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Amor Condicional
Fandom: Hunter x Hunter
Creado: 27/5/2026
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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloOmegaversoHistoria DomésticaEmbarazo No Planificado/No DeseadoMpregCelos
Ecos de un Trono de Hielo
La cafetería de la universidad era un hervidero de hormonas, cafeína y chismes de pasillo. Leorio se encontraba hundido en una silla de plástico que parecía demasiado pequeña para su gran estatura, removiendo un café aguado con una cucharilla de plástico. Vestía unos pantalones cargo desgastados y una sudadera gris con el logo de la facultad de medicina, una vestimenta mucho más acorde a sus noches de estudio intensivo que los trajes que solía usar para aparentar madurez. Tenía ojeras marcadas, pero no eran solo por los libros de anatomía; eran por las noches en vela escuchando los suspiros contenidos de Kurapika en la habitación de al lado.
—Te digo que es un suicidio social, Knuckle. Nadie se le acerca a Kurta sin salir con el orgullo hecho pedazos —dijo Hanzo, recostándose en su silla con los brazos tras la nuca. El alfa de educación física resopló—. Yo lo intenté el semestre pasado. Le ofrecí llevarle los libros y me miró como si yo fuera un insecto pegado a su zapato. Ni siquiera se detuvo.
—A mí me dio una charla de diez minutos sobre la importancia del espacio personal y la propiedad intelectual cuando intenté regalarle un boceto —añadió Zepile, suspirando con una mezcla de admiración y derrota—. Es arte puro, pero un arte que no se puede tocar. Ese omega es... etéreo.
Leorio, que hasta ese momento había estado ignorando la conversación, sintió que el café se le amargaba en la garganta. Escuchar a sus amigos hablar de Kurapika como si fuera una deidad inalcanzable le producía una sensación extraña, una mezcla de incomodidad y una posesividad que intentaba enterrar profundamente.
—¿Tan difícil es ese tipo? —preguntó Leorio, intentando sonar casual, aunque su voz salió un poco más rasposa de lo habitual.
Pietro, su mejor amigo y el único que notaba cuando Leorio estaba actuando raro, le dio un codazo.
—¿Vives en una cueva, Leorio? Kurapika Kurta es el omega dominante más codiciado de toda la facultad de física. No es solo que sea hermoso, es que es brillante. Pero tiene el corazón de hielo. Dicen que nunca ha dejado que nadie, ni alfa ni beta, se le acerque a menos de un metro de distancia.
—Bueno, pues parece que el hielo está a punto de recibir un lanzallamas —intervino Shoot, ajustándose las gafas mientras leía un boletín—. Se rumorea en los pasillos de humanidades que Chrollo Lucilfer va a dar el paso final esta semana.
El nombre de Chrollo hizo que el ambiente en la mesa cambiara. Chrollo era el alfa dominante por excelencia: líder del club de debate, con notas perfectas y una belleza oscura que atraía a cualquiera. Era el único que parecía estar a la altura del estándar de Kurapika.
—Chrollo lleva meses cortejándolo —comentó Knuckle con un gruñido—. Le envía flores raras, libros de ediciones limitadas... y Kurapika, aunque no lo ha aceptado del todo, es el único al que no ha mandado a la mierda de forma inmediata. Si alguien puede derretir al rubio, es él.
Leorio apretó el vaso de cartón. "Corazón de hielo", "inalcanzable", "no deja que nadie se le acerque". Sus amigos no tenían idea. No sabían que ese mismo omega "intocable" dormía a pocos metros de él en un apartamento modesto que olía a té de manzanilla y productos de limpieza. No sabían que Leorio lo había visto en sus momentos más vulnerables: lidiando con las náuseas matutinas, quejándose del cansancio o simplemente sentado en el sofá con la mirada perdida, acariciando inconscientemente su vientre aún plano.
Aunque Kurapika tenía ya cuatro meses de embarazo, su figura seguía siendo esbelta y elegante. Usaba chalecos de punto y camisas de seda que ocultaban cualquier cambio mínimo en su fisonomía. Para el resto del mundo, seguía siendo el príncipe gélido de la universidad. Para Leorio, era el hombre que llevaba a su hijo y con el que apenas cruzaba palabra debido a los horarios asfixiantes de ambos.
—¿Leorio? Tierra llamando a Leorio —Pietro le pasó una mano por delante de la cara—. Te pusiste pálido. ¿Es por la presión del examen de obstetricia o es que tú también caíste ante los encantos del rubio?
—¡No digas tonterías! —saltó Leorio, sintiendo el calor subirle a las mejillas—. Solo... me parece que hablan demasiado de alguien que claramente quiere que lo dejen en paz. Además, ese tal Chrollo suena como un tipo pretencioso.
—Es envidia, señores —se burló Hanzo—. Leorio sabe que no tiene oportunidad con un omega de esa clase. Tú eres más de las omegas alegres de las fiestas, amigo. Kurapika Kurta te comería vivo en la primera frase.
Leorio soltó una carcajada amarga, pero por dentro, la inseguridad empezaba a carcomerlo. Él no era Chrollo Lucilfer. No tenía ese aura de misterio ni esa elegancia innata. Él era un estudiante de medicina que siempre iba corriendo, que hablaba demasiado alto y que apenas podía mantener su apartamento en orden. ¿Qué podía ofrecerle él a alguien como Kurapika, más allá de un trato de responsabilidad y cuidado?
Esa tarde, Leorio regresó al apartamento antes de lo habitual. Al entrar, el silencio lo recibió, pero el aroma a sándalo y cítricos —el aroma natural de Kurapika, ahora mezclado con una dulzura láctea debido al embarazo— inundaba el lugar.
Encontró a Kurapika en la pequeña mesa del comedor, rodeado de libros de física cuántica. Vestía un pantalón de vestir negro y una camisa blanca impecable, abotonada hasta el cuello. Se veía tan perfecto que Leorio se sintió fuera de lugar con su ropa deportiva y su mochila desordenada.
—Llegas temprano —dijo Kurapika sin levantar la vista del libro. Su voz era serena, pero tenía ese filo de autoridad que siempre mantenía a la gente a raya.
—Se canceló una de las prácticas de laboratorio —respondió Leorio, dejando sus cosas a un lado—. ¿Cómo te has sentido hoy? ¿El bebé te ha dado problemas?
Kurapika cerró el libro con un movimiento elegante y finalmente lo miró. Sus ojos avellana parecían cansados, pero mantenían esa chispa de inteligencia afilada.
—Estoy bien, Leorio. No es necesario que preguntes cada vez que entras por la puerta. He cumplido con mis vitaminas y el almuerzo que dejaste preparado.
Leorio se rascó la nuca, un gesto nervioso que siempre le delataba.
—Bueno, es mi deber, ¿no? Hicimos un trato. Además... —Leorio dudó, pero la curiosidad y los celos que habían estado hirviendo en la cafetería ganaron la batalla—. Me enteré de algo hoy en la facultad.
Kurapika enarcó una ceja, manteniendo su expresión impasible.
—¿Ah, sí? No sabía que los estudiantes de medicina tuvieran tiempo para los cotilleos.
—Se trata de ti —soltó Leorio, acercándose un poco más, pero manteniendo la distancia respetuosa que Kurapika siempre exigía—. Dicen por ahí que un tal Chrollo Lucilfer tiene intenciones de... bueno, de declararse formalmente.
El silencio que siguió fue denso. Kurapika no se inmutó, pero Leorio notó cómo sus dedos se tensaban ligeramente sobre la cubierta del libro.
—Chrollo es un hombre persistente —respondió Kurapika con frialdad—. Y muy inteligente. Sus conversaciones son de las pocas que no me resultan una pérdida de tiempo absoluta en ese campus.
Leorio sintió un pinchazo en el pecho.
—Entonces... ¿te gusta? —La pregunta salió antes de que pudiera filtrarla.
Kurapika se puso de pie. A pesar de sus cuatro meses, su vientre solo mostraba una curva casi imperceptible que la tela de la camisa ocultaba perfectamente bajo el corte recto. Se cruzó de brazos y miró a Leorio con una intensidad que lo hizo retroceder un paso.
—¿A qué viene esto, Leorio? Mi vida privada en la universidad no es de tu incumbencia, siempre y cuando no afecte el bienestar del niño o nuestra confidencialidad.
—¡Claro que es de mi incumbencia si ese tipo intenta meterse en tu vida justo ahora! —exclamó Leorio, recuperando su tono explosivo—. Estás esperando un hijo mío, Kurapika. No puedes simplemente... no sé, ¿qué vas a hacer si él se declara? ¿Le vas a decir que estás embarazado de un alfa que apenas conoces por una noche de borrachera?
Los ojos de Kurapika brillaron con una luz peligrosa. Se acercó a Leorio, y por un momento, el alfa se sintió abrumado por el aroma del omega, que se volvió más intenso, más dominante.
—No te equivoques —susurró Kurapika, con una voz que cortaba como el cristal—. Que hayamos decidido compartir este espacio y que tú vayas a ser el tutor del niño no te da derechos sobre mis sentimientos o mis decisiones sociales. Chrollo es un alfa respetado. Tú, por otro lado, eres alguien que dejó dinero sobre una mesita de noche después de quitarme lo único que me pertenecía por completo.
Leorio retrocedió como si le hubieran dado una bofetada. El malentendido de la nota perdida seguía siendo una herida abierta que él no sabía cómo cerrar, porque cada vez que intentaba explicarlo, Kurapika levantaba sus muros de hielo.
—Yo no... Kurapika, ya te lo he dicho, no fue así...
—No quiero explicaciones —lo interrumpió el rubio, dándole la espalda—. No necesito un héroe ni un amante. Solo necesito que cumplas tu parte del trato. Si Chrollo decide hablar conmigo, yo decidiré qué responderle.
Kurapika comenzó a recoger sus libros para retirarse a su habitación, pero cuando pasó por el lado de Leorio, un repentino mareo lo hizo tambalearse. Su mano buscó apoyo en el borde de la mesa, y su respiración se aceleró.
Leorio, instintivamente, lo sujetó por los hombros para evitar que cayera.
—¡Eh! Tranquilo, te tengo —dijo con voz suave, toda la irritación desapareciendo para dar paso a la preocupación genuina del estudiante de medicina y, más importante, del padre del niño.
Kurapika se quedó rígido bajo el toque de Leorio. Podía sentir el calor de las manos del alfa a través de su camisa, un calor que era extrañamente reconfortante en comparación con el frío que siempre intentaba proyectar. Por un segundo, su fachada se agrietó y se permitió apoyarse mínimamente en el pecho de Leorio.
—Es solo... cansancio —murmuró Kurapika, aunque no se apartó de inmediato.
Leorio suspiró, bajando una mano para rozar, con una timidez casi dolorosa, el costado del vientre de Kurapika.
—Estás estudiando demasiado. El doctor dijo que necesitabas reducir el estrés. Olvida a Chrollo, olvida los rumores. Ahora mismo, lo único que importa es que tú y el pequeño estén bien.
Kurapika cerró los ojos, luchando contra la sensación de seguridad que el aroma de Leorio —un olor a bosque después de la lluvia y a limpieza— le proporcionaba. Odiaba depender de alguien. Odiaba que este alfa, que no encajaba en su mundo de perfección y lógica, fuera el único capaz de calmar su instinto omega inquieto.
—No dejes que se acerque demasiado —dijo Leorio en un susurro, casi para sí mismo—. Ese tal Chrollo no sabe nada de ti. No sabe cómo te gusta el té, ni que te quedas dormido sobre los libros de astrofísica a las tres de la mañana. Él solo ve la superficie.
Kurapika se apartó lentamente, recuperando su compostura, aunque sus mejillas tenían un leve tinte rosado que no estaba allí antes.
—Y tú hablas como si supieras mucho más, Leorio Paradinight —respondió Kurapika, aunque esta vez el tono no fue tan gélido—. Ve a estudiar. Tienes un examen mañana y no quiero que el padre de mi hijo sea un médico mediocre.
Kurapika entró en su habitación y cerró la puerta, dejando a Leorio solo en la sala. El alfa se quedó allí, mirando la madera de la puerta, sintiéndose pequeño y gigante al mismo tiempo.
Sabía que la batalla en la universidad apenas comenzaba. Chrollo Lucilfer era un rival formidable, y él no podía competir con flores o poemas en latín. Pero mientras el resto del mundo veía a un omega inalcanzable, Leorio veía al hombre que, a pesar de su orgullo, había decidido confiarle su secreto más grande.
—No te lo voy a dejar tan fácil, Lucilfer —murmuró Leorio, ajustándose la sudadera y sentándose a estudiar con una determinación renovada—. No tienes ni idea de lo que ese "hielo" puede quemar.
Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Kurapika se tocaba el vientre, sintiendo el latido sordo de una vida que crecía en su interior. Recordó las palabras de sus compañeros que Leorio le había repetido. "Intocable", "frío". Suspiró, dejando que una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareciera en su rostro.
Leorio era un idiota carismático y ruidoso, pero era el único que, esa noche de hace meses, lo había tratado con una ternura que Chrollo Lucilfer nunca podría comprender. Y aunque el malentendido del dinero seguía doliendo, el calor de las manos de Leorio en su hombro todavía se sentía en su piel, recordándole que, en ese pequeño y modesto apartamento, ya no estaba solo.
—Te digo que es un suicidio social, Knuckle. Nadie se le acerca a Kurta sin salir con el orgullo hecho pedazos —dijo Hanzo, recostándose en su silla con los brazos tras la nuca. El alfa de educación física resopló—. Yo lo intenté el semestre pasado. Le ofrecí llevarle los libros y me miró como si yo fuera un insecto pegado a su zapato. Ni siquiera se detuvo.
—A mí me dio una charla de diez minutos sobre la importancia del espacio personal y la propiedad intelectual cuando intenté regalarle un boceto —añadió Zepile, suspirando con una mezcla de admiración y derrota—. Es arte puro, pero un arte que no se puede tocar. Ese omega es... etéreo.
Leorio, que hasta ese momento había estado ignorando la conversación, sintió que el café se le amargaba en la garganta. Escuchar a sus amigos hablar de Kurapika como si fuera una deidad inalcanzable le producía una sensación extraña, una mezcla de incomodidad y una posesividad que intentaba enterrar profundamente.
—¿Tan difícil es ese tipo? —preguntó Leorio, intentando sonar casual, aunque su voz salió un poco más rasposa de lo habitual.
Pietro, su mejor amigo y el único que notaba cuando Leorio estaba actuando raro, le dio un codazo.
—¿Vives en una cueva, Leorio? Kurapika Kurta es el omega dominante más codiciado de toda la facultad de física. No es solo que sea hermoso, es que es brillante. Pero tiene el corazón de hielo. Dicen que nunca ha dejado que nadie, ni alfa ni beta, se le acerque a menos de un metro de distancia.
—Bueno, pues parece que el hielo está a punto de recibir un lanzallamas —intervino Shoot, ajustándose las gafas mientras leía un boletín—. Se rumorea en los pasillos de humanidades que Chrollo Lucilfer va a dar el paso final esta semana.
El nombre de Chrollo hizo que el ambiente en la mesa cambiara. Chrollo era el alfa dominante por excelencia: líder del club de debate, con notas perfectas y una belleza oscura que atraía a cualquiera. Era el único que parecía estar a la altura del estándar de Kurapika.
—Chrollo lleva meses cortejándolo —comentó Knuckle con un gruñido—. Le envía flores raras, libros de ediciones limitadas... y Kurapika, aunque no lo ha aceptado del todo, es el único al que no ha mandado a la mierda de forma inmediata. Si alguien puede derretir al rubio, es él.
Leorio apretó el vaso de cartón. "Corazón de hielo", "inalcanzable", "no deja que nadie se le acerque". Sus amigos no tenían idea. No sabían que ese mismo omega "intocable" dormía a pocos metros de él en un apartamento modesto que olía a té de manzanilla y productos de limpieza. No sabían que Leorio lo había visto en sus momentos más vulnerables: lidiando con las náuseas matutinas, quejándose del cansancio o simplemente sentado en el sofá con la mirada perdida, acariciando inconscientemente su vientre aún plano.
Aunque Kurapika tenía ya cuatro meses de embarazo, su figura seguía siendo esbelta y elegante. Usaba chalecos de punto y camisas de seda que ocultaban cualquier cambio mínimo en su fisonomía. Para el resto del mundo, seguía siendo el príncipe gélido de la universidad. Para Leorio, era el hombre que llevaba a su hijo y con el que apenas cruzaba palabra debido a los horarios asfixiantes de ambos.
—¿Leorio? Tierra llamando a Leorio —Pietro le pasó una mano por delante de la cara—. Te pusiste pálido. ¿Es por la presión del examen de obstetricia o es que tú también caíste ante los encantos del rubio?
—¡No digas tonterías! —saltó Leorio, sintiendo el calor subirle a las mejillas—. Solo... me parece que hablan demasiado de alguien que claramente quiere que lo dejen en paz. Además, ese tal Chrollo suena como un tipo pretencioso.
—Es envidia, señores —se burló Hanzo—. Leorio sabe que no tiene oportunidad con un omega de esa clase. Tú eres más de las omegas alegres de las fiestas, amigo. Kurapika Kurta te comería vivo en la primera frase.
Leorio soltó una carcajada amarga, pero por dentro, la inseguridad empezaba a carcomerlo. Él no era Chrollo Lucilfer. No tenía ese aura de misterio ni esa elegancia innata. Él era un estudiante de medicina que siempre iba corriendo, que hablaba demasiado alto y que apenas podía mantener su apartamento en orden. ¿Qué podía ofrecerle él a alguien como Kurapika, más allá de un trato de responsabilidad y cuidado?
Esa tarde, Leorio regresó al apartamento antes de lo habitual. Al entrar, el silencio lo recibió, pero el aroma a sándalo y cítricos —el aroma natural de Kurapika, ahora mezclado con una dulzura láctea debido al embarazo— inundaba el lugar.
Encontró a Kurapika en la pequeña mesa del comedor, rodeado de libros de física cuántica. Vestía un pantalón de vestir negro y una camisa blanca impecable, abotonada hasta el cuello. Se veía tan perfecto que Leorio se sintió fuera de lugar con su ropa deportiva y su mochila desordenada.
—Llegas temprano —dijo Kurapika sin levantar la vista del libro. Su voz era serena, pero tenía ese filo de autoridad que siempre mantenía a la gente a raya.
—Se canceló una de las prácticas de laboratorio —respondió Leorio, dejando sus cosas a un lado—. ¿Cómo te has sentido hoy? ¿El bebé te ha dado problemas?
Kurapika cerró el libro con un movimiento elegante y finalmente lo miró. Sus ojos avellana parecían cansados, pero mantenían esa chispa de inteligencia afilada.
—Estoy bien, Leorio. No es necesario que preguntes cada vez que entras por la puerta. He cumplido con mis vitaminas y el almuerzo que dejaste preparado.
Leorio se rascó la nuca, un gesto nervioso que siempre le delataba.
—Bueno, es mi deber, ¿no? Hicimos un trato. Además... —Leorio dudó, pero la curiosidad y los celos que habían estado hirviendo en la cafetería ganaron la batalla—. Me enteré de algo hoy en la facultad.
Kurapika enarcó una ceja, manteniendo su expresión impasible.
—¿Ah, sí? No sabía que los estudiantes de medicina tuvieran tiempo para los cotilleos.
—Se trata de ti —soltó Leorio, acercándose un poco más, pero manteniendo la distancia respetuosa que Kurapika siempre exigía—. Dicen por ahí que un tal Chrollo Lucilfer tiene intenciones de... bueno, de declararse formalmente.
El silencio que siguió fue denso. Kurapika no se inmutó, pero Leorio notó cómo sus dedos se tensaban ligeramente sobre la cubierta del libro.
—Chrollo es un hombre persistente —respondió Kurapika con frialdad—. Y muy inteligente. Sus conversaciones son de las pocas que no me resultan una pérdida de tiempo absoluta en ese campus.
Leorio sintió un pinchazo en el pecho.
—Entonces... ¿te gusta? —La pregunta salió antes de que pudiera filtrarla.
Kurapika se puso de pie. A pesar de sus cuatro meses, su vientre solo mostraba una curva casi imperceptible que la tela de la camisa ocultaba perfectamente bajo el corte recto. Se cruzó de brazos y miró a Leorio con una intensidad que lo hizo retroceder un paso.
—¿A qué viene esto, Leorio? Mi vida privada en la universidad no es de tu incumbencia, siempre y cuando no afecte el bienestar del niño o nuestra confidencialidad.
—¡Claro que es de mi incumbencia si ese tipo intenta meterse en tu vida justo ahora! —exclamó Leorio, recuperando su tono explosivo—. Estás esperando un hijo mío, Kurapika. No puedes simplemente... no sé, ¿qué vas a hacer si él se declara? ¿Le vas a decir que estás embarazado de un alfa que apenas conoces por una noche de borrachera?
Los ojos de Kurapika brillaron con una luz peligrosa. Se acercó a Leorio, y por un momento, el alfa se sintió abrumado por el aroma del omega, que se volvió más intenso, más dominante.
—No te equivoques —susurró Kurapika, con una voz que cortaba como el cristal—. Que hayamos decidido compartir este espacio y que tú vayas a ser el tutor del niño no te da derechos sobre mis sentimientos o mis decisiones sociales. Chrollo es un alfa respetado. Tú, por otro lado, eres alguien que dejó dinero sobre una mesita de noche después de quitarme lo único que me pertenecía por completo.
Leorio retrocedió como si le hubieran dado una bofetada. El malentendido de la nota perdida seguía siendo una herida abierta que él no sabía cómo cerrar, porque cada vez que intentaba explicarlo, Kurapika levantaba sus muros de hielo.
—Yo no... Kurapika, ya te lo he dicho, no fue así...
—No quiero explicaciones —lo interrumpió el rubio, dándole la espalda—. No necesito un héroe ni un amante. Solo necesito que cumplas tu parte del trato. Si Chrollo decide hablar conmigo, yo decidiré qué responderle.
Kurapika comenzó a recoger sus libros para retirarse a su habitación, pero cuando pasó por el lado de Leorio, un repentino mareo lo hizo tambalearse. Su mano buscó apoyo en el borde de la mesa, y su respiración se aceleró.
Leorio, instintivamente, lo sujetó por los hombros para evitar que cayera.
—¡Eh! Tranquilo, te tengo —dijo con voz suave, toda la irritación desapareciendo para dar paso a la preocupación genuina del estudiante de medicina y, más importante, del padre del niño.
Kurapika se quedó rígido bajo el toque de Leorio. Podía sentir el calor de las manos del alfa a través de su camisa, un calor que era extrañamente reconfortante en comparación con el frío que siempre intentaba proyectar. Por un segundo, su fachada se agrietó y se permitió apoyarse mínimamente en el pecho de Leorio.
—Es solo... cansancio —murmuró Kurapika, aunque no se apartó de inmediato.
Leorio suspiró, bajando una mano para rozar, con una timidez casi dolorosa, el costado del vientre de Kurapika.
—Estás estudiando demasiado. El doctor dijo que necesitabas reducir el estrés. Olvida a Chrollo, olvida los rumores. Ahora mismo, lo único que importa es que tú y el pequeño estén bien.
Kurapika cerró los ojos, luchando contra la sensación de seguridad que el aroma de Leorio —un olor a bosque después de la lluvia y a limpieza— le proporcionaba. Odiaba depender de alguien. Odiaba que este alfa, que no encajaba en su mundo de perfección y lógica, fuera el único capaz de calmar su instinto omega inquieto.
—No dejes que se acerque demasiado —dijo Leorio en un susurro, casi para sí mismo—. Ese tal Chrollo no sabe nada de ti. No sabe cómo te gusta el té, ni que te quedas dormido sobre los libros de astrofísica a las tres de la mañana. Él solo ve la superficie.
Kurapika se apartó lentamente, recuperando su compostura, aunque sus mejillas tenían un leve tinte rosado que no estaba allí antes.
—Y tú hablas como si supieras mucho más, Leorio Paradinight —respondió Kurapika, aunque esta vez el tono no fue tan gélido—. Ve a estudiar. Tienes un examen mañana y no quiero que el padre de mi hijo sea un médico mediocre.
Kurapika entró en su habitación y cerró la puerta, dejando a Leorio solo en la sala. El alfa se quedó allí, mirando la madera de la puerta, sintiéndose pequeño y gigante al mismo tiempo.
Sabía que la batalla en la universidad apenas comenzaba. Chrollo Lucilfer era un rival formidable, y él no podía competir con flores o poemas en latín. Pero mientras el resto del mundo veía a un omega inalcanzable, Leorio veía al hombre que, a pesar de su orgullo, había decidido confiarle su secreto más grande.
—No te lo voy a dejar tan fácil, Lucilfer —murmuró Leorio, ajustándose la sudadera y sentándose a estudiar con una determinación renovada—. No tienes ni idea de lo que ese "hielo" puede quemar.
Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Kurapika se tocaba el vientre, sintiendo el latido sordo de una vida que crecía en su interior. Recordó las palabras de sus compañeros que Leorio le había repetido. "Intocable", "frío". Suspiró, dejando que una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareciera en su rostro.
Leorio era un idiota carismático y ruidoso, pero era el único que, esa noche de hace meses, lo había tratado con una ternura que Chrollo Lucilfer nunca podría comprender. Y aunque el malentendido del dinero seguía doliendo, el calor de las manos de Leorio en su hombro todavía se sentía en su piel, recordándole que, en ese pequeño y modesto apartamento, ya no estaba solo.
