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Dc cómic
Fandom: Dc comic
Creado: 27/5/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)OscuroPsicológicoTragediaDistopíaOOC (Fuera de Personaje)ViolaciónViolencia GráficaIsekai / Fantasía Portal
El Ocaso de las Amazonas y el Trono de Carne
El cielo sobre Temiscira, antes de un azul cerúleo impecable, se había teñido de un color púrpura profundo y enfermizo, como una herida abierta en el tejido de la realidad. Las barreras místicas que habían protegido el hogar de las Amazonas durante milenios no se habían derrumbado por la fuerza bruta de un dios, sino que se habían disuelto ante la presencia de algo que no pertenecía a este universo.
En el centro del palacio real, donde una vez se discutía de justicia y guerra, ahora reinaba un silencio roto solo por el sonido de la humillación. Tortun permanecía sentado en el trono de la Reina Hipólita, con una pierna cruzada con indolencia sobre la otra. No era un dios, ni un demonio, era algo peor: un intruso de la "tierra real" que había descubierto que su voluntad era la ley absoluta en este mundo de papel y tinta.
A sus pies, la Reina Hipólita, la mujer que había guiado a su pueblo durante siglos, estaba de rodillas. No había rastro de la corona en su cabeza; su cabello, antes majestuoso, estaba revuelto y pegajoso.
—Mírame, Hipólita —ordenó Tortun, su voz cargada de una arrogancia que no admitía réplica—. ¿Dónde está esa mirada desafiante que tanto presumías?
La reina alzó la vista. Sus ojos, antes llenos de sabiduría y fuego guerrero, ahora estaban nublados por una sumisión forzada que luchaba contra su propia naturaleza. La realidad misma había sido reescrita por Tortun: en este nuevo paradigma, las Amazonas no eran guerreras, sino recipientes.
—Aquí estoy, mi señor —susurró Hipólita, con la voz quebrada.
Tortun soltó una carcajada seca y se inclinó hacia adelante, sujetando el mentón de la reina con fuerza.
—Es fascinante —dijo él, recorriendo con la mirada el salón—. Todas ustedes, tan orgullosas, tan "superiores" en su isla sin hombres. Solo necesitaban a alguien que les recordara cuál es su verdadero lugar. No son más que carne, Hipólita. Carne diseñada para servirme.
En ese momento, las puertas del gran salón se abrieron de par en par. Diana de Themyscira, conocida en el mundo exterior como Wonder Woman, entró a zancadas. Su lazo de la verdad colgaba de su cinturón, pero sus manos temblaban. No era miedo físico lo que sentía, sino el horror de ver su realidad alterada, de sentir cómo sus propios instintos eran traicionados por la voluntad de aquel hombre sentado en el trono de su madre.
—¡Suéltala, monstruo! —gritó Diana, aunque su voz carecía de la autoridad habitual.
Tortun no se inmutó. Al contrario, una sonrisa lasciva se dibujó en su rostro.
—Ah, la joya de la corona. Diana. La mujer perfecta hecha de arcilla —Tortun se puso de pie, obligando a Hipólita a permanecer en el suelo mientras él caminaba hacia la princesa—. Me preguntaba cuánto tardarías en venir a rendirme pleitesía.
—Jamás me arrodillaré ante ti —declaró Diana, intentando desenvainar su espada, pero sus dedos se negaron a obedecer. Sus músculos se sentían pesados, imbuidos de una lascivia ajena que empezaba a brotar desde lo más profundo de su ser por mandato de la alteración de la realidad de Tortun.
—¿Estás segura? —preguntó Tortun, deteniéndose a solo unos centímetros de ella. Su sola presencia emanaba una presión que hacía que el aire fuera difícil de respirar—. Mira a tu alrededor, Diana. Mira a tus hermanas.
Diana miró hacia los laterales del salón. Decenas de Amazonas, antes feroces defensoras de la libertad, estaban en diversos estados de degradación. Sus armaduras estaban rotas o descartadas, y todas ellas mostraban las marcas del "don" de Tortun. No había lucha en ellas, solo una aceptación vacía y una necesidad biológica impuesta de ser el vertedero de su esencia.
—Esto es lo que son ahora —continuó Tortun, pasando una mano por la mejilla de Diana—. Mi vertedero personal. Temiscira ya no es una isla de guerreras. Es mi harén privado, y tú, Diana, serás la pieza central.
—No... yo soy una protectora... —balbuceó Diana, cayendo de rodillas mientras su propia mente empezaba a traicionarla. La manipulación de la realidad de Tortun estaba borrando su heroísmo, reemplazándolo con un deseo oscuro y sumiso de ser utilizada.
—Eres lo que yo diga que eres —sentenció Tortun con frialdad—. Y ahora mismo, digo que eres menos que nada. Eres un objeto. Un juguete para mi placer.
Tortun agarró a Diana por el cabello, obligándola a mirar a su madre, quien observaba la escena con una mezcla de horror y una creciente excitación que no podía controlar debido a la reconfiguración de su propia alma.
—¿Ves esto, Hipólita? —preguntó Tortun—. Tu hija, la gran Wonder Woman, va a ser la primera en demostrar cuánto disfrutan las Amazonas de su nuevo propósito.
—Por favor... —suplicó Diana, aunque no sabía si estaba pidiendo clemencia o que Tortun terminara de romper su voluntad de una vez por todas.
—No hay "por favor" que valga aquí —dijo Tortun, sentándose de nuevo en el trono y obligando a Diana a posicionarse entre sus piernas—. Solo hay obediencia.
El poder de Tortun se expandió por el salón como una marea invisible. Las leyes de la física y la moral de DC se doblegaron ante la voluntad del autoinserto. En su mente, él era el centro del universo, y estas mujeres, iconos de fuerza y feminismo, no eran más que trofeos para ser profanados. Su "semen especial", imbuido con la esencia de la realidad misma, no solo las marcaba físicamente, sino que reescribía sus recuerdos y sus deseos.
—Dilo, Diana —susurró Tortun, inclinándose sobre ella—. Di qué eres.
Diana cerró los ojos, las lágrimas corrían por sus mejillas, pero cuando abrió la boca, las palabras que salieron no fueron de resistencia.
—Soy... soy su vertedero, mi señor —respondió Diana, su voz perdiendo toda su fuerza heroica y volviéndose sumisa y anhelante.
—¿Y tú, Hipólita? —preguntó Tortun, mirando a la reina.
—Somos suyas —respondió la reina, acercándose también, arrastrándose como un animal herido pero agradecido—. Toda Temiscira existe solo para recibirlo a usted.
Tortun se recostó en el trono, disfrutando de la visión de las dos mujeres más poderosas del planeta rendidas y quebradas a sus pies. La justicia había muerto en la isla. El honor era un recuerdo borroso. Solo quedaba el deseo insaciable de un hombre que se creía dios y la absoluta degradación de un pueblo que una vez fue libre.
—Esto es solo el principio —dijo Tortun, mirando hacia el horizonte, donde el resto del mundo de los héroes aún no sabía que su mayor defensora había caído—. Una vez que termine de llenar cada rincón de esta isla con mi marca, iré por el resto. Pero por ahora... tengo mucho trabajo que hacer con ustedes dos.
El sol terminó de ocultarse bajo el horizonte púrpura, dejando a Temiscira sumida en una oscuridad que no era climática, sino espiritual. Las Amazonas, bajo el yugo de Tortun, ya no eran las guardianas de la paz, sino las esclavas de un hombre que despreciaba su existencia y solo valoraba su capacidad para ser usadas. La isla de la perfección se había convertido en el rincón más oscuro del multiverso, un lugar donde la voluntad de una sola persona había convertido la gloria en fango.
En el centro del palacio real, donde una vez se discutía de justicia y guerra, ahora reinaba un silencio roto solo por el sonido de la humillación. Tortun permanecía sentado en el trono de la Reina Hipólita, con una pierna cruzada con indolencia sobre la otra. No era un dios, ni un demonio, era algo peor: un intruso de la "tierra real" que había descubierto que su voluntad era la ley absoluta en este mundo de papel y tinta.
A sus pies, la Reina Hipólita, la mujer que había guiado a su pueblo durante siglos, estaba de rodillas. No había rastro de la corona en su cabeza; su cabello, antes majestuoso, estaba revuelto y pegajoso.
—Mírame, Hipólita —ordenó Tortun, su voz cargada de una arrogancia que no admitía réplica—. ¿Dónde está esa mirada desafiante que tanto presumías?
La reina alzó la vista. Sus ojos, antes llenos de sabiduría y fuego guerrero, ahora estaban nublados por una sumisión forzada que luchaba contra su propia naturaleza. La realidad misma había sido reescrita por Tortun: en este nuevo paradigma, las Amazonas no eran guerreras, sino recipientes.
—Aquí estoy, mi señor —susurró Hipólita, con la voz quebrada.
Tortun soltó una carcajada seca y se inclinó hacia adelante, sujetando el mentón de la reina con fuerza.
—Es fascinante —dijo él, recorriendo con la mirada el salón—. Todas ustedes, tan orgullosas, tan "superiores" en su isla sin hombres. Solo necesitaban a alguien que les recordara cuál es su verdadero lugar. No son más que carne, Hipólita. Carne diseñada para servirme.
En ese momento, las puertas del gran salón se abrieron de par en par. Diana de Themyscira, conocida en el mundo exterior como Wonder Woman, entró a zancadas. Su lazo de la verdad colgaba de su cinturón, pero sus manos temblaban. No era miedo físico lo que sentía, sino el horror de ver su realidad alterada, de sentir cómo sus propios instintos eran traicionados por la voluntad de aquel hombre sentado en el trono de su madre.
—¡Suéltala, monstruo! —gritó Diana, aunque su voz carecía de la autoridad habitual.
Tortun no se inmutó. Al contrario, una sonrisa lasciva se dibujó en su rostro.
—Ah, la joya de la corona. Diana. La mujer perfecta hecha de arcilla —Tortun se puso de pie, obligando a Hipólita a permanecer en el suelo mientras él caminaba hacia la princesa—. Me preguntaba cuánto tardarías en venir a rendirme pleitesía.
—Jamás me arrodillaré ante ti —declaró Diana, intentando desenvainar su espada, pero sus dedos se negaron a obedecer. Sus músculos se sentían pesados, imbuidos de una lascivia ajena que empezaba a brotar desde lo más profundo de su ser por mandato de la alteración de la realidad de Tortun.
—¿Estás segura? —preguntó Tortun, deteniéndose a solo unos centímetros de ella. Su sola presencia emanaba una presión que hacía que el aire fuera difícil de respirar—. Mira a tu alrededor, Diana. Mira a tus hermanas.
Diana miró hacia los laterales del salón. Decenas de Amazonas, antes feroces defensoras de la libertad, estaban en diversos estados de degradación. Sus armaduras estaban rotas o descartadas, y todas ellas mostraban las marcas del "don" de Tortun. No había lucha en ellas, solo una aceptación vacía y una necesidad biológica impuesta de ser el vertedero de su esencia.
—Esto es lo que son ahora —continuó Tortun, pasando una mano por la mejilla de Diana—. Mi vertedero personal. Temiscira ya no es una isla de guerreras. Es mi harén privado, y tú, Diana, serás la pieza central.
—No... yo soy una protectora... —balbuceó Diana, cayendo de rodillas mientras su propia mente empezaba a traicionarla. La manipulación de la realidad de Tortun estaba borrando su heroísmo, reemplazándolo con un deseo oscuro y sumiso de ser utilizada.
—Eres lo que yo diga que eres —sentenció Tortun con frialdad—. Y ahora mismo, digo que eres menos que nada. Eres un objeto. Un juguete para mi placer.
Tortun agarró a Diana por el cabello, obligándola a mirar a su madre, quien observaba la escena con una mezcla de horror y una creciente excitación que no podía controlar debido a la reconfiguración de su propia alma.
—¿Ves esto, Hipólita? —preguntó Tortun—. Tu hija, la gran Wonder Woman, va a ser la primera en demostrar cuánto disfrutan las Amazonas de su nuevo propósito.
—Por favor... —suplicó Diana, aunque no sabía si estaba pidiendo clemencia o que Tortun terminara de romper su voluntad de una vez por todas.
—No hay "por favor" que valga aquí —dijo Tortun, sentándose de nuevo en el trono y obligando a Diana a posicionarse entre sus piernas—. Solo hay obediencia.
El poder de Tortun se expandió por el salón como una marea invisible. Las leyes de la física y la moral de DC se doblegaron ante la voluntad del autoinserto. En su mente, él era el centro del universo, y estas mujeres, iconos de fuerza y feminismo, no eran más que trofeos para ser profanados. Su "semen especial", imbuido con la esencia de la realidad misma, no solo las marcaba físicamente, sino que reescribía sus recuerdos y sus deseos.
—Dilo, Diana —susurró Tortun, inclinándose sobre ella—. Di qué eres.
Diana cerró los ojos, las lágrimas corrían por sus mejillas, pero cuando abrió la boca, las palabras que salieron no fueron de resistencia.
—Soy... soy su vertedero, mi señor —respondió Diana, su voz perdiendo toda su fuerza heroica y volviéndose sumisa y anhelante.
—¿Y tú, Hipólita? —preguntó Tortun, mirando a la reina.
—Somos suyas —respondió la reina, acercándose también, arrastrándose como un animal herido pero agradecido—. Toda Temiscira existe solo para recibirlo a usted.
Tortun se recostó en el trono, disfrutando de la visión de las dos mujeres más poderosas del planeta rendidas y quebradas a sus pies. La justicia había muerto en la isla. El honor era un recuerdo borroso. Solo quedaba el deseo insaciable de un hombre que se creía dios y la absoluta degradación de un pueblo que una vez fue libre.
—Esto es solo el principio —dijo Tortun, mirando hacia el horizonte, donde el resto del mundo de los héroes aún no sabía que su mayor defensora había caído—. Una vez que termine de llenar cada rincón de esta isla con mi marca, iré por el resto. Pero por ahora... tengo mucho trabajo que hacer con ustedes dos.
El sol terminó de ocultarse bajo el horizonte púrpura, dejando a Temiscira sumida en una oscuridad que no era climática, sino espiritual. Las Amazonas, bajo el yugo de Tortun, ya no eran las guardianas de la paz, sino las esclavas de un hombre que despreciaba su existencia y solo valoraba su capacidad para ser usadas. La isla de la perfección se había convertido en el rincón más oscuro del multiverso, un lugar donde la voluntad de una sola persona había convertido la gloria en fango.
