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Niwa vuelve lol
Fandom: Genshin Impact
Creado: 27/5/2026
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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloFantasíaArregloAmbientación CanonLenguaje Explícito
Ecos del Corazón de Hierro y Carne
El aire de Sumeru era pesado, cargado de una humedad dulce y el aroma a sabiduría antigua que emanaba de los bosques de Avidya. Para Niwa Hisahide, cada paso que daba sobre la tierra firme era un milagro que apenas lograba procesar. Las brujas del Aquelarre habían tejido una magia que desafiaba las leyes de la vida y la muerte, y él, un herrero cuyo corazón fue una vez entregado a la oscuridad de un horno, respiraba de nuevo.
Lo primero que hizo al despertar fue buscar las cenizas de Tatarasuna, temiendo encontrar solo ruinas. Al ver que el hogar de su linaje prosperaba bajo un cielo más limpio, su mente voló de inmediato hacia el ser que más había amado y protegido. Su pequeño Kabukimono. Su marioneta de ojos curiosos y alma de cristal.
Gracias a la guía de la Reina Menor Kusanali, una deidad que parecía saberlo todo con una sonrisa compasiva, Niwa cruzó mares y desiertos hasta llegar a la Academia de Sumeru.
—No es el mismo que dejaste atrás, Niwa —le había advertido Nahida—. Ha caminado por senderos oscuros y ha cambiado su nombre tantas veces como el viento cambia de dirección. Pero en su esencia, sigue siendo tu Kabu.
Niwa se detuvo frente a la puerta de una de las habitaciones de la Academia. Su mano tembló ligeramente. Llevaba puesto su traje tradicional, su cabello con aquel mechón rojizo cayendo sobre su frente, y el peso de siglos de ausencia en sus hombros. Al entrar, el espectáculo lo dejó sin aliento.
No había un niño asustadizo. En su lugar, un joven de una belleza gélida y etérea estaba sentado frente a un escritorio lleno de pergaminos. Sus ropas eran de un azul turquesa vibrante, su sombrero cónico descansaba a un lado, y su mirada, al levantarse, era afilada como una hoja de Inazuma.
—¿Quién te dio permiso para entrar sin tocar? —La voz del Trotamundos era mordaz, cargada de un cinismo que cortaba el aire—. Si vienes a pedir ayuda con tu tesis, lárgate. No tengo tiempo para idiotas.
Niwa sintió un nudo en la garganta. El tono era rudo, casi cruel, pero los ojos... esos ojos azul profundo seguían siendo los mismos que lo miraban con adoración en la fragua.
—Kabu... —susurró Niwa, su voz quebrándose.
El Trotamundos se congeló. El pergamino que sostenía se arrugó bajo la presión de sus dedos. Lentamente, se puso de pie, su figura esbelta y elegante proyectando una sombra larga. Sus labios se apretaron en una línea fina, intentando mantener esa máscara de indiferencia que tanto le había costado construir.
—Ese nombre... —El Trotamundos soltó una risa seca, casi histérica—. Ese nombre murió hace mucho tiempo. ¿Qué clase de truco es este? ¿Dottore envió una alucinación antes de morir? ¿O es que el Irminsul está jugándome una broma pesada?
—No es una broma —dijo Niwa, dando un paso adelante, ignorando la frialdad—. Estoy aquí. Gracias a las brujas, he vuelto. Y lo primero que hice fue buscarte.
—¡No me busques! —gritó el Trotamundos, y una ráfaga de viento Anemo sacudió la habitación, tirando libros al suelo—. ¿Sabes lo que he hecho? ¿Sabes en lo que me convertí? No soy la marioneta inocente que protegiste. He matado, he traicionado, he intentado convertirme en un dios y he fallado estrepitosamente. Soy un paria, Niwa.
Niwa no retrocedió. Se acercó hasta quedar a pocos centímetros de él. Podía ver el delineador rojo bajo sus ojos, la palidez de su piel sintética que parecía tan humana ahora.
—Sé que has sufrido —dijo Niwa con una ternura que desarmaría a cualquier guerrero—. Pero nada de lo que hayas hecho cambia quién eres para mí. Eres mi familia. Mi hijo, mi amigo... mi corazón.
El Trotamundos tembló. La máscara de cinismo se resquebrajó, dejando ver la vulnerabilidad de alguien que ha estado solo durante una eternidad. Niwa extendió una mano y acarició su mejilla. La marioneta cerró los ojos, dejando escapar un sollozo ahogado que había guardado por siglos.
—Me dejaste —susurró el Trotamundos, su voz ahora pequeña—. Me engañaron... me dijeron que me habías traicionado.
—Nunca lo haría —respondió Niwa, envolviéndolo en un abrazo firme—. Morí para protegerte, Kabu. Y ahora que he vuelto, no pienso dejar que el mundo te lastime de nuevo.
Pasaron las horas en un silencio cargado de palabras no dichas. Niwa escuchó, con una paciencia infinita, cómo su Kabu se había convertido en el Trotamundos, su paso por los Fatui, su redención y su nueva vida como erudito. Le dolía el corazón saber cuánto veneno había tenido que tragar, pero se maravillaba de la inteligencia y la fuerza que ahora poseía.
—Eres tan hermoso —comentó Niwa, mientras observaba al Trotamundos acomodarse el cabello—. Un poco más rudo de lo que recordaba, pero sigues siendo tú.
—Cállate —masculló el Trotamundos, aunque sus orejas se tiñeron de un rosa suave—. He tenido que aprender a defenderme. La gente es estúpida y cruel.
—Lo sé. Pero ya no tienes que estar a la defensiva conmigo.
La tensión en la habitación cambió. Ya no era solo el dolor del pasado, sino una corriente eléctrica, una necesidad de contacto que trascendía lo platónico. Niwa siempre había sentido una conexión profunda con él, pero ahora, viendo al hombre en el que se había convertido, esa chispa de protección se transformaba en algo más denso, más oscuro y apasionado.
El Trotamundos lo miraba con una intensidad nueva. Se acercó a Niwa, sus dedos enguantados rozando el pecho del herrero, justo donde latía su corazón recuperado.
—Siento tu corazón —susurró la marioneta—. Late tan rápido. ¿Es por mí?
—Siempre ha sido por ti —confesó Niwa, atrapando su cintura—. Desde el momento en que te encontré en aquel pabellón. Solo que ahora... ahora que soy un hombre que ha vuelto de la muerte, no quiero perder ni un segundo más.
El Trotamundos tiró del cuello de la ropa de Niwa, acortando la distancia.
—Demuéstramelo —desafió, con esa arrogancia que ahora le resultaba tan atractiva a Niwa—. Demuéstrame que este cuerpo de carne es más real que mi vacío.
El beso fue explosivo. No hubo la suavidad de un reencuentro, sino el hambre de siglos de soledad. Niwa devoró sus labios, encontrando en la boca de la marioneta un sabor a tormenta y deseo. El Trotamundos gimió contra sus labios, sus manos enredándose en el cabello de Niwa, tirando con desesperación.
Niwa lo guio hacia la cama, despojándose de las capas de ropa con manos expertas. Cuando la piel de Niwa tocó la superficie fría y perfecta de la marioneta, un escalofrío recorrió a ambos.
—Kabu... —jadeó Niwa, bajando sus besos por el cuello pálido, marcando la piel que nunca envejecía.
—No me llames así ahora —suplicó el Trotamundos, arqueando la espalda—. Llámame... llámame tuyo.
—Eres mío. Siempre lo has sido.
Con una lentitud tortuosa, Niwa comenzó a explorar cada rincón de aquel cuerpo que conocía de memoria pero que ahora descubría por primera vez en un sentido carnal. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, encontrando la humedad que la magia de la marioneta generaba en respuesta a su excitación.
—Ah... Niwa... —El Trotamundos apretó las sábanas, sus ojos nublados por el placer—. Se siente... demasiado.
—Confía en mí —susurró Niwa al oído, su voz ronca—. Te cuidaré, como siempre debí hacerlo.
Niwa se preparó, usando su propia saliva y la lubricación natural de la marioneta para abrirlo con paciencia. El Trotamundos, a pesar de su actitud mordaz en el exterior, era increíblemente sensible. Cada roce lo hacía temblar, cada beso le arrancaba un suspiro que sonaba a música para los oídos del herrero.
Cuando finalmente Niwa se impulsó dentro de él, ambos soltaron un grito ahogado. La plenitud era abrumadora. Era la unión de dos almas que habían cruzado el abismo del tiempo y la traición para encontrarse de nuevo.
—Mírame —ordenó Niwa, moviéndose con un ritmo constante y profundo—. Mírame y dime quién soy.
—Eres... mi Niwa —respondió el Trotamundos, sus piernas rodeando la cintura del hombre, atrayéndolo más hacia sí—. El único... el único que puede tocarme así.
Los movimientos se volvieron más frenéticos. El sonido de la carne chocando contra la superficie sintética, los jadeos pesados y el aroma del deseo llenaron la pequeña habitación de la Academia. Niwa no podía tener suficiente. Quería marcarlo, quería que cada centímetro de la marioneta supiera que pertenecía a la luz de su vida.
—Te amo —gruñó Niwa, sintiendo el clímax acercarse—. Te amo más que a mi propia vida.
—Entonces... lléname —pidió el Trotamundos, con los ojos brillantes de lágrimas de placer—. No dejes espacio para el vacío. Lléname de ti.
Niwa se hundió una última vez, con una fuerza que hizo que la marioneta viera estrellas, y se liberó profundamente dentro de él. El calor de la semilla de Niwa inundó el interior del Trotamundos, una ofrenda de vida para el ser que creía no tenerla.
Se quedaron así por mucho tiempo, unidos, mientras la respiración de Niwa se normalizaba y el Trotamundos se aferraba a él como si temiera que fuera a desvanecerse en el aire.
—¿Te quedarás? —preguntó el Trotamundos en un susurro, su voz carente de todo cinismo.
Niwa se incorporó lo suficiente para besar su frente, apartando los mechones índigo.
—No me iré a ninguna parte —prometió—. Tenemos toda una vida por delante. Y si alguien en esta Academia se atreve a molestarte por ser "grosero", tendrán que vérselas con un herrero de Inazuma muy protector.
El Trotamundos soltó una pequeña risa, la primera risa genuina en siglos.
—Puedo encargarme de ellos solo, idiota. Pero... supongo que no me importaría tenerte cerca mientras lo hago.
Niwa sonrió, sabiendo que el camino hacia la sanación total sería largo, pero que mientras estuvieran juntos, no habría más inviernos en el corazón de su amada marioneta. El sol de Sumeru comenzaba a filtrarse por la ventana, iluminando un nuevo comienzo escrito no con tinta, sino con la sangre y el alma de quienes se negaron a ser olvidados por el destino.
Lo primero que hizo al despertar fue buscar las cenizas de Tatarasuna, temiendo encontrar solo ruinas. Al ver que el hogar de su linaje prosperaba bajo un cielo más limpio, su mente voló de inmediato hacia el ser que más había amado y protegido. Su pequeño Kabukimono. Su marioneta de ojos curiosos y alma de cristal.
Gracias a la guía de la Reina Menor Kusanali, una deidad que parecía saberlo todo con una sonrisa compasiva, Niwa cruzó mares y desiertos hasta llegar a la Academia de Sumeru.
—No es el mismo que dejaste atrás, Niwa —le había advertido Nahida—. Ha caminado por senderos oscuros y ha cambiado su nombre tantas veces como el viento cambia de dirección. Pero en su esencia, sigue siendo tu Kabu.
Niwa se detuvo frente a la puerta de una de las habitaciones de la Academia. Su mano tembló ligeramente. Llevaba puesto su traje tradicional, su cabello con aquel mechón rojizo cayendo sobre su frente, y el peso de siglos de ausencia en sus hombros. Al entrar, el espectáculo lo dejó sin aliento.
No había un niño asustadizo. En su lugar, un joven de una belleza gélida y etérea estaba sentado frente a un escritorio lleno de pergaminos. Sus ropas eran de un azul turquesa vibrante, su sombrero cónico descansaba a un lado, y su mirada, al levantarse, era afilada como una hoja de Inazuma.
—¿Quién te dio permiso para entrar sin tocar? —La voz del Trotamundos era mordaz, cargada de un cinismo que cortaba el aire—. Si vienes a pedir ayuda con tu tesis, lárgate. No tengo tiempo para idiotas.
Niwa sintió un nudo en la garganta. El tono era rudo, casi cruel, pero los ojos... esos ojos azul profundo seguían siendo los mismos que lo miraban con adoración en la fragua.
—Kabu... —susurró Niwa, su voz quebrándose.
El Trotamundos se congeló. El pergamino que sostenía se arrugó bajo la presión de sus dedos. Lentamente, se puso de pie, su figura esbelta y elegante proyectando una sombra larga. Sus labios se apretaron en una línea fina, intentando mantener esa máscara de indiferencia que tanto le había costado construir.
—Ese nombre... —El Trotamundos soltó una risa seca, casi histérica—. Ese nombre murió hace mucho tiempo. ¿Qué clase de truco es este? ¿Dottore envió una alucinación antes de morir? ¿O es que el Irminsul está jugándome una broma pesada?
—No es una broma —dijo Niwa, dando un paso adelante, ignorando la frialdad—. Estoy aquí. Gracias a las brujas, he vuelto. Y lo primero que hice fue buscarte.
—¡No me busques! —gritó el Trotamundos, y una ráfaga de viento Anemo sacudió la habitación, tirando libros al suelo—. ¿Sabes lo que he hecho? ¿Sabes en lo que me convertí? No soy la marioneta inocente que protegiste. He matado, he traicionado, he intentado convertirme en un dios y he fallado estrepitosamente. Soy un paria, Niwa.
Niwa no retrocedió. Se acercó hasta quedar a pocos centímetros de él. Podía ver el delineador rojo bajo sus ojos, la palidez de su piel sintética que parecía tan humana ahora.
—Sé que has sufrido —dijo Niwa con una ternura que desarmaría a cualquier guerrero—. Pero nada de lo que hayas hecho cambia quién eres para mí. Eres mi familia. Mi hijo, mi amigo... mi corazón.
El Trotamundos tembló. La máscara de cinismo se resquebrajó, dejando ver la vulnerabilidad de alguien que ha estado solo durante una eternidad. Niwa extendió una mano y acarició su mejilla. La marioneta cerró los ojos, dejando escapar un sollozo ahogado que había guardado por siglos.
—Me dejaste —susurró el Trotamundos, su voz ahora pequeña—. Me engañaron... me dijeron que me habías traicionado.
—Nunca lo haría —respondió Niwa, envolviéndolo en un abrazo firme—. Morí para protegerte, Kabu. Y ahora que he vuelto, no pienso dejar que el mundo te lastime de nuevo.
Pasaron las horas en un silencio cargado de palabras no dichas. Niwa escuchó, con una paciencia infinita, cómo su Kabu se había convertido en el Trotamundos, su paso por los Fatui, su redención y su nueva vida como erudito. Le dolía el corazón saber cuánto veneno había tenido que tragar, pero se maravillaba de la inteligencia y la fuerza que ahora poseía.
—Eres tan hermoso —comentó Niwa, mientras observaba al Trotamundos acomodarse el cabello—. Un poco más rudo de lo que recordaba, pero sigues siendo tú.
—Cállate —masculló el Trotamundos, aunque sus orejas se tiñeron de un rosa suave—. He tenido que aprender a defenderme. La gente es estúpida y cruel.
—Lo sé. Pero ya no tienes que estar a la defensiva conmigo.
La tensión en la habitación cambió. Ya no era solo el dolor del pasado, sino una corriente eléctrica, una necesidad de contacto que trascendía lo platónico. Niwa siempre había sentido una conexión profunda con él, pero ahora, viendo al hombre en el que se había convertido, esa chispa de protección se transformaba en algo más denso, más oscuro y apasionado.
El Trotamundos lo miraba con una intensidad nueva. Se acercó a Niwa, sus dedos enguantados rozando el pecho del herrero, justo donde latía su corazón recuperado.
—Siento tu corazón —susurró la marioneta—. Late tan rápido. ¿Es por mí?
—Siempre ha sido por ti —confesó Niwa, atrapando su cintura—. Desde el momento en que te encontré en aquel pabellón. Solo que ahora... ahora que soy un hombre que ha vuelto de la muerte, no quiero perder ni un segundo más.
El Trotamundos tiró del cuello de la ropa de Niwa, acortando la distancia.
—Demuéstramelo —desafió, con esa arrogancia que ahora le resultaba tan atractiva a Niwa—. Demuéstrame que este cuerpo de carne es más real que mi vacío.
El beso fue explosivo. No hubo la suavidad de un reencuentro, sino el hambre de siglos de soledad. Niwa devoró sus labios, encontrando en la boca de la marioneta un sabor a tormenta y deseo. El Trotamundos gimió contra sus labios, sus manos enredándose en el cabello de Niwa, tirando con desesperación.
Niwa lo guio hacia la cama, despojándose de las capas de ropa con manos expertas. Cuando la piel de Niwa tocó la superficie fría y perfecta de la marioneta, un escalofrío recorrió a ambos.
—Kabu... —jadeó Niwa, bajando sus besos por el cuello pálido, marcando la piel que nunca envejecía.
—No me llames así ahora —suplicó el Trotamundos, arqueando la espalda—. Llámame... llámame tuyo.
—Eres mío. Siempre lo has sido.
Con una lentitud tortuosa, Niwa comenzó a explorar cada rincón de aquel cuerpo que conocía de memoria pero que ahora descubría por primera vez en un sentido carnal. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, encontrando la humedad que la magia de la marioneta generaba en respuesta a su excitación.
—Ah... Niwa... —El Trotamundos apretó las sábanas, sus ojos nublados por el placer—. Se siente... demasiado.
—Confía en mí —susurró Niwa al oído, su voz ronca—. Te cuidaré, como siempre debí hacerlo.
Niwa se preparó, usando su propia saliva y la lubricación natural de la marioneta para abrirlo con paciencia. El Trotamundos, a pesar de su actitud mordaz en el exterior, era increíblemente sensible. Cada roce lo hacía temblar, cada beso le arrancaba un suspiro que sonaba a música para los oídos del herrero.
Cuando finalmente Niwa se impulsó dentro de él, ambos soltaron un grito ahogado. La plenitud era abrumadora. Era la unión de dos almas que habían cruzado el abismo del tiempo y la traición para encontrarse de nuevo.
—Mírame —ordenó Niwa, moviéndose con un ritmo constante y profundo—. Mírame y dime quién soy.
—Eres... mi Niwa —respondió el Trotamundos, sus piernas rodeando la cintura del hombre, atrayéndolo más hacia sí—. El único... el único que puede tocarme así.
Los movimientos se volvieron más frenéticos. El sonido de la carne chocando contra la superficie sintética, los jadeos pesados y el aroma del deseo llenaron la pequeña habitación de la Academia. Niwa no podía tener suficiente. Quería marcarlo, quería que cada centímetro de la marioneta supiera que pertenecía a la luz de su vida.
—Te amo —gruñó Niwa, sintiendo el clímax acercarse—. Te amo más que a mi propia vida.
—Entonces... lléname —pidió el Trotamundos, con los ojos brillantes de lágrimas de placer—. No dejes espacio para el vacío. Lléname de ti.
Niwa se hundió una última vez, con una fuerza que hizo que la marioneta viera estrellas, y se liberó profundamente dentro de él. El calor de la semilla de Niwa inundó el interior del Trotamundos, una ofrenda de vida para el ser que creía no tenerla.
Se quedaron así por mucho tiempo, unidos, mientras la respiración de Niwa se normalizaba y el Trotamundos se aferraba a él como si temiera que fuera a desvanecerse en el aire.
—¿Te quedarás? —preguntó el Trotamundos en un susurro, su voz carente de todo cinismo.
Niwa se incorporó lo suficiente para besar su frente, apartando los mechones índigo.
—No me iré a ninguna parte —prometió—. Tenemos toda una vida por delante. Y si alguien en esta Academia se atreve a molestarte por ser "grosero", tendrán que vérselas con un herrero de Inazuma muy protector.
El Trotamundos soltó una pequeña risa, la primera risa genuina en siglos.
—Puedo encargarme de ellos solo, idiota. Pero... supongo que no me importaría tenerte cerca mientras lo hago.
Niwa sonrió, sabiendo que el camino hacia la sanación total sería largo, pero que mientras estuvieran juntos, no habría más inviernos en el corazón de su amada marioneta. El sol de Sumeru comenzaba a filtrarse por la ventana, iluminando un nuevo comienzo escrito no con tinta, sino con la sangre y el alma de quienes se negaron a ser olvidados por el destino.
