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Fandom: Xylos-4

Creado: 27/5/2026

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Equilibrio Térmico

La casa de Kazuke en Xylos-4 siempre se sentía como una anomalía geográfica. Mientras que afuera el viento gélido del planeta azotaba las estructuras de metal y piedra con una furia silenciosa, tras cruzar el umbral de los Arahara, el aire se volvía denso, pesado y cargado de una humedad que recordaba a los lejanos invernaderos de Yvos-9. Para Kazuke, era el paraíso, el único lugar donde sus pulmones no ardían al respirar. Para Kasuto, era lo más parecido a vivir dentro de un horno de panadería.

Kass estaba sentado en el borde de la cama, observando cómo las gotas de sudor empezaban a formarse en su nuca, deslizándose por su piel verde claro. Sus antenas, usualmente relajadas y bajo control, se agitaban levemente, detectando la saturación de calor en la habitación.

—Kass, en serio, te vas a derretir —dijo Kazuke, acercándose al panel de control térmico de la pared. Sus antenas de color verde menta vibraban con una mezcla de preocupación y culpa—. Voy a bajarlo un poco más.

—Estoy bien, Kazu —mintió Kasuto, aunque su voz sonaba un poco más ronca de lo habitual. Se pasó una mano por el cabello castaño claro, apartándolo de su frente—. No tienes que congelarte por mi culpa. Sé cuánto odias el frío de este piso.

—No me voy a congelar a veintiocho grados, exagerado —replicó Kazuke con una pequeña sonrisa burlona, mientras pulsaba los botones digitales.

El zumbido del sistema de calefacción disminuyó su intensidad. Poco a poco, el aire estancado comenzó a circular, trayendo un alivio momentáneo para Kasuto. Veintiocho grados era una temperatura de "supervivencia" para ambos: lo suficientemente fresco para que Kass no sufriera un síncope térmico, y lo suficientemente cálido para que Kazuke no empezara a temblar de forma incontrolada.

Kazuke se alejó del panel y comenzó a despojarse de las capas de ropa que solía llevar encima. Llevaba una sudadera dos tallas más grande de lo necesario, una prenda que devoraba su complexión delgada. Con movimientos lentos, empezó a desabrocharse el cinturón de sus pantalones anchos.

Kasuto lo observaba con esa intensidad analítica que le caracterizaba. Aunque llevaban un año de relación, ver a Kazuke desvestirse siempre le provocaba un ligero rubor en las mejillas, algo que intentaba ocultar con su habitual máscara de sarcasmo. Sin embargo, cuando los pantalones exteriores de Kazuke cayeron al suelo, Kass no pudo evitar soltar una carcajada corta.

—¿Es en serio, Kazu? —preguntó Kasuto, señalando las piernas de su novio.

Debajo de los pantalones gruesos, Kazuke llevaba otros pantalones de tela más liviana, ajustados y térmicos.

—¡No te rías! —protestó Kazuke, sintiendo cómo sus antenas se curvaban hacia abajo por la vergüenza—. Sabes que pierdo calor corporal más rápido de lo que puedo generarlo. Si me quito todo de golpe, mis pulmones se bloquean. Es... es ingeniería de capas.

—Ingeniería de capas, claro —repitió Kass, levantándose de la cama con una sonrisa de medio lado—. Pareces una cebolla verde, Kazu. Una cebolla muy inteligente, pero una cebolla al fin y al cabo.

—Cállate, Saito —masculló Kazuke, aunque no había veneno en sus palabras.

Antes de que pudiera seguir protestando, Kasuto se acercó a él y lo envolvió en un abrazo repentino, atrapando sus quejas entre una serie de besos rápidos y suaves que aterrizaron en sus mejillas, su nariz y, finalmente, sus labios. Kazuke se quedó rígido un segundo por la sorpresa, pero pronto se relajó, dejando que el calor natural que emanaba del cuerpo de Kass lo envolviera.

Kasuto siempre producía mucho calor, una adaptación biológica de los Velde de Xylos-4 para combatir el entorno helado. Para Kazuke, tocar a Kass era como tocar una batería orgánica cargada al máximo.

—Eres un idiota —susurró Kazuke contra los labios de su novio, aunque sus manos ya se habían enredado en la cintura de Kasuto.

—Pero soy tu idiota favorito —respondió Kass con ese tono calmado y seguro—. Y ahora, quítate el resto de la "cáscara", cebolla. Quiero dormir.

Kazuke terminó de desvestirse, quedando finalmente en una camiseta de Hello Kitty que le quedaba algo grande y los pantalones térmicos más finos. Kasuto se quedó un momento en silencio, simplemente observándolo. A pesar de que Kazuke siempre intentaba ocultarse bajo capas de tela, su figura era armoniosa, delgada pero atlética de una forma sutil.

Kasuto dio un paso adelante y lo abrazó por la espalda, hundiendo el rostro en el espacio entre el cuello y el hombro de Kazuke. El contraste de sus pieles —el verde claro de Kass contra el verde brillante de Kazu— siempre le parecía una de las imágenes más bonitas que podía capturar su mente de dibujante.

—Eres muy lindo, ¿lo sabes? —susurró Kasuto, dejando de lado el sarcasmo por un momento.

Kazuke se tensó, sus antenas vibrando con fuerza. Odiaba cuando Kasuto se ponía sentimental de forma tan directa porque no sabía cómo reaccionar sin parecer un desastre emocional.

—No digas tonterías —respondió Kazuke en voz baja, aunque se apoyó contra el pecho de su novio—. Solo estás alucinando por el calor de la habitación.

—No, hablo en serio —insistió Kass, apretando el agarre—. Me gusta observarte. Cada detalle. Tus patrones, la forma en que tus antenas se mueven cuando estás nervioso... todo.

—Eres un acosador profesional, Kass.

—Soy un analista apasionado —corrigió Kasuto, soltándolo finalmente para buscar su propio pijama en el cajón que Kazuke le había asignado hacía meses.

Se cambiaron en un silencio compartido, uno de esos silencios cómodos que solo las personas que se conocen profundamente pueden permitirse. Kasuto se puso unos pantalones cortos de algodón y una camiseta sin mangas; cualquier otra cosa sería un suicidio térmico en esa casa.

Cuando finalmente se metieron en la cama, la dinámica habitual se impuso de inmediato. Kazuke, buscando instintivamente la fuente de calor, se pegó al costado de Kasuto como si fuera un imán. Kasuto, por su parte, se acomodó del lado de la pared, permitiendo que Kazuke lo rodeara con sus brazos y piernas.

—Kazu, vas a asfixiarme —comentó Kasuto, aunque no hizo ningún movimiento para apartarlo.

—Tengo frío —mintió Kazuke descaradamente. La habitación estaba a veintiocho grados, pero para él, cualquier distancia de Kasuto se sentía como un invierno eterno.

—Mientes fatal. Tus antenas están casi estáticas, eso significa que estás perfectamente cómodo.

—Bueno, entonces tengo frío emocional —replicó Kazuke, escondiendo la cara en el pecho de Kass—. Cállate y déjame usar tu metabolismo.

Kasuto dejó escapar un suspiro largo, sintiendo cómo el calor de su propio cuerpo se acumulaba contra la pared. Sabía que en un par de horas estaría empapado en sudor y que probablemente tendría que levantarse a beber agua para no deshidratarse, pero no le importaba. Observó la cabeza de color verde menta de Kazuke, que ya empezaba a respirar con la lentitud del sueño.

Kass extendió una mano y comenzó a acariciar suavemente una de las antenas de Kazuke. Era un gesto de máxima confianza entre los Velde, ya que las antenas eran extremadamente sensibles. Kazuke soltó un ronroneo casi imperceptible y se apretó más contra él.

—Siempre tan dependiente —susurró Kasuto para sí mismo, con una sonrisa que nadie más vería.

En su mente, Kasuto ya estaba trazando el dibujo que haría al día siguiente en su cuaderno: la curva de los hombros de Kazuke bajo la luz tenue de las lunas de Xylos-4, la forma en que sus dedos se entrelazaban incluso dormidos.

A veces, Kasuto se preguntaba si sería más fácil estar con alguien de su propio planeta, alguien que no necesitara convertir su habitación en un sauna y que no colapsara emocionalmente cuando la temperatura bajaba de los diez grados. Pero luego miraba a Kazuke, veía su inteligencia brillante, su lealtad feroz y la forma en que lo miraba como si Kass fuera el único sol que importaba en el sistema, y cualquier duda se disipaba.

Kazuke era su lugar seguro, incluso si ese lugar seguro estaba a treinta grados de temperatura y olía a botánica y a sudaderas lavadas.

—Te quiero, Kazu —dijo Kasuto en un susurro apenas audible, seguro de que el otro ya dormía.

—Yo también, Kass... —murmuró Kazuke entre sueños, apretando el abrazo—. Pero baja un poco la pierna, que me estás quemando.

Kasuto soltó una risita ahogada. Ni siquiera dormido Kazuke perdía su capacidad para ser un incordio adorable. Se acomodó como pudo, aceptando el calor, el sudor y la cercanía, mientras las lunas de Xylos-4 seguían su curso sobre el cielo helado, ajenas al pequeño y ardiente universo que ambos habían construido dentro de aquellas cuatro paredes.
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