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Amor prohibido

Fandom: Stranger things

Creado: 27/5/2026

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RomanceDramaAngustiaOscuroPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje ExplícitoMención de IncestoAmbientación CanonGótico Sureño
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Humo y Gasolina

El calor en Hawkins era sofocante, una masa densa que se pegaba a la piel como una segunda capa de sudor y deseo reprimido. En la casa de los Hargrove, el silencio solo era interrumpido por el zumbido monótono del ventilador en el pasillo y el eco lejano de la radio de Billy. Max estaba apoyada contra la puerta de su habitación, escuchando. Podía olerlo desde allí: una mezcla de tabaco rubio, colonia barata de cuero y ese aroma metálico que siempre desprendía el motor de su Camaro.

Billy no era su hermano de sangre, y esa era la única frase que Max repetía en su cabeza como un mantra para acallar la culpa que, a esas alturas, ya era casi inexistente. Era un intruso, un tirano, un salvaje. Pero también era la única persona que lograba que su sangre hirviera de una forma que nada tenía que ver con la ira.

Caminó por el pasillo, con los pies descalzos haciendo un ruido casi imperceptible sobre la madera. La puerta de la habitación de Billy estaba entreabierta. Él estaba de espaldas, sin camiseta, con los vaqueros tan bajos que dejaban ver el inicio de la curva de sus caderas. Estaba frente al espejo, pasándose un peine por el cabello húmedo, los músculos de su espalda moviéndose como cuerdas tensas bajo la piel bronceada.

Max entró sin llamar. No necesitaba hacerlo.

—¿Te han dicho alguna vez que es de mala educación espiar, Maxie? —dijo él sin darse la vuelta, con esa voz pastosa y cargada de una arrogancia que ella encontraba insoportable y adictiva a partes iguales.

—No estaba espiando —respondió ella, cerrando la puerta tras de sí con un clic sonoro que selló el resto del mundo fuera de esas cuatro paredes—. Estaba esperando a que terminaras de admirarte.

Billy se giró lentamente. Sus ojos azules, inyectados en una intensidad peligrosa, recorrieron el cuerpo de Max. Ella llevaba unos shorts vaqueros cortos y una camiseta de tirantes blanca que dejaba poco a la imaginación debido al sudor. El contraste de su cabello pelirrojo contra la piel pálida siempre le había parecido a Billy la cosa más provocativa de aquella casa del demonio.

—¿Y qué quieres? —Billy dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Max pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. ¿Dinero? ¿Que te lleve a algún sitio?

—Sabes perfectamente lo que quiero, Billy —susurró ella, desafiándolo con la mirada.

Él soltó una carcajada seca, pero no se alejó. Al contrario, atrapó un mechón de pelo de Max entre sus dedos, tirando suavemente de él hacia atrás para obligarla a exponer el cuello.

—Somos hermanos, Maxie. Tu padre me mataría. Mi padre... bueno, él simplemente disfrutaría rompiéndome los huesos.

—No somos nada —replicó ella, agarrándolo por la hebilla del cinturón y tirando de él hacia su cuerpo—. Solo somos dos personas atrapadas en el mismo infierno.

Billy no esperó más. Estrelló sus labios contra los de ella con una violencia que buscaba castigarla, pero Max respondió con la misma urgencia, enredando sus manos en su melena rubia y tirando de él hacia la cama. Se cayeron sobre las sábanas revueltas, una maraña de extremidades y jadeos desesperados. Billy le quitó la camiseta de un tirón, dejando sus pechos pequeños y firmes al descubierto, y Max soltó un gemido cuando sintió las manos ásperas de él recorriendo sus costados.

—Estás loca —gruñó Billy contra su cuello, mordiendo la piel sensible justo encima de la clavícula.

—Y tú eres un animal —respondió ella, arqueando la espalda cuando la lengua de Billy descendió hacia sus pezones, rodeándolos con una humedad caliente que la hizo temblar—. No te detengas, Billy. Por favor.

Él se deshizo de sus vaqueros con movimientos torpes y desesperados. Cuando estuvo desnudo frente a ella, Max no pudo evitar recorrer con la mirada cada centímetro de su torso esculpido. Billy se posicionó entre sus piernas, separándolas con brusquedad, y se deshizo de la última prenda de Max. El aire de la habitación parecía haber desaparecido, reemplazado por una tensión sexual que amenazaba con hacer explotar las ventanas.

Billy entró en ella de una sola estocada, profunda y posesiva. Max gritó, enterrando las uñas en los hombros de él, sintiendo cómo sus cuerpos encajaban a la perfección a pesar del tabú, a pesar del odio, a pesar de todo.

—Mírame —ordenó Billy, sujetando las muñecas de Max contra el colchón—. Quiero ver cómo te rompes por mí.

—No me voy a romper —jadeó ella, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de él para atraerlo más profundamente—. Solo hazlo. Haz que me olvide de dónde estoy.

El ritmo se volvió frenético. El sonido de sus cuerpos chocando rítmicamente llenaba el cuarto, mezclado con los insultos en voz baja de Billy y los ruegos de Max. Él la embestía con una fuerza bruta, cada movimiento cargado de una frustración que solo encontraba alivio en el cuerpo de ella. Max sentía que se quemaba, que sus nervios estaban a punto de colapsar bajo el peso del placer que Billy le proporcionaba con cada embestida.

—Eres mía, ¿lo sabes? —dijo él, su voz rompiéndose mientras se acercaba al límite—. No importa quién mire, no importa lo que digan.

—Soy tuya —confirmó ella en un susurro desesperado, cerrando los ojos mientras el orgasmo empezaba a sacudirla desde las entrañas.

Billy aceleró, ignorando el sudor que le caía por la frente, concentrado únicamente en el calor abrasador que lo envolvía. Con un último empuje que pareció vaciarlo por completo, se corrió dentro de ella, soltando un rugido que ahogó contra el hombro de Max. Ella lo abrazó con fuerza, sintiendo los espasmos de él y los suyos propios fundirse en una sola sensación de alivio absoluto.

Se quedaron así durante largos minutos, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo al unísono. Billy se dejó caer a su lado, pasando un brazo por debajo de su cuello para atraerla hacia su pecho. El silencio volvió a la casa, pero ya no era el mismo silencio de antes. Ahora estaba cargado de un secreto compartido, de una marca invisible que ambos llevarían grabada.

—Sabes que esto no va a terminar bien —dijo Billy, mirando hacia el techo con los ojos nublados.

Max se apoyó en su codo y lo miró, trazando con el dedo la cicatriz que él tenía en el pecho.

—Nada en Hawkins termina bien, Billy. Pero al menos, mientras estemos aquí, no tengo frío.

Él soltó un suspiro, una mezcla de resignación y una ternura que solo ella conocía, y la besó de nuevo, esta vez con una lentitud que dolía más que cualquier golpe.

—Vuelve a tu cuarto antes de que Neil llegue —murmuró él, aunque su mano seguía acariciando su cadera, sin querer soltarla de verdad.

—Cinco minutos más —pidió Max, acurrucándose contra él.

En el exterior, el sol de Indiana empezaba a bajar, tiñendo el cielo de un rojo sangre que recordaba al color del cabello de Max, mientras dentro, en la penumbra de la habitación, el humo y la gasolina seguían siendo el único refugio de dos almas que preferían arder juntas antes que morir de frío por separado.
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