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Amor a primera vista
Fandom: Hunter x Hunter
Creado: 27/5/2026
Etiquetas
RomanceOmegaversoDolor/ConsueloHistoria DomésticaDramaAcción
El Aroma de la Tormenta y el Oro
El hospital universitario siempre olía a antiséptico, café quemado y cansancio acumulado, pero esa noche, Leorio Paradinight estaba decidido a cambiar esos aromas por algo mucho más festivo. Como estudiante de último año de medicina, sus horas de sueño eran un mito urbano, pero la graduación de uno de sus mejores amigos de la facultad de derecho era una excusa que su naturaleza extrovertida no pensaba ignorar.
—¡Vamos, Leorio! —le gritó un compañero desde la entrada del club nocturno—. ¡Deja de revisar el correo de la facultad, el examen de internado no va a cambiar por una noche de copas!
Leorio soltó una carcajada sonora, ajustándose las gafas de sol que, aunque era medianoche, sentía que le daban el toque de "alfa galán" que necesitaba.
—¡Ya voy, ya voy! —respondió con su voz potente y rasposa—. Solo me aseguro de que no me necesiten para salvar una vida antes de mi primer tequila.
El club estaba a reventar. La música electrónica vibraba en el suelo, mezclándose con el sudor y una amalgama de feromonas que, para cualquier otro alfa, habría sido abrumadora. Pero Leorio era diferente. Aunque su presencia era imponente —alto, de hombros anchos y con una energía que llenaba la habitación—, su temperamento era más el de un protector que el de un depredador. Su carisma natural hacía que la gente se sintiera segura a su alrededor, incluso cuando intentaba, sin mucho éxito, ser el alma de la fiesta con pasos de baile cuestionables.
Sin embargo, a mitad de la noche, algo cambió. El aire denso del club fue atravesado por una nota discordante.
Leorio, que estaba en la barra intentando coquetear sin mucha suerte con la camarera, se tensó de repente. Su instinto alfa, ese que solía mantener bajo un control estricto, vibró con una señal de alerta roja. No era una amenaza física directa hacia él, sino un grito silencioso de auxilio que flotaba en el aire.
Era un aroma delicioso, pero cargado de angustia: sándalo refinado, lluvia fresca y algo dulce, como miel silvestre, que comenzaba a volverse espesamente embriagador.
—Un omega... —murmuró Leorio, dejando su trago a medio terminar—. Y no está bien.
Siguió el rastro, abriéndose paso entre la multitud con una determinación que no admitía réplicas. Sus ojos recorrieron la zona de los reservados, donde las sombras eran más largas y el ruido menos ensordecedor. Allí, en un rincón apartado cerca de los baños, vio la escena que hizo que su sangre hirviera.
Tres tipos, alfas de baja calaña por el olor agrio y agresivo que desprendían, tenían acorralado a alguien contra la pared.
—Vamos, lindura, no nos digas que no lo quieres —dijo uno de ellos, su voz goteando una lascivia asquerosa—. Estás empapado en feromonas. Tu cuerpo está pidiendo a gritos que alguien te cuide.
—Déjenme... ir —la voz que respondió era débil, quebrada por el esfuerzo de mantener la compostura, pero conservaba una elegancia gélida—. No saben... con quién se están metiendo.
Leorio vio entonces a la víctima. Su aliento se cortó.
Era la persona más hermosa que había visto en su vida. De una belleza hegemónica, casi irreal, con cabellos de un rubio platino que brillaban bajo las luces de neón y una piel tan pálida que parecía de porcelana fina. Sus ojos, aunque nublados por el inicio de un celo repentino y violento, chispeaban con una inteligencia y una furia que ni siquiera su vulnerabilidad podía apagar.
—¡Oigan, pedazos de imbéciles! —La voz de Leorio tronó como un cañón, silenciando incluso la música en esa pequeña sección del club.
Los tres hombres se giraron, molestos.
—Vete de aquí, cuatro ojos. Esto no es asunto tuyo —gruñió el más corpulento, intentando marcar territorio con su aroma.
Leorio se ajustó el saco del traje, una sonrisa depredadora y cargada de sarcasmo asomando en sus labios. Se acercó con pasos lentos, dejando que su propia aura de alfa, una mucho más vasta y noble, se expandiera.
—Soy estudiante de medicina —dijo Leorio, ensanchando sus hombros—, y mi diagnóstico es que les faltan aproximadamente cinco segundos para que les rompa la cara si no quitan sus manos de encima de ese caballero.
—¿Tú y cuántos más? —se burló el segundo tipo.
Leorio no esperó. Con una agilidad sorprendente para su tamaño, se lanzó hacia adelante. No era un peleador callejero, pero sabía exactamente dónde golpear para causar el máximo dolor con el mínimo esfuerzo. De un puñetazo certero envió al primero al suelo, y antes de que los otros dos pudieran reaccionar, agarró al segundo por el cuello de la camisa y lo lanzó contra una mesa con una fuerza bruta que dejó claro que no estaba bromeando.
—¡Lárguense antes de que decida practicar anatomía forense con ustedes! —rugió.
Los tipos, intimidados por la ferocidad protectora de Leorio, recogieron a su compañero herido y huyeron hacia la salida, maldiciendo entre dientes.
Leorio no los siguió. Su atención se centró de inmediato en la figura que se deslizaba por la pared hasta quedar sentada en el suelo. El aroma a sándalo y miel ahora era tan potente que Leorio sintió un tirón en su propio pecho, una conexión instintiva que casi lo hace tambalear.
Se arrodilló a una distancia respetuosa, quitándose el saco para ofrecérselo.
—Hey, tranquilo. Ya se fueron —dijo Leorio, su voz bajando varios octavos hasta convertirse en un arrullo reconfortante—. Estás a salvo. Soy Leorio.
El joven rubio levantó la vista. Sus ojos, de un gris tormentoso que por un segundo pareció destellar en un escarlata profundo, se clavaron en los de Leorio. Estaba sudando, su respiración era errática y sus dedos se clavaban en sus propios muslos para intentar controlar los espasmos de su cuerpo.
—Se adelantó... —susurró el omega, su voz era una caricia rota—. No debería... hasta dentro de dos semanas. Los supresores... fallaron.
—A veces pasa bajo mucho estrés —explicó Leorio con suavidad, extendiendo una mano pero sin tocarlo todavía—. Me llamo Leorio Paradinight. Soy alfa, pero te juro por mi título de médico que no voy a hacer nada que tú no quieras. Solo quiero sacarte de aquí. Este lugar es un nido de buitres ahora mismo.
El joven lo estudió con una mirada calculadora, incluso en mitad de su neblina hormonal. Vio la honestidad en los ojos tras las gafas, la bondad intrínseca que emanaba de aquel hombre alto y un tanto ruidoso.
—Kurapika —dijo finalmente—. Mi nombre es Kurapika Kurta.
—Un nombre hermoso para alguien que parece sacado de una galería de arte —soltó Leorio sin pensar, y luego se sonrojó violentamente—. ¡Perdón! No es el momento para coquetear, lo siento. Soy un idiota.
Kurapika dejó escapar una risa débil, casi un suspiro, que terminó en un jadeo de dolor.
—Ayúdame a salir... por favor.
Leorio asintió con seriedad. Con una delicadeza que contrastaba con su apariencia tosca, pasó un brazo por debajo de las rodillas de Kurapika y otro por su espalda, levantándolo en vilo. Kurapika era ligero, pero se sentía sólido, y su calor corporal estaba empezando a quemar a través de la camisa de Leorio.
—Sujétate de mi cuello —instruyó Leorio—. No dejes que nadie vea tu cara, te cubriré con mi aroma para que no te molesten.
Kurapika hundió el rostro en el hueco del cuello de Leorio, buscando instintivamente la fuente de ese olor a bosque y cuero viejo que prometía seguridad. Un ronroneo involuntario vibró en su garganta, lo que hizo que el corazón de Leorio diera un vuelco.
—Maldita sea —susurró Leorio para sí mismo mientras caminaba hacia la salida trasera, evitando la pista de baile—, eres demasiado lindo para mi salud mental.
Una vez fuera, el aire fresco de la noche ayudó un poco, pero el celo de Kurapika estaba entrando en su fase más crítica. Leorio lo llevó hasta su coche, un sedán viejo pero impecablemente limpio, y lo acomodó en el asiento del copiloto, reclinándolo.
—Tengo un kit de emergencia en el maletero —dijo Leorio rápidamente—. Bloqueadores temporales y agua. No detendrán el celo, pero te darán claridad para decirme a dónde llevarte.
Kurapika asintió, apretando los dientes. Observó a Leorio moverse con eficiencia, sacando suministros. A pesar de ser un alfa, Leorio no estaba intentando dominarlo ni reclamarlo. Su preocupación era puramente médica y... extrañamente genuina.
Leorio regresó y le entregó una pastilla y una botella de agua.
—Toma esto. Es un inhibidor suave. Te ayudará con la fiebre.
Kurapika bebió, sus dedos rozando los de Leorio. El contacto eléctrico hizo que ambos se estremecieran. Kurapika lo miró fijamente, su intelecto luchando contra sus instintos.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Kurapika—. Podrías haberme dejado o... podrías haberte aprovechado. La mayoría de los alfas en este estado...
Leorio se puso serio, apoyando los brazos en el marco de la puerta abierta.
—Porque quiero ser médico para salvar personas, no para destruirlas —dijo con una sinceridad aplastante—. Y porque un hombre como tú no merece ser tratado como una presa. Mereces ser tratado como... bueno, como la realeza que pareces ser.
Kurapika sintió un calor diferente en su pecho, uno que no venía de sus hormonas. Era una calidez que nacía de sentirse visto, no como un objeto, sino como una persona.
—Mi apartamento está en el distrito financiero —murmuró Kurapika, relajándose un poco contra el asiento—. Está protegido... tengo todo lo que necesito allí.
—Entendido, Kurapika. Te llevaré a casa.
Durante el trayecto, el silencio fue llenado por la respiración pesada de Kurapika y la suave música de la radio que Leorio puso para calmar el ambiente. De vez en cuando, Leorio lanzaba miradas de reojo. No podía evitarlo. Kurapika era hipnótico. La forma en que la luz de las farolas bañaba su perfil perfecto, la inteligencia que emanaba incluso en su estado vulnerable... Leorio sintió que algo dentro de él se sellaba. No era solo el instinto alfa; era algo mucho más profundo. Se estaba enamorando perdidamente en medio de una emergencia médica.
Al llegar al elegante edificio de apartamentos, Leorio ayudó a Kurapika a subir hasta su piso. El lugar era minimalista, lleno de libros y con un orden que hablaba de una mente analítica y serena.
—Aquí estamos —dijo Leorio, ayudándolo a sentarse en el sofá—. ¿Tienes a alguien a quien llamar? ¿Algún amigo o...?
—No —respondió Kurapika, agarrando la manga de la camisa de Leorio cuando este intentó alejarse—. No tengo a nadie que entienda... o que me importe que me vea así.
Leorio se quedó congelado. La mirada de Kurapika era una mezcla de súplica y una invitación que le hizo hervir la sangre.
—Kurapika, escucha —dijo Leorio, su voz resonando con autoridad pero llena de ternura—. Estás en celo. No estás pensando con claridad. Si me quedo...
—Eres médico, ¿no? —Kurapika esbozó una sonrisa débil, pero cargada de una coquetería letal que Leorio no esperaba—. Cuida de mí. No quiero a nadie más. Tu aroma... es el único que no me da asco.
Leorio tragó saliva, sintiendo que sus defensas caían una a una. Se arrodilló frente a él, tomando sus manos.
—Me quedaré —prometió—. Cuidaré de ti, te daré los supresores, te pondré compresas frías y me aseguraré de que estés bien. Pero no voy a tocarte de esa manera, Kurapika. No hasta que puedas decir mi nombre sin que la fiebre hable por ti.
Kurapika lo miró con asombro. Su mente calculadora, siempre acostumbrada a la traición y al egoísmo de los demás, encontró en Leorio un enigma fascinante. Un alfa con el corazón de oro y la voluntad de hierro para proteger su integridad por encima de sus propios deseos.
—Leorio... —susurró el rubio, cerrando los ojos mientras se inclinaba hacia el calor del médico—. Eres un hombre muy extraño.
—Lo sé —rio Leorio, acariciando con el pulgar el dorso de su mano—. Pero soy el hombre que te va a preparar una sopa y te va a vigilar el pulso toda la noche. Así que acostúmbrate, Kurapika. Porque no pienso dejar que te pase nada malo nunca más.
En esa habitación, rodeados por el aroma a sándalo y la seguridad del bosque, comenzó algo que ninguno de los dos esperaba. Kurapika, el omega frío y calculador, había encontrado su ancla. Y Leorio, el alfa ruidoso y bondadoso, había encontrado finalmente la razón por la que había estudiado tanto: para proteger la belleza más pura que el mundo le había presentado.
—Descansa —murmuró Leorio, acomodando una manta sobre él—. Aquí estoy.
—Lo sé —respondió Kurapika, antes de quedarse dormido con una pequeña sonrisa en los labios—. Lo sé.
—¡Vamos, Leorio! —le gritó un compañero desde la entrada del club nocturno—. ¡Deja de revisar el correo de la facultad, el examen de internado no va a cambiar por una noche de copas!
Leorio soltó una carcajada sonora, ajustándose las gafas de sol que, aunque era medianoche, sentía que le daban el toque de "alfa galán" que necesitaba.
—¡Ya voy, ya voy! —respondió con su voz potente y rasposa—. Solo me aseguro de que no me necesiten para salvar una vida antes de mi primer tequila.
El club estaba a reventar. La música electrónica vibraba en el suelo, mezclándose con el sudor y una amalgama de feromonas que, para cualquier otro alfa, habría sido abrumadora. Pero Leorio era diferente. Aunque su presencia era imponente —alto, de hombros anchos y con una energía que llenaba la habitación—, su temperamento era más el de un protector que el de un depredador. Su carisma natural hacía que la gente se sintiera segura a su alrededor, incluso cuando intentaba, sin mucho éxito, ser el alma de la fiesta con pasos de baile cuestionables.
Sin embargo, a mitad de la noche, algo cambió. El aire denso del club fue atravesado por una nota discordante.
Leorio, que estaba en la barra intentando coquetear sin mucha suerte con la camarera, se tensó de repente. Su instinto alfa, ese que solía mantener bajo un control estricto, vibró con una señal de alerta roja. No era una amenaza física directa hacia él, sino un grito silencioso de auxilio que flotaba en el aire.
Era un aroma delicioso, pero cargado de angustia: sándalo refinado, lluvia fresca y algo dulce, como miel silvestre, que comenzaba a volverse espesamente embriagador.
—Un omega... —murmuró Leorio, dejando su trago a medio terminar—. Y no está bien.
Siguió el rastro, abriéndose paso entre la multitud con una determinación que no admitía réplicas. Sus ojos recorrieron la zona de los reservados, donde las sombras eran más largas y el ruido menos ensordecedor. Allí, en un rincón apartado cerca de los baños, vio la escena que hizo que su sangre hirviera.
Tres tipos, alfas de baja calaña por el olor agrio y agresivo que desprendían, tenían acorralado a alguien contra la pared.
—Vamos, lindura, no nos digas que no lo quieres —dijo uno de ellos, su voz goteando una lascivia asquerosa—. Estás empapado en feromonas. Tu cuerpo está pidiendo a gritos que alguien te cuide.
—Déjenme... ir —la voz que respondió era débil, quebrada por el esfuerzo de mantener la compostura, pero conservaba una elegancia gélida—. No saben... con quién se están metiendo.
Leorio vio entonces a la víctima. Su aliento se cortó.
Era la persona más hermosa que había visto en su vida. De una belleza hegemónica, casi irreal, con cabellos de un rubio platino que brillaban bajo las luces de neón y una piel tan pálida que parecía de porcelana fina. Sus ojos, aunque nublados por el inicio de un celo repentino y violento, chispeaban con una inteligencia y una furia que ni siquiera su vulnerabilidad podía apagar.
—¡Oigan, pedazos de imbéciles! —La voz de Leorio tronó como un cañón, silenciando incluso la música en esa pequeña sección del club.
Los tres hombres se giraron, molestos.
—Vete de aquí, cuatro ojos. Esto no es asunto tuyo —gruñió el más corpulento, intentando marcar territorio con su aroma.
Leorio se ajustó el saco del traje, una sonrisa depredadora y cargada de sarcasmo asomando en sus labios. Se acercó con pasos lentos, dejando que su propia aura de alfa, una mucho más vasta y noble, se expandiera.
—Soy estudiante de medicina —dijo Leorio, ensanchando sus hombros—, y mi diagnóstico es que les faltan aproximadamente cinco segundos para que les rompa la cara si no quitan sus manos de encima de ese caballero.
—¿Tú y cuántos más? —se burló el segundo tipo.
Leorio no esperó. Con una agilidad sorprendente para su tamaño, se lanzó hacia adelante. No era un peleador callejero, pero sabía exactamente dónde golpear para causar el máximo dolor con el mínimo esfuerzo. De un puñetazo certero envió al primero al suelo, y antes de que los otros dos pudieran reaccionar, agarró al segundo por el cuello de la camisa y lo lanzó contra una mesa con una fuerza bruta que dejó claro que no estaba bromeando.
—¡Lárguense antes de que decida practicar anatomía forense con ustedes! —rugió.
Los tipos, intimidados por la ferocidad protectora de Leorio, recogieron a su compañero herido y huyeron hacia la salida, maldiciendo entre dientes.
Leorio no los siguió. Su atención se centró de inmediato en la figura que se deslizaba por la pared hasta quedar sentada en el suelo. El aroma a sándalo y miel ahora era tan potente que Leorio sintió un tirón en su propio pecho, una conexión instintiva que casi lo hace tambalear.
Se arrodilló a una distancia respetuosa, quitándose el saco para ofrecérselo.
—Hey, tranquilo. Ya se fueron —dijo Leorio, su voz bajando varios octavos hasta convertirse en un arrullo reconfortante—. Estás a salvo. Soy Leorio.
El joven rubio levantó la vista. Sus ojos, de un gris tormentoso que por un segundo pareció destellar en un escarlata profundo, se clavaron en los de Leorio. Estaba sudando, su respiración era errática y sus dedos se clavaban en sus propios muslos para intentar controlar los espasmos de su cuerpo.
—Se adelantó... —susurró el omega, su voz era una caricia rota—. No debería... hasta dentro de dos semanas. Los supresores... fallaron.
—A veces pasa bajo mucho estrés —explicó Leorio con suavidad, extendiendo una mano pero sin tocarlo todavía—. Me llamo Leorio Paradinight. Soy alfa, pero te juro por mi título de médico que no voy a hacer nada que tú no quieras. Solo quiero sacarte de aquí. Este lugar es un nido de buitres ahora mismo.
El joven lo estudió con una mirada calculadora, incluso en mitad de su neblina hormonal. Vio la honestidad en los ojos tras las gafas, la bondad intrínseca que emanaba de aquel hombre alto y un tanto ruidoso.
—Kurapika —dijo finalmente—. Mi nombre es Kurapika Kurta.
—Un nombre hermoso para alguien que parece sacado de una galería de arte —soltó Leorio sin pensar, y luego se sonrojó violentamente—. ¡Perdón! No es el momento para coquetear, lo siento. Soy un idiota.
Kurapika dejó escapar una risa débil, casi un suspiro, que terminó en un jadeo de dolor.
—Ayúdame a salir... por favor.
Leorio asintió con seriedad. Con una delicadeza que contrastaba con su apariencia tosca, pasó un brazo por debajo de las rodillas de Kurapika y otro por su espalda, levantándolo en vilo. Kurapika era ligero, pero se sentía sólido, y su calor corporal estaba empezando a quemar a través de la camisa de Leorio.
—Sujétate de mi cuello —instruyó Leorio—. No dejes que nadie vea tu cara, te cubriré con mi aroma para que no te molesten.
Kurapika hundió el rostro en el hueco del cuello de Leorio, buscando instintivamente la fuente de ese olor a bosque y cuero viejo que prometía seguridad. Un ronroneo involuntario vibró en su garganta, lo que hizo que el corazón de Leorio diera un vuelco.
—Maldita sea —susurró Leorio para sí mismo mientras caminaba hacia la salida trasera, evitando la pista de baile—, eres demasiado lindo para mi salud mental.
Una vez fuera, el aire fresco de la noche ayudó un poco, pero el celo de Kurapika estaba entrando en su fase más crítica. Leorio lo llevó hasta su coche, un sedán viejo pero impecablemente limpio, y lo acomodó en el asiento del copiloto, reclinándolo.
—Tengo un kit de emergencia en el maletero —dijo Leorio rápidamente—. Bloqueadores temporales y agua. No detendrán el celo, pero te darán claridad para decirme a dónde llevarte.
Kurapika asintió, apretando los dientes. Observó a Leorio moverse con eficiencia, sacando suministros. A pesar de ser un alfa, Leorio no estaba intentando dominarlo ni reclamarlo. Su preocupación era puramente médica y... extrañamente genuina.
Leorio regresó y le entregó una pastilla y una botella de agua.
—Toma esto. Es un inhibidor suave. Te ayudará con la fiebre.
Kurapika bebió, sus dedos rozando los de Leorio. El contacto eléctrico hizo que ambos se estremecieran. Kurapika lo miró fijamente, su intelecto luchando contra sus instintos.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Kurapika—. Podrías haberme dejado o... podrías haberte aprovechado. La mayoría de los alfas en este estado...
Leorio se puso serio, apoyando los brazos en el marco de la puerta abierta.
—Porque quiero ser médico para salvar personas, no para destruirlas —dijo con una sinceridad aplastante—. Y porque un hombre como tú no merece ser tratado como una presa. Mereces ser tratado como... bueno, como la realeza que pareces ser.
Kurapika sintió un calor diferente en su pecho, uno que no venía de sus hormonas. Era una calidez que nacía de sentirse visto, no como un objeto, sino como una persona.
—Mi apartamento está en el distrito financiero —murmuró Kurapika, relajándose un poco contra el asiento—. Está protegido... tengo todo lo que necesito allí.
—Entendido, Kurapika. Te llevaré a casa.
Durante el trayecto, el silencio fue llenado por la respiración pesada de Kurapika y la suave música de la radio que Leorio puso para calmar el ambiente. De vez en cuando, Leorio lanzaba miradas de reojo. No podía evitarlo. Kurapika era hipnótico. La forma en que la luz de las farolas bañaba su perfil perfecto, la inteligencia que emanaba incluso en su estado vulnerable... Leorio sintió que algo dentro de él se sellaba. No era solo el instinto alfa; era algo mucho más profundo. Se estaba enamorando perdidamente en medio de una emergencia médica.
Al llegar al elegante edificio de apartamentos, Leorio ayudó a Kurapika a subir hasta su piso. El lugar era minimalista, lleno de libros y con un orden que hablaba de una mente analítica y serena.
—Aquí estamos —dijo Leorio, ayudándolo a sentarse en el sofá—. ¿Tienes a alguien a quien llamar? ¿Algún amigo o...?
—No —respondió Kurapika, agarrando la manga de la camisa de Leorio cuando este intentó alejarse—. No tengo a nadie que entienda... o que me importe que me vea así.
Leorio se quedó congelado. La mirada de Kurapika era una mezcla de súplica y una invitación que le hizo hervir la sangre.
—Kurapika, escucha —dijo Leorio, su voz resonando con autoridad pero llena de ternura—. Estás en celo. No estás pensando con claridad. Si me quedo...
—Eres médico, ¿no? —Kurapika esbozó una sonrisa débil, pero cargada de una coquetería letal que Leorio no esperaba—. Cuida de mí. No quiero a nadie más. Tu aroma... es el único que no me da asco.
Leorio tragó saliva, sintiendo que sus defensas caían una a una. Se arrodilló frente a él, tomando sus manos.
—Me quedaré —prometió—. Cuidaré de ti, te daré los supresores, te pondré compresas frías y me aseguraré de que estés bien. Pero no voy a tocarte de esa manera, Kurapika. No hasta que puedas decir mi nombre sin que la fiebre hable por ti.
Kurapika lo miró con asombro. Su mente calculadora, siempre acostumbrada a la traición y al egoísmo de los demás, encontró en Leorio un enigma fascinante. Un alfa con el corazón de oro y la voluntad de hierro para proteger su integridad por encima de sus propios deseos.
—Leorio... —susurró el rubio, cerrando los ojos mientras se inclinaba hacia el calor del médico—. Eres un hombre muy extraño.
—Lo sé —rio Leorio, acariciando con el pulgar el dorso de su mano—. Pero soy el hombre que te va a preparar una sopa y te va a vigilar el pulso toda la noche. Así que acostúmbrate, Kurapika. Porque no pienso dejar que te pase nada malo nunca más.
En esa habitación, rodeados por el aroma a sándalo y la seguridad del bosque, comenzó algo que ninguno de los dos esperaba. Kurapika, el omega frío y calculador, había encontrado su ancla. Y Leorio, el alfa ruidoso y bondadoso, había encontrado finalmente la razón por la que había estudiado tanto: para proteger la belleza más pura que el mundo le había presentado.
—Descansa —murmuró Leorio, acomodando una manta sobre él—. Aquí estoy.
—Lo sé —respondió Kurapika, antes de quedarse dormido con una pequeña sonrisa en los labios—. Lo sé.
