lo es —asintió Lyney, su expresión volviéndose más suave y protectora—. Freminet prefiere la compañía de los engranajes y las profundidades del agua antes que la de las personas. La socialización lo agota. Por eso, Gaming, te agradecería que no seas demasiado... "tú" con él si vuelven a cruzarse. Podrías asustarlo.
Gaming asintió, aunque por dentro una chispa de determinación se había encendido. No era solo curiosidad; era una fascinación inmediata que no lograba comprender.
Poco después, Lynette regresó con el té, pero Freminet no volvió a aparecer. Gaming intentó concentrarse en el trabajo, pero su mente volvía una y otra vez a la imagen del chico rubio. ¿En qué pensaría alguien con una mirada tan triste? ¿Qué tipo de música escucharía?
Cuando la sesión de estudio terminó y Gaming se disponía a marcharse junto a Kinich, se detuvo un momento en el umbral de la puerta principal.
—Oye, Lyney —dijo, ajustándose la mochila—. Ese libro que llevaba Freminet... ¿sabes de qué era?
Lyney lo miró con una ceja arqueada, una sonrisa cómplice jugando en sus labios.
—Cuentos de hadas de Fontaine. Edición antigua. ¿Por qué la pregunta, mi entusiasta amigo?
—Por nada, solo curiosidad —mintió Gaming, aunque sus ojos brillaban con una intensidad nueva—. ¡Nos vemos mañana en clase!
Caminando de regreso a su dormitorio bajo la luz de las farolas del campus, Gaming no podía dejar de pensar en el contraste. Él era el fuego, el movimiento, el ruido de los platillos en la danza del león. Freminet era la calma, el frío, el silencio de las profundidades marinas.
—Ingeniería Oceánica, ¿eh? —murmuró para sí mismo, soltando una pequeña risa—. Bueno, parece que voy a tener que aprender a nadar en aguas profundas.
Al día siguiente, la rutina universitaria continuó, pero para Gaming todo tenía un matiz distinto. Se encontró buscando una cabellera rubia ceniza entre la multitud de estudiantes que cambiaban de aula. Lo vio por fin cerca de la fuente central, sentado solo en un banco, con unos auriculares grandes cubriendo sus oídos y la mirada perdida en el agua.
Gaming se detuvo a unos metros. Su instinto inicial fue correr hacia él, saludarlo a gritos y preguntarle mil cosas, pero recordó las palabras de Lyney. "Podrías asustarlo".
Se acercó lentamente, tratando de moderar su energía habitual. Cuando estuvo a una distancia prudencial, Freminet pareció sentir su presencia. El chico levantó la cabeza y sus ojos azules se abrieron de par en par al reconocer al chico de la casa de sus hermanos.
Freminet bajó los auriculares hasta su cuello, pero no dijo nada. Sus dedos jugaban nerviosamente con el borde de su chaqueta de uniforme.
—¡Hola de nuevo! —dijo Gaming, bajando el volumen de su voz, dándole un tono cálido y suave—. Soy Gaming, el amigo de Lyney. Ayer no pudimos presentarnos formalmente.
Freminet parpadeó, sorprendido por la falta de la estridencia que esperaba de alguien que vestía de forma tan llamativa.
—Hola... —respondió Freminet, desviando la mirada hacia la fuente—. Lo siento por ayer. No soy muy bueno con las visitas.
—¡No te preocupes por eso! —Gaming se sentó en el extremo opuesto del banco, dejando un espacio respetuoso entre ambos—. Lyney me dijo que te gusta la ingeniería. Eso es increíble. Yo apenas puedo armar un estante de libros sin que se caiga.
Una chispa de algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Freminet, tan efímera que Gaming pensó que la había imaginado.
—Solo me gustan las máquinas —dijo Freminet en un susurro—. Son lógicas. No... no esperan nada de ti. No te juzgan si te equivocas.
Gaming sintió una punzada de tristeza al escuchar eso. Él, que vivía para la aprobación de su público y que había luchado tanto por el reconocimiento de su padre en Qiaoying, entendía de alguna manera el peso de las expectativas.
—Bueno, las personas también pueden ser lógicas a veces —dijo Gaming, mirando al cielo—. Pero entiendo lo que dices. A veces, bailar es la única forma en la que siento que no tengo que dar explicaciones a nadie. Solo soy yo y el ritmo.
Freminet lo miró de reojo. Por primera vez, no parecía querer huir. Observó el perfil de Gaming, la determinación en su mandíbula y la suavidad en sus ojos dorados.
—¿Eres bailarín? —preguntó Freminet con curiosidad genuina.
—¡Sí! Danza del león, principalmente. Es una tradición de mi hogar. Es ruidosa, colorida y requiere mucha fuerza —Gaming hizo un pequeño gesto con las manos, imitando el movimiento de la cabeza del león—. Algún día podrías venir a ver un ensayo. Si quieres, claro. No hay mucha gente, solo mis compañeros y yo.
Freminet volvió a bajar la mirada, el rubor tiñendo ligeramente sus mejillas pálidas.
—No lo sé... los lugares con mucha gente me ponen nervioso. Siento que... que estoy ocupando un espacio que no me pertenece.
—Oye —Gaming se inclinó un poco hacia él, sin invadir su espacio, pero asegurándose de que Freminet escuchara la sinceridad en su voz—. El mundo es muy grande, Freminet. Hay espacio de sobra para todos, incluso para los que prefieren el silencio. Y si alguna vez sientes que el ruido es demasiado, puedo prestarte un poco de mi energía para que te sientas más seguro.
Freminet guardó silencio durante un largo rato. El sonido del agua de la fuente era lo único que llenaba el espacio entre ellos. Para Gaming, ese silencio no era incómodo; era como esperar a que una criatura tímida saliera de su escondite.
—¿Por qué eres tan amable conmigo? —preguntó finalmente Freminet, su voz cargada de una vulnerabilidad que rompió el corazón de Gaming—. Apenas me conoces. Normalmente, la gente se cansa de que no hable o piensan que soy raro.
Gaming sonrió, y esta vez fue una de sus sonrisas auténticas, de esas que podían iluminar la habitación más oscura.
—No lo sé explicar bien —admitió Gaming, rascándose el lunar del cuello—. Pero ayer, cuando te vi pasar por la sala... sentí que quería conocerte. No al hermano de Lyney, sino a ti. Hay algo en tus ojos que dice que tienes muchas historias que contar, y me gustaría ser quien las escuche.
Freminet sintió un nudo en la garganta. No estaba acostumbrado a la honestidad brutal y optimista de alguien como Gaming. En Fontaine, las conversaciones solían ser juegos de sombras y espejos, pero este chico de Liyue era como el sol del mediodía: directo y cálido.
—Tengo que ir a mi próxima clase —dijo Freminet de repente, levantándose con torpeza—. Es sobre hidrodinámica aplicada.
—¡Claro! No quiero que llegues tarde por mi culpa —Gaming también se levantó, irradiando entusiasmo—. ¡Ah, espera!
Gaming rebuscó en su mochila y sacó un pequeño amuleto de tela roja con bordados dorados, algo que siempre llevaba consigo para la buena suerte.
—Toma. Es un amuleto de mi aldea. Dicen que protege a los viajeros. Como tú siempre estás "viajando" por las profundidades de tus máquinas, pensé que te vendría bien.
Freminet extendió una mano temblorosa y tomó el amuleto. El contacto de sus dedos fue breve, pero Gaming sintió una descarga de energía que le recorrió toda la columna.
—Gracias... Gaming —dijo Freminet, pronunciando su nombre por primera vez. El sonido de su nombre en la voz suave del rubio fue la mejor música que Gaming había escuchado en toda la semana.
—¡De nada! ¡Nos vemos, Freminet! —exclamó Gaming, despidiéndose con la mano mientras empezaba a alejarse trotando, recuperando su paso saltarín.
Freminet se quedó allí, de pie junto a la fuente, apretando el pequeño amuleto contra su palma. Observó la figura de Gaming alejarse, su chaqueta naranja destacando entre la multitud grisácea. Por primera vez en mucho tiempo, la melancolía que siempre lo acompañaba se sintió un poco menos pesada.
No sabía qué era este sentimiento, ni por qué su corazón latía con una fuerza desconocida, pero mientras guardaba el amuleto en su bolsillo, Freminet decidió que, tal vez, no le importaría volver a encontrarse con el chico del fuego y el escarlata.
Gaming, por su parte, llegó a su clase de "Historia del Arte" con una sonrisa tan amplia que incluso el profesor se detuvo a comentarla. Se sentó en su pupitre, sacó su cuaderno y, en la esquina superior de la página, en lugar de tomar apuntes sobre el Renacimiento, dibujó un pequeño y tosco casco de buzo junto a un león de danza.
El proyecto con Lyney y Kinich era importante, sí. Pero Gaming sabía que el verdadero proyecto de su semestre acababa de empezar, y el objetivo era descubrir todos los tesoros que se escondían tras la mirada azul de Freminet.
Esa tarde, sin embargo, el deber llamaba. El proyecto final de "Gestión de Eventos Culturales" no se iba a escribir solo, y Gaming tenía la suerte (o la presión) de trabajar con dos de los estudiantes más brillantes y meticulosos de su año: Lyney, el carismático estudiante de artes escénicas de Fontaine, y Kinich, un joven de Natlan cuya eficiencia rozaba lo gélido.
—Si no terminamos el desglose de presupuesto hoy, no tendremos tiempo para ensayar la presentación —sentenció Kinich, ajustándose la corbata del uniforme con una precisión quirúrgica mientras caminaban hacia la salida del campus.
—¡Tranquilo, Kinich! —exclamó Gaming, dándole una palmada amistosa en la espalda que casi hace que el otro pierda el equilibrio—. Con el ingenio de Lyney y mi entusiasmo, ¡ese proyecto va a brillar más que los fuegos artificiales de la Aldea Qiaoying!
Lyney, que caminaba un paso por delante con una elegancia natural, se giró con una sonrisa traviesa.
—Mi casa está cerca y es mucho más privada que la biblioteca en época de exámenes. Además, Lynette ha preparado té. ¿Qué dicen?
La propuesta fue aceptada de inmediato. Gaming, siempre curioso y amante de conocer nuevos lugares, se sentía entusiasmado. Sabía que Lyney y Lynette eran los gemelos más populares del departamento de artes, pero nunca había estado en su residencia privada.
Al llegar, la casa resultó ser un reflejo de sus dueños: acogedora, con un toque teatral y llena de detalles mecánicos y antiguos. Se sentaron en la amplia sala de estar, rodeados de libros de magia, planos de escenarios y algunas cajas de accesorios.
Durante dos horas, el trabajo fluyó. Gaming aportaba ideas creativas sobre la danza del león aplicada a eventos modernos, mientras Lyney pulía el discurso y Kinich mantenía los pies de todos en la tierra con datos técnicos.
—Necesito un descanso o mi cerebro se convertirá en gelatina de menta —anunció Gaming, estirando sus brazos y dejando ver el distintivo lunar en su cuello mientras su coleta de dos tonos, marrón y escarlata, se balanceaba.
Fue en ese preciso instante cuando el ambiente de la habitación cambió.
El sonido de una puerta abriéndose al fondo del pasillo atrajo la atención de Gaming. Por el umbral aparecieron dos figuras. Una era Lynette, que caminaba con su habitual parsimonia y una bandeja de dulces. Pero fue la persona que iba a su lado la que detuvo el tiempo para el joven de Liyue.
Era un chico de su misma edad, quizás un poco menor. Tenía el cabello de un rubio ceniza, lacio y cortado con un flequillo recto que casi le rozaba los ojos. Su piel era tan pálida que parecía hecha de porcelana fina, contrastando con el uniforme azul marino de la universidad, que en él lucía impecable y un tanto rígido. Pero lo que más impactó a Gaming fueron sus ojos: un azul claro, gélido y profundo, como las aguas de un lago subterráneo que nunca ha visto el sol.
El joven caminaba con los hombros ligeramente encogidos, mirando hacia el suelo, sosteniendo un libro contra su pecho como si fuera un escudo. Al notar que había visitas en la sala, se tensó visiblemente.
—Oh, Freminet, llegas justo a tiempo —dijo Lyney con voz afectuosa—. Estamos terminando el proyecto.
El chico, Freminet, no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron rápidamente la habitación hasta encontrarse con los de Gaming. Fue un segundo, una fracción de tiempo insignificante para el resto del mundo, pero para Gaming fue como si un rayo hubiera golpeado el centro de su pecho. El entusiasmo ruidoso que siempre lo caracterizaba se evaporó, dejando paso a un asombro silencioso.
—Hola... —susurró Freminet, tan bajo que apenas se escuchó.
Sin esperar respuesta, el joven rubio aceleró el paso, siguiendo a Lynette hacia la cocina, desapareciendo de la vista de Gaming tan rápido como una exhalación.
Gaming se quedó congelado, con la boca entreabierta y un bolígrafo suspendido en el aire.
—¿Quién... quién era él? —preguntó Gaming, tratando de que su voz no sonara tan alterada como se sentía su corazón.
Lyney soltó una pequeña risa, notando la reacción de su compañero.
—Es nuestro hermano menor, Freminet. Está en primer año de Ingeniería Oceánica. Es un poco... reservado.
—¿Un poco? —intervino Kinich sin levantar la vista de su computadora—. Es prácticamente invisible. Si no fuera porque vive aquí, olvidaría que existe.
Gaming no escuchó el comentario mordaz de Kinich. Sus ojos seguían fijos en el pasillo por donde Freminet se había marchado. Había algo en la melancolía de esa mirada azul que lo había dejado desarmado. Él, que siempre estaba rodeado de gente y risas, se sintió extrañamente atraído por ese silencio andante.
—Es... es muy diferente a ti, Lyney —comentó Gaming, rascándose la nuca, sintiendo un calor inusual en sus mejillas.
—Lo es —asintió Lyney, su expresión volviéndose más suave y protectora—. Freminet prefiere la compañía de los engranajes y las profundidades del agua antes que la de las personas. La socialización lo agota. Por eso, Gaming, te agradecería que no seas demasiado... "tú" con él si vuelven a cruzarse. Podrías asustarlo.
Gaming asintió, aunque por dentro una chispa de determinación se había encendido. No era solo curiosidad; era una fascinación inmediata que no lograba comprender.
Poco después, Lynette regresó con el té, pero Freminet no volvió a aparecer. Gaming intentó concentrarse en el trabajo, pero su mente volvía una y otra vez a la imagen del chico rubio. ¿En qué pensaría alguien con una mirada tan triste? ¿Qué tipo de música escucharía?
Cuando la sesión de estudio terminó y Gaming se disponía a marcharse junto a Kinich, se detuvo un momento en el umbral de la puerta principal.
—Oye, Lyney —dijo, ajustándose la mochila—. Ese libro que llevaba Freminet... ¿sabes de qué era?
Lyney lo miró con una ceja arqueada, una sonrisa cómplice jugando en sus labios.
—Cuentos de hadas de Fontaine. Edición antigua. ¿Por qué la pregunta, mi entusiasta amigo?
—Por nada, solo curiosidad —mintió Gaming, aunque sus ojos brillaban con una intensidad nueva—. ¡Nos vemos mañana en clase!
Caminando de regreso a su dormitorio bajo la luz de las farolas del campus, Gaming no podía dejar de pensar en el contraste. Él era el fuego, el movimiento, el ruido de los platillos en la danza del león. Freminet era la calma, el frío, el silencio de las profundidades marinas.
—Ingeniería Oceánica, ¿eh? —murmuró para sí mismo, soltando una pequeña risa—. Bueno, parece que voy a tener que aprender a nadar en aguas profundas.
Al día siguiente, la rutina universitaria continuó, pero para Gaming todo tenía un matiz distinto. Se encontró buscando una cabellera rubia ceniza entre la multitud de estudiantes que cambiaban de aula. Lo vio por fin cerca de la fuente central, sentado solo en un banco, con unos auriculares grandes cubriendo sus oídos y la mirada perdida en el agua.
Gaming se detuvo a unos metros. Su instinto inicial fue correr hacia él, saludarlo a gritos y preguntarle mil cosas, pero recordó las palabras de Lyney. "Podrías asustarlo".
Se acercó lentamente, tratando de moderar su energía habitual. Cuando estuvo a una distancia prudencial, Freminet pareció sentir su presencia. El chico levantó la cabeza y sus ojos azules se abrieron de par en par al reconocer al chico de la casa de sus hermanos.
Freminet bajó los auriculares hasta su cuello, pero no dijo nada. Sus dedos jugaban nerviosamente con el borde de su chaqueta de uniforme.
—¡Hola de nuevo! —dijo Gaming, bajando el volumen de su voz, dándole un tono cálido y suave—. Soy Gaming, el amigo de Lyney. Ayer no pudimos presentarnos formalmente.
Freminet parpadeó, sorprendido por la falta de la estridencia que esperaba de alguien que vestía de forma tan llamativa.
—Hola... —respondió Freminet, desviando la mirada hacia la fuente—. Lo siento por ayer. No soy muy bueno con las visitas.
—¡No te preocupes por eso! —Gaming se sentó en el extremo opuesto del banco, dejando un espacio respetuoso entre ambos—. Lyney me dijo que te gusta la ingeniería. Eso es increíble. Yo apenas puedo armar un estante de libros sin que se caiga.
Una chispa de algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Freminet, tan efímera que Gaming pensó que la había imaginado.
—Solo me gustan las máquinas —dijo Freminet en un susurro—. Son lógicas. No... no esperan nada de ti. No te juzgan si te equivocas.
Gaming sintió una punzada de tristeza al escuchar eso. Él, que vivía para la aprobación de su público y que había luchado tanto por el reconocimiento de su padre en Qiaoying, entendía de alguna manera el peso de las expectativas.
—Bueno, las personas también pueden ser lógicas a veces —dijo Gaming, mirando al cielo—. Pero entiendo lo que dices. A veces, bailar es la única forma en la que siento que no tengo que dar explicaciones a nadie. Solo soy yo y el ritmo.
Freminet lo miró de reojo. Por primera vez, no parecía querer huir. Observó el perfil de Gaming, la determinación en su mandíbula y la suavidad en sus ojos dorados.
—¿Eres bailarín? —preguntó Freminet con curiosidad genuina.
—¡Sí! Danza del león, principalmente. Es una tradición de mi hogar. Es ruidosa, colorida y requiere mucha fuerza —Gaming hizo un pequeño gesto con las manos, imitando el movimiento de la cabeza del león—. Algún día podrías venir a ver un ensayo. Si quieres, claro. No hay mucha gente, solo mis compañeros y yo.
Freminet volvió a bajar la mirada, el rubor tiñendo ligeramente sus mejillas pálidas.
—No lo sé... los lugares con mucha gente me ponen nervioso. Siento que... que estoy ocupando un espacio que no me pertenece.
—Oye —Gaming se inclinó un poco hacia él, sin invadir su espacio, pero asegurándose de que Freminet escuchara la sinceridad en su voz—. El mundo es muy grande, Freminet. Hay espacio de sobra para todos, incluso para los que prefieren el silencio. Y si alguna vez sientes que el ruido es demasiado, puedo prestarte un poco de mi energía para que te sientas más seguro.
Freminet guardó silencio durante un largo rato. El sonido del agua de la fuente era lo único que llenaba el espacio entre ellos. Para Gaming, ese silencio no era incómodo; era como esperar a que una criatura tímida saliera de su escondite.
—¿Por qué eres tan amable conmigo? —preguntó finalmente Freminet, su voz cargada de una vulnerabilidad que rompió el corazón de Gaming—. Apenas me conoces. Normalmente, la gente se cansa de que no hable o piensan que soy raro.
Gaming sonrió, y esta vez fue una de sus sonrisas auténticas, de esas que podían iluminar la habitación más oscura.
—No lo sé explicar bien —admitió Gaming, rascándose el lunar del cuello—. Pero ayer, cuando te vi pasar por la sala... sentí que quería conocerte. No al hermano de Lyney, sino a ti. Hay algo en tus ojos que dice que tienes muchas historias que contar, y me gustaría ser quien las escuche.
Freminet sintió un nudo en la garganta. No estaba acostumbrado a la honestidad brutal y optimista de alguien como Gaming. En Fontaine, las conversaciones solían ser juegos de sombras y espejos, pero este chico de Liyue era como el sol del mediodía: directo y cálido.
—Tengo que ir a mi próxima clase —dijo Freminet de repente, levantándose con torpeza—. Es sobre hidrodinámica aplicada.
—¡Claro! No quiero que llegues tarde por mi culpa —Gaming también se levantó, irradiando entusiasmo—. ¡Ah, espera!
Gaming rebuscó en su mochila y sacó un pequeño amuleto de tela roja con bordados dorados, algo que siempre llevaba consigo para la buena suerte.
—Toma. Es un amuleto de mi aldea. Dicen que protege a los viajeros. Como tú siempre estás "viajando" por las profundidades de tus máquinas, pensé que te vendría bien.
Freminet extendió una mano temblorosa y tomó el amuleto. El contacto de sus dedos fue breve, pero Gaming sintió una descarga de energía que le recorrió toda la columna.
—Gracias... Gaming —dijo Freminet, pronunciando su nombre por primera vez. El sonido de su nombre en la voz suave del rubio fue la mejor música que Gaming había escuchado en toda la semana.
—¡De nada! ¡Nos vemos, Freminet! —exclamó Gaming, despidiéndose con la mano mientras empezaba a alejarse trotando, recuperando su paso saltarín.
Freminet se quedó allí, de pie junto a la fuente, apretando el pequeño amuleto contra su palma. Observó la figura de Gaming alejarse, su chaqueta naranja destacando entre la multitud grisácea. Por primera vez en mucho tiempo, la melancolía que siempre lo acompañaba se sintió un poco menos pesada.
No sabía qué era este sentimiento, ni por qué su corazón latía con una fuerza desconocida, pero mientras guardaba el amuleto en su bolsillo, Freminet decidió que, tal vez, no le importaría volver a encontrarse con el chico del fuego y el escarlata.
Gaming, por su parte, llegó a su clase de "Historia del Arte" con una sonrisa tan amplia que incluso el profesor se detuvo a comentarla. Se sentó en su pupitre, sacó su cuaderno y, en la esquina superior de la página, en lugar de tomar apuntes sobre el Renacimiento, dibujó un pequeño y tosco casco de buzo junto a un león de danza.
El proyecto con Lyney y Kinich era importante, sí. Pero Gaming sabía que el verdadero proyecto de su semestre acababa de empezar, y el objetivo era descubrir todos los tesoros que se escondían tras la mirada azul de Freminet.
