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qhps senku de dr stone, shoko komi y shaka de virgo cayera en niehime to kemono no ou
Fandom: niehime to kemono no ou, komi can´t communicate, saint seiya, dr stone
Creado: 27/5/2026
Etiquetas
CrossoverIsekai / Fantasía PortalAventuraFantasíaDolor/ConsueloCambio de GéneroArregloCiencia FicciónAcciónUA (Universo Alternativo)Recortes de VidaFluffStonepunkHumorCrack / Humor ParódicoViajes en el Tiempo
El Despertar del Conocimiento entre Bestias y Dioses
La penumbra del palacio de Ozmargo siempre estaba cargada de un aire pesado, una mezcla de incienso antiguo y el poder latente de las bestias que lo habitaban. Leonhart, el Rey de las Bestias, observaba desde su trono con una expresión de severidad que ocultaba su cansancio. A su lado, Sariphi, la joven humana que había desafiado todas las leyes de aquel reino, caminaba con curiosidad hacia un rincón del salón que había permanecido inalterado durante siglos.
Allí, erguida como una estatua de mármol grisáceo y desgastado, se encontraba una figura humana extraña. Su cabello, tallado en piedra, terminaba en puntas desafiantes, y su mano estaba extendida hacia el frente, como si estuviera a punto de señalar una verdad universal antes de ser detenido por el tiempo mismo.
—Leonhart, ¿qué es esto? —preguntó Sariphi, acercando su mano a la superficie fría de la estatua—. Nunca lo había visto tan cerca.
—Es un vestigio de la era antigua, Sariphi —respondió el Rey, mientras Anubis, su consejero, arqueaba una ceja con desaprobación—. Una reliquia de cuando los humanos creían que podían dominar el mundo con su supuesta lógica. Ha estado en los sótanos del palacio desde antes de mi ascenso.
—Parece... parece que estuviera vivo —murmuró ella.
Sin poder evitarlo, Sariphi posó la palma de su mano sobre el pecho de la estatua. En ese instante, un crujido ensordecedor recorrió la sala. Jormungand y la Princesa Amit, que acababan de entrar al salón, se detuvieron en seco, observando con horror cómo la piedra comenzaba a descascararse.
Pequeños fragmentos de roca gris cayeron al suelo, revelando piel, tela y un cabello de un verde pálido que desafiaba la gravedad. El hombre atrapado en la piedra abrió los ojos, revelando unas pupilas rojas que destellaban con una inteligencia técnica y calculadora.
—Diez mil setecientos veintiocho millones, seiscientos cincuenta y cuatro mil trescientos doce segundos... —susurró el desconocido, tambaleándose hacia adelante mientras se sacudía el polvo de los hombros—. Un despertar un tanto dramático, diría que esto es un diez mil por ciento ineficiente.
—¡Un humano! —exclamó Anubis, desenvainando su arma—. ¡Cómo se atreve a profanar el suelo de Ozmargo con su presencia ruidosa!
—Tranquilo, cabeza de chacal —dijo Senku Ishigami, limpiándose la oreja con el dedo meñique mientras observaba a las bestias a su alrededor sin un ápice de miedo—. No tengo ni la más mínima idea de dónde estoy, pero a juzgar por la anatomía de ustedes, o estoy en un sueño inducido por algún hongo alucinógeno, o la evolución tomó un camino ridículamente extraño mientras yo estaba fuera de servicio.
Leonhart se levantó de su trono, su imponente figura proyectando una sombra sobre el científico.
—Estás en el reino de Ozmargo, humano. Y el hecho de que respires es un milagro que no durará mucho si no explicas quién eres.
Senku sonrió de lado, sus ojos brillando al ver la estructura del palacio.
—Soy Senku, el hombre que traerá la civilización de vuelta, incluso si tengo que empezar desde cero en este zoológico de fantasía.
Antes de que Leonhart pudiera responder, la realidad misma pareció vibrar. El aire en el centro del salón se volvió denso y dorado, desprendiendo una fragancia a flores de loto que calmó instantáneamente la tensión en la habitación.
De la nada, una figura descendió con una elegancia que rozaba lo divino. Era un hombre de cabellos largos y dorados, con los ojos cerrados y una armadura que resplandecía como el sol mismo. A su lado, una joven de cabello oscuro y lacio, vestida con un uniforme escolar que resultaba anacrónico, temblaba visiblemente, sosteniendo un cuaderno contra su pecho con fuerza.
—La paz sea con este recinto —dijo Shaka de Virgo, cuya sola presencia hacía que incluso Jormungand retrocediera por instinto—. Aunque el flujo del tiempo y el espacio parece haber sufrido una distorsión innecesaria.
Shoko Komi, la joven a su lado, miró a su alrededor. Vio a un hombre león gigante, a un hombre con cabeza de chacal, a una reptiliana con vestidos elegantes y a un chico de cabello puntiagudo que la miraba con curiosidad científica. Su rostro se tornó rojo, sus ojos se agrandaron y comenzó a vibrar con una intensidad que hizo que Amit se asustara.
—¡Ah! ¡Se está transformando en una bestia de vibración! —gritó Amit, escondiéndose detrás de Jormungand.
—No te preocupes, princesa —dijo Shaka con serenidad—. La joven Komi simplemente sufre de una gran ansiedad social. Sus pensamientos son un torbellino que no logra encontrar el camino hacia sus labios.
Senku dio un paso adelante, analizando la armadura de Shaka.
—Oro de alta pureza, pero con una firma energética que no responde a las leyes de la termodinámica convencional. Esto se pone interesante —Senku miró a Komi, quien seguía petrificada (esta vez de forma metafórica)—. Oye, tú, la del cuaderno. ¿Tienes alguna idea de qué año es o si esto es una simulación cuántica?
Komi, con manos temblorosas, abrió su cuaderno y escribió rápidamente con un lápiz que parecía haber aparecido de la nada. Luego, lo levantó para que todos lo leyeran:
"Lo siento mucho. No sé dónde estamos. Por favor, no me coman".
Sariphi, conmovida por la actitud de la chica, se acercó a ella con una sonrisa cálida.
—Nadie va a comerte, Komi. Yo también soy humana. Me llamo Sariphi y este es Leonhart, el Rey. Es un poco gruñón, pero es bueno.
Leonhart soltó un gruñido profundo, cruzando sus brazos musculosos.
—Primero un humano que despierta de una estatua y ahora un caballero dorado y una niña que se comunica por escrito. Anubis, dime que esto es una broma de los sacerdotes.
—Me temo que no, mi señor —respondió Anubis, sin apartar la vista de Shaka—. Ese hombre de la armadura... emite un cosmos que rivaliza con el poder de los dioses antiguos. No es un humano común.
Shaka abrió ligeramente un ojo, revelando una mirada que parecía contener galaxias enteras.
—Estamos aquí porque el equilibrio se ha roto. El despertar del hombre de ciencia —señaló a Senku— ha resonado con el silencio de la joven Komi y la pureza de la joven Sariphi. Ozmargo se ha convertido en el nexo de varias realidades.
Senku soltó una carcajada, rascándose la nuca.
—Ciencia, silencio y... ¿pureza? Suena a una receta para un desastre químico o para el mayor avance de la historia. Escuchen bien, bestias y entidades cósmicas. No sé cómo llegamos aquí, pero si algo he aprendido es que no hay misterio que la ciencia no pueda resolver.
Komi volvió a escribir en su cuaderno:
"Me gustaría ser amiga de todos... si no es mucha molestia".
Amit, al leer el mensaje, salió de su escondite con los ojos llorosos.
—¡Es tan tierna! ¡Incluso siendo humana es adorable!
—Esto es absurdo —suspiró Leonhart, aunque su postura se relajó—. Jormungand, prepara habitaciones para... nuestros invitados. No podemos dejarlos a su suerte en el desierto de Ozmargo si realmente el mundo está cambiando.
—¡Un momento! —intervino Senku, señalando a Shaka—. Ese brillo dorado de tu armadura... ¿podrías prestarme un poco para un experimento? Necesito ver si puedo usar esa energía para destilar alcohol o crear pólvora.
Shaka volvió a cerrar los ojos, una leve sonrisa apareciendo en su rostro.
—Mi cosmos no es un combustible para tus máquinas, joven científico. Pero sospecho que tu lógica y mi meditación tendrán que trabajar juntas antes de que termine el día.
Komi, viendo que la tensión disminuía, se permitió exhalar un suspiro de alivio. Sus ojos se encontraron con los de Sariphi, y por primera vez en aquel extraño encuentro, hubo una conexión de entendimiento. Dos humanas en un mundo de monstruos, un científico que quería desafiar a los dioses y un caballero que ya los conocía demasiado bien.
—Bien —dijo Leonhart, dándose la vuelta para regresar a sus aposentos—. Bienvenidos a Ozmargo. Intenten no destruir el palacio antes de la cena.
Senku ya estaba arrodillado en el suelo, dibujando diagramas en la piedra con un trozo de carbón que había sacado de quién sabe dónde.
—Diez mil por ciento seguro de que esto será divertido —murmuró el científico.
Mientras tanto, Komi escribió una última nota en su cuaderno, mostrándosela a un confundido Jormungand:
"¿Tienen té? El viaje fue un poco estresante".
El destino de Ozmargo acababa de cruzarse con el de las estrellas, la ciencia y el silencio, y nada volvería a ser igual en el reino de las bestias.
Allí, erguida como una estatua de mármol grisáceo y desgastado, se encontraba una figura humana extraña. Su cabello, tallado en piedra, terminaba en puntas desafiantes, y su mano estaba extendida hacia el frente, como si estuviera a punto de señalar una verdad universal antes de ser detenido por el tiempo mismo.
—Leonhart, ¿qué es esto? —preguntó Sariphi, acercando su mano a la superficie fría de la estatua—. Nunca lo había visto tan cerca.
—Es un vestigio de la era antigua, Sariphi —respondió el Rey, mientras Anubis, su consejero, arqueaba una ceja con desaprobación—. Una reliquia de cuando los humanos creían que podían dominar el mundo con su supuesta lógica. Ha estado en los sótanos del palacio desde antes de mi ascenso.
—Parece... parece que estuviera vivo —murmuró ella.
Sin poder evitarlo, Sariphi posó la palma de su mano sobre el pecho de la estatua. En ese instante, un crujido ensordecedor recorrió la sala. Jormungand y la Princesa Amit, que acababan de entrar al salón, se detuvieron en seco, observando con horror cómo la piedra comenzaba a descascararse.
Pequeños fragmentos de roca gris cayeron al suelo, revelando piel, tela y un cabello de un verde pálido que desafiaba la gravedad. El hombre atrapado en la piedra abrió los ojos, revelando unas pupilas rojas que destellaban con una inteligencia técnica y calculadora.
—Diez mil setecientos veintiocho millones, seiscientos cincuenta y cuatro mil trescientos doce segundos... —susurró el desconocido, tambaleándose hacia adelante mientras se sacudía el polvo de los hombros—. Un despertar un tanto dramático, diría que esto es un diez mil por ciento ineficiente.
—¡Un humano! —exclamó Anubis, desenvainando su arma—. ¡Cómo se atreve a profanar el suelo de Ozmargo con su presencia ruidosa!
—Tranquilo, cabeza de chacal —dijo Senku Ishigami, limpiándose la oreja con el dedo meñique mientras observaba a las bestias a su alrededor sin un ápice de miedo—. No tengo ni la más mínima idea de dónde estoy, pero a juzgar por la anatomía de ustedes, o estoy en un sueño inducido por algún hongo alucinógeno, o la evolución tomó un camino ridículamente extraño mientras yo estaba fuera de servicio.
Leonhart se levantó de su trono, su imponente figura proyectando una sombra sobre el científico.
—Estás en el reino de Ozmargo, humano. Y el hecho de que respires es un milagro que no durará mucho si no explicas quién eres.
Senku sonrió de lado, sus ojos brillando al ver la estructura del palacio.
—Soy Senku, el hombre que traerá la civilización de vuelta, incluso si tengo que empezar desde cero en este zoológico de fantasía.
Antes de que Leonhart pudiera responder, la realidad misma pareció vibrar. El aire en el centro del salón se volvió denso y dorado, desprendiendo una fragancia a flores de loto que calmó instantáneamente la tensión en la habitación.
De la nada, una figura descendió con una elegancia que rozaba lo divino. Era un hombre de cabellos largos y dorados, con los ojos cerrados y una armadura que resplandecía como el sol mismo. A su lado, una joven de cabello oscuro y lacio, vestida con un uniforme escolar que resultaba anacrónico, temblaba visiblemente, sosteniendo un cuaderno contra su pecho con fuerza.
—La paz sea con este recinto —dijo Shaka de Virgo, cuya sola presencia hacía que incluso Jormungand retrocediera por instinto—. Aunque el flujo del tiempo y el espacio parece haber sufrido una distorsión innecesaria.
Shoko Komi, la joven a su lado, miró a su alrededor. Vio a un hombre león gigante, a un hombre con cabeza de chacal, a una reptiliana con vestidos elegantes y a un chico de cabello puntiagudo que la miraba con curiosidad científica. Su rostro se tornó rojo, sus ojos se agrandaron y comenzó a vibrar con una intensidad que hizo que Amit se asustara.
—¡Ah! ¡Se está transformando en una bestia de vibración! —gritó Amit, escondiéndose detrás de Jormungand.
—No te preocupes, princesa —dijo Shaka con serenidad—. La joven Komi simplemente sufre de una gran ansiedad social. Sus pensamientos son un torbellino que no logra encontrar el camino hacia sus labios.
Senku dio un paso adelante, analizando la armadura de Shaka.
—Oro de alta pureza, pero con una firma energética que no responde a las leyes de la termodinámica convencional. Esto se pone interesante —Senku miró a Komi, quien seguía petrificada (esta vez de forma metafórica)—. Oye, tú, la del cuaderno. ¿Tienes alguna idea de qué año es o si esto es una simulación cuántica?
Komi, con manos temblorosas, abrió su cuaderno y escribió rápidamente con un lápiz que parecía haber aparecido de la nada. Luego, lo levantó para que todos lo leyeran:
"Lo siento mucho. No sé dónde estamos. Por favor, no me coman".
Sariphi, conmovida por la actitud de la chica, se acercó a ella con una sonrisa cálida.
—Nadie va a comerte, Komi. Yo también soy humana. Me llamo Sariphi y este es Leonhart, el Rey. Es un poco gruñón, pero es bueno.
Leonhart soltó un gruñido profundo, cruzando sus brazos musculosos.
—Primero un humano que despierta de una estatua y ahora un caballero dorado y una niña que se comunica por escrito. Anubis, dime que esto es una broma de los sacerdotes.
—Me temo que no, mi señor —respondió Anubis, sin apartar la vista de Shaka—. Ese hombre de la armadura... emite un cosmos que rivaliza con el poder de los dioses antiguos. No es un humano común.
Shaka abrió ligeramente un ojo, revelando una mirada que parecía contener galaxias enteras.
—Estamos aquí porque el equilibrio se ha roto. El despertar del hombre de ciencia —señaló a Senku— ha resonado con el silencio de la joven Komi y la pureza de la joven Sariphi. Ozmargo se ha convertido en el nexo de varias realidades.
Senku soltó una carcajada, rascándose la nuca.
—Ciencia, silencio y... ¿pureza? Suena a una receta para un desastre químico o para el mayor avance de la historia. Escuchen bien, bestias y entidades cósmicas. No sé cómo llegamos aquí, pero si algo he aprendido es que no hay misterio que la ciencia no pueda resolver.
Komi volvió a escribir en su cuaderno:
"Me gustaría ser amiga de todos... si no es mucha molestia".
Amit, al leer el mensaje, salió de su escondite con los ojos llorosos.
—¡Es tan tierna! ¡Incluso siendo humana es adorable!
—Esto es absurdo —suspiró Leonhart, aunque su postura se relajó—. Jormungand, prepara habitaciones para... nuestros invitados. No podemos dejarlos a su suerte en el desierto de Ozmargo si realmente el mundo está cambiando.
—¡Un momento! —intervino Senku, señalando a Shaka—. Ese brillo dorado de tu armadura... ¿podrías prestarme un poco para un experimento? Necesito ver si puedo usar esa energía para destilar alcohol o crear pólvora.
Shaka volvió a cerrar los ojos, una leve sonrisa apareciendo en su rostro.
—Mi cosmos no es un combustible para tus máquinas, joven científico. Pero sospecho que tu lógica y mi meditación tendrán que trabajar juntas antes de que termine el día.
Komi, viendo que la tensión disminuía, se permitió exhalar un suspiro de alivio. Sus ojos se encontraron con los de Sariphi, y por primera vez en aquel extraño encuentro, hubo una conexión de entendimiento. Dos humanas en un mundo de monstruos, un científico que quería desafiar a los dioses y un caballero que ya los conocía demasiado bien.
—Bien —dijo Leonhart, dándose la vuelta para regresar a sus aposentos—. Bienvenidos a Ozmargo. Intenten no destruir el palacio antes de la cena.
Senku ya estaba arrodillado en el suelo, dibujando diagramas en la piedra con un trozo de carbón que había sacado de quién sabe dónde.
—Diez mil por ciento seguro de que esto será divertido —murmuró el científico.
Mientras tanto, Komi escribió una última nota en su cuaderno, mostrándosela a un confundido Jormungand:
"¿Tienen té? El viaje fue un poco estresante".
El destino de Ozmargo acababa de cruzarse con el de las estrellas, la ciencia y el silencio, y nada volvería a ser igual en el reino de las bestias.
