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Xylos-4 bajajajahaa
Fandom: Xylos-4
Creado: 27/5/2026
Etiquetas
Ciencia FicciónRomancePsicológicoOscuroHistoria DomésticaBiopunkEstudio de PersonajeLenguaje ExplícitoAngustia
El eco del silencio compartido
La mañana en Xylos-4 siempre tenía un tono azulado, una luz fría que se filtraba por los paneles reforzados del apartamento. Para Kasuto, esa temperatura era la perfección: el equilibrio exacto que permitía a su cuerpo de Velde procesar el exceso de calor interno sin sofocarse. Sin embargo, para la figura acurrucada a su lado, el mundo exterior era una amenaza constante de congelación.
Kazuke estaba sumergido bajo tres capas de mantas térmicas, con solo la punta de su nariz verde menta y sus antenas asomando. Sus antenas, usualmente frenéticas, se movían ahora con una languidez perezosa, rítmica, señal de que estaba despertando de un sueño profundo.
Kasuto lo observaba desde su lugar, apoyado en un codo, con su cuaderno de notas descansando sobre el colchón. Había estado dibujando los patrones de sueño de Kazuke durante la última hora, pero su mente no estaba en el papel. Estaba en el archivo digital guardado bajo tres capas de cifrado en su dispositivo personal: el "Protocolo de Emergencia Térmica".
— Te vas a quedar sin oxígeno ahí abajo, Menta —comentó Kasuto con su habitual tono sarcástico, aunque su mano derecha ya buscaba el borde de la manta para invitar al otro a salir.
Un quejido sordo provino de las profundidades del edredón. Kazuke se destapó lentamente, revelando un rostro sonrojado y unos ojos que aún luchaban por enfocarse. Sus antenas se irguieron de golpe al sentir el contacto del aire fresco, vibrando con una intensidad inusual.
— Kass... —la voz de Kazuke era un hilo ronco, cargado de una extraña urgencia—. Tuve un sueño. Fue... fue rarísimo.
Kasuto arqueó una ceja, cerrando su cuaderno con un chasquido seco. El corazón le dio un vuelco imperceptible, pero su expresión se mantuvo gélida y analítica.
— ¿Otro sueño donde los cactus de Yvos-9 conquistan el sistema solar? —se burló, aunque sus ojos escudriñaban cada microexpresión en la piel verde brillante de su pareja.
— No, idiota —Kazuke se sentó, dejando que la manta cayera hasta su cintura, revelando su camiseta de Hello Kitty ligeramente arrugada—. Fue sobre nosotros. Pero se sentía tan... real. Como si pudiera sentir tus manos, pero yo no podía moverme del todo. Estaba como atrapado en ese calor que generas tú.
Kazuke comenzó a relatar los detalles con una honestidad desarmante. Habló de la sensación de peso, del roce de la piel, de cómo en su sueño Kasuto se volvía una fuente de calor insoportable y necesaria a la vez. No omitió nada: ni los sonidos que creía haber hecho, ni la forma en que su cuerpo había reaccionado ante un estímulo que él juraba haber experimentado físicamente.
Mientras hablaba, Kasuto sentía una oleada de poder recorrerle la columna. Era fascinante observar cómo la memoria de Kazuke intentaba procesar lo que realmente había sucedido mientras dormía, convirtiéndolo en una fantasía onírica para darle sentido.
— Y entonces —continuó Kazuke, con las mejillas encendidas de un verde más profundo—, me hacías cosas que... bueno, que normalmente no pides permiso para hacer, pero esta vez era más intenso. Me sentí tan expuesto, Kass. Y lo peor es que, cuando desperté, me sentía... satisfecho. Es humillante.
Kasuto soltó una carcajada corta, una que no llegaba a ser cruel pero que cargaba con todo el peso de su superioridad informativa.
— Vaya, Menta. No sabía que tenías esa clase de fijaciones con la parálisis del sueño —se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ambos hasta que sus antenas casi se rozaron—. Quizás es que tu cuerpo finalmente está admitiendo lo que tu boca no se atreve a pedir.
— ¡No es eso! —protestó Kazuke, golpeando suavemente el pecho de Kasuto, aunque no se alejó—. Es solo que... fue demasiado detallado. Incluso recuerdo que me grababas. ¿Puedes creerlo? Qué estúpido.
Kasuto se tensó un milisegundo, pero lo ocultó transformando el gesto en una sonrisa de lado, depredadora.
— ¿Grabarte? —repitió con lentitud—. Interesante. Tal vez en tu sueño yo sabía que querrías volver a verlo para aprender cómo comportarte en la vida real.
— Eres un imbécil —masculló Kazuke, aunque sus antenas se curvaron hacia abajo, delatando su timidez y su creciente excitación—. Solo digo que, si de verdad pasara... no sé si podría soportarlo. Eres demasiado caliente, Kasuto. Literalmente. Me quemarías.
Kasuto dejó el cuaderno en la mesilla de noche y se abalanzó sobre él, atrapando las muñecas de Kazuke contra la almohada. La diferencia de temperatura fue instantánea: el calor abrasador de Kasuto chocando contra la piel más fresca de Kazuke, adaptada al calor externo pero incapaz de retener el propio.
— ¿Quieres comprobar si puedes soportarlo? —susurró Kasuto cerca de su oído—. O prefieres que sigamos hablando de tus fantasías de Yvos-9. Porque puedo hacer que ese sueño parezca una aburrida nota al pie de página en mi cuaderno.
— ¿Lo dices en serio? —Kazuke lo miró con los ojos muy abiertos, su respiración empezando a fallar debido a la mezcla de nervios y el frío ambiental que Kasuto compensaba con su cercanía—. Estás bromeando para burlarte de mí más tarde.
— Sabes que no bromeo con las cosas que me interesan —respondió Kasuto, su voz volviéndose más profunda, más protectora y, a la vez, más dominante—. Y tú eres lo único que me interesa observar de cerca.
La primera ronda fue casi una necesidad biológica. Kasuto no fue gentil, pero fue preciso. Utilizó cada gramo de su conocimiento sobre la anatomía de los Velde, presionando los puntos donde las terminaciones nerviosas de Kazuke eran más sensibles al cambio térmico. Kazuke se aferraba a él como si fuera un náufrago encontrando tierra firme, buscando el calor que emanaba de los poros de Kasuto. Sus antenas se entrelazaron, una danza frenética de impulsos eléctricos que compartían sensaciones sin necesidad de palabras.
Cuando terminaron, ambos jadeaban. El sudor en la piel de Kazuke brillaba bajo la luz azulada.
— Una —contó Kasuto en voz baja, limpiando una lágrima de satisfacción del rostro de su pareja.
— ¿Estás contando? —preguntó Kazuke, intentando recuperar el aliento, su pecho subiendo y bajando rápidamente.
— Estoy analizando tu resistencia —replicó Kasuto con una chispa de malicia—. Dijiste que en tu sueño era intenso. Apenas estamos empezando a igualar la ficción.
La segunda ronda ocurrió apenas diez minutos después, cuando Kazuke, movido por una valentía inusual nacida de la dependencia emocional, se sentó sobre el regazo de Kasuto. Esta vez, el sarcasmo de Kasuto desapareció, reemplazado por esa intensidad emocional que solía ocultar. Sus manos, expertas en el dibujo y la jardinería, trataron el cuerpo de Kazuke como una planta delicada que necesitaba ser estimulada para florecer en un clima hostil.
Kazuke estaba perdido. Su mente antisocial y reservada se había desconectado, dejando paso a un ser que solo sabía pedir más.
— No te vayas —suplicó Kazuke cuando Kasuto se separó un momento para ajustar la calefacción de la habitación, que empezaba a subir peligrosamente para el bienestar del Velde de Xylos-4—. Hace frío si no me tocas.
— No voy a ninguna parte, Menta —aseguró Kasuto, regresando a la cama. El calor en la habitación era ahora sofocante para él, empezaba a sentir ese mareo punzante que precedía a la fiebre por calor, pero no le importó. Ver a Kazuke tan entregado, tan vulnerable bajo su control, era una droga más potente que cualquier equilibrio térmico.
Para la tercera ronda, la dinámica se volvió más física, más atlética. Kasuto usó su fuerza, esa forma de triángulo invertido de su torso, para dominar el espacio. Kazuke, delgado y flexible, se adaptaba a cada movimiento, sus piernas rodeando la cintura de Kasuto como si intentara fusionarse con él. En este punto, el agotamiento empezaba a hacer mella en Kazuke, sus antenas vibraban con espasmos bajos, pero sus ojos rojos —el color que tanto le gustaba— solo reflejaban una devoción absoluta.
— Te amo, Kass... —susurró Kazuke en medio de un gemido, una confesión que rara vez hacía fuera de la seguridad de la oscuridad.
Kasuto no respondió con palabras. En su lugar, lo besó con una ferocidad que selló el compromiso. Sus acciones siempre hablaban más fuerte. Lo protegía del frío del mundo, pero lo consumía con su propio fuego interno.
La cuarta y última ronda fue lenta, casi agónica. El sol de Xylos-4 ya estaba más alto, y la calefacción combinada con el calor corporal de ambos había convertido la habitación en un pequeño rincón de Yvos-9. Kasuto sentía que su visión se nublaba por el exceso de temperatura en su propio organismo, pero se negó a detenerse hasta que sintió que Kazuke llegaba a su límite absoluto.
Cuando finalmente el silencio volvió a reinar, ambos estaban colapsados sobre las sábanas empapadas. Kazuke estaba prácticamente inconsciente, con una sonrisa de pura paz grabada en el rostro, acurrucado contra el costado de Kasuto.
Kasuto, a pesar del malestar físico por el calor extremo, estiró el brazo para alcanzar su dispositivo. Sus dedos temblaban ligeramente, pero logró activar la pantalla. Miró el video del "Protocolo de Emergencia Térmica" original y luego miró a Kazuke, quien dormía profundamente, confiando plenamente en el ser que lo estaba manipulando sutilmente.
Había algo oscuro en su pecho, una satisfacción que iba más allá del placer físico. Había convertido el sueño de Kazuke en una realidad, pero al hacerlo, había reforzado las cadenas invisibles que los unían. Kazuke ahora no solo dependía de él para no morir de frío, sino que dependía de él para alcanzar ese estado de plenitud que solo Kasuto sabía provocar.
— Duerme, Menta —susurró Kasuto, pasando una mano por el cabello verde menta de su pareja—. Mañana te recordaré cada detalle. Y si lo olvidas... tengo formas de refrescarte la memoria.
Se permitió cerrar los ojos un momento, disfrutando del silencio compartido. Sabía que el riesgo de que Kazuke descubriera las grabaciones era real, pero también sabía que, para cuando eso ocurriera, Kazuke estaría tan entrelazado con él que la verdad no sería una liberación, sino otra razón para no marcharse nunca.
En Xylos-4, el frío era la ley, pero en esa habitación, Kasuto Saito era el único sol que Kazuke Arahara tenía permitido orbitar. Y Kasuto se encargaría de que la gravedad entre ambos fuera eterna.
Kazuke estaba sumergido bajo tres capas de mantas térmicas, con solo la punta de su nariz verde menta y sus antenas asomando. Sus antenas, usualmente frenéticas, se movían ahora con una languidez perezosa, rítmica, señal de que estaba despertando de un sueño profundo.
Kasuto lo observaba desde su lugar, apoyado en un codo, con su cuaderno de notas descansando sobre el colchón. Había estado dibujando los patrones de sueño de Kazuke durante la última hora, pero su mente no estaba en el papel. Estaba en el archivo digital guardado bajo tres capas de cifrado en su dispositivo personal: el "Protocolo de Emergencia Térmica".
— Te vas a quedar sin oxígeno ahí abajo, Menta —comentó Kasuto con su habitual tono sarcástico, aunque su mano derecha ya buscaba el borde de la manta para invitar al otro a salir.
Un quejido sordo provino de las profundidades del edredón. Kazuke se destapó lentamente, revelando un rostro sonrojado y unos ojos que aún luchaban por enfocarse. Sus antenas se irguieron de golpe al sentir el contacto del aire fresco, vibrando con una intensidad inusual.
— Kass... —la voz de Kazuke era un hilo ronco, cargado de una extraña urgencia—. Tuve un sueño. Fue... fue rarísimo.
Kasuto arqueó una ceja, cerrando su cuaderno con un chasquido seco. El corazón le dio un vuelco imperceptible, pero su expresión se mantuvo gélida y analítica.
— ¿Otro sueño donde los cactus de Yvos-9 conquistan el sistema solar? —se burló, aunque sus ojos escudriñaban cada microexpresión en la piel verde brillante de su pareja.
— No, idiota —Kazuke se sentó, dejando que la manta cayera hasta su cintura, revelando su camiseta de Hello Kitty ligeramente arrugada—. Fue sobre nosotros. Pero se sentía tan... real. Como si pudiera sentir tus manos, pero yo no podía moverme del todo. Estaba como atrapado en ese calor que generas tú.
Kazuke comenzó a relatar los detalles con una honestidad desarmante. Habló de la sensación de peso, del roce de la piel, de cómo en su sueño Kasuto se volvía una fuente de calor insoportable y necesaria a la vez. No omitió nada: ni los sonidos que creía haber hecho, ni la forma en que su cuerpo había reaccionado ante un estímulo que él juraba haber experimentado físicamente.
Mientras hablaba, Kasuto sentía una oleada de poder recorrerle la columna. Era fascinante observar cómo la memoria de Kazuke intentaba procesar lo que realmente había sucedido mientras dormía, convirtiéndolo en una fantasía onírica para darle sentido.
— Y entonces —continuó Kazuke, con las mejillas encendidas de un verde más profundo—, me hacías cosas que... bueno, que normalmente no pides permiso para hacer, pero esta vez era más intenso. Me sentí tan expuesto, Kass. Y lo peor es que, cuando desperté, me sentía... satisfecho. Es humillante.
Kasuto soltó una carcajada corta, una que no llegaba a ser cruel pero que cargaba con todo el peso de su superioridad informativa.
— Vaya, Menta. No sabía que tenías esa clase de fijaciones con la parálisis del sueño —se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ambos hasta que sus antenas casi se rozaron—. Quizás es que tu cuerpo finalmente está admitiendo lo que tu boca no se atreve a pedir.
— ¡No es eso! —protestó Kazuke, golpeando suavemente el pecho de Kasuto, aunque no se alejó—. Es solo que... fue demasiado detallado. Incluso recuerdo que me grababas. ¿Puedes creerlo? Qué estúpido.
Kasuto se tensó un milisegundo, pero lo ocultó transformando el gesto en una sonrisa de lado, depredadora.
— ¿Grabarte? —repitió con lentitud—. Interesante. Tal vez en tu sueño yo sabía que querrías volver a verlo para aprender cómo comportarte en la vida real.
— Eres un imbécil —masculló Kazuke, aunque sus antenas se curvaron hacia abajo, delatando su timidez y su creciente excitación—. Solo digo que, si de verdad pasara... no sé si podría soportarlo. Eres demasiado caliente, Kasuto. Literalmente. Me quemarías.
Kasuto dejó el cuaderno en la mesilla de noche y se abalanzó sobre él, atrapando las muñecas de Kazuke contra la almohada. La diferencia de temperatura fue instantánea: el calor abrasador de Kasuto chocando contra la piel más fresca de Kazuke, adaptada al calor externo pero incapaz de retener el propio.
— ¿Quieres comprobar si puedes soportarlo? —susurró Kasuto cerca de su oído—. O prefieres que sigamos hablando de tus fantasías de Yvos-9. Porque puedo hacer que ese sueño parezca una aburrida nota al pie de página en mi cuaderno.
— ¿Lo dices en serio? —Kazuke lo miró con los ojos muy abiertos, su respiración empezando a fallar debido a la mezcla de nervios y el frío ambiental que Kasuto compensaba con su cercanía—. Estás bromeando para burlarte de mí más tarde.
— Sabes que no bromeo con las cosas que me interesan —respondió Kasuto, su voz volviéndose más profunda, más protectora y, a la vez, más dominante—. Y tú eres lo único que me interesa observar de cerca.
La primera ronda fue casi una necesidad biológica. Kasuto no fue gentil, pero fue preciso. Utilizó cada gramo de su conocimiento sobre la anatomía de los Velde, presionando los puntos donde las terminaciones nerviosas de Kazuke eran más sensibles al cambio térmico. Kazuke se aferraba a él como si fuera un náufrago encontrando tierra firme, buscando el calor que emanaba de los poros de Kasuto. Sus antenas se entrelazaron, una danza frenética de impulsos eléctricos que compartían sensaciones sin necesidad de palabras.
Cuando terminaron, ambos jadeaban. El sudor en la piel de Kazuke brillaba bajo la luz azulada.
— Una —contó Kasuto en voz baja, limpiando una lágrima de satisfacción del rostro de su pareja.
— ¿Estás contando? —preguntó Kazuke, intentando recuperar el aliento, su pecho subiendo y bajando rápidamente.
— Estoy analizando tu resistencia —replicó Kasuto con una chispa de malicia—. Dijiste que en tu sueño era intenso. Apenas estamos empezando a igualar la ficción.
La segunda ronda ocurrió apenas diez minutos después, cuando Kazuke, movido por una valentía inusual nacida de la dependencia emocional, se sentó sobre el regazo de Kasuto. Esta vez, el sarcasmo de Kasuto desapareció, reemplazado por esa intensidad emocional que solía ocultar. Sus manos, expertas en el dibujo y la jardinería, trataron el cuerpo de Kazuke como una planta delicada que necesitaba ser estimulada para florecer en un clima hostil.
Kazuke estaba perdido. Su mente antisocial y reservada se había desconectado, dejando paso a un ser que solo sabía pedir más.
— No te vayas —suplicó Kazuke cuando Kasuto se separó un momento para ajustar la calefacción de la habitación, que empezaba a subir peligrosamente para el bienestar del Velde de Xylos-4—. Hace frío si no me tocas.
— No voy a ninguna parte, Menta —aseguró Kasuto, regresando a la cama. El calor en la habitación era ahora sofocante para él, empezaba a sentir ese mareo punzante que precedía a la fiebre por calor, pero no le importó. Ver a Kazuke tan entregado, tan vulnerable bajo su control, era una droga más potente que cualquier equilibrio térmico.
Para la tercera ronda, la dinámica se volvió más física, más atlética. Kasuto usó su fuerza, esa forma de triángulo invertido de su torso, para dominar el espacio. Kazuke, delgado y flexible, se adaptaba a cada movimiento, sus piernas rodeando la cintura de Kasuto como si intentara fusionarse con él. En este punto, el agotamiento empezaba a hacer mella en Kazuke, sus antenas vibraban con espasmos bajos, pero sus ojos rojos —el color que tanto le gustaba— solo reflejaban una devoción absoluta.
— Te amo, Kass... —susurró Kazuke en medio de un gemido, una confesión que rara vez hacía fuera de la seguridad de la oscuridad.
Kasuto no respondió con palabras. En su lugar, lo besó con una ferocidad que selló el compromiso. Sus acciones siempre hablaban más fuerte. Lo protegía del frío del mundo, pero lo consumía con su propio fuego interno.
La cuarta y última ronda fue lenta, casi agónica. El sol de Xylos-4 ya estaba más alto, y la calefacción combinada con el calor corporal de ambos había convertido la habitación en un pequeño rincón de Yvos-9. Kasuto sentía que su visión se nublaba por el exceso de temperatura en su propio organismo, pero se negó a detenerse hasta que sintió que Kazuke llegaba a su límite absoluto.
Cuando finalmente el silencio volvió a reinar, ambos estaban colapsados sobre las sábanas empapadas. Kazuke estaba prácticamente inconsciente, con una sonrisa de pura paz grabada en el rostro, acurrucado contra el costado de Kasuto.
Kasuto, a pesar del malestar físico por el calor extremo, estiró el brazo para alcanzar su dispositivo. Sus dedos temblaban ligeramente, pero logró activar la pantalla. Miró el video del "Protocolo de Emergencia Térmica" original y luego miró a Kazuke, quien dormía profundamente, confiando plenamente en el ser que lo estaba manipulando sutilmente.
Había algo oscuro en su pecho, una satisfacción que iba más allá del placer físico. Había convertido el sueño de Kazuke en una realidad, pero al hacerlo, había reforzado las cadenas invisibles que los unían. Kazuke ahora no solo dependía de él para no morir de frío, sino que dependía de él para alcanzar ese estado de plenitud que solo Kasuto sabía provocar.
— Duerme, Menta —susurró Kasuto, pasando una mano por el cabello verde menta de su pareja—. Mañana te recordaré cada detalle. Y si lo olvidas... tengo formas de refrescarte la memoria.
Se permitió cerrar los ojos un momento, disfrutando del silencio compartido. Sabía que el riesgo de que Kazuke descubriera las grabaciones era real, pero también sabía que, para cuando eso ocurriera, Kazuke estaría tan entrelazado con él que la verdad no sería una liberación, sino otra razón para no marcharse nunca.
En Xylos-4, el frío era la ley, pero en esa habitación, Kasuto Saito era el único sol que Kazuke Arahara tenía permitido orbitar. Y Kasuto se encargaría de que la gravedad entre ambos fuera eterna.
