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la proteccion del amor

Fandom: wangxian

Creado: 27/5/2026

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El Despertar del Sol en el Receso de la Nube

El Gran Salón del Receso de la Nube, usualmente un templo de silencio y rectitud, se encontraba envuelto en una atmósfera de misticismo que desafiaba cualquier regla escrita en los muros de Gusu Lan. En el centro exacto de la estancia, reposaba un ataúd de cristal tallado con runas de protección y preservación. Dentro, Wei Wuxian parecía dormir un sueño eterno. Su cabello negro se extendía como un manto de seda sobre el lecho blanco, y sus túnicas negras y rojas contrastaban con la palidez de su piel. A pesar de su fisionomía masculina, poseía una belleza delicada, de curvas suaves que evocaban la gracia de una mujer, aunque su espíritu seguía siendo el del cultivador más brillante de su generación.

Lan Wangji no se había apartado de su lado ni un solo segundo. Sus ojos dorados, cargados de un anhelo que quemaba más que el incienso, seguían el contorno del rostro de Wei Ying. A su alrededor, los líderes de las sectas —incluyendo a un confundido Jiang Cheng, un atento Lan Xichen y el siempre observador Nie Huaisang— aguardaban. Una entidad ancestral los había convocado allí, despojando a los traidores y a los de corazón impuro de la sala, dejando solo a aquellos cuyo destino estaba entrelazado con el joven en el cristal.

—¿Cuánto tiempo más debemos esperar, Lan Wangji? —preguntó Jiang Cheng, apretando el puño sobre Zidian. Su voz era áspera, pero sus ojos traicionaban una profunda angustia—. Dijiste que esto nos mostraría la verdad.

—Paciencia, Líder de Secta Jiang —intervino Lan Xichen con suavidad—. La música está por comenzar.

De la nada, una melodía etérea comenzó a vibrar en el aire. No era una canción cualquiera; era el eco del destino. Las paredes del salón se transformaron en proyecciones de luz, mostrando imágenes de un pasado que muchos creían conocer, pero que nadie entendía realmente.

—Esto es... el Monte Dafan —susurró alguien entre los discípulos.

La música cambió, volviéndose sombría y pesada. Las imágenes mostraron la caída de Wei Wuxian, no como el villano que la historia pintó, sino como el sacrificio humano que realmente fue. Vieron su cuerpo ser destrozado, su núcleo dorado —entregado voluntariamente a Jiang Cheng— y la soledad absoluta de los Túmulos Funerarios.

—¿Él hizo qué? —Jiang Cheng se puso en pie, tambaleándose—. ¿Mi núcleo... era suyo?

Lan Wangji cerró los ojos, sintiendo un dolor punzante en el pecho.

—Él nunca quiso que lo supieras —dijo Lan Wangji, su voz era un susurro quebrado—. Siempre te protegió, incluso a costa de su propia vida.

La reacción continuó durante horas que parecieron días. Vieron cada injusticia, cada momento en que Wei Wuxian fue empujado al abismo por la codicia de otros. Escucharon las canciones canónicas, las letras que hablaban de un amor prohibido y de una lealtad que trascendía la muerte. Al final de la última melodía, el salón quedó en un silencio sepulcral. Los líderes de las sectas estaban mudos, muchos de ellos con lágrimas en los ojos, comprendiendo finalmente el peso del pecado que el mundo de la cultivación había cometido contra el Patriarca de Yiling.

De pronto, el cristal del ataúd comenzó a brillar con una luz dorada. Las runas se disolvieron y la tapa se desvaneció en partículas de energía espiritual. Wei Ying soltó un suspiro largo, y sus pestañas vibraron antes de revelar unos ojos grises que, aunque nublados por el cansancio, conservaban el brillo de mil soles.

—¿Lan Zhan? —su voz era apenas un hilo de seda.

Lan Wangji se arrojó prácticamente a sus pies, tomando su mano con una urgencia que rompió cualquier rastro de su habitual compostura.

—Estoy aquí, Wei Ying. Siempre estaré aquí.

—He tenido un sueño muy largo —dijo Wei Ying, intentando incorporarse. Lan Wangji lo sostuvo por la cintura, notando la calidez de ese cuerpo que ahora, por un milagro de la energía resentida purificada, era capaz de albergar vida—. Todos estaban ahí... y había música.

—Todo el mundo lo ha visto ahora —dijo Lan Xichen, acercándose con una sonrisa triste pero llena de esperanza—. El mundo sabe la verdad, Wei Wuxian. Estás a salvo. Gusu Lan te protegerá.

En los días siguientes, la política del mundo de la cultivación dio un giro de ciento ochenta grados. Con los villanos expuestos y eliminados tras las visiones, la prioridad absoluta fue la restauración del honor de Wei Wuxian. Pero para Lan Wangji, no era suficiente con la justicia. Él quería pertenecerle a Wei Ying ante los ojos de los dioses y de los hombres.

—Padre, tío —dijo Lan Wangji ante los ancianos de la secta—, no habrá más demora. Wei Ying será mi esposo. Será la Gran Madam Lan.

Aunque hubo murmullos iniciales sobre la fisionomía única de Wei Ying, la revelación de que su cuerpo había sido bendecido por la energía espiritual para poder concebir —un regalo de la naturaleza por su sacrificio— silenció cualquier objeción. La boda fue el evento más fastuoso que el Receso de la Nube hubiera visto jamás.

Wei Ying vestía túnicas de seda roja tan intensas que parecían fuego líquido, bordadas con hilos de plata que formaban nubes y peonías. Lan Wangji, a su lado, vestía el blanco y azul tradicional, pero con detalles rojos que simbolizaban su unión eterna.

—Realmente te ves hermoso, Lan Zhan —susurró Wei Ying mientras caminaban hacia el altar principal—. Aunque creo que yo soy el que debería llevar el velo, ¿no crees?

—No importa quién lo lleve —respondió Lan Wangji, apretando su mano—. Eres mío.

—Siempre —asintió Wei Ying con una sonrisa traviesa.

La ceremonia de las tres reverencias fue solemne. Cuando sus frentes se tocaron en la última reverencia, una onda de energía espiritual selló su vínculo. Esa noche, el Receso de la Nube estaba en silencio, pero en la habitación privada de Lan Wangji, el Jingshi, el aire estaba cargado de una electricidad diferente.

Lan Wangji cerró la puerta con un movimiento fluido y se giró hacia su esposo. La luz de las velas bañaba la piel de Wei Ying, dándole un resplandor casi divino.

—Wei Ying —la voz de Lan Wangji era un gruñido bajo, lleno de una necesidad contenida por trece años de soledad.

—Lan Er-gege, ¿por qué tanta seriedad? —Wei Ying se desató la cinta del pelo, dejando que su melena negra cayera sobre sus hombros—. Ya estamos casados.

Lan Wangji no respondió con palabras. Se acercó y lo tomó por la nuca, uniendo sus labios en un beso que sabía a desesperación y triunfo. Sus manos, grandes y fuertes, recorrieron la espalda de Wei Ying, bajando por la curva de su cadera. Wei Ying soltó un gemido, enredando sus piernas alrededor de la cintura robusta de Lan Wangji.

—Te he deseado tanto que duele —susurró Lan Wangji contra su cuello, mientras lo llevaba hacia la cama de sándalo.

—Entonces no esperes más —respondió Wei Ying, abriendo sus túnicas para revelar su pecho pálido—. Hazme tuyo, Lan Zhan.

Esa noche, el amor que había sido negado por el odio y la guerra encontró su refugio. Lan Wangji fue devoto y feroz, reclamando cada centímetro de la piel de Wei Ying, mientras este se entregaba con una pasión que igualaba la de su esposo. En el clímax de su unión, una luz cálida emanó del vientre de Wei Ying, una señal de que la vida estaba floreciendo allí donde antes solo hubo vacío.

Nueve meses después, el Receso de la Nube se llenó con el llanto de un recién nacido. El primer hijo, un varón al que llamaron Lan Yuan, nació con los ojos grises de su padre y la rectitud de los Lan en su semblante. Wei Ying, aunque agotado, no dejó de sonreír mientras sostenía al pequeño A-Yuan en sus brazos.

—Es perfecto, Lan Zhan —dijo Wei Ying, recostado en el regazo de su esposo.

—Se parece a ti —respondió Lan Wangji, besando la frente de ambos.

Pero la felicidad no terminó allí. Dos años más tarde, una pequeña niña llegó a sus vidas. Tenía el cabello tan negro como el de Wei Ying y la mirada dorada e intensa de Lan Wangji. La llamaron Lan Shizhui, en honor a la memoria y al recuerdo de lo que habían superado.

Wei Ying, ahora la respetada Madam Lan, caminaba por los jardines del Receso de la Nube con sus dos hijos. A-Yuan intentaba imitar los movimientos de espada de su padre, mientras la pequeña Shizhui perseguía conejos bajo la mirada atenta de Wei Ying.

Lan Wangji observaba la escena desde el balcón del Jingshi. Ya no había sombras de guerra, ni ataúdes de cristal, ni canciones de lamento. Solo quedaba el sol que siempre debió brillar, y la calma de un hogar que finalmente estaba completo.

—Wei Ying —llamó Lan Wangji.

El hombre de túnicas negras y rojas se giró, con su cabello ondeando al viento y esa sonrisa que podía iluminar el mundo entero.

—¡Lan Zhan! ¡Mira a Shizhui, ha atrapado a un conejo!

Lan Wangji bajó los escalones y se unió a su familia. En ese rincón del mundo, el tiempo parecía haberse detenido para honrar el amor que lo cambió todo. Wei Ying lo tomó del brazo, apoyando la cabeza en su hombro robusto.

—¿Eres feliz, Er-gege?

Lan Wangji lo miró, y por primera vez en su vida, una sonrisa genuina y abierta cruzó sus labios.

—Más de lo que las palabras pueden decir.

—Bien —dijo Wei Ying, besando su mejilla—. Porque planeo quedarme a tu lado por el resto de la eternidad.

Y así, bajo el cielo azul de Gusu, el Patriarca y el HanGuang-Jun vivieron la vida que el destino les había robado, rodeados de amor, de música y de la risa de sus hijos, demostrando que incluso tras la noche más oscura, el sol siempre encuentra el camino de regreso a casa.
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